Tag Archives: Religión

La última tentación de Cristo

21 Ago

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Año: 1988.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Willem Dafoe, Harvey Keitel, Barbara Hersey, Victor Argo, Michael Been, John Lurie, Leo Burmester, Peggy Gormley, Randy Danson, Tomas Arana, Harry Dean Stanton, David Bowie, Irvin KershnerVerna Bloom.

Tráiler

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          Me divierte pensar qué habría sido de La última tentación de Cristo en esta era de la indignación con altavoces públicos y polémicas de masas. Ya entonces, a finales de los ochenta, fueron sonadas las manifestaciones contra la película en unos cuantos países, y sin necesidad de que ardieran las redes. Sí ardieron, literalmente, tres cines en París y Besançon, incendiados por católicos fundamentalistas. Un calificativo de “blasfema” por parte del papa Juan Pablo II bien avalaba la crispación de los sectores más intransigentes del cristianismo. No obstante, qué obra religiosa no termina por sublevar los ánimos de algún alma piadosa, de una u otra manera…

En La última tentación de Cristo, Jesús aparece desnudo integralmente. Desnudo en cuerpo, pero sobre todo en espíritu, que es la obsesión que compartían el autor de la novela original, el griego Nikos Kazantzakis, y los cineastas Martin Scorsese y Paul Schrader, dos hombres que siempre han dividido su existencia entre las tentaciones de la carne y la inquietud por las represiones de una influencia religiosa ineludible; por el pecado, la culpa y la redención. De hecho, Scorsese suele describir la década de los ochenta como una especie de calvario artístico en el que debió reinventar su carrera. Resucitarla moralmente tras un rosario de encargos movidos por las necesidades materiales fruto del vicio, por así decirlo. Y la moral individual y humana, más que de la fe religiosa, es la preocupación desde la que Kazantzakis aborda sus reflexiones acerca de la figura de Cristo, que ya eran evidentes en otro texto alegórico de su pluma y adaptado anteriormente a la gran pantalla: El que debe morir.

          De entre la dualidad divina y humana de Jesús, La última tentación de Cristo escoge esta última. Se desprende de los textos evangélicos y va un paso más allá del Cristo quijotesco, terrenal y comprometido de El evangelio según San Mateo, rodado por Pier Paolo Pasolini, ateo y comunista. La presencia de lo sobrehumano en el filme aparece solo para acuciar la fragilidad del proclamado Mesías, para zarandear sus dudas, para espolear sus miedos desesperados ante un sacrificio terrible y abusivo.

          Al igual que sucede en otras apropiaciones de esta figura trascendental como El evangelio según Jesucristo, la novela de José Saramago, dentro de la irregularidad de su narración, La última tentación de Cristo destaca cuanto más se separa del relato bíblico y de cualquier incursión teológica. Esto es, cuando el Nazareno abraza su naturaleza terrenal, próximo a las teorías del adopcionismo; cuando no aparece su rostro divino, iluminado de forma sobrenatural y estridente por el director, y de su boca no surgen citas literales de las Sagradas Escrituras. Cuando siente en su piel el calor del amor físico, afectivo, propio del reino temporal por el que se esfuerza en luchar Judas, aquí presentado en su vertiente reivindicativa como elemento decisivo en la tarea mesiánica y salvadora del hijo de Dios. Cuando se siente el peso de la cruz que carga -premonitoria, figurada o literalmente- a lo largo de todo el filme.

Este retrato terrenal redobla la fuerza de su mensaje. Lo acerca y lo hace comprensible y emocionante en su dolor existencialista, a la vez que reconoce el poder trascendental de las ideas -la conversación con Pablo-, la cual parece ser más hija del hombre -o cuanto menos de un sentimiento humanista- que de una deidad elevada por encima de los miserables mortales; una cuestión semejante a la indagada por obras como Ordet (La palabra).

          Scorsese captura con devoción esta Pasión interior y psicológica, en la que se mide la importancia de la carne en comparación con la búsqueda espiritual. Su entrega se muestra a través de una gramática generalmente contenida, de abundante plano subjetivo, que procura mirar a ras de ojos, en la intimidad de la experiencia personal -mística o vital- y no tanto en la proclamación de un discurso o la realización de unos actos providenciales.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

Sodoma y Gomorra

20 Jul

Robert Aldrich juega con las cartas que recibe y se adentra en una visión mediterránea, ávida de pecados y lascivia, sobre el castigo bíblico para Sodoma y Gomorra. Para la primera parte del especial de Cine Archivo acerca del cineasta estadounidense.

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Moby Dick

7 Jul

John Huston se sumerge en las lecturas simbólicas y trascendentales de la novela monumental de Herman Melville para reducirla y concentrarla en un atronador largometraje acerca del enfrentamiento entre el individuo y los poderes superiores a él -Dios, la naturaleza, la consciencia de la muerte inexorable-. Acerca de la moral, el pecado, la obsesión, la venganza irracional. Moby Dick resopla en la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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Narciso negro

18 Abr

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Año: 1947.

Directores: Michael Powell, Emeric Pressburger.

Reparto: Deborah Kerr, David Farrar, Kathleen Byron, Sabu, Jean Simmons, Judith Furse, Flora Robson, Jenny Laird, May Hallatt, Eddie Wahlley Jr., Esmond Knight.

Tráiler

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          El purgatorio de las monjas es un serrallo indio aislado en el Himalaya, poblado por objetos y lenguas paganas, ornado con pinturas eróticas, enfrentado a una diosa desnuda y a un santón de trascendencia inexpugnable, resonante de ecos de misterios ancestrales, a las puertas de los placeres de la carne, situado al borde del abismo.

Narciso negro es una película compuesta a través de terribles duelos: la mujer reprimida contra el hombre desengañado, el cristianismo contra las divinidades exóticas y arcanas; la fragilidad humana contra la hostil naturaleza que se manifiesta en los elementos y la orografía; la capacidad personal contra la presión del deber, la devoción contra la tentación, las cárceles psicológicas contra las liberaciones espirituales, las monjas contra sus jerarquías de poder y sus deseos enfrentados; cada una de ellas contra sí misma.

          Michael Powell y Emeric Pressburger, The Archers, componen con extraordinaria hermosura y con punzante profundidad la atmósfera del palacio donde cinco monjas pretenden levantar una escuela, un hospital y un convento. “No es lugar para fundar un monasterio”, les advierten. Los cineastas construyen para ellas un escenario de sobrecogedor poder telúrico y de desconcertante exuberancia, creación de deidades superlativas a las que nada interesa el recogimiento, el sacrificio y la contrición; sino que se regodean en la belleza natural y humana, en el deseo satisfecho, en la expresión desatada de los potenciales y las emociones.

Un universo desconocido y deslumbrante de luz, color y pureza en comparación con los tenebrosos muros donde las religiosas acostumbran purgar su vida terrenal al servicio de Dios. The Archers ponen a prueba la firmeza de sus convicciones infiltrando signos infieles en sus hábitos cotidianos, con frescos hindúes y campanas budistas. Atruenan los estímulos de vida ante la mirada de unas religiosas sometidas a un examen espiritual que se torna gradualmente en existencial, a medida que se presentan los fantasmas del pasado, de las ilusiones rotas, de las oportunidades aún posibles. Cada mañana, una de ellas ha de tañir la campana a los pies del colosal precipicio.

          Con idéntica habilidad expresiva, Powell y Pressburger cultivan y espolean la tensión del drama, abonada por esta sucesión de dilemas íntimos y colectivos, desencadenados por la pérdida de las referencias de una vocación obsesivamente abnegada que esconde traumas enquistados de tiempos pretéritos, enterrados pero no muertos.

En el encierro todo se magnifica. Especialmente en una celda desbordada de pasiones y gozos ante los que solo cabe ignorarlos, abstrayéndose en una búsqueda metafísica, o entregarse a su llamada primaria y visceral. Un lápiz de labios contra una Biblia.

El elemento sobrenatural palpita en este mundo fascinante y perturbador que la hermana superiora Clodagh es incapaz de comprender y frente al que no sabe reaccionar -algo semejante a lo que le ocurrirá de nuevo a Deborah Kerr en Suspense, donde encarna a otra mujer piadosa recluida en compañía de fuerzas irracionales y desasosegantes-. Ya se le percibía durante la presentación de la cuidadora del gineceo, quien aparece en perfecta conexión con los misterios naturales, precedida por el viento, en comunicación con las aves. También en el incesante azote de las corrientes que descienden desde las montañas. Pero con los ojos como espejo del alma -y con algunos planos realmente impactantes todavía hoy-, su clímax se alcanza en el desenlace, narrado con la gramática propia de un filme de terror, y luego ratificado de nuevo por la influencia de los fenómenos atmosféricos -la niebla, la lluvia-.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

La noche del escándalo Minsky’s

18 Mar

La vida es una obra de burlesque. La noche del escándalo Minsky’s para el especial de Cine Archivo sobre William Friedkin.

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El bosque del lobo

1 Mar

El lobo son los otros. El bosque del lobo, la España negra reconcentrada en la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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Drácula de Bram Stoker

6 Feb

dracula

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Año: 1992.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Gary Oldman, Winona Ryder, Anthony Hopkins, Keanu Reeves, Sadie Frost, Richard E. Grant, Cary ElwesBilly Campbell, Tom Waits.

Tráiler

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          Hay cierta tendencia en el cine contemporáneo a explorar o a inventar los orígenes de los mitos, a encontrar o diseñar coartadas psicológicas a personajes que hasta entonces representaban conceptos puramente abstractos -un ejemplo apropiado: la reciente Drácula, la leyenda jamás contada. Con frecuencia el objetivo es estrictamente comercial, ya que proporciona una excusa propicia para extender otro capítulo una saga rentable previamente establecida. Lo que, en conclusión, se conoce bajo el término de precuela. En otras ocasiones, el experimento nace desde un interés que parece estar más legitimado artísticamente, destinado a refundar la esencia de este mito o a otorgarle una nueva dimensión a partir de un renovado punto de vista que derribe moldes preexistentes.

          Drácula de Bram Stoker pertenece a este segundo grupo -si bien tras admitir la ambición de Francis Ford Coppola de revitalizar económicamente sus maltrechos estudios Zoetrope con un eventual éxito de taquilla-. Proclamada como un presunto retorno a las fuentes literarias, el filme supone la reconversión del cuento de terror en leyenda romántica -una vertiente que cuenta con el precedente del guion de Richard Matheson para la versión televisiva de 1973 y que estará abundantemente explotada veinticinco años después, como sabrán los conocedores de la popular saga Crepúsculo-. Pero es, especialmente, un apasionado canto al cine de los años veinte y treinta. Porque Coppola podría haber plasmado la narración con una absoluta ausencia de diálogos, hecho paradójico cuando se referencia a la letra escrita incluso en el título de la obra, que rinde pleitesía al autor de la novela primigenia. Las imágenes arden en potencia expresiva, fruto de un atinado y característico arrebato de megalomanía del cineasta italoamericano, quien, desde la libertad esteticista sobre el texto de referencia que se arrogaba trabajando prácticamente por encargo, desborda los fotogramas para insuflarle aliento a la búsqueda del conde, muerto en vida por amor, a través de océanos de tiempo.

          La naturaleza pagana y barbárica del vampiro provoca que lo dionisíaco se imponga sobre lo apolíneo. La atemporalidad que define su existencia en pena se funde en el lenguaje visual de la película, donde el sello de Coppola se amalgama de forma monumental con ecos pasados absorbidos del inevitable expresionismo de F.W. Murnau -hasta el grado de que la sombra, elemento primordial de la corriente, alcanza la categoría de personaje-, del traum-film de Carl Theodor Dreyer, de las siluetas de cartón y plomo de Lotte Reiniger, de la imaginería fantástica de las producciones de Alexander Korda, de la poética cinematográfica de Jean Cocteau, de los antagonismos cromáticos de Alfred Hitchcock, de los sanguinolentos ocasos de Akira Kurosawa, de la pericia creativa de la serie B de Hollywood incluso. No son caprichosas alusiones de cinéfilo. sino herencias perfectamente escogidas, asumidas e integradas en una producción que goza de unos trucajes actuales –el maquillaje premiado con un Óscar– en perfecta armonía con recursos artesanos y tradicionales -el uso de maquetas y decorados, las superposiciones de imágenes, los encadenados nostálgicos, la imitación del cine naciente y su homenaje literal en pantalla-. Coppola es siempre dueño de la criatura, aunque la permita solazarse con juguetes prestados. Curiosamente, componentes que se salen de esta raigambre silente, como el sonido, son los que peor funcionan y más envejecidos resultan.

          Situado a mil revoluciones desde el arranque del metraje, permanentemente al borde del éxtasis, el delirio, la hipnosis y la extenuación -al igual que la interpretación protagonista de Gary Oldman, opuesta en cambio a la inexpresividad de Keanu Reeves-, el Drácula de Coppola surca los géneros y las categorías: la épica histórica, el terror gótico, el drama religioso, la ensoñación erótica, el melodrama romántico… Filtrándose entre ellos, el argumento se torna campo de batalla entre el pecaminoso sexo animal y el sublimado amor humano; la brutalidad y la delicadeza, el heroismo y la villanía, la condenación y la salvación -no hay arriba o abajo en el castillo del conde, es imposible decir si Elisabeta se arroja al vacío o sube a los cielos-; el dogma terrenal y castrante y el sentido metafísico de la existencia; el destino tiránico y el libre albedrío. Extremos que colisionan en el misterio de la sangre, símbolo de vida y de muerte, expresión ritual del sacramento de la eucaristía y de la mordedura vampírica: dos liturgias -cristiana y pagana- con las que se conmemora la comunión entre los cuerpos y las almas.

          No llega a ser la experiencia turbadora y catárquica de Apocalypse Now, cota prácticamente inalcanzable del séptimo arte, aunque sin duda significa una de las apropiaciones más fascinantes de un clásico del arte universal.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8,5.

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