Tag Archives: 90’s

El sabor de las cerezas

24 Abr

.

Año: 1997.

Director: Abbas Kiarostami.

Reparto: Homayoun ErshadiAbdolrahman BagheriMir Hossein NooriSafar Ali Moradi.

Filme

.

           El sabor de las cerezas es una road movie. Es una road movie que da vueltas y vueltas en círculos al igual que el señor Badii, que es quien conduce. Da vueltas y vueltas sobre la idea que monopoliza su pensamiento: hallar a una persona que acepte enterrarle tras el suicidio que pretende cometer en un agujero excavado bajo el único árbol que sobrevive en un extrarradio de Teherán.

           Con ecos bergmanianos en el concepto del viaje de autoanálisis rumbo a una muerte cierta, El sabor de las cerezas es un filme de fuerte contenido simbólico y alegórico en el que el protagonista atraviesa tres etapas o, mejor dicho, experimenta tres encuentros: con un joven soldado originario del Kurdistán iraní, con un seminarista inmigrado de Afganistán y con un anciano taxidermista. Cada uno de estos episodios expone una vertiente de las relaciones con la sociedad e incluso de la existencia de este personaje encargado de encarnar a un individuo común, tan abstracto que ni siquiera se conocen los motivos tras su decisión de quitarse la vida.

No significa esto que se produzca un diálogo, puesto que no existirá un intercambio de ideas entre los interlocutores en el sentido de que uno influya o consiga penetrar en la mente del otro, mientras que los actores ni siquiera compartirán encuadre en ningún momento, distanciados por el juego de plano y contraplano que establece Abbas Kiarostami. De este modo, en su enfrentamiento contra estos tres personajes también de alta carga simbólica, el señor Badii no halla consuelo ni en las dulces memorias de juventud, ni en la prédica espiritual de una religión de interpretación monolítica que no ofrece respuestas a las inquietudes terrenales, ni, al parecer, en la empatía que le ofrece el anciano en su hondo conocimiento humanístico, procedente de haber calzado las mismas sandalias que su prójimo y de comprender su dolor.

           No obstante, este último careo ofrece elementos de diferenciación desde la irrupción del mismo, puesto que es el único cortado por una elipsis, elemento gramatical infrecuente en una película de extensas tomas, ajustadas a la vivencia si rebajar del protagonista, lo que permite hasta la intrusión del sonido ambiente por encima de sus palabras. Además, tarda en aparecer un rostro que otorgue corporeidad al taxidermista, que invade el automóvil solo con su relato vitalista, de gran hermosura y capacidad inspiradora, como parecen mostrar asimismo las imágenes con el adentramiento del recorrido en un pequeño valle donde por fin se percibe vida, con árboles frondosos, agua y el trino de los pájaros. Un escenario contrapuesto por tanto al paisaje deshumanizado y feísta que hasta entonces habían compuesto los vertederos, casas derruidas, industrias polvorientas y laderas áridas de un suburbio cuyo centro está enclavado en un hoyo abandonado de la mano de Dios, sobrevolado por los cuervos y rodeado por los gañidos lastimeros de los perros callejeros.

           Me da la impresión de que el ascetismo del estilo cinematográfico empleado por Kiarostami -planos de largo minutaje, conversaciones pausadas, ritmo moroso-, identificado con una grave y sustanciosa solemnidad -a pesar de la comparecencia de algún detalle de ironía, caso del amago de accidente y de, quizás, una desconcertante coda que intuyo orientada a relativizar o poner distancia con la trascendencia de la decisión final del señor Badii-, contribuye a que se sobrevalore la complejidad del discurso que entraña El sabor de las cerezas.

Sea como fuere, convenció al jurado del festival de Cannes, que la consideró merecedora de la Palma de oro exaequo con La anguila.

.

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

Trainspotting

3 Mar

trainspotting

.

Año: 1996.

Director: Danny Boyle.

Reparto: Ewan McGregor, Ewen Bremner, Jonny Lee Miller, Kevin McKidd, Robert Carlyle, Kelly Macdonald, Peter Mullan, James Cosmo, Eileen Nicholas.

Tráiler

.

           Cinta generacional para los chavales criados en los años noventa y principios de los dosmiles -como Terminator 2: el juicio final, La lista de SchindlerForrest Gump, Pulp Fiction, Cadena perpetuaSeven o American History X entre otras, tan comentadas y compartidas en los pasillos del instituto-, Trainspotting supo aunar el eterno desencanto de la juventud del periodo -idéntica a la que otrora, y sin salir de las islas británicas, habían reflejado obras desalentadas como Sábado noche, domingo mañana-, junto con la fascinación por las drogas y la marginalidad contestataria frente a las imposiciones de una sociedad incomprensiva respecto al diferente -como es todo adolescente que se precie, en definitiva-, una estética ajustada a las fórmulas y gustos del momento -la proximidad al videoclip mediante una trabajada sección musical y cortes ágiles de montaje- y, además, unos personajes carismáticos: Renton, Sick Boy, Spud, Tommy y Begbie; tipos inmersos en mil desventuras rebosantes de sentido cinematográfico que implicaban desmadre con sustancias tabú, placeres y problemas con las chicas; estimulantes situaciones de riesgo y autodestrucción, conversaciones cinéfilas, melómanas y futboleras; rebeldía y libertad atolondrada, y a la vez una denuncia dramática que por su parte también queda rebajada por la comicidad de los aprietos escatológicos en los que se ven envueltos nuestros antihéroes favoritos.

           Sin la conciencia crítica que ostentaban pese a todo sus posibles antecedentes de los Angry Young Men -caso de la citada Sábado noche, domingo mañana o Alfie o, mejor dicho, con la conciencia disuelta por las ansias de alardeo crápula y glamour cinematográfico, Trainspotting se deja llevar por la simpatía de sus protagonistas y convierte su patetismo -la adicción a la heroína y todas las tragedias que ello conlleva- en travesuras con encanto, renunciando a cualquier distanciamiento reflexivo o desmitificador en favor de una plasmación visual y psicológicamente atractiva -el narrador ocurrente, la música arrolladora, festiva o con un punto sarcástico allà Scorsese; una puesta en escena dinámica, de estimulantes colores, angulaciones y ritmo que se salen de lo tradicional…-. Rasgos formales que, a la postre, resultarían bastante influyentes y serían profusamente empleados y desgastados en los años venideros.

           Pero, no obstante, el filme trata de lanzar andanadas elementales contra la sociedad de consumo escocesa -versión ‘mísera’ de la opulenta sociedad inglesa, por ejemplo, y más o menos equiparable a la del resto de países de Europa-, y con ello contra la inmoralidad inherente que sustenta sus principios, la vacuidad existencial a la que conduce su escala de valores y las adicciones admitidas culturalmente que alivian sus penurias -el alcohol, el juego, los barbitúricos…- Así pues, un tanto al estilo de esa Norteamérica atiborrada de pastillas legales que retrataba otra novela/película de culto juvenil de la década, El club de la lucha. Es, en resumen, el toque de desobediencia civil, familiar e incluso personal que engancha sin remedio a cualquier carácter en proceso de autoconocimiento y autodefinición que tenga respeto hacia sí mismo.

.

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

Amistad

22 Feb

amistad

.

Año: 1997.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Djimon Hounsou, Matthew McCounaghey, Morgan Freeman, Anthony Hopkins, Nigel Hawthorne, David Paymer, Pete Postlethwaite, Stellan Skarsgard, Razaak Adoti, Chiwetel EjioforAnna Paquin, Pedro Armendáriz Jr., Tomás Milián, Jeremy Northam, Geno SilvaJohn Ortiz.

Tráiler

.

           Amistad comienza en una terrible tormenta y se cierra en un apacible atardecer. Steven Spielberg -que retornaba al cine ‘adulto’ después de facturar la segunda entrega de Parque Jurásico, y de nuevo escogiendo como argumento una ignominiosa lacra de la Historia de la humanidad-, acude a su vena capriana para reconstruir el amotinamiento y juicio de los esclavos africanos trasportados en la goleta española La Amistad. Es decir, que recrea un suceso histórico traumático que, más allá de la fidelidad a los hechos, permite exponer reflexivamente las desviaciones que se producen en el sistema sociopolítico de los Estados Unidos para, posteriormente, celebrar la fuerza de los valores morales que sostienen al país de la libertad y su consiguiente capacidad para subsanar estas corrupciones puntuales y regenerar su camino como guía de mundo libre.

Unos valores estos que, además, se declaran inherentes al ser humano, universales a su naturaleza independientemente de su raza o su lengua, tal y como evidenciará el discurso concluyente -puesto al servicio exclusivo del mensaje del filme, ya que es incoherente con el marco legal abordado-. En esta línea, el posicionamiento concienciado de los personajes encuentra su antagonista en tiranos infantiles y plutócratas irracionalmente egoístas; ambas figuras soberbias que se creen con dominio de todo cuanto existe.

           De este modo, en Amistad aflora la dualidad moral de la especie, invitando tanto a la revisión crítica de sus impulsos como a la inspiración por sus virtudes positivas y su idealismo irreductible, que arraigan también en su espiritualidad innata -el hombre que guía su propio destino mirando al cielo; la influencia ética y esperanzadora de la religión-. Un campo abonado para las emociones que Spielberg explaya con su talento cinematográfico, rico en planos significativos, pero también con el abuso de una banda sonora que parece extraída de muchas, muchas décadas atrás, en especial en los pasajes enardecedores que se corresponden con la aparición en pantalla del expresidente, congresista y letrado John Quincy Adams (Anthony Hopkins).

Su interés en desmontar el posible maniqueismo del filme -los prosaicos métodos del abogado que interpreta Matthew McConaughey, las absurdas disputas del territorio carcelario entre los africanos y la presencia de la esclavitud en su lugar de origen; el tortuoso razonamiento del abolicionista blanco, el juez católico…- no evita que aparezca cierto grado de sentimentalismo y de moralina que restan verdadera densidad y potencia dramática al alegato -amén del evidente chauvinismo-.

           Por otro lado, adivinado entre el discurso que protagoniza este gran tema de la película, a través de la alusión a la importancia de la historia de fondo en la defensa de un juicio o de la relevancia crucial del punto de vista del narrador de los hechos, Spielberg se reserva para sí en la obra una referencia directa al cine en su papel de transmisor de relatos, así como a la utilidad filosófica de esta función.

.

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

Cartas a Iris

20 Feb

Después de abordar la ópera prima de Martin Ritt, Donde la ciudad termina, en la primera parte del especial de Cine Archivo dedicado a su figura, en esta ocasión corresponde acometer el cierre de una filmografía que jamás perdió de vista su compromiso con la sociedad de su tiempo. Cartas a Iris, la despedida de un cineasta concienciado para Cine Archivo.

.

Sigue leyendo

Drácula de Bram Stoker

6 Feb

dracula

.

Año: 1992.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Gary Oldman, Winona Ryder, Anthony Hopkins, Keanu Reeves, Sadie Frost, Richard E. Grant, Cary ElwesBilly Campbell, Tom Waits.

Tráiler

.

          Hay cierta tendencia en el cine contemporáneo a explorar o a inventar los orígenes de los mitos, a encontrar o diseñar coartadas psicológicas a personajes que hasta entonces representaban conceptos puramente abstractos -un ejemplo apropiado: la reciente Drácula, la leyenda jamás contada. Con frecuencia el objetivo es estrictamente comercial, ya que proporciona una excusa propicia para extender otro capítulo una saga rentable previamente establecida. Lo que, en conclusión, se conoce bajo el término de precuela. En otras ocasiones, el experimento nace desde un interés que parece estar más legitimado artísticamente, destinado a refundar la esencia de este mito o a otorgarle una nueva dimensión a partir de un renovado punto de vista que derribe moldes preexistentes.

          Drácula de Bram Stoker pertenece a este segundo grupo -si bien tras admitir la ambición de Francis Ford Coppola de revitalizar económicamente sus maltrechos estudios Zoetrope con un eventual éxito de taquilla-. Proclamada como un presunto retorno a las fuentes literarias, el filme supone la reconversión del cuento de terror en leyenda romántica -una vertiente que cuenta con el precedente del guion de Richard Matheson para la versión televisiva de 1973 y que estará abundantemente explotada veinticinco años después, como sabrán los conocedores de la popular saga Crepúsculo-. Pero es, especialmente, un apasionado canto al cine de los años veinte y treinta. Porque Coppola podría haber plasmado la narración con una absoluta ausencia de diálogos, hecho paradójico cuando se referencia a la letra escrita incluso en el título de la obra, que rinde pleitesía al autor de la novela primigenia. Las imágenes arden en potencia expresiva, fruto de un atinado y característico arrebato de megalomanía del cineasta italoamericano, quien, desde la libertad esteticista sobre el texto de referencia que se arrogaba trabajando prácticamente por encargo, desborda los fotogramas para insuflarle aliento a la búsqueda del conde, muerto en vida por amor, a través de océanos de tiempo.

          La naturaleza pagana y barbárica del vampiro provoca que lo dionisíaco se imponga sobre lo apolíneo. La atemporalidad que define su existencia en pena se funde en el lenguaje visual de la película, donde el sello de Coppola se amalgama de forma monumental con ecos pasados absorbidos del inevitable expresionismo de F.W. Murnau -hasta el grado de que la sombra, elemento primordial de la corriente, alcanza la categoría de personaje-, del traum-film de Carl Theodor Dreyer, de las siluetas de cartón y plomo de Lotte Reiniger, de la imaginería fantástica de las producciones de Alexander Korda, de la poética cinematográfica de Jean Cocteau, de los antagonismos cromáticos de Alfred Hitchcock, de los sanguinolentos ocasos de Akira Kurosawa, de la pericia creativa de la serie B de Hollywood incluso. No son caprichosas alusiones de cinéfilo. sino herencias perfectamente escogidas, asumidas e integradas en una producción que goza de unos trucajes actuales –el maquillaje premiado con un Óscar– en perfecta armonía con recursos artesanos y tradicionales -el uso de maquetas y decorados, las superposiciones de imágenes, los encadenados nostálgicos, la imitación del cine naciente y su homenaje literal en pantalla-. Coppola es siempre dueño de la criatura, aunque la permita solazarse con juguetes prestados. Curiosamente, componentes que se salen de esta raigambre silente, como el sonido, son los que peor funcionan y más envejecidos resultan.

          Situado a mil revoluciones desde el arranque del metraje, permanentemente al borde del éxtasis, el delirio, la hipnosis y la extenuación -al igual que la interpretación protagonista de Gary Oldman, opuesta en cambio a la inexpresividad de Keanu Reeves-, el Drácula de Coppola surca los géneros y las categorías: la épica histórica, el terror gótico, el drama religioso, la ensoñación erótica, el melodrama romántico… Filtrándose entre ellos, el argumento se torna campo de batalla entre el pecaminoso sexo animal y el sublimado amor humano; la brutalidad y la delicadeza, el heroismo y la villanía, la condenación y la salvación -no hay arriba o abajo en el castillo del conde, es imposible decir si Elisabeta se arroja al vacío o sube a los cielos-; el dogma terrenal y castrante y el sentido metafísico de la existencia; el destino tiránico y el libre albedrío. Extremos que colisionan en el misterio de la sangre, símbolo de vida y de muerte, expresión ritual del sacramento de la eucaristía y de la mordedura vampírica: dos liturgias -cristiana y pagana- con las que se conmemora la comunión entre los cuerpos y las almas.

          No llega a ser la experiencia turbadora y catárquica de Apocalypse Now, cota prácticamente inalcanzable del séptimo arte, aunque sin duda significa una de las apropiaciones más fascinantes de un clásico del arte universal.

.

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8,5.

El verano de Kikujiro

20 Ene

el-verano-de-kikujiro

.

Año: 1999.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Yasuke Sekiguchi, Takeshi Kitano, Akaji MaroThe Great Gidayû, Rakkyo IdeYûko Daike.

Filme

.

           No por casualidad creador del legendario concurso televisivo conocido en España como Humor amarillo, Takeshi Kitano parece entender la vida entre la crueldad y el juego, como una mezcla de fatalismo desilusionado en el que, paradójicamente, el hastío hacia este destino funesto se rebela para estallar en una aparente regresión a la infancia, manifestada en un curioso recreo lúdico en el que, con todo, sigue palpándose esa sensación de vacío y de muerte propia de la concepción existencial nihilista y estoica que exudan el autor japonés y sus criaturas. A la espera de la Parca, los yakuzas de Kitano matan el tiempo con entretenimientos pueriles, como se recoge en la playa de Sonatine o en las tramposas apuestas de Brother. Una combinación de ingenuidad, angustia y violencia, en definitiva, que desprende una profunda sensación de tristeza.

           El verano de Kikujiro abunda en la exploración de este contraste, el cual procede directamente de la relación entre sus dos protagonistas antagónicos pero idénticos: un chaval abandonado por su madre y el adulto gorrón y miserable, con presunto historial mafioso, que le acompaña en el viaje de su búsqueda (el propio Kitano recuperando su vena humorística).

A partir de la herencia chapliniana del argumento (El chico), que también asume parte de la fina observación de la infancia de un maestro compatriota como Yasujirô Ozu (Buenos días) y es equiparable a premisas populares de convivencia y contaminación entre inocencia infantil y corrupción adulta (Viento en las velas, Un mundo perfecto, León, el profesional…), El verano de Kikujiro recorre también este camino particular de Kitano en el que el dolor por la ausencia familiar compartida colisiona contra la prolija creatividad del cineasta en la invención de pasatiempos, componiendo así un canto a la paternidad masculina en una función con apenas mujeres relevantes -si acaso por ausencia- y que se alza contra la desestructuración familiar y la alienación del individuo en la sociedad nipona.

           Con ternura y calidez, pero también inflexible hacia las humanas flaquezas de los personajes -gran material cómico por otro lado-, Kitano organiza el filme como un álbum de recortes que va encadenando los pasos de este padre e hijo improvisados. Estos se plasman a través de escenas trazadas desde la esencia del cartoon y el slapstick, entreveradas con particulares fugas oníricas y detalles fantásticos asimilados a la mente del niño así como con rasgos característicos de la gramática de Kitano, caso del expresivo dominio de la elipsis, cortada con imágenes estáticas. Un conjunto al que se suma la armonización que propicia la delicada banda sonora de Joe Hisaishi.

El autor japonés potencia extraordinariamente este universo lírico, naif, lacerante y desencantado, de cuya sensibilidad y simpatía consigue extraerse, no obstante, sensaciones más optimistas e inspiradoras de lo habitual en su filmografía y en las que la imaginación y la comprensión surgen como valores fundamentales a partir de los cuales construir la existencia.

.

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 9.

El cielo y la tierra

24 Nov

el-cielo-y-la-tierra

.

Año: 1993.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Hiep Thi Le, Tommy Lee Jones, Haing S. Ngor, Joan Chen, Thuan Le, Dustin Nguyen.

Tráiler

.

           El cielo y la tierra es una película que parece encontrarse en medio de dos corrientes del cine hollywoodiense: la reivindicación de los combatientes de la Guerra de Vietnam desplegada desde el belicista mandato de Ronald Reagan –a la que Oliver Stone contesta desde su antiimperialismo militante- y la admiración por el misticismo budista y oriental que se diría aflora cinematográficamente en la década de los noventa –Pequeño Buda, Kundun, Siete años en el Tíbet,…-. El controvertido cineasta neoyorkino, que completaba con ella su trilogía crítica sobre el conflicto en el sureste asiático –le anteceden Platoon y Nacido el cuatro de julio-, desarrolla así una narración sobre la que convergen ambos vectores gracias al punto de vista del relato, que pertenecerá a Le Ly Hayslip, vietnamita afincada en los Estados Unidos y autora de dos libros de memoria sobre sus experiencias y sentimientos a uno y otro lado del océano Pacífico, del Este y Oeste.

           El filme indaga en la dificultad para cicatrizar las heridas abiertas por la guerra –el matrimonio intercultural, expresión última de esta voluntad de conciliación entre civilizaciones- y apuesta por la vía espiritual como manera de abordar este camino circular de sanación y regeneración de la protagonista.

Pero lo hace con una cursilería atroz, que parte desde un primer momento desde las tópicas estampas bucólicas con las que se pretende reflejar la milenaria idiosincrasia superviviente del oprimido Vietnam rural –presuntamente auténtico por su costumbrismo y esoterismo de manual occidental de autoculpabilidad- y prosigue luego a lo largo de un melodrama que adopta las formas de un cuento de princesas destrozado por los embates de una realidad inmisericorde hacia los inocentes, desprovista de finales felices. Y donde, además, la pastelosa banda sonora no deja nunca de sonar y subrayar un pretendido lirismo y trascendencia que nunca es tal.

           Incluso su visión antimaniquea del enfrentamiento –dos monstruos que con crueldad se esfuerzan en poblar cementerios donde ya no habrá enemigos- se antoja incluso ingenua, o simplemente burda, a causa del tono del relato, que hace hincapié en la humillación de un pueblo y la noción kármica de la vida individual y la Historia universal. Su vergüenza es nuestra vergüenza.

En consecuencia, el sentimentalismo ahoga las emociones y siembra el desapego hacia las desgarradoras vivencias sufridas por la mujer, que son las de dos países al mismo tiempo, enfrentados y encontrados, íntimos y extraños, heridos y culpables.

         Con todo, El cielo y la tierra aporta encolerizados apuntes, de abundante moralismo por otro lado, que denuncian el papel de los Estados Unidos en la lucha y, sobre todo, siguiendo la línea emprendida por Nacido el cuatro de julio –donde el antagonista que llevaba al desastre al soldado Kovic era precisamente era la América de postal rockwelliana- cuestionan a la sociedad norteamericana en general, presentada a ojos de Le Ly, mediante un potente juego de contraste conceptuales y gramáticos, como una nación de gordos infantiloides dueños de neveras obscenamente inmensas.

          Fuera de categoría queda el ridículo recurso, inexplicable ya en el momento del estreno, de hacer que los nativos se comuniquen entre ellos en inglés con acento local.

.

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 3.

A %d blogueros les gusta esto: