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Okja

31 Jul

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Año: 2017.

Director: Bong Joon-ho.

Reparto: Seo Hyun-Ahn, Tilda Swinton, Paul Dano, Jake Gyllenhaal, Steven Yeun, Lily Collins, Daniel Henshall, Devon Bostick, Giancarlo Esposito, Shirley Henderson, Je-mun Yun, Hee-bong Byun.

Tráiler

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          Los abucheos le llegaron antes del primer fotograma, solo con la aparición del logo de la productora y distribuidora: Netflix. En el festival de Cannes de 2017, Okja desató la polémica -junto con The Meyerowitz Stories, de Noah Baumbach, también de Netflix, y la emisión de los primeros capítulos del regreso de la serie Twin Peaks– al alimentar el debate sobre las formas y formatos del cine y su disfrute. El certamen, riguroso en su presunta salvaguarda de los valores tradicionales del cine, fue reticente para admitir en su sección oficial una cinta que no iba a estrenarse en las salas francesas, tal y como imponen las normas del concurso, sino que su pase se iba a producir a demanda del usuario de esta plataforma de entretenimiento en streaming, visionada directamente en la televisión, el ordenador, la tablet o cualquier soporte informático que contenga la pertinente aplicación -sí llegaría no obstante a la gran pantalla en Estados Unidos, Reino Unido y Corea del Sur, donde se alzó con el cuarto puesto de la taquilla pese a sufrir el boicot de los principales exhibidores del país-.

Frente al ruido despertado, el director Bong Joon-ho se limitaba a valorar y agradecer el grado de libertad creativa que le había proporcionado Netflix, a quien respalda la tranquilidad de contar con una red que, en fechas del arranque de Cannes, rozaba los cien millones de usuarios en el mundo; cifras con las que soñaría una buena campaña de promoción de un blockbuster tradicional. El cine cambia. Necesita cambiar, de hecho, en vista del sostenido descenso de los espectadores. Quizás esta sea una nueva vía de supervivencia comercial que, si además viene acompañada de beneficios para los cineastas, cabe celebrar en lugar de únicamente resignarse a ella. A fin de cuentas, nada puede reprocharse a la calidad alcanzada por las series y otros productos de televisión durante las últimas dos décadas. ¿Acaso una obra magna como The Wire no cabe dentro de los límites del séptimo arte?

          Centrándonos en Okja, el filme acude a un esquema clásico del cine infantil -la amistad entre un niño y una criatura extraordinaria que se ve amenazada por la invasión del mundo adulto-, aunque no se limita a quedarse en una relectura más de E.T., El extraterrestre y en ella se percibe la personalidad desbordante de cineasta surcoreano, manifestada en su arrollador despliegue visual, exhuberante en la expresión de la atmósfera narrativa que atraviesa el relato -el bucolismo de la naturaleza, la frialdad estética de la multinacional, la tenebrosa, sucia y claustrofóbica sensación de terror de los laboratorios y criaderos-.

Con ello, Okja se configura así como una fábula que arremete contra el neoliberalismo de nuevo y sonriente rostro -el lavado de imagen posterior a las tropelías desveladas por la crisis económica global- y, en concreto, contra la explotación sin escrúpulos ni empatía ejercida por la industria alimentaria, como ya ensayaba con torpeza Richard Linklater en su Fast Food Nation o la risible apología vegana del Noé de Darren Aronofsky. De este modo, frente a un trasunto de la escalofriante Monsanto -aquí Mirando-, erigidos en los ‘mad doctors’ del siglo XXI, se opone la relación íntima entre la pequeña Mija y la supercerda Okja, propiedad de la factoría e imagen publicitaria de su presunta rehabilitación ética ante al mundo.

          Siguiendo la línea de fantasía subversiva de la anterior Rompenieves (Snowpiercer) -en la que, eso sí, Bong adaptaba una historia ajena-, Okja se constituye pues como una distopía contemporánea afirmada sobre problemáticas presentes, como los abusos financieros y políticos de un poder de esencia empresarial -es significativa la reproducción con la directiva de Mirando de la fotografía del equipo de Barack Obama durante la operación de captura y muerte de Osama Bin Laden-, los movimientos de reacción ciudadana, la sustitución de valores humanos por valores financieros -el explícito cambio del cerdo de carne y hueso por otro de oro-, la preponderancia de las redes sociales como canalizador de la comunicación y la corrientes de opinión…

Cuestiones que la película aborda dentro de este contexto juvenil, caricaturesco y excesivo que en ocasiones se desafora por su crueldad quizás extrema y reiterativa o, en paralelo, por la desacertada dirección de algunos actores -la lamentable y cargante imitación de Jerry Lewis que ejecuta Jake Gyllenhaal-. Sin embargo, también pretende escapar del maniqueísmo monolítico otorgando cierto dramatismo a los personajes a uno y otro lado del conflicto, con sus dudas, sus traumas y sus traiciones y, en resumen, sus razones -como parece decir ese abuelo coreano al que le sobraría entonces la desacreditación moral de su alcoholismo, por mucho cariño con el que lo críe el granjero, un cerdo es alimento desde que nace-.

          Sea como fuere, destaca sobre lo anterior la ternura y el candor que despierta el entendimiento entre Mija -un personaje cuya gran fuerza propulsa además el carisma de Seo Hyun-Ahn y su párpado inflamado- y su animal, cuyo diseño remite al cerdo, al hipopótamo, al perro y al manatí, y al que, a pesar de su elaboración por ordenador, se le consigue dotar de una entrañable fisicidad y de sentimiento a través de su mirada de ojos humanos.

En estas escenas, Bong modula con acierto el tono recurriendo a elementos chaplinescos: la fusión de la tragedia desgarrada con elementos de humor naif, en este caso las ventosidades; lo que en cualquier caso es una característica habitual en la filmografía del realizador. Y comparece asimismo una noción de la conexión con el espíritu protector y benéfico de la naturaleza que remite a Hayao Miyazaki, rasgos con los que conecta con habilidad con las emociones del espectador. Porque, ¿puede haber un amor más puro e incondicional que el de un niño por su mascota? Obviamente es una clase distinta de amor del que se profesa a las personas, que debido a su complejidad exige mayor esfuerzo por parte de uno mismo. Pero, ¿existe una relación más auténtica, entregada y reconocible por cualquiera que haya tenido un perro, un gato, una cobaya o cualquier bicho que responda a una caricia?

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Caídos del cielo

25 Sep

“La mayoría de la gente gasta la mitad de su energía tratando de proteger una dignidad que nunca ha poseído.”

Raymond Chandler

 

 

Caídos del cielo

 

Año: 1990.

Director: Francisco J. Lombardi.

Reparto: Gustavo Bueno, Marisol Palacios, Carlos Gassols, Mónica Domínguez, Delfina Paredes, Rafael Garay, Nelson Ruiz.

Tráiler

 

 

            Dentro del cine peruano, menos popular que el de otros países vecinos de América del Sur como Brasil o Argentina y sin una industria reconocible en la década de los ochenta, sobresale la figura de Pancho Lombardi como el principal realizador a nivel internacional, obteniendo incluso nominación al Oscar a la mejor película extranjera en cuatro ocasiones, una de ellas adaptando novelas de su compatriota Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, y el resto por Maruja en el infierno, La boca del lobo y esta Caídos del cielo.

            Con Caídos del cielo, Lombardi, sobre el libro de cuentos Los gallinazos sin plumas, de otro autor peruano, Julio Ramón Ribeyro, traza a través de tres historias una metáfora de un país que se aboca a su decadencia, ávido de enriquecerse dentro de su propia pobreza. Así, el catalizador de las tres historias será una pareja de pudientes ancianos venidos a menos que enfilan sus últimos días de vida obsesionados con dejar huella tras su muerte en forma de mausoleo familiar, aún a costa de empeñar en el intento lo poco que queda, material y físico, de su propia existencia.

Es esta pareja quien regala un cerdo cobrado del alquiler de sus muchas viviendas a una antigua ama de llaves, quien apura ahora su vejez en la indigencia viviendo en los alrededores del basurero de la capital peruana en compañía de sus dos nietos. Un animal que significa una nueva, quizás la última, oportunidad de salir adelante, así sea a costa incluso de la salud de su descendencia, hipotecada por el bien del puerco, en lo que es, a su vez, una demostración de que la ceguera de la anciana no es solo física, sino también moral, provocada por el egoísmo que únicamente puede producir la más absoluta desesperación y el rencor de una vida desperdiciada al servicio de otros.

También es la pareja de ancianos los dueños del piso en el que habita Humberto, locutor de radio que desde su alta torre de marfil se permite el lujo de conceder vacuos consejos de vida para los desesperados –como lo están todos los componentes de las tres historias-, adalid radiofónico de las causas perdidas que verá la oportunidad de redimirse en la realidad, de superar sus propios traumas físicos y de estima que se manifiestan en las cicatrices de su cara, por medio de una misteriosa joven a la que salva del suicidio, un ser herido, como él, en lo más profundo, un alma gemela que no demostrará sino la hipocresía y los de ese héroe de la autoayuda y del éxito al alcance de toda persona que piense en positivo y mantenga la mente abierta, libre de unos prejuicios que él mismo es el primero en sacar a la luz.

            Como se deduce del argumento, una película a tres bandas de irregular interés –la historia de amor entre marginales resulta alargada y repetitiva- que parece enfocada a alcanzar el desenlace amable y esperanzador, subrayado en todo momento en sus sentimientos por la banda sonora, pero que se va trocando en un relato sombrío y agrio que se vuelve sin piedad en contra de sus personajes, en verdad individuos distanciados de la realidad, ya sea por el falso sentido de la apariencia que supera la misma situación verdadera, por la pérdida de la perspectiva que produce la ilusoria esperanza en un mundo mejor inalcanzable o por una falsedad de espíritu que arrastra en su engaño al propio individuo.

            Un planteamiento amargo, imagen de los males que achacan a un Perú que no encuentra salida a una decadencia que parece crónica pero que, desgraciadamente, acaba por abandonarse en un tremendismo exagerado, si bien de demoledora carga simbólica, que condena al filme.

Goya al mejor filme extranjero de habla hispana de 1990.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 5.

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