Tag Archives: Avión

Dunkerque

26 Jul

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Año: 2017.

Director: Christopher Nolan.

Reparto: Fionn Whitehead, Aneurin Barnard, Mark Rylance, Barry Keoghan, Tom Glynn-Carney, Cillian Murphy, Tom Hardy, Jack Lowden, Kenneth Branagh, James D’Arcy, Harry Styles.

Tráiler

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         Como prestigioso director de blockbusters, el estilo narrativo de Christopher Nolan tiende al encadenamiento constante y la acumulación de escenas climáticas, a la construcción de colosales arquitecturas de montaje cuyos ramales colisionan entre sí a ritmo trepidante. El frenesí bélico, por tanto, semeja campo abonado para la aplicación de esta estructura de altas revoluciones, de tensión límite sostenida con tiralíneas.

En este sentido, Dunkerque reconstruye esta batalla y evacuación aliada en la Segunda Guerra Mundial frente al entonces imparable enemigo nazi utilizando como plantilla el esquema que Nolan aplicaba en la operación central de Origen, donde tres capas del subconsciente, desplegadas en diferentes espacios temporales, convergían a contrarreloj en dirección a un mismo objetivo. Y es similar asimismo a la que se desarrollaba a través de distintas dimensiones espaciotemporales en la todavía más ambiciosa Interstellar. Esto es, tres escenarios -el espigón de la ciudad sitiada, la travesía de una embarcación de ocio levada para el rescate del contingente y la misión de un avión de combate de la RAF; tierra, mar y aire- que avanzan de dificultad en dificultad, de peligro en peligro, de imposible en imposible, hasta el desenlace ansiado, mientras desde la banda sonora de Hans Zimmer -traductor musical del torbellino gramatical del cineasta británico- no deja de sonar el tictac del cronómetro.

         Desde el primer momento, Dunkerque apabulla al espectador y lo empuja contra la butaca. El caos, bien organizado visualmente, eleva la adrenalina a la par que el instinto de supervivencia mueve al soldado raso o que el templado aviador persigue, derriba y escapa de los stukas alemanes. El sonido es ensordecedor, los proyectiles parecen caer en la sala y las balas rebotar en sus paredes. El suelo tiembla con los estallidos y también con el ritmo y el volumen creciente de la partitura del compositor alemán. La guerra como espectáculo. Dunkerque es una película tremendamente dinámica. Nolan hace gala de su férreo dominio del tempo y el montaje, que coordina y encaja al milímetro este rompecabezas de tres caras. Su pretensión apunta a sentir la batalla, no tanto a crear un marco reflexivo entorno a ella. Quizás por esta razón, debajo del ruido y la furia -y del entretenimiento-, hay cierta sensación de vacío, de ausencia de alma.

         Si la aparatosidad formal y conceptual de Interstellar servía para exponer un discurso sensiblero, en Dunkerque el apartado humano, más allá de apuntes sobre el salvajismo del hombre reducido a bestia que intenta salvar su pellejo, es más escaso que contenido. O, mejor dicho, cuando aparece es un tanto tópico -la abnegación del piloto Farrier- o directamente pueril -el pequeño George, orgulloso de hacer algo verdaderamente grande, personificación del sacrificio civil británico en el conflicto-.

La obra agradece que, con relativa honestidad, el guion no abunde en exceso en melodramatismos heroicos -dejando de lado el enfático alegato final- y que, por encima de ello, el tercio de la playa consiga arrojar imágenes de inquietante, penetrante y fantasmagórica desesperación -el episodio del amanecer que sigue al torpedeo del barco de rescate-. Protagonizada por Fionn Whitehead -un actor que parece sacado del Free Cinema-, es esta la trama más sugerente y con mayores posibilidades -cinematográficas y filosóficas-, sobre todo en comparación con todo lo que ocurre a bordo del bote de recreo, a pesar de que cuenta aquí con la sólida presencia de Mark Rylance. Pero al compartir metraje con los otros dos segmentos, su potencial se diluye en parte y desaprovecha.

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Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

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Sully

7 Nov

sully

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Año: 2016.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Tom Hanks, Aaron Eckhart, Laura Linney, Mike O’Malley, Anna Gunn, Jamey Sheridan, Chris Bauer.

Tráiler

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           En los créditos finales de Sully, el auténtico comandante Chelsey ‘Sully’ Sullenberg, reunido con el pasaje que salvó de la muerte, le recuerda al espectador que 155 no es un simple número inscrito en la crónica de un accidente aéreo, sino que son personas, cada una dueña de su propia vida, de su propia historia. Gente, como usted o como yo.

           No entiendo Sully tanto como una prolongación de El francotirador en el estudio sobre la naturaleza del héroe americano, sino como una película acerca de la relación entre el individuo y el sistema, que el libertario Clint Eastwood considera deshumanizado. De hecho, prepara su acercamiento al incidente como una cuestión de empatía hacia ese héroe incuestionable que es cuestionado por la Administración, representada por el rostro hostil de Mike O’Malley, líder del comité encargado de juzgar su toma de decisiones. En este sentido, Sully me recuerda bastante más al Gus Lobel de Golpe de efecto, la última interpretación de Eastwood hasta la fecha, que al soldado Chris Kyle.

Al igual que el primero -una antítesis del Billy Beane de Moneyball que se erige por tanto en anacronismo romántico al sobreponer su instinto sobre la estadística para conocer quién es genuinamente bueno jugando al béisbol-, Sully combate contra la frialdad contable de la compañía aérea y la aseguradora que cuestionan sus actos, y contra la artificiosa tecnología que emplean para intentar desacreditarle -contrapuestos además al inmediato y sincero reconocimiento que en cambio le tributan, incluso reiterativamente, los ciudadanos con los que se cruza-. Contra sus cálculos automáticos, Sully “siente”.

           De esta manera, el protagonista se revela durante el desarrollo del filme como, ahora sí, un heredero por derecho de la tradición del héroe capriano: el hombre común que, a título personal aunque con capacidad para inspirar y redimir a toda la sociedad, se alza desde la fuerza de sus convicciones, su compromiso y su honestidad contra ese sistema deformado por su leviatánico tamaño, convertido en opresor de las libertades y la dignidad del individuo al que a priori ha de servir. 

           En una escena concreta, el atormentado Sully corre por Times Square mientras, de fondo, brillan los rótulos de Goldman Sachs. El sistema impunemente trampeado. Muchos de los métodos que Eastwood aplica en su alegato muestran cierta ingenuidad u obviedad, caso de ese énfasis en el aprecio popular, las alusiones a la decadencia de los Estados Unidos -la debacle económica, las guerras sangrientas y absurdas de Afganistán e Irak-, la ligera personalización de varios pasajeros o el uso de los primeros planos para explicitar la postura ideológico-emocional de los personajes secundarios respecto de Sully y los hechos, así como su correspondiente evolución debido al curso del relato

           Con todo y ello, el cineasta californiano cumple con su objetivo de dotar de calor humano su reivindicación y mantiene una solvente firmeza en la pronunciación de su discurso, sólidamente arraigado en su filmografía y en sus creencias particulares.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7. 

Nota del blog: 6,5.

 

Espías desde el cielo

22 May

“No se puede decir que la civilización no avanza… De hecho, en cada guerra te matan de una manera diferente”

Will Rogers

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Espías desde el cielo

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Espías desde el cielo

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Año: 2015.

Director: Gavin Hood.

Reparto: Helen Mirren, Aaron Paul, Alan Rickman, Phoebe Fox, Barkhad Abdi, Jeremy Northam, Richard McCabe, Monica Dolan, Iain Glen, Babou Ceesay, Kim Engelbrecht, Aisha Takow.

Tráiler

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            Es de los pocos ejercicios académicos de los que tengo un recuerdo medianamente completo, y es porque era el tema principal del primer examen que suspendí en mi carrera de estudiante. Fue en la primera evaluación de Ética de 4º de la ESO y, además, lo suspendí a lo grande. Sin paliativos. El ejercicio en cuestión –éste en concreto, o al menos uno bastante aproximado– pedía elaborar un razonamiento moral a partir de un texto de José Ortega y Gasset, que a su vez tomaba un fragmento de la tragedia Troilo y Cressida de William Shakespeare, y en el que dos figuras mitológicas de la Guerra de Troya, Héctor y Troilo, discutían sobre la posibilidad de entregar a Helena a lo aqueos para salvar a su patria de la destrucción en ciernes.

En síntesis, el eje de la disputa versaba sobre si el valor de una vida humana se podía someter a un juicio subjetivo –es decir, que el valor de esa vida humana sea el que cada cual le otorgue según su entendimiento- o si, por el contrario, la existencia de una persona posee en sí misma una estimación objetiva, ostentada por derecho e inexpugnable frente a los argumentos de las partes implicadas en el debate.

            Espías desde el cielo es la reformulación de este planteamiento del filósofo madrileño, donde  la argiva Helena queda sustituida por una niña keniata con un puesto de pan anexo a la vivienda donde un grupo de terroristas de Al-Shabab preparan un nuevo atentado suicida, de ejecución inminente, y que está siendo vigilado por las fuerzas conjuntas de Reino Unido y Estados Unidos a través de un dron, con orden de eliminar a los objetivos a bombazos.

Estamos por tanto ante un filme de cuartos cerrados, de diálogo y no de acción, al estilo de Doce hombres sin piedad o Punto límite, este último dueño asimismo de una guerra de despachos donde, al igual que en la presente, comparecen importantes dosis de patetismo político-burocrático. Qué lejos queda a estas alturas de Historia la guerra directa y presuntamente heroica, de acuerdo con los cantos épicos tradicionales, a la que reverenciaban desafueros como Black Hawk derribado, por citar un ejemplo en el que se comparta escenario y prácticamente situación geopolítica y, más aún, sobre hechos de apenas hace una veintena de años.

            El suspense de Espías desde el cielo, por tanto, proviene de negociaciones y eventos estáticos, del esfuerzo intelectual en sumarse, quedamente, al debate propuesto por los personajes. A estos efectos, la administración de la tensión y el pulso narrativo que luce Gavin Hood son espléndidos –era la única tarea que prácticamente le competía como director, tratándose como se trata de una película de guion, firmado aquí por el relativamente desconocido Guy Hibbert, escritor más acostumbrado a prodigarse en telefilmes y series de televisión que en largometrajes para la gran pantalla-.

            Este mencionado patetismo puntual de los dirigentes civiles -insuflado sin duda por este periodo de desafección política global-, es quizás uno de los tópicos que maculan ligeramente la por otro lado destacable madurez de la obra, con casos evidentes como la amigable familia de la cría, la izquierdista enfurruñada –a la que sin embargo Monica Dolan acaba otorgando dignidad humana como personaje- o el jefe de Estado norteamericano expeditivo –la óptica del relato es británica, cabe recordar-. Aunque, claro, no olvidemos que los estereotipos del cine se alimentan de un poso de innegable realidad, y viceversa.

Y también es posible que la película tenga ciertas concesiones buenistas para con los militares, dado que los incidentes bélicos recientes inclinan a pensar que, en el campo de batalla extracinematográfico, los remilgos para adoptar decisiones críticas en las campañas de acción no son tan pronunciados -en especial en el terreno de los bombardeos con drones, donde la distancia física parece tender a crear una distancia moral-. Pero incluso así se diría que el libreto quiere introducir un matiz a partir de la extracción y el objetivo estrictamente universitario de este piloto virtual interpretado por Aaron Paul.

            La cinta, pues, presenta un loable equilibrio en los puntos de vista enzarzados en esta polémica terrible, a la que se agregan además elementos que apuntalan las complejidades del fondo de escenario, como los mecanismos jurídicos que se imponen sobre las resoluciones marciales, las consecuencias de la imagen en toda situación que acontezca en estos tiempos -sea como elemento de influencia legítima o amarillista sobre la sociedad occidental, sea como espita que detona la creación de nuevos sublevados estimulados por el trauma vívido y cercano- o la difuminación de los frentes combatientes en una guerra atomizada y casi imprevisible –los occidentales que se unen a la yihad como respuesta a su alienación existencial, los antiguos foráneos asimilados que forman parte integral e indisociable de la metrópolis-.

            De este modo, a la vez que desarrolla un thriller bélico realmente entretenido, Espías desde el cielo provee un poderoso material de debate para la salida de la sala que, a fin de cuentas, redondea las virtudes de su conjunto.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Sierra de Teruel

21 May

“El arte y la cultura forman otro frente de lucha; escritores y artistas son sus soldados.”

León Trotsky

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Sierra de Teruel

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Sierra de Teruel

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Año: 1939.

Director: André Malraux.

Reparto: Andrés Mejuto, Nicolás Rodríguez, José Sempere, Julio Peña, Pedro Codina, José María Lado, Serafín Ferro, Miguel del Castillo.

Filme 

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           Rodaje de guerra literal, donde cae herida por del fascismo contra el que arremetían sus fotogramas. Obra coherentemente inconclusa. Conocida también por el título francés, Espoir (esperanza), que es casi el de la novela de la que parte, L’Espoir, Sierra de Teruel es la primera y última incursión en el séptimo arte del literato, intelectual y político francés André Malraux. Y, como en su versión en papel, el filme es la recreación de sus memorias bélicas en los violentos inicios de la Guerra Civil española.

Pero Sierra de Teruel es recuerdo y es presente combativo al mismo tiempo, establecido como arma propagandística financiada por el gobierno de la República con el objetivo militar de expandir la conciencia de lucha entre las fuerzas internacionales que, a diferencia de las potencias fascistas, que atisbaron su condición de ensayo para el conflicto mundial venidero, delegaron en cambio en contingentes voluntarios el deber de enfrentarse al monstruo que, voraz, se desperezaba.

           El rodaje de Sierra de Teruel, de hecho, es puro rodaje de guerrilla, emprendido a caballo entre Cataluña y Francia con una mezcla de convicción, carestía material y penurias técnicas, empleando recursos de la tierra –las letras de Max Aub en la adaptación del libro, los payeses de la región como fondo actoral amateur en anticipo del Neorrealismo italiano– y obstaculizada por las explosiones de bombas y la amenaza cotidiana del avance nacional. Precisamente la caída de Barcelona atropellaría la producción, cercenando su relato cinematográfico. Se estrenaría en algunos pases al otro lado de los Pirineos ese mismo 1939, recompuesta a duras penas en la sala de montaje. Las injerencias diplomáticas franquistas y la ocupación nazi del país galo convertirían la supervivencia de la cinta en otra aventura extraordinaria –destrucción de negativos, copias salvadas en Estados Unidos en plena Segunda Guerra Mundial, composición de diversas versiones amoldadas a la realidad de posguerra del momento,…-, la cual culminaría con una nueva restauración a comienzos del siglo XXI.

           Pese a las mutilaciones, la coherencia de sus apenas 68 minutos de metraje es asombrosa, en absoluto embargada por las elipsis obligadas por las circunstancias. Completa en su fragmentariedad capitular, que deja episodios –el asturiano, la dinamita y el desfiladero- al albur del pensamiento del espectador, en la actualidad condicionado por el conocimiento cierto del desenlace último de la conflagración.

En cuanto al argumento, este diálogo entre el pasado inmediatola batalla de Teruel de 1937y el presente de la filmación –la progresiva derrota republicana- queda extraña y conmovedoramente hibridado en los fotogramas de Malraux, en los que convive la crudeza de la guerra y el lirismo de la naturaleza, al igual que trata de componerse un mensaje de esperanza en la causa frente a una noción palpable del fracaso bélico, de consciencia irremediablemente trágica. El documental vívido, apegado a la tierra y permanentemente martilleado por la artillería, contra el lirismo romántico, manado de los ideales y portado en el rostro de los personajes.

Sierra de Teruel ofrece planos de extraordinaria carga poética, de los que a buen seguro tomaría nota Terrence Malick para componer su obra maestra, La delgada línea roja. La naturaleza eterna, inmutable y hermosa que colisiona violentamente con la muerte de los hombres, entre fuego y barro. Una hormiga que deambula indiferente por el visor de la vetusta ametralladora de un avión leal. La bandada de pájaros que alzan el vuelo como escapa el alma orgullosa de quien se arroja a pecho descubierto contra el cañón enemigo. Las aves que emigran como cada año en una peregrinación sagrada, los girasoles que mantienen inmutables su ciclo eterno, irrompible. Imágenes simbólicas que se disponen estratégicamente, insertadas entre los clímax de dolor -y quién sabe si heroísmo- un tanto al estilo de las escenas-almohada del japonés Yasujirô Ozu, otro poeta con cámara en lugar de pluma.

           La atmósfera que dominan las acciones republicanas es más elegíaca que épica, donde el valor del pueblo llano –los municipios que se revelan ante la llegada del opresor-, el compromiso innegociable –el comandante que retorna al frente- y el valor indestructible –el soldado que se lamenta no haber salido antes a pelear-, apenas logran suplir las privaciones militares y logísticas –desde los aviones y el armamento hasta el teléfono y las raciones- que condenan a la ardorosa resistencia. De aquí surge la esencia de sus pretensiones inspiradoras, exaltada en esas conclusiones que se alcanzan después de atravesar tensas y vibrantes secuencias de incursiones aéreas, meritorias en su formulación teniendo en cuenta la inexperiencia de Malraux –quizás habría que conceder crédito al documentalista Boris Peskine, que lo auxiliaría en la dirección-.

Una obra insólita, en definitiva.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 8,5.

Los ángeles del infierno

6 Abr

Aparte de ser conocido como magnate, playboy y amante de la adrenalina, Howard Hughes también hacía películas. Aquí va una de ellas, para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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El viento se levanta

23 Dic

“No voy a hacer películas que digan a los niños «desilusionaos y huid».”

Hayao Miyazaki

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El viento se levanta

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El viento se levanta.

Año: 2013.

Director: Hayao Miyazaki.

Reparto (V.O.): Hideaki Anno, Miori Takimoto, Mansai Nomura, Hidetoshi Nishijima, Jun Kunimura, Mirai Shida, Morio Kazama.

Tráiler

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            Hayao Miyazaki se despide del cine. Sin el cineasta japonés, el séptimo arte queda huérfano de optimismo, de sueños que soñar. Pocos como él han sabido condensar de manera tan hermosa, tierna e inspiradora las virtudes del ser humano, concentradas por lo general en el espíritu inocente y sin malear de la infancia. Menos aún son capaces de restablecer la confianza en el hombre a este misántropo declarado. De hecho, creo que si algún día tuviera hijos, estaría satisfecho con que recibieran por toda educación las filmografías completas de Charles Chaplin y de Hayao Miyazaki.

            Uno quiere pensar que El viento se levanta, la despedida de Miyazaki, podría pasar perfectamente por una autobiografía. Porque, a buen seguro, Miyazaki estudia a Jiro Horikoshi y se reconoce a sí mismo en la historia de este ingeniero aeronáutico, diseñador del caza Mitsubishi A6M Zero –la aviación, un entorno propenso para la ensoñación recurrente en la obra del cineasta-, de igual manera que, a su vez, éste conecta en un plano onírico con otra mente artística equivalente a la suya como es la de Giovanni Battista Caproni, colega de profesión y, podría decirse, portavoz del propio director.

La pasión y los sueños como innegociable motor de la vida; la creación como forma de entender la existencia, como deuda contraída por el hecho de vivir; el romanticismo a pecho descubierto como postura radical e inmutable frente a un mundo que dista de ser idílico y que, más aún, se empeña en demostrar lo contrario.

            No conozco en profundidad los avatares de Horikoshi, ni su personalidad auténtica. Intuyo que la licencia campa a sus anchas en este biopic animado. Pero no creo que sea relevante porque, insisto, considero que en verdad la cinta sirve a la perfección como crónica testamentaria del genio de la factoría Ghibli. Ese vitalismo, ese optimismo y esa imaginación incontenible característica de sus personajes se encuentran asimismo presentes en esta recreación de la infancia y la juventud de Horikoshi, que se va encadenando por medio de sueños de juventud hasta que, a fuerza de entusiasmo y determinación, estos se convierten en realidad. La pasión conjunta traspasa la pantalla para impregnarse en la sonrisa ilusionada del espectador.

            Miyazaki y Horikoshi crean vida, no simples cartones pintados o artilugios fríos. Los artefactos que observa, presiente y construye el ingeniero son cálidos, orgánicos. Resoplan, bufan y relinchan por medio de un candoroso registro sonoro que impregna a la cinta de calidez y un tenue realismo mágico en el que la naturaleza y las máquinas se convierten en criaturas con su propia alma que conviven con el hombre en mayor o menor entendimiento y armonía, frecuentemente rota por éste último, de cuya mano también entran en conflicto, a modo de maldición, la pasión y la destrucción, el amor y la muerte.

Los tiempos procelosos que atraviesa la cronología histórica del filme, cargados de crisis económicas, catástrofes, fascismo y terribles guerras habidas y por haber, son un obstáculo más para la nobleza natural de este “hombre de verdad”, representante de los valores de la especie –a pesar de la censurable ambigüedad con la que aborda su matrimonio con una mujer enferma de tuberculosis y del corrompido uso bélico de sus ingenios, protagonistas del ataque a Pearl Harbor-.

En definitiva, Horikoshi se sitúa en idéntico plano al de los afables niños de Miyazaki, si bien con sus heroicas aventuras acometidas en esta ocasión desde el fondo de una mesa de dibujo.

            Más solemne y adulta en comparación obras precedentes, El viento se levanta no es la película más perfecta ni más intensa de Miyazaki, lejos de obras cumbre como Mi vecino Totoro, La princesa Mononoke y, sobre todo, de su obra maestra, El viaje de Chihiro. Aunque, sea como fuere, el filme condensa el cariño y amor que Miyazaki siente por la vida y por la creación artística, proclamados, como es habitual, a través de una reconfortante y expresiva animación de técnica tradicional, acreedora de poderosas y clarividentes imágenes con la inconfundible firma de uno de los grandes del cine de todos los tiempos.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

Firefox, el arma definitiva

24 Sep

“Si quieres garantía, compra una tostadora.”

Nick Pulovski (El principiante)

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Firefox, el arma definitiva

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Año: 1982.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Clint Eastwood, Freddie Jones, David Huffman, Warren Clarke, Ronald Lacey, Kenneth Colley, Klaus Löwitsch, Nigel Hawthorne, Stefan Schnabel.

Tráiler

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            El cambio de década entre los setenta y los ochenta no sería particularmente propicio para el Clint Eastwood director. Después de estrenar Ruta suicida y Bronco Billy, Firefox, el arma definitiva cerraría una terna de discretas obras menores.

Por su parte, en el aspecto histórico, el ascenso al poder del conservador Ronald Reagan inspiraba una beligerancia redoblada en cuanto a la Guerra Fría, la carrera armamentística y las tendencias ideológicas y militares que marcaría a fuego su impronta en el cine de la época, rayano en ocasiones el puro panfleto propagandístico.

            Al igual que John Rambo -icono de estos tiempos de mano fuerte militar contra el soviético y reivindicación del combatiente y el veterano-, el piloto de cazas que en Firefox interpreta un Eastwood poco inspirado arrastra tras de sí las turbias secuelas psicológicas de uno de los episodios calientes de esta Guerra Fría: el traumático conflicto en el Vietnam. No obstante, el guion desaprovecha cierta mirada crítica hacia la intervención en el país asiático y, sobre todo, rechaza profundizar en su trasfondo dramático para reducirlo simplemente a un factor de intriga dentro del desarrollo de la trama.

            El argumento, superficial en su tratamiento de personajes y contexto, aunque enrevesado y de dudosa verosimilitud en su vertiente de espionaje, plantea el robo de un nuevo modelo de avión ruso controlado por la mente e indetectable para los radares (contradictoriamente, luego se verá que no tanto).

De este modo, el suspense no pasa de resultar funcional dentro de una obra alimenticia en la que Eastwood proporciona escasa muestra de carácter aparte de atreverse con unos trucos visuales deudores de las persecuciones de naves de La guerra de las galaxias, piedra angular en el auge de la ciencia ficción y los efectos especiales que se experimentaba en aquellos años –de hecho, se encarga de los mismos John Dykstra, recomendado por el propio George Lucas, y responsable de los efectos de la primera entrega galáctica-.

            De las cintas más olvidables de Clint.

 

Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 5.

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