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Tangerine

2 Mar

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Año: 2015.

Director: Sean Baker.

Reparto: Kitana Kiki RodriguezMya Taylor, Karren Karagulian, Mickey O’Hagan, James Ransone, Alla Tumanian, Luiza Nersisyan, Clu Gulager.

Tráiler

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         Recuerdo haber leído a varios cineastas que el primer mandamiento para aquel que quiera dirigir una película es hacerse con una cámara y lanzarse a rodar. Al igual que ocurre con la fotografía, los smartphone propician un medio de filmación asequible y prácticamente universal, un nuevo paso tras la popularización de estos recursos que ya avanzaron otros artilugios como el Super 8 y las videocámaras de uso doméstico. Muestra de ello es que existen incluso certámenes especializados en obras rodadas exclusivamente con dispositivos móviles, caso del Toronto Smartphone Film Festival. En ámbitos más convencionales, están los ejemplos de I Play With the Phrase Each Other, elaborada con un iPhone 6 y concursante en la edición de 2014 del festival de Sundance, La Meca del cine indie, donde un año más tarde también concurrirá Tangerine, realizada con tres iPhone 5s, lentes de precio ínfimo y la app Filmic Pro, según indica su promoción.

         En Tangerine, el formato se amolda perfectamente a las circunstancias y el territorio vital de sus protagonistas. Es una cinta puesta a pie de asfalto, de lenguaje y modales callejeros, de orgullosa marginalidad, aunque tampoco estrictamente cruda y realista a pesar de la fotografía de derribo, que encuentra el contraste en una banda sonora a mil revoluciones y decibelios. El estilo pírrico y urgente, su libertad narrativa, su fascinación por el rostro contracultural y dudoso de la ciudad, así como su recorrido clandestino, anárquico e itinerante, parecen beber del espíritu del cine underground estadounidense de los años cincuenta y sesenta.

Encaramado a la odisea de la prostituta transgénero Sin-Dee, personaje atronador que cabalga en busca de su felicidad imposible tras su salida de la cárcel, el director y guionista Sean Baker también trata de dotar a sus imágenes, adheridas a los movimientos constantes de las aventureras por medio de la ligereza de los aparatos y de la firmeza de la steadycam de saldo, de cierta poética de guerrilla urbana. Contraluces y tonalidades fuertes; composiciones igualmente rotundas y directas -es decir, cuando el constante trajinar lo permite-, que se adentran por momentos en la épica videoclipera propia de una diva pop contemporánea, con una sofisticación -pretendida a su manera- brusca, excesiva, hortera y gritona; fascinante o irritante según cada cual -uno tiende a sentir lo segundo-, o quizás las dos cosas al mismo tiempo.

         Toda esta factura visual es acorde, insistimos, al influjo arrollador de Sin-Dee, del mismo modo que ocurre con un argumento que no duda en sumergirse sin tapujos en la hiperexcitación de la telenovela con detalles del thriller de venganza sangrienta, mientras de fondo se constata que sus protagonistas son, en realidad y a la hora de la verdad, unas criaturas vulnerables sobre las que pende la aterradora amenaza de la soledad, condenadas a subastar sus sueños a guarros de tres al cuarto o, incluso, a pagar por vivirlos desde la ficción. Se agradece en este apartado la escasa tendencia al juicio, al prejuicio y al victimismo que muestra el relato.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 5,5.

Mi gran noche

9 Abr

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Año: 2015.

Director: Álex de la Iglesia.

Reparto: Raphael, Pepón Nieto, Blanca Suárez, Carlos Areces, Jaime Ordóñez, Mario Casas, Marta Guerras, Marta Castellote, Tomás Pozzi, Hugo Silva, Carolina Bang, Carmen Machi, Luis Callejo, Santiago Segura, Carmen Ruiz, Enrique Villén, Ana Polvorosa, Luis Fernández, Antonio Velázquez, Terele Pávez, Daniel Guzmán, Toni Acosta, Eduard Casanova, Ignatius Farray.

Tráiler

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           Apenas median seis años entre El ángel exterminador y El guateque, estrenadas en 1962 y 1968, respectivamente. Pero, más allá de satisfacer sus pulsiones cinéfilas, Álex de la Iglesia parece exponer en Mi gran noche que la sociedad occidental -sea mexicana, estadounidense o española- apenas ha avanzado cuatro décadas después, ya que continúa siendo igual de absurda y padeciendo el mismo patetismo.

           Las variables coyunturales, no obstante, también afloran en este retrato de farsesca festividad de la España contemporánea, definida por uno de los eventos más casposos, falsos y desopilantes que sobrevive a gastos pagados generación tras generación: una gala de Nochevieja grabada en octubre y donde salen al escenario los protagonistas del presente nacional. Esto es, la precarización laboral, la rampante esclavización del ciudadano común, la sustitución de referentes morales por ídolos frívolos, la corrupción generalizada, la incultura del pelotazo, la degradación educativa, la desgraciada tramoya de la supuesta magia de la televisión que ya aparecía en Muertos de risa… Y, mientras, la ciudadanía queda reducida a simple figurante -aunque eso en el mejor de los casos, visto alguno de los ejemplos anteriores-.

           De la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría emplean una coralidad azconiana para recomponer este puzle que, como la fiesta que ejerce de decorado, parece asentarse en el pasado, el presente y probablemente el futuro. De esta manera, pueden encadenar una multitud de tramas sin que haya que decantarse por una en concreto que posea un mayor peso argumental y, por ende, exija un mayor desarrollo. Gracias a ello no aflora del todo uno de los principales defectos que acompañan a la trayectoria del director y guionista vasco: el agotamiento de un planteamiento ocurrente. Así las cosas, Mi gran noche resulta una película relativamente más equilibrada que otras como Balada triste de trompeta, si bien puede deberse asimismo a que en ningún momento alcanza cotas de genialidad -en la anterior los títulos de crédito, una obra maestra en sí misma, fijaban un listón inalcanzable para el resto del metraje-.

           En Mi gran noche se observan de nuevo detalles de notable comicidad -ese Raphael rebautizado como Alphonso y villanizado en un trasunto de Darth Vader, la casquivana estrella juvenil de la que Mario Casas saca buen partido- en tanto que otras no funcionan a igual nivel o no terminan de explotarse del todo ante la avalancha de idas y venidas del relato que, por momentos, parece aquejada de los mismos males que una gala de Nochevieja -o una Enrique Cerezo Pictures-; atropellada, sainetera, ciclotímica, inocua en su orgulloso exceso.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,1.

Nota del blog: 6,5.

La propuesta

3 Abr

La propuesta

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Año: 2005.

Director: John Hillcoat.

Reparto: Guy Pearce, Ray Winstone, Emily Watson, Danny Huston, David Wenham, John Hurt, Robert Morgan, David Gulpilil, Tom Budge, Tommy Lewis, Richard Wilson.

Tráiler

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           La propuesta, segunda colaboración entre John Hillcoat y Nick Cave después de Ghosts… of the Civil Dead -y obviando la filmación del concierto Live at the Paradiso y el video musical Baby I’m on Fire-, provino precisamente de una propuesta: la que director le hizo al músico -y guionista a tiempo parcial- para componer una banda sonora de corte westerniano que, al final, trajo consigo su propio libreto bajo el brazo.

Será un western, no obstante, en una frontera al Oeste del Oeste, acorde a la raigambre australiana de ambos. Los paisajes desérticos del Outback conforman así un escenario igual de sobrecogedor, dueño incluso de un esoterismo exótico y perturbador que deslizará el relato, poco a poco, hacia territorios metafísicos.

           El villano de La propuesta es un monstruo legendario que se guarece en las caprichosas formaciones rocosas del paisaje, en comunión y comunicación con la naturaleza, renegado de y repudiado por la incipiente civilización que ansía instaurar por lo civil o lo criminal el capitán Stanley, recién llegado a una colonia agreste, aún fiel a su origen como continente-penitenciaría.

Sin embargo, en La propuesta las categorías dramáticas se diluyen en una pátina de surrealismo cercano al acid-western y sus pulsiones de muerte, la cual se desarrolla a  lo largo del trayecto del forajido Charlie Burns (Guy Pearce), agente del destino histórico y personal, y el dilema que le plantea su misión forzada. Quizás hubiera sido mejor ubicar a un actor con más presencia que Danny Huston al final de esta cabalgada al corazón de las tinieblas.

           Se podría sospechar la influencia de la prosa solemne, telúrica y metafísica de Cormac McCarthy en los fotogramas del filme, reforzada por el hecho de que Hillcoat llevaría luego a la pantalla una de sus novelas: La carretera (The Road), otro itinerario apocalíptico.

La propuesta dibuja un universo ancestral y terrible contra el que trata de abrirse paso una no menos violenta sociedad moderna, cuya falta de piedad e incluso sinrazón se advierte en su primitiva concepción de la Justicia y, en especial, en el conflicto abierto y sangrante entre colonos y aborígenes. De este choque nacen asimismo detalles instalados en el absurdo -el jardín inglés, el vestuario del mayordomo, la celebración de la navidad…- y que refuerzan la atmósfera irreal que dominan una obra con encomiable personalidad.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Carol

9 Feb

“La mirada hace todo: es el reflejo permanente de la llama interna que anima al héroe.”

Anthony Mann

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Carol

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Carol

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Año: 2015.

Director: Todd Haynes.

Reparto: Rooney Mara, Cate Blanchett, Kyle Chandler, Sarah Paulson, Jake Lacy, John Magaro.

Tráiler

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             A pesar de su origen literario –una novela de Patricia Highsmith donde relata un episodio semiautobiográfico-, Carol podría haber sido perfectamente un melodrama silente. Es una película que se resuelve sin palabras, entre miradas. Primero, entre las miradas de control que hostigan en el trabajo a la joven dependienta o las de su vecina que traspasa incluso el recato de la mirilla para imponer su ley de la decencia en el rellano del portal; dos ejemplos de la presencia atmosférica, luego sugerida también por las líneas de guion, del paranoico Comité de Actividades Antistadounidenses y su persecución implacable e invasiva de un presunto enemigo rojo infiltrado, quintacolumnista en el país de la Libertad y subversivo frente al imperio del innegociable status quo. Y, contra estas miradas inquisitorias, se oponen y después alzan en rebeldía la insinuante melancolía de los ojos de Carol (Cate Blanchett), inclinados para seducir pero nublados por una sombra de desdicha que los embarga, y la inocencia temblorosa y deseosa que brota de los ojos de Therese (Rooney Mara), agresivos también cuando, por fin, defienden unas convicciones hasta entonces nunca halladas.

             Carol es la confluencia del trabajo y la química de sus dos actrices principales –la prestigiosa Blanchett, experta en componer creaciones premiables, y el talento más discreto pero extraordinariamente preciso de Mara- con la narración visual del cineasta Todd Haynes, quien también cuenta en gran medida desde la ausencia de palabras, por medio de las imágenes y los símbolos. El tiempo que se detiene de improviso, las conversaciones ajenas amortiguadas por la ausencia del ser amado, la vida que se despeña a través de círculos irrompibles. La soledad, la gelidez, la desolada postal hopperiana de esta nación-anuncio.

             La liberación –personal, social- de Therese y Carol no es estruendosa; no cabalgan unidas de la mano hasta despeñarse por un cañón delante de los machos que las acosan. Lo más parecido a ello es una potente proclama en el despacho de un abogado matrimonial: sencilla y rotunda, rehuyendo el maniqueísmo –el personaje del marido, al igual que los roles masculinos en general, está bastante menos dibujado, aunque al menos cumple su función-, sin extenderse más de lo justo y sin subrayar el momento con un crescendo de la banda sonora de Carter Burwell, contenida y elegante, como el filme.

Algo semejante ocurre en el desarrollo de la relación romántica de ambas, que captura un encuentro en el que cada una de sus partes carga con un bagaje privado –los miedos y anhelos, las frustraciones y experiencias- y un bagaje impuesto –la diferencia de edad y de clase social; la paternidad y la conquista del espacio propio en el futuro profesional- capaz de decantar el idilio bien hacia el éxito, bien hacia el fracaso. Los pálpitos decepcionados que desprende el arranque en homenaje a Breve encuentro –la huella de otro amor secreto y prohibido-; la valentía de apoderarse del cuerpo y el alma propios.

             Carol tampoco recurre a la estridencia para inflamar la pasión de este encuentro imprevisto y revelador -aunque quizás termine pagándolo en ocasiones con un punto menos de intensidad, el cual no tendría por qué estar reñido con esa delicadeza predominante-. Y en consecuencia, libres de esa tópica demagogia cinematográfica, sus dos mujeres solo derriban los muros –psicológicos, sociales, de la puesta en escena- que pueden derribar. Que no son pocos.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Juan Nadie

27 Nov

La influencia de Barbara Stanwyck traspasa fotogramas y pantallas. Gracias a su presencia, Gary Cooper aceptaría encarnar la sublimación del americano medio e incluso a un mesías redivivo y adaptado a los nuevos y materialistas tiempos en Juan Nadie, cine crítico, social y redentor de Frank Capra. Para la primera parte del especial de Cine Archivo sobre la Stanwyck.

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Blast of Silence

9 Abr

“Los gángsters con clase son un invento de Hollywood.”

Orson Welles

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Blast of Silence

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Blast of Silence

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Año: 1961.

Director: Allen Baron.

Reparto: Allen Baron, Molly McCarthy, Larry Tucker, Peter Clune, Danny Meehan

Tráiler

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            Paul Schrader, que lo entendía como un periodo o una corriente de la historia del cine y no como género en sentido estricto, dictaminaba la defunción del cine negro en 1958, precipitado por el estreno de Sed de mal. En cualquier caso, sea como género, sea como tendencia cinematográfica, la conclusión era evidente. El noir moría o, cuanto menos, mutaba.

Sin embargo, desde el underground subterráneo e independiente, ya emergía en ese mismo 1958 una primera y original revisión de la figura del pistolero solitario, Asesinato por contrato (Murder by Contract), que anticipa en su existencialismo descarnado a los samuráis parcos en palabras y sentimientos venidos del otro lado del Atlántico bajo patronazgo de Jean-Pierre Melville y otros admiradores inscritos en la nueva ola, o de los carteristas que transforman su delincuencia en un arte minimalista como los del Pickpocket de Robert Bresson.

            Al igual que ocurría en Asesinato por contrato, y surgido asimismo del espartano reino del underground estadounidense -más próximo a las revisiones francesas que a los clásicos americanos en cuanto a sensibilidad subversiva, aspereza de la realización y preeminencia del detalle minúsculo frente a la gesta épica-, el ascético sicario de Blast of Silence, que vive por y para la soledad más absoluta, también experimenta el desmoronamiento de su mito cinematográfico a causa de la influencia candorosa de una mujer. No obstante, tampoco se halla rastro aquí del ideal de belleza redentora que, contrapuesto a la diabólica femme fatale, conformaba uno de los arquetipos clave del cine negro. Como la testigo protegida de la cinta de Irving Lerner, el agente femenino de Blast of Silence ejerce su rol desde la completa involuntariedad, mientras que su correspondencia en relación al protagonista es, como poco, dispersa y dudosa.

            Blast of Silence, dirigida, escrita e interpretada por Allen Baron, retrata la decadencia vital y profesional de un hombre asocial y misántropo, encomendado al homicidio como un oficio de vocación que solo puede acometerse con meticulosidad, precaución y sobre todo paciencia. Una dedicación, por otro lado, que por momentos encarna la visión particular del protagonista hacia sus semejantes, dentro de una concepción universal, sintetizada en la vibrante apertura de la obra, que sostiene que la existencia misma no es más que dolor y oscuridad.

            De aspecto realista y directo, en concordancia con el pesimismo y el hastío de este ‘Baby Boy’ Frankie Bono –sociópata, huérfano, racista, misógino y con alergia a la Navidad-, la cinta,  estructurada a lo largo de un esquema circular que subraya su desalentado fatalismo, describe por tanto las rutinas menos glamurosas del asesino a sueldo, punteadas por una agresiva –y un tanto machachona- voz en off que sustituye la tradicional primera persona del protagonista cínico y descreído por la de un narrador omnisciente pero no neutral que habla empleando la segunda persona –opción que a un servidor siempre le crispa los nervios-.

Dentro de su crudeza intrínseca, cabe destacar dentro de la formulación formal de Blast of Silence, dueña de alguna secuencia meritoria e imponente, el hábil empleo del escenario frío y desangelado que propone la deshumanizada megalópolis americana –la Navidad en la que se ambienta el relato solo recrudece la sordidez y la hostilidad de la urbe-, así como especialmente, al modo fordiano, el aprovechamiento de la violencia de los elementos, en este caso del viento y la lluvia del huracán Donna, que gracias a sus reminiscencias salvajes, furibundas y apocalípticas constituye el marco ambiental perfecto donde descerrajar sin concesiones el desenlace de la función.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Despertar en el infierno

12 Mar

Despertar en el infierno es la mejor y más aterradora película sobre Australia de la historia.”

Nick Cave

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Despertar en el infierno

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Despertar en el infierno

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Año: 1971.

Director: Ted Kotcheff.

Reparto: Gary Bond, Donald Pleasance, Chips Rafferty, Sylvia Kay, Jack Thompson, Peter Whittle, Al Thomas, John Meillon.

Tráiler

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            A comienzos de los setenta, el espectador despertaba en el infierno. El Outback australiano comenzaba a configurarse como un espacio pujante y sugerente en el panorama cinematográfico internacional gracias al apoyo institucional, al talento de su nueva generación de artistas y al magnetismo de una serie de propuestas originales y fascinantes. Un lugar crudo y fantástico, atroz y hermoso, constituido como un limbo atemporal donde el orgulloso hombre occidental empequeñece y en el que cualquier cosa es posible.

Siguiendo esta idea, los protagonistas de Walkabout y Despertar en el infierno, pioneras de un cine afincado a partes iguales en la realidad y la irrealidad que mana directamente de este abisal desierto australiano, se encuentran en la misma postura que el espectador. Son extranjeros que descubren los misterios de un territorio enigmático y atávico.

            En Despertar en el infierno, el peso de lo fantástico acaba por inclinarse hacia un cruel absurdo que, en cierta manera, ya anunciaba esa escuela en el fin del mundo donde se abre la película. Rasgos de surrealismo buñueliano que, solapadamente, impregnarán el trasfondo de esta pesadilla incómoda, pegajosa y obsesiva en la que un señorito inglés se ahogará en polvo, sudor y alcohol y de la cual, como si de la habitación de El ángel exterminador se tratase, le resulta imposible escapar.

El mal sueño del día de la marmota envuelto en el eterno conflicto entre el desdeñoso cosmopolitismo urbanita y el aislamiento recalcitrante del rural, convertido aquí en una paradójica hospitalidad que, sublimada hasta extremos ridículos, acaba siendo de lo más siniestra –a mi entender sin discurso sociológico alguno, no obstante-.

            El forastero, atrapado por el destino en Bundanyabba, “el paraíso de las buenas personas”, se sumerge en una espiral de enajenación que, cabe decir, a buen seguro merecía debido a su elitismo, su avaricia, su descreimiento y su chuloputismo. A pesar de la caricaturesca extravagancia de los lugareños –ejemplo de ello es el sheriff de Chips Rafferty, encarnación de la australianidad en el cine-, el visitante nunca demuestra al espectador -su homólogo como decíamos-, ser mejor que aquellos a los que desprecia. El entrañable y aterrador ‘Yabba’ es, en definitiva, una utopía australiana dada de sí hasta convertirse en su antítesis: en el averno de las malas personas –probablemente el ambiente sea igual de tórrido en ambos lugares-. O el reverso soleado y caluroso de las ciudades perdidas en la nada y el horror cósmico de H.P. Lovecraft.

Dentro de esta comparación, los picos de alucinación irracional y enloquecedora, aquí no exentos de perversa comicidad, bien podrían quedar representados por esa delirante caza del canguro mediante el atropello, el deslumbrado y el cuchillo carnicero. Hitos en el descenso etílico a la sinrazón que experimenta el estirado maestro de escuela y que, como les sucede a los personajes del atormentado escritor norteamericano, solo encuentra una vía de escape en la demencia o la muerte.

            Merced a la agresiva dirección del canadiense Ted Kotcheff y al acertado casting donde brilla con luz propia Donald Pleasance, Despertar en el infierno, desde la introducción literal del protagonista en la masa humana del pueblo, recalentada, alcoholizada y testosterónica, trasmite con perturbadora acritud una sensación de agobio que no hace más que recrudecerse, penetrante e invasiva, a medida que los nativos del lugar alteran la percepción del recién llegado a golpe limpio de pinta cervecera. Primaria y salvaje, la aventura (desventura) va directa al cerebro reptiliano del viajero y del público que lo acompaña en tierra extraña, entorpecido por una resaca turbia, espesa y pestilente que anula el raciocinio y los resortes humanos esenciales, sobre todo en lo tocante a lo moral.

El resultado se debate entre la risa tensa, la náusea, los temblores febriles y el desconcierto psicológico. “¡Uno de nosotros! ¡Uno de nosotros!”, parecen gritarle los habitantes del Yabba, todo sonrisa garrula, rodeándole cada vez más estrechamente en su círculo monstruoso, incluso con insinuaciones sexuales bastante desconcertantes.

            El negativo de este filme, estrenado con más pena que gloria en Australia y convertido en obra de culto con el paso del tiempo, sería rescatado en a mediados de 2004 después de declararse perdido durante décadas.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

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