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El asesinato de la hermana George

4 Sep

Robert Aldrich vuelve a la carga, una vez más, contra el showbusiness y su colección de juguetes rotos. El asesinato de la hermana George para la segunda parte del especial sobre el cineasta estadounidense en Cine Archivo.

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Mi gran noche

9 Abr

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Año: 2015.

Director: Álex de la Iglesia.

Reparto: Raphael, Pepón Nieto, Blanca Suárez, Carlos Areces, Jaime Ordóñez, Mario Casas, Marta Guerras, Marta Castellote, Tomás Pozzi, Hugo Silva, Carolina Bang, Carmen Machi, Luis Callejo, Santiago Segura, Carmen Ruiz, Enrique Villén, Ana Polvorosa, Luis Fernández, Antonio Velázquez, Terele Pávez, Daniel Guzmán, Toni Acosta, Eduard Casanova, Ignatius Farray.

Tráiler

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           Apenas median seis años entre El ángel exterminador y El guateque, estrenadas en 1962 y 1968, respectivamente. Pero, más allá de satisfacer sus pulsiones cinéfilas, Álex de la Iglesia parece exponer en Mi gran noche que la sociedad occidental -sea mexicana, estadounidense o española- apenas ha avanzado cuatro décadas después, ya que continúa siendo igual de absurda y padeciendo el mismo patetismo.

           Las variables coyunturales, no obstante, también afloran en este retrato de farsesca festividad de la España contemporánea, definida por uno de los eventos más casposos, falsos y desopilantes que sobrevive a gastos pagados generación tras generación: una gala de Nochevieja grabada en octubre y donde salen al escenario los protagonistas del presente nacional. Esto es, la precarización laboral, la rampante esclavización del ciudadano común, la sustitución de referentes morales por ídolos frívolos, la corrupción generalizada, la incultura del pelotazo, la degradación educativa, la desgraciada tramoya de la supuesta magia de la televisión que ya aparecía en Muertos de risa… Y, mientras, la ciudadanía queda reducida a simple figurante -aunque eso en el mejor de los casos, visto alguno de los ejemplos anteriores-.

           De la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría emplean una coralidad azconiana para recomponer este puzle que, como la fiesta que ejerce de decorado, parece asentarse en el pasado, el presente y probablemente el futuro. De esta manera, pueden encadenar una multitud de tramas sin que haya que decantarse por una en concreto que posea un mayor peso argumental y, por ende, exija un mayor desarrollo. Gracias a ello no aflora del todo uno de los principales defectos que acompañan a la trayectoria del director y guionista vasco: el agotamiento de un planteamiento ocurrente. Así las cosas, Mi gran noche resulta una película relativamente más equilibrada que otras como Balada triste de trompeta, si bien puede deberse asimismo a que en ningún momento alcanza cotas de genialidad -en la anterior los títulos de crédito, una obra maestra en sí misma, fijaban un listón inalcanzable para el resto del metraje-.

           En Mi gran noche se observan de nuevo detalles de notable comicidad -ese Raphael rebautizado como Alphonso y villanizado en un trasunto de Darth Vader, la casquivana estrella juvenil de la que Mario Casas saca buen partido- en tanto que otras no funcionan a igual nivel o no terminan de explotarse del todo ante la avalancha de idas y venidas del relato que, por momentos, parece aquejada de los mismos males que una gala de Nochevieja -o una Enrique Cerezo Pictures-; atropellada, sainetera, ciclotímica, inocua en su orgulloso exceso.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,1.

Nota del blog: 6,5.

Robocop 2

27 Abr

“Vivimos en un régimen de ocupación por parte de las multinacionales.”

Víctor Érice

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Robocop 2

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Robocop 2

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Año: 1990.

Director: Irvin Kershner.

Reparto: Peter Weller, Nancy Allen, Dan O’Herlihy, Belinda Bauer, Tom Noonan, Gabriel Damon, Willard E. Pugh, Felton Perry, Jeff McCarthy, Galyn Görg, Stephen Lee.

Tráiler

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           Los villanos de Robocop 2, que son una mezcla de dos de los terrores absolutos de la nación como Charles Manson y Pablo Escobar, cuelgan indistintamente en su guarida pósteres de la Madre Teresa de Calcuta y de Oliver North, uno de los altos mandos del Ejército estadounidense más siniestros de los de por sí siniestramente militaristas años ochenta, implicado en el turbulento escándalo Irán-Contra. Pero el verdadero Malo con mayúsculas es un ejecutivo blindado en su rascacielos de acero y dólares, miembro respetable de la élite de la sociedad, patriota que hace avanzar el país a golpe de iniciativa privada y dueño de una megaempresa que andando el metraje se revestirá con simbología y vestuario corporativos de ecos filonazis. Un campeón de la economía, en definitiva, que luce en el escritorio de su suntuoso despacho una fotografía con Ronald Reagan, adalid del ultraliberalismo de la década.

           Robocop 2 se hace fuerte atrincherada en una de las virtudes de su predecesora: su mala leche, disparada con brutalidad inmisericorde contra todo, y además reflejada en buena medida a través del electrodoméstico entonces hegemónico -el televisor- y de la herramienta definitoria de este sistema de vida -la publicidad-. Robocop 2 es una ciencia ficción que no renuncia a su esencia de serie B, sino que la potencia para no tomarse demasiado en serio a sí misma a la vez que, parapetada desde su posición dominante, dispara mil dardos envenenados contra la sociedad norteamericana coetánea, en este periodo regida por el neoconservadurismo más recalcitrante, aético y violento.

Es decir, un contexto socioeconómico perfectamente aplicable a nuestros días. La justificación de la conveniencia del tráfico de drogas por parte del cabecilla de la organización criminal, amparándose en la cantidad de puestos de empleo que genera, no puede ser más actual, digna de cualquier mandato de la troika, al igual también lo sería ese concepto de privatización total del espacio urbano.

           De este modo, el argumento deja de lado el paradigma de la criatura de Frankenstein que asomaba en la primera entrega, aunque a cambio se detectan rastros de King Kong en la desopilante presentación del segundo modelo del ciborg -por completo satíricos, eso sí-. Y lo hace para, por el contrario, travestida de negra farsa, centrarse en propinar palos a diestro y siniestro: a la tiranía del yuppie y la cultura del éxito económico sobre todas las cosas, a la plutocracia impuesta con mano de seda por las grandes corporaciones, al delirio de la tecnología para fines bélicos o represivos, a la dirigencia política encantada de asociarse cínicamente con hampones de todo pelaje a cambio de un par de monedas de plata, a los males de la revolución digital, a la decadencia industrial norteamericana, a la destrucción del equilibrio medioambiental, a la corrupción del concepto de libertad, al adormecimiento del espíritu crítico por medio de la corrección política radical, al paradigma del macho alfa como vigilante autónomo del orden,…

Nada queda a salvo de la mira láser de Robocop 2. El guion es una bola de demolición anárquica -e incluso un tanto ambigua en ocasiones; al reputado historietista Frank Miller no se le podrá acusar de izquierdista precisamente-, lo que la convierte a mi parecer en una obra muy divertida, más allá de su relativamente convencional trama policíaco-futurística.

           Para que vean que no dan puntadas sin hilo, la resolución empresarial del desenlace no es más que una trasposición de la forma en la que la administración Reagan, acosada por la polémica, se desharía del teniente coronel North.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,6.

Nota del blog: 6,5.

Nightcrawler

16 Ago

“Los periodistas de ahora van a lo duro, a lo sensacionalista, si no, no les interesa. Para mí esos tipos no son periodistas, sino simplemente imbéciles. Y yo siempre he odiado a los imbéciles.”

Alain Delon

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Nightcrawler

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Nightcrawler

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Año: 2014.

Director: Dan Gilroy.

Reparto: Jake Gyllenhaal, Rene Russo, Riz Ahmed, Bill Paxton, Kevin Rahm.

Tráiler

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          En 1976, Travis Bickle, insomne por la pesadilla de Vietnam y con un complejo mesiánico traducido en violencia psicótica, patrulla con nocturnidad las calles de Nueva York para regenerar, sangre y fuego mediante, su tejido gangrenado por la delincuencia, la inmoralidad y el desengaño. En 2015, con cuatro décadas de diferencia y una costa de distancia, Louis Bloom patrulla de noche las calles de Los Ángeles. Pero la degradación y el desplome hacia el abismo del país norteamericano no despierta en él sensaciones religiosas, ni reacciones explosivas. Louis Bloom, movido por la curiosidad de naturalista hacia unos seres que le repulsan y le producen intriga a partes iguales, solo levanta su cámara y graba, en busca de la toma perfecta.

A través de Taxi Driver y Nightcrawler se puede trazar la transformación entre los convulsos años setenta, desencantados y airados, y el presente dominado por la imagen deificada y la resistencia pasiva y conformista hacia las circunstancias adversas y agresivas. En estos tiempos, la revolución es televisarlo. O twittearlo.

          Si Clark Kent es la proyección que un kryptoniano como Supermán ensayaba de los seres humanos –torpes, inseguros, tímidos pero con buen fondo-, el protagonista de Nightcrawler es asimismo la proyección que el psicópata Louis Bloom (acertado Jake Gyllenhaal) posee de esos mismos seres humanos a los que aborrece y entre los que está condenado a moverse. Es un disfraz, una imitación que adopta los rasgos predominantes que, con avidez de carroñero, absorbe a través del ordenador y de la televisión: los de unos tipos con morbosa afición por lo cruento, que venderían a su madre por el triunfo personal y escudados en una retórica empresarial falaz y mareante con el fin de esconder sus bajos instintos de saquear la hacienda del prójimo y de explotarle como a un animal.

Y, como esas criaturas que observa y copia, Louis Bloom y su máscara son burdos –redoblados por el guion de Dan Gilroy, también debutante como director, proclive a explicitar su mensaje con pueriles subrayados verbales-. Su caricaturización del entorno, en cualquier caso, resulta más estimulante y desternillante en las conversaciones que mantiene con su subalterno -al que dada su situación puede comprar por 30 dólares la jornada y un contrato verbal de interinidad-, que los que entabla la jefa de informativos (la renacida Rene Russo, esposa de Gilroy) con quien negocia en carne y ambición la sangre digital de sus videos y su suspense de snuff-movie improvisada.

          Detrás del objetivo de su cámara y de sus enormes ojos de insecto, Bloom registra los monstruos humanos que alberga una de las principales ciudades del país de la libertad y las oportunidades, la voracidad antropófaga de los medios sensacionalistas, la realidad como exclusivo producto televisivo –con las partes aburridas eliminadas, pixelado lo que solo apetece ver a medias, editado para generar expectación y emociones- y el ultracapitalismo amoral como unidad de medida del mundo. El progresivo derribo de barreras deontológicas en pos de la imagen más cercana, más sangrienta y más impactante que satisfaga a la audiencia, el empleo de los términos de negociación como verdad inquebrantable, el sometimiento de todo al valor del mercado y la ley de la oferta y la demanda.

          Manejando con notable atmósfera e impecable equilibrio un tono narrativo situado entre el thriller alucinado, la farsa y el grand gignol, Gilroy recurre a la banda sonora de James Newton Howard para, con efectos paradójicos, ensalzar la emoción de escenas donde Bloom expone las motivaciones que todo profesional digno de tal nombre debe tener, o bien cuando perpetra un acto denigrante para obtener un plano más logrado: el arte –o la eficacia comercial, que es lo mismo-, cueste lo que cueste.

Son los puntos de inflexión en su carrera hacia el éxito como saludable emprendedor, en definitiva, que mira sonriente hacia el futuro –el suyo, el que nos espera-. Aquellos clímax que los melodramas sociales más inspiradores envolverían asimismo en notas épicas y conmovedoras.   

          Louis Bloom, inquietante, capaz de poner nervioso al más pintado con su ordinaria extravagancia, es el reflejo del hombre de hoy.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

El día de la bestia

5 Oct

Primera colaboración de El Crítico Abúlico para Ultramundo. En este enlace, el trabajo completo, con making off y maquetación fotográfica, realizado con ímprobo esfuerzo entre un servidor, Jesús Bernal e Iván Suárez, con la coordinación de Miguel Díaz González. A continuación, tan solo la punta del iceberg.

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Videodrome

2 May

“¡Televisión! Maestra, madre, amante secreta.”

Homer Simpson (Los Simpson)

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Videodrome

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Videodrome.

Año: 1982.

Director: David Cronenberg.

Reparto: James Woods, Debbie Harry, Peter Dvorsky, Sonja Smiths, Leslie Carlson, Lynne Gorman, Jack Creley.

Tráiler

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            Si bien constituye una inquietud extensible a buena parte de su obra, sobre todo durante la primera parte de la misma, sería Videodrome la primera película donde David Cronenberg formulase el concepto la ‘nueva carne’: la evolución y el cambio de identidad del ser humano nacida de la fusión entre cuerpo y materia tecnológica, privilegio o deformación idiosincrático de la sociedad contemporánea.

            Después de su confirmación a nivel popular con Scanners, el cineasta canadiense decidía dar rienda suelta a un proyecto tan ambicioso como arriesgado. Una feroz diatriba que sitúa a la televisión como eje de una sociedad enferma y decrépita, erigida en derecho civil, medio de integración social, instrumento de ocio y excitación, manifestación religiosa, herramienta de control político y creadora única de realidad.

            A través de la figura del productor de televisión especializado en pornografía Max Renn (James Woods, cabeza de un reparto elegido con gran acierto), Cronenberg disecciona los entresijos de una Norteamérica abarrotada y hastiada de placer, en constante búsqueda de nuevos estímulos para su abotargado paladar sexual, ávido de cualquier nueva y más dura parafilia. Más intensa, más cruda, más electrizante. Inserta directamente en el propio cuerpo.

            Incómoda, pegajosa y obsesiva, dotada de una atmósfera tan febril, sórdida y alucinada como la mente y el entorno que rodea al protagonista, Videodrome redacta un diagnóstico complejo y desolador acerca de la mórbida fascinación del ser humano por lo repulsivo, lo violento y lo malsano -concepto subrayado también por la perturbadora nota que aporta la fisicidad de los efectos especiales-. Unas atracciones accesibles universalmente a través del rayo catódico -lo que lleva a imaginar hasta dónde habría llegado la visionaria propuesta de Cronenberg de haber conocido con la explosión de Internet o de haber caído el guion de la reciente Her en sus manos-.

            Contextualizada dentro de un esquema sujeto y dependiente de los delirios subjetivos del protagonista -campo abonado por tanto para la trampa, el truco efectista y la siembra de paranoias de todo pelaje-, la conspiración político-patriótica de adoctrinamiento que domina el desenlace resulta por el contrario un tanto más evidente y superficial, bastante menos sugerente y atinada que los poderosos mensajes precedentes.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Robocop

3 Mar

“Aparte de la acción y la aventura, de las corruptelas y de las enloquecidas tramas empresariales, Robocop es en el fondo una fábula moral. Es como La Bella y la Bestia o como el hombre de hojalata de El mago de Oz. Es una pequeña gran joya como relato humano.”

Peter Weller

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Robocop

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Robocop.

Año: 1987.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Peter Weller, Nancy Allen, Ronny Cox, Kurtwood Smith, Miguel Ferrer, Robert DoQui, Dan O’Herlihy.

Tráiler

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          La ciencia ficción de los ochenta desconfía de la máquina. Westworld, almas de metal, Blade Runner, TRON, Superman III, Terminator, Runaway, brigada especial,… Reflejos fantasiosos de un pesimismo real: el recrudecimiento de las tensiones de la Guerra Fría, consecuencia directa de la llegada a la presidencia de los Estados Unidos de Ronald Reagan. En su discurso fervientemente patriótico, el exactor abogaría por reimpulsar la carrera armamentística del país norteamericano en un delirio paranoide que alcanzaría su cúspide con el megalómano proyecto de escudo antimisiles rebautizado a nivel popular con el peliculero nombre de ‘La Guerra de las Galaxias’.

          En uno de los inspirados y descacharrantes insertos de noticiero que aparecen de vez en cuando a lo largo del metraje de Robocop, se dejan caer un par de alusiones a una plataforma de defensa estratégica con sospechosas similitudes con el proyecto de Reagan, siempre con cáusticas y maliciosas intenciones satíricas.

Y es que, por un lado, Robocop es lo que parece: una cinta que mezcla ciencia ficción con acción policíaco-justiciera nacida posiblemente a rebufo del éxito de Terminator. Pero por otro lado -aquel que parece más influido por un realizador excesivo y gamberro como el holandés Paul Verhoeven-, Robocop es una cinta que destila mucha mala baba hacia la cultura, la sociedad y el sistema capitalista estadounidense, que atravesaba por entonces uno de sus períodos de más orgulloso ultraliberalismo y conservadurismo.

En el filme, este artículo fabril mitad, robot mitad policía –como apunta Tonio L. Alarcón, expresión última y quasiparódica del agente/vigilante del cine de acción de los ochenta- es la creación de un émulo hortera del doctor Frankenstein, motivado no por la posibilidad de jugar a ser Dios, ni por loables intereses científicos, sino por cosechar un generoso montón de dólares e hincharse a farlopa, tías buenas, coches grandes y poder empresarial.

          Al contrario de la elección tomada por el reciente remake -que a imitación de las sobadas formas del cine de superhéroes actual trata de potenciar la complejidad y la dimensión trágica del malparado Murphy, sujeto víctima del experimento-, en este original primigenio, producto de una década artística desenfadada e irreverente, prefiere devolver la mirada a lo que se encuentra afuera de los fotogramas y hacer chanza sobre el escenario exterior que rodea a la película.

Y de ahí que, en algunos aspectos argumentales, la versión de 1987 contenga -dentro de su festiva tendencia a la hipérbole comiquera- más cuestiones de actualidad que este relanzamiento de 2014 –no obstante, tampoco desdeñable-, como por ejemplo esos servicios públicos elementales (organismos penitenciarios, salud, carrera espacial, contratas bélicas, seguridad ciudadana) subastados a siniestras y avariciosas compañías privadas.

          Más allá del entretenimiento garantizado desde el apartado de acción -sencillo en su concepción y efervescente de hemoglobina y vísceras en su ejecución-, impulsado por la banda sonora tecno-épica de Basil Poledouris, y del discreto combate íntimo de Murphy por recobrar su identidad humana –se agradece una falta de afectación que no sería necesariamente beneficiosa-, es la socarronería la virtud que hace que Robocop se eleve por encima del umbral al que, en principio, una obra de semejante perfil estaría destinada.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7.

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