Tag Archives: Homosexualidad

Mulholland Drive

9 Jun

Hollywood a través del espejo, a campo abierto por el subconsciente de una actriz que sueña en la fábrica de los sueños, acosada por las Furias vengadoras. Incursión en el cine moderno para Bandeja de Plata.

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Los chicos terribles (Les enfants terribles)

8 Mar

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Año: 1950.

Director: Jean-Pierre Melville.

Reparto: Nicole Stéphane, Edouard Dermithe, Renée Cosima, Jacques BernardJean Cocteau.

Tráiler

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           Tras su rotundo debut en la dirección de largometrajes, El silencio del mar, Jean-Pierre Melville continuaría su trayectoria con Los chicos terribles, otro relato que construye y condensa un microcosmos particular en una sola estancia -por más que se trate de varias, en realidad es siempre la misma reproducida en distintos espacios-, habitada por unos pocos personajes que desarrollan entre sí estrechas relaciones en las que, el roce propiciado por la cercanía física -y paulatinamente emocional-, provoca el desencadenamiento de pulsiones procedentes de la profundidad de su espíritu.

Si en aquella tomaba como inspiración una historia corta de Vercors, en la presente acomete la popular novela homónima de Jean Cocteau, de cuya adaptación se encarga el propio artista, el cual sea arroga la voz del relato incluso de forma literal, puesto que suyo es el papel de narrador omnisciente y ‘suyo’, en un metafórico sentido amoroso, es uno de los protagonistas: Edouard Dermithe. En una muestra más de su dominio sobre la película, una ilustración firmada por él también servirá para componer el póster promocional de la producción.

           Quizás por esta omnipresencia autoral, el filme parece no poder despegarse de su origen literario ni de las obsesiones de su polifacético creador. El particular lirismo de la letra en negro sobre blanco no logra traspasarse al blanco y negro de la fotografía, firmemente sujeto por una tiránica voz en off que coloniza el desarrollo del relato cinematográfico pese al esfuerzo de Melville en la composición del encuadre, con una realización que posee instantes y movimientos de una audacia que permiten situarla como ascendente directa de la venidera Nouvelle Vague.

           No obstante, Los chicos terribles no alcanza el hipnotismo de un cuento contemporáneo, hechizante y siniestro, sino que sus personajes aparecen como monigotes artificiosos -e insoportables- que, intermediados por interpretaciones horrendamente teatrales y sobreactuadas, se mueven a partir de impulsos y represiones amorales y provocadoras -la homosexualidad, el incesto-, dentro de un universo reconcentrado y excluyente que conduce por consiguiente a la inserción en el relato de una dimensión trágica y puede que también distanciada -el parlamento de la hermana acerca de ser tan repulsiva que hasta el drama “la expulse”-, las cuales en todo caso parecen mal trenzadas y prolongan la precedente impostura de la obra.

Son conceptos de fondo que, a pesar de suponer entonces una drástica ruptura con los cánones que por ejemplo predominaban en el habitualmente mojigato cine estadounidense, hoy se perciben bastante envejecidos. El paso del tiempo no ha favorecido en absoluto a Los chicos terribles.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 5.

Moonlight

2 Mar

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Año: 2016.

Director: Barry Jenkins.

Reparto: Alex R. Hibbert, Ashton Sanders, Trevante Rodhes, Naomi Harris, Mahershala Ali, Janelle Monáe, Jaden Piner, Jharrel Jerome, André Holland.

Tráiler

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           Primera producción íntegramente negra -y de temática LGBTI- en ganar el Óscar a la mejor película, Moonlight fue la triunfadora –con el archiconocido momento de suspense final– en una ceremonia que, en uno de los habituales actos de contrición de la Academia estadounidense, se volcó en esta ocasión con la comunidad afroamericana después de las acusaciones del ‘Oscar So White’ de la edición anterior y de la legitimación política de la xenofobia que supuso la elección en la presidencia del país del magnate Donald Trump. En esta tesis se puede incluir igualmente la estatuilla a mejor actor para Mahershala Ali, primer musulmán en obtener este galardón en el apartado interpretativo.

           Obra teatral en su origen a la que se suman añadiduras privadas del director y guionista Barry Jenkins -cuya propia madre sufrió la adicción a las drogas durante su infancia en Miami-, Moonlight, heredera del cine negro de autores como Charles Burnett o Spike Lee, explora los márgenes de la sociedad norteamericana a través de la reconstrucción íntima y social de un individuo que concita en su biografía asuntos todavía -o más que nunca- candentes y problemáticos, como la raza, la identidad sexual, la violencia congénita de la cultura de los Estado Unidos o la falta de oportunidades que sufren determinados colectivos, apartados de la presunta meritocracia que proclama enarbolar la nación. Un individuo atrapado, en definitiva, y que anhela conquistar su derecho a la libertad personal, simbolizada por la apertura del mar frente al concentrado espacio urbano.

           Las herramientas del filme, aunque firmemente comprometidas y también afectuosas hacia sus personajes, tienden más al tópico que a la profundidad a causa de la tosca composición psicológica del protagonista y sus circunstancias, expuestas en tres actos cuyos títulos representan la evolución del muchacho por medio de su nombre -Little, Chiron, Black- y que están cortados estos por traumas decisivos a los que les siguen elipsis temporales. No obstante, destaca el manejo de la tensión íntima del joven, con el denominador común de sus silencios y el bien empleado lenguaje gestual de los tres actores que lo encarnan, adecuadamente contenidos.

La plasmación visual, dominada por primeros planos que se concentran en los procesos emocionales de los personajes, posee momentos creativos y de grata expresividad en la puesta en escena de un argumento donde, por el contrario, la presencia de elementos recurrentes y otros abordados con ligereza resta tridimensionalidad al discurso, si bien apunta conflictos de interés a partir de la ambigüedad del traficante o, indagada a medio camino, de la madre.

           Por este motivo, la narración se mantiene en pie durante las dos primeras fases del metraje, pero en la definitiva, llamada a provocar la catarsis dramática, el salto psíquico y existencial se produce de forma demasiado brusca, lo que tiene como consecuencia que el segmento no termine de resultar todo lo creíble que debiera, tanto o más cuando, aparte del melodramático relato sentimental, existen en la cinta esas citadas pretensiones de conciencia y denuncia.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

La doncella (The Handmaiden)

15 Nov

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Año: 2016.

Director: Park Chan-wook.

Reparto: Tae-ri Kim, Min-hee Kim, Jung-woo Ha, Jin-woong Ho, So-ri Moon.

Tráiler

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           La doncella (The Handmaiden) supone el regreso a Corea del Sur de Park Chan-wook después de su aventura americana, Stoker, así como la recuperación de su trabajo como guionista, al que había renunciado en la anterior para desgracia de la producción, que no obstante mantenía unas cuantas líneas recurrentes de la filmografía del cineasta. Porque en La doncella, una vez más, nada es lo que parece. Tanto o más cuando narra la historia de una estafa protagonizada por dos trileros de barrio bajo coreano y una noble japonesa inocente y frágil, a la que pretenden desplumar su herencia por medio de un matrimonio engañoso y su posterior traslado tras los muros del manicomio.

           Park, libre de nuevo de los grilletes de Hollywood, desencadena igualmente su laberíntica arquitectura argumental para acompañarla de su no menos elaborado estilo formal, abigarrado y en ocasiones excesivo, por ejemplo, en el uso de los movimientos de cámara, tan insistentes y raudos como los giros de guion que propicia la estructura dual del relato: el anverso contra su reverso, el truco sobre el truco.

Por medio de estas maniobras pirotécnicas, el filme permanece en constante fluidez, mutando incesantemente para entretenimiento del espectador, que a partir de una intriga sobre fraudes choca repentina y violentamente en su viaje contra un dilema amoroso donde se discute sobre las inclinaciones viscerales del ser humano hacia ambiciones materiales o sentimentales. Y, más tarde aún, contra una farsa sobre la liberación femenina contra todo y contra todos. Virajes, transformaciones y sobresaltos entremezclados todas ellos con literatura erótica, terror psicológico, teatro de la crueldad y fantasía romántica; siempre sin moderación alguna -y hasta provocando evidentes contradicciones discursivas, en el caso de las escenas de alto voltaje sexual-.

           La doncella resulta arrebatadora por esa misma descarada, audaz y divertidísima desmesura, incluso a pesar de defectos como la renuncia de Park a la concisión narrativa, en especial en las fases más explicativas de la función, donde la obra corre el riesgo de perder su complejo equilibrio. Malsana, sarcástica, voyeurística, hechizante. Potentísima. La arrolladora factura visual no es un artificio puramente esteticista, sino que aparte de para deslumbrar la retina sirve también para sumergirse hasta la cabeza en las relaciones de este triángulo delictivo y amoroso, en las migajas de suspense que deja tras de sí la acción, en el estado mental y afectivo que atraviesan los personajes. En la descomunal caja de juegos y sorpresas que conforma este particular universo, en definitiva.

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Nota IMDB: 8,1. 

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8,5.

Happy Together

11 Nov

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Año: 1997.

Director: Wong Kar-wai.

Reparto: Tony Leung, Leslie Cheung, Chen Chang.

Tráiler

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           Curiosamente, sobre una relación tabú –el amor entre dos hongkoneses afincados en Buenos Aires-, Wong Kar-wai filmará el romance más crudo y físico de su filmografía, Happy Together, que se abre no por casualidad con una escena de sexo directo y sin ambages que es inusual en el resto de sus largometrajes, en los que el amor –o la imposibilidad de la realización amorosa- acostumbra a plasmarse entre cadencias etéreas, miradas de soslayo y deseos que atruenan en el silencio, dentro de una tendencia a la abstracción absoluta y el conflicto irresoluble entre la fugacidad y la eternidad.

En Happy Together, los sentimientos de los protagonistas están expuestos con naturalidad, se exteriorizan y se palpan en pantalla con una intensidad más ardiente y menos lírica.

           Inmerso en la Argentina de la milonga y Manuel Puig, del apasionamiento latino y su correspondiente tragedia del desengaño, Wong narra los tormentos de una pareja de amantes tóxicos que avanzan juntos en una espiral autodestructiva.

El melodrama queda establecido a través de un recorrido esteticista un tanto recargado, sobre todo en el arranque del filme, que fagocita en buena medida la trama bosquejada en el guion. Este primer tercio de metraje nace en un blanco y negro que recuerda a la Nouvelle Vague –filtrado, claro, por la particular sensibilidad autoral del cineasta- para adentrarse paulatinamente en el característico y reconocible universo del director asiático, marcado por los embriagadores colores antagónicos, la lánguida iluminación artificial, los espacios decadentes pero paradójicamente hermosos, la populosa urbe en contraste con la alienación del individuo y el juego con la imagen como herramienta para expresar el tiempo –la ralentización, la aceleración-. Recursos estéticos y simbólicos que conducen al enfrentamiento entre la ilusión y la melancolía, el encuentro explosivo y la soledad devastadora.

           Reaparece así la noción circular del amor, aunque quizás aquí solo se trate de una invocación simplemente nominal que, cuando le conviene, esgrime con astucia uno de estos dos amantes desiguales: “empezar otra vez”. En este sentido, el camino de su enamorado es un intento de romper este encadenamiento aparentemente atemporal y universal de arrebato y pérdida, extático y destructivo en sus efectos sobre las emociones humanas.

           Con Happy Together, Wong se alzaría con el premio al mejor director en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Carol

9 Feb

“La mirada hace todo: es el reflejo permanente de la llama interna que anima al héroe.”

Anthony Mann

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Carol

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Carol

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Año: 2015.

Director: Todd Haynes.

Reparto: Rooney Mara, Cate Blanchett, Kyle Chandler, Sarah Paulson, Jake Lacy, John Magaro.

Tráiler

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             A pesar de su origen literario –una novela de Patricia Highsmith donde relata un episodio semiautobiográfico-, Carol podría haber sido perfectamente un melodrama silente. Es una película que se resuelve sin palabras, entre miradas. Primero, entre las miradas de control que hostigan en el trabajo a la joven dependienta o las de su vecina que traspasa incluso el recato de la mirilla para imponer su ley de la decencia en el rellano del portal; dos ejemplos de la presencia atmosférica, luego sugerida también por las líneas de guion, del paranoico Comité de Actividades Antistadounidenses y su persecución implacable e invasiva de un presunto enemigo rojo infiltrado, quintacolumnista en el país de la Libertad y subversivo frente al imperio del innegociable status quo. Y, contra estas miradas inquisitorias, se oponen y después alzan en rebeldía la insinuante melancolía de los ojos de Carol (Cate Blanchett), inclinados para seducir pero nublados por una sombra de desdicha que los embarga, y la inocencia temblorosa y deseosa que brota de los ojos de Therese (Rooney Mara), agresivos también cuando, por fin, defienden unas convicciones hasta entonces nunca halladas.

             Carol es la confluencia del trabajo y la química de sus dos actrices principales –la prestigiosa Blanchett, experta en componer creaciones premiables, y el talento más discreto pero extraordinariamente preciso de Mara- con la narración visual del cineasta Todd Haynes, quien también cuenta en gran medida desde la ausencia de palabras, por medio de las imágenes y los símbolos. El tiempo que se detiene de improviso, las conversaciones ajenas amortiguadas por la ausencia del ser amado, la vida que se despeña a través de círculos irrompibles. La soledad, la gelidez, la desolada postal hopperiana de esta nación-anuncio.

             La liberación –personal, social- de Therese y Carol no es estruendosa; no cabalgan unidas de la mano hasta despeñarse por un cañón delante de los machos que las acosan. Lo más parecido a ello es una potente proclama en el despacho de un abogado matrimonial: sencilla y rotunda, rehuyendo el maniqueísmo –el personaje del marido, al igual que los roles masculinos en general, está bastante menos dibujado, aunque al menos cumple su función-, sin extenderse más de lo justo y sin subrayar el momento con un crescendo de la banda sonora de Carter Burwell, contenida y elegante, como el filme.

Algo semejante ocurre en el desarrollo de la relación romántica de ambas, que captura un encuentro en el que cada una de sus partes carga con un bagaje privado –los miedos y anhelos, las frustraciones y experiencias- y un bagaje impuesto –la diferencia de edad y de clase social; la paternidad y la conquista del espacio propio en el futuro profesional- capaz de decantar el idilio bien hacia el éxito, bien hacia el fracaso. Los pálpitos decepcionados que desprende el arranque en homenaje a Breve encuentro –la huella de otro amor secreto y prohibido-; la valentía de apoderarse del cuerpo y el alma propios.

             Carol tampoco recurre a la estridencia para inflamar la pasión de este encuentro imprevisto y revelador -aunque quizás termine pagándolo en ocasiones con un punto menos de intensidad, el cual no tendría por qué estar reñido con esa delicadeza predominante-. Y en consecuencia, libres de esa tópica demagogia cinematográfica, sus dos mujeres solo derriban los muros –psicológicos, sociales, de la puesta en escena- que pueden derribar. Que no son pocos.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

El club

10 Nov

“Un cura es capaz de cualquier cosa.”

Wolfgang Amadeus Mozart

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El club

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El club

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Año: 2015.

Director: Pablo Larraín.

Reparto: Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Antonia Zegers, Marcelo Alonso, Roberto Farías.

Tráiler

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            La principal batalla de la Iglesia católica contemporánea no es la de conquistar la fe de los escépticos, tarea a estas alturas prácticamente imposible, sino la de conservar la fidelidad de sus adeptos y mantener la credibilidad frente a los embates de las tentaciones materiales, que hacen mella en una casta otrora considerada autoridad infalible por la gracia de Dios y ahora minimizados a su condición de simples mortales, con su terrenalidad desnuda y a la vista en toda su amplia gama de defectos.

            Pablo Larraín selecciona los vicios de la Iglesia católica y, personificados en cuatro sacerdotes y una seglar, los traslada a una casa de retiro sita en la remota La Boca de Chile, vertedero de apestados indeseables que, por la acción del soterrado y vitriólico humor negro del guion, ni siquiera alcanza la pretendida categoría de Purgatorio en la Tierra. Los miembros de este selecto y escondido club son el abuso de menores y la homosexualidad impúdica, el robo de recién nacidos, la conspiración y respaldo de las fuerzas fascistas, y el paternalismo cínico y la hipocresía violenta. Incluso también los pecados sin nombre enterrados en el olvido de un pasado oscurantista.

El análisis de los males del clero que ofrece El club, por tanto, emplea como herramienta una alegoría –recurso de ficción tan caro a las enseñanzas religiosas- que termina deformada en caricatura sórdida, como sórdida será a juego la ambientación escogida por el cineasta chileno para enturbiar el bucólico reducto donde reposan los curas desterrados y que se plasma en imágenes cenicientas y desvaídas, organizadas en planos antiestéticos, con manifiesto abuso del contraluz –en este caso no sé si forma parte del objetivo citado- y donde los primeros planos descubren la fealdad sin paliativos de la fotografía digital.

            El instrumental quirúrgico escogido a conciencia por Larraín –firmante del libreto junto a Guillermo Calderón y Daniel Villaloboses tremendamente llamativo por su desagradable oxidación –la descripción deslenguada de los pecados perpetrados, los villanos convencidos de la moralidad de sus actos, la larvada brutalidad de los mismos que sin embargo solo aflora en el desagradable aspecto general del escenario-, aunque no especialmente afilado. Útil para desvestir al cadáver; romo para penetrar en sus putrefactas carnes.

La caricaturización es apropiada para resaltar con acritud y mala baba el objeto de crítica –ejercicio descarnado que puede verse hasta como recomendable en ocasiones como la presente-, pero no tanto así para ahondar en sus raíces y desentrañar sus causas, ocultadas por la hipertrofia del personaje o la problemática. En este caso, la finura de un retrato más humano y reconocible como tal permitiría identificar con mayor precisión –o al menos tratar de hacerlo- las fuentes de esta corrupción. O cuanto menos culpabilizar con todas las de la ley a personas y no a monstruos, que son criaturas aberrantes y culpables por su propia naturaleza, no por convicción consciente.

            No obstante, en el haber del filme, su velado aunque rotundo pesimismo, disfrazado de sátira cáustica, dinamita por los aires cualquier atisbo de relación entre estos hombres malos con Dios –con un Dios, con cualquier rastro de divinidad o misticismo- y, de este modo, los abandona a su suerte, con sus vergüenzas desnudas ante el espectador, con lo que consigue arrojar a la luz una verosímil visión de la nauseabunda condición humana, patética y siniestra con indiferencia de conceptos falaces o como poco hipócritas como los valores religiosos o, si se prefiere, yendo más allá, éticos.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

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