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Ladrones como nosotros

4 Ene

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Año: 1974.

Director: Robert Altman.

Reparto: Keith Carradine, Shelley Duvall, John Schuck, Bert Remsen, Louise Fletcher, Ann Latham, Tom Skerritt.

Tráiler

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         En Ladrones como nosotros, los protagonistas escuchan constantemente los seriales de la radio, tremendos en su dramatismo y en su romanticismo teatral que subrayan, por oposición, la condición vulgar de los oyentes, envueltos por lo general en una actividad paralela a la narración. Cuando atracan un banco, las tétrica banda sonora de Gangbusters advierte de una terrible amenaza criminal que ellos resuelven con profesionalidad de robagallinas; cuando hacen el amor, los refinados y castos versos del Romeo y Julieta de William Shakespeare contrastan con las calenturas de unos amantes que se tratan con apelativos cariñosos como “Keechie-keechie-cú” y “Bowie-bowie-bú”.

Robert Altman insiste en recalcar, por contexto, por escenario y por diálogo, que los personajes son tipos corrientes, “gente auténtica, como tú o como yo”, según sus propias palabras. Individuos arrastrados por las circunstancias que impone un sistema amañado y que, al final, si su destino les consiente la vida, se entremezclarán con la masa ciudadana de los Estados Unidos, sufrida y mediocre. Ladrones como nosotros, que avanzaba ya el título.

         El retrato criminal del filme, que es un retrato de los Estados Unidos, representado por el depauperado Deep South que atraviesa la Gran Depresión, posee una dimensión antiépica, antirromántica. A sus protagonistas, en resumen, se les niega la excepcionalidad que concede el glamour cinematográfico, capaz de bañar en polvo de estrellas todo aquello sobre lo que pose sus fotogramas. De hecho, en cierta escena, al chico de campo transformado en forajido irreparable, y que encarna Keith Carradine, se le reconocen ciertas cualidades propias de un héroe de película -mientras su antagonista ya había expresado tiempo atrás su sorpresa por que los medios de comunicación, crónica legendaria del presente, lo apodaran ‘Metralleta’ cuando solo había empleado este arma en un único golpe y, además, sin oportunidad de dispararla-. Pero este reconocimiento estelar será justo antes de que sufra una muerte atroz.

Es verdad que esta secuencia de ejecución sumaria recuerda a la sangrienta matanza de Bonnie & Clyde, un hito del periodo -considerado una de las piedras fundacionales del Nuevo Hollywood-, la cual se adentra también en la mitología de los proscritos románticos, una figura de jugosa presencia en el séptimo arte –Solo se vive una vez, El demonio de las armas, Los asesinos de la luna de miel, La huida, Malas tierras, Corazón salvajeAmor a quemarropa, KaliforniaAsesinos natos, Profundo carmesí, Turistas (Sightseers), la reciente serie The End of the Fucking World…-. Pero, a diferencia de los Bonnie Parker y Clyde Barrow de Faye Dunaway y Warren Beatty, los Keechie y Bowie de Shelley Duvall y Keith Carradine no son una pareja de modelos desbordantes de carisma, aventura, violencia y sensualidad, sino pueblerinos que viven un momento de resplandor en la roñosidad de sus vidas antes de reventar en mil pedazos por morder más de lo que pueden -de lo que se les permite- llevarse a la boca. Improbables maniquíes de pasarela, estos últimos solo pueden ser un cutre anuncio publicitario de la Coca-Cola que beben con exagerada afición, irónico símbolo del American Way of Life y su fervor por el consumismo y la marca comercial.

Tampoco es tampoco casual otro paralelismo fílmico. Ladrones como nosotros adapta la misma novela de Edward Anderson sobre la que Nicholas Ray había construido Los amantes de la noche, sublimación romántica de este citado tópico de la pareja de enamorados a la fuga de una sociedad deshumanizada que los repudia y condena; una cinta henchida de un superlativo lirismo, delicado, doloroso y conmovedor. En este caso, la distancia entre Los amantes de la noche y Ladrones como nosotros queda delimitada por la subyugante belleza clásica de Cathy O’Donnell frente al peculiar físico desgarbado de Shelley Duvall.

         “¿Tienes dueño o eres un ladrón como yo?”, le pregunta Bowie a un perro callejero que se cruza en su camino. A pesar de, o con toda esta cobertura desmitificadora, el relato de Ladrones como nosotros engarza a la perfección con la temperatura anímica de finales de los sesenta y principios de los setenta, territorio del Nuevo Hollywood rebelde, contestatario y contracultural que trasladaba a un nuevo escenario, las eternas carreteras del país, el imaginario popular de la inmensidad por conquistar de los pioneros libres, esta vez con un incierto y atribulado sentido de búsqueda existencialista. Ahí relucen ejemplos icónicos como Easy Rider (Buscando mi destino), encaminada como esta hacia la frontera sur, guardiana de las pulsiones y los instintos primigenios, tanto sugerentes como siniestros, de esta América gastada y por descubrir al mismo tiempo. Igualmente, el cine del periodo siente inclinación por evocar el pasado de cuatro décadas atrás, como Propiedad condenada, Danzad, danzad malditos, Tomorrow, El otro, Sounder, El emperador del norte, Como plaga de langosta, El luchador, El último magnate, Los Bingo Long, equipo de estrellas; Esta tierra es mi tierra… en muchas ocasiones, como en la presente, con el identificativo espíritu revisionista de la corriente. Y, como demostraba la citada Bonnie & Clyde, esto abarca con frecuencia inmersiones en el cine de de ambientación policiaca o criminal, como El rey del juego, El infierno del whisky, La banda de los Grissom, El tren de Bertha, Luna de papel, El golpe, Dillinger, Chinatown, Una mamá sin freno o Las aventuras de Lucky Lady. Podría haberse añadido aquí perfectamente Un largo adiós, pero Altman decidió trasladar el libro de Raymond Chandler y el cinismo del detective Philip Marlowe a los por entonces enfebrecidos y enrarecidos tiempos contemporáneos para firmar una de las cumbres de su filmografía. De tono desmitificado, por supuesto.

         Así las cosas, en concordancia con esta mirada desengañada y crítica hacia la historia del país norteamericano -que en el cineasta ya había florado en el Oeste de Los vividores, donde el gran mal y el símbolo definitivo de supuesta civilización quedaba encarnado en el gran capital que todo lo devora-, en Ladrones como nosotros esta noción de fatalismo tradicional del género está asociada al discurso de la obra; esto es, a la extracción socioeconómica de los personajes, condicionados por un entorno de miseria material y moral. Las cartas están marcadas. Y la única vía de escape que ensayan a tientas los protagonistas, que solo puede abrirse a tiros en una espiral de violencia con pocos visos de llegar a buen puerto, los condena aún más. Y a muerte. No hay perdón posible para el que se alza contra su sino. Es el precio de la América democrática, reza la declamación de los créditos de cierre, en tanto que en los créditos iniciales, enmarcados en una huida de prisión con secuestro, irrumpía el himno de los Estados Unidos.

         A juego con todo ello, la narración está articulada de forma un tanto desastrada, sin aparente preocupación o interés por seguir los cánones de cohesión y ritmo al pie de la letra. La fotografía semeja sucia, empañada, mientras que el apartado sonido se percibe totalmente descuidado. Son urgentes notas de producción que habían llamado ya la atención en Los vividores. Y al igual que sucedía con aquel discordante énfasis dramático que se mencionaba al comienzo, toda la música de la película surge de la radio; un mundo paralelo donde se manifiesta una proyección fantasiosamente exaltada del mundo auténtico. Como el cine mismo, en definitiva.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7,5.

Infiltrado en el KKKlan

22 Nov

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Año: 2018.

Director: Spike Lee.

Reparto: John David Washington, Adam Driver, Laura Harrier, Topher Grace, Jasper Pääkkönen, Paul Walter Hauser, Ryan Eggold, Ashlie Atkinson, Robert John Burke, Ken Garito, Michael Buscemi, Nicholas Turturro, Frederick Weller, Corey Hawkins, Isiah Whitlock Jr., Harry Belafonte.

Tráiler

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         Enmarcado en su discurso sobre el racismo pasado y presente que se encuentra enquistado en la entraña de los Estados Unidos, Infiltrado en el KKKlan reflexiona acerca de la fuerza del cine para configurar y potenciar ideologías, a partir de la influencia que El nacimiento de una nación tuvo en el resurgimiento del Ku Klux Klan y, en general, en la consolidación de las corrientes de rechazo hacia la población negra del país. Una idea que, de igual manera, puede tratar de impulsar en sentido contrario este filme en el que Spike Lee parece por momentos plantear una opción conciliadora no demasiado habitual en su cine militante y rabioso.

Sin embargo, lo cierto es que pocas veces los fotogramas resisten la comparación con las imágenes rescatadas en crudo de la realidad, sin el filtro fantasioso de la representación. Infiltrado en el KKlan cierra su alegato trasladando un relato de un pasado reconstruido -la dramatización del operativo en el que el policía afroamericano Ron Stallworth se infiltró en el Ku Klux Klan en el Colorado de los años setenta– hasta un presente en el que esa semilla de guerra racial fructifica en violentas manifestaciones supremacistas, avaladas por la autoridad política vigente, que estallan en amenazas, palizas e incluso muertes. Estos segmentos documentales propulsan la película recién concluida hasta ponerla a mil revoluciones y hacerla reventar en la cara del espectador, destrozando su ánimo y su conciencia. Dejan hecho polvo. La rememoración del atroz linchamiento del joven Jesse Washington en 1916, narrado de forma directa y sencilla, de viva voz, ya había dado un serio aviso al respecto. El poder de los hechos ciertos, en su comparación y su combinación con una recreación firmemente comprometida pero que también dejaba notas de humor sarcástico, es atronador.

         Infiltrado en el KKKlan, decíamos, es cine combativo. Se abre con tambores de guerra para dar paso a una especie de cortometraje de propaganda locutado por Alec Bladwin mientras, en un breve instante, lucen sobreimpresionados en su rostro las palabras “White” y “House”, Casa Blanca -o eso me pareció-. Baldwin, que no por casualidad es un actor que realizó populares imitaciones del entonces candidato Donald Trump durante la campaña de los comicios presidenciales estadounidenses de 2017, irrumpe aquí clamando por la recuperación de la grandeza de América blanca, en un mensaje muy similar al que precisamente esgrimió el empresario neoyorkino en sus lemas y mítines. Su “América first” también se citará más adelante, amén de otras alusiones indirectas y finalmente, por si no había quedado claro, su aparición en pantalla.

La nueva primavera ultraconservadora, clasista, racista y xenófoba es uno de los fenómenos con mayor incidencia en el cine contemporáneo, y un cineasta guerrillero como Lee no podía dejar pasar un tema semejante, habida cuenta de una filmografía en la que la desigualdad del ciudadano negro y sus múltiples manifestaciones y consecuencias conforma un motivo recurrente desde sus comienzos en los años ochenta. Infiltrado en el KKKlan, en definitiva, habla del hoy a partir del ayer. Investiga las raíces de la bomba de relojería que amenaza con estallar en cualquier momento para recordar que ese tic-tac del mecanismo lleva décadas sonando.

         Lee vuelca en la trama y los personajes su habitual furia indignada, que muchas veces tiende a caricaturizar -e incluso simplificar- al declarado enemigo para caer en el panfleto. Con todo, su película policíaca posee ritmo, carisma y sustancia de denuncia, aunque para componer este fresco hiriente que ahora se replica hace alguna trampa histórica -el suceso original ocurre en 1979, con el demócrata y humanista Jimmy Carter de presidente, y no en 1972 con la reelección en ciernes de un Richard Nixon al que se atribuía el apoyo del Klan-. Emplea el celuloide y no el formato digital para dar textura de época al filme, ambientado con ese orgullo de raza que por entonces reflejaba una blaxploitation de la cual, no obstante, el director separa igualmente su esencia tópica y nociva -aquella Super Fly y su camello de tintes heroicos-. Son disquisiciones que no son frívolas ni posmodernas, sino que se incardinan en la invectiva de Lee, en su urgente mensaje de advertencia. De serlo, Infiltrado en el KKKlan es un panfleto riguroso, que tiene un reflejo tremendamente trágico y real en la que apoyarse para atacar con virulencia a cualquier espectador descreído.

        Gran premio del jurado en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7.

Aguas pantanosas

27 Feb

Aguas pantanosas es uno de los seis o siete momentos cumbres de la obra de Renoir. El desconcierto se produce porque no se trata del comienzo de un cambio, sino de su fin. Y alguien dirá que a la salida de una curva el campeón pisa a fondo el acelerador para volver a correr a tumba abierta. Esto es lo que hace Renoir en un plano estético.”

Jean-Luc Godard

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Aguas pantanosas

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Aguas pantanosas

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Año: 1941.

Director: Jean Renoir.

Reparto: Dana Andrews, Walter Brennan, Anne Baxter, Walter Huston, Virginia Gilmore, Mary Howard, Ward Bond, Guinn ‘Big Boy’ Williams, John Carradine, Eugene Pallette, Russell Simpson.

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            Aunque oteara sus truenos entre las inconscientes frivolidades de los aristócratas de La regla del juego, la Segunda Guerra Mundial atraparía casi por sorpresa a Jean Renoir, que abandonaría el rodaje de Tosca para refugiarse en los Estados Unidos, siempre receptivo a acoger en su seno cinematográfico a los grandes talentos europeos en el exilio por uno u otro motivo.

            En Hollywood, la primera obra de Renoir sería Aguas pantanosas, una cinta a la que los historiadores de cine acostumbran a achacarle las dificultades que el cineasta galo sufrió en su adaptación a los industrializados modelos de producción de las ‘majors’ –la Fox en esta ocasión-, si bien su estreno cosecharía una notable popularidad en taquilla. Es significativo, en cualquier caso, que Renoir no apareciese acreditado en la redacción del guion, como había sido su costumbre de autor, firmado aquí en exclusiva por Dudley Nichols a partir de una novela de Vareen Bell. También que el productor Irving Pichel se hubiera de hacer con las riendas de la dirección en algunas escenas del rodaje, sin reflejar asimismo en los créditos.

En realidad, quizás sea precisamente el libreto uno de los puntos flacos de Aguas pantanosas, porque a pesar de presentar un conflicto con posibilidades el posterior desarrollo de los personajes, de las relaciones entre ellos y de la evolución de la narración no es excesivamente elaborado, ni sorprendente –no hay más que ver el rudimentario duelo paternofilial-.

En este sentido, la realización de Renoir, plástica incluso dentro de su presunto desconcierto o de los automatismos del recién llegado que pueda arrastrar, dueña de imágenes líricas y terribles por igual, potencia la atmósfera enrarecida que atenaza a este pueblo del sur recóndito, aislado por un impenetrable bayou que simboliza la perdición y el descalabro de la humanidad –omnipresente, imposible de eludir-. Una plasmación en imágenes que, en conclusión, consigue que el texto se afile y sea un tanto más incisivo.

            Vistos los tortuosos mimbres temáticos del drama que subyace bajo este escenario de aventura, cabe imaginar que no le vendría mal a Renoir su profundo conocimiento de las apariencias y los engaños que propicia la vida en sociedad –La regla del juego otra vez-, puesto que excita estas tinieblas ocultas bajo el bucolismo rural desnudando las miserias morales de una comunidad enfermiza –las traiciones emocionales, el egoísmo vanidoso, la maldad asilvestrada-, contrapuesta a los presuntos seres salvajes del relato –el forajido (el gran Walter Brennan), su indomable hija (la bella Anne Baxter)-, figuras de aspecto desastrado pero en armonía consigo mismos, honestos, naturales y libres –dicotomía eterna que se repetirá en la venidera El hombre del sur (El sureño)-.

Volviendo a Aguas pantanosas, son estas las dos corrientes, en definitiva, entre las que navega, con riesgo de ahogarse, el ingenuo protagonista (Dana Andrews), con la mente todavía de arcilla fresca.

            En 1952, Jean Negulesco dirigió una nueva revisión de la obra con Un grito en el pantano, con Brennan repitiendo papel.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

Down by Law (Bajo el peso de la ley)

14 Feb

Polos iguales que se repelen, cárceles exteriores e interiores y un personaje antijarmuschiano que revienta por los aires la soledad, la incomunicación y la desidia habituales en las criaturas del autor estadounidense. Down by Law (Bajo el peso de la ley), una neo-beat-noir-comedy. Tercera toma de Jim Jarmusch para Ultramundo.

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Sin ley (Lawless)

28 Abr

“El cine es tanto el arte de buscar un hermoso rostro para poner en el celuloide como el de encontrar el dinero para la compra del celuloide.”

Jean-Luc Godard

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Sin ley (Lawless)

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Sin ley (Lawless)

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Año: 2012.

Director: John Hillcoat.

Reparto: Shia LaBeouf, Tom Hardy, Jason Clarke, Jessica Chastain, Guy Pearce, Mia Wasikowska, Dane DeHaan, Bill Camp, Gary Oldman.

Tráiler

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            Difícil interpretar el devenir de la cartelera española –sobre la cartelera de Ávila en particular, mejor ya ni referirse-. Tres años, y con distribución reducida, ha tardado en estrenarse Sin ley (Lawless) en España, una película que a priori goza del gancho popular que se le suele exigir al cine comercial: un reparto repleto de nombres conocidos –Shia LaBeouf, Tom Hardy, Jessica Chastain, Mia Wasikowska, Guy Pearce, Gary Oldman-, un guionista y un director interesantes –Nick Cave y John Hillcoat- y una temática de ambientación mafiosa, en concreto de gángsters de la Ley seca y los deprimidos años treinta, que parecía experimentar en tiempos recientes una leve resurrección –Enemigos públicos, Gángster Squad (Brigada de élite), la miniserie Bonnie and Clyde y, sobre todo, la monumental serie Boardwalk Empire-. Hasta fue proyectada en el festival de Cannes.

            Sin ley recupera la figura de los contrabandistas de licor del Sur profundo norteamericano, encarnados aquí por tres hermanos complementarios entre los que el benjamín (LaBoeuf), ensombrecido por sus antecesores, trata de abrirse camino a contracorriente, ‘alla Michael Corleone’. Es decir, a raíz del circunstancial vacío de poder dejado por la ausencia, producto de los efectos de esta época de incertidumbre y violencia, del primogénito (Hardy), hombre de ambiciones más moderadas pero rodeado de un aura de admiración y temor a causa de las leyendas acerca de su inmortalidad.

Es éste uno de los rasgos que aproximan la película hacia una cierta sensibilidad del cómic y que de inicio dotan de una particular atmósfera al filme, a los que se unen, entre otros, el caricaturesco dibujo y caracterización del antagonista -un esperpéntico agente federal encarnado con sus habituales limitaciones por Guy Pearce-, el cual también deja tras de sí un reguero westerniano por medio de la colisión entre criminal y ley, entre héroe y villano, entre la moralidad (o como poco un código de dignidad) y la amoralidad, que conduce sin remedio a un encarnizado duelo a muerte.

            Precisamente cuando el argumento demanda mugre y rudeza, brotan en la película los típicos e inadecuados dejes scorsesianos –la narración en off que, describiendo y opinando acerca de una serie de escenas conectadas, y acompañada de música popular, resume la situación de la época desde la perspectiva personal y orgullosa del delincuente- y otros déjà vus formales y temáticos que provocan que, a medida que avanza el metraje, la obra vaya dejando a su paso sensaciones más rutinarias que se metastatizan en un desenlace condescendiente y poco lucido.

Pero, en cualquier caso, la película resulta cuanto menos entretenida, apoyada en la presencia de actores como Chastain o Hardy –a pesar de que tampoco es su trabajo más inspirado-, así como en el buen pulso que luce Hillcoat, por desgracia menos abstracto y menos oscuro respectivamente –y por tanto más impersonal- que en sus precedentes colaboraciones con el singular Nick Cave: La propuesta y La carretera (The Road).

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

Propiedad condenada

23 Abr

Quien tiene un amigo tiene un tesoro. El segundo largometraje como director de Sydney Pollack viene de la mano de su amistad con Robert Redford, quien lo recomendará para el puesto. A su vez, el rubio actor había entrado a formar parte del proyecto gracias a la intermediación de la protagonista escogida, Natalie Wood. Análisis de Propiedad condenada para la primera parte del especial Sydney Pollack en Cine Archivo.

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The Courier

20 Mar

“Hollywood es Hollywood. No hay nada que se pueda decir de ella que no sea verdad, bueno o malo. Y si te involucras en Hollywood, no tienes derecho a quejarte: fuiste tú solo quien se metió en esto.”

Orson Welles

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The Courier

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The Courier

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Año: 2011.

Director: Hany Abu-Assad.

Reparto: Jeffrey Dean Morgan, Josie Ho, Til Schweiger, Miguel Ferrer, Lily Taylor, Mark Margolis, Mickey Rourke.

Tráiler

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           Narraba Homero que el héroe Odiseo, fecundo en ardides, deseaba escuchar el canto de las sirenas y, además, salir indemne del maleficio unido a sus voces, capaz de enloquecer a los marinos más avezados hasta hacerlos arrastrar sus naves en los rompientes de su isla y devorar así los infortunados cadáveres. Sin embargo, pocas son las sogas lo suficientemente fuertes para retener la voluntad enajenada de muchos realizadores foráneos y hacerlos resistir la llamada tentadora de los brillos de Hollywood, el gigante antropófago que, a cambio de medios y promoción, succionará sin piedad su valioso espíritu artístico.

           Avalado por el reconocimiento internacional de Paradise Now, nominada incluso al Óscar a mejor película de habla no inglesa, el cineasta Hany Abu-Assad desembarcaba en Hollywood con The Courier, si bien a costa de la libertad de su obra, dependiente de un libreto ajeno -en este caso a cargo de los debutantes Brannon Coombs y Pete Dris en la que, esperemos, sea su última incursión en el cine- y por supuesto alejada de sus habituales retratos de la realidad de su Palestina natal.

           En vista de cómo venían dadas las cosas, la única posibilidad que le quedaba a Abu-Assad en la recámara para llevar a buen puerto el proyecto era la de trasladar el encargo a su propio terreno de juego, como al menos lograrían en esta misma época, aunque con desiguales resultados, el danés Nicolas Winding Refn con Drive o los surcoreanos Kim Jee-woon y Park Chan-wook con El último desafío y Stoker, respectivamente. Por desgracia, la incidencia de Abu-Assad no pasará de elaborar una factura visual que trata en vano de dotar dramatismo e intensidad al filme por medio de texturas sombrías que se amoldan a la personalidad apocalíptica y sobrenatural de la Nueva Orleáns post Katrina.

No obstante, esta convencional cinta de acción nacía agonizante a causa de la debilidad de su esqueleto. La trama, de escasa coherencia interna y graves lagunas de verosimilitud en el desarrollo de muchas de las escenas, confunde la complejidad con el enmarañamiento y el suspense con la trampa. Es complicado saber qué ocurre, por qué ocurre y qué pinta cada personaje en medio del desaguisado, a pesar de su tendencia a secuestrar lugares comunes de éste y otros géneros en el relato de las aventuras de un ascético correo de criminales que ha de abandonar su neutralidad amoral para tomar partido a riesgo de su propia vida. Pero ni con sus violentos volantazos de guion, The Courier, casi una versión seria y pretendidamente adulta del Transporter de Jason Statham y la factoría de Luc Besson, se zafa de resultar previsible.

 

Nota IMDB: 4,5.

Nota FilmAffinity: 4,2.

Nota del blog: 4.

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