Juan Nadie

27 Nov

La influencia de Barbara Stanwyck traspasa fotogramas y pantallas. Gracias a su presencia, Gary Cooper aceptaría encarnar la sublimación del americano medio e incluso a un mesías redivivo y adaptado a los nuevos y materialistas tiempos en Juan Nadie, cine crítico, social y redentor de Frank Capra. Para la primera parte del especial de Cine Archivo sobre la Stanwyck.

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“El destino de Barbara Stanwyck era ser amada con devoción por todos los directores, los actores, el equipo e incluso los extras. En un concurso de popularidad en Hollywood, ganaría el primer premio con los ojos cerrados.”

Frank Capra

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Juan Nadie

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Juan Nadie

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Año: 1941.

Director: Frank Capra.

Reparto: Gary Cooper, Barbara Stanwyck, Edward Arnold, Walter Brennan, James Gleason, Spring Byington.

Filme

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            El hechizo de Barbara Stanwyck traspasa incluso las finas láminas de celuloide y las blancas pantallas de cine. La principal razón por la que Gary Cooper aceptó trabajar en Juan Nadie fue simplemente ella. El desafío de compartir planos con semejante actriz. A buen seguro, el propio Capra estaría complacido con contar con Stanwyck en el reparto –y no con Ann Sheridan, como pretendía en un comienzo y que sería vetada por la Warner Brothers, reticente a prestar uno de sus activos a esta primera y última producción independiente de la Frank Capra Productions, fundada por el realizador y su guionista de cabecera, Robert Riskin-. Y es que él solo imaginaba al americano medio –o, mejor expresado, a la sublimación del americano medio- con el rostro y el porte honesto, sencillo y elegante de Cooper, después de haber disfrutado con su talento innato en una cinta, El secreto de vivir, donde afrontaba un personaje con bastante puntos de encuentro con el protagonista de la presente cinta: una persona humilde y honesta –esa cualidad de espíritu invocada como un mantra por el gigante estadounidense para definir sus ideales- que, de improviso, debe hacer frente a los avatares nacidos de un inesperado cambio de fortuna, en todos los sentidos de la palabra.

Era este además el primer episodio de una especie de trilogía de exaltación del poder del individuo común -la argamasa de la nación, el “we, the people” al que cantaba John Ford en la coetánea Las uvas de la ira-, y que Capra prolongará con Caballero sin espada para cerrarla precisamente dos años después con Juan Nadie.

            El primer golpe con el que el cineasta italoamericano abre Juan Nadie, apunta a la frente. En la fachada de un solemne edificio, un operario destruye con un martillo neumático la inscripción “prensa libre” para, a continuación, sustituirla por un pomposo rótulo que anuncia el “Nuevo Boletín”, la versión renovada del cuarto poder para un público moderno. Esto es, un panfleto servil, plegado a los intereses de su dueño –un magnate del petróleo con ambiciones políticas-, y perpetrado con personal mínimo y sueldos pírricos. Es interesante observar cómo las películas críticas de Capra del periodo conservan su vigencia a lo largo de las décadas, caso de obras con temas tan candentes como la citada Caballero sin espada y su retrato de la decrepitud política, mortalmente alejada de su naturaleza fundacional al servicio del pueblo, o la anterior La locura del dólar, recensión cinematográfica de los principios regeneradores del New Deal de Franklyn Delano Roosevelt en el contexto de la Gran Depresión, una crisis económica tan destructiva como la que ahora asola la mayor parte del mundo desde hace ya casi una década. En cuanto a Juan Nadie, la corrupción de la prensa en un océano de amarillismo es solo el primer peldaño de su escalada crítica, el cual recuerda inevitablemente en su exposición a los desmanes que Orson Welles personalizaba en la figura del Charles Foster Kane en su obra maestra Ciudadano Kane, representación culminante de máximas como el “I Make News” –el periódico como agente generador de información en sí mismo-, el “no dejes que la realidad te estropee un buen titular” y, en último término, el empleo del potencial de los medios de comunicación para allanar una carrera política, empedrada a base de mentiras flagrantes como, por ejemplo, las que le habían servido a su inspirador real, William Randolph Hearst, para provocar la guerra entre Estados Unidos y España por la independencia de la Cuba colonial.

En Juan Nadie, el potentado en cuestión, D.B. Norton (el magnífico Edward Arnold), hará palanca para sus intereses personales –conquistar la Casa Blanca y reponer la disciplina plutócrata frente al exceso de libertades y prebendas de las que disfruta el ciudadano medio- en un personaje por completo inventado, el Juan Nadie del título –o John Doe, recurriendo a la expresión anglosajona-. Un símbolo diseñado por Ann Mitchell (Stanwyck), redactora despechada a causa de su fulminante despido, con el objetivo de sintetizar en su postrera columna el desafecto de la sociedad hacia la clase política -¿casta?- que, bien por interés, bien por incompetencia –el caricaturesco alcalde local-, es culpable de la precariedad de la vida en el presunto país de las oportunidades y el sueño americano. El procedimiento de D.B. Norton, como se colegía anteriormente, es una constante habitual en la política norteamericana, con querencia a equipararse a las supuestas bondades y el sentido común del hombre de a pie y sus campechanas motivaciones existenciales. Recuerden sino a Joe ‘el Fontanero’, piedra angular en la campaña del Partido Republicano para las elecciones presidenciales de 2008.

No es la única analogía que uno puede trazar durante el visionado del filme. El movimiento popular -¿o populista?- despertado por el mensaje reconciliador y humanista de Juan Nadie, recogido y reproducido por una miríada de clubes ciudadanos por todo el territorio estadounidense, así como su financiación en la sombra y posterior instrumentalización política desde esferas superiores del poder, también reclama su paralelismo con las iniciativas de esas políticas de pretensión renovadora surgidas al calor del descontento y el desengaño del nuevo milenio. Quizás no se trate tanto de equipararlos al ‘populismo’ español esgrimido por la política tradicional en un mensaje absurdamente alarmista, sino que, desde una óptica más local, parecen un antecedente del infame Tea Party, que tiene en el enaltecimiento de la voluntad individual –y por tanto del liberalismo tendente al anarcocapitalismo– uno de sus factores definitorios, al igual que su raíz aparentemente popular pero su soporte ideológico y económico respaldado por gerifaltes tan oscuros y siniestros como los hermanos Koch. Por otro lado, siguiendo esta retahíla de semejanzas entre el ayer y el hoy de la sociedad occidental, llama asimismo la atención que el primer gesto auténtico de indignación de este falso Juan Nadie mane de una protesta deportiva.

            Sea como fuere, los golpes que propina Capra al maltrecho ‘status quo’ de su nación, decíamos, son feroces y descarados. Pero, como indica la fama de dulce e incurable optimista que arrastra el director, Capra enarbolará también innegociablemente su firme creencia en la posibilidad del pueblo americano de redimirse –otro de los valores capitales de la cultura del país, en definitiva-. De este modo, paulatinamente, el paupérrimo Juan Nadie, rescatado del arroyo para difundir la buena nueva entre el individuo desesperanzado por las circunstancias, va revistiéndose de ropajes crísticos al mismo tiempo que el argumento hace aflorar un manifiesto peso de la religión cristiana en la progresiva composición de su discurso, lo cual dota a la función de un sabor un tanto más empalagoso y previsible en comparación con los belicosos pasajes previos o con las lúcidas líneas de texto antimaterialistas de ‘El Coronel’ (el simpar Walter Brennan), compañero de penurias del protagonista e imagen viva del ‘hobo’, artífice del primer gran movimiento contracultural norteamericano y heredero de su sempiterna búsqueda de la libertad, en este caso en el eterno errar, desnudo de ataduras, por las interminables carreteras del continente. Así, andando el metraje, vendido por los mercaderes y los mandamases adueñados del templo, y dado la espalda por el pueblo confundido que no sabe lo que hace, Juan Nadie escenifica una segunda venida del Mesías con su prédica adaptada al espíritu materialista y escéptico del hombre contemporáneo –de entonces y puede que de ahora-, con hincapié en aspectos de justicia social y reivindicación de la fuerza del individuo común organizado, siempre bajo su libre determinación, en un ejército de moral inquebrantable y poder invencible. El desenlace, escenificado en el día de Navidad –el periodo de mayor bondad y pureza de corazón, que Juan Nadie desea propagar al resto del calendario-, verbaliza de forma evidente esta moraleja piadosa.

            Y, de este modo, si Cooper encarna a un Cristo de dos metros de altura y límpidos ojos azules, Barbara Stanwyck podría asumir perfectamente una relectura de María Magdalena: una pecadora a la que la influencia salvífica de este segundo mesías reconduce al camino de la virtud. De hecho, al comienzo del filme, sus artes no envidian a las de las femmes fatales, entre las cuales, por supuesto, interpretaría tres años más tarde una de sus versiones arquetípicas: la legendaria Phyllis Dietrichson de Perdición, capaz de arrastrar al abismo a un hombre por medio de una simple pulsera en el tobillo. Detentadora del “mejor par de piernas que ha pisado nunca esta oficina”, su potencial radica a partes iguales en el atractivo físico, un ingenio chispeante, una ambición desbocada y una radical falta de escrúpulos que se estimula con un extraordinario sentido de la oportunidad. En consecuencia, la diva pasa de ser una adoradora del becerro de oro –carente de idealismo o ética profesional, puesto que su único objetivo es el dinero-, a la plañidera que, arrepentida de sus faltas, se redime y trata de, a su vez, librar de su inexorable destino funesto a su amado bienhechor. En el terreno de la anécdota, el rodaje de este desenlace donde se amalgama la épica sentimental y la sociopolítica –que solo encontraría acomodo en una quinta versión propuesta por los responsables de la cinta, quienes habían barajado antes otros borradores bastante más trágicos que el definitivo-, supondría un viaje al hospital para Stanwyck a causa de la hipotermia que le produjo las bajas temperaturas del escenario.

            Barbara Stanwyck, junto a Gary Cooper y Edward Arnold, recuperaría su papel también en 1941 para lanzar una adaptación radiofónica de la obra, de apenas treinta minutos y que se emitiría en el programa The Screen Guild Theater.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

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2 comentarios to “Juan Nadie”

  1. Hildy Johnson 30 noviembre, 2015 a 13:05 #

    Juan Nadie es una película que siempre me ha resultado fascinante para analizar y mirar. Así que te leo con gusto. En un ciclo de cine y política, me parece una película imprescindible. Y que forma un trío fantástico con Un rostro en la multitud de Elia Kazan y con El político de Robert Rossen. Y comparto el hechizo que me provoca Barbara Stanwyck cuando la veo aparecer en pantalla. Todavía no me ha decepcionado nunca. Me encanta en comedia, en melodrama y drama. La adoro en Siempre hay un mañana de Douglas Sirk o me voy a los años 30 y a su Stella Dallas de King Vidor… solo por nombrarla en dos títulos fascinantes de una carrera plagada de ellos.

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 30 noviembre, 2015 a 16:54 #

      Como siempre Hildy, poniéndome deberes para ver. Y si sientes hechizo por la Stanwyck, te recomiendo el especial de Cine Archivo, que hay grandes plumas para abanicar el ego de la diva. Y en dos entregas, ojo.

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