Propiedad condenada

23 Abr

Quien tiene un amigo tiene un tesoro. El segundo largometraje como director de Sydney Pollack viene de la mano de su amistad con Robert Redford, quien lo recomendará para el puesto. A su vez, el rubio actor había entrado a formar parte del proyecto gracias a la intermediación de la protagonista escogida, Natalie Wood. Análisis de Propiedad condenada para la primera parte del especial Sydney Pollack en Cine Archivo.

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“La amistad es una de las pocas cosas tangibles dentro de un mundo que cada vez ofrece menos y menos dónde agarrarse.”

Kenneth Branagh

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Propiedad condenada

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Propiedad condenada

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Año: 1966.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Natalie Wood, Robert Redford, Mary Badham, Kate Reid, Charles Bronson, Alan Baxter, Robert Blake.

Filme

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           Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Sydney Pollack debe agradecer su segundo largometraje como realizador de cine, Propiedad condenada, a la intermediación de un amigo, Robert Redford, con quien había coincidido en el elenco de la cinta bélica Soldado o cazador (El que mató por placer) y con quien iniciaría desde la presente una estrecha colaboración director-actor que se extenderá a lo largo de otras seis produccionesLas aventuras de Jeremiah Johnson, Tal como éramos, Los tres días del Cóndor, El jinete eléctrico, Memorias de África y Habana-, las cuales, por cierto, incluso pudieron ser más –por ejemplo, Redford fue una de las opciones barajadas para el papel masculino de Danzad, danzad, malditos-. Pero este canto a la amistad entrelazada con el talento artístico no se detiene ahí, ya que el rubicundo actor había desembarcado previamente en el proyecto de la mano de Natalie Wood, confirmada como protagonista tras la renuncia de la temperamental Elizabeth Taylor -quien era demasiado mayor para el papel de la seductora Alva-, y gracias al entusiasmo que la actriz de origen ruso sentía por la obra de Tennessee Williams, dramaturgo que había proporcionado la idea seminal de la película a partir de una de sus piezas teatrales. Y es que Wood había entablado una sólida amistad con Redford, teñida también de admiración profesional, después de compartir escenario en La rebelde, filme de temática metacinematográfica que le valdría a Redford ganarse la atención de Hollywood, Globo de oro al mejor actor revelación mediante, con su rol de galán de Hollywood de ambigua orientación sexual.

           Como decíamos, la idea primigenia del argumento de Propiedad condenada parte de una de las composiciones menos conocidas de Tennessee Williams. En concreto, el filme toma la conversación entre la joven Willie -Mary Badham, la inolvidable Scout de Matar un ruiseñor-, y el pequeño Tom, acerca del esplendor y la caída en desgracia de su hermana Alva, paralela a la agonía y cierre del nudo ferroviario que sostiene al aislado pueblo de Dodson, Tennessee, debido al azote de la Gran Depresión. Los numerosísimos guionistas del filme –entre ellos Francis Ford Coppola, quien asumiría en el principio las riendas del encargo, avalado porque había dirigido una versión teatral de la obra en la universidad-, emplearán esta pieza de un solo acto y apenas 20 minutos a modo de plataforma de despegue de la película, que a partir de ahí se desarrolla por medio de un extenso flashback en el que se materializará este relato inaugural de Willie, el cual, por tanto, ha servido ya para presentar verbalmente el decadente terreno de juego, la arrolladora personalidad de la mujer alrededor de quien gravita el relato y, por último, dada su naturaleza de comienzo in extremis, una conclusión melodramática que permanecerá latente e inexorable durante el desarrollo del argumento.  En contrapartida, el personaje de Redford, Owen Legate, a quien andando el metraje se identificará como un perito de la empresa ferroviaria que se dedica a evaluar y eventualmente clausurar las líneas deficitarias, quedará introducido mediante una habilidosa dosificación de información que da inicio con una escena inquietante –él saltando de un tren en marcha mientras que, ante su indiferencia, el maquinista le pregunta si con su trabajo puede dormir por la noche-, a continuación puesta en contraste respecto a su carácter afable, inteligente y determinado. Es el urbanita y refinado Legate quien ofrece el punto de vista durante el comienzo del metraje desde su condición de ‘extranjero’ que se adentra en el peculiar microuniverso rural y sureño de Dodson, condensado con todo su agobiante bochorno en la pensión Starr, regentada por la madre de Alva y donde la muchacha adquiere la importancia de una celebridad local. Y así irrumpirá en pantalla, si bien con la maliciosa pulla que se la hace surgir, no por casualidad, por la puerta de atrás de la posada. Siguiendo un raudo plano secuencia que se detiene reverente ante sus pies, Alva aparece rutilante, envuelta en un llamativo vestido de fiesta, enjoyada y dueña de una belleza que en nada tiene que ver con la sordidez hasta ahora apreciada en el escenario, dominado por coches rebosantes de parejas en celo, lascivia indisimulada, alcohol a raudales y peleas de borrachos. Tras ella, el careto embelesado de Robert Blake, encarnación de uno de sus pretendientes y un actor que no destaca precisamente por su hermosura apolínea. Siguiendo esta línea, el primer contacto de Alva con Legate también atesora una chispa de magia: su rostro iluminado por las velas de la tarta de cumpleaños de su madre; única faz que destaca entre la negrura del entorno.

Sin embargo, de manera acorde al firme dibujo de su personaje, quien por motivos laborales no puede dejarse arrastrar por quimeras (ni remordimientos), Legate se resiste al hechizo y, más aún, procede a desarmar con frialdad de entomólogo la mascarada en la que vive Alva, enclaustrada en una fingida sofisticación que solo esconde la asfixia y desesperanza que comparte con el resto de moradores del villorrio. En realidad, Alva es poco menos que una prostituta manipulada por la señora Starr para labrarse un futuro lejano del calor sudoroso y etílico de este lugar perdido de la mano de Dios, caracterizado por una miseria y un abandono que se ejemplifican con la figura ausente del padre, cuya habitación vacía, en un inequívoco gesto psicológico, será ocupada por el apuesto y prometedor recién llegado. Los matices, en cualquier caso, tardan en emerger, y lo hacen con una precipitación un tanto desconcertante, afín a la trasmutación de la perspectiva de la historia desde el prosaico Legate a la ahora irredimiblemente soñadora Alva. Wood, con su exasperante estilo espasmódico del que cabe rescatar un acertado reflejo de fragilidad de la chica, a buen seguro hallaría una apropiada inspiración en su traumática experiencia como objeto de deseo así como en su propia madre, quien le había arrastrado por las pruebas de casting de Hollywood desde los 4 años con una convicción obsesiva lindante en el maltrato y la explotación. No sería un rodaje fácil para ella. Aparte de mostrar problemas en algunas escenas -caso del denso clímax dramático de la borrachera donde Alva pondrá definitivamente las cartas sobre la mesa contra su opresiva progenitora y en la que hubo de alcoholizarse debido a su incapacidad para fingir la embriaguez-, la filmación quedaría marcada por su intento de suicidio a finales de 1965.

           Entre medias de este cambio de tercio, queda un intento de emular la particular atmósfera tórrida y trágica del dramaturgo de Misisipi. Propiedad condenada resulta interesante y arrebatada, sí, pero algo irregular e incapaz de asestarle a la narración ese último grado de intensidad y furia que parece demandar –en especial en el apresurado e insatisfactorio desenlace-, a pesar de que Pollack logra desembarazarse en gran medida de la estética televisiva que lastraba La vida vale más, su debut en el séptimo arte, y hace aflorar un sentido romántico con momentos notables –el fantaseo en el vagón desahuciado y su posterior paralelismo en la realidad-, el cual tendrá en Memorias de África su culmen de popularidad, coronación asimismo de su carrera como cineasta con el premio Óscar a mejor director y mejor película. La inestabilidad sufrida en la redacción del libreto, que abarcaría enmiendas a cargo del propio Pollack, oponía un escollo importante. Propiedad condenada es un Tennesse Williams, pero un Tennessee Williams pálido -el literato, soliviantado por los resultados de la cinta, intentaría suprimir su nombre de los créditos del guion, donde solo lucirá bajo el título “sugerido por”-. Una sentencia esta que quizás, en cierto modo, tampoco tiene por qué ser estrictamente negativa, dada la tendencia de Williams a perpetrar espectáculos melodramáticos y psico-sexuales excesivamente inflamados de pasiones, inverosímiles en el extremismo de su claustrofobia emocional y en demasiadas ocasiones afectados hasta la irritación.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

6 comentarios to “Propiedad condenada”

  1. Hildy Johnson 24 abril, 2015 a 10:25 #

    Propiedad condenada (bien, ¡otra de Pollack!) es de esas irregulares películas (qué bien has explicado sus fallas) que esconden sin embargo un encanto especial. Yo es una película que he visto muchas veces y siempre me ha terminado enganchando… Ahí está ese romanticismo desencantando y roto y ese reflejo pesimista del mundo… y tipos que tratan de cambiarlo o rectificar pero es toda una odisea. Tiene escenas que no se olvidan. Incluso su final abrupto… te deja en suspenso, triste, melancólico… a Alva hasta le arrebatan un final digno…
    A mí Natalie Wood me gusta como actriz y nunca sentí su “exasperante estilo espasmódico” (me ha hecho gracia esta expresión… y he tratado de recordar espasmos en sus películas), posee un rostro con ángel y una sensibilidad que traspasa la pantalla. Has apuntado a una característica que dejaba salir en sus dramas: fragilidad. Pero luego la ves chispeante en la comedia. O hábil en las tragicomedias presentando las dos caras con una facilidad pasmosa, me refiero a Amores con un extraño de Robert Mulligan.

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 24 abril, 2015 a 16:12 #

      Tiene su encanto, eso sí es cierto (y mira que a mí esas pasiones tórridas volcánicas de Williams me ponen un poco tenso). Me pasa lo mismo con Wood, y a lo que me refiero es que, en una escena, sin venir mucho a cuento, a lo mejor hace mil muecas en un minuto (cosa que se lo permito a Jack Nicholson y a pocos más). Pero aquí, aunque mueva mucho todo, sí consigue transmitir muy bien la fragilidad, la carga que le supone su vida y sus ansias de sueños. Apunto la de Mulligan, director infravalorado.

      ¡Un beso!

  2. amor despues de mediodía 24 abril, 2015 a 21:40 #

    Hace casi 30 años que no la veo. La asocio a cierto asombro, fascinación o perturbación adolescente por Natalie Wood. No sigo porque no me gusta hacer de viejecito en plan Cinema Paradiso hablando de Rita Hayworth y Gilda. Otro ejemplo de tipo de fiebre imposible de reproducir con las hormonas de un adulto (la fiebre es diferente) es Anna Karina en “Pierrot el loco”. Pero insisto, paro que esto me está quedando demasiado Garci, jeje.

    • elcriticoabulico 25 abril, 2015 a 14:33 #

      Ah, los amores de juventud/verano y el cine… A mí me tocó con Mónica Bellucci en Matrix Reloaded y Malèna. Distintas generaciones…

      • amor despues de mediodía 25 abril, 2015 a 22:48 #

        Lo más lamentable (lo que me deja a mi peor, vamos) es que probablemente somos de la misma generación, jaja. Viejuno que ha sido siempre uno.

      • elcriticoabulico 26 abril, 2015 a 16:44 #

        Ojo eh, que uno recuerda impactado y sobrecogido la primera vez que vio aparecer a Gene Tierney por un fotograma.

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