Tag Archives: Psicodelia

Easy Rider (Buscando mi destino)

2 Mar

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Año: 1969.

Director: Dennis Hopper.

Reparto: Peter Fonda, Dennis Hopper, Jack Nicholson, Luke Askew, Luana Anders, Sabrina Scharf, Toni Basil, Karen Black, Warren Finnerty, Antonio Mendoza, Phil Spector.

Tráiler

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         En el cambio de las décadas de los sesenta y setenta, los Estados Unidos afrontaban una profunda crisis de identidad en la que, entre otros factores como la lucha por los derechos civiles y la igualdad racial, la Guerra de Vietnam se estaba convirtiendo en una cuña que partía por la mitad una sociedad neurótica que no había estado tan polarizada desde la Guerra de secesión. Con huellas todavía visibles en el presente, medio siglo después, surgía entonces un intenso cuestionamiento de conceptos como el patriotismo, la libertad, las garantías individuales o la honestidad del sistema oficial. En este contexto, Easy Rider brotaría como una película radicalmente conectada con las pulsiones del momento, enraizada en esa contracultura que reinventaba las posturas tradicionales en cuanto a la estética, el lenguaje, la música, las drogas y, sobre todo, la mirada hacia el país. También, por supuesto, el cine, en el que nacía un Nuevo Hollywood.

         Los moteros que emprenden el viaje en Easy Rider son melenudos, han hecho fortuna con el trapicheo de cocaína y rechazan las comodidades burguesas que les puede ofrecer el American Way of Life, así como las esclavitudes de una vida corriente, con un reloj de pulsera como simbólica cadena opresora. Aunque el statu quo también los repudia a ellos por insubordinados, lo cierto es que entroncan con una esencia nacional ya olvidada o marchita. Son herederos del ‘hobo’ que se lanza al camino en busca de la última frontera virgen, que a su vez se emparenta con el jinete que avanza hacia el Oeste que busca su propio Destino manifiesto en el país de las oportunidades.

La road movie es una de las enseñas del periodo. Los caballos ahora son de acero. La carretera es el último territorio verdaderamente libre en una nación que ya no es nueva, que no está por construir, que muestra ya las corrupciones de la edad. “Este solía ser un país cojonudo”, lamenta el picapleitos en la deriva de su marasmo alcohólico, devorado por una desidia terminal. Porque, en realidad, Easy Rider es un recorrido por los Estados Unidos. De costa a costa. De Los Ángeles hasta Nueva Orleáns, donde el Destino manifiesto es el Mardi Gras. Es decir, el carnaval, que no es sino la fiesta de la subversión por antonomasia. Y donde las máscaras permiten vivir sin máscaras.

         Mientras sigue la ruta de gasolina y estupefacientes, Dennis Hopper rastrea símbolos. La bandera que ornamenta el casco y el depósito de la moto, las catedrales de piedra del Monument Valley, Paul Bunyan, los pueblecitos de los pioneros. Ahora, a ellos se unen las comunas hippies que tratan de llenar de flores y frutos el desierto; el rock que proclama que nacimos para ser buenos salvajes.

Solo el recorrido a través de los paisajes con la banda sonora de fondo ya valdría como justificación de la obra, que deja otros detalles estilísticos propios de la época como esas elipsis marcadas mediante un ‘parpadeo’ de planos o una escena lisérgica un tanto más anticuada. Entre medias, se intercalan encuentros que se exponen a través de esa mirada entre optimista y melancólica del Capitán América de Peter Fonda. También dan pie a un desarrollo que parece ligado al acid-western del periodo, pues el viaje se dirige hacia la pesadilla, hacia la muerte premonitoria. Trágica y violenta, como un estallido. Las utopías son asuntos venusianos.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

A Field in England

6 Jun

“Lo inexplicable es una parte esencial de la metáfora. Decodificar un misterio equivale a destruirlo.”

Theo Angelopoulos

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A Field in England

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A Field in England

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Año: 2013.

Director: Ben Wheatley.

Reparto: Reece ShearsmithPeter FerdinandoMichael SmileyRichard GloverRyan Pope, Julian Barratt.

Tráiler

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            La influencia de Amy Jump como guionista –ya había actuado como editora en el cortometraje Rob Loves Kerrysobre la filmografía de Ben Weathley parece conducir a esta hacia una mayor abstracción y hermetismo a partir de su acreditación en la escritura de Kill List, elaborada a cuatro manos con su pareja artística y sentimental. De ahí que se pueda afirmar que, precisamente, el ya iconoclasta debut en la dirección de largometrajes del británico, Down Terrace, es hasta la más clásica -y sin duda accesible- de sus películas.

            De tal modo, la ambientación de A Field in England en la Guerra Civil inglesa del siglo XVII, la anodina fotografía en blanco y negro –hasta aquí se la podría emparentar con el falso documental Culloden– e incluso su neutro título –“un campo en Inglaterra”-, actúan como simples contrastes con la naturaleza alucinada, surrealista y críptica de la obra, influida por la injerencia de la magia, la psicodelia y la metafísica.

Elementos que sirven para empujar el argumento hacia los terrenos del ocultismo y hacia una idea de renacimiento a través de un proceso sobrenatural y circular que, precisamente, parecía encontrarse ya presente en Kill List. La colisión de esta dualidad se dará, de hecho, en una especie de clímax enajenado que se traduce en fotogramas mediante una extensa secuencia de imágenes especulares y estroboscópicas.

            Al igual que ocurre con esas búsquedas cinematográficas y extrasensoriales de Alejandro Jodorowsky, resulta complicado -y probablemente desaconsejable- racionalizar el argumento del filme, no exento de desconcertantes toques de humor –los patéticos arrebatos pictoricistas, de voluntaria obviedad-.

La principal objeción de A Field in England, por tanto, provendría de que no consiga suscitar el necesario trance hipnótico con el que asimilar el estado mental propio a la experiencia de los personajes al otro lado de la pantalla. Quizás ese juego de contradicciones formales y temáticas se vuelva contra ella, al contrario de lo que sucedía con la contraposición entre estética realista y acciones surrealistas que se daba en las precedentes Kill List y Turistas (Sightseers).

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 5.

Mind Game

19 May

“Lo importante es disfrutar rodando. Imaginar qué podría haber sido la película es absurdo; lo interesante es lo que ocurre.”

Álex de la Iglesia

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Mind Game

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Mind Game

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Año: 2003.

Director: Masaaki YuasaKôji Morimoto.

Reparto (V.O.): Kôji Imada, Sayaka Maeda, Takashi Fujii, Seiko Takuma, Tomomitsu Yamaguchi, Toshio Sakata, Jôji Shimaki, Rintarou Nishi, Kenichi Chujou.

Filme

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           El “¿y si…?” como reflexión introspectiva es uno de los grandes tormentos psicológicos autoinfligidos del ser humano, especialmente entre los indecisos, los sensibles o, en fin, los que entran dentro de la etiqueta social de perdedores. Y si hubiese escogido la vocación en lugar de la obligación. Y si hubiera plantado cara en vez de callarme. Y si hubiese confiado en mis posibilidades. Y si hubiera escogido animar otro equipo de fútbol. Y si hubiese ido por el camino contrario de la encrucijada. Y si me hubiera atrevido a expresar mis emociones con aquella chica -madre de todos los ‘y si…’-. “Es un error de Dios no haber dado al hombre dos vidas: una para ensayar y la otra para actuar”, sintetizaba Vittorio Gassman.

           Como expresa su título, Mind Game parte de un manga homónimo en el que, al modo de un juego mental terapéutico de notable carga autobiográfica, su autor, Robin Nishi, volcaba en tinta y papel la miríada de posibilidades, aspiraciones y sueños rotos que torturaban su interior irrealizado para, habilitado por la capacidad taumatúrgica de la ficción, reconquistarlos y enderezar el sentido de su existencia. Una extraordinaria y fantasiosa segunda oportunidad concedida en este caso por una deidad burlona, de descacharrante polimorfismo, pero comprensiva hacia aquellos que ha creado imbéciles por puro capricho -¿a su imagen y semejanza, cabe pensar?-.

Patetismo confeso que, obviamente, no se refiere solo al personaje principal, sino también, como explicitan los flashbacks dispersos por el montaje, a las numerosas vidas que se entrecruzan con la suya. A cualquiera de nosotros, en definitiva.

           Mind Game es un arrollador despliegue de deseos y delirios que tratan de materializarse precisamente a imitación de las decisiones del protagonista resurrecto –y quizás luego inmerso en un purgatorio con forma de vientre de cetáceo-. Esto es, por medio de la incontención más absoluta. De la ruptura rabiosa contra la tiranía de las convenciones sociales –y artísticas por extensión-, muchas de ellas abrigadas por el seno de una personalidad sumisa. Del lanzamiento de bombazos contra la frustrante realidad para fragmentar su caparazón y penetrarla salvajemente, hasta atravesarla de lado a lado.

La película es un puro frenesí de colores incontrolados, formas atropelladas y digresiones tanto visuales –la combinación de fotografía con animación- como temáticas –la progresiva invasión de la ilusión y la fantasía en el relato hasta su colonización por completo del escenario y el argumento-.

           Imperiosamente escatológica como plasmación de los apetitos esenciales e insatisfechos de la especie, excesivo por definición y no siempre bien medido –surge puntalmente cierta irregularidad en este equilibrio del desequilibrio-, el filme se embarca en una adictiva epopeya lisérgica, realizada con desbordante imaginación, y donde, literalmente, todo puede suceder. El fin de los “¿y si…?”.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

Lisztomania

26 Abr

“Cuando escuché anteriormente de la racha de desmayos que estallaron en Alemania y especialmente en Berlín cuando Liszt se mostraba a sí mismo allí, me encogí de hombros avergonzado y pensé: los tranquilos alemanes sabatarianos no quieren perder la oportunidad de conseguir el poco ejercicio necesario que permiten… En su caso, pensé, se trata del espectáculo por el espectáculo en sí… Así me explico esta Lisztomanía y lo vi como una señal de las condiciones políticas carentes de libertad existentes más allá del Rin. Sin embargo, me equivoqué, después de todo, y no me di cuenta hasta la semana pasada, en el teatro de ópera italiano, donde Liszt dio su primer concierto… Fue verdaderamente un sentimiento no germánico, sentimentalizando a la audiencia berlinesa, antes de que Liszt tocara, totalmente sólo, o mejor dicho, acompañado únicamente por su genio. Y, sin embargo ¡cómo les afectó convulsivamente su apariencia! ¡Qué estrepitoso que fue el aplauso cuando lo vieron! ¡Qué aclamación! Una verdadera locura, ¡sin precedentes en los anales del furor!”

Heinrich Heine

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Lisztomania

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Lisztomanía

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Año: 1975.

Director: Ken Russell.

Reparto: Roger Daltrey, Sara Kestelman, Paul Nicholas, Veronica Quilligan, Fiona Lewis, Ringo Starr.

Tráiler

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           Y con Liszt llegó el delirio. Después de intentar apresar en sus garras el alma íntima y artística de los compositores Piotr Chaikovski y Gustav MahlerLa pasión de vivir (La otra cara del amor) y Mahler, una sombra en el pasado, respectivamente- el británico Ken Russell escoge el llamativo y polémico concepto de Lisztomanía –un término que se refiere a los episodios de locura y éxtasis que arrebataban a los fanáticos de Franz Liszt durante sus conciertos, antecedente directo de las groupies- como punto de partida para construir una ópera (o más bien un cabaret) desequilibrada y excesiva en la que el pianista y compositor húngaro queda equiparado a una estrella pop al estilo de la Gran Bretaña de entonces. De acuerdo con esta idea, su rostro en pantalla lo pondrá Roger Daltrey, cantante de The Who y con quien en ese mismo 1975 Russell también había estrenado Tommy.

           Recitales de piano asegurados con cordón policial para hacer frente a las masas de chicas enfervorecidas, penes y vaginas a escala gigantesca para representar el desenfreno sexual del ídolo y el posterior sometimiento de su alma creativa a la mujer/mecenas, su sobrino y protegido Richard Wagner transformado en una mezcla de vampiro, Frankenstein y ‘mad doctor’ nazi y a quien el Papa, encarnado por Ringo Starr, considera un Anticristo a erradicar de la faz de la tierra. Cualquier ocurrencia tiene cabida en la sucesión de sketches desmesurados que componen Lisztomanía, incluso el nuevo sonido Dolby Stereo del que es pionera en el cine. Es decir, como una de las comedias de Mel Brooks pero todavía más alucinada, desmesurada y anárquica.

           Ese descontrol definitorio, no obstante, es lo que acaba obrando en contra de la película. Desligada de casi toda realidad y de toda contención, Lisztomanía pierde la colisión de tragedia y música que al menos sostenía la demasiado excitada La pasión de vivir o el romanticismo agónico pero superviviente de Mahler, una sombra en el pasado, la cual ya incidía en esa especie de arias humorísticas y grotescas donde el antisemitismo y la posterior ligazón de la obra de Wagner con el nazismo ejercía el papel de catalizador del humor.

Aquí, las composiciones del genio húngaro se disuelven en un mar de imágenes desorbitadas y extravagantes, de escenas desopilantes y confusas, hipertrofiadas en forma y fondo. La renuncia a dotar a la función de una mínima coherencia narrativa hunde el filme en el estupor y un aburrimiento contradictorio con la disparatada y apoteósica sucesión de escenas bufonescas; unas curiosas, otras directamente lamentables. Hasta una simple gota de mesura en medio de este océano de enloquecimiento hubiera servido para rescatar un par de sus hallazgos, ahogados en el regodeo orgiástico en la comedia kitsch y el puro abotargamiento visual.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,6. 

Nota del blog: 3,5.

Performance

20 Abr

“Un artista no es un ciudadano que pertenezca a la sociedad. Un artista está destinado a explorar cada aspecto de la experiencia humana, de los rincones más oscuros, aunque no necesariamente; ahora bien, si eso es lo que te atrae, hacia ahí debes encaminarte. No puedes preocuparte por lo que la sociedad considera buena o mala conducta, buena o mala exploración. Por eso, en cuanto uno se convierte en artista, deja de ser ciudadano. No tiene la misma responsabilidad social.”

David Cronenberg

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Performance

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Performance

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Año: 1970.

Directores: Nicolas Roeg, Donald Cammell.

Reparto: James Fox, Mick Jagger, Anita Pallenberg, Michèle Breton, Johnny Shannon, John Bindon, Stanley Meadows, Allan Cuthberson.

Tráiler

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           Performance es la filmación de un universo en cambio por parte de un cine en cambio. En su argumento, un violento matón que no encuentra su espacio en un submundo mafioso regido por el lenguaje empresarial –tendencia que, eso sí, todavía no impregna sus depravados procedimientos- y un músico encerrado en una crisis creativa disuelta en drogas, entrecruzan sus caminos gracias al empuje de los acontecimientos, decididos a desterrarlos de la sociedad, así como a causa de su hermanamiento como artistas marginales -cada uno en su parcela de experiencia-. Chas (James Fox) y Turner (Mike Jagger) son, en resumen, reductos de otra época, parias en un mundo enajenado y huérfano de romanticismo.

           Mientras tanto, a modo punto de partida, Performance se apropia de las hechuras del thriller criminal británico, tradicionalmente áspero y apegado a la realidad social de las islas, y le embute garganta abajo una ración de hongos alucinógenos para poder ablandarlo, deformarlo y reconfigurarlo a su antojo, con la irracionalidad por bandera.

Primer largometraje como director de Nicolas Roeg, acompañado de Donald Cammell, también firmante del guion, y puesta en buena medida al servicio de la incipiente y nunca estelar carrera cinematográfica de Mick Jagger, Performance comienza como una interesante película criminal, febril y nerviosa, donde las pulsiones de violencia y sexo, muerte y placer se entremezclan en la mirada correosa de James Fox, perfecto en su expresión de amenaza, y a través del montaje fragmentado y rabioso de Frank Mazzola -última mano que intervendría en este proceso de postproducción después de un par de composiciones previas desechadas, lo que supondría retrasar el estreno del filme de 1968 a 1970-.

Son estos impulsos contradictorios y subconscientes que se dispararán cuando el agresivo Chas, caído en desgracia, se refugie en el sótano de Turner, ex cantante de éxito enclaustrado en un caserón londinense junto a sus amantes –entre ellas la erótica Anita Pallenberg, por entonces pareja de su compañero Keith Richards y anteriormente de Brian Jones, inspiración parcial para el personaje de Jagger- y sus propios demonios.

           A partir de ahí, el delirio. Algo semejante a Escondidos en Brujas pero diseñado y filmado bajo los efectos del LSD. La apoteosis del ácido, la dualidad sexual y vital, la pérdida y la búsqueda de la identidad, la confraternización del músico y el asesino reconocidos mutuamente como artistas excepcionales dentro de una insinuada fusión o transfusión de personalidad. O, en definitiva, lo que el espectador desee interpretar del maremágnum de símbolos existenciales, viajes lisérgicos y experiencias sensoriales en el que se convierte la segunda mitad de la función, anclada en los libérrimos finales de los sesenta y, en consecuencia, de alto contenido experimental, excesiva y opresiva, demasiado deudora de su época y un tanto agotadora en su inescrutable caos psicológico y psicodélico.

           Parte de la mitología del filme se trasladará al escenario de rodaje por medio de insinuaciones acerca de los contactos reales con el sexo y las drogas del elenco protagonista.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6.

Pasaporte a la locura

19 Abr

“En California tenemos algunos de estos hippies. Para quienes no sepan lo que es un hippie, se trata de un tipo que tiene las pintas de Tarzán, camina como Jane y huele como Cheetah.”

Ronald Reagan

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Pasaporte a la locura

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Pasaporte a la locura

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Año: 1968.

Director: Richard Rush.

Reparto: Susan Strasberg, Jack Nicholson, Adam Roarke, Max Julien, Dean Stockwell, Bruce Dern, Henry Jaglom.

Tráiler

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           Una de las funciones que se pueden extraer del cine es su rol de cronista de la sociedad de la que nace. Un desempeño, no obstante, que suele ramificarse en dos posturas: el retrato analítico, a través del cual diagnosticar su naturaleza y sus males presentes, y la simple postal, donde el periodo retratado ejerce como escenario y aporta una sensibilidad particular, sin profundizar más en este aspecto crítico que sí posee el anterior.

           Pasaporte a la locura –título amarillista donde los haya- ofrece una postal del efervescente y curiosísimo San Francisco hippie de finales de los sesenta. Desde la mirada extranjera de una joven sordomuda y prófuga en busca de su hermano (Susan Strasberg), el filme ofrece un acercamiento casi apologético a las bondades humanas del verano del amor, todo entusiasmo comunal, viajes de ácido, paz y amor.

           En repetición de lo que ocurría en la coetánea The Trip, el libreto original de Jack Nicholson, considerado demasiado experimental por los productores, quedará reconducido hacia terrenos más tradicionales hasta el punto de que el nombre del actor dejará de figurar en los créditos del guion, si bien conservará uno de los papeles protagonistas de la función –aquí, cola de caballo incluida-. Un paso más en su incipiente trayectoria artística y que le valdrá consolidarse como una de las figuras principales de este cine independiente, marginal y psicodélico, en conjunción con proyectos tales como su serie de colaboraciones con el icónico Roger Corman, los acid western A través del huracán (Forajidos salvajes) y El tiroteo de Monte Hellman o el emblema generacional y cinematográfico Easy Rider.

           Con el contrapunto de apenas un par de malos viajes y algunos conflictos a causa del integrismo doctrinal mal entendido, el filme indaga en este remanso de felicidad que abre los brazos a esta joven torturada, hija de un país hipócrita y represivo –la Guerra de Vietnam, la coerción estatal, el puritanismo tiránico, el racismo,…- con unas intenciones laudatorias que, vistas desde el cínico siglo XXI, resultan tan naifs como tiernas.

Supeditado a este fresco colorista y entusiasta, dibujado en imágenes desmañadas y ácratas como traslación de la actitud vital de sus protagonistas, el argumento de Pasaporte a la locura, organizado a través del clásico esquema de búsqueda espiritual que predomina en este momento y este lugar concreto, manifiesta igualmente una gran ingenuidad en su concepción y desarrollo. Ligerísimo, superficial, poco preocupado por su equilibrio y su coherencia interna y con unos cuantos tópicos vagamente existenciales a sus espaldas, tan solo se libra del suspenso gracias ese aire entrañabilísimo que equivale a encontrarse en el baúl de los recuerdos una extravagante fotografía familiar procedente de tiempos extraños y remotos.

 

Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 5.

A Scanner Darkly (Una mirada a la oscuridad)

4 Oct

“Los que abusan de las drogas son los que dan mala fama a los que las usan.”

Marilyn Monroe

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A Scanner Darkly

(Una mirada a la oscuridad)

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A Scanner Darkly (Una mirada a la oscuridad).

Año: 2007.

Director: Richard Linklater.

Reparto: Keanu Reeves, Winona Ryder, Robert Downey Jr., Woody Harrelson, Rory Cochrane.

Tráiler

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            Richard Linklater retoma el uso de la animación mediante el rotoscopio después de comprobar su excelente funcionamiento para crear atmósferas oníricas en esa especie de ensayo sobre el misterio del sueño que había sido Waking Life. Ahora, en A Scanner Darkly (Una mirada a la oscuridad) el realizador texano utilizará las manchas sinuosas, fluidas e inestables del rotoscopio para tratar de sumergir al espectador en la descomposición moral, psicológica y sensitiva de Bob Arctor, un agente de narcóticos que se investiga a sí mismo debido a los azares de un futuro próximo dominado por la adicción a los psicotrópicos y donde las fronteras de realidad y ficción permanecen difusas por la plaga de la droga. “Todos estamos soñando”, afirmará el protagonista, como queriendo ligar ambas cintas.

            El argumento del filme nace de la novela Una mirada a la oscuridad de Philip K. Dick, y en él, además del proceso de investigación policial, se entrecruzan el reflejo de la percepción alterada por los estupefacientes al puro estilo William S. Burroughs y la indagación existencialista acerca de los conflictos de identidad y las contradicciones y las insatisfacciones del individuo, disuelto en el interior de una sociedad deshumanizada y aséptica donde la omnipresente ‘Sustancia M’ termina por parecer una buena alternativa.

           Al igual que en Waking Life, el empleo del rotoscopio se revela como un hallazgo visual poderoso para hipnotizar al espectador y empujarlo hacia el universo surrealista y desquiciado que habitan los personajes –sobre todo cuando se observa prolongadamente esos trajes de camuflaje con constante mutación de rasgos, recubiertos de una voz neutra y profunda-. También, todo sea dicho, fatiga a ratos. Como fatigan los parlamentos inconexos de los personajes o esa trama policíaca secundaria pero que vertebra el relato y que se escuda en la adulteración lisérgica del cerebro del protagonista para ocultar su endeblez y la confusa narración que desarrolla Linklater.

En consecuencia, ocurre lo mismo que en la mayoría de películas basadas en el punto de vista subjetivo del consumidor de drogas. A Scanner Darkly no trasciende el intento de plasmar con fidelidad un fantasioso colocón, cosa que no encuentro demasiado interesante en sí misma. Anclada en la superficialidad de la técnica, ni consigue cuestionar en exceso las convenciones de una civilización decadente ni logra asomarse al abismo sobre el que pende Arctor, aparte de explotar la eterna cara de pena de Keanu Reeves

Fallida.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 4,5.

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