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Érase una vez en… Hollywood

19 Ago

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Año: 2019.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Margaret Qualley, Emile Hirsch, Julia Butters, Al Pacino, Bruce Dern, Dakota Fanning, Austin Butler, Mikey Madison, Lena Dunham, Maya Hawke, Damon Herriman, Timothy Olyphant, Luke Perry, Rafal Zawierucha, Mike Moh, Damian Lewis, Lorenza Izzo, Kurt Russell, Zoe Bell, Michael Madsen, Scoot McNairy, Clifton Collins Jr., James Remar, Clu Gulager.

Tráiler

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         Érase una vez en… Hollywood es en efecto, tal y como sugiere el título, un cuento ambientado en la fábrica de sueños, en el lugar donde todo puede ocurrir. Esto es, en la industria del cine, una realidad alternativa, superior en belleza y emociones a la que existe fuera de las salas, y en la que hasta es posible arreglar la Historia y reventar la Segunda Guerra Mundial a golpe de ucronía y metralleta, como demostró el propio Quentin Tarantino en Malditos bastardos.

         Pero Érase una vez en… Hollywood es, principalmente, un viaje fabuloso a una era mitológica, poblada por dioses que celebran bacanales en sus mansiones del olimpo de Los Ángeles y que, incluso, descienden a los bulevares de la ciudad para convivir con los humanos, aparte de su invocación a través de las carteleras y de las pantallas de cine, omnipresentes.

Hay, por supuesto, una atmósfera elegíaca en esta dorada edad de la inocencia a punto de ser destrozada a puñaladas y malos viajes de ácido por la trasnochada Familia liderada por Charles Manson. Un despertar paralelo al del resto de unos Estados Unidos embarrados en una guerra absurda y propensos al magnicidio de figuras de progreso, aunque todo ello apenas se menciona en esta película que es una memoria sentimental, no un registro documental. Porque son cosas que no pertenecen al mundo de Tarantino, el cual se concentra en ese espacio confortable y maravilloso del cine, como parecen indicar asimismo esas escenas donde la realidad a uno y otro lado de la claqueta queda perfectamente fundida. En consonancia con esta noción, el de Érase una vez en… Hollywood es un eco elegíaco que procede de la incurable nostalgia de un creador criado y alimentado por la cultura popular y que, en esta ocasión, rinde tributo fascinado a los maratones de televisión que construyeron su infancia.

         Tarantino manifiesta esta decadencia también a través de los protagonistas: un actor de seriales del Oeste que parece enfilar la cuesta abajo de su carrera y su doble de acción, reducido a chico de los recados; ambos con problemas además para entender a una juventud de rebeldes ácratas, melenudos y sin depilar. Desde luego más tragicomedia que thriller, el relato sigue sus desventuras por los márgenes de este escenario de leyenda, con un tono que parece heredar esa mezcolanza de homenaje y caricatura propio del spaghetti western, abundantemente referenciado en la cinta. Hay patetismo y humor negro marca de la casa para retratar a este par de amigos que tratan de orientarse en medio de este apocalipsis lujoso y soleado. Leonardo DiCaprio y Brad Pitt derrochan carisma y química a expuertas, convirtiéndose en uno de los grandes baluartes de una obra que, narrativamente, se muestra descompensada e irregular.

En determinados momentos, da la sensación de que el montaje de Érase una vez en… Hollywood es bastante pedestre en su intención de enhebrar las historias de los personajes de forma paralela, de igual manera que flashbacks como el de Bruce Lee durante el rodaje de El avispón verde que no funcionan bien y entorpecen la progresión y el ritmo del filme -quizás sea la entrega del cineasta donde más se aprecia la falta de la fallecida Sally Menke-. Algo semejante ocurre con las fugas, fantasías y retales de películas posibles que Tarantino va sembrando a su paso, en especial durante la introducción, si bien es necesario reconocer su soberbio talento para aprender y reproducir lenguas perdidas del cine -estilos propios de la serie B de los que, por otra parte, también podría repescar su concreción y concisión a la hora de contar las cosas, pues es fácil hallar secuencias perfectamente prescindibles entre los 260 minutos de metraje de la cinta-.

         En cualquier caso, Tarantino logra terminar la función en alto, con un desparramante clímax de violencia satírica en la que se podría leer una maniobra de autodefensa contra aquellos que censuran, precisamente, su querencia por una sanguinolenta crueldad de grand gignol. Es la constatación de que, decididamente, Érase una vez en… Hollywood, su filmografía y el cine en general son un juguete con el que disfrutar. Y mejor que la realidad.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6,5.

Zabriskie Point

5 Abr

“Estaba enamorado de una chica. Fuimos al cine a ver Zabriskie Point y nuestro romance se acabó por completo.”

James Caan

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Zabriskie Point

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Zabriskie Point

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Año: 1970.

Director: Michelangelo Antonioni.

Reparto: Mark Frechette, Daria Halprin, Rod Taylor, G.D. Spradlin, Paul Fix.

Filme 

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            Embarcado en el segundo episodio de su trilogía de películas en inglés bajo órdenes del productor Carlo Ponti, Michelangelo Antonioni viaja desde el éxito de la influyente Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) hasta la contracultura de los convulsos Estados Unidos del cambio de década entre los sesenta y los setenta que trata de capturar en fotogramas Zabriskie Point.

Para infiltrarse en este ambiente alzado en rebeldía contra el status quo, Antonioni, creador del armazón fundacional de la historia, solicitaría la ayuda de un nativo: el actor, escritor y dramaturgo Sam Shepard, hombre concienciado con los problemas de su tiempo. No obstante, el libreto contaría asimismo con aportaciones de Tonino Guerra, Franco Rosetti y de Clare Peploe. A esta intención de asimilación al momento y el espacio se sumará la banda sonora presidida por Pink Floyd –que por entonces se prodigaba en el cine con filmes como El Comité, More o El valle– y aderezada además con piezas escogidas de The Rolling Stones, Grateful Dead, Roy Orbison o Patti Page, entre otros.

            Quizás esta escritura múltiple del guion sea un indicativo de esa desorientación de extranjero pisando tierra desconocida que parece dominar Zabriskie Point, de igual modo que su argumento menos críptico -en comparación con la petulante Blow-Up– y hasta su ritmo ligeramente menos desafiante también podrían ser pistas acerca de la superficialidad general de la obra.

Incluso por encima de la retórica política de esta generación militante y reprimida por la violencia fascista de lo establecido, el fresco del cineasta italiano a propósito de la búsqueda de libertad de la juventud hippie a través del viaje existencialista se limita a ofrecer una enumeración bastante típica de los males de la nación a la cabeza del mundo libre: la desigualdad social, el racismo, el cinismo, el desprecio de la cultura, la adoración del arma, el mercantilismo sobre todas las cosas, la herida sangrante de Vietnam,… Calamidades en permanente contraste con las postales residuales del American Way of Life que emergen casi marcianas –la alucinada urbanización en medio de la nada que proyecta una inmobiliaria repleta de enormes banderas y ambiciones materiales-.

El propio rodaje, repleto de incidentes relacionados con la política y con las acusaciones de antiamericanismo del proyecto, serviría como buena muestra del inflamable contexto subyacente.

            Con la inmensidad extraterrestre del desierto de Mojave como paraíso perdido donde unos nuevos Adán y Eva, forajidos románticos, puedan regenerar a la humanidad a golpe de sexo entregado y puro, Zabriskie Point pretende retratar la extinción del sueño desde una espiritualidad tópica, en exceso deudora de su época y hoy evidentemente avejentada.

La cinta no consigue por tanto ser abstracta e hipnótica al estilo de otros alzamientos análogos, caso de Punto límite: Cero, ni tan fervorosa y carismática como Easy Rider (Buscando mi destino), icono absoluto del periodo. Zabrinskie Point puede llegar a despertar interés por las resonancias de unos tiempos turbulentos y decisivos, así como por algún apunte visual de Antonioni -las explosiones-. Pero es una cinta roma, sin demasiada mordiente crítica o de poder de seducción emocional –una cuestión ésta para la cual este autor suele verse limitado-. No prende su rebeldía ni su desencanto.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6.

Puro vicio

18 Dic

“Para mí, el cine es vicio. Lo amo íntimamente. Siempre he creído que es el arte de nuestro siglo.”

Fritz Lang

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Puro vicio

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Puro vicio

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Año: 2014.

Director: Paul Thomas Anderson.

Reparto: Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Katherine Waterston, Joanna Newsom, Hong Chau, Owen Wilson, Jena Malone, Reese Witherspoon, Benicio del Toro, Martin Short, Maya Rudolph, Martin Donovan, Serena Scott Thomas, Eric Roberts.

Tráiler

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            Paul Thomas Anderson tiene la costumbre de retorcer los géneros a su antojo, en muchos casos para adecuarlos a un retrato íntimo, desde un prisma absolutamente particular, de la sociedad americana y por extensión de la naturaleza de los Estados Unidos. En esta línea, se intuye cierto análisis de la construcción histórica del país en sus tres últimos proyectos: Pozos de ambición, The Master y Puro vicio. Son retrospectivas fundadas a partir de tortuosas relaciones de combate y antagonismo épico entre dos corrientes que, personalizadas en personajes contrarios e iguales al mismo tiempo, colisionan, se funden y se desgajan para finalmente, en cierto modo, transformar el paisaje que les circunda.

            La última de esta terna, Puro vicio, supone la primera adaptación cinematográfica del esquivo escritor de culto Thomas Pynchon, así como el retorno de Anderson a la comedia después de aquella iconoclasta ‘screwball comedy’ que era Embriagado de amor. A través de la mirada psicodélica del detective privado ‘Doc’ Sportello, el autor se retrotrae al comienzo de los setenta californianos y, de nuevo, se encuentra con una dualidad irreconciliable: la del amor libre y el libertinaje sexual, la de las drogas recreativas y los caídos por la aguja, la de la paz cósmica y los asesinatos de La Familia, la de las reivindicaciones sociales y la represión parafascista del advenimiento de Richard Nixon. Es decir, el detective privado ‘Doc’ Sportello (el perfectamente narcotizado Joaquin Phoenix) y el detective de la policía de Los Ángeles ‘Big Foot’ Bjornsen (el perfectamente tenso Josh Brolin).

Las dos Américas, ambas jodidas y ambas dependientes de sustancias estupefacientes, sea la marihuana, sea el whiskey. Ambos atrapados en una trama criminal embrollada al estilo chandleriano cuyas ramificaciones, intrincaciones y desequilibrios bien podrían formar parte de la mente alterada del bueno de Sportello, hasta el punto de tornarla voluntariamente incomprensible, encadenada y zarandeada por los conceptos de muerte y redención, constantes en el metraje.

Conspiración o paranoia hippie, se trata en cualquier caso de la misma América delirante, de utopías derrotadas y donde todo –la droga y la rehabilitación, el triunfo y el fracaso, los ideales y el trabajo, el conservadurismo y el progresismo,…- es un producto que subastar convenientemente empaquetado y etiquetado para hacerse rico con los beneficios y, por ende, cumplir el propagandístico sueño que define a la nación.

            Puro vicio es, además, una investigación en los días del ácido. La atmósfera iguala en alucinación al argumento que la alberga, sumergiéndose en una densa niebla de humo de canuto tan sabrosa y fascinante como aturdidora. La textura de su imagen, corrompida y deslumbrada, remite a fotogramas caducados, similares a la perspectiva con la que el protagonista, hasta el culo de maría, debe observar las particularidades de este caso circular y sin sentido que, de la mano de una aparición espectral, la seductora Shasta (Katherine Waterston), y bajo la mirada omnisciente de otro espíritu femenino, Sortilège (Joanna Newsom), le impulsa a recorrer de arriba abajo la viciada Los Ángeles de la época, desde las amplias y lujosas mansiones hasta los estrechos y sórdidos callejones del lumpen, a lo largo de un viaje de una extensión desmesurada y desafiante –tanto o más cuando se trata de una comedia lisérgica-.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 8.

Performance

20 Abr

“Un artista no es un ciudadano que pertenezca a la sociedad. Un artista está destinado a explorar cada aspecto de la experiencia humana, de los rincones más oscuros, aunque no necesariamente; ahora bien, si eso es lo que te atrae, hacia ahí debes encaminarte. No puedes preocuparte por lo que la sociedad considera buena o mala conducta, buena o mala exploración. Por eso, en cuanto uno se convierte en artista, deja de ser ciudadano. No tiene la misma responsabilidad social.”

David Cronenberg

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Performance

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Performance

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Año: 1970.

Directores: Nicolas Roeg, Donald Cammell.

Reparto: James Fox, Mick Jagger, Anita Pallenberg, Michèle Breton, Johnny Shannon, John Bindon, Stanley Meadows, Allan Cuthberson.

Tráiler

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           Performance es la filmación de un universo en cambio por parte de un cine en cambio. En su argumento, un violento matón que no encuentra su espacio en un submundo mafioso regido por el lenguaje empresarial –tendencia que, eso sí, todavía no impregna sus depravados procedimientos- y un músico encerrado en una crisis creativa disuelta en drogas, entrecruzan sus caminos gracias al empuje de los acontecimientos, decididos a desterrarlos de la sociedad, así como a causa de su hermanamiento como artistas marginales -cada uno en su parcela de experiencia-. Chas (James Fox) y Turner (Mike Jagger) son, en resumen, reductos de otra época, parias en un mundo enajenado y huérfano de romanticismo.

           Mientras tanto, a modo punto de partida, Performance se apropia de las hechuras del thriller criminal británico, tradicionalmente áspero y apegado a la realidad social de las islas, y le embute garganta abajo una ración de hongos alucinógenos para poder ablandarlo, deformarlo y reconfigurarlo a su antojo, con la irracionalidad por bandera.

Primer largometraje como director de Nicolas Roeg, acompañado de Donald Cammell, también firmante del guion, y puesta en buena medida al servicio de la incipiente y nunca estelar carrera cinematográfica de Mick Jagger, Performance comienza como una interesante película criminal, febril y nerviosa, donde las pulsiones de violencia y sexo, muerte y placer se entremezclan en la mirada correosa de James Fox, perfecto en su expresión de amenaza, y a través del montaje fragmentado y rabioso de Frank Mazzola -última mano que intervendría en este proceso de postproducción después de un par de composiciones previas desechadas, lo que supondría retrasar el estreno del filme de 1968 a 1970-.

Son estos impulsos contradictorios y subconscientes que se dispararán cuando el agresivo Chas, caído en desgracia, se refugie en el sótano de Turner, ex cantante de éxito enclaustrado en un caserón londinense junto a sus amantes –entre ellas la erótica Anita Pallenberg, por entonces pareja de su compañero Keith Richards y anteriormente de Brian Jones, inspiración parcial para el personaje de Jagger- y sus propios demonios.

           A partir de ahí, el delirio. Algo semejante a Escondidos en Brujas pero diseñado y filmado bajo los efectos del LSD. La apoteosis del ácido, la dualidad sexual y vital, la pérdida y la búsqueda de la identidad, la confraternización del músico y el asesino reconocidos mutuamente como artistas excepcionales dentro de una insinuada fusión o transfusión de personalidad. O, en definitiva, lo que el espectador desee interpretar del maremágnum de símbolos existenciales, viajes lisérgicos y experiencias sensoriales en el que se convierte la segunda mitad de la función, anclada en los libérrimos finales de los sesenta y, en consecuencia, de alto contenido experimental, excesiva y opresiva, demasiado deudora de su época y un tanto agotadora en su inescrutable caos psicológico y psicodélico.

           Parte de la mitología del filme se trasladará al escenario de rodaje por medio de insinuaciones acerca de los contactos reales con el sexo y las drogas del elenco protagonista.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6.

Pasaporte a la locura

19 Abr

“En California tenemos algunos de estos hippies. Para quienes no sepan lo que es un hippie, se trata de un tipo que tiene las pintas de Tarzán, camina como Jane y huele como Cheetah.”

Ronald Reagan

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Pasaporte a la locura

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Pasaporte a la locura

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Año: 1968.

Director: Richard Rush.

Reparto: Susan Strasberg, Jack Nicholson, Adam Roarke, Max Julien, Dean Stockwell, Bruce Dern, Henry Jaglom.

Tráiler

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           Una de las funciones que se pueden extraer del cine es su rol de cronista de la sociedad de la que nace. Un desempeño, no obstante, que suele ramificarse en dos posturas: el retrato analítico, a través del cual diagnosticar su naturaleza y sus males presentes, y la simple postal, donde el periodo retratado ejerce como escenario y aporta una sensibilidad particular, sin profundizar más en este aspecto crítico que sí posee el anterior.

           Pasaporte a la locura –título amarillista donde los haya- ofrece una postal del efervescente y curiosísimo San Francisco hippie de finales de los sesenta. Desde la mirada extranjera de una joven sordomuda y prófuga en busca de su hermano (Susan Strasberg), el filme ofrece un acercamiento casi apologético a las bondades humanas del verano del amor, todo entusiasmo comunal, viajes de ácido, paz y amor.

           En repetición de lo que ocurría en la coetánea The Trip, el libreto original de Jack Nicholson, considerado demasiado experimental por los productores, quedará reconducido hacia terrenos más tradicionales hasta el punto de que el nombre del actor dejará de figurar en los créditos del guion, si bien conservará uno de los papeles protagonistas de la función –aquí, cola de caballo incluida-. Un paso más en su incipiente trayectoria artística y que le valdrá consolidarse como una de las figuras principales de este cine independiente, marginal y psicodélico, en conjunción con proyectos tales como su serie de colaboraciones con el icónico Roger Corman, los acid western A través del huracán (Forajidos salvajes) y El tiroteo de Monte Hellman o el emblema generacional y cinematográfico Easy Rider.

           Con el contrapunto de apenas un par de malos viajes y algunos conflictos a causa del integrismo doctrinal mal entendido, el filme indaga en este remanso de felicidad que abre los brazos a esta joven torturada, hija de un país hipócrita y represivo –la Guerra de Vietnam, la coerción estatal, el puritanismo tiránico, el racismo,…- con unas intenciones laudatorias que, vistas desde el cínico siglo XXI, resultan tan naifs como tiernas.

Supeditado a este fresco colorista y entusiasta, dibujado en imágenes desmañadas y ácratas como traslación de la actitud vital de sus protagonistas, el argumento de Pasaporte a la locura, organizado a través del clásico esquema de búsqueda espiritual que predomina en este momento y este lugar concreto, manifiesta igualmente una gran ingenuidad en su concepción y desarrollo. Ligerísimo, superficial, poco preocupado por su equilibrio y su coherencia interna y con unos cuantos tópicos vagamente existenciales a sus espaldas, tan solo se libra del suspenso gracias ese aire entrañabilísimo que equivale a encontrarse en el baúl de los recuerdos una extravagante fotografía familiar procedente de tiempos extraños y remotos.

 

Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 5.

Salvajes

16 May

“Creo firmemente que la marihuana es un regalo de Dios.”

Oliver Stone

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Salvajes

Año: 2011.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Blake Lively, Taylor Kitsch, Aaron Taylor-Johnson, Benicio del Toro, Salma Hayek, John Travolta.

Tráiler

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            Denle a Don Winslow una red de tráfico de drogas, unos jovencitos estadounidenses tratando de amoldarse al sueño americano del dinero fácil y un sangriento cártel mexicano y se sentirá como en casa. Más que a unas señas de identidad autorales, la repetición constante de este patrón parece responder a una imaginación menos fecunda de lo que la crítica creyó ver en la aprovechable pero sobrevalorada El poder del perro, que, al fin y al cabo, reproducía una serie de sobrecogedores acontecimientos reales sin que el escritor llegase a estropearlos con una prosa lejana de la maestría aunque con cierto sentido del ritmo.

Quizás la categoría como novelista de Don Winslow se pueda encuadrar en mayor medida a partir una obra anterior –aunque publicada en España a posteriori-, Muerte y vida de Bobby Z, que proponía sobre esa misma base del thriller fronterizo y del narcotráfico un divertimento intrascendente pero bastante animado, denostado injustamente por estas mismas premisas. No obstante, su adaptación al cine incidiría aún más en sus defectos a la vez que no conservaba sus virtudes.

            Salvajes, su último salto del papel al fotograma, bien podría clasificarse dentro de esta segunda vertiente, la de una ficción criminal sin más pretensión que la del entretenimiento, sino fuera porque al final la película se toma demasiado en serio –o menos en broma de lo que debiera-. No sabría decir a ciencia cierta si ello se debe a causa del texto original –en este caso desconozco la novela, si bien es preciso anotar que el propio Winslow participa en el guion- o por el tratamiento que del mismo hace Oliver Stone, quien no se molesta en disimular el tufillo a encargo alimenticio de la cinta, inserta dentro de su errabunda trayectoria reciente.

            Dos jóvenes californianos cultivadores de marihuana, uno cálido y humanitario hippie (Aaron Taylor-Johnson), el otro frío y agresivo exmarine (Taylor Kitsch) –la doble moral de los USA-, se enfrentan al depredador y carnicero cártel de Baja por motivos comerciales –la expansión mercantil del narco a suelo estadounidense- y amorosos –el secuestro de la novia común de los obstinados pequeños empresarios (Blake Lively) como acicate del cártel en vista a su oferta de anexión-.

            Como decíamos, Stone, desaprovechando su particular sentido de la violencia y el delirio, no se preocupa en encontrar el adecuado tono de narración para tan fantasioso argumento. El empleo de algunos recursos visuales marca de la casa, que habían resultado poderosos en películas de mayor enjundia, se compaginan con una mayoría de pasajes más convencionales, realizados con el piloto automático y escasa imaginación.

Salvajes no termina así por decidirse a ser un thriller aguerrido que explote el potencial atractivo de las brutales mafias mexicanas y su choque cultural con esos Estados Unidos en su carácter de socio, cliente y no menos invasivo importador de todo un modelo de vida. Tampoco acierta a entregarse del todo al entretenimiento despreocupado, festivo y sanguinolento –si hasta los emails amenazadores tienen la sintonía de El chavo del 8…- que se diría más ajustado a una trama tontorrona y de arquetipos superficiales, de la que si acaso podría rescatarse la jocosa crepuscularidad del desmitificador drama familiar vivido por los terribles líderes del narco: unos estrafalarios Salma Hayek, fiera y voluptuosa ‘madrina’, y el sicario Benicio del Toro, el último rostro con personalidad del star-system, al que se dota además de bigote y tupida mullet vintage.

Dado que sí saben captar el tono del asunto y activar en consecuencia su talento interpretativo y vis cómica –en contraposición a unos excesivamente concentrados Taylor-Johnson y Kitsch-, ambos actores se erigen finalmente en lo más destacado de la función.

            Y es que, en definitiva, la indecisión y el desconcierto que dominan el metraje se tornan irregularidad, lo que a su vez termina por convertir a Salvajes en una película fallida.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 4,5.

El gran Lebowski

27 Feb

“El Nota aguanta.”

El Nota (El gran Lebowski)

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El gran Lebowski

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El gran Lebowski

Año: 1999.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Jeff Bridges, John Goodman, Julianne Moore, Steve Buscemi, David Huddleston, Philip Seymour Hoffman, Tara Reid, Peter Stormare, Ben Gazzara, John Turturro, Sam Elliott.

Tráiler

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             Nada está a salvo de los hermanos Coen. El cine criminal y policíaco, el noir, el thriller, el drama de tintes caprianos, el drama existencial, los grandes clásicos de la literatura, la aventura, la comedia romántica, la comedia británica, el western,…

Todos los géneros y subgéneros son susceptibles de caer bajo las garras de su revisionismo ácrata y posmoderno, caracterizado por un surrealista, cáustico e inimitable humor y sentido del absurdo que sirve como agresivo cincel con el que desbastar los usos y costumbres del ser humano, los horrores ocultos en su cotidianeidad y su mismísima naturaleza hasta dejar desnudo, a la vista y con el culo al aire, el grotesco ridículo inherente a todas ellas.

Unos directores, guionistas y productores que, de tal modo, en poco más de dos décadas, han sido capaces de entregar títulos convertidos ya en clásicos modernos como Arizona Baby, Muerte entre las flores, Barton Fink, Fargo, O Brother!, El hombre que nunca estuvo allí, o No es país para viejos. Y, por supuesto, la que es para un servidor su gran obra maestra: El gran Lebowski.

             Demostrando esa versatilidad en el manejo, la apropiación y la reformulación de referencias, El gran Lebowski toma elementos de las intrincadas novelas de detectives de Raymond Chandler, del suspense de Hitchcock -en especial de cintas como Con la muerte en los talones y su paradigma del ciudadano común inmerso en una gran trama que le supera- y de las comedias de fumetas de Cheech y Chong; todo ello pasado por la particular turmix de los hermanos.

De esta manera, El Nota (Jeff Bridges), o Su Notísima, o Noti, o el Notarino, un pacífico y vago tirao de Los Ángeles, improbable antihéroe convertido ya en personaje legendario, queda atrapado a causa de una confusión de personalidad y con una alfombra meada (pero que daba ambiente) a modo de macguffin, en el turbio caso del secuestro de la mujer florero de un multimillonario llamado, casualidades del destino burlón, igual que él.

A grandes rasgos, se trata un individuo que avanza siempre arrastrado por las circunstancias, empujado a una aventura que desborada su comprensión, que no le concierne y que ni siquiera le importa, y de la que tan solo pretende escapar, quizás con un par de dólares fáciles en el bolsillo, para volver al refugio de su destartalado condominio, su liga de bolos, sus rusos blancos y sus ocasionales viajes en ácido; un ambiente tan cálido y confortable como su atuendo de cangrejeras, pantalones cortos de rayas y chaquetas de lana (precedentes del armario del propio Bridges). Un hippie, en definitiva, al que se le ha pasado su tiempo, con su antiguo romanticismo subversivo exangüe y marchito; un hombre fuera de su elemento, en este caso a causa de una alta sociedad norteamericana hostil, decadente y ridícula.

            El delirante punto de partida se ramifica poco a poco en un argumento divertidísimamente (e irrelevantemente) enrevesado, en una película que fluye con naturalidad, ágil, hilarante, adorable y sorprendente en todo momento pese a estar calculada hasta el más mínimo detalle.

Los inconexos y narcotizados parlamentos de El Nota siempre toman expresiones de diálogos anteriores, la galería de secundarios es brillante, poblada por personajes tan entrañables e inolvidables como ese Walter Sobchack (John Goodman) inspirado en el guionista, director y productor John Milius, beligerante cejijunto que trata de disimular lo lamentable de su condición y su desconsolada vulnerabilidad por medio de una cháchara pretendidamente omnisciente sobre el Vietnam, la dialéctica sociopolítica y la vida, además de por su obsesión por los bolos y su inclinación por hacer explotar a su hipotenso amigo; el tierno Donny eternamente a destiempo, con sus líneas de guion reducidas a medias frases porque su intérprete, Steve Buscemi, había abusado de verborrea en Fargo; los desubicados nihilistas y su marmota, el puto Quintana,…

Un gran trabajo en la construcción de personajes, cada uno de ellos vivo, con sus características, particularidades y lenguaje intransferible, impulsado por una excelente dirección de actores y facilitado por un reparto inconmensurable, con unos Bridges, Goodman, Turturro y Buscemi para el recuerdo, auténticos iconos de la cultura popular.

             Todo ello no es más que otro ejemplo de la prodigiosa e inagotable imaginación de los Coen en la escritura, llena de surrealistas ocurrencias y descacharrantes vueltas de tuerca, que se extiende también a la trabajadísima, original y talentosa puesta en escena, en especial evidente en las jocosas y atractivas alucinaciones musicales, y que da lugar a un grueso ramillete de secuencias antológicas, insuperables.

              Una de las comedias más grandes de la historia del cine (o, al menos, una de mis favoritas). No es casual que diera lugar a una religión basada en tan inmortal personaje, el Dudeísmo.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 10.

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