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Richard Jewell

6 Ene

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Año: 2019.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Paul Walter Hauser, Sam Rockwell, Olivia Wilde, Jon Hamm, Kathy Bates, Nina Arianda, Ian Gomez, Niko Nicotera.

Tráiler

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         Las discusiones posteriores a El francotirador me hicieron dudar muy seriamente acerca de mi interpretación de la película, que consideraba un homenaje bastante directo a un héroe americano, primer paso de esa exploración del heroismo en la que Clint Eastwood ha convertido el último trecho de su filmografía como director. Pese a los convincentes argumentos que apuntaban a que el retrato del soldado Chris Kyle escondía mayores matices -o interesada ambigüedad, según se mire-, continuaban pareciéndome problemáticos a este respecto asuntos como el empleo como punto de giro dramático de los atentados del 11 de septiembre, que el enemigo iraquí se dedicase a taladrar cráneos de inocentes infantes o, emparejando el discurso del filme con el de su autor fuera de la pantalla, que Eastwood se pronunciara públicamente a favor de las posiciones políticas del Partido Republicano.

En sus declaraciones, Eastwood suele definirse a través de unas pautas ideológicas muy concretas: es un libertario alérgico a las manifestaciones de un poder estatal y le gusta llamar al pan, pan, y al vino, vino, sin los relativismos propios de estos tiempos de verdades líquidas -y ajustándolo, claro, a esa cosmovisión propia de un hombre que este 2020 cumplirá noventa años y que parece propeso a mitificar unos comportamientos presuntamente viriles que, de haber sido ciertos alguna vez, están ya afortunadamente matizados o superados-. Aunque nunca figure acreditado como guionista, su estatus merecidamente adquirido dentro de la industria le garantiza una evidente influencia en sus proyectos o, al menos, en la elección de aquellos que mejor se ajusten a sus intereses, a la manera de John Ford.

         Richard Jewell es una película de buenos y malos.

Los villanos son caricaturescos: arrogantes, ambiciosos, corruptibles, irresponsables, sabihondos y fulleros. Representan al Estado, titán que coarta la iniciativa del individuo libre, y a los medios de comunicación, capaces de convertir la verdad en mentira y la mentira en verdad –como acusa insistentemente Donald Trump-. Juntos conforman un sistema que oprime al ciudadano bajo su peso descomunal. Y, además, los actores que los encarnan -Jon Hamm y Olivia Wilde- son condenadamente guapos, lo cual no deja de ser otra forma de poder, una de las nuevas formas de discriminación del mundo contemporáneo que rinde culto a la imagen exterior mientras desatiende los valores interiores. En resumen, son tipos en absoluto honestos, esa virtud invocada como un mantra en el discurso público estadounidense.

Por su parte, los buenos son gente sencilla -hasta la simplonería-, ajena a sofisticaciones presuntuosas, trabajadora hasta decir basta en busca de un futuro mejor, amantes con su familia y respetuosos y serviciales con la autoridad y la ley. Si acaso, se les puede imputar algún pecadillo pintoresco, como comerse las hamburguesas de diez en diez, olvidarse de pagar los impuestos o acumular arsenales militares en el sótano de casa. Es decir, una composición que podría ajustarse a esa visión idealizada que, atendiendo a los testimonios que pueden verse en televisión, el americano medio tiene de su país y de sí mismo.

         Eastwood ya se había acercado a la sensibilidad de Frank Capra en Sully, otra cinta en la que arremetía contra el cuestionamiento que la Administración y la autoridad empresarial realizaba contra un héroe inmaculado, ejemplo de cómo la determinación y el buen hacer del hombre común puede contribuir si no a cambiar el mundo, al menos a salvarlo moral y, allí, físicamente. Todo el mundo puede ser un héroe, incluso un patán zampabollos al que su entrega en la defensa de la justicia le lleva a un extravagante exceso de celo profesional. Más que incluso, especialmente él, un Juan Nadie a quien tratará de aplastar la maquinaria del poder establecido, que lo rechaza y desprecia -en dicha obra del cineasta italoamericano, por cierto, el amarillismo periodístico desempeñaba asimismo un papel capital-. Un Leviatán contra el que se ha de luchar desde esa misma convicción individual, también libre y voluntariamente asociada con otros individuos. A pesar de que, dada la potencia del sistema, uno pueda quedar ya estigmatizado para siempre, como un tupper marcado con rotulador indeleble.

         Eastwood desarrolla la historia con su característico clasicismo de corte discreto y elegante, que, al igual que sus protagonistas, no quiere ser pomposo. No obstante, unas veces por las líneas del guion, otras por su exposición en pantalla, suelta brochazos como la presentación de la reportera o la alusión al totalitarismo soviético. En esta línea, el uso de la minimalista banda sonora es enfático y sensiblero. Y, quizás por cosas de la edad, la narración deja una sensación de cierta torpeza en la transición entre escenas, aparte de entregar unas más bien desmañadas tomas multitudinarias. Richard Jewell se sostiene en gran medida por las actuaciones de Paul Walter Hauser, que alcanza una excelente naturalidad, y de Sam Rockwell, que fructifican en una efectiva relación personal.

         Pero, en cualquier caso, al término de la función todavía cabe formular otra pregunta: ¿Se puede considerar a Eric Rudolph como otro prototipo representativo de los Estados Unidos al igual que Richard Jewell?

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6.

Contagio

17 Jun

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Año: 2011.

Director: Steven Soderbergh.

Reparto: Matt Damon, Laurence Fishburne, Gwyneth Paltrow, Kate Winslet, Jude Law, Jennifer Ehle, Bryan Cranston, Marion Cotillard, Chin Han, Elliott Gould, Anna Jacoby-Heron, John Hawkes, Armin Rohde, Brian J. O’Donnell, Larry Clarke, Sanaa Lathan, Enrico Colantoni, Demetri Martin, Monique Gabriela Curnen.

Tráiler

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         Contagio no es tanto cine espectacular de catástrofes, sección pandemias, como una película policíaca. En este sentido, es curioso que en una conversación se cite a Tiburón -posterior guiño incluido en la mezquindad de la dirigente local que se niega a anular el día grande del lugar por un quítame allá esas pajas mortal-, pues el clásico de Steven Spielberg también puede leerse como una trama en la que se trata de desenmascarar y dar caza a un asesino en serie.

Estrenada en tiempos de alarma de unos Estados Unidos que se sienten el blanco de amenazas globales -la gripe A, el terrorismo yihadista-, Steven Soderbergh expresa sin embargo determinadas escenas climáticas -la muerte de la esposa, el pánico ciudadano- con una falta de énfasis contradictoria con los usos del subgénero y que, en cierto modo, podría considerarse como una mirada objetiva hacia unos hechos que se manifiestan desde una exposición poliédrica, basada en puntos de vista y escenarios múltiples, semejante a la que ya había aplicado en Traffic respecto del narcotráfico y el consumo de drogas.

Esta transgresión se extiende asimismo al empleo que se hace del estelar y coral reparto que, una vez más, logra juntar el cineasta norteamericano. Soderbergh les asigna personajes de escaso potencial de lucimiento -dramas personales basados en el desconcierto y la reacción apenas instintiva; ausencia de soliloquios épicos o dignificantes- y, además, los iguala el resto de actores supernumerarios al no concederles el don de que sean milagrosamente ajenos a los efectos del virus.

         Aun así, la realización consigue inocular sensaciones que transmiten la paranoia que va adueñándose de una atmósfera en detrimento de la humanidad -la solidaridad hacia el prójimo, la confianza-. La atención a los contactos físicos, la creciente apariencia de insalubridad, la saturación de síntomas de malestar, los filtros cromáticos de una fotografía que puede ser bien agobiantes, bien mortecinos…

El rechazo de efectismos -estilísticos o de guion- le sienta bien a la intriga y al retrato de los actores implicados en el asunto, si bien algunos de estos últimos, como los agentes de inteligencia o el histriónico bloguero de Jude Law, están perjudicados por una construcción caricaturesca que desluce ese realismo crítico del que hace gala el argumento.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 7,5.

Triple 9

9 May

“Cuando hago una película lo último que pienso es en el espectador, bastante tengo ya, no hay una neurona libre para pensar en otra cosa. Pero en el momento en que se ha terminado y se estrena, no pienso en otra cosa, hasta me quita el sueño.”

Pedro Almodóvar

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Triple 9

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Triple 9

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Año: 2016.

Director: John Hillcoat.

Reparto: Chiwetel EjioforCasey Affleck, Anthony Mackie, Woody Harrelson, Clifton Collins Jr., Aaron Paul, Kate Winslet, Gal Gadot, Norman Reedus, Teresa Palmer, Michael K. Williams.

Tráiler

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          Son criaturas frágiles las películas. Ya puede contar la producción con unos medios excepcionales, una dirección talentuda, un guion impecable y un reparto de cuajado de estrellas que basta un compañero de butaca desconsiderado para tirar por los suelos años de trabajo cinematográfico. Al menos, en esa sesión en particular.

Triple 9 mejora cuando alguien manda callar a las quinceañeras del extremo de la fila y éstas se resignan a deslumbrar la sala con el móvil mientras chatean por WhatsApp sabe Dios con qué otro imbécil y bucean entre la ropa de imitación de Aliexpress. Cambio de tercio que más o menos tiene lugar mediado el metraje, lo que dificulta la tarea de calibrar con justicia el valor de este thriller en el que, no obstante, entre tanto se ha logrado percibir una densa y degradada atmósfera que, de fondo, adentra el drama policíaco en la premisa del campo de batalla trasladado a la madre patria, al hogar.

Si esta sombra posbélica extendía sus garras sobre el desencantado noir posterior a la Segunda Guerra MundialLa dalia azul, Venganza (Cornered), Encrucijada de odios, El extraño, Gilda, Callejón sin salida,…- y en las correosas intrigas colonizadas por el síndrome posvietnamEl ex-preso de Corea, Taxi Driver, Domingo negro, Acorralado (Rambo),…-, a estos años les corresponde el turno de importar a las calles estadounidenses la neurosis criada por el combate en Afganistán e Iraq –ya presente incluso en territorio aliado con la británica Redención-.

          Se rastrean por tanto notas apocalípticas en las barriadas de Atlanta por donde se entrecruzan las tramas, deudas, fidelidades y corrupciones de esta maraña de grupos enfrentados –el equipo criminal que asalta edificios bajo subcontrata de la mafia rusa, los investigadores que siguen sus pasos y los civiles o uniformados que se ven involucrados al encontrarse en tierra de nadie-. Dentro de este frente urbano, destaca entonces como una de las virtudes de la obra la falta de complacencia en el retrato moral de los contrincantes, indiferente respecto a las servidumbres que, usualmente, en la ficción en general y en el cine de Hollywood en particular, vienen ligadas al rol protagonista.

Por desgracia, no ocurre con todos. Algún personaje –en concreto el de Aaron Paul- posee un dibujo demasiado plano, puesto que, debilidades del libreto, es un mero instrumento para precipitar un giro en la trama que, en consecuencia, termina por despertar dudas acerca de su lógica –deficiencias argumentales a las que se une, entre otras, la forzada relación entre el líder de los ladrones y los gángsteres en la cúspide de la cadena alimenticia-. Son lagunas que, en cierto modo, diluyen esa poderosa y realmente estimable oscuridad que reina sobre el escenario.

          Intuyo que, con una narración más sólida, la tragedia de estos hombres en extinción también podría haber alcanzado unos cuantos grados más de temperatura, haber sido más vibrante e intensa, alla Michael Mann, pero con todo Triple 9 disfruta de un pulso solvente que la hace bastante llevadera.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6,5.

Aguas pantanosas

27 Feb

Aguas pantanosas es uno de los seis o siete momentos cumbres de la obra de Renoir. El desconcierto se produce porque no se trata del comienzo de un cambio, sino de su fin. Y alguien dirá que a la salida de una curva el campeón pisa a fondo el acelerador para volver a correr a tumba abierta. Esto es lo que hace Renoir en un plano estético.”

Jean-Luc Godard

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Aguas pantanosas

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Aguas pantanosas

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Año: 1941.

Director: Jean Renoir.

Reparto: Dana Andrews, Walter Brennan, Anne Baxter, Walter Huston, Virginia Gilmore, Mary Howard, Ward Bond, Guinn ‘Big Boy’ Williams, John Carradine, Eugene Pallette, Russell Simpson.

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            Aunque oteara sus truenos entre las inconscientes frivolidades de los aristócratas de La regla del juego, la Segunda Guerra Mundial atraparía casi por sorpresa a Jean Renoir, que abandonaría el rodaje de Tosca para refugiarse en los Estados Unidos, siempre receptivo a acoger en su seno cinematográfico a los grandes talentos europeos en el exilio por uno u otro motivo.

            En Hollywood, la primera obra de Renoir sería Aguas pantanosas, una cinta a la que los historiadores de cine acostumbran a achacarle las dificultades que el cineasta galo sufrió en su adaptación a los industrializados modelos de producción de las ‘majors’ –la Fox en esta ocasión-, si bien su estreno cosecharía una notable popularidad en taquilla. Es significativo, en cualquier caso, que Renoir no apareciese acreditado en la redacción del guion, como había sido su costumbre de autor, firmado aquí en exclusiva por Dudley Nichols a partir de una novela de Vareen Bell. También que el productor Irving Pichel se hubiera de hacer con las riendas de la dirección en algunas escenas del rodaje, sin reflejar asimismo en los créditos.

En realidad, quizás sea precisamente el libreto uno de los puntos flacos de Aguas pantanosas, porque a pesar de presentar un conflicto con posibilidades el posterior desarrollo de los personajes, de las relaciones entre ellos y de la evolución de la narración no es excesivamente elaborado, ni sorprendente –no hay más que ver el rudimentario duelo paternofilial-.

En este sentido, la realización de Renoir, plástica incluso dentro de su presunto desconcierto o de los automatismos del recién llegado que pueda arrastrar, dueña de imágenes líricas y terribles por igual, potencia la atmósfera enrarecida que atenaza a este pueblo del sur recóndito, aislado por un impenetrable bayou que simboliza la perdición y el descalabro de la humanidad –omnipresente, imposible de eludir-. Una plasmación en imágenes que, en conclusión, consigue que el texto se afile y sea un tanto más incisivo.

            Vistos los tortuosos mimbres temáticos del drama que subyace bajo este escenario de aventura, cabe imaginar que no le vendría mal a Renoir su profundo conocimiento de las apariencias y los engaños que propicia la vida en sociedad –La regla del juego otra vez-, puesto que excita estas tinieblas ocultas bajo el bucolismo rural desnudando las miserias morales de una comunidad enfermiza –las traiciones emocionales, el egoísmo vanidoso, la maldad asilvestrada-, contrapuesta a los presuntos seres salvajes del relato –el forajido (el gran Walter Brennan), su indomable hija (la bella Anne Baxter)-, figuras de aspecto desastrado pero en armonía consigo mismos, honestos, naturales y libres –dicotomía eterna que se repetirá en la venidera El hombre del sur (El sureño)-.

Volviendo a Aguas pantanosas, son estas las dos corrientes, en definitiva, entre las que navega, con riesgo de ahogarse, el ingenuo protagonista (Dana Andrews), con la mente todavía de arcilla fresca.

            En 1952, Jean Negulesco dirigió una nueva revisión de la obra con Un grito en el pantano, con Brennan repitiendo papel.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

Corn Island

1 Ago

“No hay nada que pueda superar al diseño de la naturaleza, nada. Verla en su forma más pura, en esos lugares que no han sido tocados, que están tal y como eran hace miles y miles de años… Eso es algo muy poderoso. Yo paso mucho tiempo montando a caballo y hay algo muy especial al estar en la naturaleza en su estado puro, algo que tiene un efecto muy profundo en uno mismo: te pone la vida en perspectiva.”

Robert Redford

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Corn Island

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Corn Island

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Año: 2014.

Director: George Ovashvili.

Reparto: Ilyas Salman, Mariam ButurishviliIrakli Samushia, Tamer Levent.

Tráiler

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            Curiosidades de la cartelera española, han coincidido en las salas del país, casi simultáneamente, Mandarinas y Corn Island, dos coproducciones de esencia georgiana y enclavadas en la Guerra de Abjasia de 1992 y 1993, herida abierta tras el desmoronamiento del coloso soviético. Además, ambas películas proceden a desarmar con profunda humanidad la sinrazón de un conflicto perdido en un lugar recóndito el cual manifiesta su trascendencia y su eternidad a través de esa misma tierra generosa en frutos -como indican ya los propios títulos de las obras-. Un territorio donde la propiedad, si tal cosa existe, solo puede definirse a través de la creación, del trabajo. “Esta tierra pertenece a su creador”, zanja el hombre protagonista de Corn Island cuando su nieta le interroga si la fértil isla donde cultivan maíz se encuentra en los límites de Georgia o de la Abjasia.

            Es este uno de los escasos diálogos que se testimoniarán a lo largo de una obra que no por ello habla con voz menos clara y estentórea. Corn Island expone su discurso por medio de elementos capaces de reducir al ser humano y sus conflictos a su justa dimensión. Siguiendo esta idea, el desarrollo del filme se acompasa al ciclo de la vida, manifestado en los ritmos de una cosecha de maíz que emerge de la Naturaleza, de una isla afortunada en mitad del río Enguri, en su curso desde el Cáucaso al Mar Negro, como uno más de sus magnánimos milagros, tan solo parejo a sus correspondientes e inexorables caprichos de destrucción.

Portentos, en definitiva, ante los que el hombre solo puede ejercer de espectador impotente o amoldar su breve circunstancia a aquello que le es concedido –el hogar, en definitiva, que puede ser representado por apenas un par de líneas de sombra sobre el suelo-.

            En comparación con los puntuales e innecesarios movimientos de cámara, acometidos con menor elegancia, la realización de George Ovashvili alcanza su mayor grado de finura cuando se pliega al poderoso entorno que compone el escenario y se apresta a capturar con delicadeza estos pequeños y expresivos detalles que equivalen a conceptos absolutos.

Heredando el mitologema presente en la cosmovisión del ser humano –el mito de Osiris, por poner uno de sus primeros y más conocidos ejemplos-, la siembra, maduración y siega de los vegetales se transforman en Corn Island en una metáfora de la existencia universal. Una proyección simbólica que amplía con sutileza la perspectiva del relato, donde la perturbación producto de la terrible acción bélica, sita en una frontera puramente ilusoria y descabellada, queda enmarcada casi como un detalle anecdótico. Un ciclo que, además, también se hace carne en el crecimiento de la muchacha que ayuda al viejo en su tarea –la pérdida de la infancia, el descubrimiento de la sexualidad-, y que, en conjunto, desprende a su paso acentuadas sensaciones de melancolía y fugacidad, así como de una leve épica muy humana, poética y perecedera.

Con el majestuoso paisaje caucásico transformado en un personaje más, sobrecogedor, hermoso, lírico y omnipotente, la diosa naturaleza y la trascendencia metafísica reclaman pues su protagonismo en la cinta trazando poco a poco el círculo cósmico del eterno retorno; de la vida, la muerte y la resurrección.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Mandarinas

24 May

“Cuando haces una película nunca hay que dejar de lado la ética. Pero ética no en un sentido político, sino en el sentido de que nadie es una mierda con el que no merezca la pena hablar.”

James Gray

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Mandarinas

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Mandarinas

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Año: 2013.

Director: Zaza Urushadze.

Reparto: Lembit Ulfsak, Giorgi Nakashidze, Mikheil Meskhi, Elmo Nüganen.

Tráiler

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           Qué difícil es construir una identidad nacional. Aparte de las fantasías pseudohistóricas procedentes del exaltado siglo XIX, uno tiene poco donde agarrarse en esta aldea global para identificarse y abrigarse bajo el multitudinario cobijo de un colectivo determinado. A estas alturas, quién puede decir si uno es español o estadounidense con acento raro, castellano o madrileño, de la marca España o del Barça. Etiquetas absurdas que, en este comienzo de siglo XXI desorientado y caníbal, parecen servir solo para sentirse agraviado sin perder en tiempo en reflexionar sobre el asunto y retwittear hastags coléricos y oportunistas.

           El Ivo de Mandarinas (Lembit Ulfsak) nada tiene y nada le pertenece. Descendiente de los colonos estonios asentados en la Abjasia desde hace dos centurias, Ivo habita una tierra que ama y que odia, que produce mandarinas y que siembra misiles, que le ha dado la vida y que le ha despojado de aquello que confiere sentido a su existencia. Una mota montañosa que, en medio de las disputas fratricidas de 1992 -aún sin resolver de forma terminante-, ni es Georgia, ni es la Unión Soviética, ni es Rusia, ni es la Abjasia. Una tierra de nadie que, sí, se llama Abjasia, pero que podría ser cualquier otra, en cualquier momento, en cualquier lugar. Ivo es un hombre para el que ninguna diferencia supone quedarse en su hogar o retornar a ese país que sus vecinos llaman “casa”. Ivo, en definitiva, posee la sabiduría de quien sabe que su única adscripción y pertenencia es al ser humano.

           La mentalidad del protagonista marca el ritmo al que se narra Mandarinas. Con el sosiego de quien observa el mundo desde insobornable el sentido común que da el desengaño, depurándose de lo accesorio para potenciar lo esencial, Mandarinas desarrolla un alegato humanístico a propósito de la historia particular de una tierra. O, mejor dicho, de la Tierra, en general.

La coproducción estonio-georgiana, escrita y dirigida por Zaza Urushadze, propone un planteamiento alegórico semejante al que planteaba Danis Tanovic en su oscarizada En tierra de nadie, donde antagónicos combatientes de las Guerras Yugoslavas dirimían las descomunales implicaciones del conflicto en un escenario concentrado, ínfimo, en torno a un artefacto explosivo a punto de reventar, literal y metafóricamente. Aquí, el anciano Ivo acoge en su parca vivienda -abandonada en el agro entre dos facciones irreconciliables, con sus antiguos moradores retornados al país báltico y ahora tan solo poblada por fantasmas y ausencias-, a un mercenario checheno que lucha por el bando caucásico independentista y a un guerrillero georgiano que reclama para su nación, recién nacida de las cenizas del gigante soviético, la propiedad del territorio. Un limbo donde, gracias a esta visión microscópica del asunto, reducida a su mínima expresión, comprobar la dolorosa sinrazón de las guerras del hombre. Un remanso de paz ajeno al mundanal ruido donde reencontrarse con la esencia solidaria y empática que define a esta especie caída en desgracia.

           Como es moneda habitual en este tipo de discursos cinematográficos de fuerte contenido simbólico, la trama no deja de estar compuesta de forma un tanto forzada de cara a ilustrar una serie de conclusiones morales que, en cierta manera, también se ven venir con anticipación. Sin embargo, la calidad y el calor humano que aun con todo y ello logra transmitir Mandarinas hace que esos cálculos evidentes de guion merezcan la pena. Su pertinencia, por desgracia, no cesa.

           Primera nominación de Estonia al Óscar a mejor película de habla no inglesa, donde caería derrotada por la polaca Ida.

 

Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

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