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Chicago años 30

13 Dic

Cineasta frágil, de descomunal sensibilidad y romanticismo, Nicholas Ray buscaría refugio en las majors tras una mala racha artística. A pesar de que, para su infortunio, solo encuentra un guion ya cerrado, Chicago años 30 conecta directamente con su alma desencantada aunque henchida de pasión, en perpetua huida de una sociedad hostil y violenta. Para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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Anatomía de un asesinato

5 Dic

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Año: 1959.

Director: Otto Preminger.

Reparto: James Stewart, Lee Remick, Ben Gazzara, George C. Scott, Arthur O. Connell, Eve Arden, Kathryn Grant, Murray Hamilton, Brooks West, Joseph N. Welch.

Filme

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          En sentido estricto, una película de juicios constituiría uno de los espectáculos cinematográficos más cercanos a lo que el espectador puede experimentar en su realidad cotidiana. Es decir, que puede equivaler a sentar al público en las bancadas de los juzgados y reconstruir ante él unos hechos que desconoce mediante la capacidad evocadora de la palabra, la fuerza persuasiva de los argumentos y la propia intuición observadora del interpelado, además con la ventaja añadida de ahorrarse numerosos tiempos muertos y formalismos intrascendentes gracias al montaje cinematográfico y al trabajo de síntesis narrativa de guionistas y directores.

Otra cosa es que, como a un servidor, sean tramas que tiendan a hacérsele cuesta arriba por la frecuencia de los lugares comunes que transitan, la previsibilidad de sus sorpresas judiciales o la excesiva preponderancia de los diálogos en detrimento de la imagen.

          Anatomía de un asesinato es uno de los ejemplos más célebres de películas de juicios –que no sobre la Justicia, más interesantes por su carga moral, como podría ser Doce hombres sin piedad-. Otto Preminger, que ya se las había arreglado para burlar los preceptos de la censura en comedias chispeantes como La luna es azul (The Moon Is Blue) y dramas crudos sobre la drogadicción como El hombre del brazo de oro, abordaría ahora en pantalla, con una crudeza y un verismo lingüístico desacostumbrado para la época, una causa por homicidio en represalia por una violación previa.

          Es una de las rupturas con el clasicismo que ofrece una película que incorpora el ritmo de jazz en su banda sonora –firmada nada menos que por Duke Ellington, que comparecerá asimismo en la imagen con un cameo-, amén de una realización con la cámara más libre y natural a la hora de seguir las acciones y estados de ánimo de sus protagonistas. E incluso también unas interpretaciones que parecen bordear muchas veces con la improvisación, en especial en lo que respecta a un James Stewart que acomete un personaje hecho a la medida –honesto, comprometido, con un punto despistado, ocurrente y entrañable- pero que, paradójicamente, aparece también como una persona dada de lado, aficionada a costumbres marginales como el alcohol, la soltería impenitente y, precisamente, la música jazz. Además, ha de enfrentarse a la coquetería desinhibida de la esposa de su defendido, la mujer presuntamente ultrajada.

          Rota en cualquier caso la teatralidad y el estatismo formal que en ocasiones afecta al subgénero del cine judicial, Anatomía de un asesinato centra su batalla en el enfrentamiento entre el abogado de provincias, que también asume su última e inesperada oportunidad de reivindicar su talento desaprovechado, frente al tiburón de la gran ciudad, un fiscal criado por el sistema para devorar sin piedad a su presa y que por si fuera poco posee el paisaje facial de George C. Scott, experto en hacerse aborrecer en pantalla.

En un detalle fascinante, el juez que dirimirá el conflicto no será interpretado por un actor profesional, sino por Joseph N. Welch, el jefe del cuerpo de abogados del Ejército estadounidense que se había enfrentado con admirable dureza contra el Comité de Actividades Antiestadounidenses del senador Joseph McCarthy, influyendo decisivamente en su decadencia.

          Recreación de un proceso real ocurrido en 1952 y llevado a la literatura con enorme éxito por el letrado defensor John D. Voelker –bajo el sobrenombre de Robert Traver-, Anatomía de un asesinato maneja bien el pulso de la intriga y la administración de los giros dramáticos, a pesar de que alguno de ellos implica a personajes un tanto desdibujados como el de Kathryn Grant.

          Coinciden en ella la última nominación al Óscar para Stewart con la primera para Scott, aparte de otras cinco más. Perdería en todas.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7,5.

Crueldad intolerable

2 Abr

“Yo creo en las familias numerosas: toda mujer debería tener al menos tres maridos.”

Zsa Zsa Gabor

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Crueldad intolerable

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Crueldad intolerable

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Año: 2003.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: George Clooney, Catherine Zeta-Jones, Geoffrey Rush, Cedric the Entertainer, Edward Herrman, Paul Adelstein, Richard Jenkins, Billy Bob Thornton, Julia Duffy, Tom Aldredge.

Tráiler                                                 

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            Es coherente que los Coen, expertos en dinamitar las postales del American Way of Life, encontraran en el romance de película un buen filón sobre el que colocar una nueva carga de dinamita satírica. Y eso que la autoría del material original de Crueldad intolerable no es suya, ya que trabajaron a partir de una historia previa firmada por una pareja de discretísimos guionistas de comedia, Matthew Stone y Robert Ramsey, y la cual llevaba unos cuantos años rondando por las catacumbas de los estudios, ya remozada por los propios cineastas de Minnesota en tiempos anteriores e incluso acariciado como proyecto para otro vehículo de lucimiento –uno más- a mayor gloria de los novios de América: Richard Gere y Julia Roberts.

Con todo, el toque de los Coen, de nuevo en posesión del texto, resulta evidente en la cinta, con escenas que llevan su sello de marca –la hiperbólica presentación de esa especie de divinidad terrible y lamentable encerrada en su tétrica torre de marfil- y a través incluso de sus traviesos jugueteos autorreferenciales, como ocurre en el radical cambio de Billy Bob Thornton en la velocidad del habla respecto a la previa El hombre que nunca estuvo allí, dentro de un proceso transformador muy semejante al sufrido por Steve Buscemi entre Fargo y El gran Lebowski.

            Así las cosas, no es de extrañar que la mentira sea la protagonista de la primera y última comedia romántica de los hermanos, o que el culto al dinero como sinónimo de liberación e independencia, tan arraigado en la cultura del país, sea otro irracional factor de (auto)engaño. Y es que, a fin de cuentas, contienen un grado idéntico de verdad –cero- los alegatos del implacable abogado matrimonialista para salvar la hacienda de los millonarios en trámites de divorcio (George Clooney) como las declaraciones amorosas de la cazadora de fortunas con quien entablará un duelo jurídico-sexual (Catherine Zeta Jones). Una guerra de sexos clásica, establecida a través de un duelo jurídico-romántico entre los protagonistas, y por medio del cual los Coen actualizan las ‘screwball comedies’ de los años treinta, con Clooney explotando su histrionismo seductor a lo Cary Grant y Zeta-Jones con la altiva rebeldía feminista a lo Katharine Hepburn –cada uno a su modo, se entiende-.

            Lo malo es que a Crueldad intolerable los gags no siempre le quedan tan medidos en agudeza y tempo como los que podría tener una de esas piezas alocadas de, por ejemplo, Howard Hawks. El libreto contiene algunas líneas con mordiente sarcástica y el metraje transcurre con soltura, pero perdura la sensación de que los cineastas no terminan de colonizar por completo del relato y éste permanece a medio camino entre la genialidad del toque Coen y la convencionalidad de sus hechuras, más evidente conforme se aproxima el desenlace y hasta un tanto contradictorias con el espíritu que, con buen tino, gobernaba la obra.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 6.

El puente de los espías

14 Dic

“Si ahora no hay forma de rodar películas que posean los valores e ideales que reflejaban mis obras, quizás también deberíamos darnos todos por vencidos.”

Frank Capra

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El puente de los espías

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El puente de los espías

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Año: 2015.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Tom Hanks, Mark Rylance, Amy Ryan, Scott Shepherd, Mikhail Gorevoy, Sebastian Koch, Austin Stowell, Jesse Plemons, Will Rogers, Alan Alda.

Tráiler

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            Algo huele a Frank Capra en El puente de los espías. Su argumento es en esencia una historia paradigmáticamente americana, en la cual el sacrificio personal del individuo concienciado e irreductible es capaz de redimir las corrupciones que provocan las circunstancias adversas sobre la sociedad y reconducirla hacia sus valores primigenios: aquellos que –propagandísticamente- le definen como el país de la libertad y de las oportunidades.

            El quijotismo que exhibe la película de Spielberg en su tramo inicial, con la defensa del espía soviético Rudolf Abel (Mark Rylance) por parte del por entonces abogado de seguros James Donovan (Tom Hanks), es valiente y contagioso, tan firme en sus convicciones que puede amenazar con caer en lo puramente discursivo, al igual que les sucedía a las obras más comprometidas de Capra de finales de los años treinta y principios de los cuarenta –La locura del dólar, Caballero sin espada, Juan Nadie,…-.

Su espíritu ‘americano’ –aunque universal- surge aquí tanto o más necesario cuando en la distancia histórica se trazan reflejos entre el pasado de Guerra Fría y el presente de guerra global contra el terrorismo y entonces, con determinación y arrojo, el filme esgrime su humanista propuesta de combate –en este sentido, ofrecería una interesante sesión doble con La noche más oscura (Zero Dark Thirty), donde la incidencia de las torturas practicadas por la CIA deja aún un regusto bastante ambiguo y turbio, carne de debate-.

            Spielberg, apoyado en el guion original de Matt Charman, luego revisado nada más y nada menos que por Joel y Ethan Coen, va desarrollando la lucha épica y solitaria de este héroe incomprendido –como deben ser los héroes, posicionados contra todo y contra todos- agregándole notas de calor íntimo y familiar para componer en Hanks –como otrora podía ser Jimmy Stewartla perfecta imagen del americano medio: afable, decidido, idealista y que no se deja amilanar por absolutamente nada ni nadie. Empalagoso de tan bonachón.

Ese optimismo incombustible, que se cree capaz de cambiar el mundo hasta conducirlo a la utopía, va tornando el idealismo del comienzo en cierto maniqueísmo de manual -¿es irónico, andando los Coen por ahí?, no lo parece- a medida que Donovan se adentra en la frontera política de la Guerra Fría: el muro de Berlín en proceso de construcción. Los rusos son muy rusos; los alemanes orientales muy alemanes orientales. En el metraje previo también se vislumbraba un notable dibujo crítico de los estadounidenses bajo la propaganda bélica del momento, todo adoración de los símbolos de la patria y reacciones viscerales a la política del terror, pero, como decíamos, al menos ellos sí tienen a quien les redima; una condición que alcanza una temperatura un tanto bochornosa -¿ironía coeniana de nuevo?- en la coda en suelo americano.

            Quizás adoptando la óptica del estoico Abel El puente de los espías sí se hubiese convertido en un filme coeniano de pleno derecho. Es decir, un hombre cansado de realismo que observa cómo un individuo común se embrolla en un plan enloquecido que, a priori, supera en mucho sus competencias. Resulta significativo entonces ese entendimiento y esa relación –uno de los puntos más logrados del filme- entre esos dos universos políticos –Estados Unidos y la Unión soviética- y cinematográficos –los Coen y Capra/Spielberg-.

La cinta, en conclusión, tiene músculo visual y nervio narrativo, porque Spielberg sabe muy bien qué quiere contar y sobre todo cómo quiere contarlo, si bien El puente de los espías está lejos de la madura oscuridad de Lincoln –otra obra carne de debate entre fin y medios, como La noche más oscura– o de la lúgubre frialdad del espionaje de Munich.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

Descalzos por el parque

10 Oct

“La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación.”

Oscar Wilde

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Descalzos por el parque

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Descalzos por el parque

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Año: 1967.

Director: Gene Saks.

Reparto: Robert Redford, Jane Fonda, Charles Boyer, Mildred Natwick.

Traíler 

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            Se me ocurren pocas parejas cinematográficas más bellas que Robert Redford y Jane Fonda. Apolíneos y deslumbrantes, sus genes deberían haberse fusionado en la vida real por el bien de la humanidad, por mor de la eugenesia científica y estética. Podrían ser expuestos en fotogramas, subiendo y bajando una calle, y se bastarían por sí mismos para justificar un largometraje. Aunque coinciden en pantalla en Me casaré contigo –anecdóticamente-, La jauría humana y El jinete eléctrico, es en Descalzos por el parque donde muestran su mejor cara, valga la redundancia.

            En la plenitud de su físico y en el camino a su estrellato –uno a la espera del primer taquillazo que refrendase su futuro, otra con el anhelo de desprenderse de su imagen de objeto sexual-, Redford y Fonda encarnan en Descalzos por el parque a un matrimonio de recién casados que, después de la fogosa luna de miel en el Hotel Plaza de Nueva York, comienzan sus azarosos días en común en un ínfimo apartamento del Greenwich Village en el que podrán en juego su resistencia romántica, acechada por la carestía material, el extravagante carácter del vecindario y las lógicas diferencias de personalidad que se dan entre el ordenado Redford, mesurado galán sacado del Hollywood clásico, y la vitalista Fonda, rostro del compromiso y la rebeldía social de la década.

Una coyuntura que, convertida en leit motiv del filme, queda reproducida de forma especular y ejemplificadora entre la madre de ésta (Mildred Natwick), tradicional y apocada, y el pintoresco habitante del ático (Charles Boyer), cosmopolita y aventurero.

            Basada en la exitosa obra teatral homónima de Neil Simon, encargado aquí de adaptar su propio texto, Descalzos por el parque resulta una comedia tremendamente simpática y dinámica, a pesar de que la plana realización de Gene Saks –también de extracción dramatúrgica y debutante como director de cine- no logra hacer que los escasos escenarios se desprendan de ese aire teatral del argumento, fundado sobre la velocidad, la incisión y el potencial humorístico de los diálogos, las réplicas y los volcánicos choques de caracteres.

En su mayor parte, el humor resiste sin problemas el paso de los años e incluso a veces sorprende con algún gag de talante pythonesco –el borracho al que llevan a casa- y con sus evidentes sugerencias sexuales. Virtudes que propician la adhesión incondicional del espectador a las aventuras matrimoniales y sociales de este par de jóvenes en busca de hacerse un hueco en el mundo, caricaturescas pero identificables –Simon aseguraba haberse inspirado en su relación con su mujer para escribir el libreto-.

            El excelente acoplamiento del reparto –Charles Boyer y Mildred Natwick, perfecta encarnación de sus personajes, son tan memorables o más que Fonda y Redford -, se encarga de consolidar la vis cómica del texto e imprimirle el tempo adecuado a las escenas. Ayuda, claro que Redford y Natwick conocieran al dedillo su papel: eran parte del reparto original de Broadway.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Víctima

28 Feb

“Existe en la sociedad, incluso en el poder, un cálculo de tolerancia. La labor de los autores consiste en aumentar ese nivel de tolerancia.”

Damiano Damiani

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Víctima

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Víctima

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Año: 1961.

Director: Basil Dearden.

Reparto: Dirk Bogarde, Sylvia Syms, Donald Churchill, Dennis Price, Nigel Stock, Anthony Nicholls, Hilton Edwards, Norman Bird, Derren Nesbitt, Margaret Diamond, John Barrie, John Carney, Peter McEnery.

Tráiler

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            Nada como un buen crimen con muerte para despertar a la sociedad de su fingido letargo y para descubrir, bajo sus sábanas, la podredumbre que ocultan escondida tras una pose de dignidad.

Si bien esta polémica afloraba ya tangencialmente en algunas obras del combativo Free Cinema como Un sabor a miel y otras cintas coetáneas como Los juicios de Oscar Wilde, Víctima es considerada la primera película británica en abordar de manera directa el tema de la homosexualidad, opción sexual contemplada como delito por la legislación del país europeo hasta 1967. Basil Dearden, de nuevo con la colaboración de la guionista Janet Green como en Crimen al atardecer -en compañía esta vez de John McCormick-, vuelve a escoger el cine policíaco como la herramienta ideal para diseccionar el tejido social británico y aislar sus quistes malignos.

En este caso, además de en el ciudadano de a pie, el tumor se encuentra metastatizado en un código penal, supuesto garante de la justicia y la libertad, que no solo es cruel e inhumano en su visión de las costumbres sexuales del individuo, sino que también se muestra por completo estúpido ya que su única influencia sobre el comportamiento de los ciudadanos será su atroz promoción del chantaje. “El 90% de los casos de chantaje afectan a los homosexuales”, informará el comisario de policía quien, al igual que su homólogo de Crimen al atardecer, arroja una visión racional, ecuánime y comprensiva que contrasta con los comunes y arraigados prejuicios de su subalterno.

            El texto de Víctima expone su alegato con madurez y contundencia, sin caer en el panfleto, el estereotipo superficial o el amarillismo, a pesar de que en el aspecto puramente dramático se sirve de ciertos giros de guion un tanto forzados –el libro de recortes, la abrupta y tajante evolución mental del abogado protagonista- y a que recurre a innecesarias pistas falsas para incentivar el suspense de su fluida trama policíaca.

Sea como fuere, entusiasma, conmueve e inspira el valor casi suicida del letrado (implicado Dirk Bogarde), un Atticus Finch a su modo a quien la deuda emocional contraída con un antiguo amante, ahorcado en comisaría para evitar delatarle, le espoleará en la resolución de sus dilemas morales entre deber judicial y deber ético y, en consecuencia, emprender una lucha a muerte contra el entramado chantajista-puritano encarnado por un tipo que responde al poco masculino nombre de “Sandy”.

            En su estreno sería calificada X por la censura británica. No obstante, aunque no cosecharía un éxito rotundo en taquilla a causa de estas restricciones, sí se considera que influiría de forma positiva en la lenta pero progresiva permisividad social hacia la homosexualidad masculina.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

La muerte y la doncella

26 Dic

“Creo que no se puede ser hombre, y mucho menos artista, sin tener una conciencia política. El arte es política.”

Luchino Visconti

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La muerte y la doncella

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La muerte y la doncella

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Año: 1994.

Director: Roman Polanski.

Reparto: Sigourney Weaver, Stuart Wilson, Ben Kingsley.

Tráiler

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          A pesar de que considero que no debe ser un ente inamovible y que debe evolucionar orgánicamente al paso de la sociedad que la sostiene, no soy un detractor de la Constitución de 1978. Intuyo que, en unas circunstancias donde el pestilente aliento de las fuerzas armadas y las brasas del fascismo todavía se sentían con nitidez en el cogote, redactar un texto posibilista era quizás la opción más deseable, si no la única posible, para, al menos, despegarse progresivamente de un régimen aberrante como el franquista. Su mayor inconveniente, sin embargo, es la absoluta amnistía para los asesinos, fomentada por los herederos políticos de la dictadura bajo el argumento falaz de no abrir viejas heridas de las que únicamente ellos saldrían perjudicados. Algo de esto se aprecia en las insistentes desautorizaciones de una ley fundamental como la de la memoria histórica o a las invariables negativas a extraditar a Argentina a los cargos y torturadores del sistema reclamados por la Interpol.

En fin, lo que viene a explicar todo este párrafo no son ya los evidentes impedimentos que un país experimenta a la hora de cerrar con dignidad su historia negra de manera que se revitalice la salud moral, política, social y psicológica de su tejido humano, sino la por desgracia frecuente perpetuación de ese mismo núcleo de poder reciclado, higienizado y legitimado por diversas estratagemas legales y políticas con absoluto y aterrador cinismo. Como si nunca hubiese sucedido nada o lo que hubiese ocurrido tuviese una coartada irreprochable en el imperativo histórico, las necesidades nacionales, la enajenación mental transitoria como fenómeno colectivo o sabe Dios qué abyecta justificación.

La táctica de la mierda y la alfombra, en cualquier caso.

          Con La muerte y la doncella, Roman Polanski adapta la pieza teatral homónima del chileno Ariel Dorfman, que se dice ambientada en un lugar inconcreto de Sudamérica aunque en ella se rastrea evidentemente las huellas de la dictadura de Augusto Pinochet  –no obstante, bien podría extenderse a otro lugares del mundo, como se vio antes-.

Acorde al gusto del realizador polaco por los ambientes claustrofóbicos -generalmente hallados en las angosturas de una localización a priori cálida y confortable como el hogar-, la trama encierra en un mismo caserón aislado a una víctima de las violaciones y torturas sistemáticas practicadas por la policía secreta (Sigourney Weaver), junto a su esposo, antiguo activista ahora devenido en prometedor abogado del nuevo estado democrático para investigar dichos abusos de poder (Stuart Wilson), y, como vértice de este triángulo de culpas insondables, deudas atroces, expiaciones violentas y retribuciones imposibles, a un personaje que no se sabe si en su día fue verdugo o se trata de un simple inocente (Ben Kingsley) destinado a convertirse en chivo expiatorio por una mente trastornada por el horror –al contrario que en la obra de teatro, aquí la ambigüedad del personaje sí tendrá una solución definitiva-.

          La película exhibe sin piedad las dificultades que experimenta una sociedad para superar semejante trauma, el solapado descrédito de una víctima siempre incómoda para la conciencia nacional, la imposibilidad de alcanzar una verdad redentora –aquí anulada en parte, insistimos, por el final cerrado-, la hipocresía del conciudadano que no ha sufrido la barbarie en carne propia y por tanto puede escoger el olvido como remedio fácil.

Conflictos desde los que además nace una agresiva relación entre torturado y verdugo y, en el fondo, aunque de manera nada solapada, un acre conflicto genérico: esa vieja y eterna guerra de dominación entre el hombre y la mujer que impregna de malsana sexualidad el ambiente del improvisado juicio –la importancia de rasgos físicos como la palabra, el olor y los mordiscos; el empleo quasifetichista de sogas y lencería; el invasivo contacto entre Weaver y Kingsley-.

          Polanski compone una película tormentosa, crispada e intensa, narrada con tensión y amparada en el concentrado trabajo del elenco, donde destaca los requiebros con los que Kingsley dota a su dudoso personaje.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

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