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La noche del cazador

13 Dic

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Año: 1955.

Director: Charles Laughton.

Reparto: Billy Chapin, Sally Jane Bruce, Robert Mitchum, Lillian Gish, Shelley Winters, Evelyn Varden, Don Beddoe, James Gleason, Gloria Castillo, Peter Graves.

Tráiler

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         Un grupo de críos juega en un patio de recreo. Hay elementos del escenario que están ocultos por el encuadre del plano pero que ofrecen sugerencias perturbadoras. Los pequeños entonan a coro una cancioncilla “Hing hang hung. See what the hangman done. Hing hang hing hang hing hang hung. See what the hangman done. Hung hang hing. See the robber swing. Hing hang hing hang hing hang hing hang. Hing hang hung. Now my song is done. Hing hang hung. See what the hangman done. Hung hang hing. See the robber swing. Hing hang hing hang hing hang hing hang. Hing hang hung”. Mira lo que ha hecho el verdugo, mira retorcerse al ladrón. Estridente y repetitiva, se clava en los oídos de los niños protagonistas, cuyo padre acaba de ser ejecutado en la horca, y en los oídos del espectador.

Personalmente, considero que esta es una de las escenas más terribles de La noche del cazador, entre otras cosas por su manifestación de uno de los elementos capitales de la obra: la crueldad que todo lo domina, la vileza presente en el ser humano desde su misma infancia, por más que se idealice ingenuamente su presunta inocencia.

Porque La noche del cazador está narrado como si se tratase de un cuento tradicional. Y los cuentos tradicionales son relatos que, pese a su lavado de cara contemporáneo -en buena medida gracias al cine-, entrañan una enorme violencia, con tragedias funestas, abandonos innombrables, latencias sexuales y acciones sanguinolentas; por lo general en marcos históricos definidos por la desesperación y la brutalidad. En este particular, el periodo en el que se ambienta la narración, desbordado de familias depauperadas, inanición rampante y niños expósitos que vagan en pos de su supervivencia, es la Gran Depresión.

         La primera y última película dirigida por Charles Laughton es un cuento de terror formulado en imágenes barrocas y expresionistas -el poder de la sombra, la geometría de la composición, las figuras en escorzo, el lirismo de lo aberrante-, en las cuales explosiona un contraste abrupto entre la cruda realidad del escenario y la imaginería fantástica -bíblica, popular- que aplican sobre ella los hermanos protagonistas, perseguidos por un ogro o un barba azul disfrazado de predicador si bien, de nuevo, asentado sobre los hechos verdaderos -el asesino en serie Harry Powers, ajusticiado en los años treinta por el asesinato de dos mujeres viudas y tres menores-. La pesadilla de una América gótica.

El trazo onírico y exagerado del cineasta permite asimilar la agresividad de los acontecimientos con un halo poético -la naturaleza romántica- hasta en sus últimas consecuenciaslas ondas del cabello mecidas en armonía con las corrientes del río-. Laughton y Mitchum también lo aplican, esta vez con un tono entre alucinado y cartoonesco, a la esencia de este aterrador predicador errante; un ente por momentos sobrenatural pero que, al mismo tiempo, entre saltos, muecas y alaridos, puede transformarse en un guiñol de barraca o en un dibujo animado. Los tatuajes en los nudillos (HATE, “odio”, y LOVE, “amor”), su caracterización estrafalaria, su retórica antiguotestamentaria, el corpachón, el bramido atronador y la gestualidad desbordada de Mitchum. El carisma del predicador Harry Powell es abrumador, lo que lo erigirá en uno de los grandes monstruos del cine.

         Decía François Truffaut de La noche del cazador que era un filme experimental que realmente se atrevía a experimentar. La herencia del expresionismo alemán se evidencia en una plasmación en fotogramas que bebe en abundancia del cine mudo, de su sus imágenes profundamente físicas y expresivas -potenciadas por la fotografía del experto Stanley Cortez-, e incluso de recursos gramaticales como el ‘iris shot‘ y de sus estrellas olvidadas, en este caso Lillian Gish. Aunque, sin perjuicio de lo anterior, la obra necesita del sonido para redondear sus tétricas vibraciones. El perfil lejano pero ya identificable del villano al acecho, recortado en el horizonte, resulta espeluznante por sí mismo. Aun así, la voz cavernosa de Mitchum mientras canta su himno -que de hecho antecede a su aparición- refuerza los efectos inquietantes de la composición visual.

         El argumento, no obstante, trasciende la mirada infantil para desarrollar un retrato perverso del ser humano, tanto en su individualidad como, especialmente, en su agregación como masa irracional. En La noche del cazador existen figuras maternales benefactoras, pero de su exposición se extraen, particularmente, pronunciados alientos misóginos que, en paralelo, conectan con las citadas pulsiones sexuales del cuento, que aquí pueden entreverse en el simbolismo de la navaja automática, penetrante herramienta ejecutora que, en un detalle significativo, reacciona ante el erotismo femenino desatado, sea en un antro de striptease, sea ante las inclinaciones amorosas de una adolescente.

La influencia de la cosmovisión religiosa es patente en este sentido. Las nociones de pecado, castigo y redención dominan unos acontecimientos en los que participan falsos profetas que representan una idea abstracta del Mal, adoradores hipócritas que navegan entre dos aguas al albur de sus apetencias y una protectora ‘mamá oca‘ que, de forma casi metalingüística, interpreta y reconduce la narración en curso.

         Tras su fracaso en taquilla, quizás demasiado turbadora y extraña para la época, La noche del cazador sería posteriormente reivindicada como gran clásico del séptimo arte.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 9.

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Okja

31 Jul

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Año: 2017.

Director: Bong Joon-ho.

Reparto: Seo Hyun-Ahn, Tilda Swinton, Paul Dano, Jake Gyllenhaal, Steven Yeun, Lily Collins, Daniel Henshall, Devon Bostick, Giancarlo Esposito, Shirley Henderson, Je-mun Yun, Hee-bong Byun.

Tráiler

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          Los abucheos le llegaron antes del primer fotograma, solo con la aparición del logo de la productora y distribuidora: Netflix. En el festival de Cannes de 2017, Okja desató la polémica -junto con The Meyerowitz Stories, de Noah Baumbach, también de Netflix, y la emisión de los primeros capítulos del regreso de la serie Twin Peaks– al alimentar el debate sobre las formas y formatos del cine y su disfrute. El certamen, riguroso en su presunta salvaguarda de los valores tradicionales del cine, fue reticente para admitir en su sección oficial una cinta que no iba a estrenarse en las salas francesas, tal y como imponen las normas del concurso, sino que su pase se iba a producir a demanda del usuario de esta plataforma de entretenimiento en streaming, visionada directamente en la televisión, el ordenador, la tablet o cualquier soporte informático que contenga la pertinente aplicación -sí llegaría no obstante a la gran pantalla en Estados Unidos, Reino Unido y Corea del Sur, donde se alzó con el cuarto puesto de la taquilla pese a sufrir el boicot de los principales exhibidores del país-.

Frente al ruido despertado, el director Bong Joon-ho se limitaba a valorar y agradecer el grado de libertad creativa que le había proporcionado Netflix, a quien respalda la tranquilidad de contar con una red que, en fechas del arranque de Cannes, rozaba los cien millones de usuarios en el mundo; cifras con las que soñaría una buena campaña de promoción de un blockbuster tradicional. El cine cambia. Necesita cambiar, de hecho, en vista del sostenido descenso de los espectadores. Quizás esta sea una nueva vía de supervivencia comercial que, si además viene acompañada de beneficios para los cineastas, cabe celebrar en lugar de únicamente resignarse a ella. A fin de cuentas, nada puede reprocharse a la calidad alcanzada por las series y otros productos de televisión durante las últimas dos décadas. ¿Acaso una obra magna como The Wire no cabe dentro de los límites del séptimo arte?

          Centrándonos en Okja, el filme acude a un esquema clásico del cine infantil -la amistad entre un niño y una criatura extraordinaria que se ve amenazada por la invasión del mundo adulto-, aunque no se limita a quedarse en una relectura más de E.T., El extraterrestre y en ella se percibe la personalidad desbordante de cineasta surcoreano, manifestada en su arrollador despliegue visual, exhuberante en la expresión de la atmósfera narrativa que atraviesa el relato -el bucolismo de la naturaleza, la frialdad estética de la multinacional, la tenebrosa, sucia y claustrofóbica sensación de terror de los laboratorios y criaderos-.

Con ello, Okja se configura así como una fábula que arremete contra el neoliberalismo de nuevo y sonriente rostro -el lavado de imagen posterior a las tropelías desveladas por la crisis económica global- y, en concreto, contra la explotación sin escrúpulos ni empatía ejercida por la industria alimentaria, como ya ensayaba con torpeza Richard Linklater en su Fast Food Nation o la risible apología vegana del Noé de Darren Aronofsky. De este modo, frente a un trasunto de la escalofriante Monsanto -aquí Mirando-, erigidos en los ‘mad doctors’ del siglo XXI, se opone la relación íntima entre la pequeña Mija y la supercerda Okja, propiedad de la factoría e imagen publicitaria de su presunta rehabilitación ética ante al mundo.

          Siguiendo la línea de fantasía subversiva de la anterior Rompenieves (Snowpiercer) -en la que, eso sí, Bong adaptaba una historia ajena-, Okja se constituye pues como una distopía contemporánea afirmada sobre problemáticas presentes, como los abusos financieros y políticos de un poder de esencia empresarial -es significativa la reproducción con la directiva de Mirando de la fotografía del equipo de Barack Obama durante la operación de captura y muerte de Osama Bin Laden-, los movimientos de reacción ciudadana, la sustitución de valores humanos por valores financieros -el explícito cambio del cerdo de carne y hueso por otro de oro-, la preponderancia de las redes sociales como canalizador de la comunicación y la corrientes de opinión…

Cuestiones que la película aborda dentro de este contexto juvenil, caricaturesco y excesivo que en ocasiones se desafora por su crueldad quizás extrema y reiterativa o, en paralelo, por la desacertada dirección de algunos actores -la lamentable y cargante imitación de Jerry Lewis que ejecuta Jake Gyllenhaal-. Sin embargo, también pretende escapar del maniqueísmo monolítico otorgando cierto dramatismo a los personajes a uno y otro lado del conflicto, con sus dudas, sus traumas y sus traiciones y, en resumen, sus razones -como parece decir ese abuelo coreano al que le sobraría entonces la desacreditación moral de su alcoholismo, por mucho cariño con el que lo críe el granjero, un cerdo es alimento desde que nace-.

          Sea como fuere, destaca sobre lo anterior la ternura y el candor que despierta el entendimiento entre Mija -un personaje cuya gran fuerza propulsa además el carisma de Seo Hyun-Ahn y su párpado inflamado- y su animal, cuyo diseño remite al cerdo, al hipopótamo, al perro y al manatí, y al que, a pesar de su elaboración por ordenador, se le consigue dotar de una entrañable fisicidad y de sentimiento a través de su mirada de ojos humanos.

En estas escenas, Bong modula con acierto el tono recurriendo a elementos chaplinescos: la fusión de la tragedia desgarrada con elementos de humor naif, en este caso las ventosidades; lo que en cualquier caso es una característica habitual en la filmografía del realizador. Y comparece asimismo una noción de la conexión con el espíritu protector y benéfico de la naturaleza que remite a Hayao Miyazaki, rasgos con los que conecta con habilidad con las emociones del espectador. Porque, ¿puede haber un amor más puro e incondicional que el de un niño por su mascota? Obviamente es una clase distinta de amor del que se profesa a las personas, que debido a su complejidad exige mayor esfuerzo por parte de uno mismo. Pero, ¿existe una relación más auténtica, entregada y reconocible por cualquiera que haya tenido un perro, un gato, una cobaya o cualquier bicho que responda a una caricia?

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

El gigante de hierro

28 Jul

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Año: 1999.

Director: Brad Bird.

Reparto (V.O.): Eli Marienthal, Vin Diesel, Jennifer Aniston, Harry Connick Jr., Christopher McDonald, John Mahoney, M. Emmet Walsh.

Tráiler

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          Circulaba un chiste a propósito de Del revés (Inside Out): era la película en la que, definitivamente, Pixar había rizado el rizo con la premisa fundamental de la compañía de animación, quizás la más influyente y prestigiosa del cine contemporáneo y la que ha contribuido principalmente, a ojos de público y crítica -y con sus debidos matices y objeciones-, a que este género haya pasado a considerarse un asunto a compartir por niños y adultos en igualdad de condiciones. Así, si en Toy Story se había preguntado qué sucedería si los juguetes tuvieran emociones, en Bichos, una aventura en miniatura qué sucedería si los insectos tuvieran emociones, en Monstruos, S.A. qué sucedería si los monstruos tuvieran emociones, en Cars qué sucedería si los coches tuvieran emociones, en Wall·E qué sucedería si los robots tuvieran emociones… en esta última cinta el argumento ya pasaba a ser qué sucedería si las emociones tuvieran emociones.

“¿Qué ocurriría si un arma tuviese alma?” Esa fue la pregunta que Brad Bird, por entonces debutante en el largometraje animado y futuro miembro de la mesa creativa de Pixar, planteó a los ejecutivos de la Warner Brothers que, a finales de la década de los noventa, pretendían llevar al cine El hombre de hierro, un cuento que el poeta británico Ted Hughes había escrito para sus hijos. La esencia de la factoría ahora propiedad de Disney ya se encontraba en la cosmovisión de este director que se había curtido en las series televisivas Los Simpsons, El crítico y El rey de la colina. También había participado en proyectos englobados bajo la égida de Steven Spielberg, como el episodio Perro de familia de la serie Cuentos asombrosos -en la que se había ocupado del libreto y la dirección- o la película Nuestros maravillosos aliados, en la que había coescrito el guion.

          Este bagaje es patente en El gigante de hierro, que podría haber venido avalada perfectamente por el sello Amblin. A pesar de la ascendencia literaria antes citada, el relato, que cuenta con notables añadiduras de Bird, es claramente deudor de la icónica E.T., El extraterrestre. No solo por las muy semejantes líneas maestras que vertebran la historia -el visitante de los cielos acogido por un niño con carencias afectivas por la ausencia del padre, la comprensión humana de la inocencia infantil frente a la incomprensión y el miedo de los adultos-, que habían sido releídos ya en la citada Nuestros maravillosos aliados; sino también por detalles que completan la atmósfera sentimental y referencial del filme -la ambientación en el espacio rural de los Estados Unidos como corazón del país, el refugio y la expresividad social de la cultura popular, en este caso la ciencia ficción de serie B y los cómics de tiempos del red scare, repletos de invasiones alegóricas-.

          De este modo, El gigante de hierro explora una relación pura y honesta entre extraños que queda enmarcada en unos años cincuenta definidos por la paranoia anticomunista, enfervorecida después de que la Unión Soviética probase la bomba atómica en 1949 y su lanzamiento del primer satélite Sputnik en 1957; hechos que habían conducido a profecías tan apocalípticas y demenciales como la teoría de la destrucción mutua asegurada -el conflicto nuclear total entre ambas potencias que desencadenaría el fin del mundo-. En las imágenes, esta alarma candente de la Guerra Fría -exudada en el cine fantacientífico del periodo y en los cortos didácticos de Duck and Cover donde la tortuga Bert enseñaba a los niños a sobrevivir a una explosión nuclear-, contrasta agudamente, como lo hacía por aquel entonces, con la idealización del American Way of Life plasmada en el arte de Norman Rockwell, colorista, apacible y sonriente.

Pero, sobre todo, en lo que supone el tema esencial de la obra, el claustrofóbico clima de horror hacia el Otro se contrapone a la amistad entre un niño dueño de las virtudes más renombradas de la infancia -la candidez sentimental, la flexibilidad mental- y una criatura insólita que, desde el desconocimiento, acoge en su ser una inquietante dualidad -el benefactor, el destructor-. A partir de este último concepto, surge también una aproximación a otro arco tradicional en el cine infantil, como es el de la capacidad del individuo para modelar su futuro y su moral con independencia de las imposiciones del entorno.

          Vistos los componentes narrativos, es inevitable considerar que el El gigante de hierro es una película previsible, especialmente si se aborda desde una óptica adulta que ya experimentó en su momento su correspondiente porción de cine infantil. Por ello, donde destaca El gigante de hierro es en el calor, la simpatía y la emoción que, a pesar de este esquema predecible, es capaz de invocar su fondo desde una sincera sensibilidad.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Verano 1993

1 Jul

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Año: 2017.

Directora: Carla Simón.

Reparto: Laia Artigas, Bruna Cusí, Paula Robles, David Verdaguer, Isabel Rocatti, Fermí Reixach, Montse Sanz, Berta Pipó.

Tráiler

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           Es encomiable cuando un cineasta apuesta por la sensibilidad sincera y no por el sentimentalismo para intentar transmitir emociones al espectador. Verano 1993 escoge esta primera opción para que las experiencias que vive la niña protagonista se comuniquen con la empatía del público que la contempla. El filme se acerca así a un episodio existencial traumático y lo relata, fundamentalmente, a partir de la relación entre la actuación y las imágenes, no de la palabra.

           Sin condescendencia, sin paternalismos y sin autoindulgencia, con el conocimiento de causa que implica este pedazo de exorcismo particular, en el que ficciona pedazos de su propia biografía, la catalana Carla Simón, que aborda su primer largometraje, compone los fotogramas con pericia estética y madurez sentimental para plasmar un dificultoso y conflictivo proceso de duelo, para componer un complejo retrato psicológico de una chiquilla que sufre, que desea, que vive.

Acompañadas de un gran trabajo de dirección de actores, tanto adultos como especialmente infantiles, las imágenes, asentadas sobre un naturalismo tratado con gusto pero no edulcorado o convertido en recuerdo romántico, contienen la pérdida sin digerir de Frida, el temor atenazador ante la muerte que embarga a la pequeña, la ausencia y el deseo de llenar de nuevo ese vacío de la orfandad recién impuesto; la culpabilidad, la rabia, el amor. Emociones en constante colisión que desembocan en reacciones instintivas y turbulentas, producto del caos y la confusión que la niña -que cualquier persona- padece ante el arduo trance del fallecimiento del ser amado, tanto o más cuando quien lo atraviesa no posee aún los mecanismos de supervivencia psicológica que se adquieren a través del mero hecho de vivir. Las lágrimas que no brotan.

           El duelo nunca puede plantear un escenario cómodo. Simón tampoco ensaya, no obstante, un ejercicio de hostil crudeza o crueldad, puesto que sería igualmente fingido. Por otro lado, escoge -o hereda- un escenario en apariencia contradictorio frente a un argumento en el que se trata de superar una profunda oscuridad interior: ese verano desbordado de luz, calor y colores que, en el cine, es campo abonado para los ritos de paso existenciales. Frida, pues, desarrolla una exploración doble: el constante aprendizaje propio de su edad y otra que, a priori, habría de pertenecer a un mundo más adulto, que aún no debería corresponderle.

           Pero Verano 1993 no descuida en modo alguno el dibujo de los vínculos familiares, ya que los personajes que rodean a Frida también poseen una personalidad trabajada y perfectamente veraz, con sus características propias que en algún caso parecen un tanto más tópicas -la burguesía catalana que encarna la abuela- pero que no por ello resultan plastificadas o irreales -aunque se le repudie, en la mayoría de situaciones con razón, lo cierto es que el cliché está más presente en la realidad que las construcciones intrincadas-.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8.

Los chicos terribles (Les enfants terribles)

8 Mar

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Año: 1950.

Director: Jean-Pierre Melville.

Reparto: Nicole Stéphane, Edouard Dermithe, Renée Cosima, Jacques BernardJean Cocteau.

Tráiler

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           Tras su rotundo debut en la dirección de largometrajes, El silencio del mar, Jean-Pierre Melville continuaría su trayectoria con Los chicos terribles, otro relato que construye y condensa un microcosmos particular en una sola estancia -por más que se trate de varias, en realidad es siempre la misma reproducida en distintos espacios-, habitada por unos pocos personajes que desarrollan entre sí estrechas relaciones en las que, el roce propiciado por la cercanía física -y paulatinamente emocional-, provoca el desencadenamiento de pulsiones procedentes de la profundidad de su espíritu.

Si en aquella tomaba como inspiración una historia corta de Vercors, en la presente acomete la popular novela homónima de Jean Cocteau, de cuya adaptación se encarga el propio artista, el cual sea arroga la voz del relato incluso de forma literal, puesto que suyo es el papel de narrador omnisciente y ‘suyo’, en un metafórico sentido amoroso, es uno de los protagonistas: Edouard Dermithe. En una muestra más de su dominio sobre la película, una ilustración firmada por él también servirá para componer el póster promocional de la producción.

           Quizás por esta omnipresencia autoral, el filme parece no poder despegarse de su origen literario ni de las obsesiones de su polifacético creador. El particular lirismo de la letra en negro sobre blanco no logra traspasarse al blanco y negro de la fotografía, firmemente sujeto por una tiránica voz en off que coloniza el desarrollo del relato cinematográfico pese al esfuerzo de Melville en la composición del encuadre, con una realización que posee instantes y movimientos de una audacia que permiten situarla como ascendente directa de la venidera Nouvelle Vague.

           No obstante, Los chicos terribles no alcanza el hipnotismo de un cuento contemporáneo, hechizante y siniestro, sino que sus personajes aparecen como monigotes artificiosos -e insoportables- que, intermediados por interpretaciones horrendamente teatrales y sobreactuadas, se mueven a partir de impulsos y represiones amorales y provocadoras -la homosexualidad, el incesto-, dentro de un universo reconcentrado y excluyente que conduce por consiguiente a la inserción en el relato de una dimensión trágica y puede que también distanciada -el parlamento de la hermana acerca de ser tan repulsiva que hasta el drama “la expulse”-, las cuales en todo caso parecen mal trenzadas y prolongan la precedente impostura de la obra.

Son conceptos de fondo que, a pesar de suponer entonces una drástica ruptura con los cánones que por ejemplo predominaban en el habitualmente mojigato cine estadounidense, hoy se perciben bastante envejecidos. El paso del tiempo no ha favorecido en absoluto a Los chicos terribles.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 5.

Manchester frente al mar

4 Feb

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Año: 2016.

Director: Kenneth Lonergan.

Reparto: Casey Affleck, Lucas Hedges, Kyle Chandler, Michelle Williams, Gretchen Mol, C.J. Wilson, Kara Hayward, Anna Baryshnikov.

Tráiler

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           En una escena de Manchester frente al mar, los dos protagonistas del relato, tío y sobrino, acuden a una funeraria para negociar qué se hace con el cadáver de su hermano y padre, respectivamente, fallecido el día anterior. A la salida, después de que toda la solución al conflicto haya sido congelar el cuerpo como si fuera un simple paquete de carne a la espera de un tiempo más propicio para el sepelio, el segundo reflexiona a propósito de la impostura del gerente del establecimiento -encarnado por un señor que, además, es funerario en la vida real-. “¿De qué iba ese tipo? Qué serio y qué compungido. ¿No sabe que la gente se da cuenta de que tiene que hacerlo todo los días?”, pregunta.

Con este diálogo, el director y guionista Kenneth Lonergan expone su rechazo de las convenciones en cuanto a la asunción personal del duelo por la muerte de un ser querido y, en paralelo, en cuanto a la representación exterior del mismo, tanto en la sociedad -la ridícula sociedad, repleta de personalidades desquiciadas y relaciones desestructuradas- como en la ficción cinematográfica -la engañosa ficción cinematográfica, con sus clichés y sus chantajes a la caza de la lágrima-. Una declaración de intenciones desde la cual aborda un argumento sobre la supervivencia frente a la pérdida, en el que dos individuos afrontan el luto compartido desde extremos que se conectan sobre un mar de incomunicación. La culpabilidad de estar vivo. Así, uno se bebe a tragos su propia miseria mediante el enclaustramiento ensimismado en vida, anulando su propia existencia; el otro, llenando el silencio con el vaivén de las relaciones sexuales y amistosas, trufadas de coprolalia, típicas de su adolescencia. Los hombres no lloran, dicen.

           Con acierto, el cineasta sabe dejar espacio para la aparición de tenues notas de humor dentro de esta exploración del duelo masculino y alivia su estructura de base melodramática -e incluso tremendista- imbricando en ella una dosis de intriga también de corte íntimo que, a través de un hábil empleo del montaje y la elipsis, conforma dos corrientes que confluyen a la par, en tiempo pasado y tiempo presente, hasta que colisionan en cierto punto de la narración mientras aumenta el volumen del Adagio Albinoni, la música funeraria por excelencia y a la que se recurre de forma un tanto obvia y molesta, por invasiva. Estas dos vertientes se corresponden, pues, con el descubrimiento de la fama que precede y aflige a Lee Chandler (Casey Affleck), desterrado por iniciativa personal de su pueblo natal, y la situación que se le presenta delante como tutor de su sobrino Patrick (Lucas Hedges), que puede entenderse como una oportunidad de futuro para ambos.

           Manchester frente al mar es una película done se respeta la naturaleza emocional de los protagonistas, por lo que, en este caso, tanto sus grietas de dolor como sus triunfos de sanación se exponen con sordina. Por lo general, su estado se manifiesta con mayor rotundidad en los paisajes que ejercen de almohadilla entre escenas -el vacío, el temporal- que en las conversaciones que mantienen los personajes, apenas significativas acerca de su situación interna. De ahí que, en este contexto particular, la simple alusión a un sofá-cama pueda cobrar tanta relevancia y resultar conmovedora dentro de un filme estrictamente contenido -hasta resultar algo apático o reiterativo por momentos-.

A juego con el ritmo apesadumbrado del filme y de su represión sentimental, el pequeño de los Affleck, que no es un actor con excesivo registro, asimila adecuadamente su estilo interpretativo al papel que le toca y desarrolla con Hedges una buena química -distante pero estrecha química, como corresponde a esta afectuosa ‘no relación’-.

           Seis nominaciones al Óscar, todas ellas en categorías de peso.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Kubo y las dos cuerdas mágicas

21 Dic

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Año: 2016.

Director: Travis Knight.

Reparto (V.O.): Art Parkinson, Charlize Theron, Matthew McConaughey, Rooney Mara, Ralph FiennesBrenda Vaccaro, Cary-Hiroyuki Kagawa, George Takei.

Tráiler

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          Es admirable la madurez que transmiten grandes películas de animación recientes como Del revés (Inside Out), La princesa Kaguya o Kubo y las dos cuerdas mágicas. Son películas que, desmintiendo los tópicos injustos hacia un cine considerado ‘infantil’, se lanzan a abordar el complejo universo emocional del ser humano -en el primer caso, como es sabido, literalmente- y durante su exploración se atreven a cuestionar que su relato tenga por obligación desembocar en un final feliz, puro y limpio. Son coherentes con el trayecto atravesado, repleto de dificultades y matices, y por tanto no salen indemnes de él.

          Kubo y las dos cuerdas mágicas es un magnífico cuento en el que la asunción del duelo -un punto de inflexión en el aprendizaje existencial de toda persona- se amolda a los esquemas del cine de aventura. El relato sigue así el curso de un viaje, que es la esencia de toda narración, aunque a su vez trasciende los moldes tradicionales del género puesto que el filme puede considerarse una historia dentro de una historia. En concreto, una historia que se cuenta a sí misma, donde el narrador es además el protagonista que experimenta las acciones que imagina.

          No es ocioso el salto metalingüístico, sino que sirve para ofrecer en paralelo una lectura muy interesante: es el niño -aquí un huérfano con poderes mágicos transmitidos por su madre y que debe huir de la amenaza de su abuelo, el insensible rey de la Luna, en un fantástico Japón feudal- quien encuentra en sí mismo las herramientas para afrontar, comprender y superar el trauma inevitable de perder a un ser querido. Para poner el necesario punto y aparte a una de las miles de historias, privadas o compartidas, que componen la existencia.

De igual manera, el juego simbólico que el argumento emprende con la dualidad -el ojo que ve y la cuenca ciega, el padre y la madre literales y figurados, la familia protectora y la familia amenazadora, la indiferencia y la fraternidad, la vida y la muerte- también es indisociable de la personalidad del personaje, común al interior de todo individuo.

          Pero toda esta complejidad psicológica y narrativa sería en vano de no imbricarse en una odisea repleta de ingenio, lirismo y atractivo, con notable sentido de la aventura y autenticidad emocional. Contribuye a ello la romántica y encantadora estética del filme, que remite al hipnotismo del teatrillo de títeres -incluso con las apelaciones directas a la atención del público, otra vez la matrioska- y que se realiza por medio de unas 145.000 fotografías de stop motion.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

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