Super Fly

13 Jun

“La blaxploitation era financieramente rentable y ayudó a los estudios a superar tiempos difíciles. Se sirvieron de ella y luego, cuando ya no les era útil, la abandonaron. En mi opinión, es una muestra de cómo funciona toda la industria del cine. ¿Influye en ella la cuestión racial? Sí, la raza tiene que ver, pero también parte de ella es simple negocio.”

Marlene Clark

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Super Fly

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Super Fly

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Año: 1972.

Director: Gordon Parks Jr.

Reparto: Ron O’Neal, Carl Lee, Sheila Frazier, Julius Harris, Charles McGregor.

Tráiler 

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            Cardados afro, pelo en pecho y paquete marcado, trajes estilosos y entallados, curvilíneas diosas de ébano, joyas ostentosas, cochazos descomunales y música funky –aquí, a cargo de Curtis Mayfield-. Un paraíso de lujos cultivado mediante una conquista económica –es decir, de presunta dignidad en el lenguaje social de los Estados Unidos- desarrollada desde los márgenes del sistema, tomada con violencia contra el poder del hombre blanco –aunque sea asumiendo una figura, la del forajido, que también posee una gran ascendencia en la cosmogonía de esa nación con la que experimenta un repudio mutuo-.

Super Fly es una de las películas clave del blaxploitation de los setenta: un subgénero diseñado para el consumo de la audiencia afroamericana como un modo de reivindicación y orgullo un tanto sui géneris, incidiendo en estereotipos que se rebelan contra el dominio blanco y anglosajón del cine pero al mismo tiempo que, en parte, perpetúan los tópicos negativos que se atribuían a la comunidad, en cierto modo al estilo de lo que los gánsteres de los años veinte para aquella parte de América que no tenía derecho a su prometida porción del sueño –inmigrantes, en especial-. Las mismas premisas sobre las que, en tiempos contemporáneos se funda el tópico del ‘gangsta’ triunfador, que maneja una iconografía que, como se puede colegir del comienzo del texto, luce numerosos puntos de encuentro con este universo de la blaxploitation.

             “Es un juego podrido, pero es al único al que nos dejan jugar”, sintetiza el compañero de negocios de Youngblood Priest (Ron O’Neal), protagonista de Super Fly, que no duda en describir esta lucrativa organización de venta de droga, a la que quiere renunciar para vivir libre, como un auténtico caso de sueño americano. Es esta una de las principales ideas que subyacen en el argumento criminal de la película, en el que se reproduce asimismo, siguiendo esta línea, una dialéctica entre la vieja y la nueva esclavitud del hombre negro, sometido ahora de una forma más sutil: privado de oportunidades y, por tanto, de la capacidad de elegir sobre su vida. Si Youngblood Priest trafica, es porque el mundo le ha hecho así –o porque es la única opción que le deja-. Otra cosa es lo de esnifar continuamente cocaína desde la cruz egipcia que porta colgada al cuello.

El discurso insurgente se combina así con carnaza para el público deseoso de historias del submundo lumpen ambientadas en un Harlem que, casi literalmente, es un vertedero. El ghetto de los parias, donde Priest emerge como un reyezuelo que, en sus ansias de escapar de la tiranía del status quo, descubre que por mucho dinero que haya en su cartera, por muchas mujeres que desflore, o por mucho que le abran la puerta de los garitos como al Henry Hill de Uno de los nuestros, es tan solo un títere de los de siempre.

             El planteamiento de Super Fly se ensambla a partir de clichés, principalmente el del último golpe antes del retiro dorado y relativamente legal que, cómo no, se ve comprometido por la miseria humana a uno u otro lado de la ley y la respetabilidad que domina este particular microcosmos. No obstante, cuanto deja de lado los lugares comunes y más desinhibida y radical se alza, mejor funciona y más carisma cobra.

A juego, la realización, que fuerza la máquina para contar también con escenas características del género, es feroz y urgente, lo que arroja una sucesión de fotogramas en los que conviven feísmo, extravagancia y crudeza estética, potenciada además por la pobreza de medios de la producción. A Gordon Parks Jr. -hijo del director de otro título esencial del mundillo, Las noches rojas de Harlem (Shaft), y socio compromisario en la presente-, no parece importarle que el cableado del equipo aparezca ante el objetivo durante una persecución callejera. El montaje, rudo, resulta fatal medido sobre todo en su cometido de dotar de ritmo interno a las escenas, que terminan por exhibir un extrañísimo aire entre teatral y amateur. No es casual que la secuencia con mayor fuerza narrativa sea un encadenado de instantáneas, entre el cómic y la fotonovela.

             O’Neal, un actor de formación clásica que se convertirá en uno de los iconos del subgénero gracias a este papel –vitola de la que trataría de despojarse sin completa fortuna durante el resto de su carrera-, será uno de los principales interesados en hacer hincapié en reforzar este sentido trágico del protagonista: un rebelde moral contra las circunstancias inmorales. No sería ese el factor que propiciaría el éxito económico de la película. La prueba es que, al año siguiente del estreno de esta, el propio O’Neal dirigiría Super Fly T.N.T., una trasnochada secuela donde Priest lavaba sus pecados pretéritos –inducidos o voluntarios- participando en una noble revolución africana y que se saldaría con un rotundo descalabro en taquilla. Todo nostalgia, volvería a por más en los noventa con The Return of the Superfly, si bien esta vez con Nathan Purdee reemplazando a O’Neal.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5.

3 comentarios to “Super Fly”

  1. altaica 16 junio, 2016 a 10:23 #

    Don Abúlico, y estas películas de dónde coño las saca usted. Imagino que tendrá su historia y de ahí que hagas una crítica de la misma, pero la verdad es que la pinta es terrible. Cuéntame qué motivos te han llevado a visitarla. Un abrazo.

    • elcriticoabulico 17 junio, 2016 a 12:12 #

      De todo hay que ver en esta vida, Altaica. Soy un tipo que siente curiosidad por muchas cosas, y la blaxploitation tiene un encanto entrañable.

      • altaica 17 junio, 2016 a 14:44 #

        Si tú lo dices te creo. No tenía ni la más remota idea del término y el subgénero blaxploitation.

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