Tag Archives: Narcotráfico

Sicario: El día del soldado

3 Jul

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Año: 2018.

Director: Stefano Sollima.

Reparto: Benicio del Toro, Josh Brolin, Isabela Moner, Elijah Rodriguez, Jeffrey Donovan, Catherine Keener, Matthew Modine, Daniel Castañeda, Manuel García-Rulfo, Bruno Bichir, Shea Whigham, Raoul Max Trujillo.

Tráiler

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         Sicario ya planteaba un relato moral en el que la buena agente se ponía a prueba -y solo para quedar reducida a la impotencia- a la guerra sucia, de mierda y sangre, contra los cárteles de la droga mexicanos. Si de aquel relato se derivaban ciertas conclusiones ambiguas, en esta Sicario: El día del soldado los claroscuros se volatilizan, hasta el punto de que el especialista/mercenario amoral termina por ser el encargado no solo de cumplir con la necesidad de eliminar por lo civil o lo criminal el mal que acecha en el horizonte, sino de restaurar igualmente un sistema contaminado de elementos inmorales. El antihéroe heroico.

Taylor Sheridan, guionista y director que muestra querencia por las reminiscencias del Oeste, y que acaba de estrenar precisamente una visión épica de la guerra contra el terror, 12 valientes, enfrenta a su grupo salvaje contra una hidra maléfica a las puertas de la nación, la cual cuenta incluso con miríadas de células dudosas en su interior, capaces de convertirse en muyahidines, integrarse en cruentas organizaciones mafiosas, sobornar a individuos vulnerables o, como poco, escandalizarse por actuaciones controvertidas fuera del territorio estatal. Asimismo, intenta trazar un drama de redención dotado de esos aromas westernianos, merced a su pistolero errante que se encuentra con la inocencia salvadora de una niña a la que, no obstante, hacen hablar y actuar como si tuviera 30 años. Este cliché, unido a lo anteriormente aludido, elimina finalmente unas asperezas que le hubieran sentado bien a la narración.

         Volviendo a Sicario, sobrevolaban sobre ella ecos además de La noche más oscura (Zero Dark Thirty), los cuales, en la presente, parecen materializarse en la presencia de ese factor terrorista, introducido un tanto alegremente por un guion, probablemente inspirado en las acusaciones vertidas por la DEA y el secretario de Estado estadounidense, Rex Tilleson, que conectan con las políticas migratorias propugnadas por la Administración Trump. En conjunto, el libreto adolece de una evidente ración de detalles de lógica cuestionable, no solo la teoría del incremento del control de la frontera como ventaja empresarial perseguida por los cárteles; también de las decisiones de los personajes de distinto escalafón de poder que empujan al relato hacia la catársis -aparte de algunas presentaciones de personajes poco inspiradas y un todavía más chusco epílogo-. En cualquier caso, Sicario: El día del soldado se mantiene como un thriller de frontera contra el narco, un leviatán que todo lo domina, explícita o subrepticiamente.

         La secuela mantiene el pulso férreo de su antecesora, con unas imágenes aceradas en las que, incluso, el italiano Stefano Sollima busca la coherencia estética con el canadiense Denis Villeneuve heredando ciertos recursos formales -el uso de los cenitales o del montaje, por ejemplo-, bañados en una fotografía sombría y nocturna, y alimentados por una banda sonora de resonancias y vibraciones al estilo de la que compusiera el finado Jóhann Jóhannsson -de hecho, queda a cargo de ella su colaboradora Hildur Guðnadóttir-. Benicio del Toro y Josh Brolin aportan una rotunda presencia desde el reparto, acorde a la satisfactoria tensión, la contundencia y la credibilidad con la que se plasma la acción y la violencia.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

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El precio del poder

2 Feb

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Año: 1983.

Director: Brian de Palma.

Reparto: Al Pacino, Michelle Pfeiffer, Steven Bauer, Maria Elizabeth Mastrantonio, Robert Loggia, Paul Shenar, F. Murray Abraham, Harris Yulin, Ángel Salazar, Miram Colón.

Tráiler

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         Hay películas que conviene disfrutar en determinado momento de la vida, y no en otro. Voluntaria o casualmente, están hechas para conectar de forma cerval con ese instante particular, con esa precisa sensibilidad existencial. Tendría unos 16 años cuando descubrí El precio del poder, que también es popularmente conocida por su título original, Scarface. Aluciné con ella. Me impactó profundamente la violencia del ascenso y la caída del fuera de la ley más macarra de todos los tiempos, la feroz fisicidad con la que estaba rodada y la tensión de su violencia. Volví a ella cumplidos los 21 años y pasé vergüenza ajena con esa epopeya adolescente del gángster, los teatrales excesos a costa de la sordidez del hampa, la estética impúdicamente hortera de su puesta en escena y la desaforada actuación de Al Pacino.

Vista de nuevo con 30 años, las sensaciones que me deja El precio del poder se encuentran a medio camino entre ambas, aunque quizás tiendan más hacia lo segundo. Es indudable que se trata de una película plena de fuerza y carisma, destinada a convertirse en obra de culto por cualquier tarugo con ínfulas de gánster, fascinado por arrogarse la presunta épica de la marginalidad o que no haya superado esa visión desquiciadamente melodramática de la vida -el yo contra todos- que uno sufre durante la adolescencia.

         Brian de Palma, que encuentra en su cinefilia uno de los motores de su obra como cineasta, recupera Scarface, el terror del hampa, del maestro Howard Hawks, para retornar al tema del crimen como vía paralela desde la que culminar el sueño americano para aquellos a los que se les veda el acceso a la falsa promesa del país de las oportunidades. El precio del poder deforma la realidad hasta hacer de ella una imitación grotesca. Si Tony Montana es una caricatura de los delincuentes que interpretaba James Cagney en los años treinta -los más duros de entre los duros, siempre con una respuesta desdeñosa en la boca aunque a tu cuñado le estén desmembrando con una sierra mecánica- la conquista del mundo que emprende alimentado por su retorcida perspectiva de las promesas americanas -los derechos humanos, la libertad individual, la posesión material- es igualmente caricaturesca, así como el sueño que materializa con ella.

En su escalada a la cima -una conquista que es criminal, económica, social e incluso sexual-, Montana descubre que la cumbre es una orgía de comer, follar y esnifar sin demasiado sentido aparte de haber llegado el primero a ella y poseerla en exclusividad. El resto de ideales inmateriales anhelados por el protagonista -el respeto, el amor- son un tributo falaz que, en línea con las premisas capitalistas, se vende y se cobra en dólares. Hasta artificiales son los atardeceres de ensueño de Florida, que o bien parecen impuestos con pantalla de chroma, bien son directamente papel de pared pintado, acorde al aspecto kitsch del diseño de producción y el fuerte cromatismo que domina los fotogramas -aquí aparece el correspondiente detalle hitchcokiano: en un mundo de agresivos tonos rojos y negros solo se reserva el verde para el hogar familiar al que el protagonista aspira y del que es rechazado-.

         Es decir, que a pesar de la pervivencia de Scarface en la cultura popular como modelo de referencia para aspirantes a enemigos públicos, El precio del poder trata de arrojar una mirada turbulenta y pesimista hacia los Estados Unidos y su sistema de valores, entre ellos el culto al éxito identificado con el culto al dinero; ambos sinónimos intercambiables, en definitiva. De hecho, el propio Scarface bien serviría para prefigurar esa misma década, los años ochenta dominados por el yuppie, a otro icono: el bróker bursátil Gordon Gekko de Wall Street, que contraviniendo las intenciones originales de su creador –Oliver Stone, aquí en funciones de guionista- también terminaría ejerciendo de figura idolatrada por esos mismos defectos que se pretendía denunciar.

A fin de cuentas, el filme ha sido tan entusiasta en reverenciar el ascenso de este narcotraficante cubano hecho a sí mismo -los hijos del demonio-, y lo ha llevado a cabo con tanto desprecio al ridículo, que cuando trata de decir cosas maduras ya resulta imposible tomársela en serio.

Nueva versión en ciernes.

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Nota IMDB: 8,3. 

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 5,5.

Super Fly

13 Jun

“La blaxploitation era financieramente rentable y ayudó a los estudios a superar tiempos difíciles. Se sirvieron de ella y luego, cuando ya no les era útil, la abandonaron. En mi opinión, es una muestra de cómo funciona toda la industria del cine. ¿Influye en ella la cuestión racial? Sí, la raza tiene que ver, pero también parte de ella es simple negocio.”

Marlene Clark

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Super Fly

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Super Fly

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Año: 1972.

Director: Gordon Parks Jr.

Reparto: Ron O’Neal, Carl Lee, Sheila Frazier, Julius Harris, Charles McGregor.

Tráiler 

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            Cardados afro, pelo en pecho y paquete marcado, trajes estilosos y entallados, curvilíneas diosas de ébano, joyas ostentosas, cochazos descomunales y música funky –aquí, a cargo de Curtis Mayfield-. Un paraíso de lujos cultivado mediante una conquista económica –es decir, de presunta dignidad en el lenguaje social de los Estados Unidos- desarrollada desde los márgenes del sistema, tomada con violencia contra el poder del hombre blanco –aunque sea asumiendo una figura, la del forajido, que también posee una gran ascendencia en la cosmogonía de esa nación con la que experimenta un repudio mutuo-.

Super Fly es una de las películas clave del blaxploitation de los setenta: un subgénero diseñado para el consumo de la audiencia afroamericana como un modo de reivindicación y orgullo un tanto sui géneris, incidiendo en estereotipos que se rebelan contra el dominio blanco y anglosajón del cine pero al mismo tiempo que, en parte, perpetúan los tópicos negativos que se atribuían a la comunidad, en cierto modo al estilo de lo que los gánsteres de los años veinte para aquella parte de América que no tenía derecho a su prometida porción del sueño –inmigrantes, en especial-. Las mismas premisas sobre las que, en tiempos contemporáneos se funda el tópico del ‘gangsta’ triunfador, que maneja una iconografía que, como se puede colegir del comienzo del texto, luce numerosos puntos de encuentro con este universo de la blaxploitation.

             “Es un juego podrido, pero es al único al que nos dejan jugar”, sintetiza el compañero de negocios de Youngblood Priest (Ron O’Neal), protagonista de Super Fly, que no duda en describir esta lucrativa organización de venta de droga, a la que quiere renunciar para vivir libre, como un auténtico caso de sueño americano. Es esta una de las principales ideas que subyacen en el argumento criminal de la película, en el que se reproduce asimismo, siguiendo esta línea, una dialéctica entre la vieja y la nueva esclavitud del hombre negro, sometido ahora de una forma más sutil: privado de oportunidades y, por tanto, de la capacidad de elegir sobre su vida. Si Youngblood Priest trafica, es porque el mundo le ha hecho así –o porque es la única opción que le deja-. Otra cosa es lo de esnifar continuamente cocaína desde la cruz egipcia que porta colgada al cuello.

El discurso insurgente se combina así con carnaza para el público deseoso de historias del submundo lumpen ambientadas en un Harlem que, casi literalmente, es un vertedero. El ghetto de los parias, donde Priest emerge como un reyezuelo que, en sus ansias de escapar de la tiranía del status quo, descubre que por mucho dinero que haya en su cartera, por muchas mujeres que desflore, o por mucho que le abran la puerta de los garitos como al Henry Hill de Uno de los nuestros, es tan solo un títere de los de siempre.

             El planteamiento de Super Fly se ensambla a partir de clichés, principalmente el del último golpe antes del retiro dorado y relativamente legal que, cómo no, se ve comprometido por la miseria humana a uno u otro lado de la ley y la respetabilidad que domina este particular microcosmos. No obstante, cuanto deja de lado los lugares comunes y más desinhibida y radical se alza, mejor funciona y más carisma cobra.

A juego, la realización, que fuerza la máquina para contar también con escenas características del género, es feroz y urgente, lo que arroja una sucesión de fotogramas en los que conviven feísmo, extravagancia y crudeza estética, potenciada además por la pobreza de medios de la producción. A Gordon Parks Jr. -hijo del director de otro título esencial del mundillo, Las noches rojas de Harlem (Shaft), y socio compromisario en la presente-, no parece importarle que el cableado del equipo aparezca ante el objetivo durante una persecución callejera. El montaje, rudo, resulta fatal medido sobre todo en su cometido de dotar de ritmo interno a las escenas, que terminan por exhibir un extrañísimo aire entre teatral y amateur. No es casual que la secuencia con mayor fuerza narrativa sea un encadenado de instantáneas, entre el cómic y la fotonovela.

             O’Neal, un actor de formación clásica que se convertirá en uno de los iconos del subgénero gracias a este papel –vitola de la que trataría de despojarse sin completa fortuna durante el resto de su carrera-, será uno de los principales interesados en hacer hincapié en reforzar este sentido trágico del protagonista: un rebelde moral contra las circunstancias inmorales. No sería ese el factor que propiciaría el éxito económico de la película. La prueba es que, al año siguiente del estreno de esta, el propio O’Neal dirigiría Super Fly T.N.T., una trasnochada secuela donde Priest lavaba sus pecados pretéritos –inducidos o voluntarios- participando en una noble revolución africana y que se saldaría con un rotundo descalabro en taquilla. Todo nostalgia, volvería a por más en los noventa con The Return of the Superfly, si bien esta vez con Nathan Purdee reemplazando a O’Neal.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5.

Wonderland (Sueños rotos)

16 May

“La única vez que perdí el control fue cuando tomaba cocaína y fumaba pasta base. En menos de dos años había hecho humo dos departamentos, mi casa, mi negocio de antigüedades, mi ferretería y mi carrera. Llegué a estar despierto diez días seguidos. Comía como mucho medio taco de Taco Bell cada cuatro días. Cuando me vi en un espejo, lo que vi bien podría haber sido un liberado de un campo de concentración nazi. Ya no podía hacer películas. No había tenido sexo en seis meses y todas mis clientas habían desaparecido. Me encontré corriendo de acá para allá vendiendo drogas a gente tan ruin que yo mismo hubiera cruzado la calle para evitarlos en el pasado.”

John Holmes

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Wonderland (Sueños rotos)

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Wonderland (sueños rotos)

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Año: 2003.

Director: James Cox.

Reparto: Val Kilmer, Kate Bosworth, Lisa Kudrow, Dylan McDermott, Ted Levine, Josh Lucas, Tim Blake Nelson, Eric Bogosian, Christina Applegate, Janeane Garofalo, Frankie G., M.C. Gainey.

Tráiler

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           Concurren a finales de los noventa y principios de los dosmiles varias producciones que deambulan, en mayor o menor grado, por la órbita de la industria estadounidense de la pornografía -y, generalmente, sus miserias asociadas-. Son, por ejemplo, El escándalo de Larry Flynt, Boogie Nights, Orgazmo, Asesinato en 8mm., The Fluffer (El estimulador) o La vecina de al lado. También Wonderland (Sueños rotos), que recupera la legendaria figura de John Holmes, el macho alfa del cine X de todos los tiempos, aunque para adentrarse en los escabrosos callejones por los que transitaría durante su periodo de decadencia. Aquel que, precisamente, travestido de Dirk Diggler y con apenas reformas ficcionadas, retrataba Paul Thomas Anderson en Boogie Nights.

El título del filme se refiere así al caso de asesinato, robo y tráfico de estupefacientes destapado con la tremebunda muerte de cuatro personas en una casa de la Avenida Wonderland de Los Ángeles. Un confuso asunto criminal en el que Holmes, consumido por las drogas, el descalabro económico y la deriva existencial, se vio implicado y procesado.

           Al igual que había hecho Anderson –si bien siempre jugando en su propio terreno-, James Cox desarrolla un estilo de dirección evidentemente influido por los relatos de gánsgters y demás reyezuelos subterráneos de Martin Scorsese. La diferencia de prestigio entre uno y otro cineasta se puede explicar perfectamente por los dispares resultados de ambas películas. Wonderland es un mejunje de puntos de vista que se ensamblan en una narración con pretendidos espasmos de adrenalina y delirio aplicados desde la sala de montaje, banda sonora cañera, interpretaciones excesivas y la posproducción con dejes de su tiempo -las sobreimpresiones informales para completar información de manera dinámica-.

Herramientas mediante las cuales se reconstruye este episodio de la América oscura con torpeza y, a fin de cuentas, convencionalidad en su desbarre –un par de flashbacks rashomonianos bastante pedestres y que se contraponen para hacer avanzar la historia hasta el desenlace manteniendo la incertidumbre del espectador-.

           El análisis del contexto social o la profundización en los personajes –apenas apuntes derivados del cambio de perspectiva y un par de apartes melodramáticos protagonizados por la exmujer y la novia de Holmes- quedan entonces sometidos a la cierta fascinación morbosa, de saldo para adolescentes –hasta hay cameo de Paris Hilton, como también de Carrie Fisher-, por este submundo marginal y rabioso que ofrece una vida “demasiado buena” –la vieja terna de sexo, drogas y rock&roll- como para abandonarla por las menudencias que preocupan a los adultos serios y aburridos.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 4,5.

Robocop 2

27 Abr

“Vivimos en un régimen de ocupación por parte de las multinacionales.”

Víctor Érice

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Robocop 2

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Robocop 2

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Año: 1990.

Director: Irvin Kershner.

Reparto: Peter Weller, Nancy Allen, Dan O’Herlihy, Belinda Bauer, Tom Noonan, Gabriel Damon, Willard E. Pugh, Felton Perry, Jeff McCarthy, Galyn Görg, Stephen Lee.

Tráiler

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           Los villanos de Robocop 2, que son una mezcla de dos de los terrores absolutos de la nación como Charles Manson y Pablo Escobar, cuelgan indistintamente en su guarida pósteres de la Madre Teresa de Calcuta y de Oliver North, uno de los altos mandos del Ejército estadounidense más siniestros de los de por sí siniestramente militaristas años ochenta, implicado en el turbulento escándalo Irán-Contra. Pero el verdadero Malo con mayúsculas es un ejecutivo blindado en su rascacielos de acero y dólares, miembro respetable de la élite de la sociedad, patriota que hace avanzar el país a golpe de iniciativa privada y dueño de una megaempresa que andando el metraje se revestirá con simbología y vestuario corporativos de ecos filonazis. Un campeón de la economía, en definitiva, que luce en el escritorio de su suntuoso despacho una fotografía con Ronald Reagan, adalid del ultraliberalismo de la década.

           Robocop 2 se hace fuerte atrincherada en una de las virtudes de su predecesora: su mala leche, disparada con brutalidad inmisericorde contra todo, y además reflejada en buena medida a través del electrodoméstico entonces hegemónico -el televisor- y de la herramienta definitoria de este sistema de vida -la publicidad-. Robocop 2 es una ciencia ficción que no renuncia a su esencia de serie B, sino que la potencia para no tomarse demasiado en serio a sí misma a la vez que, parapetada desde su posición dominante, dispara mil dardos envenenados contra la sociedad norteamericana coetánea, en este periodo regida por el neoconservadurismo más recalcitrante, aético y violento.

Es decir, un contexto socioeconómico perfectamente aplicable a nuestros días. La justificación de la conveniencia del tráfico de drogas por parte del cabecilla de la organización criminal, amparándose en la cantidad de puestos de empleo que genera, no puede ser más actual, digna de cualquier mandato de la troika, al igual también lo sería ese concepto de privatización total del espacio urbano.

           De este modo, el argumento deja de lado el paradigma de la criatura de Frankenstein que asomaba en la primera entrega, aunque a cambio se detectan rastros de King Kong en la desopilante presentación del segundo modelo del ciborg -por completo satíricos, eso sí-. Y lo hace para, por el contrario, travestida de negra farsa, centrarse en propinar palos a diestro y siniestro: a la tiranía del yuppie y la cultura del éxito económico sobre todas las cosas, a la plutocracia impuesta con mano de seda por las grandes corporaciones, al delirio de la tecnología para fines bélicos o represivos, a la dirigencia política encantada de asociarse cínicamente con hampones de todo pelaje a cambio de un par de monedas de plata, a los males de la revolución digital, a la decadencia industrial norteamericana, a la destrucción del equilibrio medioambiental, a la corrupción del concepto de libertad, al adormecimiento del espíritu crítico por medio de la corrección política radical, al paradigma del macho alfa como vigilante autónomo del orden,…

Nada queda a salvo de la mira láser de Robocop 2. El guion es una bola de demolición anárquica -e incluso un tanto ambigua en ocasiones; al reputado historietista Frank Miller no se le podrá acusar de izquierdista precisamente-, lo que la convierte a mi parecer en una obra muy divertida, más allá de su relativamente convencional trama policíaco-futurística.

           Para que vean que no dan puntadas sin hilo, la resolución empresarial del desenlace no es más que una trasposición de la forma en la que la administración Reagan, acosada por la polémica, se desharía del teniente coronel North.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,6.

Nota del blog: 6,5.

48 horas más

1 Mar

Segunda parte del especial de Walter Hill y segunda parte de Límite: 48 horas, 48 horas más, que es casi un remake. En la época de la ‘buddy movie’, si querías caldo, toma dos tazas.

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Sicario

2 Dic

“Nosotros creemos que el narcotráfico, no la droga, es el peor flagelo que estamos soportando recientemente en América Latina. Y no defendemos ninguna adicción, pero la vía represiva viene fracasando después de muchas décadas. Entonces nosotros decimos ‘hay que tratar de sacarle la razón de ser, que es arrebatarle el mercado’. La regulación por parte del Estado, que sería el encargado, a través de los servicios de salud, de arreglar la forma en que se vende y cómo se consume, de identificar a la gente, darles una mano y atenderlos. Nos parece la mejor manera de enfrentar el asunto. ¿Por qué? Porque no podemos dejar ese mercado que existe en manos de un negocio que está perturbando todo porque ha traído violencia, el sicariato y, como dicen en México, ‘plata o plomo’; que corrompe los aparatos represivos y que en algunos lugares ha nombrado hasta candidaturas.”

José Mujica

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Sicario

.Sicario

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Año: 2015.

Director: Denis Villeneuve.

Reparto: Emily Blunt, Benicio del Toro, Josh Brolin, Daniel Kaluuya, Maximiliano Hernández, Victor Garber, John Bernthal, Jeffrey Donovan, Julio Cedillo.

Tráiler

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             Retumban tambores de guerra en los títulos de crédito. Sicario es más La noche más oscura (Zero Dark Thirty) que Traffic. El contexto que el filme presenta sobre la lucha de los Estados Unidos contra el narcotráfico es puramente bélico. Como en la película de Kathryn Bigelow, a los personajes les impulsa una anacrónica moral westerniana: vengarse contra los tipos que provocan el desastre en una intervención policial; destruir a quienes aniquilaron a los seres queridos. En efecto, la respectiva estrategia de combate es semejante en ambas, basada en la fuerza maquiavélica y no en la diplomacia –soldados y no abogados-, y con un idéntico espacio simbólico –las torturas enmarcadas en emblemas americanos-, marcado por la indeleble sombra de Afganistán e Irak.

             Sin embargo, la mirada de Sicario hacia las cloacas de la siempre dudosa ‘realpolitik’ –para muestra un botón: aquella turbia relación entre la CIA y el Narco que recuperaba recientemente Matar al mensajerose desembaraza de la cínica ambigüedad de La noche más oscura y es decididamente agria y pesimista. Una tonalidad desesperanzada que se personaliza en la diferente naturaleza y, en especial, la diferente determinación de las acciones de la protagonista. Su papel en la trama, de hecho, tiende a ser más pasivo que activo, casi una extrapolación del espectador anonadado por el delirante mecanismo de relojería de esta espiral de droga, dinero y muerte, sin piedad ni justicia.

A efectos prácticos, pues, su protagonismo es meramente simbólico, dado que, en términos estrictamente argumentales, este rol podría corresponderle perfectamente a individuos bastante más dominantes y tenebrosos, aquí con nómina de secundarios en el elenco.

             En el aspecto de la realización esta vez, también muy westerniano es el empleo del paisaje para definir personajes y tragedia; así como en la dimensión física que cobra el duelo entre antagonistas –la rotundidad invasora con la que Benicio del Toro se impone, incluso literalmente, a sus contrincantes o al resto de pobladores del escenario-. En este sentido, la composición del fotograma de Denis Villeneuve, y el uso de otros recursos como el registro sonoro, es extraordinariamente expresivo. Además, posee una atronadora potencia visual que provoca que vibre de tensión, arremeta con furia y atrape la atención sin remedio este relato acerca de una agente táctica del FBI (Emily Blunt) que se sumerge en cuerpo y alma en los callejones oscuros de los operativos contra la tupida red del narcotráfico internacional.

             Sicario no mantiene la abrumadora intensidad de su incursión en La Bestia, la infernal Ciudad Juarez mejicana y su convivencia estrecha e indistinguible entre la vida y la muerte. Pero, a partir de su retorno a territorio estadounidense, el nervio del filme pasa a descansar en las insondables ojeras de Del Toro: un rostro que proporciona en sí mismo un paisaje y una explícita declaración dramática. Su narración se conserva firme, combinando su vigor con imágenes desatadas, caso de los extáticos atardeceres. Logra sobrevivir así la amenaza difusa que gobierna siempre la frontera, territorio incierto en lo geográfico y lo moral. El epicentro de este thriller subyugante por momentos, de enorme músculo y contundencia.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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