Tag Archives: Muy buena

First Cow

28 Nov

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Año: 2019.

Directora: Kelly Reichardt.

Reparto: John Magaro, Orion Lee, Toby Jones, Ewen Bremner, Scott Shepherd, Gary Farmer, Jared Kasowski, Alia Shawkat.

Tráiler

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          Una mujer encuentra y desentierra los restos de dos personas. Esqueletos aparejados, remiten a la representación de los lazos eternos que la pareja protagonista de Te querré para siempre observaba carbonizada en Pompeya, esculpida en el tiempo. Su rastro es una pregunta lanzada al presente, la invitación a una historia. “El pájaro un nido, la araña una tela, el hombre la amistad”, avanzaba William Blake.

          Con First Cow, Kelly Reichardt regresa al western de Meek’s Cutoff y a la intimidad masculina de Old Joy. El género de los grandes paisajes, de la fotografía panorámica, queda concentrado en un formato más bien angosto que parece enfocarse en los personajes, que parece retratar la estrechez -social, económica- en la que penan en un mísero fuerte del Oregón apenas colonizado. “No es lugar para vacas”, sentencian los pioneros ante la insólita importación de un ejemplar destinado a proporcionar leche para el té del patrón, quien, a pesar de su ridículo poder, se halla tan desubicado como el resto de tipos varados en este confín del mundo. Tampoco es lugar para la sensibilidad y la compasión de Cookie, para su búsqueda de una dulzura que, pese a todo, está fuertemente demandada. Dentro de la babélica y dura zona franca, incluso otro marginal como King-Lu, hombre de mundo pero chino al fin y al cabo, muestra más aptitudes de supervivencia en este entorno violento e inmisericorde.

El filme posee un tratamiento verista de la ambientación, tanto en el vestuario y los objetos de época, como en la mugre y la pobreza. Sin embargo, el escenario natural alrededor es de una belleza majestuosa. La cineasta la atrapa mediante una hermosa fotografía de tonalidades apagadas. En los interiores, el trabajo de iluminacion es igualmente espléndido.

          First Cow reencuentra el viejo tema del western, de la última frontera virgen, en el sentido de una segunda oportunidad para que los desheredados persigan un nuevo comienzo, su destino manifiesto, que no es solo de prosperidad financiera, sino de realización personal, emocional. Una tierra de promisión en la que reescribir la historia desde la tábula rasa, esta vez sin renglones torcidos. Uno más dubitativo, otro más determinado, Cookie y King-Lu trazan planes para rebelarse contra su condición, tejen en el techo de su cabaña sueños de futuro que giran alrededor de esa preciosa vaca jersey. Reichardt, que conoce el desenlace, contempla sus vicisitudes con embargada ternura. Con mimbres aparentemente frugales, sin necesidad de ningún énfasis artificioso, de ningún efectismo narrativo, recompone una historia profundamente conmovedora.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8,5.

El secreto de sus ojos

18 Nov

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Año: 2009.

Director: Juan José Campanella.

Reparto: Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella, Pablo Rago, Javier Godino, José Luis Gioia, Mario Alarcón, Mariano Argento, Carla Quevedo.

Tráiler

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          Alfred Hitchcock abogaba por desencorsetar la narración de las estrictas servidumbres de lógica en favor de buscar la emoción pura. No sé si, con esta afirmación, el maestro del suspense se refería exactamente a películas como El secreto de sus ojos, pero la ganadora del Óscar a la mejor película de habla no inglesa bien puede ajustarse a sus términos. Porque, en ella, la trama policíaca alrededor del asesinato y violación de una joven maestra ofrece una excusa atractiva, aunque enhebrada por un par de casualidades flagrantes -la identificación del sospechoso por medio de las fotos, su localización en el abarrotado estadio de Huracán, que no obstante entrega una poderosa escena de rastreo y persecución en plano secuencia-, para hablar, en el fondo, de la pérdida del amor.

Pero, a decir verdad, incluso estas casualidades, cuyo coqueteo con la inverosimilitud reconoce honestamente el propio guion, poseen perfecto sentido con lo que en realidad se cuenta, con ese melodrama de emociones cercenadas en unos tiempos violentos y miserables -una premisa, cabe reconocer, muy propia del superventas literario contemporáneo, con frecuencia repescado luego en formato de largometraje o serie-. Y es que el punto de vista de El secreto de sus ojos lo sirve un narrador que no es completamente fiable: se trata de un oficial del juzgado de instrucción de Buenos Aires que, de regreso del exilio en su propio país tras la jubilación, intenta recrear en palabras y sentimientos esa investigación y ese romance que condicionaron traumáticamente su existencia. La escena inicial es un vaporoso pedazo de memoria al que se pretende aprehender antes de que se esfume definitivamente, darle cuerpo para poder afrontarlo antes de que sea demasiado tarde. Es decir, que esa evocación también tiene algo de creación, de autoficción visceral, en la que se trazan reflejos y equivalencias entre la evolución del caso policíaco y la del romance entre el protagonista y su jefa de departamento, una mujer de otro rango profesional, otra clase social y con un compromiso matrimonial en la mano.

          Así pues, vinculado a este juego de paralelismos, se puede entender que asuntos como el de la mirada que se clava furtivamente en la amada en unas fotografías o encontrar la aguja en un pajar humano son una forma en la que el oficial Benjamín Espósito trata de transmitir sus sentimientos a flor de piel, de expresar lo que aún no sabe verbalizar. La entrega absoluta congelada en una imagen, la necesidad de perseguir e incluso, quizás, llegar a materializar lo imposible. “Lo único que nos queda son recuerdos… que al menos sean lindos”, reflexiona el viudo de la víctima. Con este argumento, el drama de El secreto de sus ojos queda canalizado en su desenlace hacia la enmienda del pasado, hacia el resarcimiento desesperado y postrero, con los personajes simultáneamente encuadrados entre rejas, atrapados en una vida que ha quedado sumida en la nada.

          El libreto, en el que Eduardo Sacheri adapta su propia novela junto al director, Juan José Campanella, está cuidado al detalle, pues, como se comentaba antes, hasta es consciente y reconoce sus potenciales abusos hacia la credulidad del espectador. El interés de los creadores recae sobre los personajes y sus relaciones, trazados con esmero tanto desde las soberbias frases que contienen los diálogos como por la tensión invisible que llena una atmósfera cargada de electricidad estática; de pasión y de melancolía. Elementos dramáticos que culminan a la perfección los actores encargados de interpretarlos. Por destacar los papeles principales -aunque secundarios como Mario Alarcón dejan también sonoras muestras de talento-, Ricardo Darín es un tipo creíble en prácticamente todos sus papeles, Soledad Villamil es conmovedora revelando los vibrantes secretos que esconden los ojos del título -es, inevitablemente, una película de miradas expresivas-; Guillermo Francella desborda rigor y carisma de auténtico robaplanos, y sobre el español Javier Godino leí en su día sorprendidos elogios desde Argentina por su emulación del acento de Chivilcoy.

La complejidad y la atención de la trama les pertenece fundamentalmente a ellos, por encima incluso de los terribles hechos con los que les bombardea una realidad hostil, despiadada, mezquina. Pertenece a sus emociones.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8,5.

Atrapado por su pasado

23 Sep

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Año: 1993.

Director: Brian de Palma.

Reparto: Al Pacino, Penelope Ann Miller, Sean Penn, James Rebhorn, John Leguizamo, Luis Guzmán, Joseph Siravo, Jorge Porcel, Frank Minucci, Viggo Mortensen, Ingrid Rogers, Jaime Sánchez, John Ortiz, Rick Aviles, Paul Mazursky.

Tráiler

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         Uno de los grandes temas del cine negro es esa noción de fatalismo, muchas veces ligada al influjo de la metrópoli como entorno opresivo y deshumanizador de la que es imposible desligarse, tanto personal -el abandono de la mala vida, la redención- como espacialmente -la huida de la ciudad-. Cinéfilo empedernido que adora hundirse en los códigos genéricos bien para rendirles tributo bien para remozarlos irónicamente, Brian de Palma asume esta idea para Atrapado por su pasado -retitulación española del Carlito’s Way original que lo explicita todavía más-, plasmándola a través de un comienzo in extremis que no solo pone las cartas sobre la mesa, sino que deja resuelta la partida sin posibilidad de enmienda. La gran baza de Atrapado por su pasado es hacer que esto no importe en absoluto. Que se olvide incluso. Que permanezca en trágico vilo la intriga sobre el destino de Carlito Brigante, que solo quiere que lo dejen en paz para alquilar coches en las Bahamas.

         La razón por la que De Palma consigue este objetivo es porque, a pesar de su adscripción en el thriller mafioso, el suspense de Atrapado por su pasado no es tanto criminal -que también, obviamente- como íntimo. Lo contrario, pues, a lo que ocurre en El precio del poder, a quien algunos, por su temática y por el carismático protagonismo de Al Pacino, consideran su antecesora espiritual -afirmación con la que discrepo-. La hiperexcitación de la una es la melancolía de la otra. Mientras que Tony Montana conquista a punta de pistola la cima del mundo, Carlito Brigante comparece arrastrado por una deriva de superviviente falsamente transformada en leyenda, peleando con uñas y dientes contra un entorno que condiciona, coarta y determina en buena medida sus opciones.

Es precisamente este errar mientras se trata de conducir el camino hacia el paraíso caribeño el que acumula una serie de incidentes que hostigan al protagonista, encadenándolo a ese sino funesto. No hay ascensos, Atrapado por su pasado es caída sobre caída. El código con el que Carlito intenta navegar estas turbulentas aguas es un mapa ya inservible después de sus cinco años en prisión, tras los que el barrio, la delincuencia y el país mismo se han tornado irreconocibles, haciendo de él un anacronismo caduco, lo que redobla la amenaza que se cierne en torno suyo y la vulnerabilidad que no logra contrarrestar el historial que le precede.

         En este contexto, la inmoral e inmisericorde violencia imperante en los alrededores de Carlito -que contaminan asimismo profesiones presuntamente respetables como la del abogado que encarna un Sean Penn con inusual cardado- contrasta con la emotividad y el romanticismo de las escenas románticas -la mirada cautiva bajo la lluvia, el encuentro en el apartamento-. Las contradicciones -la vieja escuela y el nuevo mundo; la voluntad de alejamiento de la delincuencia y la dependencia de las únicas vías de negocio que le están permitidos; las deudas y la liberación; Nueva York y las Bahamas; Kleinfeld y Gail- se van agolpando para acorralar y poner en jaque a Brigante.

Una angustia que reventará definitivamente en una persecución a pie por el East Harlem y la estación Grand Central que es un prodigio de habilidad en la dirección y de tensión narrativa. Allí donde había firmado un burdo homenaje en Los intocables de Eliot Ness, De Palma hace una demostración de talento rodando sin estridencias, con gusto clásico, al servicio del relato y de los personajes. Del sueño roto de Carlito, que solo quiere que lo dejen en paz para alquilar coches en las Bahamas.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 9.

Desmontando a Harry

3 Jul

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Año: 1997.

Director: Woody Allen.

Reparto: Woody Allen, Elisabeth Shue, Billy Crystal, Judy Davis, Amy Irving, Julia Louise-Dreyfus, Richard Benjamin, Kristie Allen, Demi Moore, Stanley Tucci, Tobey Maguire, Hazelle Goodman, Bob Balaban, Eric Lloyd, Caroline Aaron, Eric Bogosian, Shifra Lerer, Hy Anzell, Robin Williams, Julie Kavner, Mariel Hemingway, Tony Sirico, Jennifer Garner, Paul Giamatti.

Tráiler

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         Martin Scorsese sostenía acerca del cine de Ingmar Bergman que sus películas del eran una conversación consigo mismo. El esquivo autor escandinavo no escondía el peso autobiográfico y autoanalítico que sustentaba su obra. Woody Allen, devoto admirador y probablemente el más digno heredero del sueco, también emplea esa introspección para indagar en su inestabilidad emocional, su deriva amorosa, el sentido de su propia existencia. En Desmontando a Harry, el neoyorkino se apropia de las Fresas salvajes de Bergman para, a lo largo de un viaje por carretera y de un recorrido por la literatura del protagonista, viviseccionar la personalidad y las inquietudes de un hombre que vive a través de su obra, tal es su inadaptación a la vida. Aunque es evidente asimismo la influencia del de Federico Fellini y, siguiendo esta huella, en cierta manera podría considerársela una remodelación de su anterior Recuerdos.

         La confrontación entre la autoficción y la realidad de Harry Block depara un juego que, como señala el propio investigado, es tan triste como divertido. El de Desmontando a Harry es un retrato despiadado sobre un tipo tan hecho trizas como su camiseta interior, presa de un aterrador vacío afectivo que deriva en un aterrador bloqueo creativo. Allen expone la mezquindad con la que el personaje resuelve su hiperactividad sexual, castigada al obligarlo a ir rogando de forma lamentable que alguien le acompañe al homenaje que le rinde esa misma universidad que años atrás lo expulsó por inútil. Pero, por mor de la debida complejidad, también hace empatizable su desesperación frente el abismo y destaca su capacidad para transformar toda esta mierda privada en oro, en arte que puede incluso ser terapéutico para sus semejantes, bien como entretenimiento bien como herramienta para entender mejor la existencia.

         Allen rompe en parte con el sobrio clasicismo que suele caracterizar su gramática. Refleja la perspectiva fragmentada e inquieta del protagonista desde el montaje -los cortes, los flashbacks-, aunque sobresale especialmente, con gran sentido cómico, esa manifestación del mundo creativo de Harry Block mediante una puesta en escena cinematográfica. Es decir, la representación de la vida hecha representación de cine, con sus actores, su fantasía y, por supuesto, su innegociable subjetividad. Una traducción o más bien adaptación -e incluso sublimación- de la propia vida frente a la que el creador rinde cuentas literalmente, pues sus criaturas se alzan en rebeldía para replicarle. Y le replican tanto a Block -un escritor que plasma su biografía ligeramente disimulada- como a Allen, por tanto, pues las grandes motivaciones temáticas de sus obras son compartidas: los inexplicables deseos del corazón y el camino de rosas y espinas que arrastran tras ellos; el desasosiego ante un mundo agresivo y hostil; el temor hacia la mortalidad pese a una vida agridulce y desencantada; la búsqueda permanente de consuelo y realización…

         Puede que Desmontando a Harry sea una de las películas más afinadas de Allen. Es una crítica, afilada, profunda y honesta -a la par que ingeniosa e hilarante- exploración de un artista y su relación con la realidad y con su obra. Agridulce, rica en matices. Madura y contundente.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 9.

El golpe

24 Abr

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Año: 1973.

Director: George Roy Hill.

Reparto: Robert Redford, Paul Newman, Robert Shaw, Charles Durning, Eileen Brennan, Dimitra Arliss, Charles Dierkop, Ray Walston, Harold Gould, Dana Elcar, John Heffernan, Jack Kehoe, Robert Earl Jones.

Tráiler

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         El golpe ofrece todo lo que se le puede pedir a una gran producción del Hollywood de las estrellas. El glamour de dos astros plenos de fotogenia, una historia tan inteligente como divertida y una atmósfera atractiva y estimulante. Hasta con cierto aire de autohomenaje en esa apropiación del estilo visual de las películas de gángsteres de los años treinta, desde el logo de la Universal hasta las portadas de los capítulos, pasando por los recursos empleados para la transición entre escenas.

         Es decir, que El golpe es una película que invita al espectador a dejar atrás su grisácea vida cotidiana para viajar a través de los fotogramas a otra época y otro mundo, y participar así con dos pillos encantadores en el espectacular timo a un villano que, por violento y cruel, bien se lo tiene merecido. Esa hermandad de los buenos ladrones, constituida en industria seria, posee la fascinación que se desprende observar cómo unos especialistas hacen su trabajo de forma impecable. Con camaradería, con dignidad; valores que suscitan empatía frente a la brutalidad de ese irlandés que ni bebe, ni fuma ni va con mujeres. Humildes proletarios en un terrible contexto de Gran Depresión, en el que las promesas de prosperidad del país de las oportunidades han quedado desmentidas. Si acaso, solo puede aspirarse a ellas desde fuera de los cauces de este sistema que, al fin y al cabo, está igualmente amañado.

         Hay un sentimiento de entretenimiento en toda la trama que se reconoce abiertamente y se abraza. Los estafadores hablan de sus planes bajo el término ‘play’, que es el mismo que se utiliza tanto para definir el acto de jugar como las obras de teatro. Y es que, en el fondo, todo lo que hacen es un teatrillo, una representación. Tanto de cara al malvado Doyle Lonnegan como para el público al otro lado de la pantalla, a quien se puede decir que también le está reservado algún truco propio del oficio.

La belleza, el encanto y la química de Robert Redford y Paul Newman también está ahí para satisfacernos, para darnos el gusto -y, por qué no, para deslumbrar al igual que lo hace la ayudante de un mago-. George Roy Hill, clásico sin sacrificar el halo romanticismo, se entromete lo justo para afinar la orquesta y que todo suene bien. Sabe que no le corresponde demasiada cuota de protagonismo y se dedica a plasmar con perfecto saber hacer -elegante saber hacer- el relato. A gestionarlo con pulso, a que la tensión de la intriga quede bien distribuida y no decaiga nunca. A salvaguardar la autenticidad tanto del complot de los buenos como de la película que nos regalan.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,6.

Nota del blog: 9.

El apartamento

13 Abr

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Año: 1960.

Director: Billy Wilder.

Reparto: Jack Lemmon, Shirley MacLaine, Fred MacMurray, Jack Kruschen, Naomi Stevens, Ray Walston, David Lewis, Edie Adams, Hope Holiday, Frances Weintraub Lax, Johnny Seven.

Tráiler

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         En cierta escena, C.C. Baxter, un tipo que como mucho tiene derecho a apodo, Buddy, presenta su caso como una historia de náufragos. El único hombre vivo entre 8.042.783 neoyorkinos, una nómina entre 31.259 trabajadores, el número 861 de la sección W de la Premium Accounting Division, departamento de pólizas ordinarias, piso 19. El apartamento posee una crueldad kafkiana. Por momentos, a pesar de la chispa cómica que todo lo alumbra, su oscuridad llega a ser terrible. Billy Wilder aplasta a un empleado supernumerario en un edificio colosal, sentado en una sala con mesas que se extienden hasta el infinito, padeciendo tics automáticos como los que sufría Charles Chaplin en Tiempos modernos, desquiciado ya en su reducción a pieza de engranaje de la maquinaria fabril. El gran Leviatán no es el Estado omínodo, es el sistema económico donde nuestra categoría existencial se define como unidad de producción y agente de consumo.

         La deshumanización que reduce a Buddy a mera cifra se revela en la toxicidad de su entorno. La mayoría de las relaciones que se establecen en torno a esta empresa de seguros son de depredación, sin atención alguna a las cualidades personales del sujeto. Hay quienes se aprovechan y quienes son víctimas. Además, esta jerarquía vertical, medida en altura, se expresa asimismo en la dominación de la escena. Cuando aparece el señor Sheldrake, macho alfa de lomo plateado, los gallitos subordinados parecen arrugarse. No obstante, Buddy no es ajeno a este sistema podrido. Es más, participa en él con convicción, motivado por un afán de superación con el que aspira a escalar planta por planta hasta alcanzar el techo de los poderosos. A Buddy lo explotan, pero él también se autoexplota, dentro y fuera de la oficina. La humillación que se dibuja en El apartamento es doble, porque es impuesta pero a la vez autoinfligida. Pese a su aspecto común y su carácter apocado -o acaso por ello mismo-, diseñado para contagiar empatía de inmediato por ser uno de los nuestros, Buddy es un asqueroso arribista.

Aunque si la situación de Buddy es demoledora, la de la señorita Kublik es todavía más trágica, ya que, aparte de todo esto, ella, como mujer, es un bien de consumo. Un producto de ocio de usar y tirar. De hecho, la señorita Kublik sí es un personaje enteramente positivo, de moral íntegra aunque arrastrada por los suelos a causa de las malas elecciones sentimentales. El alquiler del piso de Buddy bien puede constituirse en metáfora de la prostitución, pero él lo asume voluntariamente dentro de una estrategia laboral trazada con mucha dedicación. En el caso de ella, recibir un simbólico billete de 100 dólares es la gota que colma el vaso, el elemento precipitante de unas medidas radicales. Que, a su vez, despertarán una reacción también radical en el adormecido Buddy.

         La descripción de El apartamento es la de un drama con todas las letras. Wilder hace de él una comedia deformándolo con diálogos y situaciones ingeniosas, con las que disecciona y eviscera los ritmos vitales de la sociedad. Las lágrimas brotan por la carcajada, si bien su gusto es profundamente amargo. La mueca en el rostro puede ser de risa o de llanto, indistintamente.

En este escenario tan ponzoñoso, expresado en rotundo blanco y negro, el maestro es capaz también de cultivar un romance delicado y frágil, y por todo ello especialmente hermoso. Aun por más que su materialización sea improbable, como saben perfectamente los propios protagonistas. “¿Por qué no me enamoro de alguien como usted?”, admite ella, cuya sonrisa angelical, cuya belleza etérea, está tiznada de tristeza. “Así son las cosas”, responde él, simpático, fiel, pero dolorosamente corriente. Gran analista de la condición humana, Wilder no lleva a engaños. Su comedia es una tragedia disimulada.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,4.

Nota del blog: 9.

Lost in Translation

8 Abr

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Año: 2003.

Directora: Sofia Coppola.

Reparto: Bill Murray, Scarlett Johansson, Giovanni Ribisi, Anna Faris, Catherine Lambert, Fumihiro Hayashi, Nancy Steiner.

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         Uno de los fenómenos más fascinantes del amor romántico, o al menos de sus manifestaciones más fulgurantes y eufóricas, es la conexión prácticamente instantánea que puede crearse entre dos personas. No es exactamente el flechazo, el amor a primera vista, sino el inesperado descubrimiento de una compenetración completa, detectada con una maravillosa naturalidad, que siembra esperanzas crecientes acerca de una posible realización física y espiritual compartida. Un fogonazo capaz de alumbrar cualquier oscuridad o, cuanto menos, de resaltar los colores de una vida que, en muchas ocasiones, amenaza con sumirse en un pozo de gris desidia.

Lost in Translation captura con sensibilidad y emoción ese resplandor momentáneo que, como las estrellas fugaces, deslumbra con una fuerza arrebatadora pese a estar inevitablemente condenado a apagarse con idéntica brevedad, puesto que lo extraordinario no tiene cabida en una existencia prácticamente programada, que se desarrolla encadenada a pautas y rutinas previsibles. Para ello, Sofia Coppola, que evoca en buena medida fantasmas pasados, diseña una película de podría ser de náufragos en el espacio. Los ojos de Bob y Charlotte, un actor en decadencia y una joven que no sabe a dónde encaminar un porvenir en los cimientos, empantanados pues en tierra de nadie y embarcados en una relación que sigue una trayectoria paralela de molicie y decepción, recorren un Tokio que se manifiesta como un planeta de otra galaxia. Hay esplendor en su exótica luminosidad, pero esta solo ilumina y subraya la soledad de los visitantes.

         A partir de ahí, Coppola cuenta un encuentro entre iguales, entre dos criaturas que muestran mil y una necesidades imposibles de colmar en el camino al que les conducen sus elecciones pretéritas. Curiosamente, aunque está firmada al completo por una mujer -de hecho, Coppola sería nominada en las categorías de producción, dirección y guion original, conquistando esta última-, Lost in Translation también tiene mucho de ese viejo tema del hombre maduro que recupera las energías de la juventud de los brazos de una joven inmaculada. Un buen culo bien puede dar un giro a una vida, como parece sugerir ese plano inicial inspirado en la fotografía de John Kacere.

Pero el relato pone en situación de igualdad a ambos personajes, estrechados en un romance que apunta a lo platónico, hasta con cierta ingenuidad en ese tratamiento dulce de la relación. Él, de verbo ingenioso, expresa la tristeza mediante mordaz ironía; ella, de sonrisa vivificante, desborda en una dulzura que no halla receptor. Perfectos Bill Murray y Scarlett Johansson. El de Bob y Charlotte, a pesar de la electricidad que carga la atmósfera, no es un asunto carnal -vulgar e insatisfactorio, ya que no forma parte de estas necesidades planteadas, según puntualiza el devenir de los acontecimientos-. Pudoroso, es un asunto de miradas que se cruzan, de medias sonrisas que brotan, de confesiones en el insomnio.

         Entre fotogramas estilizados, dueños de un lirismo que coquetea con lo onírico por momentos, y con algunas escenas incluso cercanas al video musical -menos hechizantes-, Coppola induce sensaciones encontradas, en las que la turbadora revelación amorosa queda enclaustrada por la colisión con una melancolía que se palpa en la boca, en el alma. El descubrimiento está herido fatalmente por una despedida apenas aplazada. Pero, al fin y al cabo, ¿no están sentenciados a muerte todos los romances, hasta los más soberbios, por el simple desgaste o cualquier otra razón? ¿No han escuchado Perfect Day, que es la canción más triste de la historia hablando de una felicidad plena? Mejor sellar el secreto y guardarlo para siempre bajo la llave de un beso sincero y una promesa indescifrable.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

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