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Trenes rigurosamente vigilados

4 Dic

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Año: 1966.

Director: Jiří Menzel.

Reparto: Václav Neckář, Josef Somr, Vlastimil Brodský, Jitka Bendová, Vladimír Valenta, Jitka Zelenohorská, Libuše Havelková, Naďa Urbánková, Jiří Menzel.

Filme

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         Bohumil Hrabal murió a los 82 años tras caer de un quinto piso cuando estaba dando de comer a las palomas. Nunca pudo aclararse si se trató de un accidente o de un suicidio, pero el suceso bien podría definir el sentido del humor que caracteriza su obra literaria, en la que lo absurdo se encuentra con lo trágico en mitad de la vida cotidiana de unas personas perfectamente corrientes y molientes.

Ni siquiera podrá alterar esta constante la ocupación nazi de Checoslovaquia durante la Segunda Guerra Mundial, telón de fondo de Trenes rigurosamente vigilados, probablemente su novela más popular gracias al Óscar a la mejor película extranjera que cosechó su adaptación al cine, llevada a cabo por Jiří Menzel, un cineasta que entregaba aquí su primer largometraje y que, precisamente, hará del corpus del escritor moravo una de las piedras angulares de su filmografía -su segmento anterior de Las perlas del fondo del agua, Alondras en el alambre, Tijeretazos, La fiesta de las campanillas verdes, Yo serví al rey de Inglaterra-. El propio Hrabal colaborará estrechamente en la confección del libreto.

         Un beso sin consumar a los pies de los raíles, mientras el tren aleja los labios de la amada, bien sirve para sintetizar las inquietudes que azoran la mente del joven Miloš, aprendiz de guardavía y heredero de una estirpe de vagos redomados. Este es el improbable héroe que protagoniza Trenes rigurosamente vigilados, una comedia de tiempos de guerra -en concreto, en los de la “estratégica” y “excelente” retirada de los ejércitos alemanes que ya huelen la derrota- y en la que uno parece encontrarse de improviso con el espíritu de Luis García Berlanga, aunque extrañamente pasmado por una turbación erótica adolescente no resuelta, en mitad de un decorado casi desgajado del tiempo y el espacio, casi surrealista, pero que sin embargo recorren unos convoyes que van de un lado a otro de la masacre. Es una atmósfera extraña, a veces como de duermevela, sumergida en una obnubilación en blanco y negro.

         Porque, en realidad, el sexo es la fuerza alrededor de la cual gravitan sus pintorescos personajes, sin distinción de género -sorprende hoy la sana igualdad con la que hombres y mujeres experimentan las calenturas de la carne-. El texto vierte sobre ellos un humor afilado y entrañable que, a la postre, desnuda la insensatez y el ridículo de la barbarie. En un relato con semejante trasfondo de resistencia contra el monstruo, los momentos más solemnes se conceden a la ‘coronación’ con el gorro del uniforme del chaval, tremendamente comprensible en su vulgar zozobra romántica, y a su primera consecución con éxito de la misión. Al igual que la guerra, la épica, por más que sea la del bando de los buenos, no tiene sentido.

La humanidad de Trenes rigurosamente vigilados, sutil y profunda tras su engañoso y subversivo desenfado, revela al individuo común como víctima de los inmisericordes y esperpénticos acontecimientos históricos, movidos si acaso por absolutos botarates con ansia de vana gloria.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 9.

Magnolia

29 Jul

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Año: 1999.

Director: Paul Thomas Anderson.

Reparto: Tom Cruise, John C. ReillyMelora Walters, Philip Baker Hall, William H. Macy, Jeremy Blackman, Jason Robards, Julianne Moore, Philip Seymour Hoffman, Emmanuel Johnson, Melinda Dillon, April Grace, Henry Gibson, Michael Bowen, Alfred Molina, Michael Murphy, Luis Guzmán, Ricky Jay.

Tráiler

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          Si Lawrence de Arabia es el ejemplo del cine épico convertido en cine intimista, se podría situar a Magnolia como ejemplo de cine intimista resuelto a escala épica, plagas bíblicas -la lluvia, las ranas- incluidas. Y citas tomadas de las sagradas escrituras acerca de castigos heredados y el mal compartido en la sangre.

En Boogie Nights, Paul Thomas Anderson ya había demostrado su talento para desplegar el fresco social de todo un periodo a través de una intrincada galería de personajes y situaciones entrelazadas, tanto en el fondo como en la forma -los movimientos de cámara ejemplificados en poderosos planos secuencias, el uso de la steady cam para seguir sus recorridos cruzados-. Magnolia eleva este entremado a la enésima potencia para retratar el desgarro de la sociedad del cambio de siglo, concentrada en Los Ángeles -y en buena medida en torno al Magnolia Boulevard-, y sintetizada en un ramillete historias que parecen encadenadas entre sí por el azar, cuando en realidad poseen mimbres comunes a partir de un concepto problemático de la familia, así como de la culpa, de la frustración y de los trastornos del afecto asociados, con sus múltiples manifestaciones. El cáncer que extiende su metástasis en las entrañas de la comunidad, pudriendo su interior oculto con escasas opciones de esperanza -el perdón, el amor-.

Es de suponer que el cineasta, que tenía a su padre postrado en el lecho mortuorio por esta enfermedad -al igual que ocurre con el patriarca alrededor del cual se diría que orbita todo pese a la inmovilidad de este-, vuelca una importante carga personal en la concepción de un drama que mira tanto desde la perspectiva del hijo como de la de aquel que salda su balance existencial al término del camino.

          Tres ejemplos sobre terribles o sarcásticas coincidencias abren el filme para asentar las bases de la narración por venir, del tono de la función y, por qué no, para contribuir a la suspensión de la incredulidad, dado el ejercicio de equilibrismo que entraña la composición del libreto, armado igualmente por Anderson. Pero, luego, es realmente la gramática visual la trabaja para proporcionar cohesión, coherencia y credibilidad a esta coralidad de ramales -más allá de señales, signos y detalles que aparecen dispersos, y por fortuna sin caer en el subrayado-.

Además del soberbio montaje y de la fluidez de los planos y del tempo de las escenas -ajustadas en su aceleración o reposo a la naturaleza del personaje y su estado psicológico-, la música cobra una importancia capital. La banda sonora -y en ocasiones también el silencio, en un recurso de oposición- ejerce de hilo conductor de los relatos, enhebrándolos entre sí, incluso superpuesta a la música diegética –la comunión literal con el Wise Up de Aimee Mann quizás ya sea rizar el rizo, aunque no desentona dentro de este relato donde puntean notas que, desde esa discusión entre casualidad y predestinación, juegan con una nota sobrenatural-.

Esta conjunción de narración textual y visual -el cine, en definitiva- ubica a los protagonistas al borde del desastre, compartiendo un contexto de enorme tensión emocional. El estrés creciente del concurso también puja en esta dirección, guiando el drama al completo incluso hacia una auténtica tragedia en directo -donde brilla la extraordinaria interpretación de Philip Baker Hall-.

          El más difícil todavía, pues, encumbraría a Anderson.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 9.

Espartaco

4 Jul

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Año: 1960.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Kirk Douglass, Jean Simmons, Laurence Olivier, Charles Laughton, Tony Curtis, John Gavin, Peter Ustinov, John Ireland, Nick Dennis, John Dall, Herbert Lom, Woody Strode, John McGraw.

Tráiler

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          Una de las claves de las obras maestras pasan por contar con gran guionista debidamente motivado. Espartaco es una historia de rebelión contra la tiranía. Aparentemente la del esclavo tracio que se reivindica como ser humano, pero también la de una producción que clama por que ya basta de caza de brujas. Que muera la opresión política del macarthismo, plasmada particularmente en unas listas negras en las que figuraba, entre otros, el nombre de Dalton Trumbo, parte del prominente grupo etiquetado como ‘los diez de Hollywood‘.

Espartaco es un vibrante espectáculo político que adapta los eventos de la tercera guerra servil y el declinar de la república romana hacia la dictadura y el imperio para mimetizar las virulentas pulsiones anidadas en los propios Estados Unidos, donde la paranoia anticomunista de los años cincuenta iba a encontrar pronta sucesión en unos profundos conflictos protagonizados por unas minorías étnicas víctimas de la desestructuración social del país. Es decir, que estamos ante una película que mira al pasado para retratar el presente y, en consecuencia, convierte su relato en universal, en atemporal. Un reflejo hiriente de las eternas tensiones entre el estamento privilegiado y la mayoría desamparada.

          Dos vertientes confluyen en la narración: el alzamiento libertador del esclavo y las urdidumbres políticas en el Senado de Roma entre optimates y populares. Ambas se complementan y compaginan a la perfección, dotando de complejidad a la épica. Los personajes, las relaciones de poder y enfrentamiento entre ellos, y las tramas que los implican están construidos con solidez, con rotundidad. El segundo ramal es especialmente fascinante, y contiene las mejores perlas del inspirado libreto de Trumbo, puesto que ahí es donde se vierte especialmente esa composición alegórica sobre el escenario estadounidense de Guerra Fría y sus vergüenzas. La rabia del guionista se amalgama con su capacidad incisiva para conformar un conjunto poderoso, tan turbulento como agudo.

          Stanley Kubrick, que repudiaría el filme por su escaso control de los elementos de la producción, consideraría que los resultados de Espartaco eran demasiado moralizantes, con un protagonista en exceso mitificado. Por su parte, Kirk Douglas, hombre clave del proyecto, restaurador de Trumbo y ciudadano de conciencia, también chocaría violentamente con el conocido perfeccionismo dominante del cineasta, a pesar de que él mismo, con el grato recuerdo de Senderos de gloria, lo había sugerido para la dirección después de que Anthony Mann se cayera del rodaje poco después de grabar apenas unas escenas, debido, según confesiones de la estrella principal, a su docilidad frente al resto de luminarias de un reparto de excepción, dotado de una extraordinaria intensidad interpretativa.

Quizás de este carácter de encargo procede una mirada más clásica que de costumbre en el autor neoyorkino, que dedica atención a la intimidad y a la ternura, recogiendo con cariño y hermosura ese retrato humano sobre el que se levanta la revolución de Espartaco, que es una revolución fundamentalmente movida por el amor -es significativo que la chispa que definitivamente prenda la mecha sea el rapto del ser amado-. Irrumpen asimismo sus pinturas épicas del líder, con su silueta cortada en contrapicado contra unas nubes que presagian negra tormenta. No obstante, de nuevo este queda rebajado a su condición de hombre, de individuo, mediante recursos expresivos como el empleo de su punto de vista, acompañado de un desasosegante uso del fuera de campo -paradójica y acertadamente opuesto al show sangriento-, para manifestar la triste inquietud que precede al duelo de gladiadores. Su tragedia, de este modo, va convirtiéndose en la nuestra. En ese relato universal, atemporal.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 9.

Un profeta

10 Jun

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Año: 2009.

Director: Jacques Audiard.

Reparto: Tahar Rahim, Niels Arestrup, Adel Bencherif, Hichem Yacoubi, Reda Kateb, Jean-Philippe Ricci, Gilles Cohen, Pierre Leccia, Jean-Emmanuel Pagni, Slimane Daci, Taha Lemaici, Mohamed Makhtoumi, Frederic Graziani, Leïla Bekhti.

Tráiler

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         Las convulsas relaciones paternofiliales ofrecen una de las claves del cine de Jacques Audiard, al menos hasta la película aquí comentada. Están presentes en Mira a los hombres caer, Un héroe muy discreto, De latir mi corazón se ha parado e incluso, colateralmente, en Lee mis labios. También formará parte del fondo dramático de la reciente Los hermanos Sisters. En Un profeta, esta sombra planea sobre los vínculos que se establecen entre un joven de origen magrebí carente de cualquier tipo de raigambre familiar y el veterano gángster corso que rige los asuntos de la prisión con implacable mano de hierro.

De este modo, la historia tradicional del ascenso criminal de un joven aspirante -aquí ambientado entre rejas- se entrevera con esta tragedia íntima de maduración y rivalidad, que puede interpretarse hasta desde una perspectiva mitológica -bien en su consabido simbolismo freudiano, bien en su lectura hollywodiense, al estilo de Ha nacido una estrella– o igualmente desde una perspectiva social -las transformaciones en la composición étnica que convierten a la Francia contemporánea en un país volátil por su crisis de identidad o sus notorias corrientes de desarraigo-.

         Audiard filma los avatares en prisión del bisoño Malik desde un verismo nervudo, de una contención explosiva, que se combina en un plano casi de igualdad con la manifestación de los conflictos espirituales que atraviesa el protagonista, materializados estos principalmente en representaciones fantasmagóricas, además de por incursiones en lo onírico y el empleo de puntos de vista truncados por la sombra y el desconcierto. La música sirve asimismo para delimitar los estados de ánimo sin perjuicio de este estilo naturalista con el que se plasman los círculos de poder y sometimiento que rigen la vida en el encierro, así como su extensión en el exterior de la penitenciaria, en una sociedad francesa donde se duplican estos resortes de conflictividad racial y violencia.

         En definitiva, Un profeta no solo maneja con soltura los códigos clásicos del género, sino que también consigue revalidarlos con personalidad y fuerza, a pesar de que acuda de vez en cuando a recursos bastante manidos como determinados pasajes de la banda sonora o el uso de las sobreimpresiones. El retrato psicológico de los personajes está elaborado con rotundidad y soportado con potencia tanto por Tahar Rahim como, en especial, por un imponente Niels Arestrup, mientras que, en paralelo, la bulliciosa colección de acciones que contiene el relato y el pulso narrativo que le imprime Audiard hacen que la película sea realmente entretenida de ver.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8,5.

Paisà (Camarada)

12 Abr

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Año: 1946.

Director: Roberto Rossellini.

Reparto: Carmela Sazio, Robert van Loon, Dots Johnson, Alfonsino Pasca, Maria Michi, Joseph Garland Moore Jr., Harriet Medin, Renzo Avanzo, William Tubbs, Newell Jones, Elmer Feldman, Dale Edmonds, Roberto Van Loel, Cigolani.

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         Tras la ocupación; la liberación. “La historia del cine se divide en dos partes: antes y después de Roma, ciudad abierta“, proclamaba Otto Preminger. Pero Roma, ciudad abierta era solo el primero de los tres episodios en los que Roberto Rossellini filmaba la crónica humana del horror más aberrante jamás experimentado por la civilización.

El segundo es Paisà (Camarada), que reconstruye el avance de las tropas aliadas por Italia a través, por su parte, de seis episodios ordenados geográfica y cronológicamente -Sicilia, Nápoles, Roma, Florencia, los Apeninos Septentrionales, el delta del Po-. Solo en el último de ellos aparece un enfrentamiento bélico en sentido estricto, y es una escaramuza que no dejará letra alguna en los libros de historia, rodada sin apenas lograr aliento épico y que, para más inri, concluye con una derrota. La última bala de una guerra es siempre la más absurda, como sancionaba Samuel Fuller, combatiente en esta misma Segunda Guerra Mundial, en Uno rojo, división de choque.

         Por contradictorio que parezca, las historias que recoge Paisà parecen dominadas por la voluntad del encuentro en mitad de la barbarie, expresión de la resistencia de los valores universales del ser humano. El lechero que trata de hacerse entender con la muchacha que lo guía; la extraña amistad entre un soldado y un niño buscavidas; el romance cercenado por la despiadada necesidad de posguerra; la enfermera extranjera en busca del héroe etéreo que vivía en sus recuerdos; la reunión entre confesiones en un anómalo remanso de paz; la comunión de unas fuerzas heterogéneas que libran la batalla en defensa de unos mismos ideales y del sacrificio definitivo.

Son las corrientes optimistas que colisionan brutalmente contra la negrura de un filme doliente y desgarrado. Contra el fatalismo que se cierne sobre toda esperanza de amor; contra la violencia cainita e irracional que devora el país; contra la miseria y la muerte que trae consigo toda guerra.

        Son relatos de una total coherencia y un extraordinario equilibrio, expresados con una tajante y respetuosa austeridad que no es óbice para arrojar escenas absolutamente terribles, con una madurez reflexiva que huye del efectismo ternurista para entregar retratos auténticos, veraces y, por ello, todavía más conmovedores. Ejemplo meridiano es su mirada hacia el huérfano trágico, siempre fiel a la naturaleza del personaje, adulto a destiempo y a la fuerza, al que no se edulcora para convertirlo en un mendigo de lágrimas.

Rossellini observa, reflexiona y muestra. Y es la cercanía a la verdad que alcanzan sus imágenes la que propulsa las emociones, como propugnaban los cánones de ese Neorrealismo que, desde un punto de vista tan cinematográfico como moral, rastreaba por entonces la regeneración de una Italia hundida en una ruina material y espiritual.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8,5.

Un lugar en el mundo

15 Mar

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Año: 1992.

Director: Adolfo Aristarain.

Reparto: Gastón Batyi, Federico Luppi, Cecilia Roth, José Sacristán, Leonor Benedetto, Lorena del Río, Hugo Arana, Rodolfo Ranni, Santiago Chade.

Tráiler

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         Un lugar en el mundo es un recuerdo elegíaco. En él, Adolfo Aristarain, cineasta de firmes convicciones de izquierdas, demostradas a lo largo de su filmografía, le canta al idealismo como fundamento de la existencia, como material con el que se construye verdaderamente el hogar y el arraigo; como llamada a la resistencia en una guerra perdida de antemano, y desde hace siglos, pero en la que todavía cabe el último orgullo de plantar cara y ganar al menos una batalla.

         Construida desde el recuerdo de un hombre que atraviesa la inevitable crisis vital de constatarse adulto sin motivaciones ni rumbo aparente, es una memoria de juventud que se ancla en un pasado que, no obstante, ya está herido de agonía, con un compromiso políticosocial arrinconado a cultazos de fusil en un recóndito enclave de Argentina donde el progreso solo pasará, literalmente, por encima de una tierra pobre a eternidad. Abundan los símbolos de este declive y esta marginalidad sin remedio: la bandera desvaída, el cura que no llega, el niño que nace muerto. De igual manera que el guion desliza detalles pesimistas acerca de la recuperación de la conciencia de izquierdas en un universo diseñado para el disfrute de los diestros.

Un lugar en el mundo es, pues, la crónica de otra derrota, de otro fin de la utopía. Esta, observada por los ojos de un adolescente que aún ni siquiera ha tenido voto en esta lucha incesante y desigual, y que contempla cómo sus padres -un maestro y una médica regresados al país y turistas en su propio territorio después de su exilio por la dictadura militar- encarnan una tragedia familiar que es al mismo tiempo nacional y que no está en absoluto cicatrizada.

         El filme posee tintes de un relato de maduración y despertar, en el que el influjo idealista de los progenitores encuentra el contrapunto de desencanto cínico en un carismático geólogo español que representa un punto de inflexión en este poblacho dejado de la mano de Dios en la provincia de San Luis. El argumento, por tanto, enfrenta estos primeros pasos de acción del joven frente a la huella de la decepción y el desaliento de sus mayores, pero también de su fortaleza moral y de su dignidad inalienable. Ante la mirada del chaval, los antagonismos son constantes y problemáticos: el poder y los parias; la derecha y la izquierda; los ilustrados y los analfabetos; el entorno urbano y el medio rural… De todos ellos surge la exigencia de tomar partido, una cuestión intrínseca al desarrollo ético y sentimental que experimenta el protagonista en este invierno decisivo de su vida, fijado como un hito en su trayectoria existencial al que deberá volver para reencontrase consigo mismo y para retomar con entereza su camino.

         Esta acertada, matizada y equilibrada combinación entre contenido político y drama íntimo, expuesta con notable sentido narrativo y reforzada por las impecables prestaciones de un reparto cuajado de actores de categoría, permite que la película se aleje del discurso y se adentre en una amplia gama de emociones complejas, conflictivas y reflexivas.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8,5.

Solo ante el peligro

1 Feb

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Año: 1952.

Director: Fred Zinnemann.

Reparto: Gary Cooper, Grace Kelly, Katy Jurado, Thomas Mitchell, Lloyd Bridges, Lon Chaney Jr., Otto Kruger, Henry Morgan, Howland Chamberlain, Larry J. Blake, Robert J. Wilke, Sheb Wooley, Lee Van Cleef, Ian MacDonald.

Tráiler

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          Solo ante el peligro es la cosa más antiamericana que he visto en mi vida”, declararía John Wayne, indignado con que el protagonista de la película, sheriff de un poblacho dejado de la mano de Dios, se pasase todo el metraje caminando apurado de un lado a otro en busca de ayuda contra el malvado que llegará en el tren del mediodía a Hadleyville. Irritado por el simbólico cierre del filme, añadiría que incluso no sentía remordimiento alguno por que el guionista, Carl Foreman, hubiera tenido que irse de los Estados Unidos bajo el peso de las persecuciones anticomunistas lideradas por el senador Joseph McCarthy.

En la década de los cincuenta, sobre todo en su primera mitad, los Estados Unidos se miraban en el espejo y no les gustaba el reflejo que veían. La oscuridad política y moral de la caza de brujas, envuelta en el insoportable e insostenible Temor rojo, sembraba dudas en la identidad nacional del presunto adalid del mundo libre. Ese conflicto en la propicepción se trasladaba irremisiblemente hacia la mitología fundacional del país, hacia el relato épico de su construcción por medio de la voluntad del individuo honesto y sacrificado, que se impone frente a la hostilidad de la naturaleza salvaje y de sus moradores incivilizados. El western quedaba así herido de gravedad, atravesado por una corriente psicológica que explotaba los dilemas interiores de los personajes, las rugosidades de su motivación o la fragilidad de sus arquetipos, desde el más honorable al más despiadado.

          El sheriff Will Kane deambula azorado por las calles del pueblo, con el rostro cada vez más sudoroso y envejecido y el aliento más entrecortado, mientras el tic tac de los relojes, presentes en cada pared como una sentencia de muerte inapelable, apremian su desesperación. Solo ante el peligro es la enseña absoluta de este periodo en el que el ciudadano podía quedar desguarnecido de todo derecho ante una simple acusación infundada que lo condenase al escarnio y el ostracismo. Doliente y pesimista, su alegórico discurso se apoya en la cita histórica, propia y ajena, para examinar el comportamiento de la persona corriente cuando le acecha la responsabilidad moral de actuar en un contexto adverso y, además, cuando queda cobijado en la masa informe que da cabida a sus instintos de supervivencia más primarios, disfrazados bajo coartadas de cualquier tipo. El duelo en el que se bate el sheriff Kane, que ni siquiera es oficialmente el dueño de la placa que respalda su autoridad, es contra sus convecinos, que esgrimen como arma el interés egoísta, el pavor cerval, el resentimiento enquistado, la mezquindad pura, la insidia desacreditadora…

          Este tratado acerca del comportamiento colectivo de una comunidad humana se conserva vigente, pues como señalan sus referencias históricas se trata de una moneda común en tiempos de crisis moral y social, como puede ser este terminar de la segunda década del siglo, marcado por la reconcentración nacionalista bajo el ala de la extrema derecha más clasista, racista y xenófoba. Pero también arroja otro aliciente para el análisis contemporáneo, por su igual permanencia en el debate público, como es la perniciosa influencia que los tópicos machistas, consolidados por la tradición cultural común, tienen igualmente sobre el hombre. “Sí, quizás tenga miedo”, admite el sheriff Kane en una confesión aún insólita en un personaje de semejante naturaleza. El líder que siente el peso de las circunstancias y que puede verse doblegado ante ellas, que ha de apoyarse en el otro, en la empatía del prójimo. El héroe que no es imperturbable, ni siempre puede ponerse por encima de los acontecimientos que arrasan a los cualquiera. La continuidad de esta idea será literal en ese Tony Soprano que se desmorona en un ataque de ansiedad frente al inexorable agotarse del tiempo y de la vida, simbolizado por los patos que emigran, mientras se pregunta dónde ha quedado el tipo fuerte y silencioso que asumía sus problemas sin exteriorizarlos, como los vaqueros de Gary Cooper, decía precisamente.

          El tiempo es el que imprime una cadencia sostenida e incesante a la intriga, que se construye no solo por la amenaza que se aproxima, sino también por la soga de socorro que se aleja de la mano, cercenada incluso por quienes habrían de sostenerla. Las agujas avanzan prácticamente en tiempo real, la  melodía de Dimitri Tiomkin marca un compás de pesaroso fatalismo y el montaje de Elmo Williams espolea el relato con precisión. La cobardía del sheriff no es completa como la del Lord Jim de Joseph Conrad -uno de los nuestros-, pues se sostiene en pie hasta que le alcance un destino que se presume funesto, ya que un verdadero hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Aunque esta resistencia es más ética que viril, al estilo por ejemplo del Henry Fonda de otro emblema del periodo como Doce hombres sin piedad. Y, de nuevo, la conclusión que encolerizaba a John Wayne advierte de que cualquier redención que pueda leerse de las acciones del desenlace es equívoca o, cuanto menos, dudosa.

          Unos años después, Wayne se uniría a Howard Hawks, otro indignado por Solo ante el peligro, para rodar una especie de versión del argumento desde su propio punto de vista: Río Bravo.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 9.

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