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Celda 211

18 Mar

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Año: 2009.

Director: Daniel Monzón.

Reparto: Alberto Ammann, Luis Tosar, Marta Etura, Antonio Resines, Carlos Bardem, Vicente Romero, Manuel Morón, Manolo Solo, Fernando Soto, Luis Zahera, Patxi Bisquert, Josean Bengoetxea, Anartz Zuazua, Jesús Carroza, Antonio Durán ‘Morris’, Xosé Manuel Olveira ‘Pico’.

Tráiler

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         Durante la última década parece haber florecido en la industria española del cine un tipo de película comercial que, desinhibida y con generoso apoyo de producción, no duda en asaltar la espectacularidad de los modelos hollywoodienses. Lo imposible sería el ejemplo perfecto de la emulación de los códigos y las fórmulas estadounidenses, a veces con reparto internacional incorporado. Aunque, haciendo el repaso con manga ancha, también podría incluirse aquí el interesante cine negro de Enrique Urbizu o Alberto Rodríguez, el cual exhibe una personalidad propia, arraigada a la tierra de origen.

         Celda 211 se adentra en el subgénero de los filmes carcelarios desde esta rotundidad y este desparpajo. El arranque, no obstante, demuestra oído y talento en el diálogo y la ambientación para que esta apropiación ibérica no desafine. Esta clase de producciones corre siempre el riesgo de que le ocurra como a los programas de la TDT que adaptan formatos americanos: situaciones y personalidades que en una tienda de empeños de Las Vegas suenan mínimamente creíbles solo por tratarse territorio peliculero, en otra de Las Rozas chirrían por todas partes.

Gran parte del mérito recae precisamente en el carisma de Malamadre como personaje principal. La presencia y la credibilidad de Luis Tosar como antihéroe de correccional es tan arrolladora como las venas que se le marcan en el cuello.

         De hecho, Celda 211 resulta mucho mejor thriller cuando ‘es’ Malamadre -violento y directo sin contemplaciones- y no Calzones, el funcionario que, recién llegado a la prisión, ha de hacerse pasar por presidiario para sobrevivir al motín que le ha pillado en el peor lugar en el peor momento, y con el que el argentino Alberto Ammann construye una interpretación más tópica. Porque el punto de giro que proporciona una excusa melodramática mal traída deforma una película sabrosa y contundente, con una encomiable selección de fisionomías y ambientes, en un drama mediocre donde además, a partir de la insinuación de que cualquier ciudadano está a solo un mal día de cruzar la frontera y convertirse en recluso, desliza una especie de ramplona denuncia social contra un sistema penitenciario que en absoluto pretende la deseable rehabilitación del reo, sino que ejerce de brazo ejecutor de un procedimiento estrictamente punitivo y vengativo.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 6,5.

El americano impasible

24 Feb

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Año: 2002.

Director: Phillip Noyce.

Reparto: Michael Caine, Brendan Fraser, Do Thi Hai Yen, Tzi Ma, Pham Thi Mai Hoa, Holmes Osborne, Robert Stanton, Quang Hai, Ferdinand Hoang, Rade Serbedzija, Mathias Mlekuz.

Tráiler

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         La llegada a las salas de El americano impasible se retrasó varios meses, e incluso estuvo cerca de pasar directamente al mercado doméstico, debido a que la productora, Miramax, temía que su argumento pudiera percibirse como “antipatriótico” en unos Estados Unidos traumatizados por los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Azares de la política internacional, su lanzamiento, finalmente, también estuvo a meses de coincidir con la invasión de Irak. No fueron pocos los que se trazaron comparaciones entre las estrategias del agente de la CIA de la película y las operaciones del país en Oriente Medio.

El americano tranquilo, un hombre de modales educados que pasea por el mundo con la bandera de su idealismo por delante, aparece en la plaza de Saigón donde se acaba de producir una terrible masacre. Observa los resultados de las bombas, detecta la huella de la sangre en sus zapatos y en su impecable traje blanco, se limpia y comienza a dar instrucciones a un subordinado. En la siguiente escena, la mancha de sangre permanece, indeleble, en la pernera de su pantalón. Daños colaterales. La versión de Phillip Noyce, con Christopher Hampton en el guion, devuelve la dimensión política al personaje diseñado por Graham Greene en su novela, y del que había sido lamentablemente despojado en la discreta adaptación que en 1958, apenas tres años después de su publicación, había estrenado Joseph L. Mankiewicz. Asimismo, la fidelidad al texto original no está reñida con la ampliación de su arco de acontecimientos casi una década más allá, puesto que, con ello, se plasma el devenir de los acontecimientos que ya podía vislumbrarse en ella.

         Así las cosas, el relato recobra la turbiedad moral propia del mundo del espionaje que retrata Greene, siempre con el peso de su bagaje personal. No solo por ese individuo de dos caras que pugna por abrir una tercera vía en Indochina entre la decadente Francia colonial y el emergente nacionalismo con injerencias comunistas que lideraba Ho Chi Minh desde el norte. También por la figura llena de arrugas y dobleces del reportero británico que, huido de Inglaterra quién sabe por qué motivos, se encuentra afincado en la capital asiática amancebado con una muchacha local. Cínico y descreído, representa en cierta manera una metáfora de ese viejo mundo imperialista que parasita los placeres exóticos y la juventud de allí donde para. Michael Caine hace maravillas con este periodista que, cuando decide dejar de mantenerse cómodamente al margen de todo, lo hace por motivos y con procedimientos en absoluto limpios.

         Es, por tanto, un duelo complejo el que se establece entre ambos caracteres, así como el que mantienen ellos mismos con sus luces y sus sombras. Noyce lo plasma con una formulación clasicista -incluso con algún tópico, como la forma en la que se expone la conspiración-, quizás por la influencia que podrían tener desde la producción Sydney Pollack y Anthony Minghella, que como directores habían firmado sendas cintas de aventuras, Memorias de África y El paciente inglés, que cumplían con este mismo patrón estético y estilístico.

La decisión, que también es capaz de entregar escenas de una tensión muy bien construida, permite que la narración desarrolle en todo momento los dilemas y resoluciones de los personajes -que, siguiendo con las lecturas alegóricas, emparejan hábil y poderosamente lo político con lo íntimo; el opio, el amor y la guerra que aparece en la presentación-; parte directa de un contexto histórico igual de convulso y tortuoso. La fotografía de Christopher Doyle, experto en filmar escenarios asiáticos con romanticismo, con Deseando Amar como cumbre, dota de textura a los fotogramas e invoca esa atmósfera colorista y sabrosa, pero brumosa y trágica, del Vietnam en dramática transformación de los años cincuenta y sesenta.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7,5.

Volver

28 Dic

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Año: 2006.

Director: Pedro Almodóvar.

Reparto: Penélope Cruz, Yohana Cobo, Carmen Maura, Lola Dueñas, Blanca Portillo, Leandro Rivera, María Isabel Díaz Lago, Neus Sanz, Pepa Aniorte, Antonio de la Torre, Carlos Blanco, Yolanda Díaz, Chus Lampreave.

Tráiler

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        En La flor de mi secreto, la protagonista escribe una novela en la que una mujer esconde el cadáver de su marido en un arcón congelador. En La mala educación, un cartel informa del protagonismo de Carmen Maura en una película ficticia titulada La abuela fantasma. Volver llevaba tiempo fraguándose en la mente de Pedro Almodóvar y en ella vuelca, por supuesto, todas sus esencias existenciales y cinematográficas.

        Dos hermanas y la hija de una de ellas limpian la lápida de su madre y abuela, respectivamente. En este pueblo de La Mancha, azotado por el inclemente viento solano y donde la muerte convive con la vida como costumbre arraigada, tres generaciones se encuentran igualadas y encadenadas por una atroz tragedia que, sin embargo, se manifiesta con tono de comedia surrealista, lo que ensancha el espacio para que encaje sin problemas el tremendismo de su melodrama, fundido con total coherencia con el fiel costumbrismo, con las imágenes del recuerdo del autor, con esos besos estruendosos y esa jerga regional.

El negro luctuoso está reemplazado por el ardiente rojo. Como en Todo sobre mi madre, Almodóvar perfila los lazos femeninos y la sororidad compartida como vía más probable de poder romper el círculo que se repite una y otra vez a través de los siglos, de sanar definitivamente unas cicatrices nunca sanadas. A pesar de los secretos inconfesables, de las deudas y de los desconsuelos.

        Las interpretaciones terminan de potenciar la vida que el autor logra insuflar a sus fuertes personajes. La arrolladora Raimunda, hecha carne por una arrolladora Penélope Cruz, propulsa la narración. Almodóvar cita Bellisima, pero Cruz y Yohana Cobo paracen asemejarse incluso más a otra madre e hija inmersas en una batalla sin tregua, las de Dos mujeres. Es una madre coraje de otra época, en la que la belleza de la actriz es a la vez nostálgica y actual. Al igual que sus curvas, sus maneras, propias de tiempos del éxodo rural, parecen anacrónicas en los arrabales madrileños contemporáneos, con el claro contraste que ofrece su hija. Una fantasía rescatada del pasado e implantada en el presente, con cierto toque consciente. Idéntica, por tanto, a esa escena en la que el tiempo parece detenerse, transportada a otra dimensión con Cruz cantando el Volver de Carlos Gardel con la voz de Estrella Morente.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

Omagh

2 Dic

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Año: 2004.

Director: Pete Travis.

Reparto: Gerard McSorley, Michèle Forbes, Pauline Hutton, Fionna Glascott, Ian McElhinney, Alan Devlin, Stuart Graham, Kathy Kiera Clarke, Peter Ballance, Frankie McCafferty, Michael Liebmann, Brendan Coyle, Lorcan Cranitch, Brenda Fricker, Jonathan Ryan, Paul James Kelly.

Tráiler

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         Realizador más bien desapercibido hasta entonces, Paul Greengrass catapultaría su carrera después de que el docudrama Bloody Sunday (Domingo sangriento) cosechase el Oso de oro en Berlín, compartido con El viaje de Chihiro. Antiguo periodista, siempre interesado por la tragedia que se rastrea en turbulencias reales, Omagh es una película para televisión que bien podría componer un díptico con la anterior, pues registra, como indica su título, el atentado más sangriento del conflicto norirlandés, con el añadido de que ocurrió tras el Acuerdo del Viernes Santo, los cimientos de la paz en Irlanda del Norte -eso sí, en caso de que no se reaviven las hostilidades al calor del regreso del ultranacionalismo, manifestado a través del Brexit y el Nuevo Ira-.

         Aunque aquí firma el guion junto a Guy Hibbert, mientras que la dirección queda en manos de Pete Travis, la impronta del estilo de Greengrass es evidente en un dispositivo visual que posee la estética urgente y sin filtrar del documental, mediante la cual se capturan los hechos desde una aproximación a pie de calle en la que la cámara, como si se tratase de un personaje más sorprendido en el escenario, observa lo cotidiano -que puede ser tanto preparar un coche bomba como acercarse al centro de la ciudad a comprarse unos vaqueros-.

En consecuencia, predominan las composiciones de apariencia inmediata, los planos trabados, los enfoques de teleobjetivo. Un aspecto, este último, que en cierto modo puede comprometer el naturalismo puro del planteamiento, porque, al fin y al cabo, no deja de ser una huella de que hay detrás alguien presente, grabando, interfiriendo. Con todo, el manejo del ritmo del montaje, en aceleración progresiva, pausa y caos, resuelve con fuerza la plasmación del atentado, al mismo tiempo que las reacciones posteriores de los personajes, zarandeados por ese desconcierto, quedan cargadas de emoción.

         No obstante, estas formas dejarán de ser eficientes después de la transición de Omagh hacia un drama de estructura más tradicional. De hecho, el lenguaje empleado por Travis terminará por ser híbrido, contaminado por la progresiva utilización de una gramática más clásica, que incorpora incluso elipsis explicadas con intertítulos -es decir, recursos por completo artificiales-.

La mezcolanza no funciona demasiado bien en ese retrato de un trauma imposible de borrar, de las dificultades de pasar página, de la indefensión del ciudadano común frente a los intereses estatales y de la imposibilidad de la justicia en la barbarie -temas que recuerdan al cine de entornos bélicos de Senderos de gloria, Rey y patria o Consejo de guerra-. En cualquier caso no dejan de ser facetas interesantes e ilustrativas acerca de la turbiedad de las cloacas del Estado.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra!

28 Oct

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Año: 2008.

Director: Ben Stiller.

Reparto: Ben Stiller, Robert Downey Jr., Jack Black, Brandon T. Jackson, Jay Baruchel, Nick Nolte, Tom Cruise, Danny McBride, Steve Coogan, Bill Hader, Brandon Soo Hoo, Matthew McConaughey, Tobey Maguire, Jennifer Love Hewitt, Jon Voight, Jason Bateman, Lance Bass, Alicia Silverstone, Tyra Banks.

Tráiler

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           Hay dos vetas interesantes que surgen del humor satírico de Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra! La primera, la más obvia y predominante, es aquella en la que se realiza una burlona caricatura de Hollywood: desde sus tópicos peliculeros hasta los individuos que forman sus engranajes y que, gracias a ellos, adquieren un aura estelar que, sin embargo, contrasta con sus miserias humanas. La segunda es la que habla de la sociedad estadounidense, y que se puede extraer de la controversia generada por algunos golpes probablemente nada sutiles, pero sí bastante contundentes.

Durante la celebración de Halloween de 2018, Shaun White, triple medallista olímpico en una modalidad del snowboard, fue el centro de la polémica y tuvo que pedir disculpas por disfrazarse de Jack el Simple, el personaje con el que el protagonista de Tropic Thunder, típico héroe del cine acción, buscaba reciclar su carrera hacia papeles cazapremios, con el resultado de un rotundo fracaso de crítica y público. “Todo el mundo sabe que no hay que hacer de retrasado total”, le explicaba su compañero de reparto, ganador de cinco óscares, para aclararle cómo funcionan los gustos de la Academia norteamericana en cuanto a retratos de la discapacidad intelectual. Tal fue el revuelo con White, reprobado tanto por internautas como por entidades como por el comité de los paralímpicos estadounidenses, que incluso Ben Stiller tuvo que declarar que mantenía su disculpa por la película, ya boicoteada en su momento por idénticos motivos, y reiterar que la intención del gag “siempre fue la de burlarse de los actores que tratan de hacer lo que sea para ganar premios”.

En cambio, Tropic Thunder sí se llevó palmadas en la espalda en lo referente a la cuestión racial, centrada en ese reputadísimo actor de método australiano que profundiza tanto en sus roles que, en este caso, se somete a un tratamiento de pigmentación para meterse con mayor autoridad en la piel de un sargento afroamericano. Es, al tratarse de una parodia de esta parodia, uno de los pocos ejemplos considerados positivos del denominado ‘blackface’, esto es, blancos que interpretan negros pintándose la cara apropiándose de elementos ajenos que habitualmente despreciarían o perpetuando los correspondientes estereotipos.

           Pero Ben Stiller, que dirige Tropic Thunder y escribe su guion junto a Justin Theroux y Etan Cohen -no confundir con Ethan Coen, la importancia del orden de una letra muda-, también da muestras de inteligencia narrativa y sentido de la comicidad, como ocurre en la presentación de los personajes, zanjada de un hilarante plumazo a través de tres falsos tráilers y un anuncio -una especie de mezcla entre Tom Cruise y Sylvester Stallone; otra de Daniel Day Lewis y Russel Crowe; un tercero que podría pasar por primo de Chris Farley y, por último, el clásico rapero que trata de abrir paso a su fama desde un nuevo medio-.

           Haciendo palanca sobre lugares comunes y neurosis generales, el filme consigue mantener un nivel chispeante a lo largo de su desarrollo, que hacia el final cae en esa contradicción recurrente de tener que poner un espectacular punto y final recurriendo precisamente a aquello que se parodia. Por su parte, las estrellas invitadas aportan picante, en especial un desopilante y coprolálico Cruise.

De ese juego entre lo grueso y lo fino, entre la ridiculización y el homenaje, entre lo terrenal y lo divino del cine, Tropic Thunder obtiene un notable equilibrio para convertirse en una meritoria comedia.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 7.

La ciencia del sueño

11 Sep

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Año: 2006.

Director: Michel Gondry.

Reparto: Gael García Bernal, Charlotte Gainsbourg, Alain Chabat, Miou-Miou, Aurelia Petit, Sacha Bourdo, Pierre Vaneck, Emma de Caunes, Alain de Moyencourt.

Tráiler

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        Hay ocasiones en las que el cine, como cualquier otro arte, se convierte en una cuestión inevitablemente subjetiva, en una conexión personal encadenada a la sentimentalidad o las afecciones de quien lo contempla, de quien participa de la película, la cual a veces alcanza la categoría de experiencia paralela al universo real, consciente, empírico.

Quien aquí escribe llegó a enamorarse una vez a través de un sueño. Un romance irracional e imposible, construido solamente sobre las esencias evanescentes pero íntimamente perdurables de este mundo fascinante, que desafía los límites de la restrictiva vida cotidiana y del que apenas se puede explorar una mínima, vaporosa y misteriosa fracción, inaprensible aún por los métodos más avanzados de la tecnología humana. Era pues inevitable que una cinta como La ciencia del sueño me impactara profundamente. Las aventuras y desventuras de un chaval que habita los sueños con tanta intensidad como la vida consciente y a quien se le aparece en ellos el alma gemela, tan inalcanzable como esos sueños que se desvanecen si tratas de atraparlos.

        La ciencia del sueño recoge el arquetipo de niño-adulto del cine indie para trasladarlo a un escenario onírico que salvaguarda su sensibilidad extemporánea, incomprendida y traumatizada. Con todo y ello, este muñeco cándido pero imperfecto, vulnerable y con las costuras siempre a la vista, colisiona constantemente contra una realidad testarudamente prosaica y convencional, apegada con cinismo a los impulsos primarios -hacer dinero, tener sexo-.

Sin embargo, observado ya desde otra perspectiva, propia de una nueva etapa vital, el desdichado Stéphane aparece desde una mirada comprensiva pero que no evita que, en su irreparable inmadurez, prácticamente patológica, sea incapaz de materializar sus etéreos aunque radicales anhelos -la imaginación como motor de vida, el amor platónico como meta definitiva-. De hecho, la relación que establece con su vecina Stéphanie es dolorosamente desesperada, donde la desorientación bordea lo autodestructivo. Stéphane puede llegar a ser insoportable -e incluso perturbador y tóxico, cosa que no recordaba o que entonces no entendía así-; Sthépanie aguanta más de lo aceptable. El relato coquetea tanto con lo cursi como con lo obsesivo, en una extraña mezcolanza que cabalga así por la frontera en la que un sueño intenso deviene en asfixiante pesadilla.

        La ciencia del sueño es una historia de frustración eterna, de pérdida irremediable. La orfandad de Stéphane se hibrida con el deslumbramiento de su amor hacia Stéphanie, embarcado en un enredo donde los atisbos de comedia se van tornando progresivamente en melancolía, en amargura, en insondable desconsuelo. Podría interpretarse cierta lectura freudiana en ello. La cámara de Michel Gondry -que ya se había enfrentado a la hostilidad que el realismo reserva para los soñadores en ¡Olvídate de mí!se iguala a las tribulaciones de su protagonista. Aterriza nerviosa e inestable en su incierto piso parisino, en la áspera oficina adonde lo han tirado los rebotes de la vida. En cambio, se prenda de Charlotte Gainsbourg según aparece ante ella.

La elección de cásting es clave. Esa belleza amable, cercana y accesible, la mirada tierna de sus ojos achinados, el aire de soñadora distraída que se revuelve entre su melena despeinada, del vestuario cálido y suave que deja aparte sus formas para centrarse en su gestualidad dulce, benévola, cariñosa. La estrella que requería a gritos la televisión mental desde la que su vecino analiza el día a día, por desgracia con nula influencia sobre sus asuntos. El trágico conflicto entre lo soñado y lo real.

        La necesidad de -recibir, dar- amor de Stéphane deja tras de sí escenas incómodas que entran en contraste con el maravilloso diseño de producción de la obra. Sus decorados artesanales y decididamente naifs, al igual que sus entrañables efectos visuales con stop-motion, ofrecen un conmovedor canto a la creatividad y la fantasía, a una artesanía material, palpable, acogedora. Es, además, la cartografía íntima de los personajes y la manifestación épica de un imaginario incontenible pero cuya desaforada y honestísima expresividad no puede aplicarse en la realidad, pues en contacto con el aire verdadero se torna absurda y penosa. De ahí la imperiosa reivindicacion del sueño como parte primordial de la vida, como alternativa imprescindible para sostener la salud mental y emocional.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Matrix Revolutions

17 Ago

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Año: 2003.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Harold Perrineau, Jada Pinkett-Smith, Harry Lennix, Clayton Watson, Nona Gaye, David Roberts, Nathaniel Lees, Ian Bliss, Anthony Zerbe, Mary Alice, Helmut Bakaitis, Collin Chou, Tanveer K. Atwal, Bernard White, Tharini Mudaliar, Lambert Wilson, Monica Bellucci, Bruce Spence.

Tráiler

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         Todo lo que tiene un principio tiene un final -mientras no lancen una nueva secuela o un reboot-, y el de la trilogía Matrix fue de ruido y furia. Lanzada apenas seis meses después de Matrix Reloaded, Matrix Revolutions se estrenó simultáneamente en más de 20.000 salas de 50 países, entre ellos, por primera vez en un evento semejante, China. Aparte de suscitar una espectación de por sí desaforada, el objetivo era evitar el pirateo informático de la película, una auténtica curiosidad para un relato protagonizado por un hacker devenido en salvador de la humanidad.

         A partir de lo sembrado en la anterior entrega, Matrix Revolutions se ve obligada a saldar la saga en un enfrentamiento épico que, a la postre, reduce su apelotonado repaso filosófico-espiritual a un duelo entre el mesías y su némesis, entre el yin y el yang, entre el bien y el mal. Un cuello de botella que, con no pocas contradicciones, filtra el conflicto entre la máquina y el ser humano acercando las posturas entre ambos -los sentimientos compartidos, como el amor, la solidaridad o la esperanza-.

Si algo destaca en el discurso de Matrix Revolutions como elemento esencial de la existencia humana es la fe. Depositar ciegamente toda esperanza de futuro en algo ajeno a uno de lo que no hay prueba empírica. A golpe de pura insistencia, el concepto alcanza su cima en este desenlace, con cotas de verdadero anuncio religioso. Como en Matrix Reloaded, Neo sigue vistiendo negra sotana mientras sus acólitos le profesan reverencia. Brazos en cruz, el Elegido, que ya encarnaba el universal anhelo del tipo corriente de descubrir que en realidad es un ser providencial llamado a grandes hazañas, inspira definitivamente a los habitantes de Zion para que cumplar su destino legendario -al que llegan paradójicamente por su elección particular, si atendemos al mensaje del filme-. Venida la hora, todos pueden ser héroes. Todos somos Neo, una vez más.

         Matrix Revolutions es una película narrativamente poco consistente y, sobre todo, escasamente imaginativa -cabría rescatar acaso la estación de metro o detalles como la lluvia sobre fondo verde que remite al código de la simulación-. La mitología de la serie, que a fin de cuentas es bastante sencilla, no da para más. Su argumento es el preámbulo, desarrollo y resolución de la batalla definitiva -mil veces vista-, la cual se libra desde lo cósmico -Neo contra Smith- hasta lo común y colectivo -Zion contra la invasión de las máquinas-. No es de extrañar que el relato continuase a través del videojuego, que después de esta conclusión semejaba su prolongación natural. Como si la hubiese contaminado el agente Smith, Matrix era ya mero espectáculo visual. Una pantalla en verde, vacía realmente de sustancia alguna.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 4.

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