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Volver

28 Dic

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Año: 2006.

Director: Pedro Almodóvar.

Reparto: Penélope Cruz, Yohana Cobo, Carmen Maura, Lola Dueñas, Blanca Portillo, Leandro Rivera, María Isabel Díaz Lago, Neus Sanz, Pepa Aniorte, Antonio de la Torre, Carlos Blanco, Yolanda Díaz, Chus Lampreave.

Tráiler

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        En La flor de mi secreto, la protagonista escribe una novela en la que una mujer esconde el cadáver de su marido en un arcón congelador. En La mala educación, un cartel informa del protagonismo de Carmen Maura en una película ficticia titulada La abuela fantasma. Volver llevaba tiempo fraguándose en la mente de Pedro Almodóvar y en ella vuelca, por supuesto, todas sus esencias existenciales y cinematográficas.

        Dos hermanas y la hija de una de ellas limpian la lápida de su madre y abuela, respectivamente. En este pueblo de La Mancha, azotado por el inclemente viento solano y donde la muerte convive con la vida como costumbre arraigada, tres generaciones se encuentran igualadas y encadenadas por una atroz tragedia que, sin embargo, se manifiesta con tono de comedia surrealista, lo que ensancha el espacio para que encaje sin problemas el tremendismo de su melodrama, fundido con total coherencia con el fiel costumbrismo, con las imágenes del recuerdo del autor, con esos besos estruendosos y esa jerga regional.

El negro luctuoso está reemplazado por el ardiente rojo. Como en Todo sobre mi madre, Almodóvar perfila los lazos femeninos y la sororidad compartida como vía más probable de poder romper el círculo que se repite una y otra vez a través de los siglos, de sanar definitivamente unas cicatrices nunca sanadas. A pesar de los secretos inconfesables, de las deudas y de los desconsuelos.

        Las interpretaciones terminan de potenciar la vida que el autor logra insuflar a sus fuertes personajes. La arrolladora Raimunda, hecha carne por una arrolladora Penélope Cruz, propulsa la narración. Almodóvar cita Bellisima, pero Cruz y Yohana Cobo paracen asemejarse incluso más a otra madre e hija inmersas en una batalla sin tregua, las de Dos mujeres. Es una madre coraje de otra época, en la que la belleza de la actriz es a la vez nostálgica y actual. Al igual que sus curvas, sus maneras, propias de tiempos del éxodo rural, parecen anacrónicas en los arrabales madrileños contemporáneos, con el claro contraste que ofrece su hija. Una fantasía rescatada del pasado e implantada en el presente, con cierto toque consciente. Idéntica, por tanto, a esa escena en la que el tiempo parece detenerse, transportada a otra dimensión con Cruz cantando el Volver de Carlos Gardel con la voz de Estrella Morente.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

Omagh

2 Dic

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Año: 2004.

Director: Pete Travis.

Reparto: Gerard McSorley, Michèle Forbes, Pauline Hutton, Fionna Glascott, Ian McElhinney, Alan Devlin, Stuart Graham, Kathy Kiera Clarke, Peter Ballance, Frankie McCafferty, Michael Liebmann, Brendan Coyle, Lorcan Cranitch, Brenda Fricker, Jonathan Ryan, Paul James Kelly.

Tráiler

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         Realizador más bien desapercibido hasta entonces, Paul Greengrass catapultaría su carrera después de que el docudrama Bloody Sunday (Domingo sangriento) cosechase el Oso de oro en Berlín, compartido con El viaje de Chihiro. Antiguo periodista, siempre interesado por la tragedia que se rastrea en turbulencias reales, Omagh es una película para televisión que bien podría componer un díptico con la anterior, pues registra, como indica su título, el atentado más sangriento del conflicto norirlandés, con el añadido de que ocurrió tras el Acuerdo del Viernes Santo, los cimientos de la paz en Irlanda del Norte -eso sí, en caso de que no se reaviven las hostilidades al calor del regreso del ultranacionalismo, manifestado a través del Brexit y el Nuevo Ira-.

         Aunque aquí firma el guion junto a Guy Hibbert, mientras que la dirección queda en manos de Pete Travis, la impronta del estilo de Greengrass es evidente en un dispositivo visual que posee la estética urgente y sin filtrar del documental, mediante la cual se capturan los hechos desde una aproximación a pie de calle en la que la cámara, como si se tratase de un personaje más sorprendido en el escenario, observa lo cotidiano -que puede ser tanto preparar un coche bomba como acercarse al centro de la ciudad a comprarse unos vaqueros-.

En consecuencia, predominan las composiciones de apariencia inmediata, los planos trabados, los enfoques de teleobjetivo. Un aspecto, este último, que en cierto modo puede comprometer el naturalismo puro del planteamiento, porque, al fin y al cabo, no deja de ser una huella de que hay detrás alguien presente, grabando, interfiriendo. Con todo, el manejo del ritmo del montaje, en aceleración progresiva, pausa y caos, resuelve con fuerza la plasmación del atentado, al mismo tiempo que las reacciones posteriores de los personajes, zarandeados por ese desconcierto, quedan cargadas de emoción.

         No obstante, estas formas dejarán de ser eficientes después de la transición de Omagh hacia un drama de estructura más tradicional. De hecho, el lenguaje empleado por Travis terminará por ser híbrido, contaminado por la progresiva utilización de una gramática más clásica, que incorpora incluso elipsis explicadas con intertítulos -es decir, recursos por completo artificiales-.

La mezcolanza no funciona demasiado bien en ese retrato de un trauma imposible de borrar, de las dificultades de pasar página, de la indefensión del ciudadano común frente a los intereses estatales y de la imposibilidad de la justicia en la barbarie -temas que recuerdan al cine de entornos bélicos de Senderos de gloria, Rey y patria o Consejo de guerra-. En cualquier caso no dejan de ser facetas interesantes e ilustrativas acerca de la turbiedad de las cloacas del Estado.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra!

28 Oct

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Año: 2008.

Director: Ben Stiller.

Reparto: Ben Stiller, Robert Downey Jr., Jack Black, Brandon T. Jackson, Jay Baruchel, Nick Nolte, Tom Cruise, Danny McBride, Steve Coogan, Bill Hader, Brandon Soo Hoo, Matthew McConaughey, Tobey Maguire, Jennifer Love Hewitt, Jon Voight, Jason Bateman, Lance Bass, Alicia Silverstone, Tyra Banks.

Tráiler

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           Hay dos vetas interesantes que surgen del humor satírico de Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra! La primera, la más obvia y predominante, es aquella en la que se realiza una burlona caricatura de Hollywood: desde sus tópicos peliculeros hasta los individuos que forman sus engranajes y que, gracias a ellos, adquieren un aura estelar que, sin embargo, contrasta con sus miserias humanas. La segunda es la que habla de la sociedad estadounidense, y que se puede extraer de la controversia generada por algunos golpes probablemente nada sutiles, pero sí bastante contundentes.

Durante la celebración de Halloween de 2018, Shaun White, triple medallista olímpico en una modalidad del snowboard, fue el centro de la polémica y tuvo que pedir disculpas por disfrazarse de Jack el Simple, el personaje con el que el protagonista de Tropic Thunder, típico héroe del cine acción, buscaba reciclar su carrera hacia papeles cazapremios, con el resultado de un rotundo fracaso de crítica y público. “Todo el mundo sabe que no hay que hacer de retrasado total”, le explicaba su compañero de reparto, ganador de cinco óscares, para aclararle cómo funcionan los gustos de la Academia norteamericana en cuanto a retratos de la discapacidad intelectual. Tal fue el revuelo con White, reprobado tanto por internautas como por entidades como por el comité de los paralímpicos estadounidenses, que incluso Ben Stiller tuvo que declarar que mantenía su disculpa por la película, ya boicoteada en su momento por idénticos motivos, y reiterar que la intención del gag “siempre fue la de burlarse de los actores que tratan de hacer lo que sea para ganar premios”.

En cambio, Tropic Thunder sí se llevó palmadas en la espalda en lo referente a la cuestión racial, centrada en ese reputadísimo actor de método australiano que profundiza tanto en sus roles que, en este caso, se somete a un tratamiento de pigmentación para meterse con mayor autoridad en la piel de un sargento afroamericano. Es, al tratarse de una parodia de esta parodia, uno de los pocos ejemplos considerados positivos del denominado ‘blackface’, esto es, blancos que interpretan negros pintándose la cara apropiándose de elementos ajenos que habitualmente despreciarían o perpetuando los correspondientes estereotipos.

           Pero Ben Stiller, que dirige Tropic Thunder y escribe su guion junto a Justin Theroux y Etan Cohen -no confundir con Ethan Coen, la importancia del orden de una letra muda-, también da muestras de inteligencia narrativa y sentido de la comicidad, como ocurre en la presentación de los personajes, zanjada de un hilarante plumazo a través de tres falsos tráilers y un anuncio -una especie de mezcla entre Tom Cruise y Sylvester Stallone; otra de Daniel Day Lewis y Russel Crowe; un tercero que podría pasar por primo de Chris Farley y, por último, el clásico rapero que trata de abrir paso a su fama desde un nuevo medio-.

           Haciendo palanca sobre lugares comunes y neurosis generales, el filme consigue mantener un nivel chispeante a lo largo de su desarrollo, que hacia el final cae en esa contradicción recurrente de tener que poner un espectacular punto y final recurriendo precisamente a aquello que se parodia. Por su parte, las estrellas invitadas aportan picante, en especial un desopilante y coprolálico Cruise.

De ese juego entre lo grueso y lo fino, entre la ridiculización y el homenaje, entre lo terrenal y lo divino del cine, Tropic Thunder obtiene un notable equilibrio para convertirse en una meritoria comedia.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 7.

La ciencia del sueño

11 Sep

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Año: 2006.

Director: Michel Gondry.

Reparto: Gael García Bernal, Charlotte Gainsbourg, Alain Chabat, Miou-Miou, Aurelia Petit, Sacha Bourdo, Pierre Vaneck, Emma de Caunes, Alain de Moyencourt.

Tráiler

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        Hay ocasiones en las que el cine, como cualquier otro arte, se convierte en una cuestión inevitablemente subjetiva, en una conexión personal encadenada a la sentimentalidad o las afecciones de quien lo contempla, de quien participa de la película, la cual a veces alcanza la categoría de experiencia paralela al universo real, consciente, empírico.

Quien aquí escribe llegó a enamorarse una vez a través de un sueño. Un romance irracional e imposible, construido solamente sobre las esencias evanescentes pero íntimamente perdurables de este mundo fascinante, que desafía los límites de la restrictiva vida cotidiana y del que apenas se puede explorar una mínima, vaporosa y misteriosa fracción, inaprensible aún por los métodos más avanzados de la tecnología humana. Era pues inevitable que una cinta como La ciencia del sueño me impactara profundamente. Las aventuras y desventuras de un chaval que habita los sueños con tanta intensidad como la vida consciente y a quien se le aparece en ellos el alma gemela, tan inalcanzable como esos sueños que se desvanecen si tratas de atraparlos.

        La ciencia del sueño recoge el arquetipo de niño-adulto del cine indie para trasladarlo a un escenario onírico que salvaguarda su sensibilidad extemporánea, incomprendida y traumatizada. Con todo y ello, este muñeco cándido pero imperfecto, vulnerable y con las costuras siempre a la vista, colisiona constantemente contra una realidad testarudamente prosaica y convencional, apegada con cinismo a los impulsos primarios -hacer dinero, tener sexo-.

Sin embargo, observado ya desde otra perspectiva, propia de una nueva etapa vital, el desdichado Stéphane aparece desde una mirada comprensiva pero que no evita que, en su irreparable inmadurez, prácticamente patológica, sea incapaz de materializar sus etéreos aunque radicales anhelos -la imaginación como motor de vida, el amor platónico como meta definitiva-. De hecho, la relación que establece con su vecina Stéphanie es dolorosamente desesperada, donde la desorientación bordea lo autodestructivo. Stéphane puede llegar a ser insoportable -e incluso perturbador y tóxico, cosa que no recordaba o que entonces no entendía así-; Sthépanie aguanta más de lo aceptable. El relato coquetea tanto con lo cursi como con lo obsesivo, en una extraña mezcolanza que cabalga así por la frontera en la que un sueño intenso deviene en asfixiante pesadilla.

        La ciencia del sueño es una historia de frustración eterna, de pérdida irremediable. La orfandad de Stéphane se hibrida con el deslumbramiento de su amor hacia Stéphanie, embarcado en un enredo donde los atisbos de comedia se van tornando progresivamente en melancolía, en amargura, en insondable desconsuelo. Podría interpretarse cierta lectura freudiana en ello. La cámara de Michel Gondry -que ya se había enfrentado a la hostilidad que el realismo reserva para los soñadores en ¡Olvídate de mí!se iguala a las tribulaciones de su protagonista. Aterriza nerviosa e inestable en su incierto piso parisino, en la áspera oficina adonde lo han tirado los rebotes de la vida. En cambio, se prenda de Charlotte Gainsbourg según aparece ante ella.

La elección de cásting es clave. Esa belleza amable, cercana y accesible, la mirada tierna de sus ojos achinados, el aire de soñadora distraída que se revuelve entre su melena despeinada, del vestuario cálido y suave que deja aparte sus formas para centrarse en su gestualidad dulce, benévola, cariñosa. La estrella que requería a gritos la televisión mental desde la que su vecino analiza el día a día, por desgracia con nula influencia sobre sus asuntos. El trágico conflicto entre lo soñado y lo real.

        La necesidad de -recibir, dar- amor de Stéphane deja tras de sí escenas incómodas que entran en contraste con el maravilloso diseño de producción de la obra. Sus decorados artesanales y decididamente naifs, al igual que sus entrañables efectos visuales con stop-motion, ofrecen un conmovedor canto a la creatividad y la fantasía, a una artesanía material, palpable, acogedora. Es, además, la cartografía íntima de los personajes y la manifestación épica de un imaginario incontenible pero cuya desaforada y honestísima expresividad no puede aplicarse en la realidad, pues en contacto con el aire verdadero se torna absurda y penosa. De ahí la imperiosa reivindicacion del sueño como parte primordial de la vida, como alternativa imprescindible para sostener la salud mental y emocional.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Matrix Revolutions

17 Ago

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Año: 2003.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Harold Perrineau, Jada Pinkett-Smith, Harry Lennix, Clayton Watson, Nona Gaye, David Roberts, Nathaniel Lees, Ian Bliss, Anthony Zerbe, Mary Alice, Helmut Bakaitis, Collin Chou, Tanveer K. Atwal, Bernard White, Tharini Mudaliar, Lambert Wilson, Monica Bellucci, Bruce Spence.

Tráiler

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         Todo lo que tiene un principio tiene un final -mientras no lancen una nueva secuela o un reboot-, y el de la trilogía Matrix fue de ruido y furia. Lanzada apenas seis meses después de Matrix Reloaded, Matrix Revolutions se estrenó simultáneamente en más de 20.000 salas de 50 países, entre ellos, por primera vez en un evento semejante, China. Aparte de suscitar una espectación de por sí desaforada, el objetivo era evitar el pirateo informático de la película, una auténtica curiosidad para un relato protagonizado por un hacker devenido en salvador de la humanidad.

         A partir de lo sembrado en la anterior entrega, Matrix Revolutions se ve obligada a saldar la saga en un enfrentamiento épico que, a la postre, reduce su apelotonado repaso filosófico-espiritual a un duelo entre el mesías y su némesis, entre el yin y el yang, entre el bien y el mal. Un cuello de botella que, con no pocas contradicciones, filtra el conflicto entre la máquina y el ser humano acercando las posturas entre ambos -los sentimientos compartidos, como el amor, la solidaridad o la esperanza-.

Si algo destaca en el discurso de Matrix Revolutions como elemento esencial de la existencia humana es la fe. Depositar ciegamente toda esperanza de futuro en algo ajeno a uno de lo que no hay prueba empírica. A golpe de pura insistencia, el concepto alcanza su cima en este desenlace, con cotas de verdadero anuncio religioso. Como en Matrix Reloaded, Neo sigue vistiendo negra sotana mientras sus acólitos le profesan reverencia. Brazos en cruz, el Elegido, que ya encarnaba el universal anhelo del tipo corriente de descubrir que en realidad es un ser providencial llamado a grandes hazañas, inspira definitivamente a los habitantes de Zion para que cumplar su destino legendario -al que llegan paradójicamente por su elección particular, si atendemos al mensaje del filme-. Venida la hora, todos pueden ser héroes. Todos somos Neo, una vez más.

         Matrix Revolutions es una película narrativamente poco consistente y, sobre todo, escasamente imaginativa -cabría rescatar acaso la estación de metro o detalles como la lluvia sobre fondo verde que remite al código de la simulación-. La mitología de la serie, que a fin de cuentas es bastante sencilla, no da para más. Su argumento es el preámbulo, desarrollo y resolución de la batalla definitiva -mil veces vista-, la cual se libra desde lo cósmico -Neo contra Smith- hasta lo común y colectivo -Zion contra la invasión de las máquinas-. No es de extrañar que el relato continuase a través del videojuego, que después de esta conclusión semejaba su prolongación natural. Como si la hubiese contaminado el agente Smith, Matrix era ya mero espectáculo visual. Una pantalla en verde, vacía realmente de sustancia alguna.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 4.

Matrix Reloaded

15 Ago

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Año: 2003.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Harold Perrineau, Jada Pinkett-Smith, Anthony Zerbe, Lambert Wilson, Monica Bellucci, Adrian Rayment, Neil Rayment, Harry Lennix, Helmut Bakaitis, Gloria Foster, Collin Chou, Randall Duk Kim, Clayton Watson, Nona Gaye, David Roberts, Nathaniel Lees, Ian Bliss.

Tráiler

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          El boom de Matrix había sacudido inesperadamente a todo el globo, dejando una profunda huella en la manera de abordar y entender la relación entre los ciudadanos e incluso las entidades colectivas con el proceso de expansión de las tecnologias de la comunicación y la información, que colonizaban la vida privada y los espacios públicos. El fenómeno se había plasmado asimismo en los más de 450 millones de dólares de recaudación cosechados en todo el mundo. De ahí que, cuatro años después de la primera entrega, el estreno de Matrix Reloaded supusiera un auténtico acontecimiento internacional, además de una enorme presión para las hermanas Wachowski y su decisión sobre hacia dónde conducir una saga tan influyente en lo cinematográfico y lo sociológico.

          Matrix Reloaded aboga por el camino de la circunspección y la trascendencia -esto es, la pretenciosidad-, y amplía además el escenario mitológico de la serie mostrando los decorados y el funcionamiento de Zion -liderada, entre otros, por un consejero al que presta rostro Anthony Zerbe, quien ya había combatido con fuego a las máquinas en El último hombre… vivo-. Se insiste por tanto en ese existencialismo esencial que se planteaba en Matrix -el sentido de la propia vida, la discusión entre determinismo y libre albedrío, la naturaleza de la realidad-, al mismo tiempo que se consolida la configuración dual del conflicto místico -el Mesías y su Némesis; la eterna lucha entre el Bien y el Mal-, todo ello enredado en una maraña de referencias filosóficas que parecen aglomeradas de una forma un tanto difusa o arbitraria, dentro de un envoltorio de empalagosa espiritualidad cercana al new age -esa estética de la ciudad humana, la unión ecuménica de sus variopintas gentes, sus cuevas de estalactitas y estalagmitas y sus moradores vestidos con prendas de tejido orgánico y aficionados a la batukada-. Es paradigmática la conversación con el Arquitecto, donde el engolamiento y la sobreelaboración del diálogo trata de disimular la sencillez conceptual del asunto.

          En cualquier caso, este fondo trascendental aparece debidamente ribeteado, por supuesto, de un nuevo salto en la espectacularidad de una acción sustentada en buena medida en el impacto de los efectos especiales, que es la otra marca característica de la saga, a la misma altura que lo anterior y con un nivel de influencia idéntico.

Hay una evidente paradoja en la trilogía Matrix que ahora se extrema: su reflexión acerca de la progresiva virtualización de la experiencia colisiona con la intensiva digitalización de las escenas de acción y la dependencia del chroma y del ordenador para componer el fotograma. El efecto bala se redobla, las artes marciales tienen cada vez más vuelo, la persecución de la autovía sacrifica fisicidad artesanal en aras del más difícil todavía, sentando un precedente de referencia para los blockbusters de la década. Pero, ¿qué es una mierda de sicario incorpóreo al lado de la tangible rotundidad de Monica Bellucci? Ya no vale con un agente Smith, han de ser cientos. El espíritu de novelilla de ‘elige tu propia aventura’, que es lo que daba gracia al original, queda por el trayecto.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5,5.

Supersalidos

28 Jun

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Año: 2007.

Director: Greg Mottola.

Reparto: Jonah Hill, Michael Cera, Christopher Mintz-Plasse, Seth Rogen, Bill Hader, Emma Stone, Martha MacIsaac, Aviva Baumann, Joe Lo Truglio, Kevin Corrigan, Carla Gallo, Clement Blake.

Tráiler

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         No se dejen engañar por los títulos de crédito de aires setenteros que remiten a la nueva comedia americana, ni por las constantes de perdedores con obsesión sexual, de iniciaciones alcohólicas, de jerarquías de instituto y de coprolalia desatada que parecen confirmar las premisas de esta popular corriente humorística. Supersalidos, estandarte del bromance, es una canción triste de Nino Bravo. Un te quiero, una caricia y un adiós. Es la última ronda antes del lunes. La última mirada atrás al malecón de la playa antes del regreso de las vacaciones. El partido de homenaje del ídolo de tu infancia.

         La subversión de tópicos y paradigmas es evidente en el clímax: sacar al ser amado en brazos; la confesión de amor. La constatación de que siempre estamos fuera de hora, de que aunque por una vez venzamos a nuestra naturaleza desorientada y a nuestros impulsos reprimidos por toneladas y toneladas de códigos sociales, siempre vamos a destiempo. Hay una melancolía casi fordiana en ese desenlace, en esa manera de expresar la constatación de que un triunfo nunca es pleno, de que esconde tras de sí un fracaso del que, por desgracia, nos volvemos a percatar demasiado tarde, cuando es irreparable -aunque la funcional realización de Greg Mottola no exprime las evocaciones líricas y sentimentales del asunto más allá de lo que sucede ante la cámara-.

Por encima de la denuncia de que toda relación dentro de una sociedad estrictamente jerarquizada se construye desde una frustrante injusticia y crueldad -el “¡podemos ser ese error!” como significativa y demoledora declaración de esperanza-, Supersalidos manifiesta una lección existencial sobre que toda evolución, todo cambio personal, toda fase de maduración, implica una renuncia personal. Una despedida inexorable que, en realidad, es una traición a uno mismo. Detrás de las soluciones convencionales que aconseja el manual solo aguardan nuevos y peores problemas.

         La pareja de policías canallas tratan de advertírselo a McLovin durante su gran noche iniciática, en la que ejercen de chamanes chapuceros. Es un diálogo que -también tarde- los integra emocionalmente en una película a la que no parecían pertenecer. Sus herramientas humorísticas eran las mismas -incontención lingüística, escatología, fetichismos de la cultura popular…-, puesto que además uno de ellos está interpretado por Seth Rogen, que junto con Evan Goldberg es una de las almas creadoras de una obra que bebe en buena medida de sus recuerdos de amistad del instituto -y en la que incluso ceden sus nombres a los protagonistas-.

Pasados de extravagancia dentro de este retrato caricaturesco pero delicado, cariñoso y fiel de los profundos terrores y deseos de la adolescencia -esa época tan trágica como bochornosa, según desde el lado que se la mire-, hasta este último tramo habían operado como un cuerpo extraño, encajados entre la condición de subtrama de descanso y apuntalamiento del metraje, y el elemento exterior destinado a impulsar determinados giros de la historia. De la verdadera historia, que son las aventuras de Seth y Evan, desastres ambulantes y aliados contra el caos que conspira en su contra, en su búsqueda de la llave -el alcohol contrabandeado con un carné falso- que a priori les concede el acceso al tesoro final -el sexo con la chica de los sueños-.

         Aunque, como decíamos, esta historia, organizada desde los postulados de la odisea homérica, relato de los relatos, ni siquiera trata de eso. Dentro de su apariencia gamberra, de ritmos ágiles y ocurrencias delirantes, los diálogos y las situaciones van dando forma, poco a poco, a un cuidadoso perfilado de personajes -con el inestimable soporte de Jonah Hill y Michael Cera, amén del carismático Christopher Mintz-Plasse– y a una precisa, sentida e inusual indagación en la sensibilidad juvenil masculina. Un te quiero, una caricia y un adiós. Ligero equipaje para tan largo viaje.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 8.

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