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RocknRolla

7 Oct

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Año: 2008.

Director: Guy Ritchie.

Reparto: Gerard Butler, Tom Wilkinson, Thandie Newton, Mark Strong, Idris Elba, Tom Hardy, Karel Roden, Toby Kebbell, Jeremy Piven, Ludacris, Gemma Arterton, Jimi Mistry, Matt King, Geoff Bell, Michael Ryan, Dragan Micanovic, Nonso Anozie.

Tráiler

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          Con sus adeptos y sus detractores, Guy Ritchie se convertiría en uno de los directores más influyentes del cine criminal de comienzos de milenio gracias a Lock & Stock y Snatch. Cerdos y diamantes. Películas de peligrosos y excitantes bajos fondos retratados con potentes dosis de humor negro e ironía en el lenguaje y la trama, que las acercan a un tebeo filmado a ritmo de videoclip y poblado por personajes fulleros y carismáticos entre los que un grupo de amigotes persigue un macguffin imposible que les permitiría salir de la miseria para alcanzar esa idea de éxito que, precisamente, podría extraerse de los vídeos musicales o los anuncios de publicidad. Un mundillo cochambroso y cool a la par. Glamour barriobajero. Más emparentado con el Danny Boyle de Trainspotting que con el revisionismo pop de Quentin Tarantino.

Pero, después de inscribir su nombre con firmeza en la industria, Ritchie se la pegaría sonoramente con Barridos por la marea -el presunto regalo cinematográfico que le haría a su pareja, Madonna– y con la enrevesada y delirante Revolver. Quizás por ello, regresaría a sus fueros con el rabo entre las piernas, dispuesto a lamerse las heridas aplicando, una vez más, la fórmula ganadora.

          RocknRolla reproduce fielmente el esquema macarra de Lock & Stock y de Snatch tanto en lo visual -montaje dinámico, sobreimpresiones en los fotogramas, aderezos sonoros, banda sonora cañera…- como en lo argumental -incluidos los personajes pintorescos sacados de la mitología urbana, el argot y la coprolalia desatada; los pequeños conflictos entre colegas, aquí con la homosexualidad de uno de ellos en este universo tópicamente viril…-. Si en la primera era una timba de póquer la que destrozaba los sueños y metía en serios apuros a los protagonistas, malandros de poca monta, en esta lo será un intento de operación inmobiliaria. Ambas son partidas amañadas.

Estamos en el Londres de los pelotazos urbanísticos y el auge de la City, en el momento álgido de ostras, champagne y chanchullos previo al descalabro de la crisis financiera global de 2008. También en época de magnates exsoviéticos metidos a nuevos dueños del deporte inglés por excelencia, el fútbol, como Roman Abramovich, a quien se caricaturiza para dar forma a uno de los villanos de la función. No corren buenos tiempos para la vieja escuela. La antigua e imperial Britannia ya no es lo que era.

          Ritchie iguala y conecta ambos mundos como distintas escalas de un mismo juego -probablemente su nota más destacada- en el que los participantes emprenden una carrera contrarreloj con varios objetivos a conseguir y distintos premios en liza. RocknRolla se mantiene como una cinta divertida pero, a estas alturas, la baraja está ya bastante sobada y se conoce cuáles son las cartas marcadas.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog. 6,5.

El truco final (El prestigio)

28 Sep

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Año: 2006.

Director: Christopher Nolan.

Reparto: Hugh Jackman, Christian Bale, Michael Caine, Scarlett Johansson, Rebecca Hall, Piper Perabo, David Bowie, Andy Serkis, Roger Rees, Ricky Jay.

Tráiler

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         Un mago queda reducido a la nada, al olvido, en cuanto revela o se descubre el truco con el que transforma una realidad ordinaria en una fantasía extraordinaria, explican en El truco final (El prestigio). Así pues, precisamente, ¿puede sobrevivir una película como esta una vez conocidos los giros de guion, tan relevantes para conseguir un desenlace espectacular?

         Todas las observaciones y reflexiones que despliegan los hermanos Christopher y Jonathan Nolan en el guion -basado en una novela de Christopher Priestparecen hablar del cine como arte que invita a dejarse llevar por la credulidad para evadirse, por un instante breve y mágico, de una cotidianeidad frustrante y cenicienta, cuando no directamente terrible. Tres actos para atrapar, conducir e impresionar a la audiencia; una artesanía devota para camuflar los trucos del oficio y disfrazar como maravilla asuntos que, vistos desde la tramoya, carecen del esplendor que lucen hacia la platea. Un perfecto resumen, en concreto, de la filmografía del cineasta británico, con Origen como ejemplo más evidente.

         Como El gran Danton que coprotagoniza la obra, Nolan sabe perfectamente cómo vestir esta historia de rivalidad y obsesión determinada por un trauma personal clásico -la pérdida y su reparación, esta vez mediante la venganza-, el cual introduce un componente sentimental que sitúa a la emoción como instintiva fuerza de conocimiento -una idea que se preconiza precisamente en Tenet para afrontar su enrevesamiento cuántico-. El antagonismo queda expuesto además como una manifestación constante de la dualidad de la fortuna -el triunfo y el fracaso, el pájaro que muere y el pájaro que sobrevive-, dentro de un conflicto se refuerza y completa simbólicamente -la magia y la ciencia, lo fabuloso y lo verdadero, la genialidad pura y la competición como sistema- a través del duelo paralelo entre Nikola Tesla y Thomas Alva Edison en su carrera de la electricidad, expresión de unos tiempos de asombros científicos constantes que, sin embargo, lleva a una incursión en el terreno de lo fantástico que ya es rizar el rizo.

Al igual que el show de los ilusionistas, este toma y daca entre ambos permite encadenar -a veces de manera forzada, como la suerte para ser escogido como mano inocente del truco del enemigo o la inclusión de Tesla en la trama- una sucesión de números que mantienen la atención y la intriga con un gran sentido del pulso. El montaje de la narración, con idas y venidas en el tiempo, no embarra el relato, sino que estimula, distribuyendo con cuidado la información, esa trayectoria ‘in crescendo’ hacia el cierre apoteósico del enfrentamiento y de la función.

         Sibilinos, los Nolan se guardan las espaldas frente a potenciales acusaciones de trilerismo. Tras pedir de primeras la completa atención del espectador, diseminan pistas que, una vez apagadas las luces sobre el escenario y repuestos de la experiencia, permiten constatar que la verdad estaba ahí, solo que, como nos habían advertido, estábamos embelesados con la ayudante del mago y no mirábamos en la dirección correcta.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Lirios de agua

21 Sep

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Año: 2007.

Directora: Céline Sciamma.

Reparto: Pauline Acquart, Adèle Haenel, Louise Blachère, Warren Jacquin.

Tráiler

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         La por ahora escueta carrera de Céline Sciamma, que reparte cuatro largometrajes a lo largo de una docena de años, muestra una coherencia en la exploración de la identidad sexual y de género entre mujeres por lo general jóvenes, es decir, en plena búsqueda de sí mismas. Lirios de agua, el filme con el que debutaba en 2007, traza por tanto las líneas maestras de esta trayectoria a través del relato de iniciación de una tímida preadolescente y su descubrimiento de la atraccion sexual de la mano de la díscola capitana de un equipo de natación sincronizada.

         Aunque la base argumental no es en absoluto novedosa, la cineasta francesa se hace fuerte a través del conocimiento y la sencilla verosimilitud con la que transmite el agitado interior de la apocada muchacha, que bulle en contraste con la hierática expresión de la actriz Pauline Acquart, protagonista de un drama aliviado en parte por el punto de vista que ofrece su mejor amiga, más extravagante pero también perfectamente creíble, más allá de constituir el tradicional recurso humorístico destinado a engrasar la empatía del espectador. Al fin y al cabo, la adolescencia es una comedia bufa, siempre que no nos toque el papel protagonista.

Sciamma confronta a Marie con el fin de la niñez y el comienzo de la juventud a través de su relación con el entorno -los dos equipos que actúan al comienzo, la actitud de su compañera de juegos, la admiración por su objeto de deseo…-, lo que se traduce asimismo en unas líneas de guión que, si bien las dirige hacia una interlocutora, en realidad se pueden aplicar a ella misma, desorientada en esta feria hormonal e identitaria. Dentro de este despiadado ecosistema en el que la directora y guionista suprime casi de raíz a los adultos -solo aparecen dos de forma significativa, y con unas intervenciones lamentables e incluso delictuosas-, y en el que ser medalla de plata también tiene tintes de derrota -tanto en el sentido competitivo como en el amoroso-, Lirios de agua desarrolla esa tensión que se establece entre el desesperado intento de satisfacer los deseos que dicta el interior con la conservación de la dignidad y de la fidelidad tanto hacia esa familia no elegida que son los amigos como hacia uno mismo.

         En este drama universal cuya explosividad natural está sabiamente contenida, Sciamma plasma con sobria autenticidad -lo que está ligado inevitablemente a sensaciones tan antipáticas como la frustración y la humillación- cuestiones íntimas como la desigualdad en las relaciones románticas -sobre todo en aquellas que implican un maestro y un aprendiz; un pretendido y un devoto- o la hiriente represión de los anhelos como mecanismo de autoprotección frente al todavía más trágico desengaño, así como otros asuntos de carácter social, caso de la presión estética y conductual -la depilación, tener pareja, satisfacerla y a la vez mantener la honra- que se agudizan de forma manifiesta en las féminas. Tirana y prisionera al mismo tiempo, la reina del baile siempre cumple con su rol.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

El señor de los anillos: El retorno del rey

16 Ago

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Año: 2003.

Director: Peter Jackson.

Reparto: Elijah Wood, Viggo Mortensen, Ian McKellen, Sean Astin, Andy Serkis, John Rhys-Davies, Orlando Bloom, Miranda Otto, John Noble, David Wenham, Bernard Hill, Dominic Monaghan, Billy Boyd, Liv Tyler, Karl Urban, Hugo Weaving, Cate Blanchett, Ian Holm.

Tráiler

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          En especial a partir de la consolidación de las plataformas de visionado en streaming, se ha acuñado una expresión, el ‘binge-watching’, para hacer referencia al consumo -aquí es un término apropiado- compulsivo de una serie. Un atracón de capítulos, literalmente, semejante al que mueve el alcohol o la comida rápida. Tengo la percepción personal de que en el entorno del cambio de siglo se despierta una fiebre comercial en el cine por la trilogía como elemento de prestigio que, posteriormente, con la evolución paralela del espectador y sus gustos, ha ido mutando en la construcción de sagas que van incluso más allá. Hacia un cine serializado, con sus etapas de presentación, de trámite entre historias e incluso de anuncios infiltrados de próximas entregas, como acostumbra a hacer Marvel.

El señor de los anillos: Las dos torres era, en sí mismo, un nudo medio disimulado por una batalla épica final y al que se trataba de otorgar entidad propia, justificación como cinta de estreno, a través de un exagerado minutaje, hasta el punto de que solo le faltaba el cartel de “continuará” para perder definitivamente su categoría de película autónoma. Es decir, que tal y como está organizada narrativamente la trilogía cinematográfica, esta puede plantearse como un único filme troceado en tres partes que, en consecuencia, puede -o en el fondo debe- disfrutarse de una sentada, de igual manera que cualquier otro de hora y media. Y, habiendo vuelto a ver las tres películas espaciando un capítulo por día, no tengo claro que esta concepción le beneficie; más bien lo contrario. La espera impaciente de un año, el deseo de alcanzar la apoteosis en el enfrentamiento definitivo contra el mal, probablemente sea imprescindible para mantener alto el interés y los estímulos de ese espectador que, en muchos casos, era un fan con la incondicionalidad que por entonces, debido a la ausencia de las grandes redes sociales de microblogging, se daba casi por sobreentendida -si bien sucesos como las movilizaciones a finales de los ochenta por la elección de Michael Keaton como Batman ponen en tela de juicio esta idea-.

          El señor de los anillos: El retorno del rey culmina la trilogía con una orgía de millones y de óscares, a la altura de la pretendida espectacularidad, desbordada por hipertrofiadas imágenes de una fantasía reconstruida al peso, con la que Peter Jackson abordaba la obra de J.R.R. Tolkien. Y después de todo este camino, aunque este epílogo tiene escenas en las que vuelve a aguijonear la tensión -sobre todo si se padece aracnofobia-, se alcanza ya el empacho de ciudades construidas sobre la insípida nada del chroma ante las cuales las batallas de ejércitos empiezan a ser reiterativos en concepción y efectos, por más que varíen las criaturas implicadas -los olifantes aún tienen un pase-.

De la misma forma que se puede sentir el vacío sobre el que se asientan los decorados, por el trayecto se ha perdido también la emoción y el sentimiento -e incluso la pasión de Jackson como contador de historias- que brotaban incipientes en La comunidad del anillo. Sustentadas sobre personajes planos que declaman con estilo engoladamente literario, dramas como los anhelos románticos de Eowyn o los conflictos paternofiliales del senescal de Gondor terminan por ser poco menos que postizos prescindibles, mientras que elementos fundamentales del relato, como la amistad y fidelidad de Sam y Frodo hasta las últimas consecuencias, el pulso enfermizo de este último con el lado oscuro o la tragedia de Gollum -a la que se le confiere especial interés de la mano de la introducción-, son más redundantes que profundas o, desde luego, complejas.

          Obviamente conviene guardar las debidas distancias por las diferencias de formato y espacios, pero regresando a ese mundillo paralelo de las series y el ‘binge-watching’, otra fantasía medieval tan popular e influyente como esta, Juego de tronos, precisamente jugaba muy bien sus cartas, espoleando incluso su aliento épico, a partir de un retrato de caracteres en el que los encuentros entre contrarios, organizados como ‘buddie movies’ itinerantes, adquirían una importancia crucial. La relevancia de que los personajes importen porque, dentro de la lógica que rige su universo, se les percibe auténticos, vivos y sintientes.

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Nota IMDB: 8,9.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 6.

El señor de los anillos: Las dos torres

15 Ago

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Año: 2002.

Director: Peter Jackson.

Reparto: Elijah Wood, Viggo Mortensen, Ian McKellen, Sean Astin, Andy Serkis, John Rhys-Davies, Orlando Bloom, Bernard Hill, Miranda Otto, David Wenham, Dominic Monaghan, Billy Boyd, Christopher Lee, Liv Tyler, Karl Urban, Brad Dourif, Hugo Weaving, Cate Blanchett, Craig Parker.

Tráiler

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        La falta de autonomía entre las tres partes en las que Peter Jackson repartió El señor de los anillos damnificó particularmente a Las dos torres, que dentro de que evoluciona hacia un desenlace apoteósico -la batalla del Abismo de Helm- no deja de traslucir cierta naturaleza de episodio de transición entre el descubrimiento de este mundo fantástico de la Tierra Media y la resolución épica de su argumento.

        Con la disolución de la comunidad del anillo, el relato de Las dos torres segmenta sus puntos de vista -el peso de la responsabilidad de Frodo y Sam; la redención de los hombres de Aragorn, Legolas y Gimli; la reivindicación de Merry y Pipin- preparando su confluencia final en El retorno del rey. Y, entretanto, incluso la trama que concentra un mayor grado de acción, la de Rohan, no consigue desprenderse del todo de ese carácter de calentamiento, de que, si el original se hubiera sintetizado en menos metraje, podría haberse prescindido prácticamente de toda ella. En este sentido dramático, Las dos torres se beneficia de la irrupción de uno de los personajes más carismáticos de la obra, Gollum, si bien su desarrollo, como ocurre con el resto de los personajes, es de una sencillez elemental que, en definitiva, desaprovecha en buena medida su tragedia.

        A pesar de esa alternancia entre aventuras paralelas, la narración es más lánguida y por momentos espesa, en parte porque la ampulosidad visual que despliega Jackson, quizás como único o cuanto menos como principal rasgo de identidad estilística, comienza a pasar factura en su sobrevuelo de escenarios digitales que, cerca de dos décadas después, han perdido su capacidad para impresionar. No hay más que compararlos con las montañas neozelandesas que, en determinados planos, llega a minimizar a semejantes personajes. El guion trata de hacer acopio de sentencias de rimbombancia literaria que resuenan tan forzadas e incluso absurdas como su contraste: esas incursiones de humor de saldo que ya incordiaban en la entrega inaugural, aquí concentradas en el enano.

Por todo ello, da la impresión de que Jackson trata de alcanzar la importancia mediante la acumulación. Una acumulación que, además, como ejemplifican los movimientos de masas, está hipertrofiada digitalmente, que en realidad es nada.

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Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 5,5.

El señor de los anillos: La comunidad del anillo

14 Ago

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Año: 2001.

Director: Peter Jackson.

Reparto: Elijah Wood, Ian McKellen, Viggo Mortensen, Sean Astin, Sean Bean, John Rhys-Davies, Orlando Bloom, Dominic Monaghan, Billy Boyd, Cate Blanchett, Hugo Weaving, Liv Tyler, Ian Holm, Christopher Lee, Lawrence Makoare, Andy Serkis, Marton Csokas, Sala Baker.

Tráiler

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         Recordada desde dos décadas más tarde, quizás podría decirse que El señor de los anillos: La comunidad del anillo inauguraba ese planteamiento del cine como evento, como experiencia, que algunas corrientes comerciales han ofrecido posteriormente para volver a atraer al espectador de forma masiva, con la añadidura de extras diseñados para explotar el fenómeno fan. Porque pocas sagas -probablemente solo quedaría por encima esa Guerra de las galaxias perpetuada mediante innumerables secuelas, precuelas y spin offs- paralizaron a la sociedad, volcándola a las salas, como esta trilogía impulsada por Peter Jackson, que representa esa categoría de cineasta que dirige la película en calidad de devoto iniciado en un mundo misterioso del que quiere hacer partícipes a quienes se acerquen a compartir este relato alrededor del fuego -esa faceta de entusiasta contador de historias, para lo cual ni siquiera es necesario efecto especial alguno, que será en lo que más destaque aquí-.

         En aquel momento, como adolescente contestatario, tenía un gran problema para aceptar el maniqueismo -solo un personaje duda, lo que lo arrastra además a una rápida tragedia- de una fantasía que, a pesar de crear prolijamente su propio microcosmos, no dejaba de fundarse sobre un viaje épico de corte clásico en el que convencional tapado -el hobbit, la criatura menos poderosa de toda la Tierra Media- se revelaba como protagonista y héroe inesperado. Hoy acepto mejor ese espíritu de novela juvenil que me había convencido más en los libros que en el cine -aunque siempre preferí El hobbit a El señor de los anillos– y me irrita menos la inocencia que representan Frodo y sus amigos, si bien ese humor previsible a cargo de secundarios cómicos me resulta todavía demasiado infantil.

En cambio, después de esta evolución personal y social, me chirría más ese molesto etnocentrismo bastante conservador típico de las fantasías anglosajonas, que suelen metamorfizar un canto a los valores de la Britania tradicional frente a los peligros de un exterior exótico y malvado -en muchos casos ese Oriente bárbaro contra el que ya se batallaba en la Grecia clásica-. Como es sabido, esta cosmovisión de J.R.R. Tolkien procede del trauma del mundo al borde del abismo de la Primera Guerra Mundial y la amenaza de los pilares de la civilización europea modelada a partir de las culturas grecolatina y judeocristiana. Una noción apocalíptica e incluso sacrílega que impregna esta lucha entre la luz -la amistad, la fidelidad, el compañerismo, la ecología…- y la oscuridad -la tiranía, el belicismo, la depredación industrial…-, que Jackson traduce por medio de una ambientación donde la megalomanía es producto directo de su pasión como profundo aficionado y conocedor a la obra original. Eso no quita que abuse de esos movimientos de cámara a vista de pájaro o que la recreación digital haya envejecido bastante -los efectos prácticos del cine prechroma también envejecen, desde luego, pero lo hacen mucho más encanto y mantienen una fisicidad que los hace tangibles, les otorga presencia y entidad, haciéndolos ‘reales’-.

         Desde ese entusiasmo de ser tanto el realizador como el primer y privilegiado espectador, Jackson expresa con fuerza la escala épica de la historia. La excitación de la aventura excepcional frente a la vida cotidiana, el peligro constante, la esperanza por un mundo mejor en el que cada individuo tiene su papel. El neozelandés, que encuentra en su país el perfecto decorado natural para plasmar este escenario sobrecogedor, transmite el miedo que producen los nazgûl, los lóbregos pasillos de la mina de Moria o la estentórea voz de Christopher Lee. Y despliega un notable pulso narrativo a lo largo de tres horas en las que el relato avanza con fluidez, encadenando acciones y aprietos sin cesar, empujados asimimo por la poderosa banda sonora de Howard Shore. Pero también dibuja con cariño e intimidad las relaciones entre los personajes, principalmente Frodo, Sam, Aragorn y Gandalf. Ayuda, claro, el saber dramático de un actor como Ian McKellen, experto en moverse en grandes producciones sin perder matices interpretativos. Pero son bosquejos que en lo posterior irán quedando aplastados por la aparatosidad del pixel, por la grandilocuencia facturada al peso.

         El fenómeno quedaría consagrado por la rendición absoluta de la taquilla y por una miríada de nominaciones a los Óscar.

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Nota IMDB: 8,8.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 7.

El viaje de Chihiro

13 Jul

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Año: 2001.

Director: Hayao Miyazaki.

Reparto (V.O.): Rumi Hiiragi, Miyu Irino, Mari Natsuki, Akio Nakamura, Ryūnosuke Kamiki, Yumi Tamai, Bunta Sugawara, Takashi Naito, Yasuko Sawaguchi.

Tráiler

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         Aseguraba Hayao Miyazaki que El viaje de Chihiro es una reacción contra una ficción infantil y juvenil que percibía frívola y alienante. El viaje de Chihiro es el relato del viaje iniciático que emprende una niña de 10 años inmersa en pleno cambio traumático -la adolescencia, la mudanza- que ha de valerse por sí misma para entrar en la edad adulta. Al igual que la Alicia que se adentra en el país de las maravillas -o, en una influencia local, la protagonista de Un pueblo misterioso más allá de la niebla de Sachiko Kashiwaba-, la de Chihiro es una odisea al otro lado del espejo en el que la madurez le permita recuperar y ser digna de su propio nombre, reducido a un simple número por un encantamiento. La conquista de la propia identidad.

Su adentramiento en un mundo olvidado de dioses y espíritus, ubicado en un lugar recóndito al que ni siquiera un flamante 4×4 puede llegar, sigue la llamada de los elementos, que ella aún es capaz de sentir desde su percepción todavía no contaminada por la ceguera de sus mayores. Es un microcosmos en el que Miyazaki despliega una extraordinaria imaginación, basada asimismo en un folclore que, por su parte, también amenaza con perderse en la nada, en el olvido, quizás como el reino de Fantasía de La historia interminable, al que solo puede salvar la capacidad fabuladora de un niño. Al fin y al cabo, no todos somos ya capaces de ver a un vecino como Totoro.

         Esta profusión de referencias a la tradición cultural japonesa no es en absoluto un inconveniente para la comprensión y el disfrute de la historia, dado que también tiene mucho del viaje quintaesencial del héroe -…que aquí destaca por su antiheroismo, por sus habilidades y su aspecto del todo corrientes-. Son asuntos eternos y universales, intrínsecos al ser humano, escenificados desde esa identificable personalidad del cineasta a través de un intrigante y sorprendente mundo que se rige por una magia sobrehumana, sí, pero también por elementos reconociblemente terrenales, cotidianos; todo ello integrado con perfecta coherencia, estimulándose recíprocamente.

En este recorrido, pues, aparecen valores vinculados a una visión crítica de la sociedad contemporánea, como la contaminación medioambiental -el deformado dios del río-, el consumismo desenfrenado -la voracidad de los padres y del Sin Cara- o el materialismo obsesivo -la codicia del oro, su putrefacción cuando uno es consciente de que ha perdido algo verdaderamente precioso-. Son parte de los desafíos a los que debe hacer frente Chihiro, quien desde su humanidad es, como muchos de los héroes de Miyazaki, la humilde encargada de redimir simbólicamente a sus semejantes.

         El viaje de Chihiro es una experiencia delicada y compleja, impactante e inspiradora, fascinante y emotiva. Su aventura no está infantilizada con condescendencia ni juega con el cinismo de conceder constantes guiños cómplices al público adulto, de la misma manera que su conciencia y su espiritualidad se conjugan con el rechazo de la moralina barata. Asume la mirada de la protagonista con rotunda honestidad y madurez. Chihiro se enfrenta a dificultades que no regatean los aspectos más ásperos o terribles de la vida -desde la necesidad del esfuerzo hasta la violencia y la muerte-, como tampoco lo hace con los más gratificantes -la amistad, la dignidad, la empatía, la bondad, la autorrealización-. Y su viaje es el nuestro.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 10.

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