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Érase una vez en… Hollywood

19 Ago

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Año: 2019.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Margaret Qualley, Emile Hirsch, Julia Butters, Al Pacino, Bruce Dern, Dakota Fanning, Austin Butler, Mikey Madison, Lena Dunham, Maya Hawke, Damon Herriman, Timothy Olyphant, Luke Perry, Rafal Zawierucha, Mike Moh, Damian Lewis, Lorenza Izzo, Kurt Russell, Zoe Bell, Michael Madsen, Scoot McNairy, Clifton Collins Jr., James Remar, Clu Gulager.

Tráiler

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         Érase una vez en… Hollywood es en efecto, tal y como sugiere el título, un cuento ambientado en la fábrica de sueños, en el lugar donde todo puede ocurrir. Esto es, en la industria del cine, una realidad alternativa, superior en belleza y emociones a la que existe fuera de las salas, y en la que hasta es posible arreglar la Historia y reventar la Segunda Guerra Mundial a golpe de ucronía y metralleta, como demostró el propio Quentin Tarantino en Malditos bastardos.

         Pero Érase una vez en… Hollywood es, principalmente, un viaje fabuloso a una era mitológica, poblada por dioses que celebran bacanales en sus mansiones del olimpo de Los Ángeles y que, incluso, descienden a los bulevares de la ciudad para convivir con los humanos, aparte de su invocación a través de las carteleras y de las pantallas de cine, omnipresentes.

Hay, por supuesto, una atmósfera elegíaca en esta dorada edad de la inocencia a punto de ser destrozada a puñaladas y malos viajes de ácido por la trasnochada Familia liderada por Charles Manson. Un despertar paralelo al del resto de unos Estados Unidos embarrados en una guerra absurda y propensos al magnicidio de figuras de progreso, aunque todo ello apenas se menciona en esta película que es una memoria sentimental, no un registro documental. Porque son cosas que no pertenecen al mundo de Tarantino, el cual se concentra en ese espacio confortable y maravilloso del cine, como parecen indicar asimismo esas escenas donde la realidad a uno y otro lado de la claqueta queda perfectamente fundida. En consonancia con esta noción, el de Érase una vez en… Hollywood es un eco elegíaco que procede de la incurable nostalgia de un creador criado y alimentado por la cultura popular y que, en esta ocasión, rinde tributo fascinado a los maratones de televisión que construyeron su infancia.

         Tarantino manifiesta esta decadencia también a través de los protagonistas: un actor de seriales del Oeste que parece enfilar la cuesta abajo de su carrera y su doble de acción, reducido a chico de los recados; ambos con problemas además para entender a una juventud de rebeldes ácratas, melenudos y sin depilar. Desde luego más tragicomedia que thriller, el relato sigue sus desventuras por los márgenes de este escenario de leyenda, con un tono que parece heredar esa mezcolanza de homenaje y caricatura propio del spaghetti western, abundantemente referenciado en la cinta. Hay patetismo y humor negro marca de la casa para retratar a este par de amigos que tratan de orientarse en medio de este apocalipsis lujoso y soleado. Leonardo DiCaprio y Brad Pitt derrochan carisma y química a expuertas, convirtiéndose en uno de los grandes baluartes de una obra que, narrativamente, se muestra descompensada e irregular.

En determinados momentos, da la sensación de que el montaje de Érase una vez en… Hollywood es bastante pedestre en su intención de enhebrar las historias de los personajes de forma paralela, de igual manera que flashbacks como el de Bruce Lee durante el rodaje de El avispón verde que no funcionan bien y entorpecen la progresión y el ritmo del filme -quizás sea la entrega del cineasta donde más se aprecia la falta de la fallecida Sally Menke-. Algo semejante ocurre con las fugas, fantasías y retales de películas posibles que Tarantino va sembrando a su paso, en especial durante la introducción, si bien es necesario reconocer su soberbio talento para aprender y reproducir lenguas perdidas del cine -estilos propios de la serie B de los que, por otra parte, también podría repescar su concreción y concisión a la hora de contar las cosas, pues es fácil hallar secuencias perfectamente prescindibles entre los 260 minutos de metraje de la cinta-.

         En cualquier caso, Tarantino logra terminar la función en alto, con un desparramante clímax de violencia satírica en la que se podría leer una maniobra de autodefensa contra aquellos que censuran, precisamente, su querencia por una sanguinolenta crueldad de grand gignol. Es la constatación de que, decididamente, Érase una vez en… Hollywood, su filmografía y el cine en general son un juguete con el que disfrutar. Y mejor que la realidad.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6,5.

Matrix Revolutions

17 Ago

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Año: 2003.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Harold Perrineau, Jada Pinkett-Smith, Harry Lennix, Clayton Watson, Nona Gaye, David Roberts, Nathaniel Lees, Ian Bliss, Anthony Zerbe, Mary Alice, Helmut Bakaitis, Collin Chou, Tanveer K. Atwal, Bernard White, Tharini Mudaliar, Lambert Wilson, Monica Bellucci, Bruce Spence.

Tráiler

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         Todo lo que tiene un principio tiene un final -mientras no lancen una nueva secuela o un reboot-, y el de la trilogía Matrix fue de ruido y furia. Lanzada apenas seis meses después de Matrix Reloaded, Matrix Revolutions se estrenó simultáneamente en más de 20.000 salas de 50 países, entre ellos, por primera vez en un evento semejante, China. Aparte de suscitar una espectación de por sí desaforada, el objetivo era evitar el pirateo informático de la película, una auténtica curiosidad para un relato protagonizado por un hacker devenido en salvador de la humanidad.

         A partir de lo sembrado en la anterior entrega, Matrix Revolutions se ve obligada a saldar la saga en un enfrentamiento épico que, a la postre, reduce su apelotonado repaso filosófico-espiritual a un duelo entre el mesías y su némesis, entre el yin y el yang, entre el bien y el mal. Un cuello de botella que, con no pocas contradicciones, filtra el conflicto entre la máquina y el ser humano acercando las posturas entre ambos -los sentimientos compartidos, como el amor, la solidaridad o la esperanza-.

Si algo destaca en el discurso de Matrix Revolutions como elemento esencial de la existencia humana es la fe. Depositar ciegamente toda esperanza de futuro en algo ajeno a uno de lo que no hay prueba empírica. A golpe de pura insistencia, el concepto alcanza su cima en este desenlace, con cotas de verdadero anuncio religioso. Como en Matrix Reloaded, Neo sigue vistiendo negra sotana mientras sus acólitos le profesan reverencia. Brazos en cruz, el Elegido, que ya encarnaba el universal anhelo del tipo corriente de descubrir que en realidad es un ser providencial llamado a grandes hazañas, inspira definitivamente a los habitantes de Zion para que cumplar su destino legendario -al que llegan paradójicamente por su elección particular, si atendemos al mensaje del filme-. Venida la hora, todos pueden ser héroes. Todos somos Neo, una vez más.

         Matrix Revolutions es una película narrativamente poco consistente y, sobre todo, escasamente imaginativa -cabría rescatar acaso la estación de metro o detalles como la lluvia sobre fondo verde que remite al código de la simulación-. La mitología de la serie, que a fin de cuentas es bastante sencilla, no da para más. Su argumento es el preámbulo, desarrollo y resolución de la batalla definitiva -mil veces vista-, la cual se libra desde lo cósmico -Neo contra Smith- hasta lo común y colectivo -Zion contra la invasión de las máquinas-. No es de extrañar que el relato continuase a través del videojuego, que después de esta conclusión semejaba su prolongación natural. Como si la hubiese contaminado el agente Smith, Matrix era ya mero espectáculo visual. Una pantalla en verde, vacía realmente de sustancia alguna.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 4.

Matrix Reloaded

15 Ago

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Año: 2003.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Harold Perrineau, Jada Pinkett-Smith, Anthony Zerbe, Lambert Wilson, Monica Bellucci, Adrian Rayment, Neil Rayment, Harry Lennix, Helmut Bakaitis, Gloria Foster, Collin Chou, Randall Duk Kim, Clayton Watson, Nona Gaye, David Roberts, Nathaniel Lees, Ian Bliss.

Tráiler

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          El boom de Matrix había sacudido inesperadamente a todo el globo, dejando una profunda huella en la manera de abordar y entender la relación entre los ciudadanos e incluso las entidades colectivas con el proceso de expansión de las tecnologias de la comunicación y la información, que colonizaban la vida privada y los espacios públicos. El fenómeno se había plasmado asimismo en los más de 450 millones de dólares de recaudación cosechados en todo el mundo. De ahí que, cuatro años después de la primera entrega, el estreno de Matrix Reloaded supusiera un auténtico acontecimiento internacional, además de una enorme presión para las hermanas Wachowski y su decisión sobre hacia dónde conducir una saga tan influyente en lo cinematográfico y lo sociológico.

          Matrix Reloaded aboga por el camino de la circunspección y la trascendencia -esto es, la pretenciosidad-, y amplía además el escenario mitológico de la serie mostrando los decorados y el funcionamiento de Zion -liderada, entre otros, por un consejero al que presta rostro Anthony Zerbe, quien ya había combatido con fuego a las máquinas en El último hombre… vivo-. Se insiste por tanto en ese existencialismo esencial que se planteaba en Matrix -el sentido de la propia vida, la discusión entre determinismo y libre albedrío, la naturaleza de la realidad-, al mismo tiempo que se consolida la configuración dual del conflicto místico -el Mesías y su Némesis; la eterna lucha entre el Bien y el Mal-, todo ello enredado en una maraña de referencias filosóficas que parecen aglomeradas de una forma un tanto difusa o arbitraria, dentro de un envoltorio de empalagosa espiritualidad cercana al new age -esa estética de la ciudad humana, la unión ecuménica de sus variopintas gentes, sus cuevas de estalactitas y estalagmitas y sus moradores vestidos con prendas de tejido orgánico y aficionados a la batukada-. Es paradigmática la conversación con el Arquitecto, donde el engolamiento y la sobreelaboración del diálogo trata de disimular la sencillez conceptual del asunto.

          En cualquier caso, este fondo trascendental aparece debidamente ribeteado, por supuesto, de un nuevo salto en la espectacularidad de una acción sustentada en buena medida en el impacto de los efectos especiales, que es la otra marca característica de la saga, a la misma altura que lo anterior y con un nivel de influencia idéntico.

Hay una evidente paradoja en la trilogía Matrix que ahora se extrema: su reflexión acerca de la progresiva virtualización de la experiencia colisiona con la intensiva digitalización de las escenas de acción y la dependencia del chroma y del ordenador para componer el fotograma. El efecto bala se redobla, las artes marciales tienen cada vez más vuelo, la persecución de la autovía sacrifica fisicidad artesanal en aras del más difícil todavía, sentando un precedente de referencia para los blockbusters de la década. Pero, ¿qué es una mierda de sicario incorpóreo al lado de la tangible rotundidad de Monica Bellucci? Ya no vale con un agente Smith, han de ser cientos. El espíritu de novelilla de ‘elige tu propia aventura’, que es lo que daba gracia al original, queda por el trayecto.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5,5.

Matrix

13 Ago

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Año: 1999.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Joe Pantoliano, Gloria Foster, Marcus Chong, Matt Doran, Belinda McClory, Julian Arahanga, Anthony Ray Parker, Paul Goddard, Robert Taylor.

Tráiler

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         Para convertirse en un auténtico fenómeno cinematográfico y sociológico, impreso a fuego en la cultura colectiva, Matrix supo rastrear y pulsar las fibras sensibles del cambio de siglo. La democratización y universalización de la tecnología; la expansión de la world wide web, las plataformas y videojuegos virtuales y el alumbramiento de una vida alternativa digital; el efecto 2000 y la amenaza del hacker en la sombra; el milenarismo, la fusión cultural en un mundo globalizado, las coreografías hongkonesas de artes marciales llevadas a un nivel poco o nunca visto anteriormente, la estética de discoteca techno que dominaba el periodo… Todo ello sobre la base de el tradicional y siempre efectivo esquema del aparente marginal -el tipo corriente de aburrida e incluso desazonadora existencia, en resumen- a quien se le revela su razón de ser como mesías providencial, lo cual entremezcla por tanto existencialismo con referencias bíblicas, filosofías orientales, clásicos literarios…

         Dos décadas después, Matrix sobrevive perfectamente como cuestionamiento del homo tecnologicus y de su experiencia de la realidad. Aunque aboga por la distopía tortuosa en lugar de por esa distopía de progreso ilusorio que parece ser la predominante –la sumisión mediante el placer superficial y no mediante la opresión brutal, como pronosticaba Aldous Huxley en Un mundo feliz-, su vigencia argumental puede considerarse reforzada incluso por el desarrollo y ampliación de la vida paralela y simulada por la vía de las redes sociales como nuevo opio en el que hasta se puede cuantificar objetivamente la gratificación obtenida -likes, matches, corazones…-; la ultraexposición de la privacidad también por el big data y los sistemas de espionaje disimulados o hasta relativamente voluntarios; la hiperconectividad y la hiperinformación como herramientas de control y confusión…

Peor fortuna corren todas las escenas que encajarían en un anuncio de batalla de djs, caso de la entrada en Matrix de la tripulación del Nabucodonosor o el imitado y parodiadísimo asalto del recibidor del rascacielos. Con todo, es imposible negar la influencia posterior de esos equilibrios coreográficos, ralentíes de cámara y trucajes visuales como el ‘efecto bala’. El catálogo de horrorosas gafas de sol no se mencionará porque volverán a estar de moda en algún momento de la próxima década.

         En definitiva, en mitad de este universo confuso e inaprensible que conspira contra él, Thomas Anderson, un perdedor cualquiera, se pregunta quién es y qué hace aquí, en un cuchitril nauseabundo, sin amigos y con cara pasmada de estar esperando no se sabe qué. Hasta que, de la nada, el conejo blanco otorga carta de validez a su alter ego Neo y le guía hasta su destino manifiesto, con una épica entre apocalíptica y salvífica a la altura de las más elevadas expectativas de su ego desencantado y doliente con la insulsa vida de todo hijo de vecino. Una alucinación en tonos verdosos o azules, según se esté a uno u otro lado de la ilusión.

Vista desde esta distancia de 20 años -y del paso de la adolescencia a la edad adulta-, se percibe con claridad, en la escena de presentación del protagonista, la construcción trascendental que configuran alrededor de él las hermanas Wachowski -por entonces eran los hermanos Wachowski, como es sabido; un conflicto de identidad que ahora puede añadir un elemento más desde el que interpretar esta temática acerca de personalidades ocultas bajo la piel impuesta a priori por la naturaleza o la sociedad, y acerca de la capacidad de decisión del individuo para conquistar su propio y espectacular sino-. “Eres mi Jesucristo personal”, “necesitas desconectarte”, “no distingo sueño de realidad”… Las claves en la primera conversación.

El fondo es menos intrincado de lo que asemeja, y es probable que las propias directoras y guionistas fueran bien conscientes de ello, porque en esta entrega inaugural de Matrix se hallan infiltrados pequeños detalles de humor y un agradecido regusto de serie B en parte de su imaginería -las torres chisporroteantes del criadero, el gancho de rescate, los enormes enchufes cerebrales, el kung fu, los guiños cinéfagos…-. Son rasgos que casan con ese espíritu de novela juvenil de ‘elige tu propia aventura’ que domina la trama del neófito Neo -arrastrado de improviso a una epopeya inesperada en la que debe ir dilucidando qué pastilla escoge o no, qué camino sigue o no, qué debe creer o no…- y que, en cierto modo, invita a participar al espectador y que resulta bastante entretenido.

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Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7,5.

Utoya. 22 de julio

28 Jul

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Año: 2018.

Director: Erik Poppe.

Reparto: Andrea Berntzen, Elli Rhiannon Müller Osbourne, Aleksander Holmen, Brede Fristad, Solveig Koløen Birkeland, Jenny Svennevig.

Tráiler

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          Tras las elecciones de septiembre de 2013, las primeras celebradas desde que Anders Behring Breivik asesinase a 77 personas en un doble ataque con explosivos ante edificios gubernamentales en el centro de Oslo y luego a tiros en un campamento de las juventudes del Partido Laborista en la isla de Utoya, en las afueras de la capital, el Partido del Progreso noruego, en el que militó en su día el autor confeso de los atentados y con el que comparte tesis antiinmigración y sobre la presunta islamización del país, consiguió entrar en el Ejecutivo de la mano de una coalición con el Partido Conservador. La alianza se reeditó después de los comicios de 2017, lo que le ha permitido trabajar en su agenda de tintes xenófobos, dentro de una corriente política que avanza en Europa.

Utoya. 22 de julio surge como un ejercicio de memoria que pretende hacer reaccionar al espectador frente a lo que ocurre en la actualidad fuera de la sala de cine. Para ello, su objetivo es convertir en víctima a quien simplemente observa arrellanado en la butaca del cine. Meterle en la piel de quienes tuvieron que huir del rifle del neonazi, de quien sufrió ante sus ojos la muerte de sus amigos, de quien quedó reducido a mera presa de la furia homicida de un individuo trastornado por un odio irracional hacia el otro. Una experiencia inmersiva. Terror en tiempo real. Así pues, escoge un único recurso: el plano secuencia, que es una herramienta de realismo porque renuncia a uno de los elementos esenciales de la ficción cinematográfica -el montaje- y porque establece con rotundidad un punto de vista análogo al de los personajes a  los que sigue. Aunque, cabe decir, Erik Poppe emplea este plano secuencia de forma un tanto irregular, ya que a veces es una toma fija puramente cinematográfica, y a veces literalmente actúa, agazapándose del atacante o levantándose para escudriñar el horizonte y comprobar si está despejado.

          Es una posición antitética, por tanto, a la que planteaba el documental Reconstruyendo Utoya, que, con evidente inspiración en Dogville, renuncia por completo a una representación realista para recrear lo sucedido. Este plano secuencia también guarda obvias diferencias con el que Gus van Sant aplicaba ya para reconstruir otra masacre, la de Columbine, en Elephant, donde está pensado para anular cualquier énfasis, introduciendo al público en una especie de cotidianeidad de intrascendencia sin filtrar, y que el propio realizador comparaba con la mirada de los videojuegos en primera persona, similar de hecho al que, momentos antes de la matanza, juega uno de los asesinos.

Esta cuestión del realismo cobra además una nueva dimensión ante el hecho de que, el pasado marzo, los autores de los atentados islamófobos de Nueva Zelanda utilizaron una cámara GoPro para retransmitir en directo por las redes sociales cómo perpetraban sus fusilamientos. Y, más aún, el propio Breivik sostuvo en su momento que había grabado en vídeo la masacre de Utoya. ¿Qué sentido tienen entonces unas imágenes totalmente verosímiles pero compuestas y diseñadas cuando la realidad absoluta, sin rebajar en su crudeza, se encuentra expuesta? Parte de esta reflexión podía interpretarse con Demasiado cerca (Tesnota), donde se mostraba una filmación auténtica en la que las guerrillas islámicas del Daguestán pasaban a cuchillo a varios soldados rusos, lo que trastoca por completo el voltaje del drama que hasta entonces se estaba contemplando.

Al respecto, Utoya. 22 de julio apuesta por el realismo como arma de denuncia. La conseguida angustia que domina numerosos pasajes es el mecanismo con el que pretende despertar o reactivar conciencias. Una vivencia sensorial armada sobre un esquema donde apenas es posible bosquejar a los personajes, más allá de una protagonista suficientemente construida, y con un trabajo actoral a la altura, para que se pueda empatizar con ella. Las muestras de humanidad que se desprenden de su huida desesperada -la búsqueda de la hermana, el esfuerzo por el desvalido, la piedad hacia la víctima, el apunte de esperanza incluso romántica, la desorientación de una resistencia mental al límite- aparecen como recursos bastante elementales para puntear esta identificación, así como para aportar variedad a las situaciones de peligro. La tensión es efectiva y, desde luego, consigue absorber totalmente la atención.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Capitán América: Civil War

23 Jul

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Año: 2016.

Directores: Anthony Russo, Joe Russo.

Reparto: Chris Evans, Robert Downey Jr., Daniel Brühl, Scarlett Johansson, Elizabeth Olsen, Paul Bettany, Sebastian Stan, Anthonie Mackie, Chadwick Boseman, Jeremy Renner, Paul Rudd, Tom Holland, Don Cheadle, William Hurt, Martin Freeman, Emily VanCamp, Alfre Woodward, Marisa Tomei, John Slattery, Stan Lee.

Tráiler

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         Hay voces que relacionan los picos de popularidad de los superhéroes con los periodos de auge de tendencias políticas fascistas. Responde esta teoría a la naturaleza del superhéroe como dios entre los hombres, cualidad que le inviste de atribuciones casi plenipotenciarias, por encima de la corruptibilidad de cualquier institución civil. Irrefutable policía, juez, verdugo. Pero ¿quién vigila a los vigilantes?, que se preguntaba Alan Moore con su causticidad y descreimiento de cuño europeo. Aunque el espectador de los Estados Unidos contemporáneos tampoco parece admitir ya la inviolabilidad sin mácula de la acción superheroica -aunque las conclusiones del discurso terminen por justificarla-. Así, con sus más y sus menos, Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia se atrevía a sentar al hombre de acero en el banquillo de los acusados. Los Vengadores: La era de Ultrón, precedente cronológico de Capitán América: Civil War en la saga de la Marvel, intercalaba preguntas acerca de la responsabilidad y las consecuencias de actuar de forma heroica, así como sobre la elasticidad de conceptos morales el Bien y el Mal. Capitán América: Civil War asienta de hecho su argumento sobre las secuelas de esas acciones. Los daños colaterales.

         Hay un dilema entre el remordimiento y la convicción. Entre las dudas de un tipo posmoderno como Tony Stark y las certezas morales del Capitán América, que es el abanderado de ‘la mejor generación’, aquella que no dudó en sacrificarse contra un enemigo a cara descubierta como era el nazismo -una firmeza en la encarnación del bando correcto que ya se exponía en El soldado de invierno, donde se le enfrentaba a tiempos de rivales inciertos y paranoia-. Aunque, a la postre, ambos encarnan sendas representaciones de los Estados Unidos, puesto que el primero no deja de ser un individuo sumamente emprendedor, un plutócrata decisivo, que, en esta ocasión, contradictoriamente decide someterse a los designios del Estado, frecuente coartador de la iniciativa ciudadana de acuerdo con los principios de la cultura nacional.

Los desencadenantes de la trama de Capitán América: Civil War, en definitiva, son las muertes en Sokovia e incluso una desclasificación arbitraria de documentos de Hydra por parte de la anárquica Viuda Negra. De ellos surge un enemigo, no obstante, con el que no cabe mano izquierda, pues -como era bastante previsible, sobre todo tratándose de este universo fantástico- nunca será su intención negociar. De ahí que el debate crítico que se proponía quede contaminado y de nuevo acabe entrando en constantes contradicciones y diluyéndose, esta vez trasvasado a una perspectiva más sentimental que política. Con todo, a través de los detalles que deja, no está exento de posibles lecturas alegóricas acerca de la escalada armamentística en un escenario global, similar a la protagonizada por el país norteamericano y la Unión Soviética durante la Guerra Fría: el desafío llama a adaptarse y replicar a la amenaza planteada.

         Sea como fuere, dado que en lugar de ensayar una pausa dramática y un poso de madurez la película se aboca al clímax del duelo épico y de autoafirmación siguiendo los cánones convencionales del género, el ritmo resulta dinámico a pesar del voluminoso metraje y la acción espectacular está resuelta con contundencia y posee cierta fisicidad -lo que uno percibe personalmente en la dolorosa falta de limpieza de las caídas al vacío-.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

Instinto básico

17 Jul

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Año: 1992.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Michael Douglas, Sharon Stone, Jeanne Tripplehorn, George Dzundza, Denis Arndt, Leilani Sarelle, Bruce A. Young, Dorothy Malone, Daniel von Bargen, Wayne Knight.

Tráiler

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         El thriller erótico -esas producciones que explotaban crimen, sexo y dominación, en especial durante la década de los noventa y bajo unas formas en buena medida inadmisibles en la era del ‘me too’- tiene un nombre propio: Instinto básico. O más todavía: Sharon Stone. Un cruce de piernas que se graba a fuego en un género y en la historia del cine.

El alto voltaje sexual de las imágenes de Instinto básico fundiría su huella en la memoria colectiva de unas cuantas generaciones. En realidad, el efecto es exactamente idéntico al que Catherine Tramell, literata envuelta en una densísima niebla de misterio homicida, suscita al grupo de machos que se enfrenta a ella en la escena. El peso de la autoridad policial, legal, moral y patriarcal que intenta empujar contra la pared a la sospechosa termina subvertido por la simple y arrolladora potencia de la carne; de la tentación y la lujuria. El deseo, apenas entrevisto, es capaz de derribar cualquier convención construida por la sociedad, tal es la fuerza primaria que alberga.

         Catherine Tramell es un símbolo. La femme fatale explícita. La devoradora de hombres. La diosa ancestral que somete a los mortales ofuscando su razón a través de una llamada animal. El eros y el tánatos colisionando bajo una mirada insinuante, bajo la provocación incesante. La investigación que emprende Nick Curran, policía de la ciudad de San Francisco, es una carrera de resistencia contra ese impulso prácticamente irrefrenable, dada la magnitud de los cantos de sirena que, cree, envenenan sus oídos.

Pero Paul Verhoeven, un agitador holandés que había conseguido infiltrarse en los cuarteles de Hollywood como si fuese un agente doble, un cineasta al que le apasiona hurgar en las relaciones de poder que se establecen por medio de la sexualidad desatada, no se detiene en las evocaciones atávicas de la guerra de sexos. A partir de la novela original de Joe Eszterhas, Verhoeven empareja las pulsiones de violencia sexual y criminal de la presunta asesina con las del presunto garante de la ley, de manera que va desnudando la hipocresía que la sociedad trata de ocultar bajo ropajes de falsa dignidad. La mirada provocativa de Tramell también sirve para aplicar dosis de corrosiva ironía a la hora de estimar la respetabilidad como asunto político o de trazar un retrato del policía como psicótico brazo ejecutor.

         Hay abundante sarcasmo en el juego del ratón y el gato que desarrolla Instinto básico, a pesar de los matices de duda que, en el desenlace, devuelven el personaje de Tramell desde la figura abstracta hacia cierto comportamiento humano, digno de un análisis psicológico que no le hacía falta y, peor aún, que tampoco le convenía demasiado. Hasta entonces, su estrategia para fustigar a sus perseguidores había sido enfrentarles a un espejo. Una imagen que, como reflejo contrario, evisceraba sus instintos más elementales. Y los arrojaba asimismo contra una reproducción mimética de sus actos y consecuencias, incluso puestas negro sobre blanco en textos literarios. La tensión de ese choque constante, sumado a la insoportable temperatura alcanzada por el caldeamiento erótico de la protagonista, es la que conduce a aquellos hombres que siguen su rastro al desquiciamiento, la locura y la muerte. En el caso de Curran, se plasma en resonancias autodestructivas. El eros y el tánatos.

Desde ese juego laberíntico de incertidumbres, perturbaciones y dualidades, Verhoeven consigue que uno se divierta tanto como la malintencionada Catherine Tramell. La electricidad erótica se transmite también febril a la intriga policíaca. La fusión de ambas, con ejemplos paradigmáticos como el celebérrimo y ya citado interrogatorio, convoca planos de una privilegiada energía expresiva. Incluso, al igual que la ayudante sexi del mago, puede distraer la atención respecto de unos procedimientos policiales harto cuestionables -no se practica ni una sola prueba de ADN en unos escenarios que desbordan fluidos de toda índole- o de que el desopilante enredo de la trama termine siendo excesivo por necesidad.

         Aunque, regresando otra vez a una perspectiva contemporánea, en la que el rol de la mujer dentro de la industria y dentro de la pantalla de cine ha tenido una transformación tan importante como indispensable, cabe preguntarse de nuevo si, en vista de la carrera de Sharon Stone, catapultada como icono sexual y objeto de deseo -esa elocuente expresión-, era ella quien dominaba la función a su antojo. Aun con las vueltas de tuerca que pueda tener, la sirena no deja de ser en el fondo una criatura mitológica construida desde un punto de vista muy concreto.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota Filmaffinity: 6,5.

Nota del blog: 7,5.

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