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Los límites del control

15 Sep

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Año: 2009.

Director: Jim Jarmusch.

Reparto: Isaach de Bankolé, Alex Descas, Jean-François Stévenin, Óscar Jaenada, Luis Tosar, Paz de la Huerta, Tilda Swinton, Yûki Kudô, John Hurt, Gael García Bernal, Hiam Abbass, Bill Murray.

Tráiler

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           Aunque el protagonista podría pasar por un pariente de su homólogo de Ghost Dog: el camino del samurái -el asesino a sueldo ultraprofesional que varía el ascetismo del arquetipo melvilliano con inclinaciones hacia el misticismo oriental-, Los límites del control es una película que recuerda más a Dead Man o incluso a Flores rotas en el sentido de que desarrolla un viaje abstracto hacia el interior del personaje, hacia un universo subconsciente y existencialista que posee trazos oníricos y metaficcionales, especialmente cinéfilos.

           Los limites del control encadena su acción, primordialmente estática, mediante una serie de repeticiones y rimas que se establecen a través del encuentro de un hombre con una misión -o un hombre que es una misión, tal es el dibujo maquinal del personaje con sus rutinas, sus ‘cambios de piel’ y su impasibilidad absoluta- y el resto de individuos implicados en la trama, los cuales, desde su naturaleza conceptual y su respectivo diálogo -prácticamente monólogo, ya que la interacción entre ellos es sui generis-, ofrecen pistas que encaminan al desenlace de este jeroglífico que es tanto de intriga cinematográfica -puro mcguffin- como, en efecto, existencial -los aforismos, las parábolas y las reflexiones en las que se insiste directa o indirectamente; su incorporación literal por el sicario con la deglución de las notas-.

Un trayecto en el que se depuran las ideas temáticas para conducirlas al lienzo en blanco. ¿Que Jim Jarmusch podría ahorrarse renglones de este estribillo de situaciones y cavilaciones reiteradas? Pues probablemente también.

           Los límites del control es una exploración metafísica, pues, en la que se perciben reminiscencias de David Lynch -el pictoricismo de las imágenes, los ensayos cromáticos, el surrealismo, los juegos con el reflejo figurado-, del A quemarropa de John Boorman -la estilización de los estereotipos, el empleo de la geometría urbana y la iluminación, la cadencia onírica de las escenas- e incluso del libertinaje metarreferencial de Jean-Luc Godard -los guiños velados o explícitos, las alusiones a los códigos que rigen el cine y que se integran automáticamente en la propia dinámica del filme-.

La obra se mueve entre no lugares, entre localizaciones marginales y entre colores átonos, alejado de la postal pero atento a las posibilidades que ofrece el diseño arquitectónico y los espacios de ciudades como Madrid y Sevilla. Hasta en la representación de elementos folclóricos como el flamenco, Jarmusch consigue burlar el pintoresquismo de su mirada extranjera y dotarla de brío y potencia, perfectamente asimilada a la atmósfera del conjunto. Porque, por así decirlo, la exploración de Los límites del control acontece en una realidad alternativa -el plano subconsciente que predomina- y al mismo tiempo hiperrealista -los rincones ocultos, vivos y habitualmente despreciados por los cánones cinematográficos, tendentes a la sublimación romántica de lo mundano-.

           Los límites del control, si bien no tan redonda como otras muestras de su filmografía, es misteriosa e hipnótica, otra atractiva y coherente pieza que compone reconocible cosmos del cineasta estadounidense.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7,5.

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El amante doble

11 Sep

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Año: 2017.

Director: François Ozon.

Reparto: Marine Vacth, Jérémie Renier, Myriam Boyer, Jacqueline Bisset, Fanny Sage.

Tráiler

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         Enseguida justifica El amante doble los parentescos que con insistencia se le han trazado con David Cronenberg -en especial- y con Alfred Hitchcock -algo menores y más ‘depalmianos‘- y hasta, por simple alusión, con Luis Buñuel -la mirada literalmente sexualizada de esta apertura-. De inicio, la cámara bucea literalmente en el interior del sujeto -una exploración vaginal filmada en crudo- y asocia un desequilibrio psicológico con una somatización física, en la que se entremezcla la aberración y lo morboso. A continuación, la protagonista asciende unas vertiginosas escaleras de caracol hacia la consulta de un psicólogo en el que se personificará la dualidad -la premisa del gemelo y el doppelgänger también estaban presentes en aquella pesadilla de ambientes ginecológicos que era Inseparables– que, en verdad, porta ella dentro de sí misma -como casi cada uno de nosotros, podría decirse-. 

         Las filiaciones que emplea François Ozon en este thriller psicológico son manifiestas -e incluso excesivas-, y se exponen en claro. La aportación del cineasta galo consiste en sobrepasar esas referencias explícitas y convertir su relato en un potente ejercicio de tensión y angustia que, hay que reconocerlo, avanza con tanta fluidez como densidad de atmósfera. Ozon habla -o hace hablar a la mujer que ofrece el punto de vista del relato- por medio de los escenarios, donde no resta expresividad a las imágenes el recurso a tópicos psicologistas bastante sobados -el reflejo múltiple o fragmentado, la espiral, las simetrías, enfrentamientos y duplicidades, la enredadera…-, los cuales brotan igualmente en la construcción narrativa del argumento -los juegos de dominación, los dilemas entre las convenciones sociales y las necesidades perversas, los complejos familiares…-.

El evidente esfuerzo de composición vertido en ellas tampoco resulta frío o maquinal y, junto con empleo de la iluminación, el color y la geometría, consigue estimular las sensaciones que experimenta la atormentada Chloé (interesante Marine Vacth) en su viaje a través de su psique lacerada; de sus traumas, sus represiones, sus deseos, sus heridas y sus vacíos. De hecho, la capacidad para fascinar y perturbar al espectador, compañero de odisea, procede de esta creación de escenarios opresivos, en lugar de con los golpes del susto, la violencia estridente o la repulsión, más típicos y menos logrados.

         Este trabajo visual es, pues, el que sustenta una obra en la que, en cambio, la pronta introducción del elemento onírico le permite a Ozon jugar tanto con la ambigüedad y la duda entre lo real y lo figurado -sobre lo que va dejando ciertas pistas a lo largo del camino, cabe admitir-, como con la trampa de guion en el desarrollo de una tortuosa trama que, finalmente, encuentra dificultades para resolver de forma satisfactoria.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 6,5.

Policía Python 357

23 Ago

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Año: 1975.

Director: Alain Corneau.

Reparto: Yves Montand, François Périer, Simone Signoret, Stefania Sandrelli, Mathieu Carrière.

Tráiler

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          Una de las cualidades más sugerentes del universo del cine negro es la de que, en ocasiones, su tensión dramática procede de obligar al espectador a asimilarse a un protagonista cuyos actos se encuentran guiados o se ven arrastrados no por virtudes heroicas o inspiradoras, sino por una acre ambigüedad moral o, directamente, por un proceso de degradación personal acorde al miserable mundo en el que sobrevive. No hay amanecer más sucio y ceniciento que el que, paradójicamente, cierra Policía Python 357. Y es el patetismo de los personajes el que nos ha conducido hasta él.

          Policía Python 357 escoge un título con nombre de revólver y sabor pulp y, siguiendo esta línea, durante la introducción del filme, en la que el montaje equipara la preparación de un desayuno con la puesta a punto del arma epónima, se presenta a un hombre en cuya cotidianeidad se encuentra instalada la muerte.

Sin embargo, como parece indicar el coro tétrico que un repentino corte transforma la música diegética en extradiegética, esta concisión y sequedad noir inicial es parcialmente engañosa, puesto que las promesas de violencia expeditiva y cruda que sugiere semejante apertura no terminarán luego de concretarse, más allá de para despertar cierta conexión con el ascetismo del individuo reducido a su tarea letal de El silencio de un hombre. Pero, eso sí es cierto, la fatalidad acompañará los pasos del inspector Ferrot durante el resto del metraje, fotografiado en escenarios nocturnos o en tonalidades frías.

          Lo que ocurre es que, en el argumento de la película, los asuntos policiales colisionan y se funden -no siempre con el mejor de los equilibrios- con un melodrama romántico otoñal, configurando con ello el caldo de cultivo para ese patetismo antes citado -el imposible amor de senectud, la humillación del hombre rocoso a los pies de la femme fatale-.

Una sensación incómoda, de punzante pesimismo -en ocasiones de cierto toque misógino, rebajado no obstante por la desorientación absoluta de los participantes masculinos, evidente en comparación con la matriarca que interpreta con gran dignidad Simone Signoret-, que además irá en crescendo toda vez que la extraña rivalidad romántica se canalice trágicamente en un proceso policial que, a partir de la inclusión del tópico del falso culpable, es al mismo tiempo investigación y huida.

          De ese duelo consciente o inconsciente, y de ese doble filo constante, procede la progresiva crispación de la trama, espoleada además por las desconcertantes decisiones de dos hombres otrora poderosos y cuya ineptitud afectiva, estimulada a su vez por la decadencia física que experimentan, ha situado ahora al límite. La vulnerabilidad y la desesperación que transmiten Yves Montand y François Périer en su carrera contrarreloj contribuye a demoler con mayor fuerza sus respectivos arquetipos, que conducen a un final tremendamente hosco incluso en las posibilidades de redención que permite.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

Munich

10 Jul

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Año: 2005.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler, Ayelet Zurer, Geoffrey Rush, Mathieu Amalric, Michael Lonsdale, Valeria Bruni Tedeschi, Marie-Josée Croze.

Tráiler

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         Sería interesante una sesión doble con La lista de Schindler y Munich, dos películas pertenecientes a la versión ‘seria’ y ‘adulta’ de un autor que en su conciencia cinematográfica siente el peso del apodo de Rey Midas de Hollywood y trata de subvertirlo a partir de un cierto compromiso social que le lleva a sumergirse en capítulos problemáticos de la historia contemporánea. En este caso, bien valdría enfrentar su relato del Holocausto, en el que homenajea su ascendencia judía, con su revisión de las consecuencias que aparejan las decisiones del joven Estado de Israel, que, al mismo tiempo, son en buena medida fruto del hecho anterior. “Otra vez judíos perseguidos y asesinados en Alemania”, lamenta el personaje que representa a la primera ministra israelí, Golda Meir, cuando analiza el secuestro y asesinato de los atletas de la delegación hebrea en la olimpiadas de 1972 en Munich.

         El juego con los paralelismos y las oposiciones, de hecho, es una constante en la película de Spielberg. A la relación de nombres de los caídos, se contrapone la relación de nombres de los palestinos convertidos en objetivos de los servicios secretos. Al dolor de la familia de los secuestrados ametrallados, se contrapone el dolor de la familia de los secuestradores abatidos. Al asalto de la villa olímpica muniquesa, todo titubeos e incertidumbre en los terroristas, se contrapone el asalto a los cuarteles de Beirut, todo determinación y eficacia homicida por los soldados israelíes. A los progresos del protagonista en su misión se contrapone el descubrimiento al detalle del incidente que da al lugar a esta gélida y tenebrosa explosión de violencia.

Bañada por el pesimismo y la oscuridad moral del cine de espionaje de los sesenta y setenta -equiparable además al contexto internacional contemporáneo de lucha contra el yihadismo global-, Munich describe la destrucción del presunto héroe anónimo, un individuo cualquiera a quien, en nombre del patriotismo y la sangre, se le entrega la misión de regenerar ojo por ojo el bienestar de una nación sufriente y que busca legitimaciones en su traumático itinerario histórico. Así, desde un enrolamiento convencido en un Israel soleado, en el que forma parte de una comunidad humana sonriente y hermanda al compartir el pan entorno a la mesa, el filme se adentra progresivamente en unos escenarios sombríos, confusos y decepcionantes donde las certezas se diluyen a la par que despiertan los fantasmas morales e incluso las dudas pragmáticas.

         Spielberg narra con habilidad expresiva y con endemoniado sentido del ritmo -porque este thiller de 164 minutos es entretenidísimo- la remontada por sus particulares meandros del Mekong que, como si fuese el capitán Willard de Apocalipse Now, emprende Avner (Eric Bana), con inaudita parada incluida en una hacienda francesa inesperadamente idílica y propicia para la reflexión distanciada sobre la misión, al igual que ocurría en la versión Redux de la obra maestra de Francis Ford Coppola. Aunque aquí ni siquiera hay un totémico Kurtz al final del camino. En ella no hay iluminación lisérgica, ni despertar, ni concienciación. Pero el absurdo y la desesperación son muy parecidos.

         Munich funciona mejor cuanto más cruda e inhóspita es, puesto que los deslices verbalizadores o de desgarrado lirismo simbólico que arroja de tanto en tanto parecen accesorios y obvios. Sintetiza mejor mediante la acción que mediante la reflexión. A medida que corre hacia adelante, Munich va materializando ese alejamiento del concepto de hogar que, en principio, centra la motivación de los personajes. Se revela su artificialidad en su aspecto, en los acentos de sus gentes, en sus personalidades y costumbres heterogéneas, en su ser.

El descorazonador patetismo de los asesinatos -que comienzan con el fusilamiento torpe y lamentable de un intelectual y concluyen con un agresivamente frío y sórdido acribillamiento de una mujer-, la debilidad de las excusas que sustentan la masacre en curso o el desmoronamiento progresivo de cualquier certeza a nivel personal, moral o político son suficientemente demoledoras para dibujar por sí solas este arco hacia la oscuridad que recorre un Avner que comienza su andadura como un atlético y comprometido padre de familia para degradarse progresivamente en un cadáver vaciado física y espiritualmente, semejante al niño Florya Gaishun de Masacre: ven y mira que barría el horror del frente oriental de la Segunda Guerra Mundial y, aun así, todavía conservaba los redaños de humanidad para diferenciar el bien del mal ante el retrato mismo del enemigo. La precisión con la que se ejecutan los primeros encargos se disuelve igualmente en escenas desconcentradas, donde esta vez la intriga no precede tanto de la tensión del mecano activado, sino de los temores que arrecian durante la tarea letal.

         El filme fue ampliamente repudiado por sectores de opinión de Israel y Estados Unidos por la versión comprensiva que se ofrecía del Septiembre Negro palestino y la desconfianza acerca de los procedimientos de contraterrorismo israelíes, a pesar de que, extrañamente, se excluyen capítulos que a priori concuerdan con exactitud con el tono apesadumbrado de la obra como el asesinato por error de un camarero marroquí en Noruega, confundido con el ambicionado Alí Hassan Salameh.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

Akira

3 Jul

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Año: 1988.

Director: Katsuhiro Ôtomo.

Reparto (V.O.): Mitsuo Iwata, Nozomu Sasaki, Mami Koyama, Taro Ishida, Mizuho Suzuki, Fukue Itô, Tatsuhiko Nakamura, Kazuhiro Kamifuji, Tesshô Genda, Yuriko Fuchizaki.

Tráiler

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          No le cojo el punto a Akira. Es la segunda vez que la veo y la segunda vez que no logro sumergirme o sentirme interesado en qué cuenta, a quién le ocurre lo que cuenta y cómo me lo cuenta. No es un asunto de testarudez, ya que ha pasado suficiente tiempo entre ambos pases para haber limpiado la primera impresión y evolucionado mi gusto personal. Y dado que es una obra de culto, reverenciada en multitud de países y continentes, este desapego tampoco debe de tratarse de una cuestión cultural, a pesar de que la obra contenga nociones místicas que parecen manar de cosmogonías y cosmovisiones puramente orientales. También es cierto que no soy aficionado al anime y que, generalizando injustamente, me repelen un tanto los códigos narrativos, las formas expresivas y las estereotipaciones que acostumbran a aparecer en este universo particular. Este, por cierto, fue el anime con mayor presupuesto rodado hasta aquella fecha, lo que se aprecia en la suntuosidad y el nivel de detalle de su decorado, así como en la esmerada movilidad de los rostros de los personajes.

          El argumento, en el que Katsuhiro Ôtomo traduce su propio manga -que por su lado cerraría un par de años después del estreno del filme alterando el final aquí expuesto-, vuelca los traumas apocalípticos que perduran en el Japón y el cine japonés heredero de la destrucción nuclear de la Segunda Guerra Mundial -la nueva destrucción por el hongo atómico, la repetición del cataclismo global, el resurgimiento de las cenizas, la mutación y la aberración del ser humano fusionado con o influido por elementos destructivos o maléficos…-.

Pero Akira contiene igualmente ecos de distopías geográficamente lejanas como Metrópolis -la ciudad monstruosa, la revolución en ciernes, el mesías ambivalente, el brazo mecánico y el nuevo hombre-máquina- y de alientos de romanticismos melodramáticos de tiempos pasados como Rebelde sin causa -la inspiración estética, los fetichismos motorísticos y las emociones descontentas-, amén de ecos estéticos del fantástico y el cyberpunk en los que resuenan notas que van desde 2001: Una odisea del espacio hasta Blade Runner.

Además, concurren una serie de líneas recurrentes en las pesadilla de ciencia ficción futurística, como son el Gobierno opresivo, la amenaza del militarismo o la corrupción del progreso científico, resumidos en la pérdida de la esperanza que encarnan estos dos amigos huérfanos que matan el tiempo entre peleas de bandas y delincuencia menor hasta que el terrible contexto y el destino fatalista les enfrenta en duelo a través de caminos antagónicos.

          De la coctelera sale una mezcla prolija y deslavazada que avanza con los empujones de una narración más bien farragosa, de megalomanía visual y conceptual, y algo histérica o estridente en su desarrollo de caracteres. Entiendo que su éxito procede de su atención por fundar e inocular una atmósfera y un estado anímico que cabalga entre el pesimismo y la épica adolescentes, donde la visceral rebelión personal conduce a la reparación de una sociedad alienada y alienante, que persigue y destruye cualquier atisbo restante de inocencia -los niños psíquicos como paradigma- y desprecia, margina y condena al individuo incomprendido. Características de conexión asegurada con determinadas pulsiones contemporáneas y/o generacionales.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 4,5.

El largo viernes santo

18 Jun

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Año: 1980.

Director: John Mackenzie.

Reparto: Bob Hoskins, Helen Mirren, Derek Thompson, Eddie Constantine, P.H. Moriarty, Bryan Marshall, Dave KingStephen Davies, Paul Freeman, Pierce Brosnan.

Tráiler

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          Disfrazado con sus trajes horteras, su yate ostentoso y sus descomunales proyectos inmobiliarios -visionarios en cierta manera, como luego demostrará la construcción del Canary Wharf-, Harold Shand es el capo de Londres, aunque insiste en que en realidad es un discreto hombre de negocios con visión de futuro, contrapuesto por tanto a la pérdida de los valores de antaño y de la delincuencia que, afirma, ha degenerado las calles de su ciudad. Pero, obviamente, él no dudará en emplear impulsivamente la corrupción de la autoridad legal -la policía, los concejales- o la violencia cruda contra propios y extraños, lo que configura un contraste que en los fotogramas aparece reflejado de manera seca, como si por momentos se creyese el discurso justificatorio de este pequeño y brutal hampón con ínfulas y venido a más.

De igual manera, mientras se proclama príncipe de la metrópolis británica y su cabeza queda coronada por el puente de Londres, Shand declara que Inglaterra es la capital de Europa, la nación líder del nuevo y pujante mercado comunitario a cuya delantera parece recuperar los laureles perdidos del imperio. Sin embargo, con el devenir de los acontecimientos, los mafiosos venidos de los Estados Unidos para asociarse en el trato que legitima definitivamente su empresa criminal terminan espetándole con desprecio que, a su modo de ver, Inglaterra no es más que una república bananera con pretensiones de grandeza.

Entonces, personaje y país parecen ser uno. De hecho, al igual que se le atribuía a Winston Churchill, Bob Hoskins, que conquistaría un gran reconocimiento con este papel, posee ciertas características fisiológicas que recuerdan al bull dog, uno de los símbolos animales del Reino Unido. Achaparrado, macizo y de temperamento virulento, Hoskins corretea por los escenarios al borde del estallido de cólera, mostrando constantemente sus incisivos inferiores, gruñendo a quien se le aproxima.

          El largo viernes santo es puro cine criminal británico, con su ambientación antiromántica, decadente y de amoral salvajismo. No se puede mitificar la podredumbre. Este relato de un gángster cockney con imposibles aires de nobleza que en el día de su presunta entronización se ve superado por unas circunstancias que por fin exceden sus limitadas capacidades, está narrado desde una aspereza que incluso se permite introducir gotas de ácida ironía en su turbulento desencanto, puesto que la trama sobre la que se desarrolla el filme está dominada, en sentido estricto, por una fuerte ascendencia del absurdo.

Contra el caos, la furia es impotente. La presencia intimidante de Hoskins deja escenas de agresividad feroz, pero que finalmente, encadenadas a la desorientación y el desbordamiento que sufre el capo, se hunden igualmente en el ridículo. No obstante, se crea una relación y una complementariedad muy interesante entre Shand y su pareja, Victoria (Helen Mirren), que es otro personaje de fuerte personalidad, firmemente construido, dueño de sus propios procedimientos.

          La estética de la cinta es sucia; las acciones que registra, más. Sin hacer prisioneros, El largo viernes santo avanza correosa y furibunda, dejando tras de sí una amarga estela de oposiciones y contradicciones acerca de un personaje y de un país que parecen erigirse en imagen el uno del otro.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Mulholland Drive

9 Jun

Hollywood a través del espejo, a campo abierto por el subconsciente de una actriz que sueña en la fábrica de los sueños, acosada por las Furias vengadoras. Incursión en el cine moderno para Bandeja de Plata.

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