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Los archivos del Pentágono

29 Ene

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Año: 2017.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Meryl Streep, Tom Hanks, Bob Odenkirk, Sarah Paulson, Tracy Letts, Bradley Whitford, Bruce Greenwood, Matthew Rhys, Allison Brie, Carrie Coon, Jesse Plemons, David Cross, Michael Stuhlbarg.

Tráiler

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         No semeja casualidad que, en un presente en el que el presidente de los Estados Unidos ha encontrado en la prensa uno de los principales objetivos de sus invectivas públicas, Steven Spielberg reivindique el papel y la dignidad del periodismo como cuarto poder del Estado retrotrayéndose a otra administración, la de Richard Nixon, que estuvo igualmente caracterizada por su tendencia a la autocracia y su confrontación con los medios de comunicación, cuyas investigaciones, de hecho, destaparon tramas ilícitas que terminaron conduciendo al fin de su mandato en medio de un escandaloso proceso de impeachment.

         Con guiño final incluido al caso Watergate -conservado en fotogramas para la posteridad por Todos los hombres del presidente-, Los archivos del Pentágono se sumerge en una caza periodística -la salida a la luz de unos informes confidenciales acerca de la preparación, la declaración y el desarrollo de la traumática Guerra de Vietnam– que el libreto va enhebrando a través, por un lado, de la persecución de dicha información y, principalmente, del dilema personal de la directora de The Washington Post, Katharine Graham, a partir del cual se aborda otro tema por desgracia hoy candente como es el de la sumisión femenina en un mundo estrictamente masculino, cuyas conclusiones también concienciadas llegan incluso a subrayarse.

         A menudo, el director dispondrá y hasta contrapondrá estas dos vertientes por medio de un montaje paralelo, lo que refuerza el vigor de una intriga y una tensión que posee múltiples facetas: la historia periodística pura en su sacrosanta labor de control del poder, la disputa entre la verdad oficial, las presuntas obligaciones de Estado y la necesidad de transparencia; la discusión entre la dimensión de servicio público de la cabecera y su dimensión economicoempresarial; la intromisión de lo privado en el deber público de la profesión…

Aparte de contribuir a que el ritmo, propio de un thriller, nunca decaiga, son elementos que ayudan a componer un retrato amplio, atento a la significación histórica pero también a las personas que forman parte e influyen decisivamente el episodio -de nuevo la fuerza del individuo como agente activo del cambio social, una premisa manifiesta en las anteriores La lista de Schindler, Amistad o El puente de los espías, si descontamos la posición privilegiada de Abraham Lincoln en Lincoln-. Todo ello permite asimismo trascender su ubicación temporal concreta para, como decíamos, hacerse tangible en la actualidad, si bien sin abonarse tampoco a lecturas catastrofistas del sistema, por más que este tipo de fallas y corruptelas parezcan ser endémicas en la estructura y procedimiento político del país.

         Spielberg maneja con gran habilidad el pulso narrativo, exponiendo el relato desde un estilo clásico que, no obstante, no cae en la excesiva corrección o academicismo que, por ejemplo, lastraba el potencial de la premiada Spotlight, otra reivindicación reciente de la importancia de una prensa libre, comprometida y de calidad. La realización es discreta, fielmente apegada a lo que cuenta, pero el cineasta sabe expresarse con enorme elocuencia y transmitir mediante la puesta en escena y la construcción de atmósfera las sensaciones, vibraciones y conflictos que experimentan sus personajes -que como en Lincoln dependen más del verbo y lo intelectual que de la acción-, aunque también deja en el desenlace soluciones más manidas en su afectado entusiasmo, cuyo envejecimiento se acentúa además por el uso de la meliflua banda sonora de John Williams.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

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Tres anuncios en las afueras

19 Ene

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Año: 2017.

Director: Martin McDonagh.

Reparto: Frances MacDormand, Woody Harrelson, Sam Rockwell, Peter Dinklage, John Hawkes, Lucas Hedges, Abbie Cornish, Caleb Landry Jones, Samara Weaving, Sandy Martin, Željko Ivanek, Clarke Peters, Amanda Warren, Darrell Britt-GibsonBrendan Sexton IIIKathryn Newton.

Tráiler

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          Hay quien advierte un aroma coeniano en Tres anuncios en las afueras. La localización en uno de esos pueblos de interior que vienen a representar el corazón de los Estados Unidos, el inmisericorde humor negro que juega con el contraste entre el costumbrismo del escenario y la sordidez de los actos humanos; el empleo de la banda sonora de Carter Burwell, la presencia de Frances MacDormand al frente del reparto…

Pero hay un elemento decisivo que aleja al filme de Martin McDonagh -quien posee también voz perfectamente definida y talentosa- de la obra de los hermanos Coen: sus criaturas no son víctimas de su propia estupidez, sino de circunstancias externas, al menos desde el terrible punto de partida de la narración, establecido por la violación y asesinato simultáneo de una adolescente. Su evolución, aunque en este caso sí se vea influida por su comportamiento -condicionado de antemano, recordemos-, seguirá asimismo un trayecto diferente, el cual en el fondo es más benévolo que el que los Coen, despiadados hasta las últimas consecuencias, acostumbran a infligir a la mayoría de sus personajes.

          Por este motivo, Tres anuncios a las afueras provoca que las acciones de sus protagonistas compongan un retrato ácido de la sociedad estadounidense, pero al mismo tiempo sean dignas de lástima. En este sentido, el tercer largometraje del dramaturgo y cineasta angloirlandés, autor procedente del teatro de la crueldad, destaca por un soberbio dibujo de personajes, perfectamente cuidado desde el primero al último de los que aparecen en pantalla; amén de por el trabajo en unos diálogos chispeantes y punzantes, con un tempo preciso que se combina con una contundencia feroz.

Gracias a esto, mientras se despellejan vivas las miserias del colectivo -el racismo, la brutalidad, la insolidaridad…-, se indaga en las complejidades, matices y contradicciones de unos seres devastados por el dolor -la culpa ante una pérdida atroz, la muerte que acecha, el fracaso personal…-, que se erige en el tema central de la obra.

          Para ello, McDonagh emplea precisamente esta elaborada construcción de caracteres. Sus paradojas, sus dobleces y dudas; sus autoreivindicaciones, sus mezquindades, sus virtudes… La actitud escasamente razonable de Mildred Hayes -consecuencia del atropello sufrido, que por tanto la incapacita como parte en el enjuiciamiento de los hechos- contrasta con la empatía y compasión que demuestra en la evidente secuencia inicial con el insecto o ante el esputo de sangre. De esta manera, el director y guionista expresa que su lucha no es personal, aunque lo parezca. O, mejor dicho, lo es, pero contra sí misma.

En paralelo, la perspectiva del sheriff Bill Willoughby (Woody Harrelson) está autorizada por la iluminación, la dignidad y en definitiva la paz que parece aportarle la consciencia de su destino inmediato, por más que este sea funesto. De ahí su capacidad para discriminar la distinta relevancia de los asuntos terrenos y su percepción para anticipar las reacciones emocionales y físicas de sus paisanos, e incluso giros forzados de la trama, que, a poco que uno haya seguido algún mediático caso criminal o de desaparición, observará que no van del todo desencaminados, por lo que, aun reconociéndolos como hartamente improbables, se tornan algo más admisibles.

          McDonagh maneja con maestría la tensión entre comicidad y tragedia, desde el texto de base hasta la puesta en escena y el ritmo narrativo. Las vivencias de esta particular mujer, que aporta una estrambótica vuelta de tuerca al arquetipo de madre coraje, despiertan la risa, pero también perturban y conmueven, pues envuelven un negro halo de remordimientos que se hace cada vez más palpable por debajo de la excentricidad que muestra la flora y fauna de Ebbing, Misuri, un lugar como cualquier otro.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8.

El sacrificio de un ciervo sagrado

16 Dic

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Año: 2017.

Director: Yorgos Lanthimos.

Reparto: Colin Farrell, Barry Keoghan, Nicole Kidman, Raffey Cassidy, Sunny Suljic, Bill Camp, Alicia Silverstone.

Tráiler

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          Mientras su carrera se internacionaliza a cada paso, el ateniense Yorgos Lanthimos se pone ‘nacionalista’ y prosigue su hostil disección de la sociedad poscontemporánea retrotrayéndose esta vez a la tragedia griega, seminal laboratorio de análisis de los conflictos de la condición humana, repleta de dilemas entre las pulsiones personales, las responsabilidades colectivas y los condicionantes externos.

          Desde un título que remite a Eurípides -subrayado más tarde en un diálogo-, poeta fascinado por las pasiones, las virtudes y las dobleces del hombre, El sacrificio de un ciervo sagrado se sirve de un elemento desestabilizador -una figura primero incómoda y luego amenazadora, que adquiere un aura casi sobrenatural-, para encaminar a sus protagonistas y al espectador hacia una encrucijada cuyo camino proviene de un pecado del pasado y que se enfrenta a una disyuntiva terrible en forma de ofrenda de sangre redentora.

Lanthimos envuelve su tragedia en una atmósfera aséptica y mortecina, acorde a la trivialidad vacía de los diálogos, al escaso contacto emocional de sus personajes -médicos que paradójicamente se dedican al análisis, la evaluación y la intervención literal en las entrañas- y a las cualidades interpretativas (Colin Farrel) o la apariencia física (Nicole Kidman, Barry Keoghan) del elenco; con escenarios colosales de una simetría marcadamente simétrica y regular, y una partitura musical que apenas son registros sonoros.

          El sacrificio de un ciervo sagrado es como una pesadilla fría, un planteamiento irracional que hace aflorar las miserias de estas criaturas desorientadas y de la comunidad en la que viven -la depredación, la imposición o la irresponsabilidad hacia el prójimo, incluso dentro de la propia familia; el simple instinto de supervivencia-, desde una escritura conceptual que, en su misterio metafísico y su tono de thriller, recuerda en cierta manera a la que empleaba Michael Haneke en Caché (Escondido), si bien con palpables dosis de ironía y patetismo.

Cáustica y terrible en su mirada hacia el individuo actual como ser presuntamente gregario -desde el compañerismo profesional hasta la institución familiar-, el surrealismo de Lanthimos provoca que una sensación malsana domine por completo el metraje. Pero, por otro lado, también se muestra un tanto ensimismado y hace que la evolución del argumento se espese o redunde en demasía.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

La noche del cazador

13 Dic

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Año: 1955.

Director: Charles Laughton.

Reparto: Billy Chapin, Sally Jane Bruce, Robert Mitchum, Lillian Gish, Shelley Winters, Evelyn Varden, Don Beddoe, James Gleason, Gloria Castillo, Peter Graves.

Tráiler

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         Un grupo de críos juega en un patio de recreo. Hay elementos del escenario que están ocultos por el encuadre del plano pero que ofrecen sugerencias perturbadoras. Los pequeños entonan a coro una cancioncilla “Hing hang hung. See what the hangman done. Hing hang hing hang hing hang hung. See what the hangman done. Hung hang hing. See the robber swing. Hing hang hing hang hing hang hing hang. Hing hang hung. Now my song is done. Hing hang hung. See what the hangman done. Hung hang hing. See the robber swing. Hing hang hing hang hing hang hing hang. Hing hang hung”. Mira lo que ha hecho el verdugo, mira retorcerse al ladrón. Estridente y repetitiva, se clava en los oídos de los niños protagonistas, cuyo padre acaba de ser ejecutado en la horca, y en los oídos del espectador.

Personalmente, considero que esta es una de las escenas más terribles de La noche del cazador, entre otras cosas por su manifestación de uno de los elementos capitales de la obra: la crueldad que todo lo domina, la vileza presente en el ser humano desde su misma infancia, por más que se idealice ingenuamente su presunta inocencia.

Porque La noche del cazador está narrado como si se tratase de un cuento tradicional. Y los cuentos tradicionales son relatos que, pese a su lavado de cara contemporáneo -en buena medida gracias al cine-, entrañan una enorme violencia, con tragedias funestas, abandonos innombrables, latencias sexuales y acciones sanguinolentas; por lo general en marcos históricos definidos por la desesperación y la brutalidad. En este particular, el periodo en el que se ambienta la narración, desbordado de familias depauperadas, inanición rampante y niños expósitos que vagan en pos de su supervivencia, es la Gran Depresión.

         La primera y última película dirigida por Charles Laughton es un cuento de terror formulado en imágenes barrocas y expresionistas -el poder de la sombra, la geometría de la composición, las figuras en escorzo, el lirismo de lo aberrante-, en las cuales explosiona un contraste abrupto entre la cruda realidad del escenario y la imaginería fantástica -bíblica, popular- que aplican sobre ella los hermanos protagonistas, perseguidos por un ogro o un barba azul disfrazado de predicador si bien, de nuevo, asentado sobre los hechos verdaderos -el asesino en serie Harry Powers, ajusticiado en los años treinta por el asesinato de dos mujeres viudas y tres menores-. La pesadilla de una América gótica.

El trazo onírico y exagerado del cineasta permite asimilar la agresividad de los acontecimientos con un halo poético -la naturaleza romántica- hasta en sus últimas consecuenciaslas ondas del cabello mecidas en armonía con las corrientes del río-. Laughton y Mitchum también lo aplican, esta vez con un tono entre alucinado y cartoonesco, a la esencia de este aterrador predicador errante; un ente por momentos sobrenatural pero que, al mismo tiempo, entre saltos, muecas y alaridos, puede transformarse en un guiñol de barraca o en un dibujo animado. Los tatuajes en los nudillos (HATE, “odio”, y LOVE, “amor”), su caracterización estrafalaria, su retórica antiguotestamentaria, el corpachón, el bramido atronador y la gestualidad desbordada de Mitchum. El carisma del predicador Harry Powell es abrumador, lo que lo erigirá en uno de los grandes monstruos del cine.

         Decía François Truffaut de La noche del cazador que era un filme experimental que realmente se atrevía a experimentar. La herencia del expresionismo alemán se evidencia en una plasmación en fotogramas que bebe en abundancia del cine mudo, de su sus imágenes profundamente físicas y expresivas -potenciadas por la fotografía del experto Stanley Cortez-, e incluso de recursos gramaticales como el ‘iris shot‘ y de sus estrellas olvidadas, en este caso Lillian Gish. Aunque, sin perjuicio de lo anterior, la obra necesita del sonido para redondear sus tétricas vibraciones. El perfil lejano pero ya identificable del villano al acecho, recortado en el horizonte, resulta espeluznante por sí mismo. Aun así, la voz cavernosa de Mitchum mientras canta su himno -que de hecho antecede a su aparición- refuerza los efectos inquietantes de la composición visual.

         El argumento, no obstante, trasciende la mirada infantil para desarrollar un retrato perverso del ser humano, tanto en su individualidad como, especialmente, en su agregación como masa irracional. En La noche del cazador existen figuras maternales benefactoras, pero de su exposición se extraen, particularmente, pronunciados alientos misóginos que, en paralelo, conectan con las citadas pulsiones sexuales del cuento, que aquí pueden entreverse en el simbolismo de la navaja automática, penetrante herramienta ejecutora que, en un detalle significativo, reacciona ante el erotismo femenino desatado, sea en un antro de striptease, sea ante las inclinaciones amorosas de una adolescente.

La influencia de la cosmovisión religiosa es patente en este sentido. Las nociones de pecado, castigo y redención dominan unos acontecimientos en los que participan falsos profetas que representan una idea abstracta del Mal, adoradores hipócritas que navegan entre dos aguas al albur de sus apetencias y una protectora ‘mamá oca‘ que, de forma casi metalingüística, interpreta y reconduce la narración en curso.

         Tras su fracaso en taquilla, quizás demasiado turbadora y extraña para la época, La noche del cazador sería posteriormente reivindicada como gran clásico del séptimo arte.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 9.

Revenge

24 Nov

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Año: 2017.

Directora: Coralie Fargeat.

Reparto: Matilda Ann Ingrid Lutz, Kevin Janssens, Vincent Colombe, Guillaume Bouchède.

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          En Revenge, tres hombres corren jadeantes y sudorosos, como una jauría de lobos, tras la joven a la fuga que uno de ellos acaba de violar impunemente. Escuché recientemente, a propósito de otro filme acerca de la persistencia de las estructuras de opresión patriarcal y su estreno paralelo con el juicio a ‘la manada’ por el caso de violación en grupo a una adolescente en los Sanfermines de 2016, que en ocasiones la ficción dialoga con la realidad de forma sorprendente. Pero, en este tema particular, lo cierto es que la coincidencia no es tal. Sucede lo mismo que con las acusaciones contra Aaron Ramsey por la relación entre sus goles con el Arsenal y las inmediatas muertes de celebridades de todo tipo: no es una cuestión de casualidad, sino de probabilidad muy elevada. La sociedad actual es todavía un espacio demasiado confortable para determinada clase de monstruos.

          Con guion y dirección a cargo de la francesa Coralie Fargeat, debutante en el largometraje y premio a la mejor realización en el festival de Sitges, Revenge aborda la situación con rebeldía gamberra, recuperando las premisas clásicas de un subgénero verdaderamente correoso: el rape & revenge, el thriller de violación y venganzaLa última casa a la izquierda, La violencia del sexo, Desenlace mortal (Thriller – en grym film), Ángel de venganza, A Gun for Jennifer, Fóllame, Freeze Me…-. La inocente ultrajada que, cual ave fénix, renace de sus cenizas en forma de despiadado ángel justiciero. Tampoco es accidental que el cine de venganzas femeninas acostumbre a revolverse contra el estereotipo del macho dominante, que aquí queda encarnado por un pijo aficionado a la caza y sus dos socios de negocios, todos ellos patéticos por igual.

Entonces, la protagonista de Revenge se subleva frente a su esencia como mujer objeto -florero, trofeo…-, y de paso contra el posible prejuicio negativo del espectador -la incisión en los pálpitos machistas de la platea-, para transformarse en una fémina de presencia autónoma, rostro duro y actitud implacable. A la par, en uno de los detalles del sarcasmo insurgente de la función, Fargeat reserva la tradicional exhibición de desnudos integrales gratuitos para su rival masculino.

          Desbordada de heridas atroces, sangre de mentira y resistencia más allá del límite natural, Revenge es una película deliberadamente exagerada y grotesca, como un combate de pressing catch. También se asemeja en la sencillez nuclear de su planteamiento de base. Y, al igual que el pressing catch, sus festivos excesos alcanzan cierto punto de saturación y agotamiento.

Sin embargo, se aprecia en ella fuerza compositiva, alternada con la fisicidad de la acción -los primeros planos presuntamente sensuales o decididamente repulsivos, la carne destrozada-, amén de una ironía macarra que salpimenta la función y la hace disfrutable, divertida. Que no estoy seguro de que sean los epítetos más apropiados cuando se toca un asunto tan peliagudo como el que nos referíamos al principio.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 5,5.

En realidad, nunca estuviste aquí

9 Nov

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Año: 2017.

Directora: Lynne Ramsay.

Reparto: Joaquin Phoenix, Ekaterina Samsonov, Judith Robers, Alessandro Nivola, Alex Manette, John Doman.

Tráiler

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          Es importante no tomarse demasiado en serio a uno mismo. En lo que respecta al cine, esto significa rehuir las tentaciones de una grandilocuencia inflada a través, por ejemplo, de la apertura a la ironía o el reconocimiento del espíritu de la serie B. Y, con buen tino, En realidad, nunca estuviste aquí se abraza sin tapujos al espíritu de la serie B que domina su naturaleza. Por ello, a pesar de abordar premisas coincidentes como el trauma del veterano de guerra y los sucios callejones de la depravación sexual, su narración no se adentra en el retrato sociológico/psicológico de una comunidad enferma que podría firmar un autor como Paul SchraderTaxi Driver, Hardcore: Un mundo oculto-. Ni tampoco da rienda suelta al sentimentalismo en su aproximación al clásico de la redención del antihéroe dudoso por medio de la salvación del menor inocente –León, el profesionalEl fuego de la venganza, El hombre sin pasado…-.

          En realidad, nunca estuviste aquí mantiene la sórdida trama que afronta el protagonista dentro de los parámetros de un esquematismo tendente a la abstracción, en línea con un dibujo de la ciudad como un caos de movimientos inquietantes, sonidos estridentes y música inarmónica. Son elementos que conforman un escenario inestable, acorde a la volatilidad latente del personaje, mercenario solventador de secuestros a mazazo limpio, hombre con demasiado tiempo al borde del abismo y que pende de él con el tormento de poseer aún rescoldos de humanidad -las escenas cotidianas, introducidas también con equilibrio-.

El relato, pues, no se entrega al regodeo de la exploitation y al mismo tiempo, al renunciar a cualquier pretensión analítica o de denuncia creíble, evita que su evolución se desmonte a causa de una elaboración en exceso pormenorizada o intrincada. Es una historia correosa pero templada, de sencillez sin contemplaciones pero cuidada con atención.

          La directora y guionista escocesa Lynne Ramsay arroja el filme, contenido en 95 minutos, con una concisión de otros tiempos, con un notable uso de la elipsis y el fuera de campo en la plasmación de una violencia que no por ello es menos contundente. Su fisicidad que reside en lo que se escucha, en lo que se sobreentiende. En la presencia de un contundente martillo erigido en icono del pulp posmoderno –Oldboy, Drive-; en el hastío convertido en minimalismo gestual de Joaquin Phoenix, cuyo físico es puro escombro abandonado; basto, cansado y rotundo. Con idénticas armas -la precisión y la potencia-, la cineasta consigue incorporar recursos psicologistas a golpe de flashback, esquivando al límite una cierta inclinación al abuso que es más palpable hacia el desenlace. Menos éxito tienen los contrates con composiciones de ambiciones líricas y detalles de ejercicio de estilo. 

          Premios al mejor libreto y mejor interpretación masculina en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6.6.

Nota del blog: 7,5.

Los espías

8 Nov

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Año: 1928.

Director: Fritz Lang.

Reparto: Willy FritschRudolph Klein-RoggeGerda Maurus, Lupu Pick, Lien Deyers, Paul Hörbiger, Fritz Rasp, Louis Ralph.

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         Si El doctor Mabuse es una de las películas que contribuyen a dar forma al cine policíaco, Los espías, obra seis años posterior y de nuevo firmada por Fritz Lang y Thea von Harbou, ayudará en cambio a poner los cimientos del cine de espionaje.

         Como en la primera, en Los espías habrá un extravagante archivillano -encarnado además por el mismo actor, Rudolph Klein-Rogge-, que pretende dominar el mundo -sabe Dios para qué- al estilo del Fantômas de Louis Feuillade, cuyos seriales basados en literatura criminal pulp suelen apuntarse como influencia del filme. Su argumento también está empapado de la paranoia del periodo entreguerras y de la potencial expansión del comunismo bajo la órbita de la Unión Soviética.

El guion de Von Harbou plantea un relato maniqueo en el que el héroe, el espía número 326 (Willy Fritsch), es un galán enfrentado conspirador oculto, de apariencia omnipresente y omnipotente, con aspecto estrafalario y que se guarece en un cuartel general de geometrías escherianas -comedida muestra de las ambiciones de Lang de grandes escenarios negadas a causa del fracaso comercial de Metrópolis-, a los mandos de una cohorte de asesinos enmascarados, sabandijas sudorosas y mataharis salaces, todos de amenazadores nombres eslavos y en pugna contra la integridad germánica -apoyada por el estoico y honorable Japón-. 

Por otro lado, que el siniestro malvado emplee un banco como tapadera de sus ambiciones totalitarias, unido a la ascendencia euroasiática de su entramado, podría entenderse quizás como una nueva reivindicación de la vía alemana frente a las imposiciones del capitalismo y del comunismo que Von Harbou había expuesto precisamente en Metrópolis.

         El de Los espías es, además, un villano impotente y dependiente de los cuidados de una intimidante enfermera sordomuda. Porque, en concordancia con esta ingenuidad consustancial, el enfrentamiento entre el Bien y el Mal se lleva al apartado romántico con la disputa de los servicios y el amor de la agente rusa Sonya Baranilkowa (la interesante Gerda Maurus).

En la cinta comparece el imaginario de este universo de gadgets insólitos, hombría caballeresca, sociedades secretas y planes retorcidos. Esquemática en su fondo, Lang impulsa las imágenes dotándolas de una textura adecuadamente fantasiosa, desasosegante en la sensación de peligro constante, opresiva en el uso de la arquitectura y, por momentos, sugerentemente exótica y surrealista. Lírica incluso en la subtrama nipona y en su particular desenlace, violento y patético a la par. Y todo ello ensamblado en un montaje enérgico, que aporta dinamismo a la narración y virulencia a la acción, rebajando la oxidación producida por el paso del tiempo.

         En paralelo, de la filmación de Los espías quedan anécdotas acerca de la controvertida personalidad del cineasta, como la afirmación de que disparó un arma de fuego con munición real para estimular la reacción asustada de los protagonistas.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6,5.

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