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El diablo sobre ruedas

1 Abr

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Año: 1971.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Dennis Weaver, Jacqueline Scott, Lou Frizzell, Lucille Benson, Eddie Firestone, Carey Loftin.

Filme

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         “Veinte, veinticinco minutos, y todas las cuerdas que sostenían tu vida quedan cortadas. Y aquí estás de nuevo, de vuelta a la jungla”. David Mann conduce por las carreteras de una California desértica en pos de salvar su vida. Es una América extraña, enrarecida, alucinada, donde la mayoría silenciosa se traviste de mujer para hacer las labores domésticas, despojada de su estatus de cabeza de familia, y donde hay virtuosos que interpretan música tocando piezas de carne. Es la América que se desangra en Vietnam, que muere en magnicidios, que revienta en conflictos sociales. Pero, según cita el novicio director, también es la alegoría del niño que sufre bullying por parte de abusones que lo superan en fuerza y tamaño, así como la idealización de los duelos del cine del Oeste, ya por entonces revisados, entre un terrible villano y un héroe que ha de plantarse y hacerle frente no tanto por sentido del deber como por simple movimiento de superviviencia.

         Una de mis lecturas favoritas de Tiburón es la que hace Sergio Sánchez, que ve en ella una reapropiación de Río Bravo, con un grupo de pistoleros que esperan en tensa calma la llegada del malvado homicida para batirse con él a vida o muerte. El diablo sobre ruedas ya antecedía esta atmósfera westerniana, pues. En realidad, la formulación como thriller de ambas es muy similar. El monstruo, el mal que nos acecha, el que en solo un instante es capaz devolvernos a la verdad incontestable una ley atávica que nos despoja del orgullo y nos reduce otra vez a una simple condición de presas vulnerables, puede ser tanto un camión infernal como un escualo hambriento. Los dos poseen una personalidad propia. El camión también se constituye como un ente orgánico. Observa de hito en hito, embosca con astucia, bufa y grita como una fiera. La cámara lo dota de vida. Su primera embestida llega de improviso, rozando el lateral del coche como un enorme depredador que falla en su tentativa de cobrar un objetivo indefenso. También puede aparecer en la lejanía, amenazante y a la espera. O salir de nuevo de la nada para morder con volencia. O esperar desde una posición dominante a que prácticamente choquemos contra él.

Hay imaginación y talento en la puesta en escena -a pesar de que la celeridad del rodaje, dentro de una producción televisiva de limitado presupuesto, también deje errores de bisoñez no corregidos, como la manifestación del cuerpo técnico en sombras y reflejos-. Gracias a ello, se domina la tensión de un relato proveniente de la pluma de un maestro del fantástico, Richard Matheson. Su retrato de caracteres hace que el protagonista no solo se encuentre en inferioridad de condiciones a bordo de su Plymouth rojo, sino que también vea asediada su masculinidad: es un tipo que duda en enfrentarse al vecino que prácticamente ha violado a su esposa en la santidad del hogar, es un histérico que hace el ridículo en un bar de carretera, es un conductor del que se ríen los niños porque no es quien de empujar con fuerza el autobús escolar que no arranca. Son sensaciones reconocibles que nos recuerdan que, al igual que David Mann, nosotros mismos tampoco tenemos pasta de héroes de película. Y que de vez en cuando nos enfrentamos a problemas que, a priori, superan con creces nuestras capacidades. A objetivos frustrantes que semejan ora insuperables, ora inalcanzables.

         La sencillez se torna concepto y, con ello, el joven y atevido realizador puede otorgar una mayor trascendencia a su rotundo dominio de la narración cinematográfica, que bien podría haber plasmado en forma de cine mudo, sin necesidad de líneas de diálogo, solo con la fuerza de la imagen y del montaje. En su debut, Steven Spielberg disparaba primero. Y a la frente.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Celda 211

18 Mar

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Año: 2009.

Director: Daniel Monzón.

Reparto: Alberto Ammann, Luis Tosar, Marta Etura, Antonio Resines, Carlos Bardem, Vicente Romero, Manuel Morón, Manolo Solo, Fernando Soto, Luis Zahera, Patxi Bisquert, Josean Bengoetxea, Anartz Zuazua, Jesús Carroza, Antonio Durán ‘Morris’, Xosé Manuel Olveira ‘Pico’.

Tráiler

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         Durante la última década parece haber florecido en la industria española del cine un tipo de película comercial que, desinhibida y con generoso apoyo de producción, no duda en asaltar la espectacularidad de los modelos hollywoodienses. Lo imposible sería el ejemplo perfecto de la emulación de los códigos y las fórmulas estadounidenses, a veces con reparto internacional incorporado. Aunque, haciendo el repaso con manga ancha, también podría incluirse aquí el interesante cine negro de Enrique Urbizu o Alberto Rodríguez, el cual exhibe una personalidad propia, arraigada a la tierra de origen.

         Celda 211 se adentra en el subgénero de los filmes carcelarios desde esta rotundidad y este desparpajo. El arranque, no obstante, demuestra oído y talento en el diálogo y la ambientación para que esta apropiación ibérica no desafine. Esta clase de producciones corre siempre el riesgo de que le ocurra como a los programas de la TDT que adaptan formatos americanos: situaciones y personalidades que en una tienda de empeños de Las Vegas suenan mínimamente creíbles solo por tratarse territorio peliculero, en otra de Las Rozas chirrían por todas partes.

Gran parte del mérito recae precisamente en el carisma de Malamadre como personaje principal. La presencia y la credibilidad de Luis Tosar como antihéroe de correccional es tan arrolladora como las venas que se le marcan en el cuello.

         De hecho, Celda 211 resulta mucho mejor thriller cuando ‘es’ Malamadre -violento y directo sin contemplaciones- y no Calzones, el funcionario que, recién llegado a la prisión, ha de hacerse pasar por presidiario para sobrevivir al motín que le ha pillado en el peor lugar en el peor momento, y con el que el argentino Alberto Ammann construye una interpretación más tópica. Porque el punto de giro que proporciona una excusa melodramática mal traída deforma una película sabrosa y contundente, con una encomiable selección de fisionomías y ambientes, en un drama mediocre donde además, a partir de la insinuación de que cualquier ciudadano está a solo un mal día de cruzar la frontera y convertirse en recluso, desliza una especie de ramplona denuncia social contra un sistema penitenciario que en absoluto pretende la deseable rehabilitación del reo, sino que ejerce de brazo ejecutor de un procedimiento estrictamente punitivo y vengativo.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 6,5.

Batman

12 Feb

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Año: 1989.

Director: Tim Burton.

Reparto: Michael Keaton, Jack Nicholson, Kim Basinger, Robert Wuhl, Michael Gough, Jack Palance, Pat Hingle, Billy Dee Williams, Jerry Hall, Tracey Walter, Lee Wallace, William Hootkins.

Tráiler

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         “La película fue fundamental para llevar realmente a las grandes masas el concepto de Batman. Siempre había sido un favorito entre los lectores de cómics y la gente recordaba con mucho cariño el programa de televisión. Pero lo que hizo Tim Burton fue realmente llevarlo a un nivel diferente, hacerlo más serio, barroco, romántico y espeluznante”, afirmaba en una entrevista Jim Lee, en el momento del estreno un dibujante en ciernes y, en la actualidad, presidente de DC Entertainment, la casa que domina los designios del hombre murciélago, tanto en papel, como en celuloide como en cualquier otro soporte.

En realidad, el proyecto de trasladar Batman a la gran pantalla había cogido impulso gracias al éxito del Superman de Stanley Donen, que abrió la confianza de los grandes estudios en la rentabilidad del superhéroe, dentro de un periodo en el que el cine destinado a un consumo popular reconquistaba los grandes proyectos de las principales productoras. En paralelo, autores como Frank Miller o Alan Moore aportaban una nueva dimensión, todavía más oscura y trascendente, de un personaje que hasta entonces, en cuanto a entretenimiento audiovisual se refería, contaba con el referente de la psicodélica y humorística serie encabezada por Adam West. Ya no eran tiempos para las mallas de licra.

         Este es el caldo de cultivo en el que se gestaría, largamente, el Batman que dirigiría Tim Burton, un joven que había confirmado con Bitelchús su sorprendente imaginario, profundamente cinéfilo y orgullosamente marginal. No obstante, su condición de director emergente no le favorecería a la hora de lidiar con las servidumbres y complicaciones intrínsecas de una superproducción multimillonaria que, ya desde bastante antes del estreno, acumulaba una importante inversión publicitaria. Tampoco para dominar las aspiraciones de Jack Nicholson, comprado a golpe de talonario para aportar lustre al reparto y que materializaría su influencia mediante un notable intervencionismo en el guion, casi como un agente del caos análogo al Joker que iba a interpretar en la pantalla. Además, el libreto arrastraba problemas derivados de la huelga de guionistas y la sustitución de Sam Hamm por Warren Skaaren.

         Tal vez debido a estos tumbos, al final lo más interesante del filme termina siendo la estética que nace de la sensibilidad de Burton en combinación con el estimulante diseño de producción de Anton Furst. A pesar de admitir que no era lector de cómics, el cineasta conecta con los influjos art decó de los ilustradores Bob Kane y Bill Finger de la mano de una Gotham City convertida prácticamente en Metrópolis. Esto es, una distopía steampunk donde la tecnología del presente convive sin solución de continuidad con estampas de los años veinte y treinta del siglo pasado, todo ello envuelto en sombras expresionistas y escenarios de fantasiosa pesadilla.

La presentación de Batman con un tremendo contrapicado, como una sombra vigilante que se mueve animada por stop-motion, se conjuga con su aparición, descenso misterioso y alas extendidas, casi al estilo de los monstruos de la Universal. Cariño cinéfago en el que asimismo aparecen toques de humor posmoderno en esa apropiación de ecos y códigos, amén de hallazgos de ironía como esa sociedad atormentada cuando también a ella la despojan de una de sus principales máscaras: el maquillaje y los productos de belleza.

         Sin embargo, además de transgredir cánones de la historia del personaje para enojo de los acérrimos de la viñeta, la irregular narración no termina de perfilar a Batman -o al enlutado Bruce Wayne- como superhéroe trágico, solitario y marginal de una megalópolis en sempiterna crisis material y espiritual, dejándolo por tanto en una superficialidad análoga a la de una cinta abocada, pese a los esfuerzos, a ser un contenedor de palomitas de limitado potencial.

De igual manera, mientras que la alineación de su universo cinematográfico con el universo batmaniano resulta sugerente, Burton demuestra falta de pericia para manejar el ritmo interno de un buen puñado de escenas, de ejecución ruda.

         En cualquier caso, Batman fue la primera película que logró recaudar 100 millones de dólares durante sus primeros diez días de exhibición, lo que abrió paso para otras tres secuelas –la primera de nuevo con Burton y Keaton al frente– y un filón de películas de superhéroes y protagonistas del cómic como Capitán América, Dick Tracy, Darkman, Rocketeer, La sombra, El cuervo, Juez Dredd The Phantom (El hombre enmascarado), Steel, un héroe de acero, SpawnBlade.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

El lago del ganso salvaje

2 Feb

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Año: 2019.

Director: Diao Yinan.

Reparto: Hu Ge, Gwei Lun-Mei, Liao Fan, Regina Wan, Zeng Meihuizi, Qi Dao, Huang Jue.

Tráiler

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         Por arquetipos -dos marginales, un criminal forajido y una prostituta, en busca de una redención agónica e improbable- y por resortes dramáticos -el fatalismo, la cara oculta de la ciudad y el submundo del hampa como variación corrompida del sistema oficial-, El lago del cisne salvaje podría estar ambientada perfectamente en el Nueva York, el Chicago o el San Francisco de los años cuarenta. Sin embargo, su retrato social se ajusta a la explosión macroeconómica de una China factualmente capitalista, al mismo tiempo que expone una discreta pero rotunda reivindicación femenina en un argumento y una sociedad férreamente masculina.

         Diao Yinan asume los códigos del noir para reinventarlos a su manera, transformados además por una estética donde el elaborado trabajo con la iluminación, el color del neon, las múltiples sombras y la noche convocan una atmósfera de texturas oníricas, casi irreales -análoga a escenarios como el lago y su entorno, la plaza, el zoo o el bloque de apartamentos-. Bajo su influjo se desarrolla esta inesperada vinculación entre dos seres desesperados, al límite, enredados por una turbulenta trama de guerras tribales, despiadadas traiciones, huidas hacia adelante, resarcimientos del pasado y reparaciones del presente. La sombra, que es un elemento formal patrimonio del género, representación simbólica de la dualidad del individuo y de la comunidad, encuentra también ecos románticos, en ocasiones animadas sobre la pared en lo que podrían considerarse evocaciones del Wong Kar-Wai de Deseando amar (In the Mood for Love), lo que podría confirmar la simultaneidad de Bengawan Solo en la banda sonora.

         Esta hipnótica estilización visual, que logra componer imágenes fascinantes -y conjugada con un pausado tempo narrativo, aun así poblado de tensas escenas, con la de la plaza como principal ejemplo-, se confronta con la sequedad con la que se expresa la violencia -hasta coquetear con lo grotesco, como en el uso del paraguas-, así como con la sordidez, la degradación e incluso la ruina de unos ambientes ubicados en los bajos fondos de una Wuhan donde ni siquiera se habla mandarín normativo, sino turbio dialecto. Los contrastes de una ciudad, de un país, rápida y desequilibradamente hipertrofiados.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7,5.

Pulp Fiction

29 Ene

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Año: 1994.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: John Travolta, Uma Thurman, Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Ving Rhames, Maria de Medeiros, Tim Roth, Amanda Plummer, Eric Stoltz, Rosanna Arquette, Quentin Tarantino, Christopher Walken, Steve Buscemi.

Tráiler

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          Hay películas que se marcan en la piel, de las que uno incluso recuerda el dónde y el cómo las descubrió. No tiene por qué ser necesariamente las mejores, aunque en mi adolescencia, en la que ya estaba consolidándose una decidida afición por el cine, estos hitos acostumbraron a estar ligados bien a auténticas revelaciones –Taxi Driver, La delgada línea roja-, bien a obras señeras que ansiaba descubrir –El padrino, Pulp Fiction-. En el caso de la película de Quentin Tarantino, un auténtico icono entre los chavales de mi época, fue en el verano entre primero y segundo de Bachillerato, en una emisión televisiva que vi en un apartamento de playa, con una silla plantada delante del aparato. Si me apuras, hasta diría que la echaban en La 2. Yo tenía 16 años.

          Pulp Fiction es una de esas películas que estallan con tanto carisma en la cara del espectador que se convierten en una especie de oficioso patrimonio de la humanidad, de enseña de la cultura colectiva que proporciona una serie de iconos, referencias y conexiones prácticamente universales, perpetuadas de generación en generación como obra de culto popular. Mitología contemporánea.

          Hay una electricidad fundamental en el estilo de Tarantino que estimula el sistema nervioso del cinéfilo. Posiblemente se deba a que el autor parece ser tan creador como espectador de sus propias cintas, en las que samplea imágenes como samplea con la banda sonora, que por sí misma funciona como un interesante recopilatorio musical -ajustado perfectamente además al tono de la escena en su aire retro, en su agresividad rítmica, en su sordidez impúdica…-. Como si las grabara para un colega con la ilusión de descubrirle y compartir un gusto secreto que le es desconocido, como si seleccionase también sus temas favoritos para quemarlos en el radiocasete.

El juego con los contrastes es otro de los impulsos que domina el cineasta. Da la sensación de que cualquiera podría sentarse con los personajes e intervenir en sus conversaciones acerca de mil y una ocurrencias sobre curiosidades culturales, insólitas vueltas de tuerca a la cultura pop o frikardeos impenitentes, discutidos -o más bien ametrallados- con una indisciplinada coprolalia. Pero son situaciones estas que de improviso, sin solución de continuidad, dan paso a clásicas fantasías cinematográficas propias del cine de género, con tramas criminales, violencia explosiva, tipos duros y mujeres fatales sacados de una historia pulp -como obviamente celebra el título-, con su fotogenia y sus cualidades arquetípicas exaltadas para deleite de los aficionados. Hasta el punto de que, en un cuidado equilibrio que combina conocimiento del medio como comprensión hacia el paladar ajeno, no riñen, sino que son coherentes, con un punto de traviesa y delirante revisión propia, al mismo tiempo que Tarantino se muestra extrañamente reverente en su nostalgia, quizás un poco al estilo con esa caricatura-homenaje que era el spaghetti western respecto del cine clásico del Oeste, aunque aquí plenamente asociado a las corrientes posmodernas de la autoría en el séptimo arte. En la misma línea, en este universo tan heterodoxo como en el fondo devoto, lo friki convive con lo gamberro, lo violento con lo humorístico o lo solemne con grotesco.

          Sea como fuere, esta amalgama funciona porque, a fin de cuentas, el maestro de ceremonias -y sus ayudantes- poseen un talento para el cine que está a la altura de su pasión por lo que recrean y crean.

Pulp Fiction se organiza en escenas-capítulo que, por sí mismas, poseen una gran fuerza narrativa. La puesta en escena, los movimientos de cámara y el tempo interno trasladan a los fotogramas la torrencialidad del guion -que Tarantino escribe a cuatro manos con Roger Avary, tal vez luego injustamente olvidado-. A través del montaje, estos episodios, que podrían ser hasta autoconclusivos, se arramplan en un organizado caos de idas y venidas en la cronología del relato que saben conservar y enardecer el interés de quien las sigue. Dado este es uno de esos rasgos narrativos que había exhibido en su debut en Reservoir Dogs -y que reproducirá asimismo en otras entregas posteriores-, suscitaría que Tarantino se ganarse cierta fama de director de set-pieces que, en cualquier caso, se desquitaría en parte con la no menos magnífica Jackie Brown.

          El asunto es que provocarían tal impacto, avalado por el prestigio de la Palma de oro en el país de los guardianes de la política del autor -a quienes además bien se preocupaba de guiñar directamente-, que desencadenarían el encumbramiento de este cinéfago-cineasta como la gran referencia del cine de los noventa. Como el modelo del que brotarían incontables influencias, imitadores y sobre todo, en definitiva, seguidores.

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Nota IMDB: 8,9.

Nota FilmAffinity: 8,6.

Nota del blog: 9.

Brawl in Cell Block 99

3 Ene

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Año: 2017.

Director: S. Craig Zahler.

Reparto: Vince Vaughn, Jennifer Carpenter, Don Johnson, Marc Blucas, Udo Kier, Geno Segers, Victor Almanzar, Tom Guiry, Mustafa Shakir, Willie C. Carter, Fred Melamed, Clark Johnson.

Tráiler

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          La sorpresa que supuso su debut, Bone Tomahawk, a pesar de haberse estrenado en contadas salas, no le valió sin embargo a S. Craig Zahler para conseguir la distribución en España de su segundo largometraje, Brawl in Cell Block 99, que prosigue su camino por un cine de género donde la sanguinolenta crudeza de su argumento y sus imágenes convive con un tratamiento de fondo condicionado por un irreverente humor negro.

Es decir, un producto orgullosamente pulp que, al igual que la anterior, narra un descenso a unos infiernos que parecen literales, allí escenificados en las cavernas de unos trogloditas caníbales en plena conquista del Oeste, aquí en una sucesión de prisiones donde el protagonista ha de purgar los pecados que le impone el fatalismo que carga a las espaldas -común al del pequeño currito en tiempos de crisis económica- y, a golpe y porrazo, liberar a su esposa e hija nonata del castigo que les ha contagiado, en una clásica paradoja, por atenerse a su código ético incluso en el delito criminal.

          El viaje por los círculos del averno se tornará, por supuesto, más salvaje a cada paso, de igual manera que Zahler oscurece la fotografía, la iluminación y el vestuario de los enemigos. La de Brawl in Cell Block 99 es una narración rotunda, que trata de hacer del esquematismo abstracción y, de la tosquedad de recursos lingüísticos, brutalidad. En parte se logra de la mano de ese espíritu de serie B correosa que se divierte retomando y remodelando los clichés de este universo particular -si bien, como ocurre en sus hasta el momento tres películas, sin importarle nada la concisión narrativa de la que disfrutaban este tipo de producciones pírricas, lo que en este caso deja un relato de estructura algo irregular-.

Así, la penitenciaría de máxima seguridad a donde va a dar con sus huesos el infortunado reo es prácticamente una fortaleza distópica comandada por el villano totalitario de turno, para el que el cineasta recupera a Don Johnson -¿hay algo más serie B que recuperar a viejas glorias para dar lustre a personajes delirantes?-. Hasta los efectos especiales, basados en los trucajes físicos y desacomplejados, remiten a la exploitation de los años setenta -al igual que hace, de forma todavía más evidente, la música escogida para la banda sonora diegética-. Es otro elemento visual, de grafismo impúdico y próximo al gore, que acrecienta el impacto de la rebeldía del protagonista, un imponente Vince Vaughn que se levanta a puñetazos, pisotones y fracturas de huesos contra un porvenir que conspira contra él y se ríe en su cara.

          Zahler, en definitiva, confirma una personalidad intransferible -pese a los ecos que pueda contener el filme no estamos ante un imitador nostálgico ni ante un sampleador que fabrica juguetes únicos, como Quentin Tarantino-. La corroborará, más pulida, en su tercera entrega, Dragged Across Concrete.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

Punishment Park

18 Dic

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Año: 1971.

Director: Peter Watkins.

Reparto: Mark Keats, Gladys Golden, Sanford Golden, Sigmund Rich, George Gregory, Katherine Quittner, Carmen Argenziano, Mary Ellen Kleinhal, Stanford Armstead, Patrick Boland, Kent Foreman, Luke Johnson, Scott Turner, Norman Sinclair, Paul Rosenstein.

Tráiler

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         Punishment Park es un falso documental rodado a principios de los setenta estadounidenses, en pleno desencanto tras la fallida revolución hippie -todo Vietnam, Richard Nixon y conflictividad social- pero que, en su paranoia parafascista de Guerra Fría, bien podría ofrecer un relato ucrónico de los años cincuenta del Temor rojo y el Comité de Actividades Antiamericanas. Pero, además, es un filme que recobra aterradora vigencia casi medio siglo después a causa de la reactivación del ultraconservadurismo demagógico, de raíz elitista, xenófoba, autoritaria e intransigente, encarnada en el país norteamericano por la administración de Donald Trump, y la consiguiente polarización de la opinión pública. Aunque bien podría funcionar ya con la promulgación del Acta Patriótica tras los atentados yihadistas del 11 de septiembre de 2001, durante el gobierno de George W. Bush.

         En esta línea, es esclarecedor comprobar la perpetuación, casi palabra por palabra, de los argumentos que esgrimen los dos bandos enfrentados en la escena: un grupo de activistas, intelectuales u objetores de conciencia que son sometidos a juicio sumario por un tribunal en el que quedan representados diversos grupos y estratos sociales y que, de considerarse procedente, posee la potestad de entregar a los procesados a un pelotón policial y militar para que los someta a una prueba de supervivencia como condena alternativa a unas prisiones sobresaturadas. Peter Watkins aseguraba que en la mayoría de las escenas ni siquiera ensayaba líneas de guion con los intérpretes, sino que estos, que encarnaban personajes relativamente similares a su propia personalidad, daban rienda suelta a sus posicionamientos, bien progresistas, bien conservadores. Razonamientos muy parejos pueden encontrarse hoy en foros y redes sociales, entre otros. El estado de la situación no es que haya cambiado, sino que ha ignorado cualquier tipo de avance y ha retrocedido a entonces.

         El uso del turno de palabra por parte de los encausados quizás provoque que Punishment Park sea una de las obras más frontalmente discursivas del incisivo cineasta británico, especialista en montar ficciones escalofriantemente verosímiles a partir de herramientas propias del documental, de la presunta realidad naturalista. En este caso, por ejemplo, la insistencia de las fuerzas del orden establecido en respetar escrupulosamente los rituales judiciales para aplicarlos a un juicio absurdo no hace más que exacerbar lo delirante de la situación, más terrible cuanto más creíble y reconocible -si bien cabe decir que el sádico castigo represor termina por llevarse por delante su coartada inicial y quedarse, a fin de cuentas, sin justificación alguna-.

De igual manera opera la voz en off neutra -hasta que toma partido, otro rasgo que fuerza ese pronunciamiento del autor respecto del contexto analizado bajo esta lente deformante-, así como el desasosegante fondo sonoro, con permanente ruido de disparos. La intrusión de representaciones simbólicas de la nación -la bandera- juega un papel decididamente irónico y crítico.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

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