Tag Archives: Robo

The Old Man and the Gun

29 Ene

.

Año: 2018.

Director: David Lowery.

Reparto: Robert Redford, Casey Affleck, Sissy Spacek, Danny Glover, Tom Waits, Tika SumpterAri Elizabeth Johnson, Teagan Johnson, Elisabeth Moss, John David Washington, Keith CarradineIsiah Whitlock Jr.

Tráiler

.

          Forrest Tucker cometió su último robo en 1999, casi octogenario y con un cuádruple bypass en el corazón; una cicatriz insignificante en comparación con las muescas de su innumerable historial de antecedentes penales -labrado desde los 15 años y en el que se contabiliza un botín total que rondaría los 4 millones de dólares- y con sus consiguientes 30 intentos de evasión de la cárcel, 18 de ellos exitosos. Los viejos rockeros nunca mueren, el verdadero artista se desploma sobre las tablas solo cuando cae el último telón, el héroe ha de morir con las botas puestas. Da igual lo que quieras ser en la vida, pero asegúrate de que es algo que te apasiona, le aconseja a su hijo pequeño un policía desencantado, en plena crisis de los cuarenta. La realización vital es el mayor tesoro, el impulso que alimenta y del que se alimentan los días.

          The Old Man and the Gun es una película existencialista, más que de atracos. Por así decirlo, el protagonista ejerce de gurú de vitalidad contagiosa, sobre todo en su relación antagónica con el detective que sigue su rastro. El primero acostumbra a aparecer en planos de colorido crepuscular pero de tonos dorados; el segundo, en el que Casey Affleck abusa de su eterno registro de tipo entre cariacontecido y desubicado, se ve envuelto en gamas grises y apagadas.

De hecho, el tempo narrativo del filme, calmado y apacible, es equivalente a los procedimientos delictivos de Tucker, que prácticamente emplea artimañas de seducción en sus golpes. David Lowery, que también coescribe el libreto, no apura nunca el ritmo. Ni siquiera en escenas de persecución, desarrolladas al compás de una balada melancólica -una utilización atípica de la banda sonora que el cineasta mostraba también en A Ghost Story-. Quizás hasta se le vaya un poco la mano en esta dulce parsimonia.

Por otro lado, la estética abunda en la ambientación de la historia a comienzos de los años ochenta, principalmente a través de la fotografía de grano duro y de algún recurso estilístico puntual como el uso del teleobjetivo.

          “Creo que quería morir siendo una leyenda, como Bonnie y Clyde“, declararía el comisario de Florida que ofició el último arresto del ladrón impenitente. Ya presente en la anterior En un lugar sin ley, la cinta reconoce y reverencia la imaginaría a la que pertenece Tucker. El forajido del Salvaje Oeste, el gángster que recorre la Gran Depresión de pillaje en pillaje, de emoción en emoción, con la adrenalina como combustible. Como John Dillinger, un asaltador de bancos que, de tan cinematográfico, encontró el fin de sus aventuras a la salida de un cine. Figuras que, en la memoria colectiva de los Estados Unidos, representan una libertad sublimada que se contrapone a las vulgares ataduras de la vida en sociedad.

Y, en paralelo, The Old Man and the Gun homenajea a otro mito, este cinematográfico y viviente: Robert Redford, a quien se le ofrendan guiños a El golpe y Dos hombres y un destino, e incluso se le recupera en el esplendor de su glamour reutilizando fotogramas de La jauría humana.

          En este sentido, el relato tiene asimismo cierto barniz de idealización, como si este se tratase de la proyección que Tucker quería arrojar de sí mismo, más que una relación fidedigna de los hechos criminales que llevó a cabo. Se percibe un evidente cariño hacia el personaje, modelado con un tratamiento propio de un héroe. Su retrato es acorde a la elegancia y el carisma de Redford, a fin de cuentas no demasiado distinto al personaje encantador que se le regalaba a su sempiterno colega artístico Paul Newman en Donde esté el dinero, donde el lucimiento del viejo ídolo, la admiración que suscita su fotogenia inmortal, supone en definitiva un de los fundamentos de la obra.

Apoyado en el aura extraordinaria de la estrella, las intervenciones de Tucker está tocadas de gracia y atractivo, de igual manera que sus compinches redondean su entorno con anécdotas con chispa, con exhibiciones de ingenio y de simpatía. Se arroja alguna sombra sobre su naturaleza, pero nada que empañe su magnetismo innato. The Old Man and the Gun es una película amable que, al mismo tiempo, sabe esquivar las tentaciones de regodearse en el lirismo crepuscular que irradia.

          Paradójicamente, The Old Man and the Gun marca el retiro de la interpretación de Redford, a quien no le interesa morir sobre las tablas. Al menos, como defiende su personaje, cabalga hacia el horizonte final con una sonrisa satisfecha en el rostro.

.

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

Ladrones como nosotros

4 Ene

.

Año: 1974.

Director: Robert Altman.

Reparto: Keith Carradine, Shelley Duvall, John Schuck, Bert Remsen, Louise Fletcher, Ann Latham, Tom Skerritt.

Tráiler

.

         En Ladrones como nosotros, los protagonistas escuchan constantemente los seriales de la radio, tremendos en su dramatismo y en su romanticismo teatral que subrayan, por oposición, la condición vulgar de los oyentes, envueltos por lo general en una actividad paralela a la narración. Cuando atracan un banco, las tétrica banda sonora de Gangbusters advierte de una terrible amenaza criminal que ellos resuelven con profesionalidad de robagallinas; cuando hacen el amor, los refinados y castos versos del Romeo y Julieta de William Shakespeare contrastan con las calenturas de unos amantes que se tratan con apelativos cariñosos como “Keechie-keechie-cú” y “Bowie-bowie-bú”.

Robert Altman insiste en recalcar, por contexto, por escenario y por diálogo, que los personajes son tipos corrientes, “gente auténtica, como tú o como yo”, según sus propias palabras. Individuos arrastrados por las circunstancias que impone un sistema amañado y que, al final, si su destino les consiente la vida, se entremezclarán con la masa ciudadana de los Estados Unidos, sufrida y mediocre. Ladrones como nosotros, que avanzaba ya el título.

         El retrato criminal del filme, que es un retrato de los Estados Unidos, representado por el depauperado Deep South que atraviesa la Gran Depresión, posee una dimensión antiépica, antirromántica. A sus protagonistas, en resumen, se les niega la excepcionalidad que concede el glamour cinematográfico, capaz de bañar en polvo de estrellas todo aquello sobre lo que pose sus fotogramas. De hecho, en cierta escena, al chico de campo transformado en forajido irreparable, y que encarna Keith Carradine, se le reconocen ciertas cualidades propias de un héroe de película -mientras su antagonista ya había expresado tiempo atrás su sorpresa por que los medios de comunicación, crónica legendaria del presente, lo apodaran ‘Metralleta’ cuando solo había empleado este arma en un único golpe y, además, sin oportunidad de dispararla-. Pero este reconocimiento estelar será justo antes de que sufra una muerte atroz.

Es verdad que esta secuencia de ejecución sumaria recuerda a la sangrienta matanza de Bonnie & Clyde, un hito del periodo -considerado una de las piedras fundacionales del Nuevo Hollywood-, la cual se adentra también en la mitología de los proscritos románticos, una figura de jugosa presencia en el séptimo arte –Solo se vive una vez, El demonio de las armas, Los asesinos de la luna de miel, La huida, Malas tierras, Corazón salvajeAmor a quemarropa, KaliforniaAsesinos natos, Profundo carmesí, Turistas (Sightseers), la reciente serie The End of the Fucking World…-. Pero, a diferencia de los Bonnie Parker y Clyde Barrow de Faye Dunaway y Warren Beatty, los Keechie y Bowie de Shelley Duvall y Keith Carradine no son una pareja de modelos desbordantes de carisma, aventura, violencia y sensualidad, sino pueblerinos que viven un momento de resplandor en la roñosidad de sus vidas antes de reventar en mil pedazos por morder más de lo que pueden -de lo que se les permite- llevarse a la boca. Improbables maniquíes de pasarela, estos últimos solo pueden ser un cutre anuncio publicitario de la Coca-Cola que beben con exagerada afición, irónico símbolo del American Way of Life y su fervor por el consumismo y la marca comercial.

Tampoco es tampoco casual otro paralelismo fílmico. Ladrones como nosotros adapta la misma novela de Edward Anderson sobre la que Nicholas Ray había construido Los amantes de la noche, sublimación romántica de este citado tópico de la pareja de enamorados a la fuga de una sociedad deshumanizada que los repudia y condena; una cinta henchida de un superlativo lirismo, delicado, doloroso y conmovedor. En este caso, la distancia entre Los amantes de la noche y Ladrones como nosotros queda delimitada por la subyugante belleza clásica de Cathy O’Donnell frente al peculiar físico desgarbado de Shelley Duvall.

         “¿Tienes dueño o eres un ladrón como yo?”, le pregunta Bowie a un perro callejero que se cruza en su camino. A pesar de, o con toda esta cobertura desmitificadora, el relato de Ladrones como nosotros engarza a la perfección con la temperatura anímica de finales de los sesenta y principios de los setenta, territorio del Nuevo Hollywood rebelde, contestatario y contracultural que trasladaba a un nuevo escenario, las eternas carreteras del país, el imaginario popular de la inmensidad por conquistar de los pioneros libres, esta vez con un incierto y atribulado sentido de búsqueda existencialista. Ahí relucen ejemplos icónicos como Easy Rider (Buscando mi destino), encaminada como esta hacia la frontera sur, guardiana de las pulsiones y los instintos primigenios, tanto sugerentes como siniestros, de esta América gastada y por descubrir al mismo tiempo. Igualmente, el cine del periodo siente inclinación por evocar el pasado de cuatro décadas atrás, como Propiedad condenada, Danzad, danzad malditos, Tomorrow, El otro, Sounder, El emperador del norte, Como plaga de langosta, El luchador, El último magnate, Los Bingo Long, equipo de estrellas; Esta tierra es mi tierra… en muchas ocasiones, como en la presente, con el identificativo espíritu revisionista de la corriente. Y, como demostraba la citada Bonnie & Clyde, esto abarca con frecuencia inmersiones en el cine de de ambientación policiaca o criminal, como El rey del juego, El infierno del whisky, La banda de los Grissom, El tren de Bertha, Luna de papel, El golpe, Dillinger, Chinatown, Una mamá sin freno o Las aventuras de Lucky Lady. Podría haberse añadido aquí perfectamente Un largo adiós, pero Altman decidió trasladar el libro de Raymond Chandler y el cinismo del detective Philip Marlowe a los por entonces enfebrecidos y enrarecidos tiempos contemporáneos para firmar una de las cumbres de su filmografía. De tono desmitificado, por supuesto.

         Así las cosas, en concordancia con esta mirada desengañada y crítica hacia la historia del país norteamericano -que en el cineasta ya había florado en el Oeste de Los vividores, donde el gran mal y el símbolo definitivo de supuesta civilización quedaba encarnado en el gran capital que todo lo devora-, en Ladrones como nosotros esta noción de fatalismo tradicional del género está asociada al discurso de la obra; esto es, a la extracción socioeconómica de los personajes, condicionados por un entorno de miseria material y moral. Las cartas están marcadas. Y la única vía de escape que ensayan a tientas los protagonistas, que solo puede abrirse a tiros en una espiral de violencia con pocos visos de llegar a buen puerto, los condena aún más. Y a muerte. No hay perdón posible para el que se alza contra su sino. Es el precio de la América democrática, reza la declamación de los créditos de cierre, en tanto que en los créditos iniciales, enmarcados en una huida de prisión con secuestro, irrumpía el himno de los Estados Unidos.

         A juego con todo ello, la narración está articulada de forma un tanto desastrada, sin aparente preocupación o interés por seguir los cánones de cohesión y ritmo al pie de la letra. La fotografía semeja sucia, empañada, mientras que el apartado sonido se percibe totalmente descuidado. Son urgentes notas de producción que habían llamado ya la atención en Los vividores. Y al igual que sucedía con aquel discordante énfasis dramático que se mencionaba al comienzo, toda la música de la película surge de la radio; un mundo paralelo donde se manifiesta una proyección fantasiosamente exaltada del mundo auténtico. Como el cine mismo, en definitiva.

.

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7,5.

Viudas

3 Dic

.

Año: 2018.

Director: Steve McQueen.

Reparto: Viola Davis, Michelle Rodriguez, Elizabeth Debicki, Cynthia Erivo, Colin Farrell, Robert Duvall, Brian Tyree Henry, Daniel Kaluuya, Liam Neeson, Carrie Coon, Lukas Haas, Molly Kunz, Garret Dillahunt, Jacki Weaver, Kevin J. O’Connor, John Bernthal, Manuel García-Rulfo.

Tráiler

.

          “We can do it!”, exclamaba Rosie la Remachadora desde los carteles propagandísticos de la Segunda Guerra Mundial en los que se reivindicaba que, con los hombres luchando o caídos en el frente, las féminas estaban igual de capacitadas para sacar adelante la producción industrial de los Estados Unidos. “Podemos hacerlo”, insiste la mujer recién enviudada de un ladrón que insta a sus compañeras de luto a heredar el siguiente proyecto criminal que preparaban sus difuntas parejas.

Steve McQueen se adentra en el cine de género para trasladar al Chicago contemporáneo una miniserie británica de la primera mitad de los ochenta que ahora encaja a la perfección con la pujanza de uno de los grandes temas reflexivos y comerciales que aborda el cine actual: el empoderamiento femenino y su papel no solo en la sociedad, sino también dentro del propio universo cinematográfico. Viudas es una ‘caper movie’ que abunda en ese infrecuente protagonismo femenino como lo hacía recientemente, con una mayor sensación de oportunismo, Ocean’s 8.

Quizás haya que inscribir en este mismo debate el hecho de que, a decir verdad, cuesta esfuerzo creerse el giro delictivo que emprenden una madura liberada sindical, la patrona de una tienda especializada en celebraciones de quinceañera y una mujer-objeto. Aunque, en este contexto, se podría argumentar que es simplemente un asunto imputable al libreto que readapta la obra de Lynda La Plante -la cual contaba con la ventaja de poder extenderse a lo largo de seis episodios-, porque la premisa de partida es forzada y su desarrollo no consigue hacerla convincente.

          Viudas posee una atmósfera intensa, el tempo narrativo está templado, las actrices cumplen con solvencia y McQueen demuestra detalles de ingenio realizador -por ejemplo, esa conversación rodada desde fuera del coche, que logra concitar una aire de realista filtración macbethiana-. Son cualidades que sacan adelante un guion ambicioso pero algo disperso, que empeña parte de su intriga en tratar de seguir el rastro del dinero sucio a través de las distintas capas de la sociedad. Aquí, la vinculación criminal con una política corrompida, puro negocio ajeno al servicio público o la responsabilidad moral, está trazada con superficialidad a pesar de contener sonoras sentencias -cuánto daño ha hecho David Simon a la hora de establecer odiosas comparaciones-. Con todo, el padre y el hijo que continúan la saga de concejales de distrito, como una pequeña y endogámica aristocracia local, son personajes que gozan de una buena construcción.

          Porque, por lo general, Viudas es más interesante en el retrato personal que en el social. Los conflictos están mejor enfocados desde este punto de vista privado, como ocurre con esa impronta fatalista que atrapa e incluso hermana en un descastamiento irreparable a la lideresa de la banda y a la muchacha tratada por todos como un pedazo de carne: el “bienvenida de vuelta” que le dedica el mafioso a la primera, así como la muerte de su hijo -en la que aflora una rabia decididamente vinculada al presente, al igual que el resto de puntuales alusiones a la cuestión racial-; el tipo de miradas y de comentarios que permanente recibe la segunda, tal vez el personaje más interesante del filme a la postre.

Son situaciones de sustrato similar y que ubican a ambas como víctimas de una estructura social que, al final, es imposible de quebrar; una noción contra la que rebelarse que, a buen seguro, está transferido desde la clasista Gran Bretaña. En el fondo, en otro elemento diferencial, el botín de este grupo de ladronas es la reparación de unos agravios, la regeneración del mal que producen los hombres.

.

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

Apuntes para una película de atracos

13 Nov

.

Año: 2018.

Director: Elías León Siminiani.

Tráiler

.

         El fuera de la ley que impone su voluntad sobre las normas de la sociedad es una de las fantasías esenciales que se extiende firme por la ficción, por el cine, luego más o menos matizado argumentalmente con coartadas morales -la estricta observación de un código ético propio- o sociológicas -la influencia de las circunstancias o del destino-. De esta fascinación y en las raíces de su naturaleza trata de adentrarse Apuntes para una película de atracos, documental en el que Elías León Siminiani investiga la figura de Carlos Iglesias, ‘el Robin Hood de Vallecas’, butronero condenado en 2015 a siete años y medio de prisión por el asalto de dos sucursales bancarias en Madrid, a las que accedió desde el alcantarillado de la ciudad.

         Aunque no sea un ‘heist film’, una película clave del cine de ambientes criminales como La evasión probaba que, en sí misma, la profesionalidad y el talento de un especialista en asuntos ilícitos -en este caso las fugas carcelarias- es lo suficientemente sugestiva e hipnótica como para crear una obra maestra de referencia. Precisamente, esta cinta francesa poseía cierto espíritu documental en su verista, rigurosa y minuciosa manera de describir el trabajo del preso encarnado por Jean Keraudy, que no por nada había llevado a cabo un escape real de la penitenciaría parisina de La Santé, donde coincidió con José Giovanni, firmante de la novela que da lugar al largomentraje. Algo de esta idea hay en Apuntes para una película de atracos, en la que Siminiani traza paralelismos entre la carrera criminal de Iglesias y la evocación cinéfila que le -nos- produce, manifestada en la comunión entre la reconstrucción de los hechos, participada por el propio protagonista, y la inserción de fragmentos de películas del género.

Aquí, Iglesias demuestra que, en efecto, es carismático material para una mitología moderna que se alimenta de la realidad y viceversa. Hitos como Rififi inspiran a los atracadores, y los atracadores inspiran nuevas piezas de arte. Es decir, que los recuerdos de Iglesias, y la manera en que los expone casi independientemente del trabajo de realización del documentalista, poseen esa capacidad característica del cine de que uno pueda adentrarse en una realidad a la que no tiene acceso desde su experiencia cotidiana; una ilusión de hecho enmarcada en el proyecto en un constante confrontación y diálogo entre clases sociales.

         Siminiani no oculta los trucajes de una elaboración que, por su naturaleza, no puede reflejar al cien por cien la realidad -el punto de vista, los vacíos de información, el montaje, la recreación…-, y además le concede al retratado una voz directa, casi en situación de igualdad, en la representación de su historia. Todo ello, dinamizado asimismo por la creatividad formal del cineasta, le otorga un tono divertido a Apuntes para una película de atracos, incluso con pinceladas de humor farsesco o irónico. Porque es obvio que Siminiani se lo pasa teta jugando con el filón que ha encontrado y que explota, a veces hasta con la sensación de que es a su costa. El morbo de juntarse con un malandro, que sabe el otro.

Esta disposición no es óbice para que el documental indague en la persona, donde su mirada se convierte en la narración de un interesante drama paternofilial y no tanto en un análisis socioeconómico o político. No obstante, aunque Siminiani declara su abandono de esta lectura de las andanzas de este bandolero del siglo XXI, que queda reducida a citas, la condición de Iglesias de especialista en la cara subterránea de la urbe, en esas cloacas donde paradójicamente acostumbran a operar los lustrosos poderes fácticos, arroja además una imagen metafórica de la España contemporánea.

.

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Ronin

7 Nov

.

Año: 1998.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Robert De Niro, Jean Reno, Natascha McElhone, Stellan Skarsgård, Skipp Sudduth, Jonathan Pryce, Sean Bean, Féodor Atkine, Jan Tríska, Michael Lonsdale.

Tráiler

.

         Tanto el título -de reminiscencias al código inmutable y al fatalismo del guerrero japonés- como la ambientación -París y la Costa Azul- parecen querer inscribir a Ronin en una nostalgia por el polar francés, esa apropiación del noir donde abundan sensaciones como el estoicismo del delincuente que no puede vencer a un destino que juega con las cartas marcadas, la asunción de su soledad marginal, la melancolía de su condición crepuscular… todas ellas agravadas por el estricto cumplimiento de un canon de conducta propio, imperturbable.

Precisamente, uno de los grandes temas de Ronin es la necesidad de este código moral, de esta fidelidad a unos ideales determinados dentro de un mundo política y moralmente enloquecido, donde el fin de la Guerra Fría no ha traído quietud a las tensiones internacionales, sino que ha dinamitado las certezas hasta entonces existentes, reflejadas en dos contrincantes antagónicos bien delimitados.

         El argumento del filme se asienta sobre el golpe criminal que ha de preparar y perpetrar un heterogéneo equipo de despojos errantes de este conflicto que, durante décadas, se libró en gran medida de forma subterránea. Ya se ha cegado la alcantarilla donde moraban y luchaban las ratas, ahora instaladas en la superficie, sin tener a qué asirse tras la caducidad de los conceptos antes defendidos sin cuartel, desconcertadas y desorientadas por su necesidad de asimilarse al individuo común.

John Frankenheimer, cineasta surgido de la comprometida Generación de la televisión y que venía de un periodo de franca decadencia artística, dibujaría a partir un guion prácticamente reescrito por David Mamet -que firmaría bajo el pseudónimo de Richard Weisz tras negarse la productora a otorgarle acreditación principal en el libreto- no un ‘heist film’ con tintes de cine de espías, sino el feroz combate de unos individuos abandonados contra un mundo hostil en el que ya nada es reconocible, en el que las fronteras -políticas, morales- se han diluido por completo.

         Este entorno gélido y nocturno le sirve a Frankenheimer para combinar el pulso cinético -la intriga en torno al golpe, el misterio tras el mcguffin del maletín, las espectaculares persecuciones de artesanal fisicidad…- con el dramático -la dinámica interna del grupo, las relaciones de confrontación y lealtad; los conflictos íntimos por la existencia, la duda o la renuncia a esos valores fundamentales y definitorios de uno mismo-. De esta manera, la trama -la consecución de la misión, la supervivencia entre la constante amenaza- adquiere lecturas existencialistas. La espera es también parte del ritmo narrativo, templado con sabiduría y contención.

.

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Matar a un hombre

2 Nov

.

Año: 1956.

Director: Andrew V. McLaglen.

Reparto: James Arness, Angie Dickinson, Emile Meyer, Robert J. Wilke, Harry Carey Jr., Michael Emmet, Don Megowan.

.

          “Los 400.000 dólares están esperando, solo hay que entrar y cogerlos”, asegura el jefe. “¿Y si no va bien?”, plantea el secuaz. El protagonista duda. La chica duda. Un tintero se derrama sobre el plano que describe el banco a asaltar y la ruta de huida. Matar a un hombre es uno de esos westerns de serie B que no tienen un segundo que perder. Sobre la base de los códigos y arquetipos del género, sienta de un plumazo el conflicto, la trama y los antagonismos. La introducción se resuelve en cinco minutos, con absoluta economía pero sin perjuicio expresivo, dado los elementos comunes que el espectador conoce.

          Matar a un hombre es un western en el que el protagonista ha de recobrar su honor mancillado a través de la venganza, si bien esta no es una cuestión limpia porque implica entre medias a una mujer ambigua -una composición forzada que termina por desdibujar al personaje, algo parecido a lo que en general le sucede al desenlace del drama- y porque se interpone narrativamente, en una de las principales señas de distinción del filme, el punto de vista de dos secundarios: un experimentado sheriff y su ingenuo ayudante. Todos los participantes, cabe decir, replican con idéntico laconismo y causticidad.

Así, en concordancia con el historial equívoco del antihéroe, las dobleces del relato, guionizado por el especialista en el género Burt Kennedy, también se prolongan a través de la figura de un pistolero de peculiares rasgos zen, que gusta de habitar en parajes de paz, en melancólica quietud, hasta que es reclamado para sembrar la muerte, pues la lleva en la sangre. Por momentos, incentivado por la presencia común de Angie Dickinson, uno recuerda el esquema de traición y vendetta de la posterior A quemarropa.

          Beneficiado por la formación práctica que pudo absorber gracias a ser hijo del legendario secundario fordiano Victor McLaglen -asisitó al propio John Ford en El hombre tranquilo y a William Wellman en El infierno blanco, Escrito en el cielo, El rastro de la pantera y Callejón sangriento-, Andrew V. McLaglen debuta en la dirección resolviendo con corrección y clasicismo -aunque sin alardes y sin saber sacar partido o disimular del todo la pobreza de medios- las urgencias de una producción de apenas nueve días de rodaje.

.

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6,5.

Reservoir Dogs

11 Abr

.

Año: 1992.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Harvey Keitel, Tim Roth, Michael Madsen, Steve Buscemi, Chris Penn, Lawrence Tierney, Edward Bunker, Quentin Tarantino, Randy Brooks, Kirk Baltz, Steven Wright.

Tráiler

.

         Antes de que terminen los títulos de crédito, ya hay un hombre dando alaridos porque le han pegado un tiro en el estómago. Y, antes que eso, ha habido un verborreico, enmarañado, coprolálico y ocurrente diálogo acerca de cultura pop y otro sobre asuntos aparentemente banales de la vida cotidiana; un puñado de citas de cine nostálgicas, un clásico musical rescatado del olvido, y un derroche de estilismo cool y vintage. Todavía no han terminado los títulos de crédito de Reservoir Dogs, su ópera prima oficial, y Quentin Tarantino ya ha definido las bases de su filmografía.

Surgido de las catacumbas del videoclub, encaramado a la ola de florecimiento del cine independiente estadounidense en el cambio de década entre los ochenta y los noventa, la pelea de Tarantino para sacar adelante su primer libreto y película se topó, casualidades de la vida, con el entusiasmo de uno de sus ídolos, Harvey Keitel, quien a grandes rasgos ofició de intermediario para que terminase viendo la luz la singular tarjeta de presentación con la que este joven cinéfago dejaría su primera muesca para convertirse uno de los abanderados del cine posmoderno y una de las figuras más influyentes del séptimo arte.

         Lo haría desde su adorado cine de género, recuperando la tradición de las películas de atracos imperfectos como punto de partida en el que amalgamar la literatura pulp y el noir en B, el cine de acción y la exploitation de los setenta, el polar francés, el heroic bloodshed hongkonés… siempre desde una mirada que, andando su trayectoria, se consolidará como perfectamente identificable. En realidad, debido al proceso de concentración del guion producto de las reescrituras acumuladas, Reservoir Dogs hasta podría haberse rodado como una obra de teatro, dado el peso del diálogo y lo delimitado del elenco y del escenario, también condicionado por las restricciones económicas de la producción.

         La trama es tremendamente sencilla, reducida a una médula correosa. Esta estructura permite a Tarantino, por un lado, controlar la tensión con mano de hierro, el zumbido omnipresente que domina el almacén donde converge el suspense en torno a unos personajes que apenas son arquetipos elementales, pero a los que consigue dotar de revoluciones hasta mostrarlos desesperados y explosivos. El talento en el montaje será otra de las enseñas del director, auxiliado por Sally Menke, la que será su fiel colaboradora hasta su fallecimiento en 2010. Y, por el otro, le proporciona margen dramático para poder insertar monólogos y apartes donde volcar sus inesperadas digresiones sobre lo divino -esto es, sobre el cine y la música de consumo popular- y lo humano -desde las propinas hasta el sexo interracial, pasando por los chistes que juegan con un grotesco sentido del humor-.

         Porque, en un principio, el triunfo de Tarantino se producirá a pesar -y solo posteriormente gracias- a la celebérrima escena donde una canción ligera transforma una tortura esencialmente gratuita en un hipnóticamente morboso baile macabro. Y eso que la cámara aparta espantada la mirada -inquietando más-. La contradicción entre banda sonora y violencia visual ya se advertía en autores como Martin Scorsese, pero Tarantino lo dará la vuelta de tuerca definitiva aun a costa de que los abandonos de sala fueran recurrentes en los primeros pases del filme y que, pese a contar con la distribución de la Miramax de Harvey Weinstein, un jerifalte que erigía su poderosísimo imperio a partir de estos pujantes márgenes de la industria, la película a duras penas recuperase lo invertido con las ganancias en taquilla. Lo cierto es que, pese a esta reacción inicial, el cóctel finalmente acertó de pleno con los paladares de la crítica y el público.

.

Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7,5.

A %d blogueros les gusta esto: