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The Florida Project

19 Feb

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Año: 2017.

Director: Sean Baker.

Reparto: Brooklynn Prince, Bria Vinaite, Willem Dafoe, Christopher Rivera, Valeria Cotto, Mela Murder, Josie Olivo, Caleb Landry Jones, Aiden Malick, Edward Pagan.

Tráiler

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         Los protagonistas de The Florida Project residen en un castillo medieval de estridente color morado, a unos pasos de un desopilante mercado de fruta con forma de media naranja o de una tienda de regalos con la colosal efigie de un mago. Sean Baker ubica la historia en un escenario de fantasía, pero esta es una fantasía cutre, el reverso low-cost del Disneyworld cuya sombra domina todo este artificioso paraje. Incluso la fantasía, pues, esta restringida para los marginales. Las princesas pobres no comen perdices.

         The Florida Project emplea una ambientación cercana a la irrealidad -la arquitectura alucinada, el cromatismo desaforado, la luz exultante- con el objetivo de, paradójicamente, reflejar un pedazo crudo de realidad social. Amante de las criaturas a las que la sociedad ‘de bien’ procura dar de lado y ocultar en guetos de todo tipo, Baker escoge el punto de vista de una niña que crece, libre y salvaje, bajo el sol del verano, que es la época en la cual, en la vida y en el cine, los críos queman sus etapas evolutivas. Las imágenes surgen inmediatas, luminosas, anárquicas; moviéndose al ritmo infatigable de los chavales y dando forma así, en un relato que casi es un encadenado de viñetas, a la perspectiva hiperactiva y eufórica desde la que observan el mundo y se lo comen por los pies.

Es una mirada infantil que, por tanto, tiene todo el idilismo del verano -las vacaciones, las aventuras, el buen tiempo, las nuevas amistades…-, lo que resulta en un desbordante vitalismo. Pero, al mismo tiempo, esta mirada contrasta con la consciencia adulta de la situación que la rodea, cuyas amenazas se van manifestando a medida que el argumento se torna más narrativo para encaminarse a un desenlace dramático.

En consecuencia, tampoco quiere decir esto que el de Baker sea un retrato idealizado de la niñez, sino que goza de bastante naturalidad y frescura, amparado por unas interpretaciones infantiles perfectamente dirigidas. Es decir, como si no hubiesen recibido ninguna instrucción previa, sino que estuviesen jugando en el barrio, obedeciendo a aquella máxima que decía Clint Eastwood sobre que los niños son actores natos, pues viven interpretando o imitando roles constantemente. Y al frente de ellos está la sorprendente Brooklyn Prince, cabeza de un reparto marcado, en su mayor parte, por la falta de experiencia en el medio. Así, decíamos, Moonee no es una niña encantadora, por más que sea una muchacha con un tremendo encanto. Escupe y eructa por afición, tiene la boca como una cloaca y perpetra trastadas que coquetean con el delito. Con la debida distancia entre ambas, su tratamiento personal, afectivo y circunstancial no me parece demasiado diferente al de la protagonista de la reciente Verano 1993. Son, a su manera, otras lágrimas que están ahí y que, por unas razones determinadas, no brotan.

         Combinada con la personalidad de la madre -stripper y superviviente, abordada sin frivolizar con el morbo emocional o sexual de la situación-, esta composición del personajes -cariñosa, entregada pero sin concesiones- le sirve a Baker, realizador y guionista junto a su habitual compañero Chris Bergoch, para abundar en reflexiones acerca de los modelos de paternidad, de familia e incluso de vida que impone una sociedad estrictamente coercitiva -la omnipresencia del helicóptero policial, la intensidad de su zumbido en secuencias climáticas de estrés- para aquellos que no pueden, o no quieren, alcanzar los estrechos márgenes que marcan sus convenciones.

La figura del manager del motel (Willem Dafoe), que ejerce de una especie de sheriff solitario venido de algún lugar exterior a este reducto a saber por qué causas -se sugiere el conflicto familiar- y asimilado ya al entorno, devotamente entregado a las necesidades de esta pequeña comunidad que lo atormenta y aprecia a partes iguales, ofrece una muestra de entrañable dignidad a través de su trato íntimo, directo y comprensivo con los habitantes de esta pensión dejada de la mano de dios.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota de blog: 7,5.

Moonlight

2 Mar

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Año: 2016.

Director: Barry Jenkins.

Reparto: Alex R. Hibbert, Ashton Sanders, Trevante Rodhes, Naomi Harris, Mahershala Ali, Janelle Monáe, Jaden Piner, Jharrel Jerome, André Holland.

Tráiler

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           Primera producción íntegramente negra -y de temática LGBTI- en ganar el Óscar a la mejor película, Moonlight fue la triunfadora –con el archiconocido momento de suspense final– en una ceremonia que, en uno de los habituales actos de contrición de la Academia estadounidense, se volcó en esta ocasión con la comunidad afroamericana después de las acusaciones del ‘Oscar So White’ de la edición anterior y de la legitimación política de la xenofobia que supuso la elección en la presidencia del país del magnate Donald Trump. En esta tesis se puede incluir igualmente la estatuilla a mejor actor para Mahershala Ali, primer musulmán en obtener este galardón en el apartado interpretativo.

           Obra teatral en su origen a la que se suman añadiduras privadas del director y guionista Barry Jenkins -cuya propia madre sufrió la adicción a las drogas durante su infancia en Miami-, Moonlight, heredera del cine negro de autores como Charles Burnett o Spike Lee, explora los márgenes de la sociedad norteamericana a través de la reconstrucción íntima y social de un individuo que concita en su biografía asuntos todavía -o más que nunca- candentes y problemáticos, como la raza, la identidad sexual, la violencia congénita de la cultura de los Estado Unidos o la falta de oportunidades que sufren determinados colectivos, apartados de la presunta meritocracia que proclama enarbolar la nación. Un individuo atrapado, en definitiva, y que anhela conquistar su derecho a la libertad personal, simbolizada por la apertura del mar frente al concentrado espacio urbano.

           Las herramientas del filme, aunque firmemente comprometidas y también afectuosas hacia sus personajes, tienden más al tópico que a la profundidad a causa de la tosca composición psicológica del protagonista y sus circunstancias, expuestas en tres actos cuyos títulos representan la evolución del muchacho por medio de su nombre -Little, Chiron, Black- y que están cortados estos por traumas decisivos a los que les siguen elipsis temporales. No obstante, destaca el manejo de la tensión íntima del joven, con el denominador común de sus silencios y el bien empleado lenguaje gestual de los tres actores que lo encarnan, adecuadamente contenidos.

La plasmación visual, dominada por primeros planos que se concentran en los procesos emocionales de los personajes, posee momentos creativos y de grata expresividad en la puesta en escena de un argumento donde, por el contrario, la presencia de elementos recurrentes y otros abordados con ligereza resta tridimensionalidad al discurso, si bien apunta conflictos de interés a partir de la ambigüedad del traficante o, indagada a medio camino, de la madre.

           Por este motivo, la narración se mantiene en pie durante las dos primeras fases del metraje, pero en la definitiva, llamada a provocar la catarsis dramática, el salto psíquico y existencial se produce de forma demasiado brusca, lo que tiene como consecuencia que el segmento no termine de resultar todo lo creíble que debiera, tanto o más cuando, aparte del melodramático relato sentimental, existen en la cinta esas citadas pretensiones de conciencia y denuncia.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

El precio del poder

2 Feb

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Año: 1983.

Director: Brian de Palma.

Reparto: Al Pacino, Michelle Pfeiffer, Steven Bauer, Maria Elizabeth Mastrantonio, Robert Loggia, Paul Shenar, F. Murray Abraham, Harris Yulin, Ángel Salazar, Miram Colón.

Tráiler

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         Hay películas que conviene disfrutar en determinado momento de la vida, y no en otro. Voluntaria o casualmente, están hechas para conectar de forma cerval con ese instante particular, con esa precisa sensibilidad existencial. Tendría unos 16 años cuando descubrí El precio del poder, que también es popularmente conocida por su título original, Scarface. Aluciné con ella. Me impactó profundamente la violencia del ascenso y la caída del fuera de la ley más macarra de todos los tiempos, la feroz fisicidad con la que estaba rodada y la tensión de su violencia. Volví a ella cumplidos los 21 años y pasé vergüenza ajena con esa epopeya adolescente del gángster, los teatrales excesos a costa de la sordidez del hampa, la estética impúdicamente hortera de su puesta en escena y la desaforada actuación de Al Pacino.

Vista de nuevo con 30 años, las sensaciones que me deja El precio del poder se encuentran a medio camino entre ambas, aunque quizás tiendan más hacia lo segundo. Es indudable que se trata de una película plena de fuerza y carisma, destinada a convertirse en obra de culto para cualquier tarugo con ínfulas de gánster, fascinado por arrogarse la presunta épica de la marginalidad o que no haya superado esa visión desquiciadamente melodramática de la vida -el yo contra todos- que uno sufre durante la adolescencia.

         Brian de Palma, que encuentra en su cinefilia uno de los motores de su obra como cineasta, recupera Scarface, el terror del hampa, del maestro Howard Hawks, para retornar al tema del crimen como vía paralela desde la que culminar el sueño americano para aquellos a los que se les veda el acceso a la falsa promesa del país de las oportunidades. El precio del poder deforma la realidad hasta hacer de ella una imitación grotesca. Si Tony Montana es una caricatura de los delincuentes que interpretaba James Cagney en los años treinta -los más duros de entre los duros, siempre con una respuesta desdeñosa en la boca aunque a tu cuñado le estén desmembrando con una sierra mecánica- la conquista del mundo que emprende alimentado por su retorcida perspectiva de las promesas americanas -los derechos humanos, la libertad individual, la posesión material- es igualmente caricaturesca, así como el sueño que materializa con ella.

En su escalada a la cima -una conquista que es criminal, económica, social e incluso sexual-, Montana descubre que la cumbre es una orgía de comer, follar y esnifar sin demasiado sentido aparte de haber llegado el primero a ella y poseerla en exclusividad. El resto de ideales inmateriales anhelados por el protagonista -el respeto, el amor- son un tributo falaz que, en línea con las premisas capitalistas, se vende y se cobra en dólares. Hasta artificiales son los atardeceres de ensueño de Florida, que o bien parecen impuestos con pantalla de chroma, bien son directamente papel de pared pintado, acorde al aspecto kitsch del diseño de producción y el fuerte cromatismo que domina los fotogramas -aquí aparece el correspondiente detalle hitchcokiano: en un mundo de agresivos tonos rojos y negros solo se reserva el verde para el hogar familiar al que el protagonista aspira y del que es rechazado-.

         Es decir, que a pesar de la pervivencia de Scarface en la cultura popular como modelo de referencia para aspirantes a enemigos públicos, El precio del poder trata de arrojar una mirada turbulenta y pesimista hacia los Estados Unidos y su sistema de valores, entre ellos el culto al éxito identificado con el culto al dinero; ambos sinónimos intercambiables, en definitiva. De hecho, el propio Scarface bien serviría para prefigurar esa misma década, los años ochenta dominados por el yuppie, a otro icono: el bróker bursátil Gordon Gekko de Wall Street, que contraviniendo las intenciones originales de su creador –Oliver Stone, aquí en funciones de guionista- también terminaría ejerciendo de figura idolatrada por esos mismos defectos que se pretendía denunciar.

A fin de cuentas, el filme ha sido tan entusiasta en reverenciar el ascenso de este narcotraficante cubano hecho a sí mismo -los hijos del demonio-, y lo ha llevado a cabo con tanto desprecio al ridículo, que cuando trata de decir cosas maduras ya resulta imposible tomársela en serio.

Nueva versión en ciernes.

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Nota IMDB: 8,3. 

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 5,5.

Extraños en el paraíso

1 Feb

Segunda toma de Jim Jarmusch para Ultramundo. Impulsado por las herencias temáticas y materiales de sus maestros, el cineasta arranca su itinerario del desarraigo y la desorientación en busca de un paraíso que quién sabe siquiera si existe… La road movie de un no-viaje.

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Cabeza de Vaca

8 Ago

“El español que no ha estado en América no sabe lo que es España.”

Federico García Lorca

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Cabeza de Vaca

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Cabeza de Vaca

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Año: 1991.

Director: Nicolás Echevarría.

Reparto: Juan Diego, Daniel Jiménez Cacho, Roberto Sosa, Carlos Castañón, Gerardo Villareal, Roberto Cobo, José Flores, Eli ‘Chupadera’ Machuca.

Tráiler

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            Circunstancias de la historia, las aventuras de Alvar Núñez Cabeza de Vaca son hoy menos conocidas que las de otros de sus pares exploradores, quizás debido a que la presencia española en las tierras por él conquistadas poseen leyendas menos llamativas, episodios bélicos menos atronadores y permanencias menos evidentes en el presente. Su épica, aunque distinta, es igual de fascinante, tanto por los milagros médicos que le sirvieron para medrar en dentro de la sociedad indígena que lo había esclavizado tras el naufragio de las naves de la funesta expedición de Pánfilo de Narváez –se le atribuye la primera operación a corazón abierto de la historia- y asimismo por su humanidad extemporánea: según ciertos textos, consideraba y trataba a los esclavos negros y a los indios como iguales, su expansión por el sureste de los actuales Estados Unidos, casi un acto de supervivencia en tierra hostil, tiene un carácter pacífico, e incluso, en opinión de numerosos expertos, su defensa de las Leyes de Indias como gobernador del Río de la Plata sería lo que le acarrease la desgracia.

La antítesis, por tanto, de la leyenda negra de la conquista española de América, siempre tan interesadamente pregonada por rivales geopolíticos de entonces como Francia e Inglaterra.

            Película nacida al abrigo de las celebraciones del V Centenario del Descubrimiento, Cabeza de Vaca, coproducción mexicana y española, recoge la palabra del explorador sevillano a partir de su libro de viajes, Naufragios y comentarios, en el que relata sus ocho años de convivencia con los nativos de la Florida y las regiones meridionales de Norteamérica. El argumento reproduce la colisión del hombre contra lo desconocido –“aquí se acabó España”- y, en consecuencia, el choque entre civilizaciones y la comprensión del Otro.

Asimilada al punto de vista de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, la cinta establece una comparativa comprensiva entre el occidental y los bárbaros hasta el punto de, progresivamente, revertir –o cuanto menos igualar- ambos términos, dependientes tan solo de la perspectiva del narrador. La austeridad del presupuesto deriva, aparte de en un apartado de sonido deficiente, en una puesta en escena que en ocasiones resulta rígida y teatral, acorde al protagonismo de Juan Diego, un actor a quien le suele resultarle difícil diferenciar una interpretación sobre las tablas de una interpretación ante la cámara –que no es lo mismo, por mucho que insista en propinar alaridos y contorsionarse-.

            El relato describe con interés casi antropológico estos episodios en los que Cabeza de Vaca pasa de prisionero a chamán y líder de las tribus locales. La aproximación a este nuevo mundo que se abre ante los ojos del explorador es acertadamente alucinada –si bien no tan estimulante como el onirismo que Werner Herzog impregnaba en la antiepopeya de Aguirre, la cólera de Dios-. Pero su deslavazado esquema y una pobreza de medios no siempre bien sorteada impide que el filme profundice con intensidad en ese encuentro insólito y que cale a fondo en el fuero interno del espectador esta inquebrantable voluntad de supervivencia de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que comparta las curiosísimas aventuras y desventuras del tesorero náufrago como suyas propias.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6.

Un domingo cualquiera

25 Jul

“La obligación que tiene todo ser humano es rentabilizar sus opciones para ser feliz. Nosotros deberíamos aclararle a la mayoría que el éxito es una excepción. Los seres humanos de vez en cuando triunfan. Pero habitualmente se desarrollan, combaten, se esfuerzan, y ganan de vez en cuando. Muy de vez en cuando.”

Marcelo Bielsa

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Un domingo cualquiera

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Un domingo cualquiera

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Año: 1999.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Al Pacino, Jamie Foxx, Cameron Díaz, Dennis Quaid, LL Cool J, Lawrence Taylor, Jim Brown, James Woods, Matthew Modine, Bill Bellamy, Andrew Bryniarski, Lela Rochon, Lauren Holly, Ann-Margret, Aaron Eckhart, Elizabeth Berkley, John C. McGinley, Charlton Heston.

Tráiler

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            En cierto modo, los guiones de Oliver Stone El precio del poder y Wall Street abordan uno de los pilares de la cultura americana: la gloria, el éxito, ser el número uno. Probablemente, la visión más cercana y popular de esta concepción de la gloria tan influenciada por la cultura capitalista sea la del triunfo deportivo: la épica del guerrero concentrada en una cancha donde un juego determinado se desarrolla a emulación de los parámetros conflicto bélico; del enfrentamiento a vida o muerte entre el bien y el mal, nosotros y ellos, nuestro destino luminoso contra aquellos que nos lo pretenden arrebatar.

            En Un domingo cualquiera, Stone plasma este sentido épico desde la misma introducción de la película, en la que los jugadores de fútbol americano aparecen como sombras de héroes eternos, que bregan poderosos e incansables por alcanzar el Olimpo bajo la ira de los elementos, con resonancias incluso de futuras inmersiones históricas del director como Alejandro Magno, la epopeya hecha vida. Esta estética continúa en la plasmación de los lances atléticos, repletos de fotogramas nerviosos, un montaje vertiginoso, ruido de fieras al acecho y la tradicional grandiosidad del ralentí.

En este sentido, a la par que se desarrollan las luchas por el poder entre cuatro figuras estereotipadas –la propietaria rica e ignorante y el entrenador crepuscular de vuelta de todo, la estrella declinante y la estrella ascendente-, el filme parece convertirse en el típico videoclip hiphopero de la MTv –aunque de más de dos horas-, todo chulería, lujo y victimista lucha de yo contra todos –en definitiva, otra imagen contemporánea del éxito-. Los partidos lo piden por momentos, y algunas secuencias poseen fuerza visual, pero también redunda y agota.

            En paralelo a los códigos del cine deportivo, Stone trata de formular un retrato coral y completivo del entorno del fútbol americano, sometido a una vorágine de presiones y tentaciones que abarca desde los presupuestos anuales de la franquicia hasta el anhelo de convertirse en leyenda, pasando por las presiones mediáticas, los intereses contractuales y las intrigas de vestuario, todo ello calculado en frías e indiscutibles estadísticas. El poder, el dinero, el individualismo; elementos corruptores en un juego de equipo y que, si bien de forma ligera y desaprovechada, Stone hace que apunten y reproduzcan hacia el sistema social imperante en los Estados Unidos -“esto se fue al carajo en cuanto permitieron hacer un descanso para la publicidad”-, entremezclado con el racismo, el clasismo y esa cultura de la competitividad a ultranza y despiadada antes citada, incapaz de reconocer segundos puestos. Recuerden lo que decía Albert Camus acerca del deporte rey: “todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

            Recelosa de este análisis negativo del negocio, la NFL rechazaría otorgar su licencia para el uso de nombres o franquicias asociadas a su liga, y hasta advertiría a los jugadores en activo de las dañinas repercusiones derivadas de una eventual participación en el proyecto –desafiarían las recomendaciones de la federación futbolistas como Terrell Owens, entre otros, dentro de un elenco que incluye asimismo a ex profesionales como Jim Brown o Lawrence Taylor-.

No obstante, Un domingo cualquiera resulta una cinta bastante acomodaticia en líneas generales, respetuosa con las claves de moralina y redención clásicos del género, con su cámara lenta enardecedora y con sus recurrentes (e insoportables) discursos motivadores, luego tantas veces reciclados por los propios deportistas al otro lado de la pantalla cerrando así un curioso círculo de retroalimentación.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6.

Domingo negro

24 Ago

“Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego.”

Mahatma Gandhi

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Domingo negro

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Domingo negro

Año: 1977.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Robert Shaw, Marthe Keller, Bruce Dern, Fritz Weaver, Steven Keats, Michael V. Gazzo, Bekim Fehmiu.

Tráiler

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            Uno de los aspectos más sugerentes de todo duelo es aquel del enfrentamiento a pecho descubierto entre dos caras de la misma moneda. Dos figuras análogas pero, fruto del azar y las circunstancias, transformadas en opuestos. Su rastro puede apreciarse en casi cualquier mitología y tradición popular: el Bien y el Mal, la creación y la destrucción convertidas en un signo positivo y negativo respectivamente tan solo a causa del punto de vista del observador de turno, una postura frágil y mutable por definición.

            En 1973, Fred Zinnemann, inspirado por el ‘bestseller’ de Frederick Forsyth, llevaba a la pantalla Chacal, película en la que se establecía una deportiva y apasionante contienda entre un pulcro mercenario al servicio del mejor postor y un sobrio funcionario del gobierno especializado en cazar hombres.

Si en aquella el punto de contacto entre ambos rivales quedaba establecido a través de su impecable y minuciosa profesionalidad, en Domingo negro -basada esta vez en la novela de Thomas Harris, una nueva exploración del choque entre las cruentas organizaciones terroristas internacionales y los turbios servicios de antiterrorismo estatales producto directo de las convulsiones de los Juegos Olímpicos de Munich 1972-, la correspondencia que hace casi indistinguibles a héroes (es una manera de hablar) y villanos se construye a partir de su condición común de hijos del trauma.

Pese a las tentaciones épicas del clímax, no nos encontramos en absoluto ante una cinta optimista. Los setenta son una década cínica y decepcionada.

            John Frankenheimer, quien adopta en parte para el filme la estructura de Chacal, describe el recorrido en paralelo de una agente terrorista del Septiembre Negro (Marthe Keller) y un espía del Mosad israelí curtido en mil batallas (Robert Shaw) en su carrera hacia cometer o evitar un sangriento atentado contra una de las arterias socioculturales de los Estados Unidos: la Superbowl.

            El escenario supura pesimismo. La dilatada experiencia de David Kabakov, “La solución final” –irónico apodo para un judío que porta tatuajes de campos de concentración-, el implacable perseguidor, así lo intuye desde su tormento interno. Después de tantos años, asesinar solo le ha deparado las mismas guerras, los mismos enemigos, los mismos muertos.

Como decíamos, al igual que el propio Kabakov –su posible cautiverio en la Segunda Guerra Mundial, la herida abierta de la muerte de sus familiares, que se percibe violenta-, sus despiadados contrincantes son también mártires del monstruo humano.

Ella, una huérfana y exiliada de guerra, con sus padres asesinados y su hermana violada durante la expansión del Estado de Israel en Palestina -“es su creación”, le espetarán con sarcasmo a Kabakov-. Por su parte, el brazo ejecutor de sus cruentos planes es un renegado estadounidense (Bruce Dern) al que domina mediante calculadas artes de mujer fatal, y que encuentra su motivación en el rencor y la psicosis provocada por sus años de cautiverio en la Guerra de Vietnam, exacerbado además por el desprecio a su condición de veterano y héroe de guerra –empezando por su familia inmediata- una vez retornado a su país.

En definitiva, tres partes intercambiables de un círculo irreparable de desgracia y fatalidad.

            La citada narración paralela de ambas tramas, destinadas a confluir y explosionar en el desenlace, alimenta dicha sensación de semejanza, impulsada incluso por la reciprocidad de la metodología y los procedimientos, reconocidos y experimentados por igual desde uno y otro lado. La mezcla y contraste entre el magnetismo físico de Keller y el característico aspecto hosco de Shaw funcionan a la perfección para refrendar esa perturbadora ambigüedad que rodea a la película.

Con el estilo seco y tono taciturno identificativo del cine de espías de la época, Domingo negro traza asimismo otro pequeño círculo, aquel en el que se inserta la redención de Kabakov a partir de un error derivado de sus nuevos escrúpulos, la disipación de sus dilemas a la hora de apretar el gatillo gracias a la traslación de su cometido a una nueva dimensión personal -la de una venganza fresca y renovada-, que redunda una vez más en esa idea de destino repetitivo, funesto e inapelable que, por extensión, comprende a la humanidad por completo.

Que el relato decida agarrarse a esta última vertiente y, en aras de aumentar su espectro de audiencia, la emplee para componer un final de abierta espectacularidad, más próximo al cine catastrófico que por entonces arrasaba en las taquillas, supone en cierta manera la traición de su hastiado, borrascoso y atinado discurso precedente, toda vez que además acaba por plantear una abierta burla a los timoratos remilgos del FBI, representado por el agente especial Corley (Fritz Weaver), y su celoso respeto a la legalidad.

            Aparte de este factor argumental, la película acusa sobre todo el abultado volumen del metraje, superior a los 140 minutos, especialmente alargado en una conclusión llena de escenas abrumadoras –sobre todo aquellas del estadio-, aunque un tanto extenuante.

No obstante, Frankenheimer demuestra su nervio a la hora de controlar la tensión y los códigos del thriller, campo en el que fue consumado experto, lo que ayuda a construir una obra cuya agresividad explícita e introspectiva –e incluso su modernidad- resulta más impactante cuanto menos aderezo enfático contiene.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7,5.

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