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Bob el jugador

29 Ene

“Esta que llaman fortuna, es una mujer borracha y antojadiza, y sobre todo, ciega, y así no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba.” 

Miguel de Cervantes

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Bob el jugador

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Bob el jugador

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Año: 1956.

Director: Jean-Pierre Melville.

Reparto: Roger Duchesne, Daniel Cauchy, Isabelle Corey, Guy Decomble, André Garet, Gérard Buhr, Simone Paris.

Filme

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           Después de firmar tres largometrajes, Jean-Pierre Melville, el más americano de los cineastas franceses y el más francés de los americanos, decidía hundir por fin sus fotogramas en el polar, el cine policíaco de denominación de origen gala que consagraría su arte para la posteridad.

           A pesar de que, según las propias palabras del autor, por aquel entonces todavía se encontraba inmerso en la búsqueda de su propio lenguaje, Bob el jugador resultará una obra decisiva en el transcurso de su filmografía, en la génesis de la Nouevelle VagueJean-Luc Godard siempre manifestó su predilección por la película, a la que rendiría tributo en la icónica Al final de la escapaday, por descontado, en la evolución del polar e incluso del noir en general, pues su influencia se aprecia en cintas tan dispersas como Siete ladrones, La cuadrilla de los once, Sidney, Ocean’s Eleven (Hagan juego), Transporter,… además de, por supuesto, su propio remake, El buen ladrón.

En efecto, Bob Montaigne, un hombre que vive por y para la diosa Fortuna, es dueño de la estricta reglamentación moral que define a los antihéroes de los bajos fondos melvillianos; del mismo modo que, por otro lado, éste estilo de conducta, noble, elegante y en cierto sentido anacrónico, tampoco le servirá para mutar los designios de un Destino que siempre juega con las cartas marcadas. La suerte está echada.

           Sin embargo, el fatalismo intrínseco del argumento, que envuelve sin remedio a esta serie de arquetipos y códigos del género –el perdedor ante su última oportunidad de redención personal y afectiva, el aprendiz arrojado pero inexperto, una femme fatale aquí con un marcado poso de hedonismo infantil, la disolución de las fronteras entre héroes y villanos-, no se traduce en el inconmovible desencanto y laconismo que impregna filmes como Hasta el último aliento, El silencio de un hombre o El círculo rojo.

Ambientada en esa neblina difusa que apenas logra escindir la noche del día, el tono de la propuesta también ensaya variaciones más festivas y hasta irónicas, frecuentemente punteadas por una banda sonora tan jazzística y desenfadada como el brusco montaje, que se diría con ansias de escapar de los estrechos formatos del cine negro –como definitivamente hará Godard en ese citado iconoclasta homenaje al noir que es Al final de la escapada-.

           Ese carácter de primer paso, con toda su gama de impurezas y atrevimientos insospechados, amalgamados junto a esa formidable pasión e intuición por el cine negro, parece dotar a Bob el jugador de una estimulante frescura dentro del corpus melvilliano. De un encanto especial dentro de esa leve imperfección que, no obstante, a mi juicio la relega a un escalón inferior al de las grandes obras del maestro francés.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

21 Black Jack

14 Jun

“Soy un escritor de Hollywood, así que me pongo mi chaqueta deportiva y me quito el cerebro.”

Ben Hetch

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21 Black Jack

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21 Black Jack

Año: 2007.

Director: Robert Luketic.

Reparto: Jim Sturgess, Kate Bosworth, Kevin Spacey, Aaron Yoo, Liza Lapira, Jacob Pitts, Laurence Fishburne, Josh Gad, Sam Golzari.

Filme

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            El giro sorprendente de guion compone uno de los elementos imprescindibles en el cine de picaresca y timos; esto es, aquel en el que un grupo de personas aspira a conseguir por pura habilidad intelectual un cuantioso botín que, por otros medios –intimidación física, acción expeditiva, tecnología puntera- sería imposible de obtener. Robos de intrincada y limpia cirugía que fascinan y atrapan sin remedio –El golpe, Nueve reinas,…- pero cuyo satisfactorio resultado cinematográfico depende de un valor contradictorio a lo que se expone en su trama: la honestidad de esos citados giros argumentales, la ausencia de argucias, que el guionista no se convierta en un simple pícaro más que roba la cartera al espectador distrayendo su atención con un truco barato.

            21 Black Jack presenta un atractivo número de feriante: un cruce entre los espectaculares asaltos a casinos de la saga de Ocean’s Eleven, entremezclado con las habilidades matemáticas de Rain Man y la reivindicación (seria) del nerd sin vida social de las comedias juveniles de los ochenta.

Chicos guapos que, bajo el liderazgo carismático de Kevin Spacey -enrollado profesor de ecuaciones no lineales y antiguo contador de cartas de Las Vegas-, conocen los inalcanzables lujos del sistema regido por el dios dólar gracias a la estafa cometida contra las desopilantes catedrales de neón de la ciudad del pecado. Un escenario de sueño dorado de la MTv que Robert Luketic, artesano a disposición de productos por lo general precocinados y de consumo rápido, compone en consecuencia con un estilo de gusto contemporáneo, videoclipero.

            El arco dramático que dibuja 21 Black Jack le aleja de los turbios procesos de ascenso, caída y redención del cine de fascinación gangsteril marca Scorsese, ya que prefiere echar el ancla en el moralismo por medio, en primer lugar, de la justificación teleológica de los actos del protagonista –el robo por necesidad, fruto de la elitista educación norteamericana que rechaza el intelecto y solo admite el talonario-.

Presupuestos que conforman un viaje iniciático, con sus respectivas tentaciones, desvíos del camino inicial, posteriores aprendizaje y rectificación, que lo asemejan más en su desarrollo a los ejemplarizantes esquemas argumentales de la Disney y sus personajes que pasan de la nada al todo, ‘from zero to hero’.

            Como decíamos, la historia, bastante convencional y ya por momentos difícilmente creíble –extraño que ningún miembro de la plantilla de algún casino se pregunte porqué los siempre mismos tipos ganan tanto, siempre van juntos y siempre hacen tanto gesto raro-, trata de evitar la previsibilidad absoluta mediante la anteriormente mencionada trampa, el indeseable as en la manga. Lo malo es que el mago no es bueno, el truco está muy gastado, se le ve venir a la legua y el público ya pasa del número.

            Que al menos no sea aburrida a pesar de lo poco interesante de su propuesta, permite a 21 Black Jack conservar el estatus básico de película de usar y tirar.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5.

La ciudad sin ley

5 May

“Soy tan cobarde que hasta que no tengo un buen guionista no quiero hacer una película.”
Howard Hawks

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La ciudad sin ley

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La ciudad sin ley

Año: 1935.

Director: Howard Hawks.

Reparto: Miriam Hopkins, Joel McCrea, Edward G. Robinson, Walter Brennan, Brian Donlevy, Frank Craven, Harry Carey, Donald Meek.

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            El cine negro y el western, los dos géneros más cinematográficos y de incuestionable aroma americano, articulan universos paralelos. Sea en las sórdidas calles de las megalópolis estadounidenses, sea en los puebluchos de mala muerte espetados por los grandes espacios abiertos e indómitos, ambos suponen un escenario abstracto sujeto a códigos inquebrantables.

Es la cosmogonía de un país en la que arquetipos trágicos dirimen sus diferencias mientras que, al mismo tiempo, quedan sujetos a los designios inmisericordes de un destino que juega la partida con cartas marcadas.

             Aún precedente a la etapa de esplendor del noir y el western, Howard Hawks, cineasta todoterreno que ofrecería destacados ejemplos en los dos campos –Tener y no tener y El sueño eterno en el primer caso; Río Rojo, Río Bravo y El Dorado en el segundo-, proponía con La ciudad sin ley uno de los más perfectos ejemplos de hibridación temática y tonal entre uno y otro terreno.

El San Francisco en plena y salvaje germinación, parido de malos modos por la fiebre del oro de 1849, sirve como telón de fondo para un agreste drama de tintes épicos. Es el confín que sirve de improvisado reducto para que los Estados Unidos, inmersos en su perpetua construcción, pueda depurar el excedente de población aliviando, al mismo tiempo, la carencia de sueños que exigía su condición de país de las oportunidades.

Se trata por tanto de un espacio surgido en la anarquía, una tierra por conquistar sometida a la ley del más fuerte, en la que sus decrépitos moradores buscan saldar su miseria económica al precio rebajado de su integridad moral.

            Los tiempos previos al inefable Código Hays ayudan gustosos a la elaboración de la viciada y virulenta atmósfera del filme, empezando por el dibujo de su protagonista, una indisimulada prostituta arribada a California con sueños de riqueza (Miriam Hopkins, experta en historias triangulares y con ciertos dejes de sobreactuación propios del silente), así como el del brutal villano, un despiadado y estrafalario diablo tentador con los rasgos desdeñosos e implacables de Edward G. Robinson, no por nada rostro fundacional del gángster del cine de los años treinta con Hampa dorada. No obstante, para no mancillar en demasía el honor de los Estados Unidos más tradicionales, este furibundo malvado parece poseer raíces mediterráneas si se atiende a su apellido (Chamalis); es decir, ‘más extranjeras’ que el resto, explicitado también por medio de su estridente atavío coronado por un pendiente de oro –que Robinson ya había lucido como pescador portugués para Hawks en Pasto de tiburones-.

Así, nos encontramos ante un pacto de codicia y ambición sellado entre un cacique autoproclamado a fuerza de oro y sangre y una mujer -el único ‘objeto’ más valioso que el oro en este lugar exclusivamente viril- que adquiere entonces rasgos de auténtica femme fatale, capaz de controlar a su antojo el destino de los hombres incluso de manera literal, ya que maneja la ruleta en el casino de su a la vez dueño y cliente amoroso.

Prefigurados los estereotipos de la princesa y el dragón, el príncipe de inmaculada nobleza destinado a decidir la lucha entre el Bien y el Mal residentes en el interior de este dual personaje femenino será Joel McCrea, célebre galán, en el papel de un humilde, poético y estoico minero.

Son figuras en principio planas –al menos en lo que respecta a los contendientes masculinos-, pero que por ello mismo favorecen el carácter abstracto y universal de la narración.

            El trágico combate entre lo civilizado y lo barbárico en este nuevo capítulo del Génesis de la nación norteamericana –hasta se aventura con sorprendente semejanza el rol positivo que la prensa libre ostentará en otro episodio de la serie, la monumental El hombre que mató a Liberty Valanceevoluciona con enorme intensidad e inopinada violencia gracias a la férrea realización con la que Howard Hawks plasma el guion a cuatro manos de Ben Hecht, una de las más afiladas plumas de Hollywood, y Charles McArthur, uno de sus mejor avenidos colaboradores.

Ejemplo perfecto del contundente devenir de la trama son dos impactantes escenas que, andando el metraje, encontrarán su demoledora contrapartida en otro par de perturbadores pasajes. Por un lado, el juicio en el que Robinson hace ostentación de su intocabilidad y la constatación de la naturaleza de Hopkins por parte de McCrea; por el otro, el proceso sumario ejecutado por los vigilantes alzados en armas y el nuevo examen de la reprimida humanidad de Hopkins.

Dos pares de escenas en las que Hawks luce toda su expresividad como realizador, manejando a su voluntad la asfixiante densidad de la atmósfera con el sutil pero ensordecedor uso del sonido, la sugerencia del encuadre, su característico nervio en el montaje y la calibrada fuerza del diálogo y las interpretaciones.

            Puede que el ritmo trepidante conduzca a un desenlace un tanto forzado -aunque aún expresivo-, pero ni tan siquiera eso es capaz de minar la rabiosa modernidad de una cinta como La ciudad sin ley, perfecto equilibro entre el western y el cine negro.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

Ases calientes (Smokin’ Aces)

6 Abr

“Les pido disculpas por la sangre exhibida en el programa de hoy. La próxima vez intentaremos hacerlo mejor.”

Alfred Hitchcock

 

 

Ases calientes (Smokin’ Aces)

 

Año: 2007.

Director: Joe Carnahan.

Reparto: Jeremy Piven, Ryan Reynolds, Ray Liotta, Ben Affleck, Alicia Keys, Tommy Flanagan, Chris Pine, Martin Henderson, Andy García.

Tráiler

 

 

           Tras darse a conocer procedente del mundillo indie norteamericano con el thriller dramático Narc, el guionista y director Joe Carnahan repitió intriga, esta vez en clave mucho más humorística, con Ases calientes; una película que bebe en abundancia del estilo que más o menos inauguró Tarantino pero que más modernamente y con mayor proximidad a la película viene a representar el inglés Guy Ritchie; esto es, desenfadado, nervioso y macarra, con puesta en escena frenética, videoclipera y estudiadamente exagerada, diálogos ágiles con lenguaje pretendidamente barriobajero y temática de repartos corales plagados de individuos peculiares y en coincidencia hacia un mismo objetivo, en este caso diversos y variados grupos de asesinos profesionales, mercenarios, FBI y clanes mafiosos que conforman un rompecabezas vertebrado en torno al asesinato o protección, según el bando, del mago, showman, cocainómano, ex mano derecha del capo la Cosa Nostra y ahora soplón del gobierno Buddy “Aces” Israel (Jeremy Piven).

            Con un reparto lleno de caras conocidas y un guion, sobre todo en su parte final, bastante más alocado, menos divertido y, obviamente, menos fresco que el de los mejores exponentes del cine de Ritchie –las grandes Lock & stock y Snatch, cerdos y diamantes-, Carnahan compone una obra que juega con el calculado frenesí de la acción y el ritmo trepidante, es decir, en el entretenimiento puro y duro sin más, como sus mejores cartas.

Un animado espectáculo de tiros y personajes pintorescos al que no se le puede pedir tampoco mucho más que eso, diversión despreocupada.

 

Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

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