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Detroit

16 Sep

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Año: 2017.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: John Boyega, Will Poulter, Algee Smith, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Hannah Murray, Jack Reynor, Kaitlyen Dever, Ben O’Toole, John Krasinski, Anthony Mackie, Nathan Davis Jr., Peyton ‘Alex ‘ Smith, Malcolm David Kelly, Joseph David-Jones, Jeremy Strong, Gbenga Akinnagbe.

Tráiler

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          Algo hay que lamentar en los Estados Unidos cuando su cine recupera episodios históricos de la lucha contra el racismo y los movimientos por las libertades sociales para hacerlos dialogar con un presente en el que recobran una descorazonadora vigencia, tanto desde la reconstrucción ficcionada –Selma, Figuras ocultas, El mayordomo, 42, Loving…- como desde el terreno puramente documental –The Loving Story, I Am Not Your Negro, Enmienda XIII (13th)La violación de Recy TaylorBurn Motherf**ker, Burn!…-. Algo ocurre en la realidad del país norteamericano cuando se resquebraja su fachada extraordinariamente propagandística y es precisamente el cine, uno de los mayores contribuidores en la creación y promoción de esta imagen idealizada y falaz, la que reacciona en su contra, intentando erigirse en arma de denuncia y en agitador de la conciencia social frente a un atropello prácticamente endémico, manifestado en violentas explosiones cíclicas que constatan el fracaso, o el mero desinterés, en la búsqueda de soluciones.

          Precisamente, Detroit intercala con fluidez fragmentos de realidad -terribles fotografías, dramáticos segmentos de noticieros- en su recreación de los disturbios raciales desatados en la ciudad del motor en julio de 1967 -que se saldaron con 43 muertos y más de 2.000 heridos- y, en particular, de la tortura y asesinato de tres jóvenes afroamericanos en el hostal Algiers presuntamente a manos de la policía local.

Kathryn Bigelow continúa trazando su crónica de los Estados Unidos en conflictoEn tierra hostil (The Hurt Locker), La noche más oscura (Zero Dark Thirty)-, ya que, como se exponía antes, este capítulo de hace exactamente medio siglo encuentra sonoros ecos en la rabiosa actualidad, sembrada de escenas de brutalidad policial injustificada, en ocasiones mortales, y de la persistencia de un racismo estructural en la sociedad estadounidense, frente al que se alzan movimientos como el Black Lives Matter.

Siguiendo esta línea, el filme arranca con una estética de apariencia urgente e inmediata, próxima de este modo al documental, para condensar la naturaleza quasibélica de los acontecimientos. El planteamiento logra asentar las crispadas e inquietantes bases de lo que, en adelante, se transformará en una película de terror escenificada en el recibidor del edificio en cuestión. Aunque puede que sea una situación un tanto extensa y reiterativa -cabe reconocer que los hechos son los hechos, unos extraídos del acta judicial y otros completados mediante testimonios-, la cineasta demuestra pulso para invocar una sesión inmersiva, para hacer palpable la tensión y el nerviosismo de una asfixiante situación de estricta supervivencia. La indefensión, la injusticia, se siente.

          Pero lo que funciona a la perfección en un aspecto estrictamente cinematográfico, quizás de cara a la composición de este discurso de denuncia no lo haga de forma tan absoluta, probablemente a causa de errores de cásting como el de Will Poulter, un actor cuyos rasgos de por sí caricaturescos redundan en un villano excesivo, un simple psicópata con aspecto de poder unirse incluso a los sádicos allanadores de Funny Games, y que se contrapone a unos melodramas igualmente elementales -en especial el del aspirante a estrella de la Motown-.

Son factores relevantes que, sumados a otros detalles resueltos de forma bastante tosca -el rol de la policía estatal, por ejemplo-, provocan que las posibilidades de un retrato coral pierda complejidad y por ende fuerza y capacidad de convicción, a la par que el resto del metraje -un juicio en el que se desinfla la potencia narrativa e indignante previamente exhibida- se resiente y deja tras de sí cierta sensación de irregularidad.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6,5.

Robocop 3

28 Abr

“Hollywood está cada vez más dirigido por contables, no por realizadores.”

Jessica Lange

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Robocop 3

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Robocop 3

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Año: 1993.

Director: Fred Dekker.

Reparto: Robert John Burke, Remy Ryan, Jill Hennessy, Nancy Allen, CHH Pounder, John Castle, Robert DoQui, Judson Vaughn, Daniel von Bargen, Stephen Root, Felton Perry, Bradley Withford, Rip Torn, Mako.

Tráiler

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           Hay ocasiones en las que la primera escena sirve para augurar el porvenir de la película. Robocop 3 se abre con uno de esos anuncios que engrandecían a sus dos precedentes. No obstante, en su contenido no se aprecia su gloriosa ironía destructiva, sino que simplemente se limita a presentar, por contraposición, el escenario de la función, que ha avanzado en su lectura apocalíptica hasta sumergirse en las garras de un totalitarismo plutocrático que, eso sí, es bastante atrevido teniendo en cuenta la época y el lugar de su estreno.

En este sentido, y aparte de por factores logísticos como el hundimiento de la productora Orion, este sustrato contestatario contra los mandamientos del ultraliberalismo en boga sería uno de los motivos por los que, pese a rodarse en 1991, la cinta no llegaría a las salas estadounidenses hasta dos años después.

           Agotada prácticamente la historia y con la intención de obtener las últimas migajas de rentabilidad a bajo coste, Robocop 3 aparece como una producción residual de la que pueden dar buena cuenta la ausencia de Peter Weller en el protagonismo -que había renunciado para embarcarse en un proyecto de mayor prestigio como la adaptación de David Cronenberg de El almuerzo desnudo– y el hecho de que incluso la segunda de a bordo, Nancy Allen, ya bastante relegada en el segundo episodio, acepte comparecer en pantalla solo con la condición de tener un papel breve, apenas testimonial.

El filme tampoco goza de un director de renombre, como Paul Verhoeven o Irving Kershner, puesto que asume las riendas de la realización Fred Dekker, a quien se encarga seguir los pasos de la serie de televisión animada que había surgido en 1988 tras el éxito de la entrega inaugural. El apunte es significativo: Robocop 3 será la única de la trilogía en ser calificada con la categoría PG-13 americana en vez de la más restrictiva R.

           En efecto, aunque sobreviven puntuales chispazos de humor negrísimo en la historia de nuevo pergeñada por el historietista Frank Miller, el papel principal de una niña en la trama revela esta intención de extender el producto hacia un mercado más amplio y familiar, vinculado asimismo a un argumento absolutamente convencional -aparte de la reseñable reivindicación antineocon antes aludida, con una imagen de los desahucios por intereses económicos que de nuevo resulta bastante actual-.

El libreto recupera con indecisión los dilemas morales del héroe para conducirlos a la nada y, además, se perciben en él ciertas intenciones de aprovechar el rebufo de la taquillera y valorada Terminator 2: El juicio final, con su propio T-1000 ‘Made in Japan’.

           Sin embargo, las constantes vitales definitorias de la saga flaquean hasta el desmayo y la película se hunde con el carisma bajo mínimos, carente casi por completo de la personalidad y el encanto gamberro de sus antecesoras.

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Nota IMDB: 3,9.

Nota FilmAffinity: 3,5.

Nota del blog: 3,5.

Robocop 2

27 Abr

“Vivimos en un régimen de ocupación por parte de las multinacionales.”

Víctor Érice

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Robocop 2

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Robocop 2

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Año: 1990.

Director: Irvin Kershner.

Reparto: Peter Weller, Nancy Allen, Dan O’Herlihy, Belinda Bauer, Tom Noonan, Gabriel Damon, Willard E. Pugh, Felton Perry, Jeff McCarthy, Galyn Görg, Stephen Lee.

Tráiler

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           Los villanos de Robocop 2, que son una mezcla de dos de los terrores absolutos de la nación como Charles Manson y Pablo Escobar, cuelgan indistintamente en su guarida pósteres de la Madre Teresa de Calcuta y de Oliver North, uno de los altos mandos del Ejército estadounidense más siniestros de los de por sí siniestramente militaristas años ochenta, implicado en el turbulento escándalo Irán-Contra. Pero el verdadero Malo con mayúsculas es un ejecutivo blindado en su rascacielos de acero y dólares, miembro respetable de la élite de la sociedad, patriota que hace avanzar el país a golpe de iniciativa privada y dueño de una megaempresa que andando el metraje se revestirá con simbología y vestuario corporativos de ecos filonazis. Un campeón de la economía, en definitiva, que luce en el escritorio de su suntuoso despacho una fotografía con Ronald Reagan, adalid del ultraliberalismo de la década.

           Robocop 2 se hace fuerte atrincherada en una de las virtudes de su predecesora: su mala leche, disparada con brutalidad inmisericorde contra todo, y además reflejada en buena medida a través del electrodoméstico entonces hegemónico -el televisor- y de la herramienta definitoria de este sistema de vida -la publicidad-. Robocop 2 es una ciencia ficción que no renuncia a su esencia de serie B, sino que la potencia para no tomarse demasiado en serio a sí misma a la vez que, parapetada desde su posición dominante, dispara mil dardos envenenados contra la sociedad norteamericana coetánea, en este periodo regida por el neoconservadurismo más recalcitrante, aético y violento.

Es decir, un contexto socioeconómico perfectamente aplicable a nuestros días. La justificación de la conveniencia del tráfico de drogas por parte del cabecilla de la organización criminal, amparándose en la cantidad de puestos de empleo que genera, no puede ser más actual, digna de cualquier mandato de la troika, al igual también lo sería ese concepto de privatización total del espacio urbano.

           De este modo, el argumento deja de lado el paradigma de la criatura de Frankenstein que asomaba en la primera entrega, aunque a cambio se detectan rastros de King Kong en la desopilante presentación del segundo modelo del ciborg -por completo satíricos, eso sí-. Y lo hace para, por el contrario, travestida de negra farsa, centrarse en propinar palos a diestro y siniestro: a la tiranía del yuppie y la cultura del éxito económico sobre todas las cosas, a la plutocracia impuesta con mano de seda por las grandes corporaciones, al delirio de la tecnología para fines bélicos o represivos, a la dirigencia política encantada de asociarse cínicamente con hampones de todo pelaje a cambio de un par de monedas de plata, a los males de la revolución digital, a la decadencia industrial norteamericana, a la destrucción del equilibrio medioambiental, a la corrupción del concepto de libertad, al adormecimiento del espíritu crítico por medio de la corrección política radical, al paradigma del macho alfa como vigilante autónomo del orden,…

Nada queda a salvo de la mira láser de Robocop 2. El guion es una bola de demolición anárquica -e incluso un tanto ambigua en ocasiones; al reputado historietista Frank Miller no se le podrá acusar de izquierdista precisamente-, lo que la convierte a mi parecer en una obra muy divertida, más allá de su relativamente convencional trama policíaco-futurística.

           Para que vean que no dan puntadas sin hilo, la resolución empresarial del desenlace no es más que una trasposición de la forma en la que la administración Reagan, acosada por la polémica, se desharía del teniente coronel North.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,6.

Nota del blog: 6,5.

Lost River

11 Jun

“Los artistas de verdad no copian: roban.”

Quentin Tarantino

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Lost River

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Lost River

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Año: 2014.

Director: Ryan Gosling.

Reparto: Christina Hendricks, Iain de Caestecker, Saoirse Ronan, Matt Smith, Ben Mendelsohn, Eva Mendes, Reda Cateb, Torrey Wigfield, Barbara Steele.

Tráiler

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            Es duro que no te tomen en serio. Hay estrellas que tratan de zafarse de su imagen como vulgar objeto de deseo y, por ello, tratan de mostrar al mundo que son artistas de ingenio y talento, y no una simple cara bonita. A botepronto, se me ocurren ejemplos recientes como Angelina Jolie, que ya alcanza los tres largometrajes como realizadora, o Scarlett Johansson, quien en sus declaraciones suele imponer temas intelectuales -un poco de aquella manera- y, además, también trata de fundar una (irregular) carrera musical. Los resultados, en muchas ocasiones, son contraproducentes.

Chico Disney, carne de carpetas adolescentes y actor respetado en un tipo de cine a medio camino entre el indie y el mainstream, Ryan Gosling se empeña en marcarse un sendero un poco a contracorriente en su elección de proyectos y ahora también con el asalto a la silla del director merced a su opera prima, Lost River. Y Gosling apunta alto en sus pretensiones de autor. Otro asunto es que, finalmente, consiga satisfacerlas.

            Lost River propone una experiencia visual donde la fuerza de la imagen prima sobre el argumento, el cual por su parte queda armado sobre una estructura límbica, como una fábula lisérgica u onírica en la que, sin embargo, la tendencia al surrealismo no logra esconder la fragilidad de la estructura, donde abundan las ideas pobremente desarrolladas.

Con simbolismo pueril, el filme traza una correlación entre una situación terrenal –la devastación producto de la crisis económica y el consiguiente sometimiento del individuo a un sistema antropófago- y una proyección sublimada de la misma –un territorio americano de apariencia casi posapocalíptica, poblado de terrores y maldiciones-; entrelazadas ambas en un diálogo que extrae con redundante insistencia una serie de conclusiones acerca de la negación del sueño americano o de la necesidad del soporte de un núcleo familiar constituido a base de emociones sinceras y compartidas.

            Para conformar su pose como cineasta, Gosling asume sin disimulo un ramillete de influencias patentes, no excesivamente maduradas y con cierto sabor a refrito. Lost River encuentra en sus raíces mucho del universo surrealista y experimental de David Lynch –el no lugar a caballo entre los sueños y la realidad que se condensa en un alucinado y macabro cabaret de grand guignol; dos villanos en los que a uno no le costaría imaginar a Dennis Hopper-, sumado a la impronta visual de Mario Bava –el juego con los colores y el empacho en el contraste entre el verde y el rojo, empleado como un niño que acaba de descubrir un truco que le fascina-, a algún contraluz idílico con huellas de Terrence Malick e incluso a rasgos de estilo de Nicolas Winding Refn –la forma como se narran los encuentros entre Bones y Rat, la banda sonora, reminiscencias sueltas de la popular Drive en argumento y personajes-.

El problema es que Gosling cita y saquea sin ironía, distancia ni modestia, lo que convierte a Lost River en una obra con ínfulas de arte contracultural pero con escasa autenticidad y empaque verdadero, a pesar de la fuerza de ciertos fotogramas –en particular, el acertado uso del rostro de Matt Smith-. Un debut, por tanto, en el que Gosling demuestra que, al menos por el momento, su voz de autor surge de la imitación y no por el talento natural.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 3,5.

Brick Mansions (La fortaleza)

1 Jun

“Desde el principio, mi objetivo es que el parkour fuese algo útil, que sirviese para ayudar a los demás.”

David Belle

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Brick Mansions (La fortaleza)

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Brick Mansions

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Año: 2014.

Director: Camille Delamarre.

Reparto: Paul Walker, David Belle, RZA, Catalina Denis, Gouchy Boy, Ayisha Issa, Robert Maillet, Bruce Ramsay.

Tráiler

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           Brick Mansions (La fortaleza) es la primera de las dos películas póstumas de Paul Walker, a la que luego seguirá Fast & Furious 7, cinta que ha sabido aprovechar la combinación entre la fidelidad de los fans a la saga y el tirón por el duelo por el desaparecido actor –un factor promocional en sí mismo-, para alzarse, sorprendentemente, como una de las películas más taquilleras de la historia del cine. Menor fortuna cosechó la presente, que es el remake de la producción francesa Distrito 13, de nuevo con Luc Besson, marca de fábrica, ejerciendo como puente entre el cine de acción europeo y el cine de acción norteamericano.

            Brick Mansions sabe reciclar la visión distópica de los marginales y muticulturales ‘banlieues’ galos trasladando el argumento a los guetos de un Detroit, antiguo bastión del capitalismo estadounidense y definitivamente defenestrado por la crisis económica en el futuro inmediato que especula el filme.

Como en aquella, David Belle repite protagonismo -aunque aquí un escalón por debajo de Walker-, para rendir culto a las habilidades físicas del parkour, disciplina deportiva que había fundado a principios de los noventa y que consiste en la superación de los obstáculos arquitectónicos y mobiliarios del entorno urbano –y, filosóficamente, de la vida- con la única ayuda del cuerpo. En cualquier caso, a pesar de su espectacularidad visual, cinematográficamente hablando, el uso del parkour –popularizado por otras obras como Yamakasi-, no dista demasiado de las coreografías circenses con las que Jackie Chancapaz de patear a los malos pasando entre los peldaños de una escalera de mano-, convertía el cine de artes marciales en un entretenimiento apto para toda la familia.

           De este modo, Brick Mansions se presenta como un divertimento de acción cortado a través de clichés y arquetipos fácilmente identificables –el caballero justiciero al margen de las normas, el agente de la ley ingenuo y motivado por una venganza personal, los compañeros antitéticos condenados a entenderse, el gánster elegante, la princesa vestida de colegiala, la chica mala lesbiana y vestida de dominatrix, el poder corrupto y maquiavélico,…-, los cuales permiten que el espectador no distraiga su atención en la trama y que, en cambio, concentre sus pupilas en una serie de números gimnásticos montados a la velocidad del sonido por la delegada de Besson, Camille Delamarre, quien, cabe señalar, recurre en exceso y de forma manifiesta al viejo truco de acelerar las imágenes para inyectarlas adrenalina artificial. Así, mientras los actores trasgreden las leyes de la física, el guion hace lo propio con las de la narración, donde la simpleza no se molesta en tapar los evidentes agujeros que se van formando en la lógica del relato con el paso del metraje.

           Entre grimpeos, 360º invertidos y saltos de longitud, Brick Mansions, herencia de sus orígenes europeos, se atreve además a posicionarse socialmente de parte del paria de la Tierra y en contra de un status quo elitista y totalitario, lo cual, dentro de la ligereza y la banalidad de su discurso, podría llevar a incluir a la película dentro de esa categoría de cine popular subversivo –cada uno a su modo y con distinto grado de incisión- donde aparecen ejemplos como Iron Man 3 o Plan de escape.

 

Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,5.

Nota del blog: 3,5.

Solo los amantes sobreviven

27 Dic

“La cultura es lo que, en la muerte, continúa siendo la vida.”

André Malraux

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Solo los amantes sobreviven

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Solo los amantes sobreviven.

Año: 2013.

Director: Jim Jarmusch.

Reparto: Tom Hiddleston, Tilda Swinton, Mia Wasikowska, John Hurt, Anton Yelchin, Jeffrey Wright, Slimane Dazi.

Tráiler

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            No cuesta esfuerzo imaginar a Jim Jarmusch emparentado con los vampiros de Solo los amantes sobreviven. Jarmusch, autor dueño de un universo particular y por tanto condenado a la marginalidad, acostumbra a volcar en sus obras, siempre personalísimas, su abundantes filias artísticas y culturales, por lo general tan ancladas en las cunetas de lo convencional como él mismo: literatos malditos franceses y británicos como Baudelaire o Blake, la pintura de Edward Hopper y otros creadores en la escéptica periferia del arte norteamericano como Raymond Carver y Emily Dickinson, músicos underground como John Lurie, Tom Waits, Iggy Pop o Neil Young, la cinematografía de autor europea de Jean-Luc Godard, Robert Bresson, Jean Eustache, Win Wenders o los hermanos Kaurismaki, los experimentadores y francotiradores americanos como John Cassavettes, Sam Fuller o Nicholas Ray,…

Cosmos creativos siempre amenazados por la agonía y la incomprensión que caracteriza sin remedio al desheredado.

            Adam (Tom Hiddleston) y Eve (Tilda Swinton) son una pareja de vampiros inmortales atropellados por el inmisericorde paso del tiempo. Al modo como los ángeles extenuados de El cielo sobre Berlín, Adam y Eve son los cansados cronistas y los garantes de los logros artísticos de una humanidad que, ciertamente, merece su deriva hacia la extinción. Es decir, los verdaderos humanos, racionales y refinados, frente a los ‘zombis’ inconscientes, depredadores insaciables de estímulos inmediatos e insatisfactorios, alienados hasta convertirse en poco más que bestias irracionales en busca de consumir su banal dosis de sangre alegórica.

Pero, atrapados entre dos naturalezas antagónicas a las que no pertenecen, Adam y Eve son también criaturas provenientes de otra era más noble y romántica, como muestra su contraste con la estridente y caóticamente hedonista Ava (Mia Wasikowska), quien apuesta por el retorno caprichoso a las esencias irreflexivas y monstruosas de su especie.

            Solo los amantes sobreviven es una película crepuscular, narrada en un permanente e hipnótico tono de melancolía elegíaca e imbuida de la densidad de un sueño lisérgico, abundante, a veces hasta el exceso, de apasionadas citas cultas, públicas y privadas. Adam y Eve recorren sus últimos reductos de bohemia en el mundo, sus últimos placeres de hemoglobina sin contaminar y de sublimes artes nacidas de la imaginación pura, envueltos en un delicado lirismo terminal, lánguido y seductor como su propia estética de estrellas de rock, como el desierto humano y material de la otrora espléndidamente capitalista Detroit, como las callejuelas inmutables y hechizadas en hachís de Tánger. Como el aroma que emanan las páginas de un clásico, como el evocador tañido de una Gibson de 1905, como el trazo tempestuoso de un retablo magistral, como la emanación embriagadora que desprende una idea genial y revolucionaria.

            Jarmusch se adentra con tristeza en la decadencia moral y cultural del hombre, sintetizada por esta pareja de vampiros que ejercen de memoria de las grandes y pequeñas conquistas del ser humano. Un proceso cíclico ya experimentado, estima la más vitalista Eve. Una muerte anunciada e irreparable, sanciona el decepcionado y depresivo Adam. Inserta en el eterno errar de sus personajes, Solo los amantes sobreviven se desliza doliente y derrotada por los callejones vacíos de la nostalgia, abrazado al sic transit gloria mundi contra el que ya no parece quedar fuerza para rebelarse.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 8.

Robocop

3 Mar

“Aparte de la acción y la aventura, de las corruptelas y de las enloquecidas tramas empresariales, Robocop es en el fondo una fábula moral. Es como La Bella y la Bestia o como el hombre de hojalata de El mago de Oz. Es una pequeña gran joya como relato humano.”

Peter Weller

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Robocop

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Robocop.

Año: 1987.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Peter Weller, Nancy Allen, Ronny Cox, Kurtwood Smith, Miguel Ferrer, Robert DoQui, Dan O’Herlihy.

Tráiler

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          La ciencia ficción de los ochenta desconfía de la máquina. Westworld, almas de metal, Blade Runner, TRON, Superman III, Terminator, Runaway, brigada especial,… Reflejos fantasiosos de un pesimismo real: el recrudecimiento de las tensiones de la Guerra Fría, consecuencia directa de la llegada a la presidencia de los Estados Unidos de Ronald Reagan. En su discurso fervientemente patriótico, el exactor abogaría por reimpulsar la carrera armamentística del país norteamericano en un delirio paranoide que alcanzaría su cúspide con el megalómano proyecto de escudo antimisiles rebautizado a nivel popular con el peliculero nombre de ‘La Guerra de las Galaxias’.

          En uno de los inspirados y descacharrantes insertos de noticiero que aparecen de vez en cuando a lo largo del metraje de Robocop, se dejan caer un par de alusiones a una plataforma de defensa estratégica con sospechosas similitudes con el proyecto de Reagan, siempre con cáusticas y maliciosas intenciones satíricas.

Y es que, por un lado, Robocop es lo que parece: una cinta que mezcla ciencia ficción con acción policíaco-justiciera nacida posiblemente a rebufo del éxito de Terminator. Pero por otro lado -aquel que parece más influido por un realizador excesivo y gamberro como el holandés Paul Verhoeven-, Robocop es una cinta que destila mucha mala baba hacia la cultura, la sociedad y el sistema capitalista estadounidense, que atravesaba por entonces uno de sus períodos de más orgulloso ultraliberalismo y conservadurismo.

En el filme, este artículo fabril mitad, robot mitad policía –como apunta Tonio L. Alarcón, expresión última y quasiparódica del agente/vigilante del cine de acción de los ochenta- es la creación de un émulo hortera del doctor Frankenstein, motivado no por la posibilidad de jugar a ser Dios, ni por loables intereses científicos, sino por cosechar un generoso montón de dólares e hincharse a farlopa, tías buenas, coches grandes y poder empresarial.

          Al contrario de la elección tomada por el reciente remake -que a imitación de las sobadas formas del cine de superhéroes actual trata de potenciar la complejidad y la dimensión trágica del malparado Murphy, sujeto víctima del experimento-, en este original primigenio, producto de una década artística desenfadada e irreverente, prefiere devolver la mirada a lo que se encuentra afuera de los fotogramas y hacer chanza sobre el escenario exterior que rodea a la película.

Y de ahí que, en algunos aspectos argumentales, la versión de 1987 contenga -dentro de su festiva tendencia a la hipérbole comiquera- más cuestiones de actualidad que este relanzamiento de 2014 –no obstante, tampoco desdeñable-, como por ejemplo esos servicios públicos elementales (organismos penitenciarios, salud, carrera espacial, contratas bélicas, seguridad ciudadana) subastados a siniestras y avariciosas compañías privadas.

          Más allá del entretenimiento garantizado desde el apartado de acción -sencillo en su concepción y efervescente de hemoglobina y vísceras en su ejecución-, impulsado por la banda sonora tecno-épica de Basil Poledouris, y del discreto combate íntimo de Murphy por recobrar su identidad humana –se agradece una falta de afectación que no sería necesariamente beneficiosa-, es la socarronería la virtud que hace que Robocop se eleve por encima del umbral al que, en principio, una obra de semejante perfil estaría destinada.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7.

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