El verano de Kikujiro

20 Ene

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Año: 1999.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Yasuke Sekiguchi, Takeshi Kitano, Akaji MaroThe Great Gidayû, Rakkyo IdeYûko Daike.

Filme

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           No por casualidad creador del legendario concurso televisivo conocido en España como Humor amarillo, Takeshi Kitano parece entender la vida entre la crueldad y el juego, como una mezcla de fatalismo desilusionado en el que, paradójicamente, el hastío hacia este destino funesto se rebela para estallar en una aparente regresión a la infancia, manifestada en un curioso recreo lúdico en el que, con todo, sigue palpándose esa sensación de vacío y de muerte propia de la concepción existencial nihilista y estoica que exudan el autor japonés y sus criaturas. A la espera de la Parca, los yakuzas de Kitano matan el tiempo con entretenimientos pueriles, como se recoge en la playa de Sonatine o en las tramposas apuestas de Brother. Una combinación de ingenuidad, angustia y violencia, en definitiva, que desprende una profunda sensación de tristeza.

           El verano de Kikujiro abunda en la exploración de este contraste, el cual procede directamente de la relación entre sus dos protagonistas antagónicos pero idénticos: un chaval abandonado por su madre y el adulto gorrón y miserable, con presunto historial mafioso, que le acompaña en el viaje de su búsqueda (el propio Kitano recuperando su vena humorística).

A partir de la herencia chapliniana del argumento (El chico), que también asume parte de la fina observación de la infancia de un maestro compatriota como Yasujirô Ozu (Buenos días) y es equiparable a premisas populares de convivencia y contaminación entre inocencia infantil y corrupción adulta (Viento en las velas, Un mundo perfecto, León, el profesional…), El verano de Kikujiro recorre también este camino particular de Kitano en el que el dolor por la ausencia familiar compartida colisiona contra la prolija creatividad del cineasta en la invención de pasatiempos, componiendo así un canto a la paternidad masculina en una función con apenas mujeres relevantes -si acaso por ausencia- y que se alza contra la desestructuración familiar y la alienación del individuo en la sociedad nipona.

           Con ternura y calidez, pero también inflexible hacia las humanas flaquezas de los personajes -gran material cómico por otro lado-, Kitano organiza el filme como un álbum de recortes que va encadenando los pasos de este padre e hijo improvisados. Estos se plasman a través de escenas trazadas desde la esencia del cartoon y el slapstick, entreveradas con particulares fugas oníricas y detalles fantásticos asimilados a la mente del niño así como con rasgos característicos de la gramática de Kitano, caso del expresivo dominio de la elipsis, cortada con imágenes estáticas. Un conjunto al que se suma la armonización que propicia la delicada banda sonora de Joe Hisaishi.

El autor japonés potencia extraordinariamente este universo lírico, naif, lacerante y desencantado, de cuya sensibilidad y simpatía consigue extraerse, no obstante, sensaciones más optimistas e inspiradoras de lo habitual en su filmografía y en las que la imaginación y la comprensión surgen como valores fundamentales a partir de los cuales construir la existencia.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 9.

Gladiator

18 Ene

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Año: 2000.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Russell Crowe, Joaquin Phoenix, Connie Nielsen, Oliver Reed, Richard Harris, Djimon Honsou, Derek Jacobi, Ralf Moeller, Tomas Arana, David Schofield, John Schrapnel, Spencer Treat Clark.

Tráiler

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            Convertida ya en clásico popular moderno, con sus incondicionales y sus detractores, Gladiator recuperaba y actualizaba al comienzo del milenio la fascinación del cine colosal de reconstrucción histórica que prácticamente se había perdido tras el desplome de los estudios de Samuel Bronston; del mismo modo que, presumiblemente respaldado por esta iniciativa exitosa, Piratas del Caribe: La maldición de la perla negra hará lo propio apenas tres años después con su respectivo subgénero -aunque a mi juicio con mucho menor calidad, sabor y empaque-.

            La alusión a las descomunales producciones de Bronston no es casual cuando, precisamente, el argumento de Gladiator saqueará sin pudor La caída del imperio romano, ambientada en idéntico periodo -la transición entre el césar intelectual Marco Aurelio y el césar vicioso Cómodo– y con semejantes premisas dramáticas inspiradas en relatos históricos, unos de naturaleza apócrifa y otros deformados por intereses de la historiografía de la época.

            El libreto se configura así a partir de una asequible historia de venganza situada en el marco de las conspiraciones palaciegas por el poder, la cual en su sencillez revela una raigambre casi propia del peplum europeo -Máximo Décimo Meridio llega a ser incluso un vengador enmascarado que busca resolver su conflicto mediante el duelo personal y directo-, combinada con la espectacularidad propia del kolossal, de fastuosos escenarios -si bien el CGI empleado se percibe ya caduco-, bulliciosas batallas de cruda violencia -hay cierta pasión hiperrealista por la víscera y el ralentí equiparable al desembarco de Normandía de la coetánea Salvar al soldado Ryan– y fornidas escenas de acción a espada.

Las concesiones de épica fácil a la platea vienen de la mano de proclamas heroicas -¿qué imbecilidad se querrá expresar con “fuerza y honor”, tan del gusto de cualquier valentón de medio pelo?-, las grandilocuentes arengas castrenses y las invocaciones de manual a la trascendencia de la existencia de cada individuo; irritante patrimonio del cine histórico contemporáneo y chuscas llamadas todas ellas a que el espectador, víctima de la desaforada tragicomedia de la adolescencia o pobre diablo destinado por lo general a gastar su existencia en cualquier currito insignificante -cosa que debidamente asumida no tiene nada de malo-, se sienta partícipe de la épica universal que se arroga esta aventura asombrosa que atraviesa los siglos. Recursos tópicos que, en demasiadas ocasiones, pretenden sustituir a debidas herramientas cinematográficas como la empatía de los personajes o la adecuada filmación de sus emociones y su traducción en actos.

            Por fortuna, Gladiator consigue atesorar un protagonista de carisma, encarnado con rotundidad por un Russell Crowe que se ganaría aquí el estrellato, y articular a su alrededor una serie de tramas confluyentes que se siguen con interés -la evolución en la arena del protagonista, los desmanes en el trono del emperador, las intrigas para derrocarlo-, ayudadas por la presencia de secundarios que también poseen una personalidad viva -el torturado Cómodo de Joaquin Phoenix, la ambigua Lucila de Connie Nielsen, el taciturno Marco Aurelio de Richard Harris, el atractivo Próximo de Oliver Reed en su interpretación póstuma-.

            Ridley Scott hace buena la herencia de serie B de la narración y demuestra una agraciada capacidad de síntesis a la hora de retratar la identidad y las relaciones de los personajes implicados, a la vez que mantiene equilibrado el pulso entre la vertiente de acción guerrera y la de las confabulaciones políticas, que están expuestas con solidez y sin caer en esa puerilidad que sí domina las presuntas sentencias épicas antes citadas.

Apoyado por un buen diseño de producción y por importantes elementos auxiliares como la banda sonora de Hans Zimmer -muy recordada por sí misma-, el director británico consigue componer con imágenes potentes y vibrantes, enlazadas con afinado sentido del ritmo, un filme capaz de sumergir al público en esta fantasía tradicional y momentáneamente olvidada que, con la más loable de las intenciones, aspiraba a ofrecer un viaje maravilloso al público al otro lado de la pantalla. A hacer que, durante un modesto pero embriagador lapso de tiempo, se desvanezca de su aburrido y prosaico mundo para evadirse a universos paralelos repletos de emociones, peligros, prodigios e ilusiones.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 8.

La tortuga roja

17 Ene

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Año: 2016.

Director: Michael Dudok de Wit.

Tráiler

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          Las creaciones del estudio Ghibli entroncan con sentimientos universales, independientemente de que en sus imágenes perviva un evidente sustrato nipón en su cosmovisión y su mitología, si bien amalgamado en algunas ocasiones con imaginarios procedentes de otros lugares y otros tiempos.

Una concepción universal, pues, que en La tortuga roja se materializa por primera vez en la producción, ya que el guion del holandés Michael Dudok de Wit, director de cuatro cortometrajes previos -entre ellos Padre e hija, con el que conquistó la atención de la legendaria productora- quedó bajo la supervisión de Isao Takahata, cofundador de Ghibli y firmante de obras como La tumba de las luciérnagas o El cuento de la princesa Kaguya.

          En La tortuga roja se percibe una coherencia temática y estilística con la casa japonesa, derivada de la manera de retratar la comunión entre el hombre y una naturaleza sacralizada, de la entrañable ternura que producen los elementos secundarios -los cangrejos, que bien podrían equivaler a los duendes del polvo de Mi vecino Totoro y de la sencillez con la que profundiza en asuntos trascedentales como la necesidad del otro, la unión familiar y, en resumen, los ciclos de la existencia -estos quizás, por poner alguna objeción, un tanto agolpados en el metraje-. Sustanciales pilares temáticos desgranados, por otro lado, desde un estilo narrativo próximo al cuento tradicional en su convivencia de realidad y fantasía como parte de un mismo todo, de la propia existencia humana -los eventos prodigiosos, las ensoñaciones particulares, lo cotidiano y lo extraordinario, lo físico y metafísico reflejados ambos en los detalles de la animación-.

Pero además, en paralelo, aunque acorde con el espíritu artesanal del estudio, se percibe asimismo su raigambre europea en unas líneas de dibujo claras, gratas y expresivas que remiten a Hergé.

          Carente de diálogos, la película expone con extraordinario lirismo la vida de un náufrago bendecido con una mujer por las fuerzas sobrenaturales que moran la isla donde se encuentra atrapado -también bajo su ambigua y caprichosa influencia-. Es una sinfonía delicada, que destaca por la sensibilidad con la que, desde el humilde minimalismo, compone esta conmovedora aventura emocional y espiritual. Poderosamente combinada con la música para acentuar los clímax dramáticos de la función -en este sentido, cierra astutamente el filme con un contundente crescendo final-, se devuelve  la imagen la capacidad para expresar sentimientos que calan con enorme fuerza.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

La ciudad de las estrellas (La La Land)

16 Ene

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Año: 2016.

Director: Damien Chazelle.

Reparto: Emma Stone, Ryan Gosling, John Legend, Rosemarie DeWittFinn Wittrock, J.K. Simmons.

Tráiler

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          Uno de los pilares fundamentales del Hollywood dorado, degradada su popularidad por la evolución en las mudables apetencias del público, el género musical, al igual que western, con el que comparte trayectoria de apariencia decadente, resurge periódicamente en la actualidad ofreciendo ejemplos un tanto aislados pero que, en algunos casos, conquistan el beneplácito de la taquilla y de los galardones oficiales (Moulin Rouge, Chicago, Los miserables…).

A la espera de que materialice estos vaticinios favorables, La ciudad de las estrellas (La La Land), última resurrección del musical, llega a las salas respaldada por la vitola de ser una de las favoritas en la carrera de los Óscar, récord en los Globos de oro mediante, si es que eso significa algo o tiene alguna importancia.

          Ambientada en un Hollywood atemporal -la acción es contemporánea, el diseño de producción remite a décadas pasadas, sus protagonistas poseen aspiraciones anacrónicas de ser divas y músicos de jazz a la vieja usanza y sobrevuela el escenario el brillo del glamour de los grandes estudios y las sombras que proyectan las estrellas inmortales-, La La Land es una película que logra funcionar con autonomía respecto de su bien medida nostalgia y de sus posibles referencias genéricas -quizás por desconocimiento de un particular, cabría consultar otros artículos con mayor experiencia en este campo– para elevarse por derecho propio y alcanzar esa aludida magia que factura -al menos si creemos en sus máximas publicitarias- la fábrica de los sueños.

Los sueños precisamente -como no podía ser de otra manera- son los que fundamentan esta historia de presuntos perdedores en busca de su destino en la tierra de las oportunidades -Hollywood, redundando el eslogan nacional de los Estados Unidos-. Un esquema que, por otro lado, el director y guionista Damien Chazelle ya ensayaba en Whiplash, donde comparecía empero revestida de un ambiguo mensaje moral.

          En cualquier caso, se apreciaba en aquella una fuerza visual que aquí se confirma a través de unos números donde la espectacularidad de las coreografías, de exuberante movimiento y colorido, se conjuga con un montaje vibrante y unos planos secuencia rotundos y fluidos, perfectamente integrados en la dinámica de la acción, virtuosamente elaborados pero sin rechinar en el mero exhibicionismo formal dentro de un género que, por definición, maneja el artificio como herramienta con la que alcanzar un universo diferente al que habita el espectador. Es decir, para transportarlo a un nuevo mundo de emociones y vivencias transformadas en pura música existencial, exaltadas por el palpitar del ritmo y la melodía.

A tal fin, la canción que escoge La La Land -una de entre la miríada de fragmentos personales que componen la sinfonía de Hollywood, según indica el atasco en el que se abre deslumbrantemente el filme- es impecable, pues sabe conjugar humor y drama, melancolía e ilusión, a partir de una encantadora base de romance que queda definitivamente potenciada gracias a la excelente química de Emma Stone y Ryan Gosling, a la que a buen seguro ayuda sus anteriores colaboraciones en Crazy, Stupid, Love y Gangster Squad (Brigada de élite).

Su coprotagonismo es un acierto de cásting, puesto que, aparte de intérpretes talentosos -en especial la primera, infravalorada actriz-, saben cómo resultar muy humanos, muy cercanos al espectador, sin perder un ápice de su carisma cinematrográfico. A un servidor, pasando a un plano estrictamente privado, le son dos actores simpáticos, lo cual también contribuye al propósito de compartir los anhelos e inquietudes, esperanzas y desencantos, que atraviesan a lo largo de una narración que si bien posee algún ligero altibajo -no cabe duda de que es difícil mantener el pulso que arranca a revoluciones tan altas- logra culminar su apuesta con un broche adecuado por su imaginación y su emoción.

          Como buen musical, domina La La Land un reconfortante tono vitalista, pero tampoco confunde optimismo con ingenuidad y sabe relativizar tanto los triunfos como los fracasos que encadenan la experiencia de sus personajes. A fin de cuentas, los sueños influyen y remueven nuestro interior, pero se evaporan entre los dedos si intentamos asirlos. Y alcanzar la cumbre partiendo de la llanura suele requerir un sacrificio, sostiene la función.

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Nota IMDB: 8,8.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 8.

Donde la ciudad termina

13 Ene

La televisión salvará a América. Donde la ciudad termina, la ópera prima de Martin Ritt como director de cine para la primera parte del especial que Cine Archivo dedica a su figura.

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La fortaleza escondida

12 Ene

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Año: 1958.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Minoru Chiaki, Kamatari Fujiwara, Toshirô Mifune, Misa Uehara, Toshiko Higuchi, Susumu Fujita.

Tráiler

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            La libertad del autor es una condición costosa, incluso para los grandes del séptimo arte. Akira Kurosawa bien era consciente de ello, pues a pesar del prestigio cosechado en Occidente, abriendo de forma pionera el cine nipón al mundo, debía compensar el riesgo artístico de sus proyectos más personales con concesiones a la taquilla que contentaran a la Toho.

El ejemplo paradigmático es Los siete samuráis -convertida a pesar de este origen trivial de una de las más grandes películas de la Historia-, pero también otros ‘jidaijeki‘ de gusto popular como La fortaleza escondida, producida para equilibrar la incierta inversión de cintas como Rashomon -hito del lenguaje cinematográfico y vencedora en el festival de Venecia y en el Óscar a mejor película de habla no inglesa-, la delicada Vivir (Ikuru) o Trono de sangre, paradigma de su pasión privada por William Shakespeare.

            Prueba de estas intenciones comerciales es el empleo de imágenes panorámicas y sonido estéreo, inéditos hasta entonces en la filmografía del maestro tokiota. También se une a ellos un rasgo narrativo que, no obstante, ofrece al mismo tiempo un contrapunto innovador: que dos personajes a priori destinados a conformar un alivio humorístico como secundarios de carácter, se arroguen para sí el punto de vista del relato -y casi la posición de la cámara, un tercer granuja más-.

La fortaleza escondida, por tanto, no se cuenta desde la mirada del guerrero heroico ni de la princesa valiente -dos máscaras estereotipadas en concordancia con las tradiciones literarias y teatrales japonesas-, sino de un par de bribones escogidos de entre el grueso de miserables que han tomado parte en la guerras feudales el país y movidos únicamente por la codicia material. Es decir, dos figuras más cercanas a la naturaleza del espectador común, con quienes resulta sencillo asimilarse aunque, por otro lado, sean bastante menos inspiradores que sus compañeros de aventuras.

            La decisión, acertada o errónea, tendrá sus ecos en el cine futuro, pues será uno de los puntos de apoyo que aplicará George Lucas en su concepción de La guerra de las galaxias, transmutando a esta pareja de pícaros cobardicas y protestones en los más nobles y voluntariosos C3PO y R2D2 -asimismo, se puede trazar el parentesco entre la arrojada princesa Yuki y la icónica princesa Leia-.

Lo cierto es que, al igual que sucede con la crucial estructura de Rashomon, el protagonismo de ambos se ha visto un tanto superado por los perfeccionamientos posteriores, ya que en su recalcitrante avaricia también pueden terminar resultando algo cargantes. Kurosawa guarda hacia ellos una fidelidad absoluta, para bien y para mal, porque sabe, como sabía el veterano samurái Kambei Shimada, que su mezquindad tiene su razón de ser dentro de un nación desgarrada en guerras, pobreza y estricto clasismo; punto precisamente del que parte el filme, entre el hambre, la muerte y la suciedad.

            Sin embargo, el espíritu de la obra que desarrolla Kurosawa se funda en la vitalidad, expuesto por medio de un camino en el que las dificultades se superan gracias al coraje, el tesón y los valores humanos, y que por tanto conecta con ese sentir aventurero universal que atraviesa las fronteras, los géneros y las generaciones.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

Silencio

11 Ene

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Año: 2016.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Andrew Garfield, Liam Neeson, Adam Driver, Tadanobu Asano, Yôsuke Kubozuka, Issei Ogata, Ciarán Hinds.

Tráiler

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            Mientra veía Silencio -recreación de las penurias de una pareja de sacerdotes jesuitas en medio de las persecuciones anticristianas del Japón feudal del siglo XVII-, me divertía imaginar qué pensará Martin Scorsese acerca de que Willem Dafoe, su Jesús de La última tentación de Cristo, ande predicando el budismo por media constelación de Hollywood.

Hombre educado en la fe, de alardeada vocación eclesiástica en su juventud, acostumbrado a nadar en las procelosas aguas del pecado, la caída y la redención a lo largo de su particular filmografía, Scorsese retoma la exploración directa de la religión después de aquella polémica obra que presentaba a un Hijo de Dios frágil y humano, compungido por dudas universales y anhelos terrenales, y de su posterior, menos significativo y tremendamente plomizo acercamiento al budismo de postal ‘made in Occidente’ que era Kundun.

            Lo cierto es que el cinesta italoamericano llevaba acariciando la idea de adaptar la novela original de Shûsaku Endôllevada ya al cine en 1971 por Masahiro Shinoda– desde apenas dos años después del estreno de La última tentación de Cristo. De ahí que pueda entenderse ésta como una base no demasiado distante a partir de la cual exponer en esta ocasión las cuitas del joven padre Sebastiao Rodrigues (Andrew Garfield, recién llegado de otra pasión en Hasta el último hombre) durante la búsqueda obsesiva de su mentor: el padre Ferreira (Liam Neeson), acusado de apostasía dentro de las cruentas purgas religiosas emprendidas bajo el inquisidor Inoue Masashige.

La epopeya espiritual de Rodrigues propicia la indagación en cuestiones como el silencio de Dios que da título a la cinta, la conciliación de la fe incondicional en un Dios justo con los horrores que acontecen en el reino de los hombres; el amor de Dios y el dolor de Dios; los dilemas entre las normas de la Iglesia temporal y el sentir íntimo de Dios; el sentido de observar ciegamente los dogmas de la fe y la profesión de la fe como una vivencia indisociable e inexpugnable de uno mismo; la religión como sentimiento necesario e íntimo y la religión como política al servicio de unos intereses; la posibilidad de que no exista una sola verdad acerca de lo divino, sino múltiples.

            De esta manera, reaparecen los dilemas entre la naturaleza humana y divina, que Scorsese no expresa desde la taciturna introspección a la que recurría otro gran autor preocupado por este tema del silencio de Dios como Ingmar Bergman. Lo hace desde la épica, encaminando al personaje hacia el corazón en las tinieblas a través de paisajes sobrecogedores, pruebas físicas extremas y violencia exacerbada. También, acorde a esta decisión o a este sello de estilo, se materializan en un metraje de unos excesivos 159 minutos sobre los que se percibe cierta redundancia argumental y, derivado de ello, un puntual estancamiento narrativo.

Quizás reducida a una sucinta partida de ajedrez entre Rodrigues y Masashige, e incluso entre Rodrigues y Ferreira, se hubiera resuelto de mejor manera esta última tentación del clérigo jesuita, pues es en estos combates dialécticos donde se percibe con mayor intensidad el desgarro interior del protagonista, su pérdida de la inocencia y su crisis espiritual -disputas que además, en contradicción con la grandiosa puesta en escena, tienden a negar precisamente esa visión épica, martirológica y extática de la religión, donde no hay lugar para nuevos Jesucristos, nuevos mártires, nuevos San Pedros, ni nuevos Judas; solo para los hombres, sus miserias y sus grandezas, sus flaquezas y sus fortalezas-.

Scorsese muestra una evidente empatía hacia la pasión de Rodrigues, pero tampoco ofrece una salida fácil a sus inquietudes, producto de un mundo que se revela de una complejidad que no abarcan los credos o los proverbios del catecismo. Las comparte y experimenta a su lado, esta vez desde el silencio del autor, que no obstante, al igual que el silencio de Dios en el filme, no es un silencio vacío, sino partícipe y comprensivo.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

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