120 pulsaciones por minuto

15 Nov

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Año: 2017.

Director: Robin Campillo.

Reparto: Arnaud Valois, Nahuel Pérez Biscayart, Antoine Reinartz, Adèle Haenel, Ariel Borenstein, Félix Maritaud, Aloïse Sauvage, Simon Bourgade, Médhi Touré, Catherine Vinatier, Théophile Ray, Saadia Bentaïeb

Tráiler

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          120 pulsaciones por minuto es una reivindicación del activismo en la que el pasado cercano -el comienzo de la década de los noventa- establece un diálogo firme con el presente, en el que el avance de los movimientos ciudadanos de protesta ha encontrado una decepcionante respuesta en la nueva primavera del nacionalismo ultraconservador, que en Francia se corresponde con la potencia del Frente Nacional, formación política que llegó a disputar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales galas de 2017

          120 pulsaciones por minuto reconstruye los pasos de la agrupación local de ACT UP, organización de acción directa para la concienciación sobre el virus del SIDA, el incentivo de investigaciones con resultados públicos y la actuación del Estado contra la expansión de una plaga desatendida por el carácter marginal de sus principales víctimas -homosexuales, drogadictos, prostitutas, extranjeros….-. Para ello, la película de Robin Campillo -que junto con el coguionista Philippe Mangeot bebe de sus propias experiencias- viaja desde lo general -la crónica del movimiento y sus actuaciones de presión- hasta lo particular -el romance de dos de sus miembros y la agonía de uno de ellos-.

En esta primera faceta, el director filma desde el realismo, aunque sin apostar por el estilo documental, con un discurso que es debidamente crítico pero que elude el victimismo y que muestra a una comunidad compleja, con sus debates y contradicciones internos. En este sentido, asimila con naturalidad el valor de la fiesta y del sexo, del disfrute vitalista, como otra forma más del compromiso del colectivo, que el guion trata igualmente de inscribir en la Historia mediante un paralelismo alusivo a las corrientes revolucionarias de 1848 que, en el país, dieron lugar a la instauración de la Segunda República Francesa. No obstante, también se percibe cierta redundancia que posteriormente conformará uno de los factores que contribuyen a desequilibrar el conjunto.

          En una determinada escena, ambientada bajo el influjo del crepúsculo parisino, uno de los personajes que se desgaja de este retrato coral, Sean (el argentino Nahuel Pérez Biscayart), hace mofa de la poesía elegíaca y, por extensión, de los clichés sentimentalistas del cine, esos que podrían atribuirse a aproximaciones al tema como Philadelphia, basadas en el impacto emocional. Pero, a pesar de ello, 120 pulsaciones por minuto también pretende reflejar el desgarro de una lucha que, literalmente, es a muerte.

Ahí es donde entra el juego esta segunda vertiente personal, que consigue acertados contrapuntos de dolor -la manifestación luctuosa tras la pérdida de otro compañero- y momentos que cosechan una notable intimidad -las confesiones en las que logra aislar a los amantes del ruido circundante-; además de que Campillo hace gala de talento narrador y expresivo en la introducción de los recuerdos -los flashbacks integrados en la secuencia en curso, sin abandonarla-. 

          La combinación de estas dos dimensiones encaja con adecuada complementariedad, aunque a la larga terminan por descompensarse un tanto, lo que se evidencia asimismo en el excesivo metraje de la función. Campillo, desde el dolor propio, trata de no recrearse en la tragedia, si bien tampoco consigue esa contundencia emocional que repudia de las obras populares de Hollywood, por lo que, en este aspecto, queda un poco entre dos aguas.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

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Oro

14 Nov

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Año: 2017.

Director: Agustín Díaz Yanes.

Reparto: Raúl Arévalo, José Coronado, Barbara Lennie, Óscar Jaenada, Antonio Dechent, Juan José Ballesta, Anna Castillo, José Manuel Cervino, Luis Callejo, Andrés Gertrúdix, Diego París, Juan Carlos Aduviri, José Manuel Poga, Josean Bengoetxea, Juan Diego.

Tráiler

          Es un lugar común, pero no por ello deja de ser cierto -si bien supongo que el asunto no es demasiado diferente a lo que ocurre en otros países-. España no concilia bien con su historia, ora idealizada como enseña de su destino trascendental como nación, ora repudiada exactamente por esta misma utilización patriotera y su ensalzamiento de unos valores rancios y caducos. La visión épica del pasado crea monstruos de muy diverso tipo. Quizás por ello no abunden los relatos acerca de episodios como la conquista del Nuevo Mundo, un periodo espinoso por las implicaciones políticas que, con evidente descontextualización, se le otorgan desde el presente; pero realmente interesante desde el prisma del sentido aventurero -piénsenlo: el anuncio de un descomunal territorio por completo desconocido y el atrevimiento de lanzarse a descubrir qué maravillas u horrores puede contener-. No abundan al menos al estilo y la cantidad de las reconstrucciones históricas procedentes de Hollywood o Reino Unido, vara de medir popular en lo que al cine-espectáculo se refiere.

          En Oro, Agustín Díaz Yanes repite, tras la calamitosa Alatriste y aquí con un texto inédito, en su aproximación al corpus del escritor y exreportero bélico Arturo Pérez-Reverte; un tipo que precisamente, y se esté de acuerdo con él o no -en este blog se tira por lo segundo-, no le teme a la polémica -todo lo contrario- para encarar, entre otros temas, la historia del país. También es verdad que, en su escrito de presentación, el filme trata de mediar contexto -o de disculparse- por el conjunto humano que protagonizará la función: hombres toscos y altivos, agresivos y sin escrúpulos, que encarnan cierta naturaleza varonil por la que el literato acostumbra a manifestar cierta querencia -en ocasiones bastante trasnochada al pretender trasplantarla de la mera fantasía a la realidad contemporánea-. Sobra. En primer lugar porque una película, o cualquier otra creación artística, no ha de tener en sus obligaciones la de dar ejemplo o fomentar ningún mensaje ideológico o social -otra cosa es que así lo desee-, tanto o más cuando se le exige forzar el anacronismo garganta abajo de los personajes –hay artículos sobre esta cuestión-. Y, en segundo, porque el de Oro está lejos de ser un canto a las hazañas de los antepasados. Si esta es la gloria de la conquista, bastarda gloria es.

En ese sentido, Oro recuerda a la olvidada La conquista de Albania, cinta generosamente sufragada por el Gobierno de Euskadi en virtud de las recién cedidas competencias presupuestarias de la Transición y que invitaba a pensar a priori en el enaltecimiento de un capítulo de expansión internacional del Reino de Navarra medieval –el acometido por la Compañía blanca en las costas del Adriático-, pero que, sin embargo, se transformaba andando los fotogramas en una antiepopeya delirante e irracional, similar por tanto a la de Aguirre, la cólera de Dios. Y, de hecho, Oro comparte con la referencial obra maestra de Werner Herzog la ambientación selvática equinoccial y la composición de los expedicionarios, calcada a la de Pedro de Ursúa por el curso del río Marañón en busca de la ciudad de El Dorado -hechos que también serían abordados por Carlos Saura en la excesivamente contenida El Dorado-. Aunque, fundamentalmente, queda ligada a ella a través de una acertada presentación en la que se muestra a una cohorte de hombres condenados, encadenados como galeotes a una aventura ilógica y tremebunda, fracasada de antemano. A un camino hacia el absurdo y la muerte.

          En conclusión, Oro posee el mismo sino que Aguirre, la cólera de Dios. En cambio, el trayecto que escoge para avanzar hacia él es completamente opuesto. Se aleja de la abstracción hacia la que tendía la alemana, onírica y alucinada, y encara la ruta por la vía de lo terrenal, de lo físico. La de Díaz Yanes es una cinta de supervivencia -con resabios de western-; un trayecto de desesperación embuchada y escondida entre actitudes de hosca hombría y que, en persecución de una vil riqueza material -el oro-, se dirime entre el lodo, el sudor y la sangre. Conceptos que se remiten literalmente a otras descripciones de Pérez-Reverte, que ha visto trinchera y, en su novela El húsar, resumía la batalla en “barro, sangre y mierda”.

Esta concepción física está adecuadamente asimilada a los parlamentos del libreto, descarnados, recios y con un atractivo empleo del lenguaje de época -circunstancia esta última realmente infrecuente-, así como a la selección de rostros del reparto -otra virtud que también poseía La conquista de Albania– y a una exposición seca y concisa. Con ello, Díaz Yanes logra modelar una jugosa atmósfera patibularia, amoral y destructiva, en la que se tiene la sensación de que ni siquiera se avanza por el laberinto de una jungla que aprieta y donde, por ende, lo único que cuenta es salvar un pellejo que poco o nada vale. Así las cosas, eran innecesarios regodeos como el tópico fanatismo del sacerdote, las proclamas folclóricas -los enfrentamientos regionales y la loa a los hermanos en armas-, el testicular duelo a pecho descubierto o que Raúl Arévalo y Óscar Jaenada exageraran el gesto.

          Oro brilla en cuanto sitúa la épica a la altura de la mugre, en cuanto su relato de violencia primaria y desencantada no se avergüenza de inclinarse a la recuperación de una virilidad de otro tiempo. Que, en este caso, no es la histórica del siglo XVI, sino la cinematográfica de la década de los setenta, tan ruda como desesperanzada -aunque carezca de su aliento sentimental y elegíaco-.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 7,5.

Demasiado cerca (Tesnota)

12 Nov

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Año: 2017.

Director: Kantemir Bagalov.

Reparto: Darya Zhovnar, Atrem Cipin, Olga Dragunova, Veniamin Kac, Nazir Zhukov.

Tráiler

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         No corren buenos tiempos para ser un espíritu libre. La tendencia a una polarización cada vez más extrema entre el Nosotros y Ellos que se percibe tanto en las relaciones geopolíticas como en la opinión pública general conforma una pinza opresiva para cualquier individuo de conciencia crítica, celoso de su autonomía singular.

En Demasiado cerca (Tesnota), un documento real, reproducido en VHS, ejerce como punto de inflexión de la historia: la ejecución a cuchillo de varios presos de guerra rusos en el Daguestán por guerrillas locales de corte islamista. El visionado de las grabaciones, que el espectador comparte en crudo con la protagonista, con el tiempo dolorosamente sostenido, trastoca la dimensión de todo lo que ha ocurrido antes y de la trama que queda por recorrer. Ni siquiera un acto terrible como el secuestro de una joven pareja había provocado semejante mazazo de realidad.

         Revelando el pavoroso contexto hasta entonces solo sugerido, estos atroces hechos, producto de un mundo enfrentado a muerte y sin cuartel entre dos facciones aparentemente irreconciliables, reacondicionan por tanto las vivencias de Iliana, una joven judía que trata de labrar su propio camino en las tumultuosas entrañas del Cáucaso, donde ha emigrado su familia. Es el descubrimiento que despoja de cualquier rastro de inocencia que pudiera quedar hasta entonces en un relato que, en su introducción, apuntaba hechuras de drama de autoafirmación femenina mediante la emancipación frente a los usos y costumbres heredados de la sociedad, escenificado en un entorno costumbrista y familiar, e incluso de un incipiente romance entre unos Julieta y Romeo que adaptan el tópico a la situación de este territorio a la espalda de los grandes focos internacionales.

Precisamente, su ambientación a finales de los noventa comporta una advertencia añadida en la proyección global de unos hechos aún aparentemente localistas y exóticos. Ajenos.

         Amparado por el cineasta Aleksandr Sokúrov -productor del proyecto-, una de las virtudes que hay que atribuirle a Kantemir Bagalovcabardiano él mismo, debutante en el largometraje a sus apenas 26 años y coautor del guion- es que este atentado contra la ficción vía videocasete y televisor no desnaturalice o desvalide sin remedio la narración que le sigue. Parte de ello se debe a la fuerza interpretativa de la también primeriza Darya Zhovner. Pero, desde luego, a una rotunda labor de dirección, en la que, como indica el título de la obra, desempeña un papel fundamental el juego con el espacio, manifiesto en la estrechez del formato de los fotogramas, casi cuadrado, y las relaciones a las que somete a los personajes.

La fluidez con la que se mueven en el plano el padre y la hija, comprensivos y complementarios el uno con el otro, y la intimidad sin barreras que se establece entre los dos hermanos, son así opuestas -como luego se recalcará con el filtro de color de las ventanillas del coche- a la serie de contactos que emergen ante la figura materna, que en cierto modo ejerce como personificación de la tradición judía. Vigilante y severa, la madre no sacude el pelo, sino que borra y despersonaliza el rostro; no acaricia la boca, sino que la silencia; no abraza, sino que asfixia y ahorca.

         A partir de este entorno opresivo, enrarecido y amenazador, en medio de la huida de todo y de todos que anhela la veinteañera Ilana, Demasiado cerca plantea y afronta turbulentos conflictos morales en los que unos personajes creíbles en sus dudas, contradicciones y fidelidades humanas se reencuentran con la tragedia griega en su violenta confrontación entre el individuo y la comunidad; entre el sacrificio personal cierto y un bien colectivo bastante difuso; entre la diferencia y la pertenencia.

Premio Fipresci en la sección Un certain regard del festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 8.

Amante por un día

10 Nov

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Año: 2017.

Director: Philippe Garrel.

Reparto: Esther Garrel, Louise Chevillotte, Éric Caravaca, Paul Toucang, Félix Kysyl.

Tráiler

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          Aparte del nostálgico blanco y negro de la fotografía, y de esa voz en off de tono neutro tan inconfundiblemente francesa, que en su omnisciencia hasta se sobrepone a las conversaciones de los personajes, Amante por un día posee evocaciones del cine de Éric Rohmer en las geometrías del romance que dibuja, repletas de triángulos conflictivos, círculos constantes y líneas convergentes, tangenciales y paralelas. Pero, especialmente, recuerda a Rohmer en el aspecto de que los protagonistas son seres inconstantes y contradictorios, ni honestos ni mentirosos, y que no son capaces -o incluso ni siquiera pretenden realmente- de cumplir aquello que afirman con rotundidad acerca de un tema tan complejo, volátil e inabarcable como es el amor.

          Una veinteañera despechada, su padre profesor universitario que ha reencontrado el amor en una de sus estudiantes y ésta última chica, que disfruta de la carta libre de una relación abierta, dan vueltas y vueltas alrededor de los conceptos de enamoramiento, fidelidad y realización romántica. Con elegancia y sin ánimo de desacreditar con crueldad a sus criaturas, ni de ofrecer tampoco categóricas lecciones existenciales, Philippe Garrel contrapone los rectos ensayos de la teoría contra los problemáticos laberintos de la práctica, a la vez que construye con delicadeza los vínculos de complicidad, lealtad y cooperativismo que existen o se crean entre los protagonistas. El cineasta participa en la firma del guion junto a su pareja, Caroline Deruas -treinta años menor que él-; una colaboradora de cabecera como Arlette Langmann, experta en el terreno, y otro clásico como Jean-Claude Carrière. Hay conocimiento de causa.

En su expresión, se trata de una película de aliento lírico pero también generosa en diálogo, y que posee ese aire de distanciamiento un tanto estirado y artificioso que a veces afectaba a la Nouvelle Vague. Teniendo en consideración el cine galo -supongo que sobre todo sus retratos de la burguesía local-, hay quien ironiza con que es que los franceses sienten así.

          Esquiva al tópico, Amante por un día desarrolla un relato en el que las mujeres -las mujeres jóvenes- aspiran a desempeñar un rol activo en sus amoríos y, más aún, en el dominio de su sexualidad, si bien, como es natural, no siempre sepan hacia dónde dirigirla y por qué. Ni falta que hace; la torpeza es una constante en las relaciones sentimentales humanas. En este sentido, su confusión es semejante a la de sus pares masculinos, con la diferencia de que la postura de estos es de un simplismo autoengañoso -los acuerdos, las negociaciones y los ultimátums que establecen para con sus amantes- o es simplemente cínica -el seductor empedernido-. Pero, al menos, ellas parecen adquirir consciencia de que el amor es un estado de imbecilidad transitoria. Aunque todos podamos caer en sus redes, lo queramos o no.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

En realidad, nunca estuviste aquí

9 Nov

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Año: 2017.

Directora: Lynne Ramsay.

Reparto: Joaquin Phoenix, Ekaterina Samsonov, Judith Robers, Alessandro Nivola, Alex Manette, John Doman.

Tráiler

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          Es importante no tomarse demasiado en serio a uno mismo. En lo que respecta al cine, esto significa rehuir las tentaciones de una grandilocuencia inflada a través, por ejemplo, de la apertura a la ironía o el reconocimiento del espíritu de la serie B. Y, con buen tino, En realidad, nunca estuviste aquí se abraza sin tapujos al espíritu de la serie B que domina su naturaleza. Por ello, a pesar de abordar premisas coincidentes como el trauma del veterano de guerra y los sucios callejones de la depravación sexual, su narración no se adentra en el retrato sociológico/psicológico de una comunidad enferma que podría firmar un autor como Paul SchraderTaxi Driver, Hardcore: Un mundo oculto-. Ni tampoco da rienda suelta al sentimentalismo en su aproximación al clásico de la redención del antihéroe dudoso por medio de la salvación del menor inocente –León, el profesionalEl fuego de la venganza, El hombre sin pasado…-.

          En realidad, nunca estuviste aquí mantiene la sórdida trama que afronta el protagonista dentro de los parámetros de un esquematismo tendente a la abstracción, en línea con un dibujo de la ciudad como un caos de movimientos inquietantes, sonidos estridentes y música inarmónica. Son elementos que conforman un escenario inestable, acorde a la volatilidad latente del personaje, mercenario solventador de secuestros a mazazo limpio, hombre con demasiado tiempo al borde del abismo y que pende de él con el tormento de poseer aún rescoldos de humanidad -las escenas cotidianas, introducidas también con equilibrio-.

El relato, pues, no se entrega al regodeo de la exploitation y al mismo tiempo, al renunciar a cualquier pretensión analítica o de denuncia creíble, evita que su evolución se desmonte a causa de una elaboración en exceso pormenorizada o intrincada. Es una historia correosa pero templada, de sencillez sin contemplaciones pero cuidada con atención.

          La directora y guionista escocesa Lynne Ramsay arroja el filme, contenido en 95 minutos, con una concisión de otros tiempos, con un notable uso de la elipsis y el fuera de campo en la plasmación de una violencia que no por ello es menos contundente. Su fisicidad que reside en lo que se escucha, en lo que se sobreentiende. En la presencia de un contundente martillo erigido en icono del pulp posmoderno –Oldboy, Drive-; en el hastío convertido en minimalismo gestual de Joaquin Phoenix, cuyo físico es puro escombro abandonado; basto, cansado y rotundo. Con idénticas armas -la precisión y la potencia-, la cineasta consigue incorporar recursos psicologistas a golpe de flashback, esquivando al límite una cierta inclinación al abuso que es más palpable hacia el desenlace. Menos éxito tienen los contrates con composiciones de ambiciones líricas y detalles de ejercicio de estilo. 

          Premios al mejor libreto y mejor interpretación masculina en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6.6.

Nota del blog: 7,5.

Los espías

8 Nov

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Año: 1928.

Director: Fritz Lang.

Reparto: Willy FritschRudolph Klein-RoggeGerda Maurus, Lupu Pick, Lien Deyers, Paul Hörbiger, Fritz Rasp, Louis Ralph.

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         Si El doctor Mabuse es una de las películas que contribuyen a dar forma al cine policíaco, Los espías, obra seis años posterior y de nuevo firmada por Fritz Lang y Thea von Harbou, ayudará en cambio a poner los cimientos del cine de espionaje.

         Como en la primera, en Los espías habrá un extravagante archivillano -encarnado además por el mismo actor, Rudolph Klein-Rogge-, que pretende dominar el mundo -sabe Dios para qué- al estilo del Fantômas de Louis Feuillade, cuyos seriales basados en literatura criminal pulp suelen apuntarse como influencia del filme. Su argumento también está empapado de la paranoia del periodo entreguerras y de la potencial expansión del comunismo bajo la órbita de la Unión Soviética.

El guion de Von Harbou plantea un relato maniqueo en el que el héroe, el espía número 326 (Willy Fritsch), es un galán enfrentado conspirador oculto, de apariencia omnipresente y omnipotente, con aspecto estrafalario y que se guarece en un cuartel general de geometrías escherianas -comedida muestra de las ambiciones de Lang de grandes escenarios negadas a causa del fracaso comercial de Metrópolis-, a los mandos de una cohorte de asesinos enmascarados, sabandijas sudorosas y mataharis salaces, todos de amenazadores nombres eslavos y en pugna contra la integridad germánica -apoyada por el estoico y honorable Japón-. 

Por otro lado, que el siniestro malvado emplee un banco como tapadera de sus ambiciones totalitarias, unido a la ascendencia euroasiática de su entramado, podría entenderse quizás como una nueva reivindicación de la vía alemana frente a las imposiciones del capitalismo y del comunismo que Von Harbou había expuesto precisamente en Metrópolis.

         El de Los espías es, además, un villano impotente y dependiente de los cuidados de una intimidante enfermera sordomuda. Porque, en concordancia con esta ingenuidad consustancial, el enfrentamiento entre el Bien y el Mal se lleva al apartado romántico con la disputa de los servicios y el amor de la agente rusa Sonya Baranilkowa (la interesante Gerda Maurus).

En la cinta comparece el imaginario de este universo de gadgets insólitos, hombría caballeresca, sociedades secretas y planes retorcidos. Esquemática en su fondo, Lang impulsa las imágenes dotándolas de una textura adecuadamente fantasiosa, desasosegante en la sensación de peligro constante, opresiva en el uso de la arquitectura y, por momentos, sugerentemente exótica y surrealista. Lírica incluso en la subtrama nipona y en su particular desenlace, violento y patético a la par. Y todo ello ensamblado en un montaje enérgico, que aporta dinamismo a la narración y virulencia a la acción, rebajando la oxidación producida por el paso del tiempo.

         En paralelo, de la filmación de Los espías quedan anécdotas acerca de la controvertida personalidad del cineasta, como la afirmación de que disparó un arma de fuego con munición real para estimular la reacción asustada de los protagonistas.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6,5.

En cuerpo y alma

5 Nov

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Año: 2017.

Directora: Ildikó Endeyi.

Reparto: Géza Morcsányi, Alexandra Borbély, Zoltán Schneider, Ervin Nagy, Réka Tenki, Éva Bata, Itala Békés.

Tráiler

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          La ganadora de la edición de 2017 de la Berlinale es una película intimista que se funda sobre el tópico romántico, también potencial sustento de una comedia dramática, del amor entre almas solitarias, ambas tullidas a su manera -físico, psicológico-. Es cine húngaro como podía ser indie americano. A su vez, esta premisa nuclear alberga otro cliché, este con peores resultados, que se refiere a la construcción del personaje femenino, cuyos desórdenes mentales dan la sensación de estar compuestos de una forma tan manida que reducen a la mujer a una muñeca sobada, repleta de automatismos en sus complejos y sus reacciones -nota bene para advertir acerca de esta afirmación y de la validez de la crítica que le sigue: expertos psicólogos de absoluta confianza insisten en que el de En cuerpo y alma es uno de los mejores retratos del autismo en adultos que ha visto en pantalla-.

          Ildikó Endeyi realiza un elaborado trabajo para plasmar mediante la puesta en escena, y especialmente a través de la iluminación, la condición cotidiana y el estado anímico de estos individuos apenas conectados a través de los sueños, aislados en un mundo helado, que solo llena su presencia. De hecho, la realizadora y guionista a veces se esfuerza tanto en planificar las imágenes que termina cayendo en una tendencia al esteticismo que, contraproducentemente, refuerza la impresión de artificialidad del relato. Contrasta con la ternura y la emoción que desprenden ciertas asociaciones visuales, como se demuestra en la apertura del filme -la ternura del leve roce de la pareja de ciervos, la mirada perdida de las vacas a las puertas del matadero, el sol que aparece y reconforta-.

          En cuerpo y alma muestra sentimientos al límite y, dentro de su halo doliente, contiene contrapuntos de humor casi grotesco, pero huye del exceso y de las revoluciones altas, acorde a la cautela y la fragilidad de sus protagonistas. Procura ser delicada sin ser fría, aunque también esa calculada contención ofrece evidentes dificultades para empatizar, implicarse y emocionarse. Se percibe un estatismo semejante al que domina la figura de esa muchacha desvalida, en quien se confunde la vulnerabilidad con rigidez.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

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