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El blues de Beale Street

3 Feb

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Año: 2018.

Director: Barry Jenkins.

Reparto: KiKi Layne, Stephan James, Regina King, Teyonah Parris, Colman Domingo, Michael Beach, Aunjanue Ellis, Brian Tyree Henry, Finn Wittrock, Ed Skrein, Emily Rios, Pedro Pascal, Dave Franco, Diego Luna.

Tráiler

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          Esta vez nominado al Óscar al mejor guion adaptado -que se suma a otras dos candidaturas en las categorías de banda sonora y de actriz secundaria para Regina King-, El blues de Beale Street confirma a Barry Jenkins como una de las voces más respetadas del cine del compromiso  afroamericano después de las tres estatuillas obtenidas por Moonlight, primera producción íntegramente negra y de temática LGBTI en ganar el premio de la academia estadounidense a la mejor película -además de alzarse con los galardones al mejor actor de reparto y también a mejor libreto no original-.

          En El blues de Beale Street, Jenkins traslada a la pantalla una novela de su escritor de cabecera, James Baldwin, a quien precisamente se recuperaba hace un par de años en el documental I Am Not Your Negro, donde se recogía su visión de la historia del movimiento afroamericano y que, curiosamente, estuvo presente de aquella gala de los Óscars que consagró al cineasta miamense. Esta firme conciencia del literato y activista recorre aquí la historia de amor de dos jóvenes, Tish y Fonny, de modo que el desarrollo de su romance -narrado con una estructura no lineal que resulta dinámica, atractiva y natural gracias al excelente dominio del montaje- queda atravesado por los múltiples obstáculos que les impone una sociedad amañada en su contra. A través de ellos se configura un discurso de denuncia contra el racismo sistemático -y endémico, dados sus ecos en la actualidad- que detecta en el país norteamericano.

          El blues de Beale Street es una película dominada por los planos cortos en aras de lograr el contacto íntimo con el drama de los personajes. Lo consigue con delicadeza y pudor, sin ser invasiva ni exhibicionista, y con una predominancia absoluta del rostro como unidad expresiva, incluso confrontado directamente contra el espectador. Jenkins demuestra sensibilidad, lirismo y creatividad para ensalzar el romanticismo de la historia, de igual manera que alcanza un elevado grado de emoción, esta demoledora, en escenas como la del diálogo con el amigo recién salido de la cárcel. Porque la película también presta una notable atención a la composición humana de los caracteres secundarios y de su perspectiva frente al conflicto que viven, cada uno desde sus particularidades. Con todo, acusa cierta sobreactuación en algunas situaciones, como la del policía o, de forma aún más evidente, la de la madre de él, esta lastrada asimismo por unas interpretaciones demasiado tópicas y afectadas.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 8.

Las distancias

10 Sep

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Año: 2018.

Director: Elena Trapé.

Reparto: Alexandra Jiménez, Miki Esparbé, Isak Férriz, Bruno Sevilla, María Ribera.

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            La persistencia a lo largo de unas cuantas generaciones del ya por derecho propio subgénero cinematográfico del reencuentro entre amigos como terapia existencial desde la que examinar las ilusiones pasadas y la realidad presente sugiere, primero, que el desencanto es un denominador común de la sociedad occidental posmoderna y, segundo, que aunque a todos tendamos a erigirnos en personalidades excepcionales, no pertenecemos tampoco a una quinta que experimente en último término sensaciones únicas e intransferibles, incluso -o especialmente- cuando estas son negativas.

La generación golpeada por la crisis económica de 2008, actualmente entre la treintena y la cuarentena, y posiblemente una de las pocas que no alcanzará de forma general el nivel de vida de sus progenitores, tan solo sufre unos matices particulares dentro de este persistente estado de decepción vital.

            Estas variables concretas -la precariedad laboral, la emigración, la inmadurez afectiva, el romance 2.0, la frustración sentimental que solo empeora con huidas hacia adelante basadas en caducas estructuras tradicionales…- están a la vista, en compañía de otras más clásicas -las cicatrices románticas sin resolver, la incomunicación…- en Las distancias, una nueva aproximación a esta premisa en la que, esta vez, un cuarteto de amigos de la universidad viajan a Berlín para felicitar por sorpresa el 35 cumpleaños de otro miembro del grupo, esquivo en su última visita a Barcelona por motivos que, sin embargo, podría compartir con el resto -incompatibilidad de agendas, compromisos múltiples, alegaciones de falta de tiempo…-.

La interpretación de Miki Esparbé, que encarna a este último, es la que subraya -de forma probablemente excesiva- la tonalidad en la que se va a mover un drama por momentos un tanto sobresaturado: su rostro mustio desde la primera imagen no varía ni siquiera para simular alegría por la irrupción inesperada de los supuestos seres queridos de otros tiempos, a buen seguro más felices, en vista de los mohínes del actor.

          La fuga/desaparición del homenajeado sirve como desencadenante definitivo del misterio emocional y narrativo de la película, a partir del cual se evisceran, en una composición un poco tremenda, las miserias de un grupo humano con incontables averías, ahogado en la luz cenicienta y moribunda de la capital alemana, que de por sí implica un desarraigo que, en definitiva, trasciende lo geográfico.

Elena Trapé, directora y guionista -en este último apartado en colaboración con Miguel Ibáñez Monroy y Josan Hatero-, presta cuidadosa atención a sus criaturas con primeros planos que observan sus sentimientos -sean empatizables o mezquinos, son frecuentemente comprensibles, aunque puede que también amargos de más-; el dolor que se les acumula hasta escapárseles por los poros, y hasta el leve patetismo que destila su desesperación. Al mismo tiempo, continuando con este celo en la puesta de escena, los separa literalmente cerrando puertas, negándoles el contacto o enfrentándolos de espaldas, perdidos no saben dónde, sin saber hacia dónde mirar con ira.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

Madre!

2 Oct

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Año: 2017.

Director: Darren Aronofsky.

Reparto: Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Domhnall Gleeson, Brian Gleeson, Jovan Adepo, Kristen Wiig, Stephen McHattie.

Tráiler

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           Veo a Darren Aronofsky recorriendo arriba y abajo la Quinta Avenida, en pelota picada y con una pancarta de cartón que reza “El Apocalipsis va a llegar”. Y esto sucede porque el director habrá comprobado, trémulo de sorpresa e indignación, que muchos de los espectadores de Noé no escarmentaron y no se convirtieron al veganismo sostenible. Pero aun así, Aronofky, iluminado, concede al género humano una segunda oportunidad de enmendar su impía iniquidad y les entrega Madre!, una relectura personal de la Biblia que, además, conecta con los desmanes que actualmente asolan el mundo para lanzar un alarido admonitorio acerca del desastre que se nos viene encima a nosotros, pecadores irredentos.

           En Madre! se plantea una confrontación eterna y sin cuartel entre las fuerzas benefactoras/creadoras y las fuerzas maléficas/destructoras del cosmos. La lucha de la fecundidad, la inspiración y la vida, en definitiva, contra la enfermedad, la esterilidad y la muerte. En su relato hay un Dios demiurgo que crea a través de la palabra, un Adán y una Eva que invaden el Edén y transgreden sus prohibiciones, un Abel, un Caín, masas de idólatras inmorales que merecen un buen diluvio… y, como contrapunto de distinción, una deidad femenina; una Gaia poderosa, generosa, sensual y amantísima que engendra la vida física, que regenera la desolación e intenta contrarrestar abnegada el desastre a la que le abocan.

Aronofsky subraya su composición alegórica empleando, entre codazos de prevención, un amplio muestrario de retórica y simbología judeocristiana, a lo que se suman alusiones a plagas contemporáneas como la depredación irresponsable de recursos, la sobrepoblación, el calentamiento global, la hecatombe ecológica, la colonización o aniquilación del prójimo…

También, de soslayo, habla del proceso de creación artística, que al fin y al cabo es otra forma de generar vida, aunque sea en un plano alternativo a la realidad.

           La fábula se sostiene, pasando por ingenua, mientras la narración mantiene un perfil relativamente contenido de cine de terror psicológico y claustrofóbico, gracias a que el realizador neoyorkino es hábil transmitiendo la incredulidad, la incomodidad, el agobio y la sensación de inminente e incesante amenaza que padece la protagonista. Luego, de improviso, pierde los estribos y se entrega a un delirio que uno no sabe si es divertido o enervante por su apoteósico desenfreno. Lo que queda claro es que la metáfora se hace ya sonrojante. Pero el cineasta tampoco parece temer tal consideración, lo que no deja de ser valiente.

           Sea como fuere, advertidos quedan, dice Aronofsky. Que no tenga que haber un tercer aviso.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 4.

El silencio de Lorna

25 Mar

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Año: 2008.

Directores: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne.

Reparto: Arta Dobroshi, Jérémie Renier, Fabrizio Rongione, Alban Ukaj, Morgan Marinne, Olivier Gourmet.

Tráiler

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          En apenas tres minutos de metraje, se suceden en El silencio de Lorna tres intercambios de moneda, a través de los que además se establecen las relaciones de la protagonista con el país -el acceso al capital mediante una adquisición de derechos también relacionada con el dinero- y con sus habitantes -la frialdad con la que convive con su marido de conveniencia, un adicto a la heroína que representa al único nativo ‘puro’ con peso en la función-.

El filme de los hermanos Dardenne dibuja con sutileza, sin recurrir a énfasis, un escenario -Occidente- donde todo se encuentra mercantilizado, desde el matrimonio hasta la nacionalidad, desde el estatus de ciudadano legal hasta la muerte del prójimo. Este es el decorado de fondo donde se narra la historia de la inmigrante albanesa Lorna (Arta Dobroshi) y de sus dilemas internos, su adquisición de conciencia y su rebeldía moral, que se alza contra las desesperantes imposiciones de unas circunstancias adversas y contra la disolución de los valores éticos en una comunidad materialista e individualista.

          Un elemento de género como la mafia relacionada con la trata de blancas se convierte en manos de los autores en un elemento de rotunda verosimilitud, auspiciada por la humana complejidad de sus integrantes. en este caso un taxista con iniciativa empresarial y que no posee ningún rasgo particular o cinematográfico que lo pueda identificar como un potencial villano. Igual ocurre con el crudo patetismo y la triste ternura que inspira el yonki encarnado por Jérémie Renier.

          Envuelto en una estética hosca aunque cercana a sus personajes, más clásica que en anteriores ejemplos y no exenta de talento expresivo -la elipsis con la que se parte en dos el filme-, El silencio de Lorna expone así una narración moral a propósito de los remordimientos -e intentos de redención, quizás menos natural y menos logrado en esta ocasión- del ser humano como víctima de una sociedad inmoral y despiadada; cuestión que acecha con mayor fiereza en aquellos colectivos que no cuentan con el amparo general y el adormecimiento de conciencia que proporciona la riqueza, y que son los protagonistas habituales de la firme filmografía de los Dardenne.

Premio en Cannes al mejor guion.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Ixcanul

3 Dic

“En todo lugar, siempre el misma cosa. Para el rico, el campesino solamente es brazo. Eso creen que somos, puro brazo para trabajar. Mismo sus animales, tratados mejor que nosotros. Muchos años andamos buscando y probando que el rico entienda que el pobre tiene alma y corazón. Que siente. Somos gente pues, todos igual.”

Arturo (El Norte)

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Ixcanul

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Ixcanul

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Año: 2015.

Director: Jayro Bustamante.

Reparto: María Mercedes Coroy, María Telón, Manuel Antún, Justo Lorenzo, Marvin Coroy.

Tráiler

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            Al cine siempre le ha sido grata la exploración antropológica, remontándose a hitos fundacionales como Nanuk, el esquimal del pionero Robert Flaherty o Tabú de F.W. Murnau, que guardaban en su esencia unas pretensiones documentales y didácticas aunque envolviéndolas en un dramático entramado de ficción con el fin de hacerlas más digeribles a los asombrados espectadores. Al fin y al cabo, el séptimo arte encuentra en este tema uno de sus principales atractivos: viajar a territorios exóticos y de ensueño sin moverse de la butaca o asumir la piel de otro ser humano, por distinto que sea, por un plazo limitado y siempre desde las protectoras fronteras de la sala.

            Ixcanul invita al público a trasladarse a la Guatemala maya kaqchikel donde, al igual que los pescadores de Stromboli, tierra de Dios, sus moradores sobreviven penosamente bajo la sombra insalvable del volcán, terrible y fecunda, cadena irrompible al lugar. A través de los negros e insondables ojos de la joven María (María Mercedes Coroy), Jayro Bustamante, director y guionista de la cinta, retrata la miseria cotidiana de este pueblo dejado en los márgenes de la Historia; ni nativos ni hispanizados, ni cristianos ni paganos, ni súbditos ciudadanos ni hombres libres. Eternos parias, ‘ningunos’ equiparables a los empobrecidos campesinos y proletarios de cualquier otra parte el mundo, reducidos a mulos de carga por cualquier clase dominante que atraviese sus campos para adueñarse de sus vidas, ignorados por la cultura oficial dominante de los desmemoriados núcleos urbanos.

Exactamente iguales a aquellos compatriotas guatemaltecos y compañeros de clase social que ya protagonizaban El Norte, uno de los estandartes del cine chicano emergido en los años ochenta y cuya vigencia quedaba probada en el cine con el estreno el año pasado de la producción mexicana La jaula de oro. Y como en El Norte, el sobrecogedor paisaje que captura Ixcanul es una tierra privada de sueños, identificados en último término en el culto por lo estadounidense como nuevo rasgo de la religión sincrética de los nativos, todavía presidida sin embargo por el coloso dormido y amenazador que es el volcán y secundado por la infestación de serpientes de sus campos, símbolo maléfico por excelencia.

            Inspirado por los hechos biográficos que le había referido una muchacha indígena encarcelada, y plasmados en imágenes con un verismo de cuidada estética que desvela un microuniverso telúrico y místico a partes iguales –la presencia del sexo y la presencia de la creencia, esta última por fortuna sin derivar en el sobado realismo mágico latinoamericano-, Bustamante sintetiza esta realidad de privaciones y desesperanza –más cruda si se es pobre, aún más si se es mujer- por medio del relato de la gestación y alumbramiento de una nueva criatura por la adolescente María, objeto de deseo del patrón de la finca.

La hermosura del escenario natural se contrapone a la crudeza de la existencia. A pesar de ciertos lugares comunes propios del género, se respira autenticidad en su historia y, sobre todo, en interpretaciones como la de María Telón -vendedora de fruta y analfabeta al otro lado de la pantalla, tan solo actriz aficionada-; si bien la obra parece quedarse a un paso de estallar en rabia, de profundizar hasta las últimas consecuencias en esta existencia amarga y fascinante –desde la seguridad, insistimos, de la sala-; de sumergirnos con autoridad plena en los ropajes coloridos de estas gentes olvidadas.

Con rotundidad empero, la estructura circular que encierra el filme materializa en fotogramas esta idea acerca de la irrompible condena que ha de soportar el desheredado.

            Primer largometraje guatemalteco en acceder a la preselección al Óscar a la mejor película de habla no inglesa.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Hermosa juventud

9 Ene

“Ser joven no es una virtud, sino una circunstancia.”

Carmen Maura

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Hermosa juventud

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Año: 2014.

Director: Jaime Rosales.

Reparto: Ingrid García Jonnson, Carlos Rodríguez, Inma Nieto, Fernando Barona, Juanma Calderón, Patricia Mendy.

Tráiler

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            Después de la desigual acogida de su personalísima Sueño y silencio por parte de la crítica, Jaime Rosales abandona en buena medida su ensimismamiento autoral  para filmar una cuestión de actualidad y más universal como es el impacto de la crisis en la juventud española, empleando para ello una técnica formal relativamente más accesible al público de la que caracteriza su filmografía, en la que aplica un naturalismo cotidiano extremo con el propósito de purgar de su romántica, ilegítima y peligrosa aura cinematográfica a cuestiones tan terribles como el asesinato en serie o el terrorismo. Incluso dentro de ese carácter “autoencargo”, Rosales delegará responsabilidades capitales como el montaje.

            En Hermosa juventud, por tanto, la tesis rebaja su reflexión lingüística para en cambio retratar con esa misma falta de contemplaciones el drama social, económico, político y cultural de una generación que se degrada sin remedio empujada por la falta de esperanzas de porvenir, por la carencia de referentes y asideros morales, por un entorno afectivo desestructurado o en plena descomposición y por una desoladora desidia. Son asimismo individuos ahogados en un universo de estímulos plastificados y narcotizantes que conducen sin remedio a la incomunicación, el vacío materialismo y el egocentrismo.

En este sentido, el cineasta barcelonés tampoco desvía parte de la culpa que compete a unos chavales con vocación de inmadurez que no aciertan a medir ni acciones ni consecuencias, por lo general escudados en sentencias vagas asimiladas desde el exterior o en meras excusas de autoengaño –yo me busco la vida de lo que sea; hay que buscarse trabajo de tal o tal manera; afuera todo el mundo trabaja-.

            El rigor de Rosales permite que la errática deriva de sus protagonistas no acabe convertida en un simplista exceso melodramático, sino que resulte el fruto envenenado de una tendencia natural e inevitable, dadas las circunstancias y el caldo de cultivo en el que maceran un futuro que, como poco, se intuye incierto. El estilo del relato, fundamentado en ese citado naturalismo inmediato que linda en ocasiones con el voyeurismo, estimula el realismo y la verosimilitud que también exudan las bien dirigidas interpretaciones de Carlos Rodríguez y, sobre todo, de una soberbia Ingrid García-Jonsson.

Solo rompe con estas crudas y austeras formas el recurso a imágenes extraídas de smatphones y redes sociales –WhatsApp fundamentalmente, piedra angular en las relaciones humanas de los personajes-, empleadas con talento para introducir elipsis temporales de gran agilidad y eficacia narrativa dentro de una obra de duro impacto emocional y de conciencia cívica.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 8.

La habitación en forma de L (El cuarto indiscreto)

11 Jun

“El valor de toda forma de arte dramático radica en la exactitud con la que retrata personajes verdaderos, que realizan gestos verdaderos y dicen cosas verdaderas.”

Tod Browning

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La habitación en forma de L

(El cuarto indiscreto)

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La habitación en forma de L.

Año: 1962.

Director: Bryan Forbes.

Reparto: Leslie Caron, Tom Bell, Brook Peters, Cicely Courtneidge, Avis Bunnage, Patricia Phoenix.

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           A pesar de no formar parte de la corriente, Bryan Forbes aprovechó la influencia realista y comprometida del Free Cinema sobre la industria británica para componer su segundo filme, La habitación en forma de L, cuya temática escudriñaba en el drama de una joven embarazada soltera abandonada a la intemperie de un Londres mísero y hostil.

           La controversia acerca de un tema tan polémico social, moral y religiosamente como el aborto -todavía candente en la España actual-, sobrevuela la película del mismo modo que, de manera más tangencial, lo había hecho en Sábado noche, domingo mañana –metáfora de los fracasos de una juventud de dudoso futuro- y lo haría en Alfie –las consecuencias de un seductor que se justificaba en la amoralidad de la sociedad del momento-.

           Parte de este desaliento vital –el fracaso laboral, la carestía, la soledad, la alienación- y de esta degradación de la sociedad –la codicia y la rapiña del desesperado, las huellas de la guerra, la incultura de las clases bajas, la ausencia de intimidad– se encuentran también presentes en La habitación en forma de L, una cinta que, no obstante, resulta menos cruda en su formulación y, además, deja en su conjunto cierto regusto agridulce.

El Londres al que va a parar en su desorientada búsqueda de ayuda Jane Fosset, una joven francesa huida de la opresión de su hogar, bien serviría para desmentir el engolado romanticismo de la vida pobre pero estilosa del inmigrante juvenil. Sea como fuere, la visión de la capital inglesa arroja en su descripción unos contrastes y contradicciones en concordancia plena con ese citado tono ambivalente de las aventuras y desventuras de Jane, las cuales aúnan en sus conclusiones un cierre circular –la búsqueda que concluye con un destino fijado- y, a la vez, un desenlace abierto.

           La cámara de Forbes, elegante y expresiva, exterioriza de manera excelente las emociones de sus matizados y poliédricos personajes a través de detalles la realización y del escenario -aparte de contar con la impagable aportación de un elenco entonado y bien dirigido, donde sobresale el protagonismo de la arrebatadora Leslie Caron-. Sufre en cambio cierta extensión en el metraje que deriva en cierta sensación ligeramente redundante en el argumento, que está tratado sin embargo con una madurez que evita la caída en melodramatismos de folletín o en moralismos baratos.

Como sucedía en Cuando el viento silba, ópera prima del cineasta londinense, el discurso moral del filme se ciñe a unos principios humanitarios que poco o nada tiene que ver con las estrechas ligaduras de la mentalidad religiosa –la hipocresía sexual, el puritanismo de Johnny–, ni, por el otro extremo, con el relativismo posmoderno -la ausencia de compromiso en la pareja, la perpetua presunción de los deseos de abortar-.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

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