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El viaje de Chihiro

13 Jul

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Año: 2001.

Director: Hayao Miyazaki.

Reparto (V.O.): Rumi Hiiragi, Miyu Irino, Mari Natsuki, Akio Nakamura, Ryūnosuke Kamiki, Yumi Tamai, Bunta Sugawara, Takashi Naito, Yasuko Sawaguchi.

Tráiler

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         Aseguraba Hayao Miyazaki que El viaje de Chihiro es una reacción contra una ficción infantil y juvenil que percibía frívola y alienante. El viaje de Chihiro es el relato del viaje iniciático que emprende una niña de 10 años inmersa en pleno cambio traumático -la adolescencia, la mudanza- que ha de valerse por sí misma para entrar en la edad adulta. Al igual que la Alicia que se adentra en el país de las maravillas -o, en una influencia local, la protagonista de Un pueblo misterioso más allá de la niebla de Sachiko Kashiwaba-, la de Chihiro es una odisea al otro lado del espejo en el que la madurez le permita recuperar y ser digna de su propio nombre, reducido a un simple número por un encantamiento. La conquista de la propia identidad.

Su adentramiento en un mundo olvidado de dioses y espíritus, ubicado en un lugar recóndito al que ni siquiera un flamante 4×4 puede llegar, sigue la llamada de los elementos, que ella aún es capaz de sentir desde su percepción todavía no contaminada por la ceguera de sus mayores. Es un microcosmos en el que Miyazaki despliega una extraordinaria imaginación, basada asimismo en un folclore que, por su parte, también amenaza con perderse en la nada, en el olvido, quizás como el reino de Fantasía de La historia interminable, al que solo puede salvar la capacidad fabuladora de un niño. Al fin y al cabo, no todos somos ya capaces de ver a un vecino como Totoro.

         Esta profusión de referencias a la tradición cultural japonesa no es en absoluto un inconveniente para la comprensión y el disfrute de la historia, dado que también tiene mucho del viaje quintaesencial del héroe -…que aquí destaca por su antiheroismo, por sus habilidades y su aspecto del todo corrientes-. Son asuntos eternos y universales, intrínsecos al ser humano, escenificados desde esa identificable personalidad del cineasta a través de un intrigante y sorprendente mundo que se rige por una magia sobrehumana, sí, pero también por elementos reconociblemente terrenales, cotidianos; todo ello integrado con perfecta coherencia, estimulándose recíprocamente.

En este recorrido, pues, aparecen valores vinculados a una visión crítica de la sociedad contemporánea, como la contaminación medioambiental -el deformado dios del río-, el consumismo desenfrenado -la voracidad de los padres y del Sin Cara- o el materialismo obsesivo -la codicia del oro, su putrefacción cuando uno es consciente de que ha perdido algo verdaderamente precioso-. Son parte de los desafíos a los que debe hacer frente Chihiro, quien desde su humanidad es, como muchos de los héroes de Miyazaki, la humilde encargada de redimir simbólicamente a sus semejantes.

         El viaje de Chihiro es una experiencia delicada y compleja, impactante e inspiradora, fascinante y emotiva. Su aventura no está infantilizada con condescendencia ni juega con el cinismo de conceder constantes guiños cómplices al público adulto, de la misma manera que su conciencia y su espiritualidad se conjugan con el rechazo de la moralina barata. Asume la mirada de la protagonista con rotunda honestidad y madurez. Chihiro se enfrenta a dificultades que no regatean los aspectos más ásperos o terribles de la vida -desde la necesidad del esfuerzo hasta la violencia y la muerte-, como tampoco lo hace con los más gratificantes -la amistad, la dignidad, la empatía, la bondad, la autorrealización-. Y su viaje es el nuestro.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 10.

Nausicaä del Valle del Viento

3 Jun

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Año: 1984.

Director: Hayao Miyazaki.

Reparto (V.O.): Sumi Shimamoto, Yōji Matsuda, Goro Naya, Yoshiko Sakakibara, Ichirō Nagai, Hisako Kyōda, Iemasa Kayumi.

Tráiler

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         Nausicaä del Valle del Viento es una semilla de vida, y no solamente por su compromiso con la naturaleza y el respeto a todas las criaturas que la componen. Nausicaä del Valle del Viento es el germen del que nacería el Studio Ghibli, la casa de uno de los universos más fascinantes, emotivos e inspiradores de todo el séptimo arte, oficialmente inaugurado dos años después con El castillo en el cielo.

         En Nausicaä del Valle del Viento, Hayao Miyazaki insufla movimiento a una creación que llevaba un par de años alumbrando en forma de viñetas y hacia la que sentía una poderosa identificación personal. De hecho, su argumento consolida las líneas maestras de su cosmovisión, liderada por héroes -y en especial heroinas, como aquí- que vuelcan toda la fuerza de su idealismo y su innata conexión con todas las manifestaciones de la vida para redimir un mundo, una humanidad, que, abandonado a sus instintos más bajos, ha perdido el norte siguiendo ambiciones engañosas, espurias, predatorias.

         Ambientada en un futuro lejano, en el que el apocalipsis de la civilización industrial ha reducido la Tierra a polvo y veneno, Nausicaä del Valle del Viento establece un conflicto dual entre unos grupos con concepciones filosóficas opuestas: la coexistencia pacífica y respetuosa con el medio -una comunidad que arraiga en prácticas ancestrales y creencias animistas- o su sometimiento a su voluntad con puño de hierro -una reindustrialización y militarismo que corren de nuevo hacia el abismo-.

A pesar de su alineación con los primeros, encabezados por la princesa Nausicaä, Miyazaki tampoco establece un maniqueismo estricto, dotando de motivaciones y relieve a sus antagonistas, lo que permite que el mensaje y las capacidades conmovedoras de la historia se redondeen -un aspecto que terminará de perfeccionar en La princesa Mononoke, que comparte espíritu con esta-. La complejidad, con todo, se encontrará más desarrollada en el manga -donde el espacio, obviamente, también es mayor, ya que constará de siete volúmenes que se cerrarán en 1994, cuestión por la que también se ha planteado alguna vez la posibilidad de que se produjeran continuaciones en el cine-.

Esta personalidad se imprime igualmente en otros actores capitales en el relato: los insectos, últimos baluartes de los seres vivientes. Estos animales alcanzan un simbolismo de trazas espirituales, de igual manera que el viento se manifiesta prácticamente como un elemento divino, benéfico. Este, además, le sirve al autor japonés para dejar volar su fascinación por la ingeniería aeronáutica, que transita desde las formas orgánicas y suaves de las naves de los habitantes del Valle del Viento hasta los mamotretos blindados que pilotan los belicosos hombres de Tormekia, dotados incluso con detalles que guiñan a los modelos de la Luftwaffe de la Alemania nazi y están comandados por una mujer que es prácticamente un ciborg.

         La plasticidad del dibujo, la naturalidad y fluidez que muestra desde sus trazos limpios y sencillos, bien podría considerarse una expresión de esta esencia nuclear de Nausicaä del Valle del Viento, cuyo aire de cuento está empapado de sabor aventurero, de sentimientos intensos, de sentido de la humanidad.

         Sin conocimiento Miyazaki, Nausicaä del Valle del Viento sería tristemente mutilada, deformada e infantilizada para su distribución en Occidente, bajo el título de Guerreros del viento. Disney, que posteriormente había adquirido sus derechos, relanzaría en 2005 su versión original.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

Lost in Translation

8 Abr

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Año: 2003.

Directora: Sofia Coppola.

Reparto: Bill Murray, Scarlett Johansson, Giovanni Ribisi, Anna Faris, Catherine Lambert, Fumihiro Hayashi, Nancy Steiner.

Tráiler

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         Uno de los fenómenos más fascinantes del amor romántico, o al menos de sus manifestaciones más fulgurantes y eufóricas, es la conexión prácticamente instantánea que puede crearse entre dos personas. No es exactamente el flechazo, el amor a primera vista, sino el inesperado descubrimiento de una compenetración completa, detectada con una maravillosa naturalidad, que siembra esperanzas crecientes acerca de una posible realización física y espiritual compartida. Un fogonazo capaz de alumbrar cualquier oscuridad o, cuanto menos, de resaltar los colores de una vida que, en muchas ocasiones, amenaza con sumirse en un pozo de gris desidia.

Lost in Translation captura con sensibilidad y emoción ese resplandor momentáneo que, como las estrellas fugaces, deslumbra con una fuerza arrebatadora pese a estar inevitablemente condenado a apagarse con idéntica brevedad, puesto que lo extraordinario no tiene cabida en una existencia prácticamente programada, que se desarrolla encadenada a pautas y rutinas previsibles. Para ello, Sofia Coppola, que evoca en buena medida fantasmas pasados, diseña una película de podría ser de náufragos en el espacio. Los ojos de Bob y Charlotte, un actor en decadencia y una joven que no sabe a dónde encaminar un porvenir en los cimientos, empantanados pues en tierra de nadie y embarcados en una relación que sigue una trayectoria paralela de molicie y decepción, recorren un Tokio que se manifiesta como un planeta de otra galaxia. Hay esplendor en su exótica luminosidad, pero esta solo ilumina y subraya la soledad de los visitantes.

         A partir de ahí, Coppola cuenta un encuentro entre iguales, entre dos criaturas que muestran mil y una necesidades imposibles de colmar en el camino al que les conducen sus elecciones pretéritas. Curiosamente, aunque está firmada al completo por una mujer -de hecho, Coppola sería nominada en las categorías de producción, dirección y guion original, conquistando esta última-, Lost in Translation también tiene mucho de ese viejo tema del hombre maduro que recupera las energías de la juventud de los brazos de una joven inmaculada. Un buen culo bien puede dar un giro a una vida, como parece sugerir ese plano inicial inspirado en la fotografía de John Kacere.

Pero el relato pone en situación de igualdad a ambos personajes, estrechados en un romance que apunta a lo platónico, hasta con cierta ingenuidad en ese tratamiento dulce de la relación. Él, de verbo ingenioso, expresa la tristeza mediante mordaz ironía; ella, de sonrisa vivificante, desborda en una dulzura que no halla receptor. Perfectos Bill Murray y Scarlett Johansson. El de Bob y Charlotte, a pesar de la electricidad que carga la atmósfera, no es un asunto carnal -vulgar e insatisfactorio, ya que no forma parte de estas necesidades planteadas, según puntualiza el devenir de los acontecimientos-. Pudoroso, es un asunto de miradas que se cruzan, de medias sonrisas que brotan, de confesiones en el insomnio.

         Entre fotogramas estilizados, dueños de un lirismo que coquetea con lo onírico por momentos, y con algunas escenas incluso cercanas al video musical -menos hechizantes-, Coppola induce sensaciones encontradas, en las que la turbadora revelación amorosa queda enclaustrada por la colisión con una melancolía que se palpa en la boca, en el alma. El descubrimiento está herido fatalmente por una despedida apenas aplazada. Pero, al fin y al cabo, ¿no están sentenciados a muerte todos los romances, hasta los más soberbios, por el simple desgaste o cualquier otra razón? ¿No han escuchado Perfect Day, que es la canción más triste de la historia hablando de una felicidad plena? Mejor sellar el secreto y guardarlo para siempre bajo la llave de un beso sincero y una promesa indescifrable.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

La princesa Mononoke

6 Abr

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Año: 1997.

Director: Hayao Miyazaki.

Reparto (V.O.): Yōji Matsuda, Yuriko Ishida, Yūko Tanaka, Kaoru Kobayashi, Akihiro Miwa, Hisaya Morishige, Sumi Shimamoto, Tsunehiko Kamijō, Masahiko Nishimura.

Tráiler

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         Hay un monstruo que amenaza el mundo. Arrasa con toda vida a su paso, y el odio es el arma que le confiere un poder insaciable. Hayao Miyazaki habla de un universo maldito donde campa la muerte y la depredación -y aun así en el que anhelamos vivir-; de un diablo que todos portamos en el interior. El viaje del héroe se dirige a confrontar ese demonio interno, a tratar de redimir ese mundo donde no hay espacio para el entendimiento, para el respeto. La princesa Mononoke es una fábula que aparentemente surge de trazos sencillos, tan limpios como el dibujo del estudio Ghibli, pero que se adentra con profundidad, sinceridad y emoción en una aventura hacia la conciencia, hacia la comprensión, hacia la humanidad, hacia la armonía con la naturaleza.

         La princesa Mononoke no esquiva la violencia del conflicto que se plantea. Esta puede ser extremadamente gráfica e impactante, con miembros cercenados, decapitaciones y batallas que no hacen prisioneros. Pero es también una obra que explora las múltiples contradicciones de un ser humano que posee numerosos rostros: la chica que, como el Mowgli de Rudyard Kipling, podría establecer el último eslabón entre ambos mundos; el príncipe que se abre paso tratando de limpiar y expandir su mirada; la lideresa que dirige una civilización fabril que es polución y voracidad pero que, al mismo tiempo, procura protección, dignidad y progreso a los marginados; los cínicos que satisfacen sus anhelos materiales sin importarles la moralidad de sus actos, la sociedad guerrera que simplemente se enseñorea de todo lo que le place…

         Son numerosas las piezas desplegadas en este tablero donde la magia y lo mitológico ocupan aún -aunque ya con un irreparable sentimiento de agonía- un espacio esencial, como símbolos ciertos que revelan el significado de las cosas a unas criaturas cada vez más ciegas y más sordas, como presas de una maldición que se mide en egoísmo, gula y, consecuentemente, destrucción. Son personajes fuertes, carismáticos, que nos arrastran con ellos para vivir una historia en la que Miyazaki engarza su mensaje ecologista con un apasionante sentido de la aventura. La princesa Mononoke es un viaje fascinante, sensible y conmovedor.

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Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 9.

El infierno del odio

1 Nov

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Año: 1963.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Toshirô Mifune, Tatsuya Nakadai, Tsutomu Yamazaki, Yutaka Sada, Kyôko Kagawa, Tatsuya Mihashi, Isao Kimura, Kenjirô Ishiyama, Takeshi Katô, Jun Tazaki, Nobuo Nakamura, Yûnosuke Itô, Toshio Egi, Masahio Shimazu, Takashi Shimura.

Tráiler

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           Desde la atalaya donde mora el acaudalado hasta los bajos fondos donde los heroinómanos se pudren en vida, El infierno del odio recorre la ciudad al completo. Sus estratos evidentes, sus vergüenzas ocultas.

           Tomando como punto de partida un texto original de Evan Hunter, Akira Kurosawa realiza una tortuosa radiografía social que se vertebra mediante dos partes diferenciadas: un intenso drama psicológico y un tenso policíaco.

La primera pivota sobre el infortunado dilema de un alto ejecutivo situado en la encrucijada entre su carrera empresarial y el rescate del hijo de su chófer, secuestrado por error. La premisa inicial, acaso un tanto forzada, se plantea desde un clima de competitividad homicida, a partir de un tono de conspiración en el que bien se pueden trazar equivalencias con las célebres adaptaciones shakesperianas del autor japonés. Es una pieza casi teatral, escenificada exclusivamente en las aparentemente inexpugnables y soberbias alturas desde donde el poderoso contempla la urbe indiferente, atareada en sus ritmos y quehaceres diarios. Un castillo, pues, que termina tornándose opresivo y asfixiante bajo el asedio de un captor sin rostro, que todo lo observa sin que nadie lo detecte. El manejo de la atmósfera es esencial, al igual que la intensidad de la interpretación de Toshirô Mifune, que consigue exudar la angustia de una trama a contrarreloj que lo apremia y oprime.

La resolución de este relato moral, que para lo posterior dejará al protagonista empequeñecido en el plano, es la que desencadena después el cambio de tercio y de punto de vista hacia una película detectivesca que destaca por la rigurosidad en su reflejo de la ardua y laboriosa investigación de la Policía. Esta solidez en la plasmación del imprescindible y antiépico trabajo de campo de los agentes otorga una poderosa veracidad a la intriga, sin que esta deje de ser absorbente y fascinante, impulsada además por un ejemplar tempo narrativo.

           El infierno del odio prosigue así, lanzado a las calles de la ciudad, con su virulento retrato de caracteres. Con pesimismo, los desplazados se igualan en mezquindad con los privilegiados. Paso a paso, la historia conduce hacia rincones desesperados, capturados con una fotografía de trágico contraste. Una tenebrosidad cercana al expresionismo dentro de la cual se coquetea incluso con detalles fantásticos u oníricos -la danza macabra del síndrome de abstinencia, el impactante empleo de las gafas de sol-. Hasta entonces, en unos fotogramas en severo blanco y negro, el único e insólito trazo de color había servido como alerta para delatar una culpabilidad. En su última escena, El infierno del odio aparece ya transformada en una auténtica obra de terror.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,4.

Nota del blog: 9.

Perfect Blue

30 Oct

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Año: 1997.

Director: Satoshi Kon.

Reparto (V.O.): Junko Iwao, Rica Matsumoto, Shinpachi Tsuji, Masaaki Ôkura, Yôsuke Akimoto, Yoku Shioya, Hideyuki Hori, Emi Shinohara, Masashi Ebara, Kiyoyuki Yanada, Tôru Furusawa, Shiho Niiyama.

Tráiler

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         Los sueños del éxito crean monstruos. Roger Waters volcaba en The Wall sus traumas como estrella de la música, oprimido por la exigencia del público -entre otros-; el escritor Stephen King somatizaba su sensación de estar cautivo de sus propios fans en Misery. Tanto el disco como la novela serían luego trasladados al cine, consagrando su relevancia argumental y estética.

La protagonista de Perfect Blue sufre una triple esclavitud: la obsesión posesiva de sus admiradores como ídolo del J-Pop, la explotación a la que le somete su agencia de representación y la de ser objeto de deseo sexual -Satoshi Kon siempre muestra de fondo a una audiencia o a una masa exclusivamente masculina-. A ello habría que añadir una cuarta, que es la de una autoexigencia que se convierte, literalmente, en patológica.

         Esta última, que juega con el desdoblamiento de la protagonista en un döppelganger, y de la que se apropiaría en parte la posterior Cisne negro -no por nada, Darren Aronofsky ya había homenajeado escenas suyas en Réquiem por un sueño-, es la que fundamenta y a la vez desequilibra el thriller psicológico que plantea la obra. Es cierto que el cineasta japonés consigue extraer momentos angustiosos de esa sensación de estar encerrada en una espiral de locura que sufre la protagonista, pero esto se consigue en buena medida a través de trampas en el uso del punto de vista de la narración.

Demasiado ambicioso en su acumulación de capas, la construcción sucumbe bajo su propio peso, anulando en parte los interesantes planteamientos que se habían logrado establecer. Kon, proclive a explorar las tenues fronteras que separan lo real de lo surreal, riza el rizo de forma espectacular, sin duda efectista y quizás sorprendente en sus giros para algunos; pero se excede en el artificio.

         Concebida inicialmente como una película de acción real, tendría un remake en 2002 en este formato.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 5.

Ghost in the Shell 2: Innocence

21 Ene

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Año: 2004.

Director: Mamoru Oshii.

Reparto (V.O.): Akio Ôtsuka, Kôichi Yamadera, Yutaka Nakano, Tamio Ohki, Naoto Takenaka, Atsuko Tanaka.

Tráiler

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         Casi una década tardaría Mamoru Oshii en volver a adentrarse en el universo de Ghost in the Shell, creado por el mangaka Masamune Shirow. Y aunque toma el argumento de uno de sus volúmenes, también apuesta por hibridar su propia sensibilidad filosófica con la vasta base que plantea el autor del original. Su estreno, con un futuro tecnológico que no paraba de aproximarse, podría ofrecer nuevos matices a este microcosmos visionario, que sin embargo redunda en unos conceptos muy semejantes, casi calcados a la de su precursora -de hecho se menciona la similitud entre la situación de Batou y la de la mayor Kusanagi-.

         Elaborada con animación digital, que a pesar de la mayor frialdad de sus formas extrae personalidad a partir de sus excesos, Ghost in the Shell 2: Innocence profundiza en la exploración en la frontera de lo humano que ya acometía la entrega inaugural. La secuela, cuyos hechos arrancan cierto tiempo después de los acontecimientos de Ghost in the Shell, comienza como un relato detectivesco en el que el enemigo a priori muestra, en principio, una dimensión más material que el anterior Marionetista, pues surge de una cadena de asesinatos vinculado al malfuncionamiento de un modelo de robot femenino ideado para el placer y que, además de homicida, desarrolla una conducta suicida.

De este modo, la trama se construye desde unos códigos que se asientan con mayor firmeza en el policiaco, al mismo tiempo que la atmósfera, por su nocturnidad y su paleta de colores, se aproxima aún más a Blade Runner, una obra que ya era clara referencia de la anterior. La turbiedad y el pesimismo existencial del tono completa el conjunto para componer una introducción densa, absorbente e intrigante, que deja tras de sí cuestiones de interés como el robot despechado. El desencanto cyborg.

         No terminará de concretarse esta original idea en un relato que, en su segunda mitad, se avalanza hacia un giro surrealista de estética recargadísima y ‘horror vacui’ de símbolos y citas filosóficas.

El cambio no termina de funcionar, por brusca y desopilantemente ambicioso en contraste con un argumento inicial que desde su modestia de género ya se bastaba para armarse de contenido reflexivo. Y en adelante el problema se irá agravando, con un ritmo narrativo renqueante, debido a que el guion se enzarzará sin reparo en peroratas y disputas de desmedida intensidad verbal.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6.

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