Tag Archives: Siglo XVIII

Humanidad y globos de papel

11 Dic

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Año: 1937.

Director: Sadao Yamanaka.

Reparto: Chôjûrô Kawarasaki, Kan’emon Nakamura, Shizue Yamagishi, Kosaburô Tachibana, Takako Misaki, Kikunojo Segawa, Sukezô Sukedakaya, Emitaro Ichikawa, Daisuke Katô, Tsuruzô Nakamura.

Tráiler

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          El pesimismo mató a Sadao Yamanaka a los 28 años. En apenas un lustro de carrera, había firmado una veintena de filmes, convirtiéndose en uno de los grandes representantes del género histórico del país, el jidaigeki, y haciendo gala de un humanismo que permitía ponerlo a la altura de otros compañeros de generación como su amigo Yasujiro Ozu, Kenji Mizoguchi o Mikio Naruse. Humanidad y globos de papel es la última pieza de su obra, de la que tan solo se conservan tres largometrajes. Y su derrotada sentencia acerca de la imposibilidad de revertir el injusto orden de las cosas trasladaría la tragedia también al otro lado de los fotogramas. Los censores, ofendidos en su vanidad nacionalista, le retiraron la exención del permiso militar y Yamanaka fue reclutado prácticamente a la par del estreno de la película, en 1937. Un año después, fallecería de disentería en Manchuria, donde estaba destinado para combatir en la Segunda Guerra Sinojaponesa, una de esas antesalas donde comenzaba a librarse la Segunda Guerra Mundial.

          Ambientada en el Japón feudal, Humanidad y globos de papel parece emparentarse con Los bajos fondos, de Maksim Gorki -que, precisamente, sería trasladada a ese periodo Edo por Akira Kurosawa en la cinta homónima, dos décadas posterior-. Abre sus fotogramas en el arroyo, a los pies de un vecindario miserable donde se junta todo tipo de gente, desde obreros manuales hasta samuráis sin amo. Todos ellos pugnan por sobrevivir en su día a día y, si pueden, correrse una juerga con sake y apuestas. Desde ese punto de partida, Yamanaka utiliza cierto aire y estética costumbrista con unas afiladas intenciones que se manifiestan en la indiferencia, e incluso en el humor negro, con el que los habitantes de este rincón depauperado abordan el suicidio de uno de los inquilinos del lugar, un viejo espadachín que ni espada tenía para cometer el seppuku como manda la tradición.

Pero la crueldad en la que el cineasta enmarca a los personajes encuentra su sentido dentro de una sociedad inmoral gobernada por unos poderosos que no reconocen ni la dignidad ni los méritos de los ciudadanos por debajo de ellos. Es un entorno opresivo e insalubre. El viejo samurái, se informará, es el tercer arrendatario que opta por quitarse la vida. La fatalidad que se barrunta en el relato apunta a tener que presenciar un cuarto suicidio.

En este contexto, Yamanaka se decanta por los puntos de vista de dos personajes que, a pesar de vivir puerta con puerta, muestran un origen y una personalidad antitética -o viceversa-. Son un pícaro peluquero aficionado al juego que, en un golpe de orgullo, lanza su último y arriesgado envite; y un decoroso ronin que persigue quedamente desesperado al antiguo amo de su padre para que le dé empleo. En torno a ellos, Yamanaka también dibuja las circunstancias de otros personajes secundarios, como la esposa del guerrero, que sabe y calla, o la hija del acaudalado propietario de la casa de empeños, a quien se trata de enlazar en un matrimonio concertado y a quien, en una imagen simbólica, se compara con una muñeca.

          De este conjunto de dramas parte la mirada entristecida de Yamakana, quien, con todo, expresa con delicado lirismo su dolor ante estas escenas de persecución, humillación, resignación e imposible rebeldía. Un fresco desesperanzado que, a la postre, le llevaría a compartir un destino funesto que, irónicamente, es análogo al de los personajes, cuya muerte es, en cierta manera, un amargo y postrero grito de reivindicación.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

La favorita

28 Ene

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Año: 2018.

Director: Yorgos Lanthimos.

Reparto: Emma Stone, Rachel Weisz, Olivia Colman, Nicholas Hoult, Joe Alwyn, James Smith, Mark Gatiss.

Tráiler

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          Mientras la reina Ana de Gran Bretaña se atiborra a pasteles, un sirviente sostiene una lujosa copa de plata para que deposite sus regios vómitos. Su dama de compañía también hará lo propio en otra escena, esta vez empleando un jarrón de porcelana fina.

La favorita es un filme de época de fastuosa ambientación cortesana. No faltan los tapices, los pelucones ni las abigarradas estancias propias del palacio europeo de comienzos del siglo XVIII. Pero están ahí para constituir el decorado de un espectáculo de vulgaridad, de una carnavalada que examina desde la sátira cruel los resortes del poder y las tentaciones del arribismo. La opulencia material, la indigencia moral. Los lores británicos hacen la guerra contra el Francés de la misma manera que organizan carreras de patos; los habitantes de este microuniverso sórdido entre oropeles, alejado de toda realidad, lidian con los sentimientos como otro elemento propio de la política y de sus conspiraciones; la cabeza del Estado maneja el país como si se tratara de una finca particular.

          Los personajes de La favorita penan en el aislamiento dentro una trama psicológicamente opresiva; en una desesperación que lleva a la maldad; en la egoísta inmisericordia hacia el prójimo que se interpone en sus apetencias. Criaturas infantiles, lamentables, feroces, dignas de piedad. Yorgos Lanthimos, un autor a quien le fascina sumergirse y rebozarse en las entrañas podridas del ser humano, traslada este retrato grotesco a la imagen, donde se encuentran fotogramas deformados por grandes angulares y exagerados giros y movimientos de cámara. La combinación, que encuentra su naturaleza en el exceso, coquetea incluso con el surrealismo.

          En La favorita hay momentos de pavorosa hilaridad y espacios en los que brillan las contradicciones, en especial en esa reina encarnada con acierto por Olivia Colman y que inspira tanta lástima como repulsión, trágica por su vacío y por su condición que la aplasta; terrible por el poder que al fin y al cabo detenta, como demuestra el rotundo plano final. A pesar de ello, la marcadísima caricatura, la aparatosidad estilística y la estructura narrativa capitular provocan sin embargo que la película quede en conjunto demasiado sobrecargada.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

Rebelión a bordo

8 Jun

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Año: 1962.

Directores: Lewis Milestone, Carol Reed.

Reparto: Marlon Brando, Trevor Howard, Richard Harris, Tarita, Hugh Griffith, Richard Haydn, Percy Herbert, Duncan Lamont, Gordon Jackson, Chips Rafferty, Noel Purcell, Eddie Byrne, Frank Silvera.

Tráiler

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         Contratar a una superestrella no es una apuesta segura, bien es sabido. Y más cuando su carisma proviene del Método, con sus procedimientos obsesivos y sus tics aparentemente naturalistas pero siempre plegados a reforzar el lucimiento del actor.

Marlon Brando, consciente de su poder en el set de rodaje, no era una persona a la que se podía dirigir. Su comportamiento en Rebelión a bordo es uno de los ejemplos de ello, ya que, con sus caprichos, convertiría la producción en un infierno para los directores -primero Carol Reed, al que se enfrentó hasta su despido; luego al veterano Lewis Milestone, a quien ninguneaba y se imponía-; para el reparto -desde profesionales como Trevor Howard, ante quien se tapaba los oídos para no escuchar sus réplicas, hasta a admiradores suyos como Richard Harris-, y para el equipo en general -que debía someterse a sus designios, que iban desde cortar la escena cuando a él le apetecía hasta fletar aviones a Tahití para abastecer de lujos y alcohol sus parrandas polinesias-. Milestone, que jamás volvería a ponerse al frente de otro largometraje, calculó que el mito viviente generaría un coste de unos seis millones de dólares a la producción.

Y todo ello para que, finalmente, el público y la crítica hicieran mofa de su fingido acento británico, hasta el punto de acusarle poco menos que de sabotear la película. No obstante, Rebelión a bordo obtendría siete nominaciones a los Óscar en una edición que, en cualquier caso, quedaría dominada por Lawrence de Arabia.

         Rebelión a bordo es una superproducción que llevaba a la pantalla por cuarta vez el motín de la tripulación de la Bounty contra el tiránico mandato del capitán William Bligh, ocurrido en 1789 -todavía quedaría una quinta versión, Motín a bordo, dirigida por Roger Donaldson y con Anthony Hopkins y Mel Gibson liderando el elenco-. El boato de la recreación histórica no es óbice para el cuidado de las relaciones íntimas de los personajes y el retrato de la vida en cubierta, que se torna opresiva hasta estallar definitivamente en unas asfixiantes semanas de tormenta en el Cabo de Hornos, contraste abrupto frente a la calidez y la sensualidad que se respirará luego durante la aparente tregua de Tahití.

Aunque esta ambición quizás derive en un metraje excesivamente dilatado y descompensado -probablemente por los citados avatares de la producción-, de este modo se consigue una evocadora ambientación al mismo tiempo que se perfila adecuadamente la distancia entre Bligh (Howard) y la marinería. La cuña que los separa agresivamente proviene un mando cruel que, dentro de una misión antiépica -transportar unos esquejes de árbol del pan a Jamaica para nutrir a una mano de obra esclava que luego se negaría en redondo a comer tal cosa y de hecho también se amotinarían por ello-, parece atender a unas obcecadas razones maquiavélicas, pero razones al fin y al cabo, y cuya presencia perdura incluso cuando desaparece del plano.

En paralelo, divo y etéreo a uno y otro lado de la cámara, los aires que Brando le confiere a este segundo oficial Fletcher Christian componen un retrato ambiguo y equívoco que resulta bastante sugerente en su contraposición con el rocoso e inflexible Bligh. Aunque, en cambio, no termina de funcionar en el desenlace de la obra.

         Al menos, Brando conoció y se casó con su tercera esposa, Tarita, con quien mantendría un también tormentoso matrimonio hasta 1972.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Zama

8 Feb

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Año: 2017.

Directora: Lucrecia Martel.

Reparto: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Mariana NunesDaniel Veronese, Juan Minujín, Nahuel Cano, Carlos DefeoRafael Spregelburd.

Tráiler

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         Hay quien, como el cómic y serie Preacher, imagina el infierno como la revivencia continua e inagotable del instante más doloroso, humillante o desolador de la existencia. El tormento repetido hasta la monotonía de El prisionero, el eterno día de la marmota de Atrapado en el tiempo. Advierten los expertos de que la tendencia en el campo de la tortura ha descartado el martirio físico por un método mucho más sutil y tremendamente más efectivo: la privación sensorial absoluta, capaz de desmoronar o desfigurar hasta la mente más dura.

El corregidor Diego de Zama, funcionario letrado del rey de España, acumula los días en una remota costa del imperio, abandonada de cualquier necesidad, material o metafísica, que requiera la existencia humana. Las jornadas se suceden una tras otra; lánguidas, sofocantes, solo rellenas de moscas, crueldad y molicie. En este caso, la privación a la que se encuentra sometido Zama es existencial o espiritual, y se manifiesta en una constante frustración. Ambiciones enterradas a diez metros bajo el polvo, placeres inconsumados que se pavonean ante sus ojos.

La cineasta Lucrecia Martel, que adapta desde el guion la novela de Antonio Di Benedetto, lo ubica frente al mar, contemplando el horizonte con abatimiento de náufrago. Pero, en realidad, la historia de Zama es la de Sísifo trepando ladera arriba con una piedra en este caso ínfima, pero excepcionalmente pesada, hecha de vagas esperanzas. La vida, en ocasiones, es ardua espera de la nada.

         La directora argentina envuelve la mente agotada de Zama entre paños oníricos, en una de esas pesadillas densas y pegajosas que no contienen monstruo alguno, pero que perturban hasta el fondo del alma a quien la sufre, cuya consciencia torturada se mantiene entre el sueño difuso y la lucidez febril. Los sonidos amalgamados en un fondo compacto, la banda sonora que rehuye la armonía, los animales que se mueven por el escenario como personajes de fábula, los espectros que sobrevuelan el escenario, las frases hechas y desgastadas, los sinsentidos de una sociedad urbana tratando de arañar la selva descomunal.

         Una de las frustraciones de Zama se relaciona con la propia identidad, con el desarraigo entre una América a la que rechaza y una España que lo repudia. El fracaso de Zama y su identidad es el fracaso del colonialismo español en Latinoamérica, que Martel parece conectar a través de los siglos mediante de los terratenientes salteños de La ciénaga, sumergidos como zombis en otro vacío, en otro absurdo, que deriva en otro estupor, esta vez etílico.

Pero la desorientación de Zama quizás no sea una cuestión ibérica, pues también enlaza con otra exploración colonial surrealista de estreno reciente y cuño argentino, Jauja, protagonizada por expedicionarios daneses en el corazón de la Patagonia. Zama se reservará igualmente un capítulo final de aventura abstracta. Un adentramiento en un universo de fantasmas que, a pesar de mutar el tono de la narración y dotarlo de aparente acción, no es sino la prolongación por otros medios de un mismo absurdo existencial.

         De poderosa atmósfera alucinada, esta variación aporta frescura a una obra que juega sus bazas abogando por una postura hostil y desafiante, pues esecialmente contiene como único aliciente sumergirse en el marasmo y el hastío de Zama y compartir con él su condena interminable. La decisión de que el espectador ha de sentir en sus carnes el anquilosamiento que domina a los personajes por medio de padecer su propia cuota de aburrimiento -o semejante- acostumbra a ser reivindicada desde autores que buscan trasgredir los límites convencionales de la expresión cinematográfica; pero no encuentro que sea una opción acertada, puesto que el lenguaje del cine, empleado con talento y sensibilidad, es suficientemente versátil y elocuente como para transmitirlo perfectamente al público sin necesidad de abrumarlo en la desidia. Porque, con frecuencia, la consecuencia es la limitación del interés de la película.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

Corazones indomables

24 Feb

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Año: 1939.

Director: John Ford.

Reparto: Henry Fonda, Claudette Colbert, Edna May Oliver, Ward BondEddie Collins, Arthur Shields, Roger Imhof, Jefe John Big Tree, John Carradine.

Tráiler

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            Es interesante como John Ford rueda en Corazones indomables la batalla de Oriskany, uno de los enfrentamientos decisivos de la campaña de Saratoga que, a su vez, comenzaría a inclinar la balanza de la Guerra de la independencia de los Estados Unidos en favor de los colonos americanos. Acuciado por el ambicioso mandamás Darryl F. Zanuck y por el retraso acumulado ya durante la filmación, el cineasta concentraría su cámara en Henry Fonda -por aquellos años representación de su particular arquetipo heroico- y en la narración que el actor hace de los hechos bélicos, que se intercalan con los preparativos para la amputación de una pierna al general Nicholas Herkimer mientras afuera arrecia la tormenta -ecos de cuando el cielo atronaba durante la desalentadora llegada del granjero y su esposa al valle Mohawk-. La batalla, en definitiva, nunca aparece en pantalla. No hay espectáculo. Solo un relato trágico, desgarrador, de sucesos terribles y vergonzosos para el ser humano; todo dolor, muerte y miseria.

Esa es la mirada que Ford arroja sobre una victoria nacional, que de esta manera se convierte en la escena más poderosa del filme.

            Corazones indomables sobresale sobre aparentes tópicos genéricos acerca de la villanía del indio -la confederación iroquesa era aliada de los lealistas y del Imperio británico, si bien existían disensiones entre las tribus en cuanto a la forja de alianzas- o del canto épico del nacimiento del país, bajo cuya bandera de barras y estrellas prosperan en libertad las distintas gentes que conforman su pueblo -el izado conjunto del desenlace-. Humanista esquinado, la reconstrucción que Ford hace de este pasaje histórico se funde en la epopeya de la conquista del territorio -la perseverancia y el coraje de los colonos, bendecidos por el amor y por Dios para vencer a las vicisitudes que plantee el destino-; sólida en la plasmación de su espíritu aventurero y la excitación por el peligro constante, elementos que contribuyen a afianzar el sentido de la comunidad que se canaliza asimismo a través de la solidaridad colectiva, de los bailes, las borracheras, las comilonas y las bromas.

Pero, al mismo tiempo, arroja un buen puñado de sombras sobre su vertiente marcial -la definición del conflicto como un asunto de impuestos, el absurdo de la masacre, la contraposición del destructivo belicismo masculino frente a la actividad creadora del batallón de mujeres organizado para asistir un parto, la desconcertante y tragicómica necedad del incendio de la casa colonial-. Eran tiempos, recordemos, en los que se palpaba la tensión de la guerra -la película se estrena apenas dos meses después de la invasión alemana de Polonia, fecha de inicio de la Segunda Guerra Mundial-.

            En lugar de desplegar en la batalla las posibilidades de la generosa producción, Ford prefiere hacer uso de ellas, en especial de la lujosa fotografía en color -que aparece por primera vez en su obra-, para potenciar la belleza estética de secuencias como la carrera al alba. Además, reúne en el reparto a varios de sus habituales, como Ward Bond o John Carradine, para modelar la historia a su gusto, dotándola de su característico catálogo de personajes secundarios carismáticos; un matiz dionisíaco respecto de sus apolíneos protagonistas -Henry Fonda y Claudette Colbert en un género poco habitual en su carrera-. Ahí comparecen el bárbaro bonachón, el borracho bufonesco, el párroco de iluminada fiereza, el indio occidentalizado solo a medias y, destacando entre ellos, la impetuosa matriarca que encarna Edna May Oliver.

Pinceladas de color que refuerzan la vitalidad de un western también ambientado en un periodo atípico, pues la frontera aún no superaba los límites del actual estado de Nueva York, y que resulta por tanto una atractiva curiosidad.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Capricho imperial

4 Nov

Josef von Sternberg y Marlene Dietrich, el ogro y su diva, firman un cuento tétrico, onírico y sexual en la Rusia de los zares: Capricho imperial. Una obra dionisíaca y fascinante para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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Corazón de cristal

6 Feb

“El único realista de verdad es el visionario.”

Federico Fellini

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Corazón de cristal

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Corazón de cristal.

Año: 1970.

Director: Werner Herzog.

Reparto: Josef Bierchbichler, Stefan Güttler, Clemens Scheitz, Sonja Skiba.

Filme

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            Aunque se le integre en la nómina de fundadores del Nuevo Cine Alemán, Werner Herzog, como muchos de los personajes de su obra, siempre ha navegado contracorriente de todo. En contraste directo frente los cánones de este movimiento de renovación, Herzog despreciaría en buena medida el realismo -incluso en sus numerosas realizaciones documentales-, para adentrarse en un universo propio en el que el individuo parece encontrarse inmerso en una batalla marginal y obstinada contra la sociedad, la naturaleza y uno mismo, desarrollada en un escenario que roza el surrealismo y la atemporalidad, situado en la delgada frontera que separa lo onírico de lo enloquecido y enajenado.

Estas sensaciones delirantes y apocalípticas, en las que el ser humano es un mísero ente abandonado a merced de un universo cruel e incomprensible, definen y se apoderan de Corazón de cristal, película que sigue a las apabullantes Aguirre, la cólera de Dios y El enigma de Kaspar Hausen, las obras con las que Herzog había conquistado la atención del panorama cinematográfico internacional.

            No obstante, si en la primera rasgos de estilo como la aparente improvisación de la puesta en escena y la presencia sobrecogedora de la naturaleza, las interpretaciones amateurs llenas de parlamentos torpes e inconexos, y la partitura new age de Popol Vuh funcionaban a la perfección para componer una atmósfera alucinada e irreal, en Corazón de cristal -película que gravita alrededor del desconcierto y el temor colectivo que sufren los habitantes una pequeña comunidad que ve extinguirse su modo de vida-, naufragan en la confusión y el absurdo.

Quizás también contribuya a ello la inundación símbolos y alegorías que, a un servidor, se le antojan en exceso difusos e inexpugnables -¿la orfandad del hombre adocenado e incapaz de conocer la realidad y la verdad que existe más allá del horizonte, en una apropiación de la caverna platónica?, ¿la pérdida de contacto con lo trascendente?, ¿la decadencia de la sociedad occidental?-.

            De este modo, en Corazón de cristal no se produce la pretendida conexión de las imágenes con el subconsciente recóndito y primitivo. El espectador no cae atrapado en el ejercicio de hipnosis que proyecta Herzog y que, durante el rodaje, se comenta que sometió a los propios actores de la película –no alcanzo a comprender con qué objetivo-.

El filme posee algunas escenas sorprendentes y de gran sugerencia en su apelación a lo irracional. La descripción del trabajo de soplado de cristal enraíza en su atávica capacidad de fascinación con el célebre documental Glas, rodado por el holandés Bert Haanstra a ritmo de jazz. Pero, por el contrario, el inescrutable cripticismo del argumento y la primigenia dejación estética característica de Herzog, dañina para muchas escenas, provoca que uno no termine de sumergirse y participar en la ensoñación que abraza y delimita esta particularísima propuesta.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 5.

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