Tag Archives: Samurái

Sanjuro

10 Ago

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Año: 1962.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Toshirô MifuneTatsuya Nakadai, Yūzō Kayama, Mashao Shimizu, Takashi Shimura, Kamatari Fujiwara, Takako Irie, Reiko DanYūnosuke Itō.

Tráiler

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         La espada incontenible sigue desenfundada.

El éxito de Yojimbo (El mercenario) provocaría que la productora Toho conminase a Akira Kurosawa a rodar una segunda parte del ronin anónimo y justiciero que, andando los fotogramas, serviría de base para el antihéroe canónico del spaghetti western. Kurosawa, que en principio aceptaría encargarse solo de la redacción del libreto pero que terminará por ponerse también tras las cámaras, deriva sus aventuras errantes hacia territorios todavía más marcadamente lúdicos del chambara, el subgénero de espadachines de ambientación histórica nipona.

De ritmo ágil y ligero, esta idea se manifestará en detalles como la sangrienta resolución del duelo final, plasmada con un exhibicionismo impresionista ausente en la anterior. Aunque también es verdad que, si en Yojimbo la presentación definitiva del personaje consistía en una lucha mortal contra tres jugadores, en Sanjuro se realiza mostrando su ingenio y su capacidad de desvelar el engaño, de ver más allá de la simple apariencia.

         En todo caso, no cabe descartar en Sanjuro una cierta mirada desmitificadora hacia el protagonista y hacia el resto de representaciones históricas o fantasiosas que aparecen relato por medio del recurso del humor, de la torpeza de los nueve acompañantes a los que debe sacar constantemente de apuros o de los sabios consejos -o dulces regañinas- procedentes de una anciana dama, que percibe al ronin como un insaciable agente de la muerte apenas movido por motivación alguna.

De tal modo, Toshiro Mifune intensifica sus bostezos y sus rascadas. Y, sin embargo, el samurái errante continúa demostrando su capacidad para enredarse en entuertos en los que, desde su irreparable condición marginal, tan westerniana, ha de regenerar el orden moral de una sociedad a la que jamás podrá pertenecer y que incluso lo repudia abiertamente -las incesantes dudas de sus presuntos aliados, en este caso un grupo de jóvenes que trata de desenmascarar la corrupta conspiración que pretende descabalgar del poder al chambelán local-.

         En Sanjuro repite un puñado de actores de Yojimbo -Takashi Shimura, Kamatari Fujiwara, Tatsuya Nakadai…-, con roles además relativamente semejantes. Destaca la prolongación de este último como villano, quien por su oportunismo y su perspicacia está aquí destinado asimismo a ofrecer un reflejo en negativo del antihéroe, otro de los apuntes dramáticos que se esbozan en el libreto.

En este sentido, Kurosawa mantiene su precisión compositiva para expresar por medio del plano la relación del protagonista hacia el resto de personajes y hacia su entorno -la superioridad, la igualdad, la sumisión, la reverencia…-, al mismo tiempo que obtiene detalles líricos, como el uso de las camelias.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7,5.

Yojimbo (El mercenario)

9 Ago

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Año: 1961.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Toshirô Mifune, Tatsuya NakadaiKyū Sazanka, Seizaburo KawazuEijirō TōnoTakashi Shimura, Kamatari Fujiwara, Daisuke KatōIsuzu Yamada, Hiroshi Tachikawa, Yoko Tsukasa, Yoshio Tsuchiya, Namigoro Rashomon, Ikio Sawamura, Atsushi Watanabe.

Tráiler

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         El forastero surge de espaldas en un sendero polvoriento. Se detiene y se rasca el cuello, dubitativo, al llegar a la encrucijada. Lanza un palo al aire y, de este modo, decide el camino a proseguir. Su parada, una vez más, es un poblacho sumido en la violencia y la injusticia.

Un año antes del estreno de Yojimbo (El mercenario), Akira Kurosawa había constatado con Los siete magníficos que sus samuráis legendarios, honorables justicieros sin dueño que encaran el crepúsculo de su estirpe sacrificándose altruistamente por el prójimo desvalido, estaban hechos del mismo material mitológico que los pistoleros errantes del western. Los aires agónicos de Los siete samuráis, anticipo de la evolución posclásica del cine del Oeste, quedarán ahora en Yojimbo acentuados por la estética todavía más desarrapada del protagonista, por su naturaleza antiheroica evidenciada en sus procedimientos cínicos, con una reducción abstracta que incluso le niega el nombre. Desde ahí, tres años más tarde, el samurái reaparecería todavía anónimo, con la misma barba de tres días, el mismo aire desastrado y la misma pobreza sin cuento, si bien transformado en un tipo con sombrero vaquero, poncho, puritos ensartados en una mueca desdeñosa y mirada entrecerrada. Es Por un puñado de dólares, otro hito clave en la trayectoria del western.

         Lo cierto es que el argumento de Yojimbo, ubicado en el declive del periodo Edo, puede lucir influencias de una novela fundamental de la literatura noir como Cosecha roja en su presentación de un forastero que ejerce de destructiva cuña entre los dos poderes caciquiles que tiranizan una pequeña, remota y desprotegida localidad. La familia rota por los vicios del primogénito, los gestos de desconfianza hacia el recién llegado, el silencio sepulcral del lugar y el perro que porta en las fauces una mano cercenada le sirven a Kurosawa para establecer de un plumazo el contexto dramático en el que se sumerge el ronin, quien, en paralelo al espectador, cuenta además con la guía de un lugareño atropellado por la batalla, aquí un viejo tabernero. El cineasta japonés, que de por sí era un gran admirador de la obra de John Ford, tótem del género, también admitiría haber imprimido rasgos de Solo ante el peligro y Raíces profundas, grandes cumbres del Oeste.

         La atmósfera desapacible de este relato, en el que la amenaza es incesante, se plasma en la lluvia torrencial, en la polvareda huracanada. El ronin baila constantemente sobre el alambre, mientras uno de los villanos, que aparece armado precisamente con un revólver, ejerce de elemento disruptor o extravagante que azuza, con su temperamento imprevisible, el peligro alrededor del cual danza el protagonista. Los caracteres están compuestos asimismo con el molde del arquetipo, ya sea por su ferocidad, por su ignorancia, por su pusilanimidad, por su cobardía o por su entereza. En ellos se evidencia esta apropiación de un mundo que, en este caso, se encuentra en el Lejano Este, pero siempre desde un punto de vista inequívocamente japonés.

La banda sonora supone igualmente una ruptura de ascendencia foránea, con intervenciones de orquesta que rechazan la ambientación historicista. Tampoco se descartan las irrupciones de un humor de tono patético. Pero, por el contrario -o en la misma línea-, la expresión de la violencia tiene un tono desangelado -prácticamente sin cortes, en planos amplios donde se agitan los actores-, en cierto modo anticlimático a pesar de que, a través de ella, se da a conocer el protagonista, profundizando en la turbiedad de su esencia ambigua y misteriosa, apenas aclarada.

         En combinación con el resto de factores, de ahí mana una tensión dramática, reciamente sostenida por la realización de Kurosawa, que llevará al samurái sin nombre a convertirse en un personaje carismático y de gran popularidad, lo que fructificaría en una continuación facturada tan solo un año después que la presente.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

Zatoichi

28 Abr

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Año: 2003.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Takeshi Kitano, Tadanobu Asano, Yuuko Daike, Daigoro Tachibana, Michiyo Okusu, Guadalcanal Taka, Yui Natsukawa, Ittoku Kishibe, Saburô Ishikura, Akira Emoto, Ben Hiura.

Tráiler

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            Dentro de esa exótica hibridación entre el jidaigeki japonés, el western estadounidense y el spaghetti western mediterráneo, explícito en películas como Los siete samuráis, Los siete magníficos, Yojimbo (El mercenario) o Por un puñado de dólares, el masajista y espadachín ciego Zatoichi vendría a encarnar el arquetipo del justiciero errante que desface entuertos allí por donde para. Un personaje fértil -protagonizó una saga de 26 películas y un centenar de episodios de televisión hasta 1989-, al que Takeshi Kitano ya había parodiado en Getting Any? debido a su popularidad en el país asiático, y del que se iba a apropiar en esta Zatoichi, remozando el modelo con su propia personalidad incluso a pesar de que la idea de recuperarlo para el cine había procedido de terceros. Casi por encargo, por así decirlo.

            Entonces, Zatoichi aparece en pantalla con el cabello rubio platino pero con sus habilidades de esgrima intactas, con las que se enfrenta a una piara de villanos cobardes y sin honor. Es una visión irreverente, acorde al sentir de Kitano, a quien su pesaroso e irredimible fatalismo le convierte en un ironizador ácido y peligroso.

Pero también, siguiendo esta sensibilidad característica del cineasta, es una visión un tanto melancólica, marcada por las cicatrices del pasado, la conciencia de la muerte omnipresente y la preparación de un duelo entre iguales, entre marginales anacrónicos que, como los siete guerreros heroicos y trágicos de Akira Kurosawa, ya no tienen cabida en la sociedad, toda vez que esta última misión a la que se enfrentan desprende ya palpitaciones terminales.

            De esta confluencia -análoga a la encrucijada de caminos y de violencias donde convergen Zatoichi, un ronin en busca del honor perdido y dos geishas que pretenden regenerarse desde la venganza-, nace una obra poética -la sangre indisimuladamente digital que se transforma en pinceladas artísticas- y patética -las incursiones humorísticas cercanas al slapstick, sintetizadas en la imagen que cierra el metraje-. Una obra que narra de forma similar la acción sangrienta y el humor cándido -el típico juego estático de Kitano con una imagen inicial de causa y otra final de consecuencia, frecuentemente elidiendo la transición entre ambas-. Una obra musical de repeticiones rítmicas entre recuerdos pretéritos y acciones presentes, entre evocaciones y reacciones. De ahí la participación de unos labriegos que parecen marcar con sus movimientos y herramientas el ritmo de la vida, que sigue fluyendo una vez concluya la trama -el festivo, chocante y encantador número de baile-.

            Recuperando de nuevo la conexión a través de las culturas, Zatoichi también tendrá un par de versiones foráneas: la italiana El justiciero ciego (Blindman) y la americana Furia ciega, amén de otros homenajes como el que aparece en la reciente Rogue One: Una historia de Star Wars.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

La fortaleza escondida

12 Ene

la-fortaleza-escondida

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Año: 1958.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Minoru Chiaki, Kamatari Fujiwara, Toshirô Mifune, Misa Uehara, Toshiko Higuchi, Susumu Fujita.

Tráiler

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            La libertad del autor es una condición costosa, incluso para los grandes del séptimo arte. Akira Kurosawa bien era consciente de ello, pues a pesar del prestigio cosechado en Occidente, abriendo de forma pionera el cine nipón al mundo, debía compensar el riesgo artístico de sus proyectos más personales con concesiones a la taquilla que contentaran a la Toho.

El ejemplo paradigmático es Los siete samuráis -convertida a pesar de este origen trivial de una de las más grandes películas de la Historia-, pero también otros ‘jidaijeki‘ de gusto popular como La fortaleza escondida, producida para equilibrar la incierta inversión de cintas como Rashomon -hito del lenguaje cinematográfico y vencedora en el festival de Venecia y en el Óscar a mejor película de habla no inglesa-, la delicada Vivir (Ikuru) o Trono de sangre, paradigma de su pasión privada por William Shakespeare.

            Prueba de estas intenciones comerciales es el empleo de imágenes panorámicas y sonido estéreo, inéditos hasta entonces en la filmografía del maestro tokiota. También se une a ellos un rasgo narrativo que, no obstante, ofrece al mismo tiempo un contrapunto innovador: que dos personajes a priori destinados a conformar un alivio humorístico como secundarios de carácter, se arroguen para sí el punto de vista del relato -y casi la posición de la cámara, un tercer granuja más-.

La fortaleza escondida, por tanto, no se cuenta desde la mirada del guerrero heroico ni de la princesa valiente -dos máscaras estereotipadas en concordancia con las tradiciones literarias y teatrales japonesas-, sino de un par de bribones escogidos de entre el grueso de miserables que han tomado parte en la guerras feudales el país y movidos únicamente por la codicia material. Es decir, dos figuras más cercanas a la naturaleza del espectador común, con quienes resulta sencillo asimilarse aunque, por otro lado, sean bastante menos inspiradores que sus compañeros de aventuras.

            La decisión, acertada o errónea, tendrá sus ecos en el cine futuro, pues será uno de los puntos de apoyo que aplicará George Lucas en su concepción de La guerra de las galaxias, transmutando a esta pareja de pícaros cobardicas y protestones en los más nobles y voluntariosos C3PO y R2D2 -asimismo, se puede trazar el parentesco entre la arrojada princesa Yuki y la icónica princesa Leia-.

Lo cierto es que, al igual que sucede con la crucial estructura de Rashomon, el protagonismo de ambos se ha visto un tanto superado por los perfeccionamientos posteriores, ya que en su recalcitrante avaricia también pueden terminar resultando algo cargantes. Kurosawa guarda hacia ellos una fidelidad absoluta, para bien y para mal, porque sabe, como sabía el veterano samurái Kambei Shimada, que su mezquindad tiene su razón de ser dentro de un nación desgarrada en guerras, pobreza y estricto clasismo; punto precisamente del que parte el filme, entre el hambre, la muerte y la suciedad.

            Sin embargo, el espíritu de la obra que desarrolla Kurosawa se funda en la vitalidad, expuesto por medio de un camino en el que las dificultades se superan gracias al coraje, el tesón y los valores humanos, y que por tanto conecta con ese sentir aventurero universal que atraviesa las fronteras, los géneros y las generaciones.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

Harakiri (Seppuku)

3 Mar

“Tenía 18 años cuando vi Los siete samuráis. A los 30 segundos me di cuenta de que era una historia universal. Años después, leí el Bushido. Habla de muchas cosas por las que lucho en mi propia vida: lealtad, compasión, responsabilidad, la asunción de nuestra vida pasada,… Me fascinan los samuráis y su código.”

Tom Cruise

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Harakiri (Seppuku)

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Harakiri

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Año: 1962.

Director: Misaki Kobayashi.

Reparto: Tatsuya Nakadai, Rentarō Mikuni, Akira Ishihama, Shima Iwashita, Tetsurō Tanba, Ichiro Nakatami, Yoshiro Aoki.

Tráiler

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          Para el que suscribe, descreído y proclive a la independencia individualista, uno de los pilares más sorprendentes e inexplicables que dominan el folklore japonés –al menos en sus representaciones narrativas de la literatura y el cine- es el del estricto concepto del honor y la correspondiente caída en vergüenza, sobre todo ligadas a cuestiones como la servidumbre y el sacrificio hacia un colectivo que, en la mayoría de casos, queda representado en exclusiva por una figura de autoridad superior a la que se ha de obedecer ciegamente, hasta las últimas consecuencias. De ahí que rituales asociados al ‘arte de la guerra’ como el seppuku o los kamikazes me resulten más ridículos y deleznables que nobles o inspiradores.

Argumentos suficientes, en definitiva, para tener en gran estima el atrevimiento colérico y contestatario de Harakiri, un filme donde Misaki Kobayashi, enconado pacifista, pone en tela de juicio los códigos de honor del samurái, idealizados siempre por parte de corrientes culturales, políticas, nacionalistas o belicistas de dudosa catadura moral.

          Ambientada en el siglo XVII, un periodo de paz posterior a las sangrientas guerras civiles, Harakiri da comienzo cuando Tsugumo Hanshirō (Tatsuya Nakadai), un ronin útil para nada en la paz, acude al palacio del clan Iyi para solicitar un espacio adecuado donde practicarse el ritual del seppuku honradamente y, de este modo, poner fin a la miseria que le supone vivir sin amo. Desconfiado por los abundantes casos de extorsión basados en la piedad hacia suicidas fingidos, el señor de la casa (Rentarō Mikuni) le relata el terrible caso de Chijiiwa Motome (Akira Ishihama), otro ronin procedente del mismo clan extinto y que, descubierto en su engaño, fue forzado a abrirse las entrañas en el jardín sagrado de la residencia.

          A través de las diferentes capas temporales de la película –el diario que rememora la llegada de Tsugumo, a quien se le refiere el episodio precedente de Chijiiwa y quien luego, por su parte, recuerda la historia de su propia vida-, Harakiri profundiza en una devastadora e iconoclasta denuncia de la inutilidad de valores abominables como una noción de orgullo excluyente y una idea honor inquebrantable, torticeramente entendidos y nefastamente aplicados.

El filme comienza con un suicidio que, en realidad, es un asesinato despiadado y obsceno en el nombre de la tradición más irracional y barbárica. Pero no queda ahí su recorrido hacia el horror moral más atroz. Prolongando la estructura de flashbacks, gota a gota, con una infinita paciencia que exacerba la tensión de la cinta, la historia de Tsugumo delimita el contexto dramático desconocido que circundaba este capítulo de inicial. La exposición de esta desoladora tragedia privada agrega leña al fuego de una vergüenza limpiada de la forma más cobarde, deshonrosa e hipócrita por esa historia oficial que abre y cierra la obra, representada por el libro que cumple su papel de diario del clan y crónica histórica.

          El contraste entre la inocencia, bondad y belleza de Chijiiwa y la brutalidad de sus agresores integristas, armados con el látigo del poder y cínicos defensores de unos códigos morales y existenciales desfigurados a su antojo, recuerda a escarmientos ejemplarizantes como los que narraba Herman Melville en Billy Budd, donde la auténtica e inmaculada virtud era pisoteada por el odio puro de unos seres deformes e infectos. Un chivo expiatorio en el nombre de unos códigos morales reducidos al absurdo y la ignominia.

Por su parte, el veterano Tsugumo también ofrece un lacerante contraste el hieratismo del samurái, considerado honorable en su estoica espera de la muerte, frente a la calidez emotiva y aguda desesperación que emana durante el relato de sus desventuras, progresivamente envueltas en unas gélidas tinieblas que resaltan las sombras proyectadas por esos símbolos vacíos de su gloria y su desgracia.

          La cámara se desliza alucinada entre los pasillos del palacio, donde revela estancias pobladas por figuras tan muertas como la vetusta y vacía armadura que preside el sancta sanctorum del lugar. Al mismo tiempo, mediante suaves elipsis –más elegantes en sus movimientos que el puntual recurso del zoom-, se conecta pasado, presente y, tal y como explica la advertencia moralizante del protagonista, también futuro.

          Densa, desafiante en la tensa calma con la que desentraña sus dolorosos enigmas, Harakiri es un huracán necesario que, impelido por su profundo sentido humanista, todo dignidad, contribuye a erosionar el embaucador romanticismo desde el que, en ocasiones, la ficción abriga y nutre detestables principios a desterrar por la razón más elemental.

 

Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,5.

Nota del blog: 9.

13 asesinos

2 Mar

“Convertirse en un héroe es la profesión más breve de la tierra”

Will Rogers

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13 asesinos

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13 asesinos

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Año: 2010.

Director: Takashi Miike.

Reparto: Koji Yakusho, Takayuki Yamada, Goro Inagaki, Masachika Ichimura, Yusuke Iseya, Hiroki Matsukata, Tsuyoshi Ihara, Masataka Kubota, Arata Furuta.

Tráiler

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           La sombra de los clásicos es alargada. Al igual que El padrino o la cosmología criminal de Martin Scorsese ejercen como agujeros negros que devoran el cine de mafia contemporáneo o The Wire absorbe… -bueno, The Wire puede absorber cualquier tipo de argumento-, Los siete samuráis fagocita la mayor parte de las producciones actuales acerca de samuráis heroicos, si bien, quizás en este caso, más por desconocimiento de otros referentes sólidos que por otra cosa.

           Sí es cierto que 13 asesinos posee trazos comunes con Los siete samuráis –los aquí ligeros estereotipos del líder de moral incorruptible, el espadachín técnico y silencioso, el aprendiz inexperto o el descastado iconoclasta-, de los que siempre sale malparado, como es natural. Pero su trama también podría dibujar puntos de encuentro con otras como Los leales 47 ronin –la honorable misión que atenta contra el orden establecido a quien a priori deben servidumbre, por injusto que éste sea, concepto que sí acatará el estoico antagonista Hanbei Kito- y tantos otros relatos clásicos de samuráis, puesto que en ellos laten una serie de códigos similares –el fatalismo, la muerte como hado inevitable, la observancia de un estricto reglamento ético y vital-.

Sea como fuere, 13 asesinos, del estajanovista Takashi Miike, posee un antecesor directo: The Thirteen Assassins, de Eiichi Kudo, ya perteneciente a una época todavía más oscura y violenta que la de los idealistas héroes de Kurosawa. De este clima hostil emana directamente el tono espiritual de esta sucesora, pesimista y sangrientamente rabiosa al gusto de su realizador. No obstante, cabe decir que su estilo se mantendrá siempre firme en una rocosa sobriedad, sin abandonarse al delirio y la locura como podría intuirse partir de la variopinta trayectoria cinematográfica del director nipón, a pesar de rasgos como la redundancia en la presentación del psicótico villano o la escasa sutileza simbólica del desenlace, tampoco especialmente dolorosa en cualquier caso.

           Envueltos en un preámbulo de tormenta, los rasgos crepusculares se alientan con la consciencia de la marginalidad agónica del samurái, añorante del periodo de las guerras civiles y a un solo paso de la revolución Meiji –la cinta se ambienta en unos altamente fabulados 1844-, la cual situaría al aislacionista país nipón en la órbita del mundo moderno y, en consecuencia, aboliría los privilegios de esta casta militar medieval.

Así pues, 13 asesinos es la última de las epopeyas tanto para sus protagonistas –doce samuráis y un bandido que deciden erradicar el mal del poder, encarnado por el depravado Naritsugu, hermano y heredero del shogun- como para su ya de por sí moribundo estamento social. El canto de cisne, la muerte noble que anhelan y que el destino histórico parecía haberles hurtado ladinamente. El Destino es, por tanto, el concepto que gobierna el relato, al que se someten unos personajes entregados a él con devoción y, ahora, con agradecimiento.

El sacrificio postrero de estos trece rebeldes es en paralelo un acto de nobleza suicida, puesto que ese Naritsugu a quien combaten representa la exaltación integrista de los ideales del samurái: el culto por la batalla, la obediencia ciega de los designios del señor, dueño hasta de su existencia misma. De ahí la comparación posterior con el líder alzado Shinzaemon Shimada (excelente Koji Yakusho), que indica a sus seguidores que empleará sus vidas a su antojo.

           Dentro de su clasicismo, aparecen asimismo en 13 asesinos detalles de reminiscencias cercanas al fantástico –la fantasmagórica hija mutilada del jefe de los campesinos, el salteador Kiga Koyata- y uno siente lamentar la ferocidad de unos efectos especiales empleados en escenas un tanto extravagantes, como los muros corredizos, los toros embolados o unos estallidos de pólvora. Son estos últimos elementos expresivos poco agraciados en comparación con la virulencia, la hemoglobina y la energía que escupe la extenuante lucha a katana, furibundo punto y final que pone merecido término a ese quedo y flemático estertor que dominaba la cadencia narrativa de la primera mitad del metraje.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7.

Los siete samuráis

2 Feb

Convertir un género popular en una obra de arte repleta de enjundia filosófica, profundidad humana y arrollador entretenimiento. Eso es el gran cine. Eso es Los siete samuráis. Un diez rotundo para Bandeja de Plata. Aquí, un resumen.

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