Tag Archives: Futuro postapocalíptico

El planeta salvaje

5 Sep

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Año: 1973.

Director: René Laloux.

Reparto (V.O.): Jean Valmont, Eric Baugin, Jennifer Drake, Jean Topart, Yves Barsacq, Gérard Hernández.

Filme

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         Hay una subversión esencial que suele producirse en el cine de terror: el descabalgamiento del ser humano como especie dominante. El terror es un elemento consustancial a la vida. Es solo cuestión de perspectiva. Siempre hay un enemigo, un Otro. Incluso entre hermanos.

El planeta salvaje es una película de tiempos de los conflictos de descolonización y de la Guerra Fría; de concepción francesa pero producida en Checoslovaquia, tras el Telón de acero. Y, como toda obra de ciencia ficción, su argumento ejerce de espejo deformante en el que se refleja una realidad problemática. El filme, basado en la novela Oms en serie de Stefan Wul, narra los avatares de un joven que, en un planeta alienígena, se libra de sus dueños extraterrestres, los traags, que lo tenían de mascota, y las dificultades que atraviesa al integrarse en una comunidad de humanos silvestres, tratados como una plaga de alimañas.

         En síntesis, la premisa posee numerosos paralelismos, incluida la sugerencia posapocalíptica, con El planeta de los simios, un clásico que curiosamente también surge de inspiración gala. De este modo, en El planeta salvaje el punto de vista de ‘lo humano’ se puede trazar a través de dos perspectivas: el de la sociedad traag dominante y el de la sociedad humana sometida o perseguida.

A partir de este cambio de enfoque, de esta alternancia, y con unos personajes que se ajustan a una condición de representaciones simbólicas, la cinta abre un marco reflexivo acerca de la naturaleza humana y de la idea de civilización, especialmente en cuanto a los aspectos más sombríos de las mismas. Con todo, sus conclusiones no son absolutamente pesimistas y también se rescatan cualidades positivas, si bien sometidas a una noción final de eterno ciclo -a lo que contribuye sin duda la vigencia de su sentido crítico-.

         Pero quizás por encima de este contenido filosófico destaca el hipnotismo y el atractivo de la animación checa. Los fondos, elaborados como decorados rígidos, evocan una embriagadora atmósfera surrealista, próxima a Salvador Dalí, que se adereza con una banda sonora con fugas psicodélicas. Asimismo, las figuras están modeladas como si se tratasen de recortables de un juego infantil, lo que refuerza tanto la percepción minimizadora del hombre como, con su cierta ingenuidad, las desconcertantes sensaciones que provoca la estética. El dibujo, además, sirve para completar la construcción de las personalidades, puesto que el mayor detallismo de los rasgos de los humanos contrasta con la inexpresividad, y hasta el rictus soberbio remarcado por los contrapicados, que muestran los traags.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

La guerra del planeta de los simios

15 Jul

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Año: 2017.

Director: Matt Reeves.

Reparto: Andy Serkis, Woody Harrelson, Karin Konoval, Steve Zahn, Amiah Miller, Terry Notary, Ty Olsson, Michael AdamthwaiteSara Canning, Devyn Dalton, Gabriel Chavarria, Toby Kebbell.

Tráiler

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          El origen del planeta de los simios contenía en su primera mitad una intensa reflexión acerca del diferente, del inquietante desconocido, del Otro; un notable punto de partida que asentaba el principal arco temático de este ‘reboot’ en el que los profusos guiños al resto de la saga tienden a imponer una reversión del punto de vista del relato. El amanecer del planeta de los simios abundaba con acierto en esta cuestión a través de un esquema propio de un western fronterizo, en el que dos culturas colisionan impulsadas por la tensión y el miedo que genera el puro instinto de la supervivencia. La guerra del planeta de los simios conserva buena parte de la solidez dramática de sus predecesoras para cerrar con dignidad una trilogía que demuestra las posibilidades de conciliación entre los valores comerciales de un producto y la madurez artística del mismo. En ella, mientras que el chimpancé César perfecciona su comunicación verbal, los humanos la reducen, voluntaria e involuntariamente, a una guturalización primitiva.

          De nuevo con Matt Reeves en la dirección, también posee resonancias westernianas la introducción de La guerra del planeta de los simios, donde se presenta una cabalgada monomaníaca alimentada por el odio y emprendida en una atmósfera luctuosa y terminal, todo cansancio y tristeza, acorde al contexto físico y sentimental de un César que sufre las pruebas del patriarca bíblico que parece encarnar y coherente con la constatación de la imposibilidad de la utopía que emergía en el episodio anterior. En este sentido, el filme resulta más conseguido -o cuanto menos más intrigante- cuando se aproxima a Sin perdón o Centauros del desierto, a su tono de pesimismo espectral -hasta cabría entender al extravagante chimpancé que ejerce de alivio humorístico como un Mose Harper sacado de su mecedora-, y no tanto a Apocalypse Now, otra obra magna que ejerce de gran foco de gravedad de la función, a la que se dedican insistentes referencias tanto con el aspecto y el discurso de su propio coronel desquiciado -allí Kurtz, aquí McCullough-, como por la ciudadela donde se le rinde culto, la música de Jimi Hendrix que se escucha o incluso las pintadas explícitamente alusivas que adornan el lugar.

Puede entreverse con ello que, aun tratándose la heterofobia de un tema universal a la especie humana, la serie sigue conjurando particularmente los demonios históricos de los Estados Unidos, puesto que después de plantear una equivalencia entre los primates y los indígenas norteamericanos en El amanecer del planeta de los simios, se diría que ahora el escenario se traslada solapadamente al delirio marcial de la Guerra de Vietnam -es curioso que los dos blockbusters de la temporada protagonizados por hominoideos excepcionales, Kong: La Isla Calavera y la presente, recurran a este trauma nacional para dotar de contenido trágico a su argumento-. “Historia, historia, historia”, mantiene grabado McCullough en la pared de su guarida.

          McCullough y la confrontación con su ejército se desarrollan pues con cierta caída en el tópico -lo que abarca la sobreactuación de Woody Harrelson-, al mismo tiempo que el conflicto dramático -el mensaje político por un lado, las contradicciones internas de César por otro, finalmente más descuidadas- cede terreno a la acción evasiva, manifestada en la incursión en el subgénero bélico de las fugas de campos de concentración. Con todo y ello, y a pesar de que el guion deja algunos detalles de fragilidad lógica, esta faceta de La guerra del planeta de los simios sabe ser entretenida -la batalla en el bosque de la apertura era ya una buena muestra de su talento para la espectacularidad- y modera las ínfulas de grandilocuencia de una obra en la que se corre el riesgo de excederse en la dotación de atributos humanos a los animales protagonistas, hasta el punto de que pudieran convertirse no en simios pensantes, sino en personas ridículamente disfrazadas.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5. 

Akira

3 Jul

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Año: 1988.

Director: Katsuhiro Ôtomo.

Reparto (V.O.): Mitsuo Iwata, Nozomu Sasaki, Mami Koyama, Taro Ishida, Mizuho Suzuki, Fukue Itô, Tatsuhiko Nakamura, Kazuhiro Kamifuji, Tesshô Genda, Yuriko Fuchizaki.

Tráiler

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          No le cojo el punto a Akira. Es la segunda vez que la veo y la segunda vez que no logro sumergirme o sentirme interesado en qué cuenta, a quién le ocurre lo que cuenta y cómo me lo cuenta. No es un asunto de testarudez, ya que ha pasado suficiente tiempo entre ambos pases para haber limpiado la primera impresión y evolucionado mi gusto personal. Y dado que es una obra de culto, reverenciada en multitud de países y continentes, este desapego tampoco debe de tratarse de una cuestión cultural, a pesar de que la obra contenga nociones místicas que parecen manar de cosmogonías y cosmovisiones puramente orientales. También es cierto que no soy aficionado al anime y que, generalizando injustamente, me repelen un tanto los códigos narrativos, las formas expresivas y las estereotipaciones que acostumbran a aparecer en este universo particular. Este, por cierto, fue el anime con mayor presupuesto rodado hasta aquella fecha, lo que se aprecia en la suntuosidad y el nivel de detalle de su decorado, así como en la esmerada movilidad de los rostros de los personajes.

          El argumento, en el que Katsuhiro Ôtomo traduce su propio manga -que por su lado cerraría un par de años después del estreno del filme alterando el final aquí expuesto-, vuelca los traumas apocalípticos que perduran en el Japón y el cine japonés heredero de la destrucción nuclear de la Segunda Guerra Mundial -la nueva destrucción por el hongo atómico, la repetición del cataclismo global, el resurgimiento de las cenizas, la mutación y la aberración del ser humano fusionado con o influido por elementos destructivos o maléficos…-.

Pero Akira contiene igualmente ecos de distopías geográficamente lejanas como Metrópolis -la ciudad monstruosa, la revolución en ciernes, el mesías ambivalente, el brazo mecánico y el nuevo hombre-máquina- y de alientos de romanticismos melodramáticos de tiempos pasados como Rebelde sin causa -la inspiración estética, los fetichismos motorísticos y las emociones descontentas-, amén de ecos estéticos del fantástico y el cyberpunk en los que resuenan notas que van desde 2001: Una odisea del espacio hasta Blade Runner.

Además, concurren una serie de líneas recurrentes en las pesadilla de ciencia ficción futurística, como son el Gobierno opresivo, la amenaza del militarismo o la corrupción del progreso científico, resumidos en la pérdida de la esperanza que encarnan estos dos amigos huérfanos que matan el tiempo entre peleas de bandas y delincuencia menor hasta que el terrible contexto y el destino fatalista les enfrenta en duelo a través de caminos antagónicos.

          De la coctelera sale una mezcla prolija y deslavazada que avanza con los empujones de una narración más bien farragosa, de megalomanía visual y conceptual, y algo histérica o estridente en su desarrollo de caracteres. Entiendo que su éxito procede de su atención por fundar e inocular una atmósfera y un estado anímico que cabalga entre el pesimismo y la épica adolescentes, donde la visceral rebelión personal conduce a la reparación de una sociedad alienada y alienante, que persigue y destruye cualquier atisbo restante de inocencia -los niños psíquicos como paradigma- y desprecia, margina y condena al individuo incomprendido. Características de conexión asegurada con determinadas pulsiones contemporáneas y/o generacionales.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 4,5.

Los últimos días

23 Abr

“El cine español actual es cada vez más accesible para el resto del mundo.”

Sasha Grey

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Los últimos días

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Los últimos días

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Año: 2013.

Directores: David Pastor, Àlex Pastor.

Reparto: Quim Gutiérrez, José Coronado, Marta Etura, Leticia Dolera, Iván Massagué.

Tráiler

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            Cuando recuerdo mi formación como historiador, me da por teorizar sobre la crónica del momento presente. Y, entonces, llego a la conclusión de que el punto de inflexión decisivo del comienzo del milenio, por capacidad de influencia sobre la sociedad global, no es tanto los atentados terroristas del 11-S y su reordenación de las estrategias geopolíticas del mundo posterior a la Guerra Fría, sino la crisis económica estallada en 2008 –o como quieran ustedes calificarla- y los subsiguientes movimientos de neoconservadurismo económico y el ‘liberalicidio’ resultante.

De ahí que considere reseñable que, en una película por otro lado discreta como Los últimos días -este ejemplo del nuevo blockbuster español que mira desacomplejadamente hacia los referentes del otro lado del charco, por más que muchos de ellos estén bien caducos, eso sí-, la corriente del cine catastrófico americano posterior a los atentados contra las Torres Gemelas encuentre su reflejo directo en un escenario igualmente catastrófico pero donde, por el contrario, la marca de la Bestia parece asociarse a esa España acosada por los terribles y muy violentos efectos de la recesión.

            Siguiendo esta idea, si allí los momentos climáticos de destrucción reproducen con aproximada fidelidad las escenas mostradas por televisión en vivo y en directo –sobre todo la caída de los símbolos del imperio entre nubes de polvo y cadáveres reventados, ante el sacrificio de los pequeños ciudadanos y profesionales que mantienen viva la llama del Bien-, en la presente estas imágenes del trauma se asimilan a situaciones más cotidianas: la amenaza flotante del desempleo que ronda a un grupo de trabajadores, las estaciones de metros atestadas de cuerpos hundidos en la miseria, las tensiones interraciales e interclasistas en torno a las posesiones materiales, las frases tipo “con la que está cayendo” sumadas a indicaciones políticas frente a la calamidad orientadas a que los ciudadanos “sigan trabajando y comprando”, o, en la alegoría agorafóbica que construye los fundamentos del relato, la imposibilidad de escapar de una cárcel/oficina que, sin remedio, castra o vampiriza la existencia exterior a la misma del individuo común –el panda como logo y como muñeco-.

          Este aspecto es sin duda el más interesante de Los últimos días –aunque también le fija una fecha de caducidad, esperemos-. Luego, el filme resulta bastante más tópico en la expresión ritual del Acabose –la aniquilación necesaria de símbolos como el dinero o las hostias católicas, la orgullosa ciudad tomada por la naturaleza rediviva-, así como en su faceta de cine de supervivencia –los caracteres antagónicos obligados a cooperar, aquí muestra además de estas dos clases sociales contrapuestas pero hermanadas e incluso reconciliadas por el desastre- y, en especial, en su vertiente de acción posapocalíptica, con poca alma y originalidad.

Es de agradecer que el ritmo narrativo se encuentre sostenido con solvencia por los hermanos Pastor y que apenas un puñado secuencias queden realmente ridículas –la guerra en los grandes almacenes como ejemplo palmario-.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 5.

El último hombre… vivo

6 Sep

“Si crees que puedes descubrir el secreto de dirigir, estás perdiendo el tiempo.”

André de Toth

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El último hombre… vivo

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El último hombre... vivo

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Año: 1971.

Director: Boris Sagal.

Reparto: Charlton Heston, Anthony Zerbe, Rosalind Cash, Eric Laneuville, Paul Koslo.

Tráiler

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           Tras burlar primero y sembrar después el Apocalipsis en un planeta Tierra enseñoreado por los simios, Charlton Heston se volvía a enfundar el traje de héroe en rebelión contra el funesto destino de la humanidad; quijada prieta, pecho lobo al frente y arma en mano. En El último hombre… vivo, esta segunda incursión en la ciencia ficción distópica, el hombre que en su día encarnara al mismísimo Moisés optaba por dotar de un perfil mesiánico y redentor a su personaje, de acuerdo con su sensibilidad particular. Y este personaje era ni más ni menos que Robert Neville, el último superviviente humano de Soy leyenda, la célebre novela de Richard Matheson que Heston había descubierto y devorado durante un viaje de avión, lo que le infundió unos irrefrenables deseos de traducir la obra a la gran pantalla. Su estatus estelar, apenas afectado por los tropiezos vividos durante el cambio de década de los sesenta a los setenta, le permitía este tipo de encaprichamientos.

           No obstante, el intérprete desconocía que pisaba lugares ya hollados, puesto que en 1964 -solo siete años antes-, se había estrenado El último hombre sobre la Tierra, una coproducción americana e italiana protagonizada por Vincent Price, con el propio Matheson como colaborador en la escritura del guion –terminaría firmando bajo seudónimo, descontento con las variaciones y los resultados del libreto-, y que transitó por las carteleras sin pena ni gloria y con escaso estima desde la crítica especializada. Si Matheson había quedado decepcionado con esta primera y discreta aproximación, en el caso de El último hombre… vivo afirmaría no sentirse siquiera ofendido, tales eran las transformaciones que en ella sufría su relato original.

Estas variaciones procedían principalmente de la intención de reforzar el lucimiento de Heston/Neville como héroe mesiánico, el alfa y el omega al que alude el título anglosajón de la cinta. En aras de este servicio, el matrimonio de guionistas asalariados John William Corrington y Joyce Hopper Corrington –responsables precisamente de la última entrega de la saga de El planeta de los simios, Batalla por el planeta de los simiossacrifican la interesantísima dimensión moral que atesoraba la novela -emanada de su reflexión acerca del concepto de monstruosidad y de la identidad del mal-, al igual que tampoco ofrecerán claves para profundizar en la tormentosa y desesperada soledad del protagonista, apenas apuntada –aunque deja una buena escena con atronadores timbres de teléfono y una intrigante tendencia narcisista en el uso de la televisión doméstica-.

En El último hombre… vivo, Neville no tendrá mayores matices que el destemplado sarcasmo que espeta a fuerza de sentencias lapidarias en el comienzo del filme o que los monstruos se refieran a él con términos como “thing” o “creature”, además de un par de palidísimas alusiones por parte de un secundario ingenuamente idealista –como luego demostrarán los hechos-. En efecto, incluso en lo que debería suponer un clímax personal y un punto de inflexión en su leit motiv vital, Neville renunciará a matar a su ansiada presa. “No es necesario”, reflexiona repleto de espíritu humanitario y compasivo.

           El último hombre… vivo, por tanto, simplifica el trasfondo de la obra de Matheson para convertirla en un espectáculo de acción catastrófica que juega con el siempre agradecido tópico del último superviviente -una fantasía con la que, especulo, toda persona ha filtreado en algún momento tonto-. Esta esquematización de protagonista y trama se repetirá, casi de manera idéntica, en la más reciente Soy leyenda, película esta vez acomodada a las características de su propia estrella, Will Smith, héroe campechano, familiar y piadoso, lo que desviará el conflicto del filme hacia el concepto de la redención cristiana, como aquí, y la recuperación de la imprescindible fe.

Dado el turbulento clima social e ideológico que a comienzo de los setenta atravesaba Estados Unidos, El último hombre… vivo se filmaría en una época propicia para su temática, como había ocurrido con la ácida El planeta de los simios. Son los amargos tiempos de decepción que suceden al sueño pacifista y ecuménico de los sesentas hippies. No es casual que, en la introducción del filme, ambientado en un futuro entonces inminente, 1977, el bueno de Robert Neville sacrifique un par de horas en el visionado del documental Woodstock, 3 días de paz y música con el fin de constatar el desolador fracaso de estas corrientes naufragadas en pos de la utopía. Otros elementos de la narración también echarán el ancla en la actualidad, como las hostilidades fronterizas entre la Unión Soviética y la República Popular China –convertidas en guerra abierta en el filme y desencadenantes del holocausto universal por el empleo de armas biológicas- o la pujanza del movimiento Black Power, que daría lugar a la inclusión apresurada de un romance interracial con el desinhibido, lenguaraz e impostado personaje de Rosalind Cash –sustituta de la primera elegida, Diahan Carroll-; un hecho poco común para la época, sobre todo si hablamos de películas destinadas a un consumo masivo.

           Otra de las grandes diferencias entre papel y fotograma vendrá desde los antagonistas que atormentan a Neville. Los vampiros ideados por Matheson, con toda su parafernalia de chupasangres, alérgicos a crucifijos, espejos, ajos y, por supuesto, estacas clavadas en el corazón –condición que sí se respetaba en El último hombre sobre la Tierra, germen de los zombis de la fundacional La noche de los muertos vivientes, tipología que en una curiosa deriva cinematográfica adoptará el Soy leyenda de Smith-, se convierten en El último hombre… vivo en una secta fundamentalista de mutantes albinos e hipersensibles a la luz, definidos por sus horrendas llagas. Unos seres solemnes en su agonía, en resumen, que pretenden purificar con fuego toda huella de la humanidad pasada –la tecnología, la cultura, Neville- en aras de una supuesta sociedad utópica. Sus contradictorios procedimientos psicóticos encuentran en la Inquisición su material de inspiración –las capuchas monacales, el gregarismo iluminado, los juicios sumarios e intransigentes, los capirotes de los condenados,  las hogueras,…-. Que su líder Matthias (el peculiar Anthony Zerbe) sea un otrora pope televisivo le da cierta prestancia a unos villanos un tanto endebles y desaprovechados a fuerza de su composición estereotipada, planos en su aspecto dramático –como decíamos en párrafos anteriores, aquí no hay grises ni vueltas de hoja en la ética de los personajes- y poco atemorizantes en su vertiente terrorífica –por torpes y cabezotas, básicamente-.

           Es en esta condición de cine de género donde más le pesan los años a El último hombre… vivo. El debe recae en la escasa pericia visual del director, Boris Sagal, cuyo bagaje exclusivamente televisivo aflorará a lo largo de la pedestre realización. Sagal no solo no consigue dotar de garra a las escenas a priori de mayor tensión física y psicológica, sino que tampoco termina de envolver a la película dentro de una adecuada atmósfera debido a cierto regusto hortera y a esos pequeños pero molestos detalles de inverosimilitud que van mermando la capacidad de absorber la mente fascinada del espectador –por qué hay montones de fruta fresca después de tres años de apocalipsis, por qué se ve tan bien en interiores oscuros, por qué los mutantes que prefieren la oscuridad iluminan las habitaciones con infinidad de velas-. Y eso que tampoco suponía una tarea tan difícil dada la temática a abordar y sus posibilidades, como queda demostrado en el sucinto y poderoso prólogo, con esas espectaculares tomas de la ciudad de Los Ángeles que muestran la fea carcasa vacía que es: un clásico de este subgénero destructivo desde la primigenia Five (Cinco) y su majestuosa consolidación en el deshabitado Nueva York de El mundo, la carne y el diablo. En la cinta que nos ocupa, las distintas secuencias fueron rodadas en localizaciones reales a primera hora de los fines de semana. Un hechizante arranque, en definitiva, donde la envidiable placidez de Heston, al volante de un deportivo y oyendo música con despreocupación, se rompe de repente mediante una sombra y una ráfaga de metralleta –la velocidad acelerada de los fotogramas y la torpe aparición del espectro ya comienzan a dar pistas de cómo se las gastará el director ucraniano en adelante-. Y pensar que Heston pretendía que Orson Welles se hiciera cargo del rodaje…

           Por fortuna, el carisma y la presencia de la estrella solventa la papeleta, bien secundado por la sugerente banda sonora, muy de su tiempo, del australiano Ron Grainer, compositor curtido en la televisión británica –suyo es el tema principal de la icónica y longevísima serie Doctor Who-. Una partitura que alcanzará una inteligente intensidad anticlimática en el desenlace, sintetizando de manera excepcional el desencanto que, al menos parcialmente, domina este filme distópico, el cual, no obstante, quizás por su fiero aire setentero, rabioso y desilusionado al mismo tiempo, logra conservar todavía cierto encanto y sabor.

           Fiel a su mensaje, El último hombre… vivo concluye con la imagen nada sutil del héroe con las piernas juntas y dobladas, lanzazo en el costado, brazos en cruz y una nueva hueste de creyentes bebiendo metafóricamente su sangre.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

Regreso al planeta de los simios

4 Sep

“Los adultos son parecidos a los niños que reclaman siempre la historia que conocen mejor, rehusando toda variación.”

Alfred Hitchcock

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Regreso al planeta de los simios

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Regreso al planeta de los simios

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Año: 1970.

Director: Ted Post.

Reparto: James Franciscus, Kim Hunter, Maurice Evans, Linda Harrison, David Watson, James Gregory, Jeff Corey, Natalie Trundy.

Tráiler

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            En el capítulo anterior de Charlton Heston contra el Apocalipsis, referente a El planeta de los simios, dejábamos al rubicundo actor postrado a los pies de la estatua de la Libertad arrasada por un lejano holocausto nuclear: una de las imágenes imperecederas del séptimo arte y el cierre perfecto para redondear una de las obras cumbre de la ciencia ficción de todos los tiempos.

Corría 1969 y, por aquel entonces, el apetito voraz de los grandes estudios y los magnates del cine no habían hallado en la creación de interminables secuelas, sagas y franquicias uno de sus más sencillos y efectivos métodos de enriquecimiento; hábito si acaso algo más asociado a la serie B en general y el cine de terror de bajo presupuesto en particular. Pero el desmesurado éxito de taquilla de El planeta de los simios y su categórico impacto cultural hacía enormemente apetecible encerrar a la gallina de los huevos de oro en un corralito y ponerla a empollar hasta que reventase.

Ante la euforia de los directores de producción de la Fox, el productor Mort Abrahams y el poeta y guionista británico Paul Dehn hubieron de abrirle una salida a un argumento que no otorgaba demasiado margen de maniobra. También resultaría decisiva para la realización del filme la impecable caballerosidad de Heston, propicio a devolver el favor adeudado a Richard Zanuck –el único productor que había apostado por un proyecto encallado durante años en los sótanos de la industria- por medio de su aparición puntual en esta segunda parte, reservada para el comienzo y el desenlace de la misma.

            De este modo, Regreso al planeta de los simios reencuentra a George Taylor, misántropo salvador de la humanidad, en su éxodo junto a Nova (Linda Harrison), la Eva rediviva en versión inocente e inmaculada, para de inmediato borrarlo del mapa misteriosamente y, con ello, ceder el protagonismo a un segundo astronauta, Brent, enviado en una contradictoria misión de rescate –sus tripulantes, al contrario que la expedición de Taylor, no parecen ser conscientes del carácter semisuicida de su naturaleza-.

Brent, interpretado por James Franciscus, galán televisivo, serviría aquí para condensar el espíritu que preside Regreso al planeta de los simios. Tupé rubio, barba perfilada y ojos claros, Brent aparece como un simple sucedáneo de Taylor. De hecho, el planteamiento de Regreso al planeta de los simios de diría que emula, de manera sintetizada, el esquema de su antecesora: confrontación con una realidad alucinada –en este caso, obviamente, con el colosal factor sorpresa ya perdido-, consciencia de la amenaza del simio y de su condición de paria en el ecosistema social del lugar, intento de huida y descubrimiento del golpe de efecto de una civilización humana que ha aplicado la guadaña sobre su propio cuello –otra vez, a pesar de la reconstrucción subterránea de Nueva York, con el impacto visual y psicológico desterrado por la inmarcesible potencia de la precedente-.

Reaparecen asimismo viejos conocidos del espectador, como los chimpancés Zira (Kim Novak) y Aurelio (Cornelius en la versión anglófona, donde David Watson sustituye a Roddy MacDowall, inmerso en el rodaje de La viuda del diablo), así como el conservador orangután Zaius (Maurice Evans). Aunque puntual, la presencia de los inconformistas y subversivos Zira y Aurelio pone una piedra más en la discusión que se producía en El planeta de los simios acerca de la estratificada y clasista sociedad simia, a la vez que se sugiere a un llamamiento por el cambio de poderes. Una interesante semilla que, no obstante, no florecerá en el guion, si bien es verdad que uno de los borradores redactados contemplaba una conclusión en la que este nuevo orden, más comprensivo y tolerante entre simios y humanos, sí era posible.

Por otro lado, la reutilización de la maqueta de la nave original de El planeta de los simios en una escena que, por otro lado, escatima su correspondiente secuencia de impacto contra el suelo, también evidencia los pronunciados recortes presupuestarios que sufrirá la película –la mitad respecto a la primera parte-; daño colateral derivado de los catastróficos fracasos de Hello, Dolly!, La estrella (Star!) o El extravagante doctor Dolittle –tijeretazos que avanzarán en progresión a lo largo de las sucesivas secuelas y de manera paralela a la pérdida de calidad del producto-. El burdo maquillaje de los extras o el reciclaje de escenarios de otros filmes del estudio, como este ruinoso musical Hello, Dolly!, serán otros de los síntomas que se puedan apreciar a lo largo del metraje.

            Siguiendo este proceso de confección apresurado y tendente a la simplificación, el subtexto crítico hacia la política y la sociedad estadounidense contemporánea del filme -recuperamos la idea del futuro distópico como espejo deformante de un presente imperfecto-, permanece agresivo y oportuno, si bien se plasma de manera palmaria y nada disimulada en el argumento. El antagonista de Regreso al planeta de los simios no son los primates, sino los halcones: los halcones de Washington embarcados en una guerra megalómana, absurda y cruenta que cuenta con el rechazo frontal del pueblo llano, manifestado a través de movimientos juveniles e intelectuales. La marcha de los brutales gorilas a la conquista de la Zona Prohibida, elemento de distinción que centra la trama de este capítulo de la saga, no es un puñado de monos a caballo y armados de rifles, sino que son los despiadados generales del Pentágono empeñados en que Vietnam constituye una pieza estratégica dentro de la teoría del dominó, una de las falacias más sobadas de la Guerra Fría. Los chimpancés que realizan una sentada de protesta pacífica a la salida del poblado, son por tanto los mismos melenudos que inundaban el campo del capitolio de la capital norteamericana.

En su arenga patriótica y populista, el general Ursis –papel interpretado con rotundidad por James Gregory, aunque ofrecido de inicio al legendario Orson Welles, a quien seguro hubiera divertido por su propensión a caracterizarse-, clama por la aniquilación del hombre no porque su piel sea de otro color, sino a causa de que no sabe discernir entre el Bien del Mal. Se sobreentiende entonces que si esos descerebrados y salvajes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, éste se hubiera alineado con el pérfido comunismo.

Otra de las consignas blandidas por Ursis alude al deber sagrado del simio de civilizar –o someter, que es lo mismo-, esta tierra indómita. Este mensaje, que reclama cierta semejanza con la misión evangelizadora de la conquista europea de América e incluso con el concepto de Destino manifiesto que respaldaría la expansión estadounidense por todo el continente, introduce un agregado religioso al belicismo que, desde el otro lado de la trinchera, también exhibirá, creando un afortunado reflejo, el contendiente de los primates: los habitantes de la Zona Prohibida, un reducto de mutantes supervivientes de la guerra nuclear, dotados de una inteligencia sobrehumana y capacidades telepáticas, y que supondrían un renovado desafío para el maquillador John Chambers, oscarizado por su labor en El planeta de los simios.

            Dentro de este clima antibélico de la cinta, los mutantes aportan otro matiz, bastante sorprendente, de esa América en lucha. Escudados en su intelecto superior, se autoproclaman un colectivo amante de la paz, incapaz de herir a nadie. En una demostración de absoluto cinismo, ese que acostumbra a ser moneda común en la diplomacia posterior a la Segunda Guerra Mundial, los mutantes no combaten; tan solo se limitan a obligar a sus enemigos a destrozarse sanguinariamente entre sí. Al mismo tiempo, su máxima divinidad, como los bárbaros expulsados extramuros de la sociedad ideal de Zardoz, cinta coetánea, es el arma. Se sobreentiende en esta ocasión que si esos ilustrados aunque deformes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, financiarían a través de sus servicios secretos a uno o a ambos bandos contendientes en la guerra civil de otra nación embarcada en un proceso revolucionario comunista o contrarrevolucionario fascista.

            Esta arma adorada, la última bomba atómica, el artefacto del juicio final, es la herramienta con la que Charlton Heston sembrará la destrucción definitiva. Las admoniciones del Legislador de los simios pasan en definitiva de ser una paranoia xenófoba a una profecía que se hace carne. El contacto de Heston con el Apocalipsis en este episodio de la saga a comentar, es por tanto doble, directo y literal. Esta conclusión radical, propuesta por el actor, tenía como propósito volar el planeta de los simios por los aires, de una vez por todas. Sin posibilidad de futuras secuelas. A efectos narrativos, esto quiere decir que, según la cronología interna del relato, Regreso al planeta de los simios es la película que escribe el punto y final de la saga. Al menos en esta línea/dimensión temporal, porque, como se verá en las otras tres continuaciones que se sucederán en los años siguientes, los jefazos de la Fox y sus guionistas asalariados todavía conseguirían sacarse algún dudoso as de la manga para prorrogar tan rentable franquicia.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 5,5.

El planeta de los simios

3 Sep

“Ten cuidado con la bestia Hombre, pues es el peón del diablo. De todos los primates de Dios matará por deporte, lujuria o codicia. Sí, matará a su hermano para poseer la tierra de su hermano. Evítalo, que no se propague en gran número, porque hará un desierto de su hogar y el tuyo. Échalo a su nido en la jungla, porque es el precursor de la muerte.”

El legislador (El planeta de los simios)

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El planeta de los simios

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El planeta de los simios

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Año: 1969.

Director: Franklin J. Schaffner.

Reparto: Charlton Heston, Kim Hunter, Roddy McDowall, Maurice Evans, Linda Harrison, Robert Gunner, Lou Wagner, James Withmore.

Tráiler

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           De imponente altura, con el porte cincelado en mármol, la quijada esculpida en acero y la mandíbula eternamente prieta, anclada en una mueca de confianza y desdén; rubio de mirada aquilina e impetuosa, de voz resonante e imperativa. La figura de Charlton Heston fue modelada para la épica, para el heroísmo. Suyo es el rostro de Buffalo Bill, de Moisés, de Judah Ben-Hur, de El Cid, de Thomas Jefferson, de Juan el Bautista, de Miguel Ángel, de Marco Antonio, de Tomás Moro, de Enrique VIII, de Long John Silver. El perfecto héroe americano, hecho a sí mismo con la fuerza de su brazo y, bien es sabido, el apoyo inestimable del arma. Actor físico y rotundo, no hubo desafío cinematográfico que se le resistiera, por titánico que fuese. Ni siquiera el Apocalipsis, al cual se enfrentó a lo largo de tres producciones de ciencia ficción: El planeta de los simios -con el epílogo de Regreso al planeta de los simios-, El último hombre… vivo y Cuando el destino nos alcance.

           A finales de los años sesenta, la ciencia ficción entraba en su edad adulta en el séptimo arte. Del mismo modo que en su versión literaria, las fantasías científicas se revelaban como una excelente forma de exponer debates filosóficos y trascendentales2001: Una odisea del espacioo de diseccionar el rabioso presente desde un punto de vista futuro y, casi de manera unánime, distópico. Y, por aquel entonces, el presente distaba de ser un lugar plácido. Estados Unidos había perdido su presunta inocencia con el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy. Convulsa, al borde del estallido, la sociedad norteamericana vería caer también a Malcolm X, activista en favor de los derechos de los afroamericanos, y a Martin Luther King, el adalid del diálogo, el entendimiento racial y la defensa de la justicia para las minorías étnicas de un país de aluvión que amenazaba con reventar en mil pedazos de fuego, asolado por una fuente de  conflictos sociales y violentos disturbios que manaban de su palmaria incapacidad para aplicar los principios de libertad e igualdad que, en teoría, coronaban sus ideales como nación. También caería brutalmente asesinado Bobby Kennedy, a quien se auguraba continuador de su hermano. La Guerra de Vietnam, absurdo conflicto en un olvidado rincón del mundo, explosión ardiente de la Guerra Fría, saciaba su sed de sangre a costa de la juventud, que en casa también yacía reprimida y con escasa perspectiva de porvenir. La primavera del amor pronto se emponzoñaría en un marasmo de drogas, convertidas en pesadilla lisérgica por las atrocidades perpetradas por Charles Manson y La Familia. La llegada del conservadurismo duro de Richard Nixon firmaría su acta de defunción.

El cine, fiel cronista de su tiempo, se cubriría paulatinamente de este cieno de desencanto, exteriorizado sobre todo en la década de los setenta, que nacería ya cansada. La ciencia ficción, decíamos, espejo deformante a través del cual desnudar la realidad del instante, formulaba su veredicto con El planeta de los simios. Su alegato comienza incluso antes de los títulos de crédito, ya que el prólogo en el que se ha de presentar al héroe del filme no puede ser más agrio y destemplado: un auténtico misántropo que, ante la completa perversión de la raza humana, ha decidido huir del planeta para no volver. Abandonarse en la soledad del espacio, donde el ego humano se diluye en la inmensidad. De hecho, ni se inmutará cuando, tras el catastrófico naufragio en un planeta desconocido, la nave espacial desaparezca en la nada y, con ella, cualquier posibilidad remota de retorno. La muerte en ella de la doctora Stewart, llamada a ser la Eva de un mundo mejor, es otra de las negaciones de una esperanza que, vox populi, no está destinada a aparecer en el filme.

           Esta postura inicial resulta cuanto menos desconcertante –y a la vez esclarecedora-, dado que quien pronuncia tamaño soliloquio es Charlton Heston, la sublimación del hombre (estadounidense). En este sentido, el comienzo de la aventura de George Taylor, su personaje, comienza dejando clara su posición desarraigada y descreída por activa y por pasiva, del modo más crudo, antipático e hiriente. El antagonismo hacia su compañero Taylor, a quien desprecia como “ciudadano modelo americano”, es total. Incluso, en un cinismo rayano en lo nihilista, se atreve a reírse a mandíbula batiente de la bandera americana que éste planta en el suelo ‘conquistado’. La realización de Franklin J. Schaffner le da la razón: no son más que piltrafas a merced primero de los elementos –los planos generales y cenitales que sobrevuelan un paisaje desolado, las pavorosas tormentas, las avalanchas de rocas,…- y, segundo, de unas criaturas monstruosas: primates que cabalgan y hablan como hombres y que tienen sometido bajo su cruel yugo a los restos de una humanidad animalizada, muda e irracional.

La película da un vuelvo delirante por medio de un primer plano raudo, feroz, que encuadra el rostro de un gorila a caballo, armado con un rifle. Punteado por la primitiva y experimental banda sonora de Jerry Goldmith, poblada de sonidos guturales y percusiones primitivas, el caótico y veloz montaje confirma la sensación que, desde un principio, durante la secuencia del naufragio, el espectador parecía intuir: no hay un norte, ni se sabe si uno está cabeza abajo o del derecho. La sociedad, el orden natural, está invertido, enajenado. Posteriormente, en una conversación entre Taylor y el Doctor Zaius, el orangután que en el filme ostenta el mayor poder político, se subraya esta idea. “¡La sociedad está al revés!”, exclama Taylor sin comprender la locura en la que se encuentra. “Solo desde tu punto de vista como parte del escalafón más bajo”, replica Zaius a fuerza de pura lógica.

           No obstante, la sociedad simia a la que se enfrenta Taylor, apresado como una bestia inmunda, no es más que una reproducción a escala de la sociedad humana que Taylor ha dejado atrás. A pesar de que la novela original del francés Pierre Boulle imaginaba un entorno tecnológicamente avanzado, el desarrollo de la producción descartó la idea por cuestiones presupuestarias para sustituirla, en cambio, por una cultura de rasgos medievales. Concentrada en un teocentrismo incuestionable y un aislamiento sin fisuras frente al exterior, la sociedad simia imita los males que acuciaban a su homóloga sapiens: el clasismo –se distinguen tres estamentos, con los orangutanes como clase dominante aristocrática, los gorilas como fuerza de trabajo y casta militar, y los chimpancés como segmento intelectual y liberal-, la desigualdad, el prejuicio frente al Otro, la falta de misericordia y empatía, la negación de la verdad empírica.

Los paralelismos con la historia pasada y reciente son evidentes. Los retratos de caza bien podrían estar sacados del álbum de un explorador colonial británico. El negacionismo frente a las teorías de la evolución es todavía cuestión candente en algunas regiones del sur de los Estados Unidos. El compañero de Taylor, disecado y expuesto en un museo, a más de uno le recordará al bochornoso caso del negro de Banyoles. El juicio inquisitorial al que el consejo político orangután somete a Taylor posee mucho de las experiencias personales del guionista Michael Wilson, procesado en su día en la caza de brujas hollywoodiense del infame senador Joseph McCarthy. Zaius deja un par de enunciados idénticos a los pronunciados por Taylor fotogramas atrás.

Reflejos que continuarán en las venideras secuelas de manera aún menos disimulada, como las protestas antibélicas de los chimpancés en Regreso al planeta de los simios, clara alusión a las manifestaciones contra la Guerra de Vietnam; o la revuelta de los esclavos primates en La rebelión de los simios, calco temático y estético de los traumáticos disturbios de Watts de 1965. Las referencias culturales, sociales y políticas son asimismo abundantes en esta película inaugural de la saga, desde Rebelión en la Granja, de George Orwell, novelista británico alérgico a los totalitarismos del siglo XX, hasta una versión bastante bufa de la leyenda china de los tres monos sabios, que no ve, no oyen y no hablan pero su misión es delatar los males del hombre ante los dioses.

En definitiva, el inconcebible y risible absurdo de su sociedad es el inconcebible y risible absurdo de la nuestra.

           Por otro lado, centrándonos en un plano más narrativo, la situación que sufre Taylor, enjaulado, vejado y juzgado como un amenazador fenómeno de feria, encuentra su analogía directa en el viaje de los chimpancés Zira y Aurelio (Cornelius en el original) a los Estados Unidos actuales en Huida del planeta de los simios o hasta a la de César en la reciente El origen del planeta de los simios.

La excelente labor de maquillaje de John Chambers, que dota de una incomparable expresividad a las prótesis animadas por un selecto grupo de actores –Kim Hunter, Roddy McDowall, el shakesperiano Maurice Evans-, permite que la narración no se convierta en una burda farsa y se mantenga, todavía hoy, estrepitosamente ácido, dueño de una fuerza colosal que no ha disminuido un ápice más de cuatro décadas después. También contribuye que, si bien aquí se destaca su lectura sociopolítica, El planeta de los simios es una aventura de primera magnitud, sorprendente, carismática, rodada con un envidiable pulso y muy, muy entretenida. Por supuesto, gran parte del mérito recae en la composición interior de personajes y contextos dramáticos, tarea en la que había profundizado Michael Wilson –partícipe en otra adaptación de Boulle, El puente sobre el río Kwai– a partir del borrador inicial de Rod Serling, guionista curtido en la legendaria serie de ciencia ficción La dimensión desconocida.

           Durante el desarrollo del relato, la percepción de estas injusticias repetidas, que además afectan especialmente en sus iguales, y el arduo camino que le supone probar su humanidad –o su ‘simiedad’, en este caso-, servirá como catalizador del renacer ‘humano’ de Taylor, erigido poco menos que en salvador improvisado de su especie junto a una nueva Eva elegida por sus virtudes, Nova (Linda Harrison). Con matices. El recorrido psicológico de Taylor -y, como se verá, también geográfico-, es circular, y la dicotomía que se alienta progresivamente en su interior se resuelve con un despiadado y desconsolador retorno al punto de partida. Él mismo lo expresa al comienzo del filme: es más importante el cuándo que el dónde se hallan. La celebérrima escena con la que concluye El planeta de los simios no es sino la reafirmación de su bien fundado escepticismo hacia las capacidades del hombre. Estaba en lo cierto al maldecirnos.

           Heston predecía el Apocalipsis y el tiempo le otorga la razón. El descomunal éxito del filme en la taquilla, convertido en un auténtico fenómeno cultural, sentaría las bases de una secuela –esta primera parte de la saga contaría con un total de cinco cintas a la que seguiría una serie de televisión y abundantísimo merchandising-, Regreso al planeta de los simios, la cual, de nuevo, contará con el apoyo de Heston en un papel minúsculo, tan solo aceptado como devolución de favor por favor a Richard Zanuck, cabeza de la Fox, única productora en creer en un proyecto alentado por la visionaria fe del productor Arthur P. Jacobs –el propio Boulle consideraba a su texto “menor” y “poco apto para llevar a pantalla”-, y que anduvo vagando por los grandes estudios desde principios de la década. En esta secuela inmediata, decíamos, y a pesar de su mínimo rol, Heston será el encargado de sembrar el Apocalipsis pulsando el botón de la bomba atómica que reventará de una vez por todas esta casa de locos. Una acción que, paradójicamente, condensa la sinrazón de la cual que él mismo huía y, al mismo tiempo, cumple con las profecías de los simios y justifica su ansia de exterminio del hombre como medida ineludible de supervivencia.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5. 

Nota del blog: 10.

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