Tag Archives: Guerra nuclear

Watchmen

15 May

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Año: 2009.

Director: Zack Snyder.

Reparto: Patrick Wilson, Malin Akerman, Jackie Earle Haley, Billy Cudrup, Matthew Goode, Jeffrey Dean Morgan, Carla Gugino.

Tráiler

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           En cierta manera, tenía sentido considerar que el final de la década pasada era un periodo propicio para aventurarse en un proyecto cinematográfico basado en el colosal Watchmen de Alan Moore, calificado por algunos entendidos como el primer cómic de contenido intelectualmente adulto -habría que admitir y cuestionar, eso sí, la postura de superioridad moral que entraña dicha afirmación-. La reinvención del cine de superhéroes como mitología trágica y sustancial emprendida por Christopher Nolan con Batman Begins y en especial con la exitosa El caballero oscuro favorecía este adentramiento en un universo superheróico que comenzaba a superpoblarse a marchas forzadas y que insistía, mediante argumentos oscuros y tortuosos, en despojarse de su topiquísima etiqueta de pueril divertimento de marginales y solitarios.

Asimismo, el cómic también se había mostrado como un material enormemente atractivo y apto incluso para adaptaciones quasiliterales como la de Sin City (Ciudad del pecado) -por más que el creador de su original en papel, Frank Miller, se la pegara estrepitosamente apenas tres años después tratando de dirigir él mismo otro tebeo: The Spirit-. De hecho, es probable que la elección como director de Zack Snyder tenga relación con la popularidad del entintado sobre chroma que había empleado para llevar otra historia gráfica de Miller, 300, a la gran pantalla. Y, por otro lado, las aproximaciones al corpus de Moore –Desde el infierno, La liga de los hombres extraordinarios, V de Vendetta– igualmente habían copado protagonismo durante los años anteriores, si bien con saldo desigual.

           El tono de Watchmen es bastante menos grandilocuente que el taciturno Batman nolaniano, pero sus temas y subtextos aspiran igualmente a la complejidad y la enjundia. Su microcosmos alterna la sugerente fantasía ucrónica -unos perpetuos años ochenta bajo una semidictadura de Richard Nixon, con Vietnam como estado 51º de los Estados Unidos y al borde de convertir la Guerra Fría con la Unión Soviética en ardiente armagedón atómico- con una visión apesadumbrada y crepuscular del superhéroe, casi equivalente a lo que para la mitología de la mafia -otra familia capital del séptimo arte- había supuesto Tony Soprano sufriendo un ataque de ansiedad al contemplar la migración de los patos.

Ahora bien, antes de nada hay que entrar en aclaraciones: servidor es ajeno a la obra de Moore -que, siempre esquivo, calificaba de anticinematográfica la serie, aunque loó el guion de la presente como un tratamiento bastante aproximado a su creación-, Dave Gibbons y John Higgins. Mi posición es independiente del cómic, por lo que es susceptible de ser tachada como inválida para evaluar integralmente el filme. Hay quien, como el crítico Jordi Costa, señala que el salto al celuloide se lleva por delante ciertas sutilezas y juegos metalingüísticos inaprensibles para este nuevo soporte.

           El punto de partida de Watchmen es fascinante, y queda magníficamente consolidado por los títulos de crédito, donde el desencanto existencial de los personajes queda asimilado al desencanto colectivo de un país de sueños rotos o, peor, de sueños cumplidos de forma siniestramente literal. Los vigilantes, pues, son la esencia de la cosmogonía de los Estados Unidos. “Quis custodiet ipsos custodes?” se preguntaba Juvenal y se preguntan los habitantes de esta Nueva York siniestramente verosímil en su ambientación parafascista, conspiranoica y beligerante, ahogada en una lluvia apocalíptica.

A través de una trama de intriga, siempre con la amenaza presente -sea de la delincuencia generalizada, de la inestabilidad social, del complot contra los enmascarados o de la guerra nuclear-, las aceradas lecturas sociopolíticas se conjugan equilibradamente e incluso se incardinan con los apuntes acerca de la naturaleza humana que ofrece la exploración de unos personajes de cuidada tridimensionalidad, quienes pagan los reveses de su experiencia con desarraigo, soledad, cinismo, moralismo, maquiavelismo… La visión ‘divinizada’ de Doctor Manhattan y Ozymandias interesa en la misma medida que la visión terrenal de Búho Nocturno, fondón, miope e inmerso en un incómodamente apacible desencanto. Al fin y al cabo, se trata de nuevo de una madura destrucción de arquetipos, tanto históricos como de ficción.

           Es de suponer que la puesta en escena es hartamente deudora del papel. A la abundante referencialidad cultural del cómic, Snyder le suma una banda sonora trufada de canciones populares, empleadas en varias ocasiones con intenciones irónicas o contradictorias -el asesinato del Comediante, el Hallelujah de Leonard Cohen-, pero también algo sobadas. Afianzándose sobre la viñeta, con recursos que se aprecian influidos por la digitalización que ensayara Robert Rodriguez con Sin City, el realizador mantiene firme el ritmo narrativo, a pesar de ciertas caídas debidas a la notable extensión del metraje y a la barroca agitación de algunas secuencias marca de la casa. Según Costa, es una adaptación todo lo buena que podía ser.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

Regreso al planeta de los simios

4 Sep

“Los adultos son parecidos a los niños que reclaman siempre la historia que conocen mejor, rehusando toda variación.”

Alfred Hitchcock

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Regreso al planeta de los simios

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Regreso al planeta de los simios

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Año: 1970.

Director: Ted Post.

Reparto: James Franciscus, Kim Hunter, Maurice Evans, Linda Harrison, David Watson, James Gregory, Jeff Corey, Natalie Trundy.

Tráiler

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            En el capítulo anterior de Charlton Heston contra el Apocalipsis, referente a El planeta de los simios, dejábamos al rubicundo actor postrado a los pies de la estatua de la Libertad arrasada por un lejano holocausto nuclear: una de las imágenes imperecederas del séptimo arte y el cierre perfecto para redondear una de las obras cumbre de la ciencia ficción de todos los tiempos.

Corría 1969 y, por aquel entonces, el apetito voraz de los grandes estudios y los magnates del cine no habían hallado en la creación de interminables secuelas, sagas y franquicias uno de sus más sencillos y efectivos métodos de enriquecimiento; hábito si acaso algo más asociado a la serie B en general y el cine de terror de bajo presupuesto en particular. Pero el desmesurado éxito de taquilla de El planeta de los simios y su categórico impacto cultural hacía enormemente apetecible encerrar a la gallina de los huevos de oro en un corralito y ponerla a empollar hasta que reventase.

Ante la euforia de los directores de producción de la Fox, el productor Mort Abrahams y el poeta y guionista británico Paul Dehn hubieron de abrirle una salida a un argumento que no otorgaba demasiado margen de maniobra. También resultaría decisiva para la realización del filme la impecable caballerosidad de Heston, propicio a devolver el favor adeudado a Richard Zanuck –el único productor que había apostado por un proyecto encallado durante años en los sótanos de la industria- por medio de su aparición puntual en esta segunda parte, reservada para el comienzo y el desenlace de la misma.

            De este modo, Regreso al planeta de los simios reencuentra a George Taylor, misántropo salvador de la humanidad, en su éxodo junto a Nova (Linda Harrison), la Eva rediviva en versión inocente e inmaculada, para de inmediato borrarlo del mapa misteriosamente y, con ello, ceder el protagonismo a un segundo astronauta, Brent, enviado en una contradictoria misión de rescate –sus tripulantes, al contrario que la expedición de Taylor, no parecen ser conscientes del carácter semisuicida de su naturaleza-.

Brent, interpretado por James Franciscus, galán televisivo, serviría aquí para condensar el espíritu que preside Regreso al planeta de los simios. Tupé rubio, barba perfilada y ojos claros, Brent aparece como un simple sucedáneo de Taylor. De hecho, el planteamiento de Regreso al planeta de los simios de diría que emula, de manera sintetizada, el esquema de su antecesora: confrontación con una realidad alucinada –en este caso, obviamente, con el colosal factor sorpresa ya perdido-, consciencia de la amenaza del simio y de su condición de paria en el ecosistema social del lugar, intento de huida y descubrimiento del golpe de efecto de una civilización humana que ha aplicado la guadaña sobre su propio cuello –otra vez, a pesar de la reconstrucción subterránea de Nueva York, con el impacto visual y psicológico desterrado por la inmarcesible potencia de la precedente-.

Reaparecen asimismo viejos conocidos del espectador, como los chimpancés Zira (Kim Novak) y Aurelio (Cornelius en la versión anglófona, donde David Watson sustituye a Roddy MacDowall, inmerso en el rodaje de La viuda del diablo), así como el conservador orangután Zaius (Maurice Evans). Aunque puntual, la presencia de los inconformistas y subversivos Zira y Aurelio pone una piedra más en la discusión que se producía en El planeta de los simios acerca de la estratificada y clasista sociedad simia, a la vez que se sugiere a un llamamiento por el cambio de poderes. Una interesante semilla que, no obstante, no florecerá en el guion, si bien es verdad que uno de los borradores redactados contemplaba una conclusión en la que este nuevo orden, más comprensivo y tolerante entre simios y humanos, sí era posible.

Por otro lado, la reutilización de la maqueta de la nave original de El planeta de los simios en una escena que, por otro lado, escatima su correspondiente secuencia de impacto contra el suelo, también evidencia los pronunciados recortes presupuestarios que sufrirá la película –la mitad respecto a la primera parte-; daño colateral derivado de los catastróficos fracasos de Hello, Dolly!, La estrella (Star!) o El extravagante doctor Dolittle –tijeretazos que avanzarán en progresión a lo largo de las sucesivas secuelas y de manera paralela a la pérdida de calidad del producto-. El burdo maquillaje de los extras o el reciclaje de escenarios de otros filmes del estudio, como este ruinoso musical Hello, Dolly!, serán otros de los síntomas que se puedan apreciar a lo largo del metraje.

            Siguiendo este proceso de confección apresurado y tendente a la simplificación, el subtexto crítico hacia la política y la sociedad estadounidense contemporánea del filme -recuperamos la idea del futuro distópico como espejo deformante de un presente imperfecto-, permanece agresivo y oportuno, si bien se plasma de manera palmaria y nada disimulada en el argumento. El antagonista de Regreso al planeta de los simios no son los primates, sino los halcones: los halcones de Washington embarcados en una guerra megalómana, absurda y cruenta que cuenta con el rechazo frontal del pueblo llano, manifestado a través de movimientos juveniles e intelectuales. La marcha de los brutales gorilas a la conquista de la Zona Prohibida, elemento de distinción que centra la trama de este capítulo de la saga, no es un puñado de monos a caballo y armados de rifles, sino que son los despiadados generales del Pentágono empeñados en que Vietnam constituye una pieza estratégica dentro de la teoría del dominó, una de las falacias más sobadas de la Guerra Fría. Los chimpancés que realizan una sentada de protesta pacífica a la salida del poblado, son por tanto los mismos melenudos que inundaban el campo del capitolio de la capital norteamericana.

En su arenga patriótica y populista, el general Ursis –papel interpretado con rotundidad por James Gregory, aunque ofrecido de inicio al legendario Orson Welles, a quien seguro hubiera divertido por su propensión a caracterizarse-, clama por la aniquilación del hombre no porque su piel sea de otro color, sino a causa de que no sabe discernir entre el Bien del Mal. Se sobreentiende entonces que si esos descerebrados y salvajes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, éste se hubiera alineado con el pérfido comunismo.

Otra de las consignas blandidas por Ursis alude al deber sagrado del simio de civilizar –o someter, que es lo mismo-, esta tierra indómita. Este mensaje, que reclama cierta semejanza con la misión evangelizadora de la conquista europea de América e incluso con el concepto de Destino manifiesto que respaldaría la expansión estadounidense por todo el continente, introduce un agregado religioso al belicismo que, desde el otro lado de la trinchera, también exhibirá, creando un afortunado reflejo, el contendiente de los primates: los habitantes de la Zona Prohibida, un reducto de mutantes supervivientes de la guerra nuclear, dotados de una inteligencia sobrehumana y capacidades telepáticas, y que supondrían un renovado desafío para el maquillador John Chambers, oscarizado por su labor en El planeta de los simios.

            Dentro de este clima antibélico de la cinta, los mutantes aportan otro matiz, bastante sorprendente, de esa América en lucha. Escudados en su intelecto superior, se autoproclaman un colectivo amante de la paz, incapaz de herir a nadie. En una demostración de absoluto cinismo, ese que acostumbra a ser moneda común en la diplomacia posterior a la Segunda Guerra Mundial, los mutantes no combaten; tan solo se limitan a obligar a sus enemigos a destrozarse sanguinariamente entre sí. Al mismo tiempo, su máxima divinidad, como los bárbaros expulsados extramuros de la sociedad ideal de Zardoz, cinta coetánea, es el arma. Se sobreentiende en esta ocasión que si esos ilustrados aunque deformes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, financiarían a través de sus servicios secretos a uno o a ambos bandos contendientes en la guerra civil de otra nación embarcada en un proceso revolucionario comunista o contrarrevolucionario fascista.

            Esta arma adorada, la última bomba atómica, el artefacto del juicio final, es la herramienta con la que Charlton Heston sembrará la destrucción definitiva. Las admoniciones del Legislador de los simios pasan en definitiva de ser una paranoia xenófoba a una profecía que se hace carne. El contacto de Heston con el Apocalipsis en este episodio de la saga a comentar, es por tanto doble, directo y literal. Esta conclusión radical, propuesta por el actor, tenía como propósito volar el planeta de los simios por los aires, de una vez por todas. Sin posibilidad de futuras secuelas. A efectos narrativos, esto quiere decir que, según la cronología interna del relato, Regreso al planeta de los simios es la película que escribe el punto y final de la saga. Al menos en esta línea/dimensión temporal, porque, como se verá en las otras tres continuaciones que se sucederán en los años siguientes, los jefazos de la Fox y sus guionistas asalariados todavía conseguirían sacarse algún dudoso as de la manga para prorrogar tan rentable franquicia.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 5,5.

Punto límite

15 Sep

La Destrucción Mutua Asegurada, escrita en fotogramas. Artículo sobre Punto límite, íntegro en Bandeja de Plata.

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El juego de la guerra

8 Mar

“La función del cine es ayudarnos a imaginar aquello a lo que en la realidad nos resulta atemorizante enfrentarnos.”

Atom Egoyan

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El juego de la guerra

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El juego de la guerra.

Año: 1965.

Director: Peter Watkins.

Reparto: Michael Aspel, Peter Graham, Kathy Staff, Peter Watkins.

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          Entre el 15 y el 28 de octubre de 1962, el mundo sufriría una de los episodios más aterradores de toda su Historia: la Crisis de los misiles, motivada por el descubrimiento por parte de los Estados Unidos de cabezas nucleares soviéticas instaladas y armadas en la isla de Cuba. Trece días que situaron a la humanidad al borde del abismo. Un trauma quasiapocalíptico que, como es natural, dejaría su impronta en el séptimo arte, fiel registrador de las inquietudes sociales, culturales e históricas del hombre. Para demostrarlo, ahí se encuentran cintas como las estadounidenses Ladybug Ladybug, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, Punto límite y Siete días de mayo –basada en la novela del mismo nombre, calificada como “perfectamente factible” por el propio John Fitzgerald Kennedy– o las británicas Estado de alarma y, ya al final de la década, La sala de estar con cama.

Peter Watkins, francotirador itinerante y despiadado, no iba a dejar pasar semejante oportunidad para reflexionar crítica y airadamente a propósito del contexto sociocultural del momento. El juego de la guerra sería su fabulada propuesta de lucidez en contraposición a la enajenación colectiva, paranoide y violenta que asolaba la política y la moral del hombre de mediados de los sesenta.

          Surgido en los años que vieron nacer a los contestatarios Angry Young Men –movimiento literario, dramatúrgico y cinematográfico caracterizado por su compromiso sociopolítico, extendido a la creación artística-, Watkins había procurado mantenerse al margen de lo establecido para operar con la autonomía y la libertad propia del escéptico absoluto e insobornable. A pesar de esta actitud de independencia a ultranza, el éxito de sus primeros cortometrajes propiciaría su irrupción quintacolumnista en una institución pública del prestigio de la BBC, que, imprudentemente, se prestaría a financiar un par de documentales para la televisión: Culloden –indagación en la última batalla librada en suelo británico y osada alegoría de la intervención norteamericana en Vietnam– y la presente El juego de la guerra, elucubración de un nada descartable ataque nuclear soviético sobre el corazón de Inglaterra.

A causa de la acritud de sus imágenes y de la inclemente causticidad de su discurso –además de presuntas presiones gubernamentales-, El juego de la guerra permanecería confinada en lo más profundo de los almacenes de la cadena durante veinte años. Esto, sin embargo, no le impediría obtener el premio Óscar al mejor documental, y eso que no sería esta la adscripción que mejor se ajustaría a los parámetros de semejante ensayo.

          En sus proyectos, Watkins había utilizado y subvertido a su favor las convenciones definitorias del documental –cámaras ligeras, realización de aspecto urgente, severo blanco y negro, sonido directo, voz en off didáctica-, las cuales, entreveradas con elementos dramáticos puros –guion elaborado, actores no profesionales, mayor expresividad de la puesta en escena-, constituían combinaciones perfectamente útiles y válidas para construir y analizar realidades posibles. Se trata en definitiva de piezas de incontestable verismo que, afiladas por el empleo de la ficción como piedra de amolar, permitían diseccionar con precisión –y en ocasiones con estridentes aspavientos de irreductible idealismo- las miserias de la sociedad británica y occidental, con especial relevancia en el caso de sus combativos alegatos políticos y antimilitaristas –las pretéritas The Diary of Unknown Soldier, The Forgotten Faces y Culloden; las futuras The Gladiators, Punishment Park, Evening Land, Resan: The Journey Documentary-.  

          El juego de la guerra observa a su alrededor y lo interpreta en clave de ciencia ficción ambientada en un presente muy concreto. Sus fotogramas no se limitan a reproducir con rigor y minuciosidad las atrocidades que sobrevendrían tras el bombardeo atómico –secuencias crudas, caóticas y nerviosas de muerte y destrucción-, inspiradas en el testimonio de holocaustos bélicos precedentes –Dresde, Hamburgo, Darmstadt, Hiroshima y Nagasaki-, así como por los entonces recientes test de proyectiles nucleares emprendidos por el ejército estadounidense en el desierto de Nevada y el asesoramiento detallado de un equipo científico multidisciplinar compuesto por miembros de la defensa civil, estrategas militares, un médico, un biofísico y un psiquiatra –las mismas pretensiones semidocumentales, aunque sin segundas lecturas, que albergará en el telefilme estadounidense El día después, bastante posterior, encuadrada en el periodo de la escalada armamentística, hostil y ultrapatriótica emprendida por la administración de Ronald Reagan-.

          A contracorriente de los dictados de su tiempo, el mediometraje tampoco carga con arsenal populista contra el Otro convertido en enemigo de opereta, sino que vuelve la cámara sin complejos y con innegociable y objetiva malicia hacia la sociedad occidental mediante alusiones tan radicales como “los aliados podrían ser perfectamente los primeros en apretar el botón de la guerra nuclear” y el despojamiento de cualquier atisbo de inocencia en lo que se refiere a las fuerzas políticas y militares británicas, responsables directas de la sanguinaria aniquilación de la citada ciudad de Dresde durante la Segunda Guerra Mundial –una serie de doce ataques de aviación en los estertores del conflicto descerrajado con más de 4.000 toneladas de material explosivo e incendiario y que se segaría la vida de alrededor de 30.000 personas-.

Ni siquiera el ciudadano raso encuentra dónde refugiarse, descrito como un individuo egoísta y apático que, todavía en la catástrofe, mantiene incólumes sus recalcitrantes prejuicios mientras no se vea afectado por la desolación general –los inconvenientes en convivir con personas de color, las reticencias a acoger evacuados, su desinterés por la prevención, su ánimo vengativo, la práctica entusiasta de actitudes insolidarias fomentadas desde unas instituciones ineptas y cicateras-.

          Tras esta durísima toma de contacto, Watkings no cede un milímetro en sus destempladas intenciones. Desde el desalentado pesimismo, la obra augura la extinción de la moral como prorrogación de la destrucción física de las ciudades y la población. La locura que engendra locura, la irracionalidad que devora todo a su paso, el ciclo irrompible de decadencia que, a ciencia cierta, arrasará con la especie humana si no literalmente, al menos sí como ente civilizado.

          Quizás en parte desacreditado por el fin de la Guerra Fría y el aparente relajamiento de la era del átomo, queda preguntarse no obstante cuántas de estas tétricas premisas sobreviven enquistadas dentro de una realidad global en perpetua dicotomía, en el fuero interno de este animal con ínfulas, dominado aún por pulsiones atávicas, salvajes y (auto)destructivas, que es el hombre.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7.

X-Men: Primera generación

3 Feb

“¿Por qué cientos de personas quieren ser Paris Hilton y nadie quiere ser Spiderman?”

Dave Lizewski (Kick-Ass: Listo para machacar)

 

 

X-Men: Primera generación

 

X-Men: Primera generación

Año: 2011.

Director: Matthew Vaughn.

Reparto: James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Rose Byrne, Nicholas Hoult, Zöe Kravitz, January Jones, Jason Flemyng, Kevin Bacon.

Tráiler

 

 

             Agotada la correspondiente trilogía de X-Men –las trilogías, esa inexplicable pasión popular del nuevo milenio… ¿será por su eufónica resonancia?-, una de las sagas de superhéroes más entretenidas y respetuosas con el espectador, corresponde ahora, spin-offs aparte, exprimir de nuevo la franquicia desde una nueva perspectiva: la precuela.

Probablemente en forma de trilogía, claro, aunque de momento solo hay anunciada una segunda parte.

             X-Men: Primera generación viaja a los orígenes del mito: la fundación de la patrulla mutante y de los desencadenantes dramáticos de sus principales personajes.

Teniendo en cuenta lo que había propuesto con los entrañables superhéroes de andar por casa de Kick-Ass: Listo para machacar, contar con el guion y la realización de Matthew Vaughn parecía una decisión consecuente con el posible tono de la obra, poblada de personajes adolescentes con poca conciencia aún de su verdadera naturaleza, confusos y dubitativos frente a lo que supone pasar de la marginalidad absoluta a asumir las pesadas cargas del héroe.

Sin embargo, Vaughn parece haberse adaptado mal al cambio que supone la superproducción, obligada a reventar la taquilla sin más miramientos. La presión, el miedo o la timidez hace que Vaughn no se decida a apostar por una visión más cómica y desenfadada –solo me saca media sonrisa un gag intrascendente y tampoco especialmente ingenioso sobre la CIA y las mujeres situado al final del metraje- capaz de aportar frescura al formato o, cuanto menos, un toque de distinción.

Una falta de valor que provoca que opte en cambio por la engañosa seguridad de pisar todo tipo de clichés y convenciones típicas de las películas de superhéroes, tanto en el rutinario tratamiento del espectáculo, como en la construcción y desarrollo de los personajes o en el guiño al formato comiquero dejando al paso alguna trillada y espantosa pantalla fraccionada.

             Esa tragedia del héroe que las tres películas precedentes habían sabido conjugar con el puro espectáculo palomitero sin grandilocuencia filosófica o especial calado intelectual pero sí con solvencia y refinamiento, queda ahora reducida a una retahíla de tópicos sobados sobre el complejo del doctor Jekill y Mister Hyde, la soledad y responsabilidad del héroe (que no es sino otra forma de monstruo) y la aceptación de uno mismo como individuo, expresados a través de unas cuantas frases tontorronas que tendrían como mejor destino el Tuenti de algún crío no mayor de 15 años y con dificultades para superar la ESO.

Tan solo su flagrante superficialidad salva de provocar mortal aburrimiento.

             Así pues, estamos ante una película epidérmica, convencional, ligera de ver y fácil de olvidar, entregada a un entramado de escenas de acción bañadas en efectos especiales con poco que destacar, no especialmente estimulantes, para nada sorprendentes y tampoco demasiado mal realizadas.

La presencia de un actor competente como Michael Fassbender o el placer que siempre supone ver en pantalla a la señora Draper –mencionaría también a Zoë Kravitz si no la hubieran sobremaquillado- no impiden que X-Men: Primera generación caiga en la más absoluta insipidez.

              Porque, más que mala, se trata de una cinta del todo insulsa. Que, por otra parte, es lo que suele pasar con la mayoría de películas de presentación de una serie de superhéroes.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 4.

Five (Cinco)

25 Nov

“El pueblo estadounidense tiene que entender que las armas nucleares estratégicas ponen a toda la humanidad ante una nueva circunstancia, a saber, que por primera vez en la historia la humanidad puede literalmente destruirse.”

Henry Kissinger

 

 

Five (Cinco)

 

Año: 1951.

Director: Arch Oboler.

Reparto: Susan Douglas Rubes, William Phipps, James Anderson, Charles Lampkin, Earl Lee.

Tráiler

 

 

            El 22 de agosto de 1949, la Unión Soviética explosionaba su primera bomba atómica, la RDS-1. El globo comenzaba a helarse por dos polos irreconciliables. La Guerra de Corea, desencadenada en 1950, sería la primera prueba para observar si las dos superpotencias resistían la tentación de provocar un holocausto nuclear con el despliegue de su armamento atómico. En 1951, Arch Oboler se atrevía a plasmar este pavoroso pero creíble Apocalipsis en una película, Five, que, emplazada literalmente para ‘pasado mañana’, parecía tener poco de ciencia ficción. Faltaban todavía unos pocos años para que John von Neumann, arquitecto científico del arsenal norteamericano para la Guerra Fría, formulase la teoría de la Destrucción Mutua Asegurada, el 1+1=0, popularizada bajo las esclarecedoras siglas MAD (Loco), aunque la idea ya intoxicaba el aire del planeta.

             Five sienta por tanto las bases de las películas postapocalípticas –conveniente recordatorio en la semana de estreno de Fin, prácticamente la primera inmersión española en el asunto-, presentando el relato de supervivencia de unos nuevos Adán y Eva en lo que parece el reverso tenebroso del Edén del Génesis, creado esta vez por un mal humano y no por la gloria divina. Así, el filme enfoca el Apocalipsis nuclear como una oportunidad de renacer, como el ‘qué hacer después de’ en una Tierra y una especie humana igualada por la destrucción.

Para el estudio, empleará varios tipos humanos expuestos a la convivencia y el conflicto: un solitario decepcionado con el hombre que defiende la vuelta al contacto con la Naturaleza desde el respeto y el trabajo, una mujer que aloja en su vientre la esperanza del futuro de la humanidad, un afroamericano que disfruta de una igualdad plena y una fe renovada y un supremacista empecinado en perseverar en las mismas formas de vida belicosas y autocomplacientes que han llevado al desastre.

             Oboler, director, guionista, productor y dueño de la casa que sirve de escenario principal, no se deja impresionar por la espectacularidad de la catástrofe en sí misma –este aspecto lo vendrán a desarrollar otros filmes más adelante, con sobrecogedores planos de ciudades vacías, aunque no regatea algo que otros sí obviaran como es mostrar el horror de la Muerte en forma de cadáveres-, y mantiene una propuesta ideológica y espiritual manifiesta, componiendo unos caracteres bien definidos entre los que la dubitativa mujer, Eva, la portadora de la semilla, juega el papel de juez supremo de los proyectos de utopía en un mundo muerto.

              La historia es sencilla, mantiene unas intenciones explícitas –es también por ello algo menos sugerente que otras del subgénero- y está bien contada, con detalles de audacia técnica con el expresivo uso de las sombras actuando sobre los rostros, los primeros planos, un buen sentido poético en ciertas escenas o el acertado acompañamiento de la destacable partitura de Henry Russell.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Los hechiceros de la guerra (Wizards)

5 Nov

“No puedes ser dibujante, sin importar tu calidad, si no has experimentado el amor por la fantasía.”

Ralph Bakshi

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Los hechiceros de la guerra (Wizards)

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Año: 1977.

Director: Ralph Bakshi.

Reparto: Bob Holt, Jesse Welles, Richard Romanus, David Proval, Steve Gravers, Susan Tyrrel.

Tráiler

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            Principal representante de la incipiente animación para adultos en la década de los setenta, el norteamericano de origen ruso-israelí Ralph Bakshi abandonaba sus temáticas marginales, ácidas y ácratas de sus inicios –Fritz, el gato caliente; Heavy Traffic, Coonskin– para iniciar su particular serie fantástica, con el telón de fondo de la sempiterna y tradicional lucha entre el Bien y el Mal, con Los hechiceros de la guerra, a la que seguirán El señor de los anillos y Tygra, hielo y fuego.

            Ambientada en un futuro lejano, Los hechiceros de la guerra presenta el enfrentamiento entre el mundo de las hadas, los elfos y los duendes contra las razas mutantes en una Tierra que hereda la devastación de la guerra nuclear humana. El tópico de los dos gemelos como polos opuestos de virtud y perversidad se traslada a su vez a la oposición alegórica entre la Naturaleza como factor benéfico y la tecnología como elemento destructivo en un relato muy sencillo, producto de un guion desarrollado con poca coherencia y plasmado de manera embarullada en su narración visual.

             Los hechiceros de la guerra presenta así una fantasía en la que, además de elementos que anticipan la espada y brujería, en la que Bakshi se adentrará en mayor medida en El señor de los anillos y Tygra, hielo y fuego –los personajes apelan a Crom, deidad de cimmerios como Conan el bárbaro-, coexisten referencias históricas, dado que el bando mutante asume todo el bagaje iconográfico del nazismo, y reflexiones metacinematográficas con la expresión poco sutil del poder de la propaganda: el instrumento determinante de las victorias del Mal, además de la recuperación de armas militares rescatadas del siglo XX, será el empleo por parte de su líder de un proyector en el que se emiten imágenes de El triunfo de la voluntad, una de las cimas del documental propagandístico nazi. A esto se añade la inclusión de fragmentos, impresos por la técnica del rotoscopio, de películas bélicas como El Cid, Zulú, Patton, La batalla de las Árdenas o Alexander Nevsky.

            De este modo, Bakshi contrasta esos sombríos insertos de rotoscopio y unos abigarrados fondos de escenario con personajes de formas simples y colores sólidos para conferir un interesante ambiente irreal a la animación que se prolongará en su posterior, inconclusa y considerada fallida El señor de los anillos.

Esto, unido al entrañable encanto que desprende este universo amenazado por un hechicero mutante metido a Hitler redivivo y unas ocasionales gotas de humor irreverente contribuye a superar lo típico del argumento y la cuestionable limpieza de su traducción en imágenes.

 

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 5,5.

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