Tag Archives: Falso documental

Tres caras

2 Dic

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Año: 2018.

Director: Jafar Panahi.

Reparto: Behnaz Jafari, Jafar PanahiMarziyeh Rezaei, Maedeh Erteghaei, Narges Delaram.

Tráiler

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          Qué emocionante la militancia del iraní Jafar Panahi. Cineasta clandestino, en estado de arresto en su propio país y objeto frecuente de hostigamiento por parte del régimen por su persistente activismo, Tres caras es el cuarto filme que logra confeccionar bajo la prohibición de rodar que el Gobierno iraní le impuso en 2010, después de Esto no es una película, Closed Courtain y Taxi Teherán. En esta ocasión, Panahi desplaza sus recursos de guerrilla hasta un rincón recóndito de Irán gracias a un esquema de road movie a partir del cual compone un nuevo retrato crítico nacional.

Su estilo, tradicionalmente comparado con el Neorrealismo, adquiere cierta textura documental, debido por supuesto a las precarias condiciones de la grabación pero también porque, en este viaje-investigación, Panahi encarna a una versión de sí mismo acompañando a una estrella popular de la escena local, Behnaz Jafari, que hace lo propio. Juntos se embarcan en un viaje-investigación desencadenado por la recepción de un vídeo en el que una desesperada aspirante a actriz captura su suicidio, motivado por la asfixiante presión familiar y social a la que se enfrenta en su remota aldea.

          El realizador ya se había adentrado anteriormente en la desfavorable situación de la mujer iraní en cintas como El círculo u Offside (Fuera de juego). En Tres caras, este microcosmos rural constituye un ejemplo nuclear del conjunto del país, y en concreto del arraigo esencial de su machismo. Desde esta aparente anécdota personal, Panahi -que está asimismo a cargo del guion- descubre, aunque sin hacer hincapié en severos juicios, un rotundo e incontestado culto a la virilidad en su más dañina expresión, explícitamente manifiesto en los simbólicos y reverenciados machos alfa que van surgiendo en las escenas -un semental de competición, un viril héroe del cine de acción- o en costumbres tan significativas como que el prepucio sirva para determinar el signo de toda una existencia.

          Este entorno, en el que se cruzan tres actrices -una de antes de la revolución de los ayatolás, vetada para el resto de su vida y que aparece expresiva y líricamente en sombras o de espaldas; la intérprete actual, que acapara reacciones entre la admiración y la duda moralista, y la aspirante, frustrada y marcada antes incuso de poder comenzar su carrera-, se va tornando así opresivo, tenso, amenazador. El estilo visual de la obra es acorde a esta inmediatez de trabajo prófugo, si bien el encuadre es siempre hábil para captar las emociones que atraviesan estas personas/personajes y extrae imágenes de sincera belleza -por ejemplo, el escondido, libérrimo y feliz baile que apenas de desvela a lo lejos, por medio de siluetas-. Las tomas son largas y apenas hay cortes de montaje, lo que imprime a la narración una cadencia de engañosa placidez, tan ilusoria como el pintoresquismo y la implacable hospitalidad de las gentes. Con los escasos medios de los que dispone, exprimidos con inteligencia y sensibilidad, Panahi consigue que esta atmósfera llegue a ser inquietante, como demuestra la tensión que aprieta en la penúltima escena, impuesta por una presencia explosiva, la gasolina de una situación violenta y una piedra sostenida en la mano. Desde ahí, resolviendo la transición con una soberbia elipsis, Tres caras desemboca en un plano final repleto de calidad poética, de contenido y de emoción, con una profunda tristeza.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 9.

Mike Bassett: England Manager

21 Oct

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Año: 2001.

Director: Steve Barron.

Reparto: Ricky Tomlyson, Amanda Redman, Bradley Walsh, Philip Jackson, Phill Jupitus, Dean Lennox Kelly, Robbie Gee, Geoff Bell, Martin Bashir, Pelé.

Tráiler

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           Desconfíen de los programas de telerrealidad en los que los famosos abren su vida cotidiana para mostrarse como uno de nosotros, simples plebeyos sin gloria ni millones. La esperanza de la humanidad se desvanecería definitivamente cuando viéramos a Superman sentado en el váter, luchando por evacuar el vientre. La realidad, insobornable destructora de fantasías e ilusiones, es uno de los elementos más corrosivos que existen. No hay apenas personalidades que resistan su embate demoledor; en especial en el cine, campo de sueños, la realidad sublimada. Incluso un superhéroe como el que protagonizaba Big Man Japan caía derrotado bajo sus mamporros, enguantados en una envoltura de falso documental. Pero no hace falta acudir a esta mitología contemporánea, patrimonio de la ficción, pues los dioses que habitan el día a día son otros que, por supuesto, resultan también susceptibles de perder su halo sobrehumano en esta misma batalla, decidida de antemano. Así lo probaba This is Spinal Tap, el mockumentary por excelencia, una cinta en la que se exponía a las claras cuán estúpidos podían ser los divos del rock. Mike Bassett: England Manager viene a confirmar la misma tesis sobre otro gremio endiosado, aunque paradójicamente menos cinematográfico: el de los futbolistas.

           Mike Bassett: England Manager recrea el ascenso a seleccionador inglés de un entrenador de provincias (Ricky Tomlyson), arrastrado por las circunstancias propias, la mezquindad ajena y la pobreza del fútbol de las islas. ‘Uno di noi’, ascendido al cargo que cada ciudadano lleva dentro, al menos en las conversaciones con sus cuñados, con sus amigotes en la barra del bar o en los comentarios de Marca. El deporte rey, pasión de multitudes, opio del pueblo, religión oficiosa, cuestión de estado; algo más importante que la vida o la muerte, que diría Bill Shankly, queda reducido de este modo a miserable carne de sátira.

           A medio camino entre el citado This is Spinal Tap y un episodio de Little Britain –literalmente, ya que la trama se rellena dificultosa e irregularmente hasta completar los casi 90 minutos que equivaldrían a un partido reglamentario-, el filme, dueño de un marcado carácter costumbrista, pasa revista a prototipos de futbolistas nativos –desde émulos de Vinnie Jones, ahora actor, hasta sosias de David Beckham-, a las rústicas maneras que los ingleses tienen de entender la filosofía de juego, al circo que rodea al espectáculo estrictamente deportivo –los tabloides, los hooligans- y, en consecuencia, a la sociedad que sustenta este fenómeno.

No tanto incisiva en su sátira cultural, que hubiera aportado un material de gran tonelaje ácido, Mike Bassett: England Manager es una película más centrada en la caricatura extensiva de personajes y atmósfera y, especialmente, en explotar la vis cómica de la histórica de un tipo corriente que se enfrenta a adversidades por encima de sus capacidades naturales.

Es decir, que, en paralelo a su vertiente sarcástica, la comedia juega paródicamente con los tópicos y estereotipos del cine deportivo, en concreto con las tramas de entrenadores carismáticos que, armando un equipo de despojos, alcanzan la gloria contra pronóstico y cumplen así, vicariamente, el sueño de épica para el que la mayoría de individuos cree que está destinado.

           Se trata por tanto de una línea temática ligera y un tanto superficial, algo repetitiva y localista, pero que ofrece asimismo puntos humorísticos simpaticones y contadas ideas de calado –la puerta de la sede del fútbol inglés dominada por los cubos de basura, el empleo de los versos de Rudyard Kipling, poeta del Imperio-. En el aspecto formal, la obra también se muestra inconstante en el uso de determinados recursos narrativos destinados a romper irónicamente la convencionalidad general –el formato de reportaje televisivo, la infografía-.

           Curiosamente transformado en héroe de culto debido a sus faltas humanas, el buen entrenador Bassett prolongaría su carrera con una serie de televisión y también estaba anunciada una secuela de sus aventuras, Mike Bassett: Interim Manager. No cabe duda que podría hallar nuevo material de inspiración en la realidad, que ofrece episodios superiores como el escándalo protagonizado por Sam Allardyce, de características no muy alejadas a este personaje. ‘Errare humanum est’.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,6. 

Nota del blog: 5,5.

Privilegio

4 Jun

Una estrella de rock para dominar al mundo. Distopías pop en el bullente Swinging London de los sesenta. El concierto completo, en Bandeja de Plata.

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El juego de la guerra

8 Mar

“La función del cine es ayudarnos a imaginar aquello a lo que en la realidad nos resulta atemorizante enfrentarnos.”

Atom Egoyan

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El juego de la guerra

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El juego de la guerra.

Año: 1965.

Director: Peter Watkins.

Reparto: Michael Aspel, Peter Graham, Kathy Staff, Peter Watkins.

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          Entre el 15 y el 28 de octubre de 1962, el mundo sufriría una de los episodios más aterradores de toda su Historia: la Crisis de los misiles, motivada por el descubrimiento por parte de los Estados Unidos de cabezas nucleares soviéticas instaladas y armadas en la isla de Cuba. Trece días que situaron a la humanidad al borde del abismo. Un trauma quasiapocalíptico que, como es natural, dejaría su impronta en el séptimo arte, fiel registrador de las inquietudes sociales, culturales e históricas del hombre. Para demostrarlo, ahí se encuentran cintas como las estadounidenses Ladybug Ladybug, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, Punto límite y Siete días de mayo –basada en la novela del mismo nombre, calificada como “perfectamente factible” por el propio John Fitzgerald Kennedy– o las británicas Estado de alarma y, ya al final de la década, La sala de estar con cama.

Peter Watkins, francotirador itinerante y despiadado, no iba a dejar pasar semejante oportunidad para reflexionar crítica y airadamente a propósito del contexto sociocultural del momento. El juego de la guerra sería su fabulada propuesta de lucidez en contraposición a la enajenación colectiva, paranoide y violenta que asolaba la política y la moral del hombre de mediados de los sesenta.

          Surgido en los años que vieron nacer a los contestatarios Angry Young Men –movimiento literario, dramatúrgico y cinematográfico caracterizado por su compromiso sociopolítico, extendido a la creación artística-, Watkins había procurado mantenerse al margen de lo establecido para operar con la autonomía y la libertad propia del escéptico absoluto e insobornable. A pesar de esta actitud de independencia a ultranza, el éxito de sus primeros cortometrajes propiciaría su irrupción quintacolumnista en una institución pública del prestigio de la BBC, que, imprudentemente, se prestaría a financiar un par de documentales para la televisión: Culloden –indagación en la última batalla librada en suelo británico y osada alegoría de la intervención norteamericana en Vietnam– y la presente El juego de la guerra, elucubración de un nada descartable ataque nuclear soviético sobre el corazón de Inglaterra.

A causa de la acritud de sus imágenes y de la inclemente causticidad de su discurso –además de presuntas presiones gubernamentales-, El juego de la guerra permanecería confinada en lo más profundo de los almacenes de la cadena durante veinte años. Esto, sin embargo, no le impediría obtener el premio Óscar al mejor documental, y eso que no sería esta la adscripción que mejor se ajustaría a los parámetros de semejante ensayo.

          En sus proyectos, Watkins había utilizado y subvertido a su favor las convenciones definitorias del documental –cámaras ligeras, realización de aspecto urgente, severo blanco y negro, sonido directo, voz en off didáctica-, las cuales, entreveradas con elementos dramáticos puros –guion elaborado, actores no profesionales, mayor expresividad de la puesta en escena-, constituían combinaciones perfectamente útiles y válidas para construir y analizar realidades posibles. Se trata en definitiva de piezas de incontestable verismo que, afiladas por el empleo de la ficción como piedra de amolar, permitían diseccionar con precisión –y en ocasiones con estridentes aspavientos de irreductible idealismo- las miserias de la sociedad británica y occidental, con especial relevancia en el caso de sus combativos alegatos políticos y antimilitaristas –las pretéritas The Diary of Unknown Soldier, The Forgotten Faces y Culloden; las futuras The Gladiators, Punishment Park, Evening Land, Resan: The Journey Documentary-.  

          El juego de la guerra observa a su alrededor y lo interpreta en clave de ciencia ficción ambientada en un presente muy concreto. Sus fotogramas no se limitan a reproducir con rigor y minuciosidad las atrocidades que sobrevendrían tras el bombardeo atómico –secuencias crudas, caóticas y nerviosas de muerte y destrucción-, inspiradas en el testimonio de holocaustos bélicos precedentes –Dresde, Hamburgo, Darmstadt, Hiroshima y Nagasaki-, así como por los entonces recientes test de proyectiles nucleares emprendidos por el ejército estadounidense en el desierto de Nevada y el asesoramiento detallado de un equipo científico multidisciplinar compuesto por miembros de la defensa civil, estrategas militares, un médico, un biofísico y un psiquiatra –las mismas pretensiones semidocumentales, aunque sin segundas lecturas, que albergará en el telefilme estadounidense El día después, bastante posterior, encuadrada en el periodo de la escalada armamentística, hostil y ultrapatriótica emprendida por la administración de Ronald Reagan-.

          A contracorriente de los dictados de su tiempo, el mediometraje tampoco carga con arsenal populista contra el Otro convertido en enemigo de opereta, sino que vuelve la cámara sin complejos y con innegociable y objetiva malicia hacia la sociedad occidental mediante alusiones tan radicales como “los aliados podrían ser perfectamente los primeros en apretar el botón de la guerra nuclear” y el despojamiento de cualquier atisbo de inocencia en lo que se refiere a las fuerzas políticas y militares británicas, responsables directas de la sanguinaria aniquilación de la citada ciudad de Dresde durante la Segunda Guerra Mundial –una serie de doce ataques de aviación en los estertores del conflicto descerrajado con más de 4.000 toneladas de material explosivo e incendiario y que se segaría la vida de alrededor de 30.000 personas-.

Ni siquiera el ciudadano raso encuentra dónde refugiarse, descrito como un individuo egoísta y apático que, todavía en la catástrofe, mantiene incólumes sus recalcitrantes prejuicios mientras no se vea afectado por la desolación general –los inconvenientes en convivir con personas de color, las reticencias a acoger evacuados, su desinterés por la prevención, su ánimo vengativo, la práctica entusiasta de actitudes insolidarias fomentadas desde unas instituciones ineptas y cicateras-.

          Tras esta durísima toma de contacto, Watkings no cede un milímetro en sus destempladas intenciones. Desde el desalentado pesimismo, la obra augura la extinción de la moral como prorrogación de la destrucción física de las ciudades y la población. La locura que engendra locura, la irracionalidad que devora todo a su paso, el ciclo irrompible de decadencia que, a ciencia cierta, arrasará con la especie humana si no literalmente, al menos sí como ente civilizado.

          Quizás en parte desacreditado por el fin de la Guerra Fría y el aparente relajamiento de la era del átomo, queda preguntarse no obstante cuántas de estas tétricas premisas sobreviven enquistadas dentro de una realidad global en perpetua dicotomía, en el fuero interno de este animal con ínfulas, dominado aún por pulsiones atávicas, salvajes y (auto)destructivas, que es el hombre.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7.

Zelig

4 Feb

“Es un error tratar de adivinar qué le gustará al público y tratar de hacerlo, porque entonces también podrías permitir que el público asistiera al rodaje e hiciera la película en tu lugar.”

Woody Allen

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Zelig

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Zelig.

Año: 1983.

Director: Woody Allen.

Reparto: Woody Allen, Mia Farrow, Patrick Horgan.

Tráiler

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            En la época dorada de Woody Allen, hasta aquellas películas que aparentaban ser gamberros divertimentos escondían en su seno demoledoras cargas de profundidad destinadas a explosionar y sacar a flote las miserias enquistadas en el hombre y las costumbres contemporáneas.

            Zelig se apoya en algo tan serio como el formato documental –que el cineasta neoyorkino ya había empleado con fines cómicos aunque de manera todavía intuitiva y pedestre en Toma el dinero y correpara, a través de la falsa biografía de un apocado individuo capaz de adoptar el aspecto y la personalidad de quien lo acompaña, diagnosticar los males de una sociedad estadounidense (occidental por extensión) devenida en simple masa informe y aborregada rayana en el fascismo, corriente política uniformadora y excluyente por definición –en este sentido, aparte de la alusión directa a ella en un segmento del relato, recuerden también las tesis de El conformista, de Bernardo Bertolucci-.

            En su representación literal de “la normalidad extrema”, el bueno de Leonard Zelig dictamina la condición social de cualquier ser humano, sometido y alienado por la influencia invasiva del colectivo. Tanto en el anonimato como en la fama, Zelig es víctima y chivo expiatorio de un entorno hostil y agresivo que aprecia la curiosidad momentánea pero al que, al fin y al cabo, le repele y atemoriza el desconocido, el extranjero, el Otro –en cierto sentido, la estructura narrativa del presente filme recuerda a la de Eduardo Manostijeras, protagonista de un cuento infantil al revés en el que el monstruo es primero aceptado con entusiasmo para después recibir ese rechazo que uno esperaría de inicio-. Toda persona que haya experimentado o al menos observado una adolescencia corriente, sabrá por tanto de qué habla la película.

No obstante, Zelig no se detiene solo en esta primera lectura sociológica. Al mismo tiempo, se puede percibir en su discurso una exclamación personal de hastío del propio Allen, quien, en su estatus de estrella de cine, se encuentra constantemente expuesto a las abrumadoras presiones de la opinión pública.

            Ligera y chispeante, la cinta extrae su principal fuente de comicidad en la fiel y sarcástica imitación de los códigos del género documental. Esta premisa incluye sorprendentes entrevistas con celebridades del mundo de la cultura norteamericana, así como desternillantes e iconoclastas recreaciones históricas empleadas para dar testimonio de la época en la que se ambienta la obra -anticipación directa de lo que hará Robert Zemeckis en la popular Forrest Gump-, además de una extraordinaria imitación del estilo visual y la textura del celuloide de los años veinte y treinta –decisiva aportación aquí de un genio en la materia, Gordon Willis-.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

Proyecto dinosaurio

12 Oct

“- Bueno, tendrá todo el dinero del mundo, pero hay algo que nunca podrá comprar, Marge.

– ¿El qué?

– … ¡un dinosaurio!”

Homer Simpson (Los Simpson)

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Proyecto dinosaurio

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Proyecto dinosaurio.

Año: 2012.

Director: Sid Bennett.

Reparto: Matt Kane, Richard Dillane, Peter Brooke, Abena Ayibor, Natasha Loring, Stephen Jennings, Andre Weideman.

Tráiler

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            Parece mentira, pero las producciones de terror no se cansan en su apuesta por el recurso del metraje encontrado –película que simula la reconstrucción de segmentos documentales inéditos, prohibidos u ocultos-. A pesar de tampoco se trata de un formato en absoluto novedoso -habría que retrotraer sus raíces hacia el cine mondo y el gore italiano de cintas como Holocausto caníbal-, la fiebre del falso documental de terror provocada por el rentabilísimo estreno de El proyecto de la Bruja de Blair, ha servido para “sacar a la luz” desde entonces, con saldo desigual, a ectoplasmas, zombis, monstruos abisales, selenitas, trolls, parásitos mortíferos e incluso dinosaurios supervivientes del periodo Cretácico, como la presente cinta británica cuyo responsable, Sid Bennett, había ya transitado el terrero del ‘found footage’ con Sirenas: el descubrimiento.

            De tan sobado, el truco no colaría a estas alturas ni con la mejor campaña promocional del universo, pero Proyecto dinosaurioPesadilla Jurásica al otro lado del Atlántico- insiste en el cliché presentado la cinta como un conjunto de fragmentos recompuestos y sin alterar del material filmado por una expedición británica en busca del legendario ‘Mokèlé-mbèmbé’ congoleño, equivalente centroafricano del monstruo del lago Ness.

             Aparte de recrear con torpeza de amateur –magra excusa es el preceptivo empleo de la mareante cámara en mano- el sueño dorado de cualquier chaval que se precie –encontrar un dinosaurio, vivo o muerto-, la película resulta una mezcla de El mundo perdido y Baby, el secreto de una leyenda perdida, rodada con el rigor narrativo de las aventuras en 3D del Imax aunque menos emocionante.

El florido ramillete de tópicos que compone la trama -incluidos el sempiterno conflicto paternofilial, el esoterismo nativo, la crítica de los desmanes de la televisión del espectáculo y una cerúlea denuncia ecologista- queda hilado por medio de un texto que de tan manido y elemental llega a alcanzar unas nada desdeñables cotas de idiocia, tan solo equiparables a la linealidad en el dibujo de personajes –hasta el arrojado explorador emula a Indiana Jones en su atuendo- y la impersonalidad e inexpresividad de la ramplona puesta en escena.

             Dado que estas carencias argumentales son rasgos compartidos por este tipo de productos en su conjunto, epidérmicos por definición, sí cabe entonces destacar un problema mayor: el de la total incapacidad de Proyecto dinosaurio para generar una inquietud suficiente como para cautivar y mantener el interés del espectador. Se apunta la culpa en este caso el flagrante desprecio por la credibilidad de la historia que se está contando –un factor siempre independiente de lo más o menos fantasioso del relato-, donde la perpetua agitación del plano aspira a suplir la adecuada y necesaria modulación del tempo fílmico. Sin éxito, por supuesto.

             No logran compensar el visionado el beneficio de que aparezcan unos dudosos dinosaurios –con un homenaje al de por sí fabulado dilophosaurio de Parque Jurásiconi la breve extensión de la película –una selección de entre nada menos que 100 horas de metraje original se comenta al inicio, qué cantidad de morralla grabaría esa gente-.

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Nota IMDB: 4,6.

Nota FilmAffinity: 4,9.

Nota del blog: 4.

I’m Still Here

3 Sep

“Actuar es la expresión de un impulso neurótico. Es una vida de pordiosero. Dejar de actuar: esa es una señal de madurez.”

Marlon Brando

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I’m Still Here

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I'm Still Here

Año: 2010.

Director: Casey Affleck.

Reparto: Joaquin Phoenix, Antony Langdon, Larry McHale, Casey Affleck.

Tráiler

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            La solemnidad, el rigor, la verosimilitud y la autoridad que se le supone al documental le convierten al mismo tiempo en un arma de doble filo, ya que revertir conscientemente estas mismas características –clichés al fin y al cabo- constituye una plataforma de extraordinaria eficacia para la sátira. Películas como Zelig, This is Spinal Tap, BoratBrüno o Big Man Japan, series como The Office, Arrested Development o Qué fue de Jorge Sanz, y la conversión en “realidad” de febriles leyendas urbanas –Operación Luna, falso documental acerca del “falso” alunizaje del Apollo XI rodado por Stanley Kubrick– y fantasías descarriadas –Nothing So Strange, sobre el “asesinato” de Bill Gates-, así lo confirman.

            Siguiendo esta línea paródica y humorística, I’m Still Here se presenta como una gigantesca broma, mantenida durante dos largos años por parte de dos actores en contra del sistema industrializado, ultramediatizado y desquiciado que los rodea y oprime. ¿Quién no recuerda el extravío que parecía sufrir Joaquin Phoenix en el show de David Letterman cuando, después de ser nominado al Oscar a mejor actor principal por En la cuerda floja y estrenar Two Lovers, anunciaba barba jasídica en ristre y mirada desorientada que se retiraba de la interpretación para dedicarse a la música hip-hop?

            Lo cierto es que la idea es buena como inocentada, pero acudiendo al manual del cómico cabría recordar que lo breve gusta y lo mucho cansa. Sobre todo si uno conoce ya el ‘punch’ final del chiste. Por ello, tragarse una cinta de más de cien minutos sobre los fingidos desvaríos de una estrella carcomida por la alienación y sus propias tendencias autodestructivas, supone una tarea más fatigosa de lo que uno está dispuesto a tolerar.

            Con Casey Affleck, cuñado y cómplice de Phoenix, manejando las cámaras, el mockumentary trata de exponer las relaciones que unen (o encadenan) al actor con su oficio, con los depredadores medios de comunicación y con la despersonalizada y tiránica masa consumidora –desvelos artísticos que han servido, en otros soportes, para realizar obras como The Wall, de Pink Floyd-, al mismo tiempo que registra la crónica de los patéticos inicios de una carrera musical frustrada de antemano -donde entonces la citada This is Spinal Tap serviría como referente válido-.

Aunque Phoenix realiza un trabajo muy creíble desde su composición del artista defenestrado y decadente –se hace fácil cogerle manía-, el conjunto se queda en una burla plana, anclada en tres o cuatro tópicos chapuceramente hilados sobre las miserias cotidianas del ‘star system’ y con poquita cosa que decir a la hora de la verdad, más allá de su traviesa idea seminal y de una expresiva y extrañamente poética escena de conclusión.

            Ni ácida, ni punzante, abotargada y tediosa, I’m Still Here acaba por ajustarse mejor a los parámetros de la broma privada que al terreno del documental satírico.

 

Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 2,5.

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