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La hora final

10 Jul

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Año: 1959.

Director: Stanley Kramer.

Reparto: Gregory Peck, Ava Gardner, Anthony Perkins, Fred Astaire, Donna Anderson, John Tate, Lola Brooks, John Meillon.

Tráiler

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          En octubre de 1962, el mundo contenía la respiración ante la crisis de los misiles cubanos, que había calentado las tensiones de la Guerra Fría hasta empujarla al borde de un conflicto nuclear en el que, en base a la teoría de la destrucción mutua asegurada que sugería el potencial armamentístico de los Estados Unidos y la Unión Soviética, nadie sabía qué podía ocurrir realmente; si la vida en la Tierra estaba garantizada después del estallido de la última bomba.

“Todavía hay tiempo hermano”, advertía en sus últimos fotogramas La hora final, que tres años antes trataba de elevar la voz contra una escalada de tintes apocalípticos recurriendo para ello al poder del gran medio de comunicación de masas: el cine. Su influencia, a tenor de los acontecimientos, se diría limitada, a pesar de la ascendencia sobre el pensamiento colectivo que pudieran tener rostros como el de Gregory Peck, una de esas estrella del séptimo arte que, a la par, había logrado erigirse en una referencia de los valores morales de una sociedad democrática y progresista, además de haberse manifestado en contra de la proliferación de las armas nucleares e incluso, en una opinión valerosa, de su empleo contra Japón en la Segunda Guerra Mundial. Esta era también la lucha emprendida desde los oscuros tiempos del maccarthismo por uno de los grandes baluartes de la denominada generación del compromiso: Stanley Kramer, primero productor y luego director. El propio lanzamiento del filme se convirtió en un acto político. Moscú fue una de las ciudades elegidas para su premiere global, algo nunca visto hasta entonces. En un pase especial, junto con los dignatarios soviéticos asistieron el embajador estadounidense en el país y el propio Peck.

          Quizás en esta línea, La última hora no culpa a ninguno de los dos bloques del accidente que desencadena un apocalipsis del que solo sobrevive Australia, donde no obstante se espera que llegue la radiación atómica a pocos meses vista para rematar con los últimos vestigios del ser humano. De hecho, su principal hipótesis reduce todo a un incidente tan tonto como inevitable debido a la extrema tensión bélica del periodo. Su punto de vista tampoco se centra en cómo se afronta este tiempo de vida de prestado desde el punto de vista colectivo, sino a pequeña escala, desde la intimidad, pese a ser la primera producción de postín en abordar el tema.

La última hora es, en definitiva, un drama muy contenido y hasta anticlimático. No hay una espectacularización de la destrucción; la narración surge a posteriori del incidente y las huellas del apocalipsis apenas se diseminan en forma de coches abandonados y, en el territorio desaparecido, como calles desiertas y pavoroso vacío. No hay histeria, sino una extraña y desconcertada resignación, que no entiendo como un fallo de intensidad, sino como un refuerzo del pesimismo y la insodable tristeza que cala paulatinamente en el filme. La construcción psicológica de los personajes hace que estos, incluso, tarden en afrontar directamente la muerte inexorable. Se niegan a escuchar, rechazan la realidad o beben hasta anularse. Lo mismo se aplica a la esperanza, ilógica, descartada o difícilmente sostenida. Hay aspectos sumamente agresivos en este sentido, como la distribución gubernamental de píldoras para el suicidio.

          Sobre estas constantes se mueven las reacciones de unos personajes a los que se les desmoronan las últimas barreras de una vida que acaso ya carece de sentido, o que al contrario, acotada en un espacio terriblemente finito, concentra todo su significado. Es una desesperación que el relato infiltra con suma paciencia, al ritmo en el que parecen asumirla los personajes, cada uno a su manera. De este modo, sus relaciones y sus acciones van cobrando una mayor trascendencia, en paralelo a la potencia del alegato pacifista del discurso, y algunos, como la cínica, alcoholizada y sensible mujer que interpreta una carnal y fascinante Ava Gardner, alcanzan una especial potencia conmovedora.

Menos lucidas son, en cambio, decisiones de realización como el abuso del plano holandés para reflejar la desorientación de los protagonistas, el tosco uso del plano circular en una escena de por sí hermosa con el empleo fuera de campo del Waltzing Matilda o la cierta torpeza para finiquitar con fluidez las tramas en el desenlace.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 8.

Mar de fondo

6 Sep

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Año: 1931.

Director: John Ford.

Reparto: George O’Brien, Marion Lessing, Steve Pendleton, Henry Victor, John Loder, Walter C. Kelly, Warren Hymer, Walter McGrail, Larry Kent, Mona Maris.

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          John Ford parecía sentir fascinación por los submarinos en el arranque de su andadura en el cine bélico. A comienzos de los años treinta, encadena la dirección de Tragedia submarina, una terrible historia de naufragios, y Mar de fondo, acerca de una misión secreta para hundir un sumergible alemán U-172 frente a las costas canarias en la Primera Guerra Mundial.

          Aunque todavía toscos y demasiado artificiosos, Mar de fondo muestra algunos rasgos dramáticos cercanos al concepto de heroicismo presente en la obra del autor, donde se conjuga el sentido del deber llevado hasta el sacrificio, la comicidad cotidiana del contingente militar tornado en familia -el humor como muestra de humanidad- y cierta pátina de melancolía que aparece incluso en la victoria. Por ejemplo, el Mike Costello que aquí interpreta Walter C. Kelly prefigura los contrapuntos cómicos que, más adelante, encarnará Victor McLaglen en el ocaso de su carrera, repletos de tempestuosidad irlandesa, batallitas fantasiosas, querencias etílicas y entrega tan abnegada como crítica. El patoso marinero Kaufman también pertenece a esta estirpe de bufones entrañables que aportan un toque de color al grueso de la tropa, aunque su desarrollo es tan primario, o el conjunto que le rodea está tan acartonado, que su función no se completa adecuadamente.

El dibujo de los personajes de Mar de fondo es demasiado romo, consecuencia de un guion -firmado por Dudley Nichols, un habitual de Ford y ya coautor del libreto de la citada Tragedia submarina– no exento de importantes lagunas -el incomprensible entierro flotante, la ingenuidad de unos alemanes a los que se les suponía debidamente informados- y con pegotes tan abrumadoramente innecesarios como cursileros -la subtrama romántica inconstante y sin pies ni cabeza, a la que al menos se esconde en un segundo plano-. En cambio, mejor fortuna corre el retrato digno del enemigo, dueño también de sentido de la camaradería y del honor, de sentimientos y motivaciones -¡si hasta preguntan preocupados por su madre!-. La guerra en el mar siempre ha gozado de una reputación de mayor caballerosidad que los cruentos combates en tierra firme.

          En lo relativo al estilo visual del filme, algo semejante ocurre con una puesta en escena por lo general un tanto plana, convencionalidad que se rompe con la crudeza de algunos momentos próximos al verismo documental, en incursiones exóticas como la pintoresca y seductora escena de baile en la taberna y, especialmente, en el dramatismo contenido que se respira durante la resistencia frente al bombardeo, expuesta con una acción bastante elemental pero un gran dominio de la tensión narrativa.

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Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6.

Life Aquatic

18 Mar

“Me encanta la forma en la que escribe Wes Anderson. Me gusta mucho la manera que tiene de rodar, y me gusta ÉL. Me encanta la forma en la que trabaja y la pasión que pone en su vida. Es una lección para todos: coger lo se ama y trasladarlo de la forma en la que se vive consigue repartir amor por el mundo.”

Bill Murray

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Life Aquatic

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Life Aquatic.

Año: 2004.

Director: Wes Anderson.

Reparto: Bill Murray, Owen Wilson, Cate Blanchett, Anjelica Huston, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Michael Gambon, Seymour Cassel.

Tráiler

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            No cuesta imaginar a Wes Anderson como alguien que, a través de una ficción diseñada a medida, intenta proteger su inocencia infantil frente a una realidad exterior hostil y malencarada, ávida destructora de su bondadosa (y un tanto engreída) ingenuidad de buen salvaje. No por nada, el entusiasta y obcecado protagonista de Academia Rushmore poseía una carga autobiográfica en absoluto desdeñable.

            Confirmado oficialmente como una de las grandes promesas surgidas del cine indie de los noventa gracias a la nominación a mejor guion original por Los Tenenbaums. Una familia de genios -firmado junto a su amigo y colaborador Owen Wilson-, Wes Anderson buceaba en su universo naif, surreal y colorista en búsqueda de Steve Zissou, documentalista marino en franco declive, torturado por la sangrienta muerte de un fiel amigo durante su último proyecto y supuesto padre inesperado de un señor de Kentucky aparecido de improviso.

            En cierta escena, el atribulado Zissou (Bill Murray, encarnación del estoicismo) exclama “¡Es un documental! ¡Todo esto está sucediendo en realidad!” a propósito de una toma cochambrosa y desde el obvio decorado que constituye su estrafalaria fusión de submarino y barco científico. Con Life Aquatic, Anderson se sumerge el cine de aventuras pasado por el filtro de su particular sensibilidad de autor, lo que le sirve para componer un discurso acerca de las mentiras e imposturas que dominan la vida cotidiana, factores de alienación y desencanto ante los que conviene imperiosamente despertar y liberarse –aunque sea por medio de una caída por las escaleras, al igual que el protagonista-.

Son, en definitiva, fingimientos tan burdos como esos documentales atados a un guion tan repleto de dramatismos; tan patéticos como el caricaturesco Zissou, trasunto de Jacques Cousteau, naturalista estrella con desprecio por los animales y encantado de conocerse.

Códigos sociales y convenciones cinéfilas convertidas en traviesos y melancólicos juegos y peripecias -un tono lúdico que recuerda por cierto a los safaris del ¡Hatari! de Howard Hawks-, alrededor de los cuales se reúne una galería de personajes inmersos en una obra de teatro autoconsciente, escrita con fotogramas de radiantes colores sólidos, criaturas sorprendentes, tramas estrambóticas, versiones bossa-nova de David Bowie y abundante ‘product placement’. Sujetos que necesitan aferrarse imperiosamente a su punto de vista subjetivo de la existencia para sobrevivir a la deriva en esa indiferente, aséptica y cruel realidad que se cierne entorno a ellos. Lo existencial y lo metalingüístico quedan así entreverados de manera indisociable.

            El asunto es que, por momentos, uno no sabe si sentir ternura o, una vez empalagado por tanto infantilismo artificial y redicha reflexividad cinematográfica, ensayar una imitación de lo que hiciera Gene Hackman durante el rodaje de Los Tenenbaums, agarrar por las solapas a Anderson e instarle a que deje de creerse Peter Pan y se haga adulto de una maldita vez.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

Das Boot (El submarino)

8 Feb

“Con el submarino ya no habrá más batallas navales, y como se seguirán inventando instrumentos de guerra cada vez más perfeccionados y terroríficos, la guerra misma será imposible.”

Julio Verne

 

 

Das Boot (El submarino)

 

kinopoisk.ru

Año: 1981.

Director: Wolfgang Petersen.

Reparto: Jürgen Prochnow, Herbert Grönemeyer, Klaus Wennemann, Hubertus Bengsch, Martin Semmelrogge, Bernd Tauber, Erwin Leder.

Tráiler

 

 

             Para alguien como el que suscribe, con un miedo atroz a quedar atrapado e inmóvil en una chimenea, una gruta, un túnel o donde sea, con una nada desdeñable aversión hacia los espacios masificados y sentimiento de inquietud ante las profundidades abisales y por nadar en aguas donde no hace pie a causa de haber visionado Tiburón puntualmente cada comienzo de verano, y cobarde militante para el combate, pocos sitios se le antojan más agobiantes que un submarino.

Una herrumbrosa lata de sardinas que, milagros inaprensibles de la física, tanto flota como navega bajo las aguas y en la que, en caso de avería, las cosas siempre vendrán peor dadas que en cualquier barco convencional. No en vano, como reza en su comienzo Das Boot (El submarino), buque insignia de este subgénero bélico, de los 40.000 soldados alemanes destinados a engrosar la flota subacuática, 30.000 acabaron alimentando la voracidad de la Parca. Tres de cada cuatro.

Es por eso que, al igual que en otras divisiones de la Segunda Guerra Mundial como la aviación -60% de bajas, señala el periodista Jacinto Antón en uno de sus magníficos artículos-, para alistarse en un submarino se necesita madera de héroe o alma de loco.

             La tragedia de Das Boot se basa precisamente en mostrar lo contrario. Salvo en el caso del estoico capitán, el jefe de ingenieros, el primer teniente, nazi ultraconvencido, y algún marinero desperdigado, la razón que motiva el encierro de la juvenil, inexperta e inconsciente tripulación en el U96, encadenados a una misión suicida, es la locura belicista de Adolf Hitler una vez ya iniciado el descalabro de los ejércitos alemanes, siempre con la complicidad de esos altos mandos bravucones, ignorantes y aduladores.

             Respaldada por el aval de los numerosos premios y alabanzas obtenidos en festivales de medio mundo y con las nominaciones a mejor director y guion en los Oscar para Wolfgang Petersen aun tratándose de una cinta y un realizador alemán, Das Boot logra hacer tangible la experiencia de combatir en uno de estos tétricos navíos. Una hazaña que nada tiene que ver con la épica, sino con el hacinamiento, con el olor a sobaco, a pies, a mierda y a terror, a nervios y espera, con las fugaces intervenciones como cazador y la perenne condición de presa.

El espectador adopta la figura ajena del teniente Werner (Herbert Grönemeyer), reportero de guerra, para acompañar a los hombres del capitán Heinrich Lehmann-Willenbrock (un majestuoso Jürgen Prochnow que más tarde quedaría desaprovechado en un montón de naderías) y sentir junto a ellos la tensión irrespirable, la pegajosa claustrofobia y el asco de la convivencia forzada codo con codo durante interminables meses sin sol y sin tierra firme –ya lo dicen los concursantes de Gran Hermano y no por casualidad: “dentro todo se magnifica”-.

De hecho, la película presenta pocos momentos de adrenalina guerrera, y cuando aparecen Petersen los expone mediante técnicas y códigos más propios del thriller y el terror: envolviendo la atmósfera en luces oscuras, sonidos inquietantes, amenazas perpetuas e inescrutables y una sensación de desamparo general en sus personajes, sometidos al desgaste feroz de una tortura constante.

             De todas maneras, tal vez el modo de relatar esta incesante angustia, mediante el sufrimiento de continuos y reiterados ataques enemigos, al final acabe por ser contraproducente por reiterativa.

Extender la película hasta los 200 minutos –aquí se comenta la versión Director’s Cut Restoration, no respondo de otras- es un abuso excesivo de la resistencia de un espectador que, si bien se ha sumergido de lleno, como un recluta cualquiera, en los inciertos avatares de la nave gracias a las incuestionables virtudes de la cinta en cuestión de atmósfera y verosimilitud de situación y personajes, no siente finalmente la obligación de permanecer a bordo más de lo justo y necesario.

Así las cosas, con una hora menos de metraje las virtudes mencionadas permanecerían todavía más vívidas en el recuerdo, ya que durante el último tercio de la cinta, con el añadido del descenso del ritmo que produce el percance del U96 en el estrecho de Gibraltar, uno acaba por perder la concentración y las ganas demasiado tiempo como para consagrar definitivamente a Das Boot como obra maestra del cine bélico.

Pero, en cualquier caso, el notable permanece.

 

Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

El espía negro

27 Ene

“Michael Powell sabe lo que voy a decir incluso antes de que lo diga –puede que incluso antes de que lo piense-, lo que es una cosa muy rara. Tienes suerte si conoces siquiera una vez a alguien así en tu vida.”

Emeric Pressburger

 

 

El espía negro

 

Año: 1939.

Director: Michael Powell.

Reparto: Conrad Veidt, Valerie Hobson, Sebastian Shaw.

 

 

 

             Al mismo tiempo que comenzaban a labrar su propia carrera cinematográfica, originalísima y compleja, The Archers (“los arqueros”) Michael Powell y Emeric Pressburger construían la base de su libertad artística atendiendo con eficiencia encargos ajenos destinados a ser puro entretenimiento y vehículo de lucimiento de las estrellas británicas del momento bajo argumentos de moda.

El espía en negro, primer fruto de su feraz colaboración con el director y productor Alexander Korda, rodado casi paralelamente a su monumental El ladrón de Bagdad, será uno de esos ejemplos: una muestra de su genialidad artística y su inconmensurable habilidad como narradores puesta al servicio de un atractivo filme bélico cuyos actores principales serán los entonces populares Valerie Hobson y Conrad Veidt, nombre propio del expresionismo alemán, ahora exiliado del nazismo y ciudadano británico.

             El espía negro, ambientada en la Primera Guerra Mundial pero estrenada en unos tiempos en los que ya se podía sentir en el aire el hedor del próximo y aún más terrible enfrentamiento, presenta una trama de espionaje en principio desde el punto de vista alemán, con un capitán de submarinos (Veidt) encargado de infiltrarse en la isla de Hoy, base de la marina británica en el Mar del Norte, con la ayuda de un contacto, la bella comandante Tiel (Hobson), y con el renegado teniente Ashtington (Sebastian Shaw) como traidor informante.

            Al igual que en el resto de su carrera, la temática bélica no se traduce en maniqueísmo, ni en canto burdo a los valores patrióticos o al ardor militar. Los arqueros, con Powell en la dirección y el apartado visual y Emerich en el libreto fundamentalmente, demuestran de nuevo sus aptitudes de cuentacuentos en el dibujo de personajes vivos, creíbles, pertenezcan a uno u otro bando. Los militares alemanes son humanos, poseen unos objetivos propios que son también legítimos. Si acaso, destacan por una cierta obstinación irreflexiva en su firmeza marcial, en el teleologismo con el que la aplican, contrapuesta a la mayor humanidad de los británicos, comprensivos y clementes en la victoria.

Esa capacidad de comprensión para las actuaciones de los personajes abunda en las virtudes de un entretenido relato de tensiones bélicas y sexuales, suspense y equívocos; desarrollado con inteligencia mediante un intenso guion en el que las frases soterradas poseen igual o mayor valor que las explícitas y al que tan solo cabría achacar el hecho de que la explicación que da lugar a la intriga de espionaje, colaboración y conflictos entre los tres caracteres principales queda verbalizada con poca elegancia y una credibilidad cuestionable, demasiado cogida por los pelos.

Aún así, es una cinta plenamente disfrutable.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Atragon

9 Oct

“No necesitamos continentes nuevos, sino personas nuevas.”

Capitán Nemo (20.000 leguas de viaje submarino)

 

 

Atragon

 

Año: 1963.

Director: Ishirô Honda.

Reparto: Tadao Takashima, Yoko Fujiyama, Ken Uheara, Jun Tazaki.

Tráiler

 

 

            El rey indiscutible del kaiju eiga, Ishirô Honda, se apartaba por un momento, dentro de su hiperactividad laboral, los monstruos –solo en parte- para dirigir una película de aventuras relativamente exóticas con el espíritu de los relatos de Julio Verne y fuerte regusto a ciencia ficción de serie B, sin dejar de lado la sempiterna cuestión de la amenaza de destrucción del Japón, en este caso por causas directamente bélicas, si bien procedentes de un arcaico imperio sumergido, el legendario Mu, una suerte de Atlántida que pretende volver a dominar el mundo con su tecnología superior, artilugios que, sin embargo, contrasta con sus antiquísimos rituales y ropajes de extracción egipcia y maya y sus armas de palacio, compuestas de cuchillos, azagayas y palos.

Contra ello, deberán luchar dos fotógrafos de modelos junto con un ex almirante de la marina nipona, su ahijada y el desaparecido padre de esta, un militar desertor, nostálgico imperialista belicoso, que ha de cambiar su mentalidad recalcitrante para poner su ingeniería militar, el secreto submarino volador Atragon, al servicio de la salvación de la humanidad y así de paso recuperar el amor de su hija.

            Una historia con suficientes atractivos fantásticos y aventureros que se conforma con el entretenimiento intrascendente y despreocupado, con un guion ligero, fluido, pero bastante endeble, supeditado al desarrollo de la acción y de los abundantes efectos especiales, donde Honda sigue demostrando su envidiable imaginación y habilidad para crear una puesta en escena estimulante y, en colaboración con su habitual Eiji Tsuburaya, para montar y explosionar maquetas de todo tipo, además de su buen entendimiento para la banda sonora con el nunca suficientemente valorado Akira Ifubuke.

Se deja ver, sin más vuelta de hoja.

 

Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: -.

Nota del blog: 5,5.

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