Tag Archives: Viaje espacial

Ad Astra

24 Sep

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Año: 2019.

Director: James Gray.

Reparto: Brad Pitt, Tommy Lee Jones, Liv Tyler, Donald Sutherland, Ruth Negga, Donnie Keshawarz, Kimberly Elise, Loren Dean, Sean Blakemore, Bobby Nish.

Tráiler

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          En cuanto la ciencia ficción cinematográfica se hizo adulta -con 2001: Una odisea del espacio, según reza el tópico- los viajes hacia las profundidades del universo se transformaron, en realidad, en un recorrido que se repliega hacia uno mismo, hacia el hogar, hacia lo íntimo, hacia la terrible incógnita que supone existir; como trataba de explicar con elogiado rigor científico pero enrevesada coartada argumental y sobre todo frialdad emocional la reciente Interstellar, donde la epopeya del protagonista en pos de hallar el remedio para la agonía del ser humano terminaba, literalmente, en la casa familiar, en un regreso al origen, en el redescubrimiento de la propia vida. En la serie documental Nuestro planeta, los astronautas participantes coinciden en cavilar que, precisamente, abandonar ese útero cósmico que es la Tierra y observarlo desde millones de millas de distancia le otorga a uno una nueva perspectiva de todo.

          Ad Astra prosigue por este camino espiritual. En cierta manera, James Gray -director y coguionista- traza una variación de su anterior Z. La ciudad perdida, que ya era una búsqueda interior que se canalizaba hacia una búsqueda exterior, enmarcada en aquella ocasión en la inmensidad de la selva amazónica. De hecho, en la presente se encuentra más justificada la cita a El corazón de las tinieblas, que el cineasta esgrimía como fuente de la que bebía la precedente, en la cual el tormento del personaje parecía, en cambio, emparejarse más con la mancha interna, invisible pero indeleble de otra creación de Joseph Conrad, Lord Jim. Siguiendo esta línea, el empleo de la voz en off, reflexiva, torturada y existencialista, recuerda a la del capitán Willard de Apocalypse Now, la más célebre adaptación de la novela del marino y escritor, si bien entremezclada con resonancias del estilo de Terrence Malick en cuanto a este recurso -siendo este último más poético-.

Así pues, en Ad Astra, el cosmonauta Roy McBride (Brad Pitt) utiliza como propulsor su insondable vacío afectivo para lanzarse en una persecución suicida, obsesiva, del tótem del padre -probablemente la gran constante que atraviesa la filmografía de Gray-, oculto entre los anillos de Neptuno y posible foco de una amenaza catastrófica que apunta contra la Tierra. A bordo de la nave Cefeo -obviamente, una referencia otro progenitor a quien no le tiembla el pulso para sacrificarlo todo, como también lo sería Eve a ese complemento fundamental que acaba con la soledad del individuo en la vastedad del orbe-, a medida que McBride avanza por el espacio se adentra en su examen de conciencia y va hollando mundos cada vez más desolados y oscuros. Gray expone la tragedia desde la paradoja: el objetivo de la misión que encadena a padre e hijo, y por la que dejan atrás cualquier vínculo humano e incluso moral, es el contacto con la vida inteligente que pueda morar más allá de los confines del sistema solar.

          En este drama de hombres desgarrados en mil pedazos, pura carcasa desamparada, pura víscera en calmada desesperación, los planos donde vibra su delicada belleza son aquellos que contemplan el sencillo roce de unas manos, la vulnerabilidad, el auxilio y la protección que emana de un amor sincero, orgánico, esencial. Es decir, el núcleo de la honda y sentida reivindicación emocional que contiene el relato. El sentimiento como fuerza tangible, cierta -como exponía, con mucha mayor torpeza, Christopher Nolan en su filme-. Primordial.

Por esta misma razón chirría la verbalización de las conclusiones, el subrayado final del mensaje, que hasta se diría que simplifica la evolución íntima del protagonista o que remarca su previsibilidad.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

Guardianes de la galaxia Vol. 2

6 Feb

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Año: 2017.

Director: James Gunn.

Reparto: Chris Pratt, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper, Vin Diesel, Kurt Russell, Michael Rooker, Karen Gillan, Pom Klementieff, Elizabeth Debicki, Sean Gunn, Chris Sullivan, Sylvester Stallone, Stan Lee.

Tráiler

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          Hay una cuestión que, más allá de su devoto fetichismo por la cultura pop del periodo -cinematográfica, musical, visual, tecnológica…-, conectaba de fondo a Guardianes de la galaxia con el cine de aventuras y fantasía de los ochenta: ese tema de la ausencia paterna tan característico de las producciones de Steven Spielberg y la factoría Amblin. El segundo capítulo de la saga otorga protagonismo a este asunto para, a partir de ahí, construir un argumento en el que se enfrenta el peso de la sangre, de la genética, al concepto de familia elegida. Porque la familia, como expone la subtrama de las hermanas Gamora y Nebula, es el tema principal de Guardianes de la galaxia Vol. 2.

          Obviamente, en concordancia con el espíritu de la serie -que va un paso más allá incluso que el de la propia Marvel, si bien luego ha sido superada por Deadpool-, este drama queda abordado con un tono ligero en el que es frecuente el humor irreverente y posmoderno, que tanto sirve para rebajar la grandilocuencia de la tradicional acción superheroica como las tentaciones de componer una tragedia colosal. Lo antitético de lo que propone su rival DC, como es sabido. Falta le hace esta comedia, sea como fuere, porque todo espectador conoce de pe a pa el desarrollo y la resolución de este dilema que se plantea, además de que el resto de vertientes paralelas tampoco poseen una mínima consistencia -quizás Yondu se revele como un personaje con algo más de posibles-, con lo que el relato en sí termina por quedarse bastante endeble y deshilvanado.

          En todo caso, la estrategia de la semiparodia no deja de ser medianamente inteligente: si no se apunta alto -o si se admite la improcedencia de esta grandilocuente solemnidad- es más fácil acertar el tiro, sobre todo si se sigue hallando gags de impacto. Como explicita su introducción, donde la cámara sigue al adorable Baby Groot mientras baila ajeno a la macropelea que transcurre en segundo plano, la atención de la película no está puesta en los increíbles avatares de unas criaturas extraordinarias, sino en su chispa cotidiana, trivial. 

De esta manera, Guardianes de la galaxia Vol. 2 se atiene en gran medida y hasta exagera la fórmula que hacía de la entrega inaugural un divertimento relajado y simpático, protagonizado por uno de los nuestros. Es decir, por un superhéroe que, en realidad, es un tipo campechano con el que el público comparte sensibilidad y sentido común, aficiones y, por tanto, adrenalina. Peter Quill es un tipo que tiene nuestra misma piel, encarnado además por un chaval con un carisma y un atractivo nada ostentoso, probablemente acentuado por su condición de exgordo, como Chris Pratt, el héroe de la generación que no teme ser friki ni reivindicar sus apetencias de niño grande.

          Con todo, la repetición hace que la adrenalina no fluya con igual intensidad, además de que el diseño de producción, de tan exagerado y virtual, sume a los personajes en un entorno donde la fisicidad y por ende la energía brillan por su ausencia, llevándolos a ser figuras que se mueven en una nada a la que es complicado asirlos e incluso ubicarlos. Los erráticos movimientos de cámara y un montaje más bien pobre o cortado con poco interés acentúan esta sensación.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

First Man (El primer hombre)

30 Oct

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Año: 2018.

Director: Damien Chazelle.

Reparto: Ryan Gosling, Claire FoyJason Clarke, Kyle Chandler, Corey Stoll, Patrick Fugit, Olivia Hamilton, Shea Whigham, Ciarán Hinds, Brian d’Arcy James, Christopher Abbott, Lukas Haas, Pablo Schreiber, Luke Winters, Connor Blodgett, Lucy Stafford.

Tráiler

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         Antes de que finalicen los créditos de apertura de First Man (El primer hombre), se percibe el zumbido de una nave. Y este se convierte en estrépito en cuanto aparece el primer plano del filme, encerrado junto al piloto en una cabina claustrofóbica e inquietantemente precaria, con los componentes del avión que atruenan zarandeados, a merced de unos elementos inimaginables ya para el hombre corriente, a punto de desmontarse en un amasijo de hierros.

First Man se adentra en la gran aventura, en la conquista de la frontera definitiva, con una plasmación muy humanizada. La épica espacial que reconstruye es, por así decirlo, muy terrenal. Porque su épica es la de niños jugando con maquetas -como acusa atemorizada la señora Armstrong- que osan alcanzar las estrellas a bordo de latas fabricadas con cuatro chapas atornilladas, un puñado de cables pelados y enganches que se pueden obstruir con cualquier inmundicia que haya por el suelo. Lo eterno, pues, se conquista desde este esfuerzo, esta curiosidad y esta audacia humana, primigenia, sin fanfarrias.

Esta manera de mostrarla, su dimensión tan física y palpable, retrotrae la experiencia de Neil Armstrong, efectivamente, a la ensoñación infantil en permanente búsqueda de la maravilla. Aunque este romanticismo del visionario -en su trabajo colectivo- o del pionero -en su arrojo individual- está por supuesto trabado por la amenaza cierta y ubicua de la muerte, de unas fuerzas y unas dificultades que, a priori, superan con mucho las capacidades humanas.

         Se puede entrever aquí un nuevo acercamiento de Damien Chazelle a la cultura del éxito. La carrera con la Unión Soviética, las dudas respecto del sacrificio y el coste de tocar la gloria. Los entrenamientos y los ensayos de los astronautas son metódicos, constantes hasta alcanzar cierto punto obsesivo que se refrenda por la base rítmica que acompaña a la exposición del cineasta, que ya había desarrollado un monomaníaco entrenamiento, esta vez literalmente musical, en Whiplash, una obra de dudosas lecturas morales en este sentido.

         Dentro de este armazón dramático se encaja la tragedia íntima del héroe, afectado por la muerte que lo rodea, en especial en el sanctasanctórum del hogar, de la familia. Por su incapacidad, humana de nuevo, de no poder obrar el milagro -o todos los milagros-.

Su premisa no se desarrolla con excesiva convicción y tampoco termina de tener una presencia totalmente dominante en el texto, lo que no obstante se agradece, dado que es un tanto plana en su formulación. Con ello, y a juego en cierta manera con lo planteado en anteriores párrafos, First Man tampoco acude -al menos no por completo- a esa tentación de convertir al retratado en materia literaria, en protagonista de una tragedia trascendente, más grande que la vida, como tratan de forzar determinados biopics.

Sea por acierto o por defecto del libreto, Armstrong no se configura como un superhombre ni por sus pasiones ni por sus aflicciones a pesar de vivir hechos extraordinarios, los cuales por tanto no quedan sepultados por esa fractura sentimental, que permanece en el discreto tono triste, luctuoso, que contrasta con ese a priori relato de éxito. La interpretación de Ryan Gosling, que es un actor a quien algunos acusan de inexpresivo, impasible o directamente pasmado, se mantiene en esta línea, en ese carácter introvertido ante el desgarro que todo lo puede invadir -ya que estamos con el elenco, Claire Foy continúa demostrando que es una actriz más que competente-.

         Siguiendo con esta coherencia de conjunto, la cámara se comporta como si fuera un personaje más que comparte escenario con el resto, frecuentemente a escasos centímetros de estos. El objetivo observa inestable y se muestra nervioso, sobre todo, significativamente, en los momentos de tensión emocional, más que intriga ante el peligro físico. Los fotogramas, de grano duro y textura añeja, imperfecta, se amoldan igualmente a esta concepción, en contraposición después con el triunfo universal del alunizaje, evocado ya sí con solemnidad y en sobrecogedor silencio, y con una ambigua sensación personal por parte de esa figura individual, privada, sobre la que se carga la victoria.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Alien: Covenant

5 Jun

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Año: 2017.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Cudrup, Danny McBride, Demián Bichir, Amy Seimetz, Carmen Ejogo, Jussie Smollett, Callie Hernandez, James Franco, Guy Pearce.

Tráiler

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           El inglés Ridley Scott podría personificar el erial de ideas que parece asolar el cine comercial de Hollywood, entregado a las trilogías, las sagas, las secuelas, las precuelas, los crossovers. los remakes, los reboots y la nostalgia como producto de mercadotecnia. Otrora director de prestigio, en los últimos años su concurrencia en el séptimo arte viene ligada de la recuperación de Alien, el octavo pasajero y Blade Runner, dos piezas que justifican por sí solas una carrera y, por lo visto, a cuya mítica estela está decidido entregar este tramo final de su filmografía. O no solo a ella, porque rizando el rizo incluso ha planteado la posibilidad de resucitar -esta vez literalmente- al Máximo Decimo Meridio de Gladiator, ídolo popular. 

           Alien: Covenant no solo subvierte la premisa original de distanciar la nueva serie iniciada con Prometheus de la saga precedente de Alien -una decisión cuyo cumplimiento era ya bastante cuestionable en la anterior-, sino que profundiza en las fallidas intenciones filosóficas de su antecesora inmediata hasta conformar una especie de híbrido de, precisamente, Blade Runner. En ella, el androide David replica definitivamente al rebelde, reflexivo y agónico Roy Batty -guiños directos incluidos-; si bien el romántico Nexus-6, aparte de ser una mezcla de superhombre y monstruo de Frankenstein que repudiaba a su frío creador, amaba empáticamente la vida sobre todas las cosas, a diferencia de este ciborg que insiste en proclamarse el Ángel Caído que reina sobre el paraíso perdido de John Milton.

           La búsqueda del sentido de la vida a través del encuentro con el demiurgo -principal leit motiv de Prometheus-, de nuevo la tentación de jugar a ser Dios y sus implicaciones morales -obviamente con música de Richard Wagner para aludir a las filiaciones nietszcheanas y nazis del debate-, la dualidad espiritual -aunque sea dentro de una carcasa sintética-, la tensión psicológica que propicia el conflicto entre la fe -el Destino manifiesto que reproducen estos colonos de una nueva frontera- y el azar como explicación potencial de la existencia y de los hechos que ocurren. El argumento de Alien: Covenant es ambicioso. Sin embargo, ni el texto ni Scott desde la imagen encuentran la clave para dotar de trascendencia a la obra, que se limita a lanzar sentencias rimbombantes al vacío, desligadas de un empaque verdadero.

           Es de agradecer que el libreto no sea el desastre lógico que hundía Prometheus y que la narración esté articulada con fluidez. Pero aun así, la parte más lúdica del filme, su componente de terror en el espacio, de la supervivencia en la caza del ser humano retrotraído a los escalafones inferiores de la cadena trófica, no deja de ser la repetición de unos sustos bien conocidos y suficientemente explotados en todas las entregas precedentes. En este aspecto, funcionan mejor cuanto más ‘artesanales’ son. Esto es, cuando la realización cruda, la presencia gótica y las sensaciones físicas priman sobre el equilibrismo digital. 

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

El astronauta

12 Oct

Por 8.000 pesetas, un español te pone en la Luna, por sus cojones. El astronauta, la ciencia ficción española en los tiempos del sputnick, para la sección de estrenos de Cine Archivo.

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Regreso al planeta de los simios

4 Sep

“Los adultos son parecidos a los niños que reclaman siempre la historia que conocen mejor, rehusando toda variación.”

Alfred Hitchcock

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Regreso al planeta de los simios

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Regreso al planeta de los simios

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Año: 1970.

Director: Ted Post.

Reparto: James Franciscus, Kim Hunter, Maurice Evans, Linda Harrison, David Watson, James Gregory, Jeff Corey, Natalie Trundy.

Tráiler

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            En el capítulo anterior de Charlton Heston contra el Apocalipsis, referente a El planeta de los simios, dejábamos al rubicundo actor postrado a los pies de la estatua de la Libertad arrasada por un lejano holocausto nuclear: una de las imágenes imperecederas del séptimo arte y el cierre perfecto para redondear una de las obras cumbre de la ciencia ficción de todos los tiempos.

Corría 1969 y, por aquel entonces, el apetito voraz de los grandes estudios y los magnates del cine no habían hallado en la creación de interminables secuelas, sagas y franquicias uno de sus más sencillos y efectivos métodos de enriquecimiento; hábito si acaso algo más asociado a la serie B en general y el cine de terror de bajo presupuesto en particular. Pero el desmesurado éxito de taquilla de El planeta de los simios y su categórico impacto cultural hacía enormemente apetecible encerrar a la gallina de los huevos de oro en un corralito y ponerla a empollar hasta que reventase.

Ante la euforia de los directores de producción de la Fox, el productor Mort Abrahams y el poeta y guionista británico Paul Dehn hubieron de abrirle una salida a un argumento que no otorgaba demasiado margen de maniobra. También resultaría decisiva para la realización del filme la impecable caballerosidad de Heston, propicio a devolver el favor adeudado a Richard Zanuck –el único productor que había apostado por un proyecto encallado durante años en los sótanos de la industria- por medio de su aparición puntual en esta segunda parte, reservada para el comienzo y el desenlace de la misma.

            De este modo, Regreso al planeta de los simios reencuentra a George Taylor, misántropo salvador de la humanidad, en su éxodo junto a Nova (Linda Harrison), la Eva rediviva en versión inocente e inmaculada, para de inmediato borrarlo del mapa misteriosamente y, con ello, ceder el protagonismo a un segundo astronauta, Brent, enviado en una contradictoria misión de rescate –sus tripulantes, al contrario que la expedición de Taylor, no parecen ser conscientes del carácter semisuicida de su naturaleza-.

Brent, interpretado por James Franciscus, galán televisivo, serviría aquí para condensar el espíritu que preside Regreso al planeta de los simios. Tupé rubio, barba perfilada y ojos claros, Brent aparece como un simple sucedáneo de Taylor. De hecho, el planteamiento de Regreso al planeta de los simios de diría que emula, de manera sintetizada, el esquema de su antecesora: confrontación con una realidad alucinada –en este caso, obviamente, con el colosal factor sorpresa ya perdido-, consciencia de la amenaza del simio y de su condición de paria en el ecosistema social del lugar, intento de huida y descubrimiento del golpe de efecto de una civilización humana que ha aplicado la guadaña sobre su propio cuello –otra vez, a pesar de la reconstrucción subterránea de Nueva York, con el impacto visual y psicológico desterrado por la inmarcesible potencia de la precedente-.

Reaparecen asimismo viejos conocidos del espectador, como los chimpancés Zira (Kim Novak) y Aurelio (Cornelius en la versión anglófona, donde David Watson sustituye a Roddy MacDowall, inmerso en el rodaje de La viuda del diablo), así como el conservador orangután Zaius (Maurice Evans). Aunque puntual, la presencia de los inconformistas y subversivos Zira y Aurelio pone una piedra más en la discusión que se producía en El planeta de los simios acerca de la estratificada y clasista sociedad simia, a la vez que se sugiere a un llamamiento por el cambio de poderes. Una interesante semilla que, no obstante, no florecerá en el guion, si bien es verdad que uno de los borradores redactados contemplaba una conclusión en la que este nuevo orden, más comprensivo y tolerante entre simios y humanos, sí era posible.

Por otro lado, la reutilización de la maqueta de la nave original de El planeta de los simios en una escena que, por otro lado, escatima su correspondiente secuencia de impacto contra el suelo, también evidencia los pronunciados recortes presupuestarios que sufrirá la película –la mitad respecto a la primera parte-; daño colateral derivado de los catastróficos fracasos de Hello, Dolly!, La estrella (Star!) o El extravagante doctor Dolittle –tijeretazos que avanzarán en progresión a lo largo de las sucesivas secuelas y de manera paralela a la pérdida de calidad del producto-. El burdo maquillaje de los extras o el reciclaje de escenarios de otros filmes del estudio, como este ruinoso musical Hello, Dolly!, serán otros de los síntomas que se puedan apreciar a lo largo del metraje.

            Siguiendo este proceso de confección apresurado y tendente a la simplificación, el subtexto crítico hacia la política y la sociedad estadounidense contemporánea del filme -recuperamos la idea del futuro distópico como espejo deformante de un presente imperfecto-, permanece agresivo y oportuno, si bien se plasma de manera palmaria y nada disimulada en el argumento. El antagonista de Regreso al planeta de los simios no son los primates, sino los halcones: los halcones de Washington embarcados en una guerra megalómana, absurda y cruenta que cuenta con el rechazo frontal del pueblo llano, manifestado a través de movimientos juveniles e intelectuales. La marcha de los brutales gorilas a la conquista de la Zona Prohibida, elemento de distinción que centra la trama de este capítulo de la saga, no es un puñado de monos a caballo y armados de rifles, sino que son los despiadados generales del Pentágono empeñados en que Vietnam constituye una pieza estratégica dentro de la teoría del dominó, una de las falacias más sobadas de la Guerra Fría. Los chimpancés que realizan una sentada de protesta pacífica a la salida del poblado, son por tanto los mismos melenudos que inundaban el campo del capitolio de la capital norteamericana.

En su arenga patriótica y populista, el general Ursis –papel interpretado con rotundidad por James Gregory, aunque ofrecido de inicio al legendario Orson Welles, a quien seguro hubiera divertido por su propensión a caracterizarse-, clama por la aniquilación del hombre no porque su piel sea de otro color, sino a causa de que no sabe discernir entre el Bien del Mal. Se sobreentiende entonces que si esos descerebrados y salvajes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, éste se hubiera alineado con el pérfido comunismo.

Otra de las consignas blandidas por Ursis alude al deber sagrado del simio de civilizar –o someter, que es lo mismo-, esta tierra indómita. Este mensaje, que reclama cierta semejanza con la misión evangelizadora de la conquista europea de América e incluso con el concepto de Destino manifiesto que respaldaría la expansión estadounidense por todo el continente, introduce un agregado religioso al belicismo que, desde el otro lado de la trinchera, también exhibirá, creando un afortunado reflejo, el contendiente de los primates: los habitantes de la Zona Prohibida, un reducto de mutantes supervivientes de la guerra nuclear, dotados de una inteligencia sobrehumana y capacidades telepáticas, y que supondrían un renovado desafío para el maquillador John Chambers, oscarizado por su labor en El planeta de los simios.

            Dentro de este clima antibélico de la cinta, los mutantes aportan otro matiz, bastante sorprendente, de esa América en lucha. Escudados en su intelecto superior, se autoproclaman un colectivo amante de la paz, incapaz de herir a nadie. En una demostración de absoluto cinismo, ese que acostumbra a ser moneda común en la diplomacia posterior a la Segunda Guerra Mundial, los mutantes no combaten; tan solo se limitan a obligar a sus enemigos a destrozarse sanguinariamente entre sí. Al mismo tiempo, su máxima divinidad, como los bárbaros expulsados extramuros de la sociedad ideal de Zardoz, cinta coetánea, es el arma. Se sobreentiende en esta ocasión que si esos ilustrados aunque deformes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, financiarían a través de sus servicios secretos a uno o a ambos bandos contendientes en la guerra civil de otra nación embarcada en un proceso revolucionario comunista o contrarrevolucionario fascista.

            Esta arma adorada, la última bomba atómica, el artefacto del juicio final, es la herramienta con la que Charlton Heston sembrará la destrucción definitiva. Las admoniciones del Legislador de los simios pasan en definitiva de ser una paranoia xenófoba a una profecía que se hace carne. El contacto de Heston con el Apocalipsis en este episodio de la saga a comentar, es por tanto doble, directo y literal. Esta conclusión radical, propuesta por el actor, tenía como propósito volar el planeta de los simios por los aires, de una vez por todas. Sin posibilidad de futuras secuelas. A efectos narrativos, esto quiere decir que, según la cronología interna del relato, Regreso al planeta de los simios es la película que escribe el punto y final de la saga. Al menos en esta línea/dimensión temporal, porque, como se verá en las otras tres continuaciones que se sucederán en los años siguientes, los jefazos de la Fox y sus guionistas asalariados todavía conseguirían sacarse algún dudoso as de la manga para prorrogar tan rentable franquicia.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 5,5.

El planeta de los simios

3 Sep

“Ten cuidado con la bestia Hombre, pues es el peón del diablo. De todos los primates de Dios matará por deporte, lujuria o codicia. Sí, matará a su hermano para poseer la tierra de su hermano. Evítalo, que no se propague en gran número, porque hará un desierto de su hogar y el tuyo. Échalo a su nido en la jungla, porque es el precursor de la muerte.”

El legislador (El planeta de los simios)

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El planeta de los simios

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El planeta de los simios

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Año: 1969.

Director: Franklin J. Schaffner.

Reparto: Charlton Heston, Kim Hunter, Roddy McDowall, Maurice Evans, Linda Harrison, Robert Gunner, Lou Wagner, James Withmore.

Tráiler

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           De imponente altura, con el porte cincelado en mármol, la quijada esculpida en acero y la mandíbula eternamente prieta, anclada en una mueca de confianza y desdén; rubio de mirada aquilina e impetuosa, de voz resonante e imperativa. La figura de Charlton Heston fue modelada para la épica, para el heroísmo. Suyo es el rostro de Buffalo Bill, de Moisés, de Judah Ben-Hur, de El Cid, de Thomas Jefferson, de Juan el Bautista, de Miguel Ángel, de Marco Antonio, de Tomás Moro, de Enrique VIII, de Long John Silver. El perfecto héroe americano, hecho a sí mismo con la fuerza de su brazo y, bien es sabido, el apoyo inestimable del arma. Actor físico y rotundo, no hubo desafío cinematográfico que se le resistiera, por titánico que fuese. Ni siquiera el Apocalipsis, al cual se enfrentó a lo largo de tres producciones de ciencia ficción: El planeta de los simios -con el epílogo de Regreso al planeta de los simios-, El último hombre… vivo y Cuando el destino nos alcance.

           A finales de los años sesenta, la ciencia ficción entraba en su edad adulta en el séptimo arte. Del mismo modo que en su versión literaria, las fantasías científicas se revelaban como una excelente forma de exponer debates filosóficos y trascendentales2001: Una odisea del espacioo de diseccionar el rabioso presente desde un punto de vista futuro y, casi de manera unánime, distópico. Y, por aquel entonces, el presente distaba de ser un lugar plácido. Estados Unidos había perdido su presunta inocencia con el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy. Convulsa, al borde del estallido, la sociedad norteamericana vería caer también a Malcolm X, activista en favor de los derechos de los afroamericanos, y a Martin Luther King, el adalid del diálogo, el entendimiento racial y la defensa de la justicia para las minorías étnicas de un país de aluvión que amenazaba con reventar en mil pedazos de fuego, asolado por una fuente de  conflictos sociales y violentos disturbios que manaban de su palmaria incapacidad para aplicar los principios de libertad e igualdad que, en teoría, coronaban sus ideales como nación. También caería brutalmente asesinado Bobby Kennedy, a quien se auguraba continuador de su hermano. La Guerra de Vietnam, absurdo conflicto en un olvidado rincón del mundo, explosión ardiente de la Guerra Fría, saciaba su sed de sangre a costa de la juventud, que en casa también yacía reprimida y con escasa perspectiva de porvenir. La primavera del amor pronto se emponzoñaría en un marasmo de drogas, convertidas en pesadilla lisérgica por las atrocidades perpetradas por Charles Manson y La Familia. La llegada del conservadurismo duro de Richard Nixon firmaría su acta de defunción.

El cine, fiel cronista de su tiempo, se cubriría paulatinamente de este cieno de desencanto, exteriorizado sobre todo en la década de los setenta, que nacería ya cansada. La ciencia ficción, decíamos, espejo deformante a través del cual desnudar la realidad del instante, formulaba su veredicto con El planeta de los simios. Su alegato comienza incluso antes de los títulos de crédito, ya que el prólogo en el que se ha de presentar al héroe del filme no puede ser más agrio y destemplado: un auténtico misántropo que, ante la completa perversión de la raza humana, ha decidido huir del planeta para no volver. Abandonarse en la soledad del espacio, donde el ego humano se diluye en la inmensidad. De hecho, ni se inmutará cuando, tras el catastrófico naufragio en un planeta desconocido, la nave espacial desaparezca en la nada y, con ella, cualquier posibilidad remota de retorno. La muerte en ella de la doctora Stewart, llamada a ser la Eva de un mundo mejor, es otra de las negaciones de una esperanza que, vox populi, no está destinada a aparecer en el filme.

           Esta postura inicial resulta cuanto menos desconcertante –y a la vez esclarecedora-, dado que quien pronuncia tamaño soliloquio es Charlton Heston, la sublimación del hombre (estadounidense). En este sentido, el comienzo de la aventura de George Taylor, su personaje, comienza dejando clara su posición desarraigada y descreída por activa y por pasiva, del modo más crudo, antipático e hiriente. El antagonismo hacia su compañero Taylor, a quien desprecia como “ciudadano modelo americano”, es total. Incluso, en un cinismo rayano en lo nihilista, se atreve a reírse a mandíbula batiente de la bandera americana que éste planta en el suelo ‘conquistado’. La realización de Franklin J. Schaffner le da la razón: no son más que piltrafas a merced primero de los elementos –los planos generales y cenitales que sobrevuelan un paisaje desolado, las pavorosas tormentas, las avalanchas de rocas,…- y, segundo, de unas criaturas monstruosas: primates que cabalgan y hablan como hombres y que tienen sometido bajo su cruel yugo a los restos de una humanidad animalizada, muda e irracional.

La película da un vuelvo delirante por medio de un primer plano raudo, feroz, que encuadra el rostro de un gorila a caballo, armado con un rifle. Punteado por la primitiva y experimental banda sonora de Jerry Goldmith, poblada de sonidos guturales y percusiones primitivas, el caótico y veloz montaje confirma la sensación que, desde un principio, durante la secuencia del naufragio, el espectador parecía intuir: no hay un norte, ni se sabe si uno está cabeza abajo o del derecho. La sociedad, el orden natural, está invertido, enajenado. Posteriormente, en una conversación entre Taylor y el Doctor Zaius, el orangután que en el filme ostenta el mayor poder político, se subraya esta idea. “¡La sociedad está al revés!”, exclama Taylor sin comprender la locura en la que se encuentra. “Solo desde tu punto de vista como parte del escalafón más bajo”, replica Zaius a fuerza de pura lógica.

           No obstante, la sociedad simia a la que se enfrenta Taylor, apresado como una bestia inmunda, no es más que una reproducción a escala de la sociedad humana que Taylor ha dejado atrás. A pesar de que la novela original del francés Pierre Boulle imaginaba un entorno tecnológicamente avanzado, el desarrollo de la producción descartó la idea por cuestiones presupuestarias para sustituirla, en cambio, por una cultura de rasgos medievales. Concentrada en un teocentrismo incuestionable y un aislamiento sin fisuras frente al exterior, la sociedad simia imita los males que acuciaban a su homóloga sapiens: el clasismo –se distinguen tres estamentos, con los orangutanes como clase dominante aristocrática, los gorilas como fuerza de trabajo y casta militar, y los chimpancés como segmento intelectual y liberal-, la desigualdad, el prejuicio frente al Otro, la falta de misericordia y empatía, la negación de la verdad empírica.

Los paralelismos con la historia pasada y reciente son evidentes. Los retratos de caza bien podrían estar sacados del álbum de un explorador colonial británico. El negacionismo frente a las teorías de la evolución es todavía cuestión candente en algunas regiones del sur de los Estados Unidos. El compañero de Taylor, disecado y expuesto en un museo, a más de uno le recordará al bochornoso caso del negro de Banyoles. El juicio inquisitorial al que el consejo político orangután somete a Taylor posee mucho de las experiencias personales del guionista Michael Wilson, procesado en su día en la caza de brujas hollywoodiense del infame senador Joseph McCarthy. Zaius deja un par de enunciados idénticos a los pronunciados por Taylor fotogramas atrás.

Reflejos que continuarán en las venideras secuelas de manera aún menos disimulada, como las protestas antibélicas de los chimpancés en Regreso al planeta de los simios, clara alusión a las manifestaciones contra la Guerra de Vietnam; o la revuelta de los esclavos primates en La rebelión de los simios, calco temático y estético de los traumáticos disturbios de Watts de 1965. Las referencias culturales, sociales y políticas son asimismo abundantes en esta película inaugural de la saga, desde Rebelión en la Granja, de George Orwell, novelista británico alérgico a los totalitarismos del siglo XX, hasta una versión bastante bufa de la leyenda china de los tres monos sabios, que no ve, no oyen y no hablan pero su misión es delatar los males del hombre ante los dioses.

En definitiva, el inconcebible y risible absurdo de su sociedad es el inconcebible y risible absurdo de la nuestra.

           Por otro lado, centrándonos en un plano más narrativo, la situación que sufre Taylor, enjaulado, vejado y juzgado como un amenazador fenómeno de feria, encuentra su analogía directa en el viaje de los chimpancés Zira y Aurelio (Cornelius en el original) a los Estados Unidos actuales en Huida del planeta de los simios o hasta a la de César en la reciente El origen del planeta de los simios.

La excelente labor de maquillaje de John Chambers, que dota de una incomparable expresividad a las prótesis animadas por un selecto grupo de actores –Kim Hunter, Roddy McDowall, el shakesperiano Maurice Evans-, permite que la narración no se convierta en una burda farsa y se mantenga, todavía hoy, estrepitosamente ácido, dueño de una fuerza colosal que no ha disminuido un ápice más de cuatro décadas después. También contribuye que, si bien aquí se destaca su lectura sociopolítica, El planeta de los simios es una aventura de primera magnitud, sorprendente, carismática, rodada con un envidiable pulso y muy, muy entretenida. Por supuesto, gran parte del mérito recae en la composición interior de personajes y contextos dramáticos, tarea en la que había profundizado Michael Wilson –partícipe en otra adaptación de Boulle, El puente sobre el río Kwai– a partir del borrador inicial de Rod Serling, guionista curtido en la legendaria serie de ciencia ficción La dimensión desconocida.

           Durante el desarrollo del relato, la percepción de estas injusticias repetidas, que además afectan especialmente en sus iguales, y el arduo camino que le supone probar su humanidad –o su ‘simiedad’, en este caso-, servirá como catalizador del renacer ‘humano’ de Taylor, erigido poco menos que en salvador improvisado de su especie junto a una nueva Eva elegida por sus virtudes, Nova (Linda Harrison). Con matices. El recorrido psicológico de Taylor -y, como se verá, también geográfico-, es circular, y la dicotomía que se alienta progresivamente en su interior se resuelve con un despiadado y desconsolador retorno al punto de partida. Él mismo lo expresa al comienzo del filme: es más importante el cuándo que el dónde se hallan. La celebérrima escena con la que concluye El planeta de los simios no es sino la reafirmación de su bien fundado escepticismo hacia las capacidades del hombre. Estaba en lo cierto al maldecirnos.

           Heston predecía el Apocalipsis y el tiempo le otorga la razón. El descomunal éxito del filme en la taquilla, convertido en un auténtico fenómeno cultural, sentaría las bases de una secuela –esta primera parte de la saga contaría con un total de cinco cintas a la que seguiría una serie de televisión y abundantísimo merchandising-, Regreso al planeta de los simios, la cual, de nuevo, contará con el apoyo de Heston en un papel minúsculo, tan solo aceptado como devolución de favor por favor a Richard Zanuck, cabeza de la Fox, única productora en creer en un proyecto alentado por la visionaria fe del productor Arthur P. Jacobs –el propio Boulle consideraba a su texto “menor” y “poco apto para llevar a pantalla”-, y que anduvo vagando por los grandes estudios desde principios de la década. En esta secuela inmediata, decíamos, y a pesar de su mínimo rol, Heston será el encargado de sembrar el Apocalipsis pulsando el botón de la bomba atómica que reventará de una vez por todas esta casa de locos. Una acción que, paradójicamente, condensa la sinrazón de la cual que él mismo huía y, al mismo tiempo, cumple con las profecías de los simios y justifica su ansia de exterminio del hombre como medida ineludible de supervivencia.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5. 

Nota del blog: 10.

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