Tag Archives: Mutante

La mosca

6 Jun

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Año: 1986.

Director: David Cronenberg.

Reparto: Jeff Goldblum, Geena Davis, John Getz.

Tráiler

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          La repulsión que me produjo en su momento La mosca ha hecho que tardase alrededor de una década en volver a verla. Un tiempo semejante al que dejé correr para atreverme de nuevo con Terciopelo azul. Los gustos evolucionan, no me atrevo a decir si a mejor o a peor. Cambian en cualquier caso. Si recordaba con reparos la película de David Lynch y ahora considero que alguna de sus escenas no se me van a ir jamás de la cabeza, con la de David Cronenberg me ocurre un poco lo contrario.

Permanecían vivas y entre escalofríos determinadas imágenes de La mosca, especialmente la del parto, tan del cineasta canadiense y su predilección por los misterios del interior del cuerpo, de la genética, de las mutaciones físicas como evidencia de una perturbación psicológica. Pero otras, como las transformaciones del protagonista -un Jeff Goldblum con rostro de insecto de por sí y además con una buena dosis de gesticulación-, las encuentro hoy con tantas ganas de provocar repelencia -una oreja que se cae como quien no quiere la cosa- que me producen el efecto contrario -algo parecido, pues, a lo que sucedía con la sobrecarga de intensidad que destruía la malsana atmósfera de la precedente Cromosoma 3-. Dentro de que, aun con su explicitud desaforada, repugnantes son un rato. Pero en las grandes obras de Cronenberg, la opresión proviene de la atmósfera creada, de las implicaciones morales y mentales de su relato.

          El asunto es que, a pesar de su condición de remake y de filme de encargo -para el que también se había pensado en Tim Burton como director-, en La mosca se rastrean palpitantes las citadas obsesiones de Cronenberg y sus preceptos de la ‘nueva carne’: la modificación de la naturaleza física y psicológica del ser humano. La penetración más allá de la carne, la reconstrucción del cuerpo y de la mente desde la primigenia primavera del plasma. Su narración es concisa, de un minimalismo casi de serie B, como el original.

Y siempre se agradecen las obras concisas, aunque en esta ocasión quizás un tempo más pausado le hubiera ayudado a dar mayor solidez a una serie de interesantes planteamientos, como a las alusiones religiosas del científico -que en cierto punto pretende conformar un ser que es uno y trino-, a la descomposición -en todos los sentidos- de Seth Brundle o al estudio de su personalidad, ya que no se trata de un ‘mad doctor’, al uso, sino que, con su torpeza emocional y su soledad contemporánea, no deja de representar a un tipo aparentemente normal -si bien es el artífice del proyecto, se dedica poco menos que a ensamblar piezas ajenas- que se encuentra de repente con un poder extraordinario -capaz de vencer en pulso a un matón, de follar durante horas-, sin saber que, lo importante, ya era capaz de lograrlo -la chica, claro-.

A fin de cuentas, el impacto de La mosca se centra prioritariamente en las posibilidades perturbadoras del maquillaje y los trucos visuales, que tal vez resistan peor el paso del tiempo.

          Sea como fuere, La mosca supuso por aquel entonces todo un éxito para Cronenberg, lo que le facilitaría una cómoda posición en la industria estadounidense para llevar a cabo proyectos con los que calmar -o alimentar- sus particulares inquietudes.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

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Logan

4 Jun

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Año: 2017.

Director: James Mangold.

Reparto: Hugh Jackman, Dafne Keen, Patrick Stewart, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Elizabeth Rodriguez, Richard E. Grant, Eric La Salle.

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         Hay una constante aparición de tebeos de los X-Men en Logan. El superhéroe revisa el relato de sus hazañas, deformadas por puntos de vista ajenos y maravillados por su poder sobrenatural. Su testimonio de primera mano puntualiza las diferencias entre la leyenda y la ‘realidad’ de los hechos, la cual posee rugosidades, dobleces y amarguras de imposible cabida en la epopeya heroica.

En Logan, después de que una pandilla de cholos casi lo aniquilen en un aparcamiento a causa de unas yantas cromadas, Lobezno, el mutante indestructible, colérico y cínico, combate contra la presbicia, las infecciones de pus y un asesino implacable que parece una formación cancerígena que lo carcome por dentro, brotando de su mismo interior que lo hacía aparentemente inmortal. El profesor Xavier, dueño del cerebro más prodigioso del orbe, chochea y lo deben meter a pulso en el baño para que mee. El crepúsculo de los héroes es tan degradante como el de cualquier hijo de vecino.

Sin embargo, desde este planteamiento antiépico, Logan termina desarrollando un western elegíaco de superhéroes en peligro de extinción individual y colectiva, en el que enarbola como referencia directa Raíces profundas. Porque si Logan mira los cómics desde el exterior, a Raíces profundas sí que la asume y corporeiza no solo a través de las imágenes y el argumento, sino mediante la reproducción literal de sus diálogos. En efecto, Logan reproduce el tópico de la confrontación entre el antihéroe desencantado y atormentado frente un símbolo potencial de inocencia y redención. Pero, para realojar en su seno la inocencia perdida, el antihéroe debe abrir la espesa coraza de cinismo que lo protege del enemigo.

         No obstante, a pesar de esta alusión evidente, el recorrido de Logan se asemeja incluso en mayor medida al de otro western mayúsculo, esta vez firmado por Clint Eastwood, cineasta que precisamente se había apropiado de los cimientos de Raíces profundas para dotarlos de una pátina más cruda y desolada en El jinete pálido. Logan, decíamos, sigue un trayecto muy similar a Sin perdón, obra agónica que se detenía asimismo en la discusión entre el Oeste novelado y el Oeste auténtico, debatida entre los propios protagonistas de los hechos y el cronista que los reconstruye desde su perspectiva fantasiosa. Y también Lobezno, al igual que el otrora sanguinario William Munny, debe recurrir aquí a un brebaje para recuperar su ira enterrada bajo capas de remordimientos.

         Aunque contiene algún punto de guion más dudoso -la pernocta en la granja alentada por Xavier, principalmente- y a que por momentos esta comunión entre antihéroe, infancia y distopía parece llevar la cinta hasta Mad Max 3, más allá de la cúpula del trueno, Logan realiza un buen trabajo en la composición de la atmósfera terminal y de perpetua frontera que habitan los personajes, sus relaciones desnudadas por la vida y las pulsiones de muerte que dominan la psicología del protagonista, así como la interacción con un universo cruel y desprotegido. De este modo, la falta de concesiones no se limitan a lo gráfico de la violencia; abarcan igualmente a la observación de su naturaleza ambigua -la niña que degolla sin parpadear, las ejecuciones a sangre fría del bueno de la película, la reacción última del granjero-.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Deadpool 2

21 May

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Año: 2018.

Director: David Leitch.

Reparto: Ryan Reynolds, Josh Brolin, Zazie Beetz, Julian Dennison, Morena Baccarin, Stefan Kapicic, Brianna Hildebrand, Shioli Kutsuna, Eddie Marsan, Karan Soni, T.J. Miller, Leslie Uggams, Rob Delaney, Terry Crews, Bill Skarsgård, Lewis Tan, Jack Kesy, Brad Pitt, Matt Damon, Alan Tudyk.

Tráiler

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         Por lo general, la potencia de un chiste no está tanto en su contenido como en quién lo cuenta y en cómo lo cuenta. 

No lo vamos a negar, Deadpool 2 es un chiste repetido. Es cierto que incorpora renovados hallazgos -Peter-, pero al mismo tiempo repesca incluso unos cuantos gags calcados de la película inaugural que ejercen ya a modo de coñas internas, de compadreo entre personaje y espectador, unidos en un diálogo constante que, desde una autoconsciencia total y orgullosamente sarcástica, no respeta la barrera de la pantalla ni la narración en sí. Sin embargo, a quien cuenta los chistes se le da tan bien hacerlo que casi no importa. Porque sigue siendo importante saber reírse de uno mismo.

         Obviamente, la sorpresa estaba prácticamente agotada desde aquella primera parte, que, con todo, lograba sortear el desgaste mediante un hábil montaje del relato. Aquí, dado que es nula de inicio, puede concentrarse en explotar la idiosincrasia del personaje, irreverente hasta la parodia contra todo, con el mayor salvajismo posible, sin ahorrar escatología, sexualidad o slapstick sangriento. Aunque los mejores golpes siempre van destinados contra el resto de superheroes, contra Hollywood en sentido extenso -ojo a los cameos- y, por supuesto, contra el propio producto.

         Sigue funcionando, por tanto, la vis cómica del mercenario más macarra del universo de los X-Men. Deadpool sabe como mantener alta una fiesta. Su desfachatez permanece fresca gracias a la amplia y equilibrada combinación de impulsos humorísticos de diversa procedencia, paradójicamente, la suficiente suspensión de la incredulidad para seguir sus aventuras, si bien el hecho de que se trate de una prolongación implique necesariamente su progresiva conversión en fórmula. La dirección de David Leitch -uno de los dos coordinadores de especialistas que cosechó prestigio como renovadores del género de acción con John Wick (Otro día para matar)aporta también trabajadas coreografías en las secuencias más espectaculares. Además, los productores saben como dejar buen sabor de boca rematando la función con escenas poscréditos especialmente jugosas y delirantes, esencia concentrada de un antihéroe que confirma ser de lo más carismático.

Otra cosa es que aguante estirar el chicle una vez más -o las que vengan, pues su ironía al respecto de las sagas superheroicas interminables es bastante cínica-.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

Deadpool

18 May

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Año: 2016.

Director: Tim Miller.

Reparto: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, Ed Skrein, T.J. Miller, Stefan Kapicic, Brianna Hildebrand, Gina Carano, Leslie Uggams, Jed Rees, Karan Soni, Stan Lee.

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         Qué importante es que un superhéroe se deje sodomizar con un strap-on por su pareja, con toda naturalidad. La escena podría estar sacada de Agárralo como puedas, pero pertenece a Deadpool, una cinta en cierta manera revolucionaria dentro del género superheroico por su absoluta desfachatez para sumergir un proyecto de blockbuster rompetaquillas en una calificación para adultos a priori completamente nociva de cara a estas pretensiones. La estrategia anticonservadora, basada en dar rienda suelta a la violencia explícita y a las alusiones sexuales directas -y con ello al humor negro y al humor escatológico- le sienta estupendamente desde el punto de vista cinematográfico y, a su vez, esta frescura y atrevimiento terminará revirtiendo en su cosecha de beneficios, ayudado también por hábiles campañas publicitarias que explotan su potencial para el meme.

         Deadpool lleva un paso más allá el irónico gamberrismo del que hacían gala superhéroes como Iron Man o Peter Quill y por extensión a los trajes relaxed-fit de la casa Marvel para adentrarse en un terreno que, en muchas ocasiones, es abiertamente paródico, orgullosamente inmaduro allí donde otros buscan una pretendida e impostada madurez. No solo es que desmonte desde la comicidad los tradicionales puntos climáticos del género -el melodrama personal, el duelo frente al mal, el romance-, sino que recurre a estos desde una intención que es humorística de raíz. La lucha de Deadpool es por las risas.

El filme ataca al arquetipo desde principios presentes incluso en clásicos literarios -lidiar con problemas cotidianos que son obviados o elididos en la narración convencional, como los desplazamientos hasta los escenarios, que aquí se realizan en taxi-; la hipérbole definitiva de tópicos aceptados que fuerzan la credibilidad -por momentos uno parece estar viendo La máscara y no le extrañaría que bajo el traje rojo del protagonista estuviera Jim Carrey-, la contradicción estilística -el empleo sarcástico del lenguaje visual, la elección de la banda sonora-, el compadreo con el espectador a partir de una adoración común de la cultura popular -hay guiños, referencias y diálogos metatextuales que podrían venir firmados por Quentin Tarantino-, o, en definitiva, la autoconsciencia irreverente -que abarca desde el microcosmos del cine de superhéroes hasta el universo del séptimo arte en general, pasando con ahínco sobre el propio Ryan Reynolds y su relación particular con ambos, así como por la ruptura desinhibida de la cuarta pared-. Qué bueno es saber reírse de uno mismo.

         El recorrido de la sorpresa es limitado, por supuesto, pero Deadpool también demuestra inteligencia narrativa para alargar su aguante, como por ejemplo en el montaje paralelo de la presentación del personaje y su contexto -una espesa tarea que a veces hunde sagas desde su capítulo inicial- con la misión y las secuencias de acción pura de un antihéroe que, además, en un detalle puntual de profundidad crítica, no cree en los héroes porque él, antiguo soldado de las fuerzas especiales, proviene de donde presuntamente se forjan estos en la vida real y conoce la mentira de primera mano.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Sucesos en la cuarta fase

4 May

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Año: 1974.

Director: Saul Bass.

Reparto: Michael Murphy, Nigel Davenport, Lynne Frederick.

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          Saul Bass, el diseñador gráfico con mayúsculas del séptimo arte, autor de una revolución de forma y fondo en la cartelería y los títulos de créditos del cine, también se atrevería a dirigir él mismo un único largometraje. Una cinta que se inscribiría en el cine de género pero que apostaría por desarrollar una estética propia, vanguardista e innovadora aun a pesar de jugar con cánones y tópicos de dicha circunscripción, imbricados a través de un sencillo esquema argumental -tan minimalista como sus creaciones publicitarias, centradas en el poder expresivo de lo visual-.

Sucesos en la cuarta fase es un ecoterror protagonizado por hormigas, pariente por tanto de La humanidad en peligro, Cuando ruge la marabunta o El imperio de las hormigas, producciones que en algunos casos se inscriben en el cine de terror propio de la Guerra Fría, donde los insectos -desindividualizados, jerarquizados y disciplinados- constituyen una visión alegórica del potencial invasor comunista. No es este el terreno en el que se moverá el filme de Bass, que establece un potente duelo físico y mental entre humanos y hormigas, dentro del cual las caracterizaciones a priori se diluyen y las tornas se intercambian a medida que avanza el contacto entre ambas partes. La visión del hombre científico -frío, arrogante, obcecado, sin empatía… -¿que lo encarne el inglés Nigel Davenport es otra alegoría política, en este caso acerca del Imperio británico y la descolonización?- se contrapone con unas criaturas que parecen mostrar clemencia e incluso llorar a sus muertos.

          Bass dota a las imágenes de una textura onírica, que refuerza las resonancias sobrenaturales e incluso esotéricas del relato. Los segmentos de narración objetiva, la banda sonora, el punto de vista de las hormigas, el paisaje desolado y opresivo, la ondulación de una fotografía sometida a las inclemencias del entorno… Los protagonistas de Sucesos en la cuarta fase permanecen aislados en una instalación científica que se asemeja a una nave espacial aterrizada en un planeta extraño que son los eriales de Arizona. Del mismo modo, la introducción se detenía a retratar con cuidado a las hormigas, dotándolas de personalidad y relevancia, casi como si se tratase de unas entidades inteligentes llegadas -o descubiertas en este caso- a la Tierra. La apuesta del artista neoyorkino, pues, no es por el terror epidérmico, sino psicológico. La reclusión, la incomunicación, la deshumanización, el sometimiento, la insignificancia, la desesperación.

          En este sentido, uno diría entrever reminiscencias de 2001: Una odisea del espacio. Los monolitos en la nada, la tecnología, los interrogantes y el cuestionamiento de la humanidad, el desenlace en forma de experiencia extrasensorial. Este aparece como descerrajado a bocajarro. Pero es la consecuencia de la ciega tijera de los productores. El remate original de Bass son cinco minutos de fascinante delirio formal y conceptual que hubieran supuesto un memorabilísimo colofón a la obra. Lástima.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Desafío total

2 May

“Servidor se confiesa seguidor de Philip K. Dick, quizás por ello me he convertido en un trastornado.”

Antonio Gasset

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Desafío total

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Desafío total

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Año: 1990.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Rachel Ticotin, Ronny Cox, Sharon Stone, Michael Ironside, Mel Johnson Jr., Marshal Bell, Michael Champion, Dean Norris.

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           Paul Verhoeven aterrizó en Hollywood desde Holanda para, por méritos propios, conquistar alguna de las imágenes más icónicas de la ciencia ficción del cambio entre los ochenta y los noventa merced a títulos como la actualísima Robocop o Desafío total –ambas, de hecho, carne de remake en la fiebre del último lustro por remozar para el presente las obras de culto del periodo-. Son los beneficios de hacer valer su personalidad excesiva pero subyugante, lo que desde su posición de asalariado al servicio de los estudios podía desembocar tanto en la reconstrucción del siglo XVI europeo como una fantasía sucia, sexualizada y apocalíptica –Los señores del acero– como para instituir un subgénero que encontraría aquí su edad de oro –Instinto básico– o, en el peor de los casos, descabalgar en espectáculos desaforados de erotismo y solapada ironía –Showgirls– o remakes igualmente desopilantes –El hombre sin sombra-.

           Aunque se trate de una cuestión más localista –y más en concreto futbolera-, solo créditos iniciales de Desafío total ya ofrecen un punto de excitación para parte del público español, conducidos como están por esa partitura de Jerry Goldsmith –por cierto, tan difícil de diferenciar de la genial composición de Basil Poledouris para Conan el bárbaro– que luego se apropiaría Canal + y sucesivos para las previas de El partidazo del Plus. Dejando esta anécdota de lado, Desafío total es una de las adaptaciones más populares al cine de la obra de Philip K. Dick, el torturado escritor que somatizaba en relatos de ciencia ficción los males existenciales que aquejaban al hombre posmoderno y que, además, tan buenos resultados regalaban en el séptimo arte –Blade Runner sin ir más lejos, una de las mejores películas de la historia-.

Bajo los dominios de la Carolco -productora responsable de otras popularísimas cintas del momento como las sagas de Rambo y Terminator y a la que el propio Verhoeven contribuiría a liquidar con el descalabro económico de Showgirls-, el cineasta neerlandés reemplazaría al canadiense David Cronenberg, primera opción para adaptar el relato corto Podemos recordarlo por usted al por mayor, para construir con él un filme de acción violento e imaginativo en el que Arnold Schwarzenegger se mete en el papel de ciudadano común –con más de cien kilos de hipertrofia muscular, eso sí- transformado por las delirantes circunstancias en héroe a la fuerza –ese tópico clásico que fundamenta buena parte del poder cautivador de la ficción para el consumidor-, embarcado en una misión para salvar Marte y que se desarrolla siempre entre la realidad y la imaginación onírica.

El bueno de Chuache ya había probado fortuna diversificando su trabajo como héroe de acción hacia el campo de la ciencia ficción en la citada Terminator, en Depredador y en Perseguido, y repetiría luego duelo contra el Destino con El fin de los días, El sexto día, la dramática Maggie y, por supuesto, con el resto de la saga del ciborg T-800, quizás en una reproducción de ese antepasado de los fornidos salvadores ochenteros de la humanidad que era Charlton Heston, protagonista por su parte en las apocalípticas El planeta de los simios, El último hombre… vivo y Cuando el destino nos alcance. Como curiosidad, el venidero ‘Gobernator’ podría haber ampliado incluso su historial en el género con el propio Verhoeven de haber entrado en el traje de Robocop, que finalmente se calzaría el más liviano Peter Weller.

           Desafío total viaja a un futuro expresado estéticamente por el opresivo brutalismo arquitectónico y en el que la experiencia vital acostumbra a acometerse en diferido, puesto que los recuerdos –y por tanto la realidad personal y circundante- se pueden comprar en formato virtual en lugar de gozarlos o padecerlos en primera persona -premisa que bien podría trasladarse a los muros de las redes sociales contemporáneas, donde parece que se vive de cara a los demás en vez de por uno mismo-.

Es decir, que bajo las gruesas capas de entretenimiento puro subyace una de esas reflexiones existencialistas sobre la identidad tan del gusto del literato estadounidense, acompañada además de un retrato satírico del sistema ultraliberal capitalista de la época –la organización plutocrática y neocolonialista de Marte-, semejante al que podía apreciarse también, precisamente, en Robocop, con Ronny Cox como villano compartido.

           El juego psicológico sobre el que avanza haciendo equilibrios la trama no siempre encaja a la perfección –la estructura argumental es demasiado voluminosa como para sostenerse sobre tanta ambigüedad-, pero sí se mantiene en pie con solvencia para sustentar una función divertida, narrada con pulso férreo y con una potente plasmación visual.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7.

El último hombre… vivo

6 Sep

“Si crees que puedes descubrir el secreto de dirigir, estás perdiendo el tiempo.”

André de Toth

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El último hombre… vivo

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El último hombre... vivo

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Año: 1971.

Director: Boris Sagal.

Reparto: Charlton Heston, Anthony Zerbe, Rosalind Cash, Eric Laneuville, Paul Koslo.

Tráiler

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           Tras burlar primero y sembrar después el Apocalipsis en un planeta Tierra enseñoreado por los simios, Charlton Heston se volvía a enfundar el traje de héroe en rebelión contra el funesto destino de la humanidad; quijada prieta, pecho lobo al frente y arma en mano. En El último hombre… vivo, esta segunda incursión en la ciencia ficción distópica, el hombre que en su día encarnara al mismísimo Moisés optaba por dotar de un perfil mesiánico y redentor a su personaje, de acuerdo con su sensibilidad particular. Y este personaje era ni más ni menos que Robert Neville, el último superviviente humano de Soy leyenda, la célebre novela de Richard Matheson que Heston había descubierto y devorado durante un viaje de avión, lo que le infundió unos irrefrenables deseos de traducir la obra a la gran pantalla. Su estatus estelar, apenas afectado por los tropiezos vividos durante el cambio de década de los sesenta a los setenta, le permitía este tipo de encaprichamientos.

           No obstante, el intérprete desconocía que pisaba lugares ya hollados, puesto que en 1964 -solo siete años antes-, se había estrenado El último hombre sobre la Tierra, una coproducción americana e italiana protagonizada por Vincent Price, con el propio Matheson como colaborador en la escritura del guion –terminaría firmando bajo seudónimo, descontento con las variaciones y los resultados del libreto-, y que transitó por las carteleras sin pena ni gloria y con escaso estima desde la crítica especializada. Si Matheson había quedado decepcionado con esta primera y discreta aproximación, en el caso de El último hombre… vivo afirmaría no sentirse siquiera ofendido, tales eran las transformaciones que en ella sufría su relato original.

Estas variaciones procedían principalmente de la intención de reforzar el lucimiento de Heston/Neville como héroe mesiánico, el alfa y el omega al que alude el título anglosajón de la cinta. En aras de este servicio, el matrimonio de guionistas asalariados John William Corrington y Joyce Hopper Corrington –responsables precisamente de la última entrega de la saga de El planeta de los simios, Batalla por el planeta de los simiossacrifican la interesantísima dimensión moral que atesoraba la novela -emanada de su reflexión acerca del concepto de monstruosidad y de la identidad del mal-, al igual que tampoco ofrecerán claves para profundizar en la tormentosa y desesperada soledad del protagonista, apenas apuntada –aunque deja una buena escena con atronadores timbres de teléfono y una intrigante tendencia narcisista en el uso de la televisión doméstica-.

En El último hombre… vivo, Neville no tendrá mayores matices que el destemplado sarcasmo que espeta a fuerza de sentencias lapidarias en el comienzo del filme o que los monstruos se refieran a él con términos como “thing” o “creature”, además de un par de palidísimas alusiones por parte de un secundario ingenuamente idealista –como luego demostrarán los hechos-. En efecto, incluso en lo que debería suponer un clímax personal y un punto de inflexión en su leit motiv vital, Neville renunciará a matar a su ansiada presa. “No es necesario”, reflexiona repleto de espíritu humanitario y compasivo.

           El último hombre… vivo, por tanto, simplifica el trasfondo de la obra de Matheson para convertirla en un espectáculo de acción catastrófica que juega con el siempre agradecido tópico del último superviviente -una fantasía con la que, especulo, toda persona ha filtreado en algún momento tonto-. Esta esquematización de protagonista y trama se repetirá, casi de manera idéntica, en la más reciente Soy leyenda, película esta vez acomodada a las características de su propia estrella, Will Smith, héroe campechano, familiar y piadoso, lo que desviará el conflicto del filme hacia el concepto de la redención cristiana, como aquí, y la recuperación de la imprescindible fe.

Dado el turbulento clima social e ideológico que a comienzo de los setenta atravesaba Estados Unidos, El último hombre… vivo se filmaría en una época propicia para su temática, como había ocurrido con la ácida El planeta de los simios. Son los amargos tiempos de decepción que suceden al sueño pacifista y ecuménico de los sesentas hippies. No es casual que, en la introducción del filme, ambientado en un futuro entonces inminente, 1977, el bueno de Robert Neville sacrifique un par de horas en el visionado del documental Woodstock, 3 días de paz y música con el fin de constatar el desolador fracaso de estas corrientes naufragadas en pos de la utopía. Otros elementos de la narración también echarán el ancla en la actualidad, como las hostilidades fronterizas entre la Unión Soviética y la República Popular China –convertidas en guerra abierta en el filme y desencadenantes del holocausto universal por el empleo de armas biológicas- o la pujanza del movimiento Black Power, que daría lugar a la inclusión apresurada de un romance interracial con el desinhibido, lenguaraz e impostado personaje de Rosalind Cash –sustituta de la primera elegida, Diahan Carroll-; un hecho poco común para la época, sobre todo si hablamos de películas destinadas a un consumo masivo.

           Otra de las grandes diferencias entre papel y fotograma vendrá desde los antagonistas que atormentan a Neville. Los vampiros ideados por Matheson, con toda su parafernalia de chupasangres, alérgicos a crucifijos, espejos, ajos y, por supuesto, estacas clavadas en el corazón –condición que sí se respetaba en El último hombre sobre la Tierra, germen de los zombis de la fundacional La noche de los muertos vivientes, tipología que en una curiosa deriva cinematográfica adoptará el Soy leyenda de Smith-, se convierten en El último hombre… vivo en una secta fundamentalista de mutantes albinos e hipersensibles a la luz, definidos por sus horrendas llagas. Unos seres solemnes en su agonía, en resumen, que pretenden purificar con fuego toda huella de la humanidad pasada –la tecnología, la cultura, Neville- en aras de una supuesta sociedad utópica. Sus contradictorios procedimientos psicóticos encuentran en la Inquisición su material de inspiración –las capuchas monacales, el gregarismo iluminado, los juicios sumarios e intransigentes, los capirotes de los condenados,  las hogueras,…-. Que su líder Matthias (el peculiar Anthony Zerbe) sea un otrora pope televisivo le da cierta prestancia a unos villanos un tanto endebles y desaprovechados a fuerza de su composición estereotipada, planos en su aspecto dramático –como decíamos en párrafos anteriores, aquí no hay grises ni vueltas de hoja en la ética de los personajes- y poco atemorizantes en su vertiente terrorífica –por torpes y cabezotas, básicamente-.

           Es en esta condición de cine de género donde más le pesan los años a El último hombre… vivo. El debe recae en la escasa pericia visual del director, Boris Sagal, cuyo bagaje exclusivamente televisivo aflorará a lo largo de la pedestre realización. Sagal no solo no consigue dotar de garra a las escenas a priori de mayor tensión física y psicológica, sino que tampoco termina de envolver a la película dentro de una adecuada atmósfera debido a cierto regusto hortera y a esos pequeños pero molestos detalles de inverosimilitud que van mermando la capacidad de absorber la mente fascinada del espectador –por qué hay montones de fruta fresca después de tres años de apocalipsis, por qué se ve tan bien en interiores oscuros, por qué los mutantes que prefieren la oscuridad iluminan las habitaciones con infinidad de velas-. Y eso que tampoco suponía una tarea tan difícil dada la temática a abordar y sus posibilidades, como queda demostrado en el sucinto y poderoso prólogo, con esas espectaculares tomas de la ciudad de Los Ángeles que muestran la fea carcasa vacía que es: un clásico de este subgénero destructivo desde la primigenia Five (Cinco) y su majestuosa consolidación en el deshabitado Nueva York de El mundo, la carne y el diablo. En la cinta que nos ocupa, las distintas secuencias fueron rodadas en localizaciones reales a primera hora de los fines de semana. Un hechizante arranque, en definitiva, donde la envidiable placidez de Heston, al volante de un deportivo y oyendo música con despreocupación, se rompe de repente mediante una sombra y una ráfaga de metralleta –la velocidad acelerada de los fotogramas y la torpe aparición del espectro ya comienzan a dar pistas de cómo se las gastará el director ucraniano en adelante-. Y pensar que Heston pretendía que Orson Welles se hiciera cargo del rodaje…

           Por fortuna, el carisma y la presencia de la estrella solventa la papeleta, bien secundado por la sugerente banda sonora, muy de su tiempo, del australiano Ron Grainer, compositor curtido en la televisión británica –suyo es el tema principal de la icónica y longevísima serie Doctor Who-. Una partitura que alcanzará una inteligente intensidad anticlimática en el desenlace, sintetizando de manera excepcional el desencanto que, al menos parcialmente, domina este filme distópico, el cual, no obstante, quizás por su fiero aire setentero, rabioso y desilusionado al mismo tiempo, logra conservar todavía cierto encanto y sabor.

           Fiel a su mensaje, El último hombre… vivo concluye con la imagen nada sutil del héroe con las piernas juntas y dobladas, lanzazo en el costado, brazos en cruz y una nueva hueste de creyentes bebiendo metafóricamente su sangre.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

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