Tag Archives: Guerra Fría

Watchmen

15 May

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Año: 2009.

Director: Zack Snyder.

Reparto: Patrick Wilson, Malin Akerman, Jackie Earle Haley, Billy Cudrup, Matthew Goode, Jeffrey Dean Morgan, Carla Gugino.

Tráiler

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           En cierta manera, tenía sentido considerar que el final de la década pasada era un periodo propicio para aventurarse en un proyecto cinematográfico basado en el colosal Watchmen de Alan Moore, calificado por algunos entendidos como el primer cómic de contenido intelectualmente adulto -habría que admitir y cuestionar, eso sí, la postura de superioridad moral que entraña dicha afirmación-. La reinvención del cine de superhéroes como mitología trágica y sustancial emprendida por Christopher Nolan con Batman Begins y en especial con la exitosa El caballero oscuro favorecía este adentramiento en un universo superheróico que comenzaba a superpoblarse a marchas forzadas y que insistía, mediante argumentos oscuros y tortuosos, en despojarse de su topiquísima etiqueta de pueril divertimento de marginales y solitarios.

Asimismo, el cómic también se había mostrado como un material enormemente atractivo y apto incluso para adaptaciones quasiliterales como la de Sin City (Ciudad del pecado) -por más que el creador de su original en papel, Frank Miller, se la pegara estrepitosamente apenas tres años después tratando de dirigir él mismo otro tebeo: The Spirit-. De hecho, es probable que la elección como director de Zack Snyder tenga relación con la popularidad del entintado sobre chroma que había empleado para llevar otra historia gráfica de Miller, 300, a la gran pantalla. Y, por otro lado, las aproximaciones al corpus de Moore –Desde el infierno, La liga de los hombres extraordinarios, V de Vendetta– igualmente habían copado protagonismo durante los años anteriores, si bien con saldo desigual.

           El tono de Watchmen es bastante menos grandilocuente que el taciturno Batman nolaniano, pero sus temas y subtextos aspiran igualmente a la complejidad y la enjundia. Su microcosmos alterna la sugerente fantasía ucrónica -unos perpetuos años ochenta bajo una semidictadura de Richard Nixon, con Vietnam como estado 51º de los Estados Unidos y al borde de convertir la Guerra Fría con la Unión Soviética en ardiente armagedón atómico- con una visión apesadumbrada y crepuscular del superhéroe, casi equivalente a lo que para la mitología de la mafia -otra familia capital del séptimo arte- había supuesto Tony Soprano sufriendo un ataque de ansiedad al contemplar la migración de los patos.

Ahora bien, antes de nada hay que entrar en aclaraciones: servidor es ajeno a la obra de Moore -que, siempre esquivo, calificaba de anticinematográfica la serie, aunque loó el guion de la presente como un tratamiento bastante aproximado a su creación-, Dave Gibbons y John Higgins. Mi posición es independiente del cómic, por lo que es susceptible de ser tachada como inválida para evaluar integralmente el filme. Hay quien, como el crítico Jordi Costa, señala que el salto al celuloide se lleva por delante ciertas sutilezas y juegos metalingüísticos inaprensibles para este nuevo soporte.

           El punto de partida de Watchmen es fascinante, y queda magníficamente consolidado por los títulos de crédito, donde el desencanto existencial de los personajes queda asimilado al desencanto colectivo de un país de sueños rotos o, peor, de sueños cumplidos de forma siniestramente literal. Los vigilantes, pues, son la esencia de la cosmogonía de los Estados Unidos. “Quis custodiet ipsos custodes?” se preguntaba Juvenal y se preguntan los habitantes de esta Nueva York siniestramente verosímil en su ambientación parafascista, conspiranoica y beligerante, ahogada en una lluvia apocalíptica.

A través de una trama de intriga, siempre con la amenaza presente -sea de la delincuencia generalizada, de la inestabilidad social, del complot contra los enmascarados o de la guerra nuclear-, las aceradas lecturas sociopolíticas se conjugan equilibradamente e incluso se incardinan con los apuntes acerca de la naturaleza humana que ofrece la exploración de unos personajes de cuidada tridimensionalidad, quienes pagan los reveses de su experiencia con desarraigo, soledad, cinismo, moralismo, maquiavelismo… La visión ‘divinizada’ de Doctor Manhattan y Ozymandias interesa en la misma medida que la visión terrenal de Búho Nocturno, fondón, miope e inmerso en un incómodamente apacible desencanto. Al fin y al cabo, se trata de nuevo de una madura destrucción de arquetipos, tanto históricos como de ficción.

           Es de suponer que la puesta en escena es hartamente deudora del papel. A la abundante referencialidad cultural del cómic, Snyder le suma una banda sonora trufada de canciones populares, empleadas en varias ocasiones con intenciones irónicas o contradictorias -el asesinato del Comediante, el Hallelujah de Leonard Cohen-, pero también algo sobadas. Afianzándose sobre la viñeta, con recursos que se aprecian influidos por la digitalización que ensayara Robert Rodriguez con Sin City, el realizador mantiene firme el ritmo narrativo, a pesar de ciertas caídas debidas a la notable extensión del metraje y a la barroca agitación de algunas secuencias marca de la casa. Según Costa, es una adaptación todo lo buena que podía ser.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

El puente de los espías

14 Dic

“Si ahora no hay forma de rodar películas que posean los valores e ideales que reflejaban mis obras, quizás también deberíamos darnos todos por vencidos.”

Frank Capra

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El puente de los espías

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El puente de los espías

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Año: 2015.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Tom Hanks, Mark Rylance, Amy Ryan, Scott Shepherd, Mikhail Gorevoy, Sebastian Koch, Austin Stowell, Jesse Plemons, Will Rogers, Alan Alda.

Tráiler

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            Algo huele a Frank Capra en El puente de los espías. Su argumento es en esencia una historia paradigmáticamente americana, en la cual el sacrificio personal del individuo concienciado e irreductible es capaz de redimir las corrupciones que provocan las circunstancias adversas sobre la sociedad y reconducirla hacia sus valores primigenios: aquellos que –propagandísticamente- le definen como el país de la libertad y de las oportunidades.

            El quijotismo que exhibe la película de Spielberg en su tramo inicial, con la defensa del espía soviético Rudolf Abel (Mark Rylance) por parte del por entonces abogado de seguros James Donovan (Tom Hanks), es valiente y contagioso, tan firme en sus convicciones que puede amenazar con caer en lo puramente discursivo, al igual que les sucedía a las obras más comprometidas de Capra de finales de los años treinta y principios de los cuarenta –La locura del dólar, Caballero sin espada, Juan Nadie,…-.

Su espíritu ‘americano’ –aunque universal- surge aquí tanto o más necesario cuando en la distancia histórica se trazan reflejos entre el pasado de Guerra Fría y el presente de guerra global contra el terrorismo y entonces, con determinación y arrojo, el filme esgrime su humanista propuesta de combate –en este sentido, ofrecería una interesante sesión doble con La noche más oscura (Zero Dark Thirty), donde la incidencia de las torturas practicadas por la CIA deja aún un regusto bastante ambiguo y turbio, carne de debate-.

            Spielberg, apoyado en el guion original de Matt Charman, luego revisado nada más y nada menos que por Joel y Ethan Coen, va desarrollando la lucha épica y solitaria de este héroe incomprendido –como deben ser los héroes, posicionados contra todo y contra todos- agregándole notas de calor íntimo y familiar para componer en Hanks –como otrora podía ser Jimmy Stewartla perfecta imagen del americano medio: afable, decidido, idealista y que no se deja amilanar por absolutamente nada ni nadie. Empalagoso de tan bonachón.

Ese optimismo incombustible, que se cree capaz de cambiar el mundo hasta conducirlo a la utopía, va tornando el idealismo del comienzo en cierto maniqueísmo de manual -¿es irónico, andando los Coen por ahí?, no lo parece- a medida que Donovan se adentra en la frontera política de la Guerra Fría: el muro de Berlín en proceso de construcción. Los rusos son muy rusos; los alemanes orientales muy alemanes orientales. En el metraje previo también se vislumbraba un notable dibujo crítico de los estadounidenses bajo la propaganda bélica del momento, todo adoración de los símbolos de la patria y reacciones viscerales a la política del terror, pero, como decíamos, al menos ellos sí tienen a quien les redima; una condición que alcanza una temperatura un tanto bochornosa -¿ironía coeniana de nuevo?- en la coda en suelo americano.

            Quizás adoptando la óptica del estoico Abel El puente de los espías sí se hubiese convertido en un filme coeniano de pleno derecho. Es decir, un hombre cansado de realismo que observa cómo un individuo común se embrolla en un plan enloquecido que, a priori, supera en mucho sus competencias. Resulta significativo entonces ese entendimiento y esa relación –uno de los puntos más logrados del filme- entre esos dos universos políticos –Estados Unidos y la Unión soviética- y cinematográficos –los Coen y Capra/Spielberg-.

La cinta, en conclusión, tiene músculo visual y nervio narrativo, porque Spielberg sabe muy bien qué quiere contar y sobre todo cómo quiere contarlo, si bien El puente de los espías está lejos de la madura oscuridad de Lincoln –otra obra carne de debate entre fin y medios, como La noche más oscura– o de la lúgubre frialdad del espionaje de Munich.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

El caso Mattei

2 Jun

“El petróleo hace caer los gobiernos, hace estallar las revoluciones, los golpes de Estado,… Condiciona el equilibrio mundial.” Enrico Mattei, presidente del Ente Petrolífero Estatal Italiano. Asesinado en 1962 después de tratar de romper el monopolio de las Siete hermanas, tutelado por los Estados Unidos. Un film inchiesta de Francesco Rosi, Palma de oro de 1972, para mi primera colaboración con Esencia de Cine con motivo de su retrospectiva del festival de Cannes.

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Tal como éramos

20 May

“La palabra amor va cambiando con la edad.”

David Trueba

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Tal como éramos

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Tal como éramos

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Año: 1973.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Barbara Streisand, Robert Redford, Bradford Dillman, Lois Chiles, Patrick O’Neill, Murray Hamilton, Allyn Ann McLerie, Viveca Lindfords, James Woods.

Tráiler

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           Es una situación paradójica, porque el amor –o ese estado de enajenación mental transitoria conocido como tal- no deja de ser, como reza la tradición, ciego, sordo e incluso gilipollas. Pero el asunto es que, en el cine romántico, hay una fina línea que separa la adhesión emocional del espectador de turno hacia el idilio que ve en pantalla de, por el contrario, el aborrecimiento y el rechazo de ese mismo amorío. Y se trata de una fina línea que muchas veces se corresponde con la credibilidad que le produce el romance en cuestión; eventualidad, por otro lado, que puede estar muy ceñida a una sensibilidad particular o a aquello que la experiencia de toda una vida le ha enseñado que es probablemente cierto –dentro de lo que cabe en esta ciencia por definición inexacta y alocada-. O, mejor dicho, con una idea de verosimilitud que debe ser respetada.

           Construida a partir de un extenso flashback que parte del encuentro entre la guionista radiofónica Katie Morosky (Barbra Streisand), comunista y batalladora, y su ex compañero de universidad, Hubbell Gardiner (Robert Redford), reclutado por la Marina y de servicio en Washington durante la Segunda Guerra Mundial, la presentación de Tal como éramos se desarrolla a partir de la oposición y el posterior encuentro entre las personalidades antitéticas de los dos protagonistas. Ella -como reflejaba el comienzo del metraje-, abanderada del activismo político reivindicativo de los valores sociales y de la justicia internacional, de orígenes semíticos y humildes, y con los rasgos, digamos, peculiares de la Streisand. Él, representante de la élite deportiva y del ocio frívolo de alta sociedad, un espécimen típicamente americano por su talante franco, afable, sencillo y a priori ajeno a complicaciones políticas, y dueño de la sonrisa galante y el cabello rubio, ario, de Redford.

Las dos Américas, en resumen. La del compromiso en defensa de la libertad y la justicia y la de la inmaculada imagen propagandística de bondad, cada una de ellas tratada de mejor o peor manera por el contexto histórico del cual se realiza una crónica paralela al transcurso del romance, entremezclándose y contaminándose ambas.

           Quizás por este empeño en representar simbólicamente el antagonismo teórico y la complementariedad práctica de los dos amantes, las consecuencias de ello derivan hacia un romance que a uno, a título particular, le cuesta un enorme esfuerzo creerse, por forzado y calculado –si bien todavía es mucho más creíble que el hecho de que el mejor amigo de Redford, bon vivant acaudalado, le guarde simpatía a una mujer que se pasa las dos horas de película regalándole feísimos desplantes y agresivas escenitas-. No es una cuestión, ni mucho menos, del contraste entre el bellezón clásico que es Redford y el atractivo picassiano y siempre objeto de debate de Streisand. Es que no se alcanza a comprender dónde y cómo ha saltado la chispa incendiaria de este amor entre una mujer obsesiva hasta la fatiga en su activismo y este hombre encantador aunque un tanto indolente.

Sí, en Tal como éramos se aprecian los nobles esfuerzos con los que Katie y Hubbell tratan de equilibrar su dificultosa relación, así como, de manera fidedigna, los pequeños secretos, decepciones quedas, silencios ignorados a la fuerza y contradicciones insostenibles que, poco a poco, debilitan el armazón que sostiene esta vida en común, y con los que muchos espectadores podrán trazar puntos de encuentro y empatizar con el melodrama que se les ofrece. Pero insertos en este conjunto frío y alegórico, son detalles a mi parecer desprovistos de alma. Como, en consecuencia, no terminará de explotar el interés intrínseco que posee el drama historicopolítico que compone el telón de fondo y que a buen seguro conocería de primera mano Sydney Pollack, surgido de la denominada Generación de la televisión o Generación del compromiso que logró sobreponerse al terror del McCarthismo.

           Puede que la razón de todo ello se encuentre en la turbulenta redacción del libreto de Tal como éramos, en la que, a partir de la historia de Arthur Laurents, intervendrían hasta otros once guionistas, dejándola irreconocible para horror del escritor, quien luego recuperaría las riendas del texto no sin antes exigir una desproporcionada compensación económica. De hecho, en último término, Pollack admitiría su responsabilidad en estos problemas y se disculparía personalmente con el autor por los resultados. Eso sí, se coronaría con dos Óscar –mejor canción y mejor banda sonora– y otras seis nominaciones, entre las que destaca la de mejor actriz principal para Barbra Streisand.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 5.

Matar al mensajero

18 Nov

“En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.”

George Orwell

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Matar al mensajero

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Matar al mensajero.

Año: 2014.

Director: Michael Cuesta.

Reparto: Jeremy Renner, Rosemarie DeWitt, Mary Elizabeth Winstead, Oliver Platt, Michael Sheen, Andy García, Ray Liotta, Barry Pepper, Richard Schiff, Yul Vázquez, Michael Kenneth Williams, Tim Blake NelsonPaz Vega, Robert Patrick.

Tráiler

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            El pasado mes de marzo, José Mujica, presidente de Uruguay y uno de los líderes mundiales más influyentes del mundo a causa de su sencilla y equilibrada aplicación de la lógica –“populismo”, acusarán los de siempre-, regulaba el mercado del cannabis del país sudamericano mediante un decreto gubernamental que reserva en exclusiva su producción, distribución y venta para el Estado con el propósito de luchar contra el tráfico de drogas. En declaraciones a la BBC, Mujica negó que tuviera que consensuar o siquiera discutir la decisión con su homólogo estadounidense, Barack Obama, puesto que, declaró, “el país que más está comercializando marihuana es Estados Unidos”.

La noticia revela dos aspectos, como son la conversión del narcotráfico en un problema internacional y la tortuosa relación de los Estados Unidos con la droga. El primer aspecto viene de lejos, baste con recordar la Guerra del Opio, uno de tantos episodios negros del colonialismo europeo decimonónico. En cuanto al segundo escenario, en el que podrían contemplarse las acusaciones perfectamente verosímiles acerca del empleo de los estupefacientes como armas para socavar las rebeliones raciales florecientes en los sesenta, similar al uso del alcohol en el proceso de combate y desarraigo de las poblaciones indígenas americanas –existen asimismo teorías acerca de una estrategia similar en los bastiones del movimiento obrero español en el cambio de década entre los setenta y los ochenta-, es donde se halla Matar al mensajero.

            Matar al mensajero recrea la investigación periodística de Gary Webb, reportero del humilde San José Mercury, en la que destapó una red de la CIA para financiar los operativos de las contras nicaragüenses –la guerrilla contrarrevolucionaria en lucha contra el Frente Sandinista de Liberación Nacional que había derrocado al dictador títere Anastasio Somoza-, fundamentada en la lucrativa importación y comercio con cocaína en los barrios deprimidos de los Estados Unidos. Una trama conspiratoria-criminal fascinante, sobrecogedora, indignante. De atractivo probado incluso en otras plataformas como la literatura, donde aparte del reportaje de Webb y de su reconstrucción y valoración por parte de Kill The Messenger, de Nick Schou -base desde la cual parte el guion del presente filme-, también se encuentran historias semejantes, del mismo modo tomadas de hechos reales, como El poder del perro, potente novela a la que ni la poca pericia narrativa de Don Winslow pudo deteriorar.

            La película, dirigida por Michael Cuesta, curtido en los desvaríos conspiranoicos de la serie Homeland, abre la exposición encadenando un idéntico mensaje vacío e hipócrita en boca de hasta cuatro presidentes norteamericanos –que podría extenderse hasta hoy, ya que en 2013 Obama presentó su propio plan de control– respecto a una guerra que no parece ser tal, mientras que más tarde, en diversas escenas, se irá aludiendo al contradictorio estatus legal y moral de otras drogas legales como el alcohol y el poder. El avance de las pesquisas de Webb (Jeremy Renner), pone la miel en los labios del espectador arrojándole contra una poderosa denuncia sociopolítica en la que se van conectando uno a uno, con absorbente suspense, engranajes cada vez más abrumadores de esta monstruosa y abominable maquinaria. Es sintomático cómo el temible señor del crack de los bajos fondos de Los Ángeles interpretado por Michael K. Williams, nada menos que el Omar Little de The Wire –qué buena referencia hubiera sido este compendio para la obra aquí comentada-, aparezca durante su juicio reducido a nimio peón sin apenas voz entre las piezas del juego.

            Sin embargo, en cierto punto del metraje, realizador y guionista consideran que, en lugar de una denuncia sociopolítica, Matar al mensajero debe tender en cambio hacia una reblandecida historia de interés humano que refleje de forma pálida el insobornable sacrificio de Webb en defensa de su integridad y de los valores del periodismo de investigación y en la que, en consecuencia, también converja un plano melodrama familiar huérfano de toda emoción u originalidad. Es cierto que la pertinencia de la reivindicación de estos valores permanece ahora incluso más vigente que entonces –el filme no duda en plantear el debate entre periodista y prensa, entre periodismo comprometido y periodismo servil, entre cuarto poder y portavocía- y que a las sórdidas averiguaciones del periodista aún le restan un par de chispazos que amagan con reflotar la propuesta –sin continuidad por desgracia-. Pero, en definitiva, habida cuenta del gigantesco capital personal empeñado en la tarea, el valeroso trabajo de Webb no merecía primero quedar supeditado a un drama íntimo tan poco interesante, ni que, segundo, su tragedia privada se plasmase en un relato tan insípido.

Desaprovechada.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

Firefox, el arma definitiva

24 Sep

“Si quieres garantía, compra una tostadora.”

Nick Pulovski (El principiante)

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Firefox, el arma definitiva

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Año: 1982.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Clint Eastwood, Freddie Jones, David Huffman, Warren Clarke, Ronald Lacey, Kenneth Colley, Klaus Löwitsch, Nigel Hawthorne, Stefan Schnabel.

Tráiler

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            El cambio de década entre los setenta y los ochenta no sería particularmente propicio para el Clint Eastwood director. Después de estrenar Ruta suicida y Bronco Billy, Firefox, el arma definitiva cerraría una terna de discretas obras menores.

Por su parte, en el aspecto histórico, el ascenso al poder del conservador Ronald Reagan inspiraba una beligerancia redoblada en cuanto a la Guerra Fría, la carrera armamentística y las tendencias ideológicas y militares que marcaría a fuego su impronta en el cine de la época, rayano en ocasiones el puro panfleto propagandístico.

            Al igual que John Rambo -icono de estos tiempos de mano fuerte militar contra el soviético y reivindicación del combatiente y el veterano-, el piloto de cazas que en Firefox interpreta un Eastwood poco inspirado arrastra tras de sí las turbias secuelas psicológicas de uno de los episodios calientes de esta Guerra Fría: el traumático conflicto en el Vietnam. No obstante, el guion desaprovecha cierta mirada crítica hacia la intervención en el país asiático y, sobre todo, rechaza profundizar en su trasfondo dramático para reducirlo simplemente a un factor de intriga dentro del desarrollo de la trama.

            El argumento, superficial en su tratamiento de personajes y contexto, aunque enrevesado y de dudosa verosimilitud en su vertiente de espionaje, plantea el robo de un nuevo modelo de avión ruso controlado por la mente e indetectable para los radares (contradictoriamente, luego se verá que no tanto).

De este modo, el suspense no pasa de resultar funcional dentro de una obra alimenticia en la que Eastwood proporciona escasa muestra de carácter aparte de atreverse con unos trucos visuales deudores de las persecuciones de naves de La guerra de las galaxias, piedra angular en el auge de la ciencia ficción y los efectos especiales que se experimentaba en aquellos años –de hecho, se encarga de los mismos John Dykstra, recomendado por el propio George Lucas, y responsable de los efectos de la primera entrega galáctica-.

            De las cintas más olvidables de Clint.

 

Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 5.

Punto límite

15 Sep

La Destrucción Mutua Asegurada, escrita en fotogramas. Artículo sobre Punto límite, íntegro en Bandeja de Plata.

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