Tag Archives: Profecía

Jasón y los argonautas

6 Jul

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Año: 1963.

Director: Don Chaffey.

Reparto: Todd Armstrong, Nancy Kovack, Gary Raymond, Douglas Wilmer, Honor Blackman, Niall MacGinnis, Michael Gwynn, Jack Gwillim, Laurence Naismith, Andrew Faulds, Nigel Green, John Cairney, Patrick Troughton.

Tráiler

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         Ray Harryhausen, mago de los magos, la consideraba su mejor obra. Ciertamente, Jasón y los argonautas, coproducción angloestadounidense basada en el mito griego de Jasón y el vellocino de oro, es una de sus películas más populares, cinta de culto para niños y mayores de muy distintas generaciones. Además, era de una de las primeras en superar la categorización de serie B, un punto más de distinción frente a un peplum que, por aquel 1963, era un subgénero de enorme tirón popular, muchas veces ligado a producciones europeas, fundamentalmente italianas, que sabían jugar bien con la espectacularidad de la construcción y destrucción de decorados. De hecho, la fundacional Hércules ya empleaba como excusa argumental la búsqueda del vellocino de oro. En cualquier caso, Jasón y los argonautas prolonga la senda aventurera y fantasiosa marcada por el creador angelino en Simbad y la princesa, campo abonado para imaginar monstruos y prodigios de todo orden. Descomunales autómatas de bronce, harpías, hidras, esqueletos vivientes, dioses caprichosos.

         Jasón y los argonautas sigue a grandes rasgos el relato legendario, lo que no le exime de tomarse notables licencias para realzar su fastuosidad visual aun a costa de los aspectos dramáticos más intensos del original. A medida que el filme aumenta el foco en los obstáculos colosales del héroe, se reduce la figura de Medea, auténtica llave maestra que aporta la salida a los aprietos imposibles y que, al mismo tiempo, desencadena muchos de los hechos más conflictivos o violentos del mito -los dilemas trágicos, su resolución expeditiva-. A ella se acercarán más tarde cineastas de prestigio como Pier Paolo Pasolini y Lars von Trier.

         La narración que desarrolla el asalariado Don Chaffey -un realizador esencialmente televisivo que había firmado capítulos de series referenciales como El prisionero o Los vengadoreses apresurada, casi torpe en su ansia de conducir la acción hasta las escenas con el sello de Harryhausen. Es notable la premura que muestran las primeras -incluido el repentino desenlace- en contraste con la mayor elaboración de las segundas, donde algunas, como la célebre lucha contra los esqueléticos espartos, podían implicar hasta cuatro meses de trabajo de animación. A igual nivel lucen las interpretaciones, donde la dejadez del grueso de los argonautas contrasta con la convicción de villano tronante que arroja Jack Gwillim con su rey Eetes o incluso el heterodoxo Hércules de Nigel Green.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

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Conan, el destructor

21 Abr

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Año: 1984.

Director: Richard Fleischer.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Olivia d’Abo, Wilt Chamberlain, Grace Jones, Tracey Walter, Mako, Sarah Douglas, Jeff Corey, Pat Roach.

Tráiler

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         Aunque puedo equivocarme en esto, me suena haber leído alguna vez a expertos como Adrián Esbilla que, en realidad, Conan, el destructor es una película más acorde al original de Robert E. Howard que la icónica Conan el bárbaro, demasiado contaminada por los espíritus torrenciales de John Milius y Oliver Stone. Tal vez este último concepto sirva para explicar la enorme diferencia que media entre una obra mayúscula y una secuela que, con generosidad, no pasa de entretenimiento ligero.

Y eso que Conan el bárbaro contenía muchos de los defectos que se prolongan en Conan, el destructor, como una ambientación ya un tanto kitsch y envejecida, la cuestionable calidad interpretativa de Arnold Schwarzenegger más allá de su tonelada de músculos, actores secundarios puestos por el ayuntamiento… Y que, en paralelo, Conan, el destructor posee factores positivos -el talento que se le supone Richard Fleischer, un director aventurero que ha firmado nada menos que 20.000 leguas de viaje submarino y Los vikingos; la fotografía de un clásico como Jack Cardiff, la banda sonora de Basil Poledouris, la continuidad de cierta sustancia épica…- que se imponen sobre otros elementos negativos específicos -las injerencias del estudio para el endulzamiento de la trama para su apertura a todos los públicos, el recorte presupuestario…-.

Se puede entender así que la convicción narrativa de Milius, su pasión de aedo anacrónico, es la que conseguía convertir a Conan el bárbaro en una epopeya operística que ni siquiera depende del texto pero que, al mismo tiempo, está fundada igualmente sobre las resonancias de un batiburrillo filosófico y místico, apocalíptico y telúrico, las cuales se canalizan a través del hipnotismo serpentino de Thulsa Doom, tótem al final del viaje existencial que se erige en una variación fabulosa del Kurtz de El corazón de las tinieblas y, en el cine, de Apocalypse Now.

         Conan, el destructor está huérfano de estas volcánicas aspiraciones trascendentales y mitológicas. Su protagonista es el mismo, pero, en último término, su juego es otro, incluso a pesar de las protestas de Schwarzenegger, que finalmente perdería el interés por el personaje para futuras continuaciones. Conan, el destructor es una cinta de entretenimiento. El impulso de contador de historias contra la fórmula industrial.

Quizás se pueda trazar la analogía perfecta entre Conan el bárbaro y Conan el destructor mediante la música de Poledouris: una composición fundamental para elevar el poder intrínseco de la primera que, en esta secuela, no deja de ser un remedo con apenas variaciones perezosas, al igual que el pícaro que secunda a Conan es ahora una réplica, con una acentuación más humorística, de aquel ladrón que encarnaba el legendario surfista Gerry López. También aquí el elenco es extraño, un cúmulo fabuloso de gente procedente de distintas dimensiones. Siguiendo la tradición de López y de Ben Davidson -jugador de fútbol americano-, de nuevo hay un deportista infiltrado, el baloncestista récord Wilt Chamberlain, y aparece además una diva de otro planeta, Grace Jones, que aporta indudable carácter. El sempiterno colega de press-banca de Chuache, Sven-Ole Thorsen, repite oculto bajo máscara y armadura. Son parte de la variopinta banda que, como si fuese Dragones y mazmorras -no faltan tampoco ni el mago ni la princesa inocente-, acompaña al héroe a largo de una trama tópica y no por ello estrictamente consistente.

         Pero el héroe ya no es tan melancólico, y está encarcelado en su esencia de buen salvaje para personificar el Bien, la pureza de la fuerza desnuda, frente al Mal, que por lo general se viste los engañosos ropajes de la magia. Lo cierto es que la recordaba más terrible. Artesano en vías de jubilación, Fleischer aún logra dotar de ritmo a la narración y ayuda a que perviva el sentido de la aventura, aunque esté rebajado para intentar amoldarse a un público demasiado amplio.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6.

Midnight Special

29 Dic

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Año: 2016.

Director: Jeff Nichols.

Reparto: Michael Shannon, Joel Edgerton, Kirsten DunstJaeden Lieberher, Adam Driver, Paul Sparks, Bill Camp, Sam Shepard.

Tráiler

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           A lo largo de la trayectoria autoral que está componiendo el cineasta Jeff Nichols, subyace la familia como uno de los temas principales, a partir del cual se establecen relaciones problemáticas acerca de la irreparable consanguineidad del pecado (Shotgun Stories),  la supervivencia en la descomposición de la clase media a causa de la catastrófica crisis económica contemporánea (Take Shelter) o el refugio en una figura paterna sublimada para asumir, desde una fantasía romántica, el desmoronamiento de la estructura familiar tradicional (Mud).

           Estrenada de soslayo en España a pesar de la estimulante progresión de Nichols, Midnight Special podría considerarse un retorno a los presupuestos de Take Shelter a raíz de la proyección de un evento sobrenatural y apocalíptico como eje alrededor del cual bascula la vivencia de una familia que, en este caso, queda compuesta por un niño con habilidades sobrehumanas (Jaeden Lieberher) y un padre (Michael Shannon) que lo secuestra de la comunidad -la pequeña secta que lo considera el salvador, el Gobierno que lo vigila como amenaza-, ayudado por la madre (Kirsten Dunst) y un amigo (Joel Edgerton) que, a estos efectos, bien podría pasar por un tío del chaval. “Hubierais sido una bonita familia”, observará este individuo, un tanto ajeno a la especial naturaleza del chaval en cuestión.

           Los personajes se enfrentan pues a una sociedad ambigua donde las fronteras entre la bondad y la villanía se diluyen debido al contraste entre prioridades, sacrificios y desesperación en el caos, los cuales, en último término, tienden a encontrar en ese núcleo íntimo un refugio de protección contra el exterior amenazador.

De ese conflicto proceden las líneas más poderosas del filme, concentradas en las emociones del progenitor, si bien incluso corren el riesgo de desaprovecharse en medio de la vorágine estrictamente perteneciente a la ciencia ficción, dueña de notables lecturas místicas y cuya concepción general resulta más convencional y menos interesante -la incomprensión y persecución del diferente-.

           “Me gusta preocuparme por ti, ese es el trato”, zanja el hombre mientras abraza a su hijo, que quizás está construido de forma un tanto rígida y en consecuencia contraproducente para esa expresión de la inquebrantable conexión paternofilial que constituye el meollo de la obra.

Y eso a pesar de que, con todo, la plasmación de la vertiente fantacientífica del relato sabe tomar cierta distancia respecto a la grandilocuente espectacularización que en ocasiones afecta a este género -la ingenuidad de las gafas de buceo que protegen al niño, las invocaciones al cómic y la cultura popular estadounidense-.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

Macbeth

17 Nov

Macbeth habla de un hombre y una mujer que harían lo que fuese necesario para triunfar. Es un tema particularmente apropiado para esta época. Ese concepto de ‘tengo que conseguirlo ya’ siempre ha estado ahí, pero ahora se ha convertido en aquello que uno debe hacer, en un ideal de personalidad. Y lo siento, pero me parece algo completamente estúpido y equivocado.”

Richard Jordan

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Macbeth

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Macbeth

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Año: 2015.

Director: Justin Kurzel.

Reparto: Michael Fassbender, Marion Cotillard, Sean Harris, Paddy Considine, David Thewlis, Jack Reynor, Elizabeth Debicki.

Tráiler

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           El australiano Justin Kurzel apunta alto en su segundo largometraje y se sirve de Macbeth, una de las inmortales tragedias de William Shakespeare, para revisarla haciendo hincapié en una traslación sensorial de tan poderoso argumento.

Con el verso enrevesado del literato inglés prácticamente intacto en el guion, Kurzel compone una aparatosa obra que inunda la pantalla de experiencias cromáticas y visuales, cercanas a lo onírico, para ilustrar el descenso a los infiernos del rey de los escoceses; firmemente guiado por la mano de su esposa y desatado a través una lucha titánica entre ambición y fatalismo, deseo y traición, poder y muerte.

La muerte, destino último común a todos los hombres, permanece omnipresente sobre el escenario; plasmada en la hiperrealista mugre que subyace bajo el ampuloso lirismo trágico de los fotogramas, en la descarnada violencia que se exhibe en la batalla, intercalada con secuencias alucinadas. Ya se sabe, guárdese uno de las bendiciones de los oráculos.

           Hay en Macbeth fotogramas interesantes e incluso arrebatadores en su desmesura, caso las masacres en la niebla o de ese duelo bajo un crepúsculo desbordado de rojo sangre que bien podría salir de Excalibur, una ópera romántica donde, al ritmo que marca la existencia –nacimiento, madurez y decadencia- todo encajaba como un desacomplejado y grandioso artilugio de orfebrería.

Pero este Macbeth es un coloso de arrolladora apariencia al que, a medida que pasan los minutos y prosigue la observación, más se nota la hipertrofia de sus músculos; y al que le cuesta avanzar prisionero de su propio tamaño y de la grandilocuente redundancia de su estilo. Acudir al lenguaje del original isabelino –de construcciones arcaicas, ubérrimo en complicadas figuras y artificios literarios, rico con sus soliloquios, apartes y diálogos ideados para una puesta en escena teatral-, contribuye a cargar todavía más peso sobre la espalda del agotado gigante.

No deja de ser contradictorio que Kurzel trate de amalgamar de manera tan abrupta el lenguaje del cine con el lenguaje dramatúrgico. La combinación, por desgracia, no termina de cuajar.

           También la apropiación de Orson Welles, devoto shakesperiano, poseía por descontado la natural pretensión de grandeza del cineasta y además compartía el inglés de época, pero su cuento gótico conseguía transformar adecuadamente la carestía en abstracción por medio de impenetrables e inclementes sombras que se extendían por rostros y decorados. Aquí, el solemne esteticismo termina por sepultar a un relato y a unos personajes con los que prestigiosos y potentes actores de cine como Michael Fassbender y Marion Cotillard recitan su parte con esfuerzo, aunque con la sensación de no estar completamente convencidos de sus posibilidades.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6.

Regreso al planeta de los simios

4 Sep

“Los adultos son parecidos a los niños que reclaman siempre la historia que conocen mejor, rehusando toda variación.”

Alfred Hitchcock

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Regreso al planeta de los simios

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Regreso al planeta de los simios

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Año: 1970.

Director: Ted Post.

Reparto: James Franciscus, Kim Hunter, Maurice Evans, Linda Harrison, David Watson, James Gregory, Jeff Corey, Natalie Trundy.

Tráiler

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            En el capítulo anterior de Charlton Heston contra el Apocalipsis, referente a El planeta de los simios, dejábamos al rubicundo actor postrado a los pies de la estatua de la Libertad arrasada por un lejano holocausto nuclear: una de las imágenes imperecederas del séptimo arte y el cierre perfecto para redondear una de las obras cumbre de la ciencia ficción de todos los tiempos.

Corría 1969 y, por aquel entonces, el apetito voraz de los grandes estudios y los magnates del cine no habían hallado en la creación de interminables secuelas, sagas y franquicias uno de sus más sencillos y efectivos métodos de enriquecimiento; hábito si acaso algo más asociado a la serie B en general y el cine de terror de bajo presupuesto en particular. Pero el desmesurado éxito de taquilla de El planeta de los simios y su categórico impacto cultural hacía enormemente apetecible encerrar a la gallina de los huevos de oro en un corralito y ponerla a empollar hasta que reventase.

Ante la euforia de los directores de producción de la Fox, el productor Mort Abrahams y el poeta y guionista británico Paul Dehn hubieron de abrirle una salida a un argumento que no otorgaba demasiado margen de maniobra. También resultaría decisiva para la realización del filme la impecable caballerosidad de Heston, propicio a devolver el favor adeudado a Richard Zanuck –el único productor que había apostado por un proyecto encallado durante años en los sótanos de la industria- por medio de su aparición puntual en esta segunda parte, reservada para el comienzo y el desenlace de la misma.

            De este modo, Regreso al planeta de los simios reencuentra a George Taylor, misántropo salvador de la humanidad, en su éxodo junto a Nova (Linda Harrison), la Eva rediviva en versión inocente e inmaculada, para de inmediato borrarlo del mapa misteriosamente y, con ello, ceder el protagonismo a un segundo astronauta, Brent, enviado en una contradictoria misión de rescate –sus tripulantes, al contrario que la expedición de Taylor, no parecen ser conscientes del carácter semisuicida de su naturaleza-.

Brent, interpretado por James Franciscus, galán televisivo, serviría aquí para condensar el espíritu que preside Regreso al planeta de los simios. Tupé rubio, barba perfilada y ojos claros, Brent aparece como un simple sucedáneo de Taylor. De hecho, el planteamiento de Regreso al planeta de los simios de diría que emula, de manera sintetizada, el esquema de su antecesora: confrontación con una realidad alucinada –en este caso, obviamente, con el colosal factor sorpresa ya perdido-, consciencia de la amenaza del simio y de su condición de paria en el ecosistema social del lugar, intento de huida y descubrimiento del golpe de efecto de una civilización humana que ha aplicado la guadaña sobre su propio cuello –otra vez, a pesar de la reconstrucción subterránea de Nueva York, con el impacto visual y psicológico desterrado por la inmarcesible potencia de la precedente-.

Reaparecen asimismo viejos conocidos del espectador, como los chimpancés Zira (Kim Novak) y Aurelio (Cornelius en la versión anglófona, donde David Watson sustituye a Roddy MacDowall, inmerso en el rodaje de La viuda del diablo), así como el conservador orangután Zaius (Maurice Evans). Aunque puntual, la presencia de los inconformistas y subversivos Zira y Aurelio pone una piedra más en la discusión que se producía en El planeta de los simios acerca de la estratificada y clasista sociedad simia, a la vez que se sugiere a un llamamiento por el cambio de poderes. Una interesante semilla que, no obstante, no florecerá en el guion, si bien es verdad que uno de los borradores redactados contemplaba una conclusión en la que este nuevo orden, más comprensivo y tolerante entre simios y humanos, sí era posible.

Por otro lado, la reutilización de la maqueta de la nave original de El planeta de los simios en una escena que, por otro lado, escatima su correspondiente secuencia de impacto contra el suelo, también evidencia los pronunciados recortes presupuestarios que sufrirá la película –la mitad respecto a la primera parte-; daño colateral derivado de los catastróficos fracasos de Hello, Dolly!, La estrella (Star!) o El extravagante doctor Dolittle –tijeretazos que avanzarán en progresión a lo largo de las sucesivas secuelas y de manera paralela a la pérdida de calidad del producto-. El burdo maquillaje de los extras o el reciclaje de escenarios de otros filmes del estudio, como este ruinoso musical Hello, Dolly!, serán otros de los síntomas que se puedan apreciar a lo largo del metraje.

            Siguiendo este proceso de confección apresurado y tendente a la simplificación, el subtexto crítico hacia la política y la sociedad estadounidense contemporánea del filme -recuperamos la idea del futuro distópico como espejo deformante de un presente imperfecto-, permanece agresivo y oportuno, si bien se plasma de manera palmaria y nada disimulada en el argumento. El antagonista de Regreso al planeta de los simios no son los primates, sino los halcones: los halcones de Washington embarcados en una guerra megalómana, absurda y cruenta que cuenta con el rechazo frontal del pueblo llano, manifestado a través de movimientos juveniles e intelectuales. La marcha de los brutales gorilas a la conquista de la Zona Prohibida, elemento de distinción que centra la trama de este capítulo de la saga, no es un puñado de monos a caballo y armados de rifles, sino que son los despiadados generales del Pentágono empeñados en que Vietnam constituye una pieza estratégica dentro de la teoría del dominó, una de las falacias más sobadas de la Guerra Fría. Los chimpancés que realizan una sentada de protesta pacífica a la salida del poblado, son por tanto los mismos melenudos que inundaban el campo del capitolio de la capital norteamericana.

En su arenga patriótica y populista, el general Ursis –papel interpretado con rotundidad por James Gregory, aunque ofrecido de inicio al legendario Orson Welles, a quien seguro hubiera divertido por su propensión a caracterizarse-, clama por la aniquilación del hombre no porque su piel sea de otro color, sino a causa de que no sabe discernir entre el Bien del Mal. Se sobreentiende entonces que si esos descerebrados y salvajes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, éste se hubiera alineado con el pérfido comunismo.

Otra de las consignas blandidas por Ursis alude al deber sagrado del simio de civilizar –o someter, que es lo mismo-, esta tierra indómita. Este mensaje, que reclama cierta semejanza con la misión evangelizadora de la conquista europea de América e incluso con el concepto de Destino manifiesto que respaldaría la expansión estadounidense por todo el continente, introduce un agregado religioso al belicismo que, desde el otro lado de la trinchera, también exhibirá, creando un afortunado reflejo, el contendiente de los primates: los habitantes de la Zona Prohibida, un reducto de mutantes supervivientes de la guerra nuclear, dotados de una inteligencia sobrehumana y capacidades telepáticas, y que supondrían un renovado desafío para el maquillador John Chambers, oscarizado por su labor en El planeta de los simios.

            Dentro de este clima antibélico de la cinta, los mutantes aportan otro matiz, bastante sorprendente, de esa América en lucha. Escudados en su intelecto superior, se autoproclaman un colectivo amante de la paz, incapaz de herir a nadie. En una demostración de absoluto cinismo, ese que acostumbra a ser moneda común en la diplomacia posterior a la Segunda Guerra Mundial, los mutantes no combaten; tan solo se limitan a obligar a sus enemigos a destrozarse sanguinariamente entre sí. Al mismo tiempo, su máxima divinidad, como los bárbaros expulsados extramuros de la sociedad ideal de Zardoz, cinta coetánea, es el arma. Se sobreentiende en esta ocasión que si esos ilustrados aunque deformes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, financiarían a través de sus servicios secretos a uno o a ambos bandos contendientes en la guerra civil de otra nación embarcada en un proceso revolucionario comunista o contrarrevolucionario fascista.

            Esta arma adorada, la última bomba atómica, el artefacto del juicio final, es la herramienta con la que Charlton Heston sembrará la destrucción definitiva. Las admoniciones del Legislador de los simios pasan en definitiva de ser una paranoia xenófoba a una profecía que se hace carne. El contacto de Heston con el Apocalipsis en este episodio de la saga a comentar, es por tanto doble, directo y literal. Esta conclusión radical, propuesta por el actor, tenía como propósito volar el planeta de los simios por los aires, de una vez por todas. Sin posibilidad de futuras secuelas. A efectos narrativos, esto quiere decir que, según la cronología interna del relato, Regreso al planeta de los simios es la película que escribe el punto y final de la saga. Al menos en esta línea/dimensión temporal, porque, como se verá en las otras tres continuaciones que se sucederán en los años siguientes, los jefazos de la Fox y sus guionistas asalariados todavía conseguirían sacarse algún dudoso as de la manga para prorrogar tan rentable franquicia.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 5,5.

Fin

29 Abr

“Y cuando pensé que iba a morir vi pasar mi vida por delante. Encima que me moría, tenía que ser viendo cine español.” 

Eduardo Mendoza

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Fin

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Fin

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Año: 2012.

Director: Jorge Torregrossa.

Reparto: Daniel Grao, Clara Lago, Maribel Verdú, Carmen Ruiz, Andrés Velencoso, Miquel Fernández, Blanca Romero, Antonio Garrido, Eugenio Mira.

Tráiler

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            Parecen confluir dos corrientes en el cine español contemporáneo: una subterránea que apuesta por la vanguardia y el prestigio artístico, y otra más visible, en la que se asimila sin complejos –en ambos sentidos de la expresión- las fórmulas genéricas populares y tradicionales de Hollywood. En parte ramificación del exitoso cine de terror nacional, Fin pertenece al subgénero de ciencia ficción apocalíptica tradicionalmente poco transitado en la industria de aquí, si bien en los últimos tiempos arroja muestras como 3 días, Los últimos días –cuyos directores, los hermanos Álex y David Pastor ya habían incidido en este terreno con la producción estadounidense Infectados (Carriers)-, o, pertenecientes a otros terrenos, la comedia Al final todos mueren y el drama intimista Los días no vividos –además de, en lo concerniente a la televisión, la serie El barco-.

            En buena ley, Fin también trata de hibridarse con el drama, puesto que el carácter de su apocalipsis es casi abstracto o conceptual -un poco a imitación de esos acaboses metafísicos de José Saramago aunque sin su profundidad alegórica y analítica acerca del estado de la civilización contemporánea-, mientras que la premisa inicial surge del típico acto de reencuentro de viejos amigos ahora con cuentas pendientes entre ellos. Ni apuesta de pleno por el aspecto catastrofista –apenas un par de paisajes de la desolación-, ni pretende o sabe enredarse en explicaciones acerca del origen o el final del asunto. En conclusión, predomina en el argumento el apocalipsis interior que sufren los protagonistas del relato, una galería de individuos a la deriva que, se diría, pretenden cristalizar la desorientación moral y afectiva de la sociedad presente.

            No obstante, en su cometido de dotar de entidad dramática a los personajes y a sus conflictos, el guion únicamente consigue tornarlos odiosos, insoportables o, en el mejor de los casos, estúpidos. Mal asunto si en vez de identificarse con su tragedia, uno solo desea poner término a su miseria –por decirlo educadamente-. Por otro lado, cuando el filme rompe con este aspecto intimista, de afectación adolescente, lo hace también para mal, mediante escenas donde la dirección de Jorge Torregrossa se muestra incapaz de generar tensión alguna –el modelo Andrés Velencoso en el desfiladero como ejemplo palmario- o trasplanta clichés visuales y temáticos añejos y/o desafortunadamente impostados -¿es necesario que atraviesen ese campo de maíz tan americano?-. Todo yace pobremente planteado, y carece de sentido –lo del profeta es de traca-.

            Entre una cosa y otra, por supuesto, es imposible obtener del espectador la necesaria suspensión de la incredulidad para lograr su implicación en lo que sucede ante sus ojos. En consecuencia, los resultados del conjunto se debaten entre la risa incrédula y la sensación de estafa.

 

Nota IMDB: 4,9.

Nota FilmAffinity: 3,7.

Nota del blog: 3.

Apocalypto

18 Abr

“El pasado es como un espejo: refleja lo que sucedió en la realidad, y en la reflexión de la caída de Roma existen los mismos elementos que hay en lo que sucede hoy, las mismas cosas que hacen caer a nuestros imperios.”

Anthony Mann

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Apocalypto

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Apocalypto

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Año: 2006.

Director: Mel Gibson.

Reparto: Rudy Youngblood, Dalia Hernández, Jonathan Brewer, Morris Birdyellowhead, Carlos Emilio Báez, Hiram Soto, Raoul Trujillo, Gerardo Taracena, Rodolfo Palacios, Ricardo Díaz Mendoza, Richard Can, Carlos Ramos.

Tráiler

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           Damnificado por escándalos extracinematográficos que van desde borracheras trufadas de insultos xenófobos hasta un trasnochado fanatismo religioso pasando por episodios de violencia de género, y tan solo recuperado para la causa por amigos e íntimos colaboradores –El castor, Vacaciones en el infierno, Machete Kills, Los mercenarios 3-, Mel Gibson parece haber desistido de continuar una interesante carrera como director en la que había demostrado una notable fuerza y convicción, aunque fuese desaprovechándola en tonterías supinas como La pasión de Cristo. Suena en el horizonte un proyecto titulado Hasta el último hombre a propósito de un médico militar y objetor de conciencia en la Segunda Guerra Mundial, pero por el momento no supera el estado de preproducción.

           Así las cosas, Apocalypto pasa por ser la última película estrenada de Gibson como realizador. Aficionado a la historia y a la épica guerrera, el temperamental cineasta viajaría en el tiempo hasta los estertores de la cultura maya, inmediata a la llegada de los conquistadores españoles, para encontrar en ella una lectura aplicable a la actualidad occidental acerca de la descomposición interna de una civilización colosal debido a sus propios pecados y de la necesidad de retornar a formas de vida más puras y respetuosas con el prójimo y el entorno. Estas premisas componen el terreno y las reglas del juego bajo las que, en realidad, subyace un relato ancestral donde el representante del Bien, Garra de Jaguar, deberá escapar del acoso de las fuerzas del Mal, encarnadas por las belicosas milicias procedentes de la capital maya del Yucatán.

           El planteamiento, pues, es marcadamente maniqueo: frente a los buenos salvajes que viven en comunión con la naturaleza, bromean, demuestran conciencia cívica y son excepcionalmente guapos, se oponen los mayas urbanitas y sus vicios civilizados, como la esclavitud, la violencia arbitraria o una religión crudelísima y corrompida al servicio del poder. De ahí el vacío de sumirse en la discusión a propósito de la fidelidad histórica de la obra y de su visión sesgada o exagerada respecto a cuestiones como los sacrificios humanos, un aspecto éste de por sí estéril y no demasiado interesante para casi cualquier filme del género a no ser que él mismo proclame sus intenciones didácticas o historicistas, los cuales, si acaso, podrían achacarse aquí por detalles exhibicionistas -aunque también curiosos y apropiados para conferir verosimilitud a los personajes y su situación-, como son la elección de la lengua maya yucateca para los diálogos.

El caos, la hostilidad, la asfixia y la decadencia que impregnan la reconstrucción de la ciudadela maya, sumida en la desesperación por jinetes del apocalipsis como el hambre, la guerra y la peste, son más una mirada hacia el presente que hacia el pasado; una licencia narrativa y atmosférica más que una exposición pedagógica. De hecho, los elementos fantásticos brotan, con gran sugerencia, a lo largo del metraje –los fantasmagóricos forasteros en la selva, la niña profética, el exotismo casi extraterrestre de la cultura maya posclásica, el castigo divino para los malvados en definitiva-.

           Es precisamente esta composición de la atmósfera uno de los grandes valores de Apocalypto. Sus fotogramas, viscerales y primarios, con evidentes influencias pretéritas–el abuso ecológico en Rapa Nui; las mortíferas minas de cal en Barrabás; el deshumanizado y confuso infierno urbano en tantas otras-, pero también trabajados, vibrantes y sobrecogedores, consiguen arrojar instantes de alto voltaje sensorial e incluso emocional –la despedida del padre-.  Son imágenes que se muestran especialmente apropiadas para inducir el necesario hipnotismo al espectador y hacerle partícipe de la perspectiva de este nativo capturado con el fin de obtener el favor del dios Kukulcán gracias a su barbárica evisceración y decapitación ritual. Una conexión esencial que se obtiene asimismo mediante un acertado empleo de los rostros para el dibujo de personajes a través de arquetipos universales asociados –el héroe, el villano, la princesa, el amigo fiel, el rey noble,…-, expresados con rotundidad en numerosos primeros planos.

           De igual modo que la ambientación, el rodaje de la acción se mantiene firme en esa fina línea que separa lo impactante y arrollador de lo ridículo y cargante, y eso a pesar de que el desarrollo de los acontecimientos descubra cierto gusto por rizar el rizo –el jaguar, el parto que hasta podría cuadrar entre los citados detalles fantásticos dado sus ecos legendarios-. Gibson, haciendo honor al protagonista, también exhibe una encomiable garra para filmar la tensión y la adrenalina, con ligero abuso, eso sí, de esa cámara adosada en plano detalle a la espalda de los corredores.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

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