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Quemar después de leer

3 Abr

“La estupidez es infinitamente más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene sus límites, la estupidez no.”

Claude Chabrol

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Quemar después de leer

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Quemar después de leer

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Año: 2006.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Frances McDormand, George Clooney, John Malkovich, Brad Pitt, Tilda Swinton, Richard Jenkins, Elizabeth Marvel, Oleg Krupa, J.K. Simmons.

Tráiler

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            “¡Aquí parece que follan todos con todos!”, exclama perplejo un oficial de la CIA cuando trata de explicarle a su superior el tremendo embrollo en el que se ha convertido la trama de Quemar después de leer. “Vuelve a informarme cuando algo de esto tenga sentido”, le responde su jefe, todavía más desconcertado ante estos hechos y la conexión que, aparentemente, parece encadenarlos a lo largo de una espiral delirante.

Da cuerpo a Quemar después de leer ese recurrente efecto bola de nieve coeniano que, a partir de una mezquindad nimia, desencadena una tormenta de consecuencias que sobrepasa en mucho las capacidades de aquellos que se ven arrastrados por ella. Es decir, esa misma situación que, entre otros, en Sangre fácil convertía un supuesto ejercicio de suspense criminal en comedia absurda con una venganza por cuernos como semilla, que en Fargo conducía a la perdición a un inútil vendedor de coches que intentaba librarse de la asfixia de su suegro secuestrando inocentemente a su propia cónyuge o que en El gran Lebowski zarandeaba al pobre Nota de un lado a otro de Los Ángeles, en medio de una trama hitchcockiana, en busca de una alfombra que daba ambiente a la casa.

Un artefacto que, en definitiva, va rotando paulatinamente hasta apuntar ese mismo absurdo desmitificador hacia la esencia de los Estados Unidos, en esta ocasión concentrados bajo la sombra de otro icono más: las oficinas de la Agencia Central de Espionaje en Langley, Virginia. Y, a la par, los cáusticos hermanos se embarcan en el desmantelamiento del thriller de espías empleando para ello sus propias armas –la ambientación, la música, los retorcidos giros de guion-.

            Esta vez, el precipitante que incendia por completo la anodina vida de los personajes es la obsesión de Linda Litzke (Frances McDormand), la solterona empleada de un gimnasio local, por realizarse varias operaciones de cirugía estética. Un deseo trabado por la falta de dinero que choca de frente con la frustración y el alcoholismo del recién despedido agente de codificación en el sector balcánico Osborne Cox (John Malkovich), plasmado en unas memorias sobre sus misiones en la CIA que, caprichos del destino y de los cineastas, acaban en manos de una panda de merluzos.

En el núcleo de Quemar después de leer residen por tanto conceptos como el culto al cuerpo, el infantilismo del pensamiento positivo, la avidez materialista, la egolatría burguesa, la falacia del matrimonio o el desengaño frente a la cultura del éxito,… a través de los cuales se caricaturiza este modelo de sociedad americana construida sobre la idiocia, tan peligrosa para uno mismo como para sus semejantes –como ejemplifica el apocado responsable del gimnasio (Richard Jenkins), a priori el más sensato, impulsado incluso por ideales nobles como el amor, y a la postre el más patético de todos, por ser el más apegado a la realidad y en el que más se puede reconocer el espectador medio-.

            Aunque también trabajados al detalle, sus resultados, en cualquier caso, distan mucho de la pluscuamperfecta El gran Lebowski, donde todo funcionaba con precisión de relojería. La comedia de enredo se enreda en el exceso y se mete en un atolladero de donde sale con muchísimas dificultades, provocando que el equilibrio humorístico y argumental del filme se resienta a pesar de los esfuerzos de su estelar elenco. El incendio desatado se enfría en las idas y venidas de los personajes y el punch cómico de la película pierde fuelle, ahogado un tanto por el cúmulo de locuras e insensateces soportado. Incluso el humor negrísimo del cierre irrumpe ya demasiado a contrapié, dadas las circunstancias.

             “¿Qué coño hemos aprendido, Palmer?”, se termina interrogando el alto mando de la CIA, también abrumado por la violencia vitriólica y descontrolada de la trama.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

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Sicario

2 Dic

“Nosotros creemos que el narcotráfico, no la droga, es el peor flagelo que estamos soportando recientemente en América Latina. Y no defendemos ninguna adicción, pero la vía represiva viene fracasando después de muchas décadas. Entonces nosotros decimos ‘hay que tratar de sacarle la razón de ser, que es arrebatarle el mercado’. La regulación por parte del Estado, que sería el encargado, a través de los servicios de salud, de arreglar la forma en que se vende y cómo se consume, de identificar a la gente, darles una mano y atenderlos. Nos parece la mejor manera de enfrentar el asunto. ¿Por qué? Porque no podemos dejar ese mercado que existe en manos de un negocio que está perturbando todo porque ha traído violencia, el sicariato y, como dicen en México, ‘plata o plomo’; que corrompe los aparatos represivos y que en algunos lugares ha nombrado hasta candidaturas.”

José Mujica

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Sicario

.Sicario

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Año: 2015.

Director: Denis Villeneuve.

Reparto: Emily Blunt, Benicio del Toro, Josh Brolin, Daniel Kaluuya, Maximiliano Hernández, Victor Garber, John Bernthal, Jeffrey Donovan, Julio Cedillo.

Tráiler

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             Retumban tambores de guerra en los títulos de crédito. Sicario es más La noche más oscura (Zero Dark Thirty) que Traffic. El contexto que el filme presenta sobre la lucha de los Estados Unidos contra el narcotráfico es puramente bélico. Como en la película de Kathryn Bigelow, a los personajes les impulsa una anacrónica moral westerniana: vengarse contra los tipos que provocan el desastre en una intervención policial; destruir a quienes aniquilaron a los seres queridos. En efecto, la respectiva estrategia de combate es semejante en ambas, basada en la fuerza maquiavélica y no en la diplomacia –soldados y no abogados-, y con un idéntico espacio simbólico –las torturas enmarcadas en emblemas americanos-, marcado por la indeleble sombra de Afganistán e Irak.

             Sin embargo, la mirada de Sicario hacia las cloacas de la siempre dudosa ‘realpolitik’ –para muestra un botón: aquella turbia relación entre la CIA y el Narco que recuperaba recientemente Matar al mensajerose desembaraza de la cínica ambigüedad de La noche más oscura y es decididamente agria y pesimista. Una tonalidad desesperanzada que se personaliza en la diferente naturaleza y, en especial, la diferente determinación de las acciones de la protagonista. Su papel en la trama, de hecho, tiende a ser más pasivo que activo, casi una extrapolación del espectador anonadado por el delirante mecanismo de relojería de esta espiral de droga, dinero y muerte, sin piedad ni justicia.

A efectos prácticos, pues, su protagonismo es meramente simbólico, dado que, en términos estrictamente argumentales, este rol podría corresponderle perfectamente a individuos bastante más dominantes y tenebrosos, aquí con nómina de secundarios en el elenco.

             En el aspecto de la realización esta vez, también muy westerniano es el empleo del paisaje para definir personajes y tragedia; así como en la dimensión física que cobra el duelo entre antagonistas –la rotundidad invasora con la que Benicio del Toro se impone, incluso literalmente, a sus contrincantes o al resto de pobladores del escenario-. En este sentido, la composición del fotograma de Denis Villeneuve, y el uso de otros recursos como el registro sonoro, es extraordinariamente expresivo. Además, posee una atronadora potencia visual que provoca que vibre de tensión, arremeta con furia y atrape la atención sin remedio este relato acerca de una agente táctica del FBI (Emily Blunt) que se sumerge en cuerpo y alma en los callejones oscuros de los operativos contra la tupida red del narcotráfico internacional.

             Sicario no mantiene la abrumadora intensidad de su incursión en La Bestia, la infernal Ciudad Juarez mejicana y su convivencia estrecha e indistinguible entre la vida y la muerte. Pero, a partir de su retorno a territorio estadounidense, el nervio del filme pasa a descansar en las insondables ojeras de Del Toro: un rostro que proporciona en sí mismo un paisaje y una explícita declaración dramática. Su narración se conserva firme, combinando su vigor con imágenes desatadas, caso de los extáticos atardeceres. Logra sobrevivir así la amenaza difusa que gobierna siempre la frontera, territorio incierto en lo geográfico y lo moral. El epicentro de este thriller subyugante por momentos, de enorme músculo y contundencia.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Misión imposible: Nación secreta

9 Ago

“El concepto de representar el Mal para luego destruirlo es popular, pero también está muy desgastado. Es desesperanzadora la idea de que cada vez que ocurra algo malo una persona en particular puede ser acusada y condenada por ello en la política o en la vida.”

Hayao Miyazaki

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Misión imposible: Nación secreta

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Misión imposible. Nación secreta

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Año: 2015.

Director: Christopher McQuarrie.

Reparto: Tom Cruise, Rebecca Ferguson, Simon Pegg, Jeremy Renner, Ving Rhames, Sean Harris, Alec Baldwin.

Tráiler

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           Se vanagloriaba Tom Cruise, Christopher McQuarrie o en definitiva alguien del equipo de Misión Imposible: Nación secreta de que esta quinta entrega de Misión imposible continuaba la senda de acción física, austera en efectos especiales y muy trabajada visual y coreográficamente, por medio de la cual cintas recientes como Mad Max: Furia en la carretera habían revertido los delirios de CGI nacidos, entre otros, de escenas como las persecuciones automovilísticas de Matrix Reloaded. Además, con el merecido aplauso de crítica y público.

Hasta ahí, bien. Probablemente, los principales añadidos digitales de Nación secreta se destinan a colorear el iris de Rebecca Ferguson y a reducir la flaccidez muscular del actor neoyorkino, natural a sus ya 53 primaveras, para evitar que se pase sus escenas con el torso al aire metiendo tripa en plan De Juana Chaos. Así, Cruise demuestra que está en forma cabalgando un avión de transporte militar ruso sin dobles –o eso dice-, se rompen multitud de ventanas como dios manda, los puñetazos suenan contundentes y hay sensación de velocidad en las persecuciones de McQuarrie, a quien la estrella, también productor del filme, recupera de Jack Reacher, uno de los más bien escasos éxitos de este asentado periodo de decadencia de su carrera.

           Los efectos especiales de la función, por desgracia, se encuentran en el libreto. No en los grandes giros de guion, que en cualquier caso son patrimonio de la serie desde su primer capítulo y su tramposo juego con las máscaras hiperrealistas, y que asimismo adoran crear desconcierto en el espectador a través de una trama muy embrollada pero que se construye sobre una base indignantemente elemental y pueril: los honestos muchachos de una organización de espionaje más secreta, justiciera y parafascista que la CIA –aquí en el papel de sulfurado defensor de los valores cívicos, que tiene narices, protestando sobre modus operandi que en la realidad componen el pan de cada día de la agencia-, luchan en el bando del Bien contra una recua de agentes especiales dados por muertos, con cara de villanos y amalgamados en un malvado ente de contraespionaje y pseudoterrorismo que se halla detrás de cada acto que daña los intereses de Occidente y sus aliados.

No procede sumergirse en profundidad en el discurso político que sustenta el argumento de un espectáculo de acción de estas características, secundario pero no necesariamente inocente. Sin embargo, semejante manierismo, inanemente matizado por un par de insinuaciones sobre el papel de la perspectiva y sobre la ambigua naturaleza misma del espionaje, supone un factor especialmente desgastado en estos años de catastróficas políticas internacionales y, en el cine, con cierto regreso del cine de espionaje desencantado El topo, El hombre más buscado-; solo inmutable, a duras penas, en la fantasiosa realidad paralela de James Bond, con cuya última película, Skyfall, Nación secreta comparte esa alusión al desmoronamiento de los antiguos mamotretos de espionaje, herencia de la Guerra Fría, por causa de un contexto político más atomizado e inestable.

           En fin, los efectos especiales, decíamos, son la constante con la que se enhebran las escenas entre sí y, más aún, la continuidad de la acción dentro de la propia secuencia. La tecnología, cuyas maravillas permiten disponer de un práctico abrecerraduras portátil a pesar de estar desahuciado en mitad de Viena, dejar un gadget colgado en La Habana haciendo ruiditos de respiraciones, preparar un casoplón con fibra óptica y pantallas sensacionales en medio del Marruecos rural, o instalar una caja de plástico irrompible justo en la alcantarilla precisa de Londres; sin ñapas que lo monten chapuceramente, sin manejar una sola llave allen y sin que se te sobren misteriosamente un puñado de piezas incluidas en la caja original. El smartphone como deus ex machina de bolsillo.

La suspensión de incredulidad es imprescindible para ver cualquier Misión imposible, claro, pero uno también debe saber cuándo decir basta. ¿Para qué tanto espía gimnástico/musculoso/sádico/cómico cuando indagando un poco más en esta tecnología globalmente conectada uno puede reventar el mundo libre desde el ordenador de casa, dejando perdido de risketos el teclado y hackeando de paso los iPhones de las famosas?

           Entonces, el encantamiento desaparece y uno se encuentra cara a cara, en pelota picada, con una película de ritmo ágil y acción frenética –solo faltaría-, pero a la que se le ven las vergüenzas recurrentes de este Hollywood sin ideas que ha sabido aprovechar el culto contemporáneo a las series de televisión y su reiterada edad de oro para encadenar, como si de series en pantalla grande se tratase, una multitud de trilogías, sagas, franquicias y sacacuartos del estilo. No obstante, que Misión imposible se afirme como un serial procedimental, repetitivo y con no demasiada personalidad es una tendencia casi lógica, habida cuenta de su pasado como producto de la televisión de los sesenta.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 4,5.

Matar al mensajero

18 Nov

“En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.”

George Orwell

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Matar al mensajero

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Matar al mensajero.

Año: 2014.

Director: Michael Cuesta.

Reparto: Jeremy Renner, Rosemarie DeWitt, Mary Elizabeth Winstead, Oliver Platt, Michael Sheen, Andy García, Ray Liotta, Barry Pepper, Richard Schiff, Yul Vázquez, Michael Kenneth Williams, Tim Blake NelsonPaz Vega, Robert Patrick.

Tráiler

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            El pasado mes de marzo, José Mujica, presidente de Uruguay y uno de los líderes mundiales más influyentes del mundo a causa de su sencilla y equilibrada aplicación de la lógica –“populismo”, acusarán los de siempre-, regulaba el mercado del cannabis del país sudamericano mediante un decreto gubernamental que reserva en exclusiva su producción, distribución y venta para el Estado con el propósito de luchar contra el tráfico de drogas. En declaraciones a la BBC, Mujica negó que tuviera que consensuar o siquiera discutir la decisión con su homólogo estadounidense, Barack Obama, puesto que, declaró, “el país que más está comercializando marihuana es Estados Unidos”.

La noticia revela dos aspectos, como son la conversión del narcotráfico en un problema internacional y la tortuosa relación de los Estados Unidos con la droga. El primer aspecto viene de lejos, baste con recordar la Guerra del Opio, uno de tantos episodios negros del colonialismo europeo decimonónico. En cuanto al segundo escenario, en el que podrían contemplarse las acusaciones perfectamente verosímiles acerca del empleo de los estupefacientes como armas para socavar las rebeliones raciales florecientes en los sesenta, similar al uso del alcohol en el proceso de combate y desarraigo de las poblaciones indígenas americanas –existen asimismo teorías acerca de una estrategia similar en los bastiones del movimiento obrero español en el cambio de década entre los setenta y los ochenta-, es donde se halla Matar al mensajero.

            Matar al mensajero recrea la investigación periodística de Gary Webb, reportero del humilde San José Mercury, en la que destapó una red de la CIA para financiar los operativos de las contras nicaragüenses –la guerrilla contrarrevolucionaria en lucha contra el Frente Sandinista de Liberación Nacional que había derrocado al dictador títere Anastasio Somoza-, fundamentada en la lucrativa importación y comercio con cocaína en los barrios deprimidos de los Estados Unidos. Una trama conspiratoria-criminal fascinante, sobrecogedora, indignante. De atractivo probado incluso en otras plataformas como la literatura, donde aparte del reportaje de Webb y de su reconstrucción y valoración por parte de Kill The Messenger, de Nick Schou -base desde la cual parte el guion del presente filme-, también se encuentran historias semejantes, del mismo modo tomadas de hechos reales, como El poder del perro, potente novela a la que ni la poca pericia narrativa de Don Winslow pudo deteriorar.

            La película, dirigida por Michael Cuesta, curtido en los desvaríos conspiranoicos de la serie Homeland, abre la exposición encadenando un idéntico mensaje vacío e hipócrita en boca de hasta cuatro presidentes norteamericanos –que podría extenderse hasta hoy, ya que en 2013 Obama presentó su propio plan de control– respecto a una guerra que no parece ser tal, mientras que más tarde, en diversas escenas, se irá aludiendo al contradictorio estatus legal y moral de otras drogas legales como el alcohol y el poder. El avance de las pesquisas de Webb (Jeremy Renner), pone la miel en los labios del espectador arrojándole contra una poderosa denuncia sociopolítica en la que se van conectando uno a uno, con absorbente suspense, engranajes cada vez más abrumadores de esta monstruosa y abominable maquinaria. Es sintomático cómo el temible señor del crack de los bajos fondos de Los Ángeles interpretado por Michael K. Williams, nada menos que el Omar Little de The Wire –qué buena referencia hubiera sido este compendio para la obra aquí comentada-, aparezca durante su juicio reducido a nimio peón sin apenas voz entre las piezas del juego.

            Sin embargo, en cierto punto del metraje, realizador y guionista consideran que, en lugar de una denuncia sociopolítica, Matar al mensajero debe tender en cambio hacia una reblandecida historia de interés humano que refleje de forma pálida el insobornable sacrificio de Webb en defensa de su integridad y de los valores del periodismo de investigación y en la que, en consecuencia, también converja un plano melodrama familiar huérfano de toda emoción u originalidad. Es cierto que la pertinencia de la reivindicación de estos valores permanece ahora incluso más vigente que entonces –el filme no duda en plantear el debate entre periodista y prensa, entre periodismo comprometido y periodismo servil, entre cuarto poder y portavocía- y que a las sórdidas averiguaciones del periodista aún le restan un par de chispazos que amagan con reflotar la propuesta –sin continuidad por desgracia-. Pero, en definitiva, habida cuenta del gigantesco capital personal empeñado en la tarea, el valeroso trabajo de Webb no merecía primero quedar supeditado a un drama íntimo tan poco interesante, ni que, segundo, su tragedia privada se plasmase en un relato tan insípido.

Desaprovechada.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

El hombre más buscado

2 Oct

“Philip lo estudiaba todo, todo el tiempo. Era un esfuerzo doloroso y agotador, que probablemente acabó siendo su ruina. El mundo era demasiado reluciente para él. Tenía que entrecerrar los ojos o morir deslumbrado. Era imposible vivir a aquel ritmo y aguantar mucho tiempo, y de vez en cuando tenía unos destellos sorprendentes de intimidad en los que necesitaba que lo supiéramos. Ningún actor me había impresionado tanto como me impresionó Philip en nuestro primer encuentro: ni Richard Burton, ni Burt Lancaster, ni siquiera Alec Guinness.”

John le Carré

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El hombre más buscado

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El hombre más buscado.

Año: 2014.

Director: Anton Corbijn.

Reparto: Philip Seymour Hoffman, Rachel McAdams, Grigoriy Dobrygin, Willem Dafoe, Nina Hoss, Daniel Brühl, Mehdi Dehbi, Homayoun Ershadi.

Tráiler

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            Una de las cuestiones que más frustraban a los detectives de The Wire era la obligación de medir su trabajo policial mediante estadísticas de casos resueltos: datos que sus superiores debían blandir ante las altas esferas y estos, a su vez, rendir ante los poderes políticos. De hecho, la insistencia en las estadísticas -que solía satisfacerse con arrestos a unos pobres trapichas de las esquinas-, era una de las tretas que el escalafón de mando empleaba para desactivar, martirizar y desmoralizar a la unidad de investigación de delitos especiales creada con el fin de desmontar de raíz el negocio del narcotráfico y, de paso, el tronco del árbol criminal al que se aferra, hundido hasta los cimientos de la sociedad de Baltimore. En definitiva, un mundo dominado por y para los mediocres en lo intelectual y en lo moral.

Nada más alejado de la ficción. Recientemente, la jueza Pilar de Lara, instructora del caso Carioca, declaraba airada en una conferencia sobre la trata de personas que la preponderancia de la estadística para calibrar la efectividad de la judicatura era “una forma de corrupción encubierta”, ya que a través de ella se primaba la resolución de casos rápidos y de bajo nivel respecto a otros en los que se requería una indagación más prolongada, profunda y con mayores recursos.

            El contexto en el que se mueve El hombre más buscado es similar al presentado en los dos ejemplos que encabezan el artículo. Compuesta a partir de una de las últimas novelas de John le Carré, su tono es desangelado y pesimista, como en el cine de espionaje de la Guerra Fría que tanto cultivó el literato británico; pero las incertidumbres que maneja son superiores a aquel debido a la naturaleza atomizada y multiforme del nuevo adversario y a la cantidad inabarcable de factores sociales, culturales y económicos implicados en el juego.

En consecuencia, y de manera también acorde al realismo necesario en estos tiempos de descrédito y desengaño, saturación de información y proliferación de teorías conspiratorias y anticospiratorias, El hombre más buscado ancla buena parte de su argumento en los grisáceos tejemanejes, encontronazos y rivalidades entre agencias de inteligencia de la propia Alemania donde se ambienta el filme, así como en su coexistencia con el gigante omnipresente de la CIA.

            Así pues, la película combina con habilidad y atractivo el suspense más tradicional del género –el misterio que rodea a un inmigrante ilegal checheno, posible yihadista- junto con una tensión de corte, digamos, más político y administrativo –el citado conflicto de la metódica e idealista visión de conjunto frente a los míseros y superficiales intereses inmediatos-. Por supuesto, a ello se añade el imprescindible entramado de deudas, sacrificios, favores, chantajes, traiciones y remordimientos ahogados en alcohol que se urde sobre un tablero poblado de peones abandonados, víctimas colaterales, convidados de piedra, chivos expiatorios y aguerridos luchadores de honestidad extemporánea y suicida.

No obstante, todos estos elementos mezclan mejor y con más pasión cuando el argumento se centra en su vertiente más pura de cine de espías –paciente, densa y minuciosa, como la investigación retratada-, que cuando la intriga es de origen predominantemente emocional, donde se cede protagonismo a una Rachel McAdams por otro lado bastante correcta en su cometido.

            Con el clasicismo que ya había demostrado en la estimable e infravalorada El americano, impropio de un realizador proveniente del videoclip, el neerlandés Anton Corbijn, también reputado fotógrafo artístico, aporta pulso narrativo y elegancia formal a un relato que sabe cómo conservar la atención del espectador sin recurrir a giros trucados ni efectismos de saldo, hasta guiarlo a un desenlace coherente e impecable.

Y, claro, además está el soberbio trabajo de Philip Seymour Hoffman.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

Memorias de un hombre invisible

3 Ene

Despidiendo a John Carpenter (por segunda vez) en Cine Archivo.

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Nixon

3 Dic

“Están tratando de crucificar sin piedad a Richard Nixon, pero cuando se escriba la historia de este periodo, el caso Watergate no será más que una nota al pie de página.”

John Wayne

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Nixon

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Nixon.

Año: 1995.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Anthony Hopkins, Joan Allen, James Woods, J.T. Walsh, Paul Sorvino, E.G. Marshall, Mary Steenburgen, Bob Hoskins, Powers Boothe, Dave Hyde Pierce, Ed Harris.

Tráiler

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             Nixon, el hombre obsesionado con presentarse ante Dios como ‘Honest Dick’ –Dick, el honesto, sobrenombre que la Historia atribuye a otro presidente, Abraham Lincoln– y que finalmente sería recibido a las puertas de Pedro Botero con el menos laudatorio ‘Tricky Dicky’ –Dicky, el tramposo-. Un año después de su muerte, Oliver Stone, cineasta del compromiso político, firmemente orillado en su discurso hacia posiciones antiimperialistas y críticas con la historiografía oficial, recuperaba la figura de Richard Nixon, uno de los presidentes más controvertidos de la historia de los Estados Unidos, para realizar un nuevo ensayo acerca de las relaciones entre el individuo y el poder.

            El hijo de una familia pobre y piadosa, el enconado anticomunista de su irrupción en la arena política, el hombre hecho a sí mismo que caía derrotado ante el niño bonito porque le sudaba demasiado el bigote por televisión, el cadáver político que resucita a fuerza de voluntad, el realista pragmático que gobierna con feroz determinación durante una de las épocas más tumultuosas del país, el líder oscurantista y viciado que sucumbirá por el mayor escándalo político de la Historia contemporánea estadounidense.

            Nixon escruta y se sumerge en las sombras del personaje público y de la persona, del político y del ser humano, al mismo tiempo que trata de denunciar las aberraciones enquistadas en la sociedad y la política norteamericana. Lo que podría ser la confirmación del sueño americano en el ámbito de la política, un ascenso heroico a la cúspide cimentado sobre el puro esfuerzo y la superación personal, se convierte en cambio en un descenso a los infiernos en virtud de un desgraciado pacto con el diablo. Un diablo que, opina Stone, es el corazón mismo del sistema: la democracia más poderosa del mundo desfigurada hasta ser una fiera salvaje y desbocada, construida sobre la muerte y no sobre la felicidad de sus integrantes.

Estamos entonces ante Richard Nixon, un individuo torturado por sus complejos íntimos que solo desea redimirse y ser amado en la victoria pero que ni siquiera es el vencedor cuando gana las elecciones presidenciales, preso y esclavo de facto de poderes superiores, intangibles y despiadados. Estamos también ante Richard Nixon, una figura trágica que cae en el pecado de la soberbia desmedida –la hybris griega que nublaba a los poderosos y les conducía irremisiblemente a la perdición- y que, de tanto caminar por su borde, al final es tragado por el abismo.

            El retrato, monumental y minucioso, alcanza momentos de gran intensidad –personalmente encuentro muy atractivo el estilo de montaje de Stone para desgranar la biografía del personaje y hacer aflorar de manera vibrante la tensión emocional de ciertas escenas climáticas-, si bien, en contrapartida, esa desmesura característica provoca que en ocasiones la película caiga en la caricatura.

Aparte de dudosas elecciones como la superficial semblanza de J. Edgar Hoover y de algún que otro célebre secundario, la leve cursilería en la recreación de los dramas de la infancia del protagonista, la materialización de sus fantasmas personales o esa especia de viaje astral reservado para su colapso político, físico y mental, el principal daño que aqueja al filme es que la inconmovible postura ideológica de Stone implica en algunos momentos reducir a Nixon a poco más que una especie de Ricardo III contrahecho y paranoide.

Por otro lado, la desmesurada extensión del metraje provoca la progresiva pérdida de dinamismo del filme, debido así mismo a que el polémico cineasta neoyorkino acaba por resultar un tanto machacón en la exposición de su idea acerca de la acción destructora que el poder ejerce sobre el individuo.

            Además de por medio de esta película tan interesante como irregular, Stone registrará los avatares políticos de Nixon y del gigante norteamericano con mayor densidad de datos, mayor concreción y agilidad e idéntico punto de vista dentro de su recomendable serie documental La historia no contada de los Estados Unidos, recientemente estrenada.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

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