Tag Archives: Subterráneo

Underground

29 May

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Año: 1995.

Director: Emir Kusturika.

Reparto: Miki ManojlovicLazar Ristovski, Mirjana Jokovic, Slavko Stimac, Ernst Stötzner, Srdjan Todorovic, Mirjana Karanovic, Mirena Pavlovic, Danilo Stojkovic, Bora Todorovic, Davor Dujmovic.

Tráiler

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           “El juego de las fronteras es tal en mi país que todas las generaciones que me siguen, han nacido en un país y muerto en otro sin cambiar de lugar. Somos el lugar donde mueren todos los imperios. La Roma antigua, el Imperio Otomano, el Imperio Austro-Húngaro se han estrellado en los Balcanes. Es por lo que no creo que nadie en Occidente pueda comprender verdaderamente lo que pasa allí abajo”, explicaba Emir Kusturika en una entrevista. Creador fascinado por la problemática existencia y la idiosincrasia de Yugoslavia, a la que reivindica como su auténtica patria, Kusturica se adentraba con Underground, siempre desde su irrenunciable prisma particular, en las cloacas de la historia reciente del extinto país balcánico, cuyos turbulentos episodios aportaban el fondo de escenario de ¿Te acuerdas de Dolly Bell? y en mayor medida Papá está en viaje de negocios -ambientadas en la Sarajevo de los sesenta y en el cisma con la Unión Soviética de Iósif Stalin a finales de los cuarenta, respectivamente-, y que de nuevo cobrarán protagonismo en La vida es un milagro -recreación privada de las Guerras yugoslavas-.

           En Underground, el tono de la narración lo delimitará el primer intertítulo, que abre el metraje con un explícito “Érase una vez…” La ternura ambigua del cuento tradicional como forma de aproximación a una realidad atroz y violenta. La fantasía como filtro intermediario del contexto hostil. El juego con la dualidad compone uno de los rasgos definitorios del cosmos autoral de Kusturica, cuyas películas suelen caminar sobre una tenue frontera que separa el costumbrismo del surrealismo y en la que el símbolo desempeña un papel primordial para la exposición del discurso. Una ambivalencia que, por extensión, el realizador aplica a su Yugoslavia doliente, admirable y despreciable, hermosa y caótica. Enclavada entre Oriente y Occidente, entre Rusia y el Mediterráneo, perteneciente a todas ellas y a ninguna, la geografía parece en sí misma un factor determinante en este irresoluble y desgarrado dilema balcánico, al que incluso insignes estadistas como Otto von Bismarck renunciaron a comprender no sin antes advertir acerca de la peligrosidad que semejante polvorín entrañaba para la estabilidad del continente.

           Distribuida en tres capítulos más un epílogo que abarcan desde 1941 hasta 1994 –Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría y Guerras yugoslavas-, Underground se vertebra a través del duelo entre dos camaradas, Marko (Miki Manojlovic) y Negro (Lazar Ristovski), y del conflicto entre dos mundos paralelos: la Yugoslavia bajo la dictadura de Josip Broz ‘Tito’, héroe de la resistencia partisana contra el invasor nazi, y el sótano de Marko donde, mediante engaños, permanecen recluidos Negro y su gente, ignorantes de que la lucha ha terminado. Por supuesto, también existen bisagras y rendijas entre ellos, como Natalija (Mirjana Jokovic), la actriz de teatro que, como cierre del triángulo amoroso entre ambos amigos, ejerce de espita para el estallido del argumento, o hasta el propio Tito, férreo pater patriae que todo lo controla. Underground es así un relato de amor que se entrelaza y aparea con un relato de guerra en el seno de una historia que, proclamará la conclusión, “no tiene fin”.

           El mensaje es meridiano: la ignorancia como herramienta de sometimiento, común a cualquier nación y periodo. La falaz construcción de los mitos nacionales, los muertos ocultos en el armario y la corrupción subterránea que transcurre bajo la piel de un Occidente ahíto de autocomplacencia. Concebido a partir de una idea de Dusan Kovacevic -otro de los integrantes del denominado Grupo de Praga yugoslavo y partícipe de la incipiente corriente crítica hacia el titoísmo agonizante en los ochenta merced a la comedia El espía de los Balcanes-, el guion no ahorra golpes contra el régimen comunista local, respetado en el Primer Mundo por su orgullosa independencia frente al ogro soviético. La equivalencia entre afiliarse al Partido e ingresar en el prostíbulo, la correspondencia entre partisanos y gánsteres, la canción Lili Marlene emparentando las imágenes de archivo de la ocupación nazi y los funerales del Mariscal.

           Furibundo y desencantado, Kusturica combate la rabia que le provoca la revisión de pasado y presente por medio de su dionisíaco sentido de la épica. Los fotogramas, engarzados al arrollador compás que marca el folk romaní de Goran Bregovic, hacen equilibrios a un solo paso del delirio. Kusturica -y con él Underground, sus personajes y Yugoslavia-, danza y danza febrilmente en un sinsentido que, por desgracia, es por completo real. El cuidador del zoológico llora incrédulo en su retorno a la superficie porque, por arte de brujería, su Yugoslavia ya no existe. “Putos fascistas y putos comunistas”, concluye el atormentado Negro, modificando su mantra político para adaptarlo a un horror inhumano, ininteligible y eterno donde, a causa de su desolador abandono nacional y afectivo, decidirá servirse únicamente a sí mismo, su patria individual.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7.

Los últimos días

23 Abr

“El cine español actual es cada vez más accesible para el resto del mundo.”

Sasha Grey

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Los últimos días

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Los últimos días

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Año: 2013.

Directores: David Pastor, Àlex Pastor.

Reparto: Quim Gutiérrez, José Coronado, Marta Etura, Leticia Dolera, Iván Massagué.

Tráiler

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            Cuando recuerdo mi formación como historiador, me da por teorizar sobre la crónica del momento presente. Y, entonces, llego a la conclusión de que el punto de inflexión decisivo del comienzo del milenio, por capacidad de influencia sobre la sociedad global, no es tanto los atentados terroristas del 11-S y su reordenación de las estrategias geopolíticas del mundo posterior a la Guerra Fría, sino la crisis económica estallada en 2008 –o como quieran ustedes calificarla- y los subsiguientes movimientos de neoconservadurismo económico y el ‘liberalicidio’ resultante.

De ahí que considere reseñable que, en una película por otro lado discreta como Los últimos días -este ejemplo del nuevo blockbuster español que mira desacomplejadamente hacia los referentes del otro lado del charco, por más que muchos de ellos estén bien caducos, eso sí-, la corriente del cine catastrófico americano posterior a los atentados contra las Torres Gemelas encuentre su reflejo directo en un escenario igualmente catastrófico pero donde, por el contrario, la marca de la Bestia parece asociarse a esa España acosada por los terribles y muy violentos efectos de la recesión.

            Siguiendo esta idea, si allí los momentos climáticos de destrucción reproducen con aproximada fidelidad las escenas mostradas por televisión en vivo y en directo –sobre todo la caída de los símbolos del imperio entre nubes de polvo y cadáveres reventados, ante el sacrificio de los pequeños ciudadanos y profesionales que mantienen viva la llama del Bien-, en la presente estas imágenes del trauma se asimilan a situaciones más cotidianas: la amenaza flotante del desempleo que ronda a un grupo de trabajadores, las estaciones de metros atestadas de cuerpos hundidos en la miseria, las tensiones interraciales e interclasistas en torno a las posesiones materiales, las frases tipo “con la que está cayendo” sumadas a indicaciones políticas frente a la calamidad orientadas a que los ciudadanos “sigan trabajando y comprando”, o, en la alegoría agorafóbica que construye los fundamentos del relato, la imposibilidad de escapar de una cárcel/oficina que, sin remedio, castra o vampiriza la existencia exterior a la misma del individuo común –el panda como logo y como muñeco-.

          Este aspecto es sin duda el más interesante de Los últimos días –aunque también le fija una fecha de caducidad, esperemos-. Luego, el filme resulta bastante más tópico en la expresión ritual del Acabose –la aniquilación necesaria de símbolos como el dinero o las hostias católicas, la orgullosa ciudad tomada por la naturaleza rediviva-, así como en su faceta de cine de supervivencia –los caracteres antagónicos obligados a cooperar, aquí muestra además de estas dos clases sociales contrapuestas pero hermanadas e incluso reconciliadas por el desastre- y, en especial, en su vertiente de acción posapocalíptica, con poca alma y originalidad.

Es de agradecer que el ritmo narrativo se encuentre sostenido con solvencia por los hermanos Pastor y que apenas un puñado secuencias queden realmente ridículas –la guerra en los grandes almacenes como ejemplo palmario-.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 5.

Regreso al planeta de los simios

4 Sep

“Los adultos son parecidos a los niños que reclaman siempre la historia que conocen mejor, rehusando toda variación.”

Alfred Hitchcock

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Regreso al planeta de los simios

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Regreso al planeta de los simios

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Año: 1970.

Director: Ted Post.

Reparto: James Franciscus, Kim Hunter, Maurice Evans, Linda Harrison, David Watson, James Gregory, Jeff Corey, Natalie Trundy.

Tráiler

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            En el capítulo anterior de Charlton Heston contra el Apocalipsis, referente a El planeta de los simios, dejábamos al rubicundo actor postrado a los pies de la estatua de la Libertad arrasada por un lejano holocausto nuclear: una de las imágenes imperecederas del séptimo arte y el cierre perfecto para redondear una de las obras cumbre de la ciencia ficción de todos los tiempos.

Corría 1969 y, por aquel entonces, el apetito voraz de los grandes estudios y los magnates del cine no habían hallado en la creación de interminables secuelas, sagas y franquicias uno de sus más sencillos y efectivos métodos de enriquecimiento; hábito si acaso algo más asociado a la serie B en general y el cine de terror de bajo presupuesto en particular. Pero el desmesurado éxito de taquilla de El planeta de los simios y su categórico impacto cultural hacía enormemente apetecible encerrar a la gallina de los huevos de oro en un corralito y ponerla a empollar hasta que reventase.

Ante la euforia de los directores de producción de la Fox, el productor Mort Abrahams y el poeta y guionista británico Paul Dehn hubieron de abrirle una salida a un argumento que no otorgaba demasiado margen de maniobra. También resultaría decisiva para la realización del filme la impecable caballerosidad de Heston, propicio a devolver el favor adeudado a Richard Zanuck –el único productor que había apostado por un proyecto encallado durante años en los sótanos de la industria- por medio de su aparición puntual en esta segunda parte, reservada para el comienzo y el desenlace de la misma.

            De este modo, Regreso al planeta de los simios reencuentra a George Taylor, misántropo salvador de la humanidad, en su éxodo junto a Nova (Linda Harrison), la Eva rediviva en versión inocente e inmaculada, para de inmediato borrarlo del mapa misteriosamente y, con ello, ceder el protagonismo a un segundo astronauta, Brent, enviado en una contradictoria misión de rescate –sus tripulantes, al contrario que la expedición de Taylor, no parecen ser conscientes del carácter semisuicida de su naturaleza-.

Brent, interpretado por James Franciscus, galán televisivo, serviría aquí para condensar el espíritu que preside Regreso al planeta de los simios. Tupé rubio, barba perfilada y ojos claros, Brent aparece como un simple sucedáneo de Taylor. De hecho, el planteamiento de Regreso al planeta de los simios de diría que emula, de manera sintetizada, el esquema de su antecesora: confrontación con una realidad alucinada –en este caso, obviamente, con el colosal factor sorpresa ya perdido-, consciencia de la amenaza del simio y de su condición de paria en el ecosistema social del lugar, intento de huida y descubrimiento del golpe de efecto de una civilización humana que ha aplicado la guadaña sobre su propio cuello –otra vez, a pesar de la reconstrucción subterránea de Nueva York, con el impacto visual y psicológico desterrado por la inmarcesible potencia de la precedente-.

Reaparecen asimismo viejos conocidos del espectador, como los chimpancés Zira (Kim Novak) y Aurelio (Cornelius en la versión anglófona, donde David Watson sustituye a Roddy MacDowall, inmerso en el rodaje de La viuda del diablo), así como el conservador orangután Zaius (Maurice Evans). Aunque puntual, la presencia de los inconformistas y subversivos Zira y Aurelio pone una piedra más en la discusión que se producía en El planeta de los simios acerca de la estratificada y clasista sociedad simia, a la vez que se sugiere a un llamamiento por el cambio de poderes. Una interesante semilla que, no obstante, no florecerá en el guion, si bien es verdad que uno de los borradores redactados contemplaba una conclusión en la que este nuevo orden, más comprensivo y tolerante entre simios y humanos, sí era posible.

Por otro lado, la reutilización de la maqueta de la nave original de El planeta de los simios en una escena que, por otro lado, escatima su correspondiente secuencia de impacto contra el suelo, también evidencia los pronunciados recortes presupuestarios que sufrirá la película –la mitad respecto a la primera parte-; daño colateral derivado de los catastróficos fracasos de Hello, Dolly!, La estrella (Star!) o El extravagante doctor Dolittle –tijeretazos que avanzarán en progresión a lo largo de las sucesivas secuelas y de manera paralela a la pérdida de calidad del producto-. El burdo maquillaje de los extras o el reciclaje de escenarios de otros filmes del estudio, como este ruinoso musical Hello, Dolly!, serán otros de los síntomas que se puedan apreciar a lo largo del metraje.

            Siguiendo este proceso de confección apresurado y tendente a la simplificación, el subtexto crítico hacia la política y la sociedad estadounidense contemporánea del filme -recuperamos la idea del futuro distópico como espejo deformante de un presente imperfecto-, permanece agresivo y oportuno, si bien se plasma de manera palmaria y nada disimulada en el argumento. El antagonista de Regreso al planeta de los simios no son los primates, sino los halcones: los halcones de Washington embarcados en una guerra megalómana, absurda y cruenta que cuenta con el rechazo frontal del pueblo llano, manifestado a través de movimientos juveniles e intelectuales. La marcha de los brutales gorilas a la conquista de la Zona Prohibida, elemento de distinción que centra la trama de este capítulo de la saga, no es un puñado de monos a caballo y armados de rifles, sino que son los despiadados generales del Pentágono empeñados en que Vietnam constituye una pieza estratégica dentro de la teoría del dominó, una de las falacias más sobadas de la Guerra Fría. Los chimpancés que realizan una sentada de protesta pacífica a la salida del poblado, son por tanto los mismos melenudos que inundaban el campo del capitolio de la capital norteamericana.

En su arenga patriótica y populista, el general Ursis –papel interpretado con rotundidad por James Gregory, aunque ofrecido de inicio al legendario Orson Welles, a quien seguro hubiera divertido por su propensión a caracterizarse-, clama por la aniquilación del hombre no porque su piel sea de otro color, sino a causa de que no sabe discernir entre el Bien del Mal. Se sobreentiende entonces que si esos descerebrados y salvajes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, éste se hubiera alineado con el pérfido comunismo.

Otra de las consignas blandidas por Ursis alude al deber sagrado del simio de civilizar –o someter, que es lo mismo-, esta tierra indómita. Este mensaje, que reclama cierta semejanza con la misión evangelizadora de la conquista europea de América e incluso con el concepto de Destino manifiesto que respaldaría la expansión estadounidense por todo el continente, introduce un agregado religioso al belicismo que, desde el otro lado de la trinchera, también exhibirá, creando un afortunado reflejo, el contendiente de los primates: los habitantes de la Zona Prohibida, un reducto de mutantes supervivientes de la guerra nuclear, dotados de una inteligencia sobrehumana y capacidades telepáticas, y que supondrían un renovado desafío para el maquillador John Chambers, oscarizado por su labor en El planeta de los simios.

            Dentro de este clima antibélico de la cinta, los mutantes aportan otro matiz, bastante sorprendente, de esa América en lucha. Escudados en su intelecto superior, se autoproclaman un colectivo amante de la paz, incapaz de herir a nadie. En una demostración de absoluto cinismo, ese que acostumbra a ser moneda común en la diplomacia posterior a la Segunda Guerra Mundial, los mutantes no combaten; tan solo se limitan a obligar a sus enemigos a destrozarse sanguinariamente entre sí. Al mismo tiempo, su máxima divinidad, como los bárbaros expulsados extramuros de la sociedad ideal de Zardoz, cinta coetánea, es el arma. Se sobreentiende en esta ocasión que si esos ilustrados aunque deformes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, financiarían a través de sus servicios secretos a uno o a ambos bandos contendientes en la guerra civil de otra nación embarcada en un proceso revolucionario comunista o contrarrevolucionario fascista.

            Esta arma adorada, la última bomba atómica, el artefacto del juicio final, es la herramienta con la que Charlton Heston sembrará la destrucción definitiva. Las admoniciones del Legislador de los simios pasan en definitiva de ser una paranoia xenófoba a una profecía que se hace carne. El contacto de Heston con el Apocalipsis en este episodio de la saga a comentar, es por tanto doble, directo y literal. Esta conclusión radical, propuesta por el actor, tenía como propósito volar el planeta de los simios por los aires, de una vez por todas. Sin posibilidad de futuras secuelas. A efectos narrativos, esto quiere decir que, según la cronología interna del relato, Regreso al planeta de los simios es la película que escribe el punto y final de la saga. Al menos en esta línea/dimensión temporal, porque, como se verá en las otras tres continuaciones que se sucederán en los años siguientes, los jefazos de la Fox y sus guionistas asalariados todavía conseguirían sacarse algún dudoso as de la manga para prorrogar tan rentable franquicia.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 5,5.

12 monos

21 Jun

“No se puede rehacer el pasado, aunque desde luego tampoco conviene repetirlo.”

Bruce Willis

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12 monos

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12 monos

Año: 1995.

Director: Terry Gilliam.

Reparto: Bruce Willis, Madeleine Stowe, Brad Pitt, Christopher Plummer, David Morse.

Tráiler

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            En 1962, Chris Marker, uno de los más importantes investigadores del poder de la imagen y el lenguaje visual, estrenaba La Jetée, fotonovela de ciencia ficción narrada por medio de un hipnótico puzle de fotografías fijas y voz en off. Un subyugante mediometraje en el que, partiendo de un París postapocalíptico, un individuo encadenaba su infancia pasada a su propia muerte futura dentro del trazo circular de su mismo destino.

Tres décadas después, Terry Gilliam, cineasta eternamente fascinado por universos paralelos, fantasías apocalípticas y la delgada línea que separa la realidad física y objetiva de la realidad mental y subjetiva, escogía La Jetée como núcleo sobre el que experimentar con una nueva forma de distopía destructiva, con las paradojas del viaje en el tiempo y con el inabarcable enigma que encierra todo hombre dentro de sí mismo.

           Así, en 12 Monos, el exintegrante de los Monty Python sustituye la Tercera Guerra Mundial de aquella por un atentado de terrorismo biológico -supuestamente perpetrado por el misterioso Ejército de los Doce Monos que bautiza a la cinta-, como desencadenante del fin de la hegemonía humana sobre la faz de la tierra, recluida por su causa en un tétrico y totalitario enjambre subterráneo.

Un instante pasado que reconstruir y descifrar desde la mente de un hombre (Bruce Willis, menos cínico y más seco que en su papel entonces típico, orgullosamente calvo en pantalla por primera vez) atormentado por una imagen de su infancia: un opaco asesinato ocurrido en los momentos previos al desastre.

           Gilliam abunda en su característico barroquismo en la puesta en escena para expresar la agobiante pesadilla en la que se enmarca el relato –recurso evidente en su anterior ensayo de futuro apocalíptico, la orwelliana y kafkiana Brazil-. Estética manierista que se refuerza con planos retorcidos y forzadas angulaciones de cámara para representar la percepción entre confusa y alucinada de su protagonista. Un tono lóbrego y desquiciado que no excluye la eventual aparición de detalles humorísticos de irónica autoconsciencia, también tradicionales en el estilo del director norteamericano.

Más infrecuente resulta que Gilliam, por lo general incapaz de controlar adecuadamente el tempo de sus películas, consiga mantener un ritmo uniforme y absorbente a lo largo de todo el metraje. Quizás aquí se encuentre el hecho inusual de que no se trate de un argumento original suyo y que la escritura del libreto corra a cargo de Janet y David Webb Peoples, firmante este último de guiones tan apabullantes como Blade Runner y Sin perdón.

            De este modo, 12 monos, denostada y defendida a partes iguales por la crítica en su estreno, se convierte en un atractivo filme postapocalíptico sobre la agonía que provoca el destino irrompible, dotado de una atmósfera bien construida y refrendado por el notable desempeño de sus intérpretes principales, incluida la divertida sobreactuación de Brad Pitt.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

El caballero oscuro: La leyenda renace

5 Dic

“- Homer, aquí hay un hombre que puede ayudarte.

– ¿Batman?

– No, es un científico.

– ¿Batman es científico?

– ¡Que no es Batman!”

Marge y Homer Simpson (Marge contra el monorraíl)

 

 

El caballero oscuro: La leyenda renace

 

El caballero oscuro, la leyenda renace

Año: 2011.

Director: Christopher Nolan.

Reparto: Christian Bale, Tom Hardy, Anne Hathaway, Marion Cotillard, Joseph Gordon-Levitt, Gary Oldman, Michael Caine, Morgan Freeman.

Tráiler

 

             Como si de un ciclo vital se tratase, tras el meritorio (re)nacimiento (Batman Begins) y la espléndida madurez (El caballero oscuro), el proyecto de renovación de la franquicia del hombre murciélago a cargo del británico Christopher Nolan entraba en su etapa crepuscular con El caballero oscuro: La leyenda renace.

             Recogiendo el testigo de la película inmediatamente interior, Batman aparece desterrado en las profundidades de su alter ego Bruce Wayne, lamiéndose aún las profundas heridas físicas y psicológicas de la guerra contra el Joker. Es el héroe cansado que ha de resurgir y enfrentarse a su desafío postrero y definitivo, al Mal más absoluto, Bane –el único personaje que conseguía vencer a Batman en el cómic, lo que contribuía a incrementar la expectación entre los fans-; un villano nacido y criado en el infierno, expulsado incluso de la temible secta la Liga de las Sombras que tantos quebraderos de cabeza había dado en Batman Begins.

             Nolan vuelve a reunir a su equipo técnico y actoral de confianza para desplegar una nueva demostración de musculatura, una vez superadas las dificultades para filmar la acción que había evidenciado en la primera entrega, donde lo más reseñable no se encontraba en las escenas espectaculares.

Sin embargo, El caballero oscuro: La leyenda renace no alcanza tampoco la compensada calidad de argumento y acción de El caballero oscuro. La glorificación del ritmo –nunca dejan de suceder cosas-, llega a atropellar en parte a una trama que sí presenta elementos sugestivos, fluida y con sentido; un hecho evidente sobre todo el ciertas elipsis que, de tan expeditivas, pueden resultar hasta ridículas, síntoma de esas megaestructuras que erige el realizador británico, en las que, en su excesiva y aparatosa elaboración, suelen dejar cierto aroma de artificiosidad.

             El asunto es que la historia que desarrolla el filme resulta bastante atractiva en muchos aspectos, con detalles que, de nuevo, aciertan en la tenebrosa y más adulta reinvención de la saga y revelan el contacto con la sensibilidad del momento que la ha caracterizado, en este caso con los oscuros tiempos de crisis económica, verdadero campo de cuestionamiento del Bien y el Mal a escala cotidiana. No estoy seguro, no obstante, de que el rechazo que cosechó en su momento en los sectores más liberales de Estados Unidos bajo la acusación de anticapitalista, tenga verdadera justificación.

Sí es cierto que deja simpáticos detalles críticos, como la falta de oportunidades laborales de Gotham, el patetismo de los corredores de bolsa y, sobre todo, por boca de Catwoman -sorprendente Anne Hathaway, a la que no tenía mucha fe ni en ella, ni en el personaje en sí, aunque también deja ciertos detalles tópicos y ñoños, afortunadamente con poco peso final, en sus ansias de dejar atrás su vida delictiva-, que no deja de ser una ladrona.

En cambio, ese malvado Bane (Tom Hardy, otro habitual de Nolan, casi recuperando su imagen hipertrofiada de Bronson y con un doblaje algo irritante), que no logra contagiar tanto carisma como el impagable Joker de Heath Ledger, parece sacado de una paranoia de tiempos del red scare y la Guerra Fría. Su jaque a Gotham/Nueva York –como siempre, traslación íntegra del mundo- se alza disfrazada de revolución de clases –evidente en su asalto a la Bolsa, por ejemplo, ejecutada por secuaces disfrazados de proletarios: limpabotas, repartidores de comida rápida y señores de la limpieza-, cimentada sobre el terrorismo nuclear y que, en definitiva, supone un nuevo estado de anarquía que ha de ser reparado por el esforzado Batman, auténtico guardián del orden establecido.

             En cualquier caso, todo ello no deja de ser la excusa –hay que agradecer que al menos esté trabajada, una rareza en el blockbuster que corre- para desarrollar un espectáculo de gran potencia visual, menos avasallador e impactante que El caballero oscuro, mejor rodado que Batman Begins pero no tan interesante en el análisis del circunspecto y atormentado superhéroe y, de nuevo, bastante entretenido.

 

Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

She, la diosa del fuego

27 Mar

“La única posibilidad de descubrir los límites de lo posible es aventurarse algo más allá de ellos, hacia lo imposible.”

Arthur C. Clarke

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She, la diosa del fuego

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Año: 1935.

Director: Lansing C. Holden, Irving Pichel.

Reparto: Randolph Scott, Helen Mack, Nigel Bruce, Helen Gahagan.

Tráiler

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            Cuenta la leyenda que la última y perdida copia de She era propiedad del mismísimo Buster Keaton, quien la rescató de entre los bártulos almacenados en el garaje de su residencia para hacerla pública de nuevo, a través del historiador de cine Raymond Rohauer.

            Estrenada en 1935, esta era ya la quinta versión cinematográfica de la novela de H. Ridder Haggard, el conocido creador de las aventuras de Allan Quatermain, icono del género. Esta nueva adaptación nace de la ambiciosa iniciativa del productor Merian C. Cooper, antiguo aviador militar, uno de esos tipos que comprendía el cine como espacio y, además, como instrumento para la aventura, ejemplificado por obras como los documentales sobre pueblos exóticos, muy de moda entonces, como Hierba y Chang, y las películas Las cuatro plumas, versión de 1929, y el primer y mítico King Kong como director, ambas en colaboración con su gran aliado artístico, Ernest B. Schoedsack, junto con otras muchas en su labor de productor.

Sus exigentes aspiraciones, salvaguardadas por el éxito de sus películas precedentes, pasaban por un lujoso diseño de producción, con grandes decorados y ambientación lujosa diseñada para una fotografía a color. Finalmente, la RKO rebajaría la financiación y las pretensiones de Cooper. No sería hasta años más tarde cuando Ray Harryhausen, el gran creador de efectos especiales de stop-motion y amigo personal de Cooper, se decidiese a colorear, por iniciativa propia y con ayuda de la productora Legend Films, los fotogramas de la película.

            En cuanto a lo argumental, She expone varios paradigmas clásicos de la narrativa de aventuras: las confesiones póstumas, la carga del legado familiar, la búsqueda del tesoro y la predestinación. En este caso, un americano (un jovencito Randolph Scott) se reencuentra con sus raíces para heredar la búsqueda de la llama sagrada de la inmortalidad en el ignoto Polo Norte.

Rasgos fundamentales del género de aventuras, cuyo auge pertenece a unos tiempos en los que la técnica hacía el mundo cada más pequeño, revelando sus secretos más escondidos. Una visión a la vez positiva –el conocimiento- y negativa –la posible destrucción latente en ese conocimiento, un hecho a partir de 1914-.

            Dentro de esa concepción grandilocuente de inicio, She posee un desarrollo argumental caracterizado por un aire más bien ingenuo, con personajes planos, acordes a un nivel interpretativo bastante limitado, y situaciones previsibles, caracterizado por el enfrentamiento algo ñoño entre lo glorioso y cegador y lo sencillo y salvador. El ritmo, no obstante, se mantiene fresco durante la mayoría del metraje, hasta que llega al excesivo intento de lucimiento espectacular en la presentación de los cruentos pero vistosos ritos de la civilización perdida, nominada al entonces existente Oscar a la mejor coreografía.

            Todo ello se traduce en ciertas ocasiones en un agradable encanto de divertimento sin pretensiones, mientras que en otras deja en el paladar un sabor demasiado añejo.

Finalmente, esa She epónima (Helen Gahagan, estrella de los escenarios de Broadway), la reina-diosa del mundo olvidado, terrible y trágica, esclava de su trono, encadenada a una historia condenada a repetirse durante su dolorosa inmortalidad, se alza como lo más destacable de la función.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5,5.

La tumba india

21 Ene

“Cada película tiene una especie de ritmo que sólo el director puede darle. Tiene que ser como el capitán del barco.”

Fritz Lang

 

 

La tumba india

 

Año: 1959.

Director: Fritz Lang.

Reparto: Debra Paget, Paul Hubschmid, Walter Reyer, Claus Holm, Sabine Bethmanm.

Tráiler

 

 

            La tumba india es la película que, estrenada originalmente dos meses después, da continuidad y cierra definitivamente El tigre de Esnapur, la cinta de aventuras exóticas que había supuesto el retorno de Fritz Lang a Alemania tras sus periplos francés y estadounidense que siguieron a su exilio tras la afirmación del nazismo en los organismos de poder del país.

            En esta ocasión, el protagonismo del arquitecto alemán y su romance con la bella Sheeta, bailarina de la diosa Shiva, se diluye a favor de las tramas secundarias, a saber: la rebelión del los cortesanos refractarios a la modernización del reino, la investigación de los arquitectos alemanes recién llegados sobre el paradero de su cuñado, hermano y colega de profesión –personajes accesorios, planos y algo irritantes que vienen a potenciar el carácter de choque entre lo civilizado y lo barbárico del relato-, y la lucha de Sheeta contra el matrimonio con el príncipe y contra la inapelable condena impuesta por este: su ejecución y sepultura en una tumba monumental edificada sobre los cimientos del despecho y el rencor que van de la mano del desengaño amoroso más brutal.

            La película queda configurada más como una continuación tras un intermedio que como una segunda parte autónoma –el final abierto de aquella dejaba todos los cabos por atar, ésta comienza reciclando imágenes de la anterior a modo de resumen-; tal es así que en el año posterior ambos filmes, cuya popularidad manifiesta el hecho de que entonces ya fuera la tercera adaptación que se hacía de la novela de Thea von Harbou –antigua colaboradora y esposa de Lang-, se exhibirían en sesión única bajo el epígrafe Journey to the Lost City.

            Analizándola independientemente, La tumba india repite las características –holgura medios, grandes escenarios y masas, colorismo…-, los defectos –poca tensión dramática a causa de un guion algo romo, cierto anquilosamiento, una dirección demasiado funcional y unas actuaciones mejorables- y las escasas virtudes que presentaba su antecesora, que de nuevo, aparte de un ligero dinamismo mayor en la transición de escenas, recaen en la exuberancia física de la norteamericana Debra Paget, habitual en papeles de belleza exótica, y sus casi gratuitos pero aún más sensuales bailes, capaces de hipnotizar por igual a una cobra que a un espectador masculino.

En cambio, las tramas abiertas se clausuran por lo general de manera poco satisfactoria, muy endeblemente -sobre todo en el caso de la revuelta de la nobleza local contra el joven y obcecado príncipe, resuelta con desgana-, fruto de un libreto poco pulido al que le sobrepasó la mayor atención recibida por los fastos de la puesta en escena.

De nuevo, prescindible.

Se aconseja ver ambas como una sola (del tirón o en partes), por más de tres horas que ello suponga.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 4,5.

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