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La guerra del planeta de los simios

15 Jul

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Año: 2017.

Director: Matt Reeves.

Reparto: Andy Serkis, Woody Harrelson, Karin Konoval, Steve Zahn, Amiah Miller, Terry Notary, Ty Olsson, Michael AdamthwaiteSara Canning, Devyn Dalton, Gabriel Chavarria, Toby Kebbell.

Tráiler

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          El origen del planeta de los simios contenía en su primera mitad una intensa reflexión acerca del diferente, del inquietante desconocido, del Otro; un notable punto de partida que asentaba el principal arco temático de este ‘reboot’ en el que los profusos guiños al resto de la saga tienden a imponer una reversión del punto de vista del relato. El amanecer del planeta de los simios abundaba con acierto en esta cuestión a través de un esquema propio de un western fronterizo, en el que dos culturas colisionan impulsadas por la tensión y el miedo que genera el puro instinto de la supervivencia. La guerra del planeta de los simios conserva buena parte de la solidez dramática de sus predecesoras para cerrar con dignidad una trilogía que demuestra las posibilidades de conciliación entre los valores comerciales de un producto y la madurez artística del mismo. En ella, mientras que el chimpancé César perfecciona su comunicación verbal, los humanos la reducen, voluntaria e involuntariamente, a una guturalización primitiva.

          De nuevo con Matt Reeves en la dirección, también posee resonancias westernianas la introducción de La guerra del planeta de los simios, donde se presenta una cabalgada monomaníaca alimentada por el odio y emprendida en una atmósfera luctuosa y terminal, todo cansancio y tristeza, acorde al contexto físico y sentimental de un César que sufre las pruebas del patriarca bíblico que parece encarnar y coherente con la constatación de la imposibilidad de la utopía que emergía en el episodio anterior. En este sentido, el filme resulta más conseguido -o cuanto menos más intrigante- cuando se aproxima a Sin perdón o Centauros del desierto, a su tono de pesimismo espectral -hasta cabría entender al extravagante chimpancé que ejerce de alivio humorístico como un Mose Harper sacado de su mecedora-, y no tanto a Apocalypse Now, otra obra magna que ejerce de gran foco de gravedad de la función, a la que se dedican insistentes referencias tanto con el aspecto y el discurso de su propio coronel desquiciado -allí Kurtz, aquí McCullough-, como por la ciudadela donde se le rinde culto, la música de Jimi Hendrix que se escucha o incluso las pintadas explícitamente alusivas que adornan el lugar.

Puede entreverse con ello que, aun tratándose la heterofobia de un tema universal a la especie humana, la serie sigue conjurando particularmente los demonios históricos de los Estados Unidos, puesto que después de plantear una equivalencia entre los primates y los indígenas norteamericanos en El amanecer del planeta de los simios, se diría que ahora el escenario se traslada solapadamente al delirio marcial de la Guerra de Vietnam -es curioso que los dos blockbusters de la temporada protagonizados por hominoideos excepcionales, Kong: La Isla Calavera y la presente, recurran a este trauma nacional para dotar de contenido trágico a su argumento-. “Historia, historia, historia”, mantiene grabado McCullough en la pared de su guarida.

          McCullough y la confrontación con su ejército se desarrollan pues con cierta caída en el tópico -lo que abarca la sobreactuación de Woody Harrelson-, al mismo tiempo que el conflicto dramático -el mensaje político por un lado, las contradicciones internas de César por otro, finalmente más descuidadas- cede terreno a la acción evasiva, manifestada en la incursión en el subgénero bélico de las fugas de campos de concentración. Con todo y ello, y a pesar de que el guion deja algunos detalles de fragilidad lógica, esta faceta de La guerra del planeta de los simios sabe ser entretenida -la batalla en el bosque de la apertura era ya una buena muestra de su talento para la espectacularidad- y modera las ínfulas de grandilocuencia de una obra en la que se corre el riesgo de excederse en la dotación de atributos humanos a los animales protagonistas, hasta el punto de que pudieran convertirse no en simios pensantes, sino en personas ridículamente disfrazadas.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5. 

Moby Dick

7 Jul

John Huston se sumerge en las lecturas simbólicas y trascendentales de la novela monumental de Herman Melville para reducirla y concentrarla en un atronador largometraje acerca del enfrentamiento entre el individuo y los poderes superiores a él -Dios, la naturaleza, la consciencia de la muerte inexorable-. Acerca de la moral, el pecado, la obsesión, la venganza irracional. Moby Dick resopla en la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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La Atlántida

7 Jun

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Año: 1932.

Director: Georg Wilhelm Pabst.

Reparto (Versión en francés): Brigitte Helm, Pierre Blanchar, Jean Angelo, Tela Tchaï, Vladimir Sokoloff, Mathias Wieman.

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           La llegada del sonido al cine desencadenaría la que probablemente sea la primera gran ola de remakes del por entonces joven arte, que pretendía aprovechar este avance técnico para modernizar historias ya narradas en primera instancia. La Atlántida, adaptación de la novela de Pierre Benoit que ya había sido llevada al cine en 1921 por Jacques Feyder, es uno de estos casos, que además presenta otro de los rasgos recurrentes de este salto al sonoro: el rodaje simultáneo en diferentes idiomas -aquí francés, inglés y alemán- para adaptarse a las pantallas internacionales, ya que el lenguaje universal del silente, basado en la imagen y que tan solo exigía cambiar los carteles de los intertítulos, queda ahora reemplazado en buena medida por el poder expresivo de la palabra.

Con todo, después de que el propio Feyder descartase rehacer la obra, Georg Wilhelm Pabst, que asumiría las riendas del proyecto, despliega una estética que aún conserva notables reminiscencias del cine mudo, atento al rostro, a la gestualidad y a la capacidad atmosférica y sugestiva del fotograma. Aunque la sensación no es constante a lo largo del metraje, La Atlántida parece un ‘traum-film’, emparentado con la tradición fantástica centroeuropea, donde el relato se adentra en el terreno de lo soñado, en un universo fabuloso dominado por el influjo del eros y del tanatos.

La partida de ajedrez que diputan la reina-diosa Antinea (la icónica Brigitte Helm en las tres versiones) y el teniente Saint-Avit es pura sexualidad, amenizada por un coro de bailarinas eróticas que danzan al son de una música penetrante, ‘in crescendo’, acorde a los movimientos cada vez más rápidos de las piezas, del acoso de jaques de la mujer sobre el hombre, al que hechiza, somete y, metafóricamente, castra, domándolo como al guepardo que camina por su palacio. El episodio especialmente llamativo debido a la anticlimática ausencia de música que, en cambio, se producida en escenas pretéritas -el ataque de Tosterson-.

           En paralelo, también permanece siempre presente la ascendencia de los recuerdos y las admoniciones de una perdición inexorable, incluso heredada o predestinada de acuerdo con conexiones surrealistas -el cancán en el gramófono y en el teatro, los reflejos deformados, la sucesión de objetos tras la muerte-.

           Un triángulo amoroso, con la vampirización en uno de sus vértices y su dominación y rechazo respectivo -lo que deriva por su parte en otro hechizo a la inversa-, es el tema que se encuentra en el fondo de la aventura de La Atlántida, la cual se escenifica en un territorio legendario -o no-, oculto bajo las dunas del Sáhara -los últimos rincones del planeta inexplorados por el hombre blanco en un tiempo de inminente decadencia colonial, inmunes a su insaciable empuje conquistador-.

           Con independencia de la plasmación onírica o febril del relato -donde se admiten las abruptas elipsis, algunas de ellas subyugantes-, esta idea, al igual que el desarrollo argumental del filme en general, está construida de forma atropellada desde el guion, lo que le confiere a la película cierta irregularidad y hasta confusión narrativa. Su potencia, por tanto, procede de su inmersión en un cosmos alucinado -el carácter ambiguo y etéreo de Antinea y todo lo que se encuentra bajo su reino- y físico -la sed del desierto, la amenaza del bereber, la supervivencia, el deseo-; igualmente poético y tenebroso. El mitológico palacio de Antinea está recorrido por pasillos oscuros, todo ello dominado por su efigie omnipresente.

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Nota IMDB: 5,2.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

La hechicera blanca

19 May

 

La hechicera blanca: en misión de martirio y redención hacia el corazón de las tinieblas. 1953, un año de aventuras exóticas para la primera parte del especial que Cine Archivo dedica al compositor Bernard Herrman.

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Z. La ciudad perdida

8 May

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Año: 2016.

Director: James Gray.

Reparto: Charlie Hunnam, Sienna Miller, Robert PattinsonTom Holland, Edward Ashley, Angus Mcfayden, Ian McDiarmid.

Tráiler

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            El oficial Percival Fawcett observa que el venado que ha cobrado momentos antes, en la partida de caza, preside la mesa de los prohombres militares y civiles, quienes lo dejan al margen. Mientras abandonan la sala, los potentados de los que depende su carrera comentan entre susurros la infamia que el padre del soldado ha vertido sobre su apellido familiar, justificación suficiente para mantenerlo fuera de su lado. Fawcett contempla como cierran la puerta delante suyo, delante de su figura reflejada infinitamente en el espejo, hacia el pasado y hacia el futuro.

Si bien el relato de Z. La ciudad perdida es una biografía, Fawcett es un personaje digno de una novela de Joseph Conrad. “Uno de los nuestros” que se encuentra atormentado por una mácula que es a la vez personal -el estancamiento de su progreso en el Ejército, su falta de condecoraciones aun cuando encara la recta final del periodo servicio- y heredada -el desprestigio de su progenitor-, esta última una constante temática en el corpus de James Gray. Un oprobio invisible para ojos ajenos pero que arde en las entrañas propias y que trata de lavar azarosamente en la itinerancia, en una búsqueda interior que se canaliza hacia una búsqueda exterior -el viaje incesante- que raya en lo obsesivo, que se torna en cuestión de vida o muerte por encima de otras consideraciones que, quizás, hubieran bastado para colmar su desaliento existencial -el amor de la familia-.

            La más célebre adaptación al cine de los textos de Conrad es Apocalypse Now, donde la ruta de Francis Ford Coppola seguía el curso marcado por El corazón de las tinieblas y, al mismo tiempo, tomaba tonalidades y atmósferas de Aguirre, la cólera de Dios, la traducción en fotogramas que Werner Herzog había realizado de la antiepopeya amazónica del conquistador Lope de Aguirre y sus marañones, según el estudio de Ramón J. Sender. Gray admite haber acudido a ambas fuentes, entre otras, para dar cuerpo a Z. La ciudad perdida, proyecto que el director llevaba madurando durante cerca de una década, con un recorrido que resulta casi paralelo a las sucesivas expediciones de Fawcett en pos de su El Dorado olvidado en las recónditas junglas disputadas por Brasil y Bolivia, henchidas de poderosas esperanzas y todavía más terribles frustraciones.

Sin embargo, Fawcett parece emparentarse más estrechamente con el Lord Jim incapaz de alejar a los demonios de sus actos pretéritospersonaje también adoptado para el séptimo arte por Richard Brooks– que con el Charlie Marlow que remontaba el río Congo para encontrarse con Kurtz y el horror. Y, más que al airado Lope de Aguirre que se alza en rebeldía para construir un reino a su medida, donde sea él quien determine los privilegios antes vedados, Fawcett recuerda al Francisco Manoel da Silva ‘Cobra Verde’ insubordinado contra su marginalidad de bandido y que anhela llegar a la tierra fantástica de la nieve para, acaso, hallar un mundo que lo reconozca y respete como ser humano.

Puede que de esta contradicción de referentes provengan las ambiguas sensaciones que deja el filme de Gray, que muestra con delicadeza a un individuo desorientado en una Inglaterra de luz trémula y ambientes cerrados pero que, en cambio, echa en falta un punto de intensidad, de locura, de delirio, de visceralidad o de magnificiencia incluso -esto es, de Herzog, de Coppola- en la repetida persecución que este hombre que brinda por la muerte hace de El Dorado, Z o la ciudad soñada en la inmensidad impenetrable del Amazonas. Una mayor fisicidad de las imágenes, más correosas y viscerales -al menos en determinados pasajes-, en contraste con la pátina nebulosa que atenúa los fotogramas de las escenas inglesas, bañándolas de melancolía y hasta de desidia. El protagonismo de un actor de aspecto apolíneo e impecable como Charlie Hunnam también contribuye a que no se transmitan esas pulsiones monomaníacas, irracionales o trascendentales que, a mi juicio, podría haber beneficiado a la narración.

            La apertura de Z. La ciudad perdida es una llama que alumbra la oscuridad, revelando un destino. El descubrimiento, la iluminación. En su plasmación de las odiseas de Fawcett, Gray apuesta por una poética melancólica de menores revoluciones, elegante, con un vaporoso toque de misterio, pero que tampoco se sumerge en la abstracción. La formulación estética evoluciona además a cada capítulo, en paralelo a la vida del explorador: la tensión y el asombro del accidentado primer periplo; el placer aventurero del segundo, solo lastrado por la intromisión de herejes ajenos al hechizo ancestral del lugar -aunque sin alcanzar el mayestático grado de romanticismo y vitalismo que le conferiría un bardo legendario como John Huston, tótem absoluto en estos lares-, y la mirada más calmada, más reflexiva acerca de la belleza y la singularidad del espacio, del tercero. Son sus pasos en una trayectoria que avanza a tientas, o puede que a ciegas, haciendo equilibrio entre la perdición y la realización, entre lo que aprende y lo que se le escapa, hacia la llama.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7. 

La reina de África

2 May

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Año: 1951.

Director: John Huston.

Reparto: Humphrey Bogart, Katharine Hepburn, Robert Morley.

Tráiler

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           La aventura auténtica no puede filmarse en un estudio cerrado en Los Ángeles. John Huston, vitalista impetuoso, conocía el valor de explotar las inigualables emociones de la aventura, tanto a uno como al otro lado de la cámara. Fuera de la zona de confort se halla la excitación, el asombro, la amenaza, la perturbación. La vida.

De este modo, a comienzos de la década de los cincuenta consiguió reclutar a un grupo de estrellas -Humphrey Bogart, Katharine Hepburn y, fuera de rodaje aunque como una importante pieza logística, Lauren Bacall– para unirse a él en una expedición alocada e imprevisible por las junglas del Congo. La excusa era acometer la adaptación cinematográfica de La reina de África, una novela que el séptimo arte ya había acariciado en anteriores ocasiones pero que no se había llevado aún a cabo, a pesar de haber barajado nombres como Bette Davis y David Niven.

           Y, como probablemente esperaba Huston, la materialización del proyecto fue en sí misma una hazaña donde quedaron fusionadas la épica y la calamidad, con plagas de disentería esquivadas por el director y Bogart a golpe de alcohol, búsqueda impulsiva de localizaciones remotas, condiciones espartanas que horripilaban a Bogart e impresionaban a Hepburn, partidas de caza imprevistas…

Pura vida, puro cine, como ratificó Clint Eastwood en Cazador blanco, corazón negro, traslación a fotogramas de la novela que el guionista Peter Viertel había escrito inspirado por su experiencia en la producción y por el aura legendaria que rodeaba a un Huston desencadenado. Porque La reina de África no es un vehículo para el lucimiento de Bogart y Hepburn, sino para el goce de Huston. Y, por consiguiente, del espectador enrolado sin remedio a bordo de la decrépita Queen of Africa.

           La propia elección de la barcaza, encontrada por Huston y el productor Sam Spiegel en el Congo, pues había sido fletada en 1912 para servir en las colonias británicas del continente bajo el nombre de Livingstone, prolonga por un lado esta sensación de autenticidad y, por otro, se incardina de pleno en la nostalgia que destila la anacrónica pasión aventurera del cineasta.

La reina de África, ambientada en la Primera Guerra Mundial, combina el exotismo indomable del escenario natural -si bien, obviamente, las escenas e mayor riesgo de realizarían en Londres-, con la insólita recreación histórica -un absurdo conflicto europeo extendido absurdamente a África-, con el carisma y el talento de sus estrellas en aprietosúnico Óscar para Bogart, primera película en color para Hepburn-, y con la explosiva mezcla de peligro y romance que destila un argumento en el que también tiene cabida un apropiado sentido el humor, atinado para reforzar la empatía de los protagonistas -propulsada asimismo por la personalidad de los actores- y acorde a un mundo que rezuma colores, erotismo, misterio y evocaciones. Y conveniente en relación a lo inconcebible de su ‘misión’ y a los detalles técnicos hoy en día más achacosos -compensados igualmente por el vigor de cuenta cuentos natural del director-.

           Charlie y Rosie, en lucha contra el káiser, están hechos a la medida de unos Bogart y Hepburn -incluso se convierte en canadiense al navegante porque Bogey no conseguía reproducir el acento cockney que debía tener-, que los dotan de una notable complejidad y matices dentro de un esquema de fondo que se podría calificar de mínimo. Más allá de lo extracinematográfico, es en ellos donde descansa la obra. En su vivencia y convivencia, en su oposición y complementariedad. En Bogart imitando a un hipopótamo, en Hepburn desmelenandose para subvertir la jerarquía de roles.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 8.

Simbad el marino

26 Abr

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Año: 1947.

Director: Richard Wallace.

Reparto: Douglas Fairbanks Jr., Maureen O’Hara, Anthony Quinn, Walter Slezak, George Tobias, Jane Greer, Mike Mazurki, Alan Napier.

Tráiler

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          Simbad el marino es el relato que un pícaro mentiroso narra ante una audiencia embelesada por su capacidad creativa; puro arte de contador de historias ante el evocador fuego de la hoguera. Es el aventurero que recompone, probablemente sobre la marcha, los hechos de su propia aventura. Él es el protagonista de la aventura, pero también es la aventura misma en el sentido de que es él quien la engendra, bien por su vivencia, bien por su invención. “¡Simbad es fantástico!”, exclama el propio navegante en un revelador coqueteo con la polisemia.

          Su talento de cuentista tiene mucho de cinematográfico, pues el cine es, en buena medida, la literatura oral materializada en imágenes fabulosas y evanescentes, tan ficticias e inaprensibles como la propia palabra que construye y reconstuye mundos imposibles, existentes en otra dimensión que no es la nuestra. Se podría emplear un clásico inmarcesible, Las aventuras del príncipe Achmed -perteneciente también a la esfera legendaria de Las mil y una noches-, para arrojar un eslabón que una el vacío entre la teatralización en torno al fuego -todo verbo, gesto y sombras- y su proyección en el séptimo arte, que es de nuevo un juego de luz y sombras.

Pero, siguiendo una idea que sintetizaba J.M. Barrie en Peter Pan, estos dos universos de la ficción y la realidad poseen puntos comunicantes, puesto que, desde el momento en que lo que ocurre en un mundo imaginario afecta a quien lo concibe, disfruta o sufre, la fantasía influye y modifica la realidad.

          “La pasión es la que convierte los sueños en realidad”, señalan en Simbad el marino. Es la pasión con la que Simbad colorea sus hazañas lo que permite que se conviertan en fotogramas e, incluso, que alcancen un desenlace determinado. De hecho, Simbad el marino refiere un “octavo viaje” que, por tanto, es ajeno al ciclo tradicional que comprende la mitología del personaje. Además, durante esta odisea en busca del tesoro de Alejandro Magno en la esquiva isla de Dariabar, Simbad demostrará que la magia solo son simples trucos que conforman una ilusión que depende del espectador que la contempla. Es el espectador, pues, el que convierte la ilusión en realidad.

          A diferencia de posteriores recuperaciones del personaje -en especial aquellas animadas por otro mago, Ray Harryhausen-, este octavo viaje de Simbad no está poblado de monstruos y abominaciones que amenazan la vida del héroe. En este periplo, el monstruo tiene siempre rostro humano, envilecido por la ambición y la codicia. Son individuos, en definitiva, cegados por lo material, por lo tangible, y que no son capaces de percatarse de que lo auténticamente valioso se halla en una dimensión interior e inmaterial. Ilusoria, por así decirlo, mas con un impacto perfectamente perceptible en la existencia humana.

          Cabe decir el que desarrollo del filme tampoco alcanza la altura que proponía la introducción. Una vez que embarca Simbad, la aventura parece estancarse en aguas mansas, por más que el acrobático Douglas Fairbanks Jr., heredero de su padre, despliegue toda una galería de aspavientos sacados del baúl del cine mudo. Simbad el marino permanece no obstante como un cuento ilustrado a todo color y con decorados inauditos, un tebeo repleto de malvados crueles y serpentinos donde el protagonista, de naturaleza antiheroica, completa un itinerario inspirador que le conduce al conocimiento de la moral sin perder su sonrisa, su entusiasmo. Sin perder la ilusión que se encuentra en el espíritu de la aventura que vive o que relata. La verdad, en definitiva.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

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