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Rutas infernales

28 Oct

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Año: 1940.

Director: Bernard Vorhaus.

Reparto: John Wayne, Sigrid Gurie, Charles Coburn, Spencer Charters, Trevor Bardette, Russell Simpson, Roland Varno.

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           Se cuenta que, en 1936, rodando Dusty Ermine en la frontera alpina entre Austria y Alemania, Bernard Vorhaus y su equipo tuvieron un enfrentamiento con soldados germanos que, a tiro limpio, le exigieron que entregaran a su autoridad a unos guías que los acompañaban y a los que acusaban de actividades contrarias al régimen nazi. Aunque consiguieron salir bien parados del trance, el violento episodio impulsaría la convicción del director para embarcarse él mismo en círculos antifascistas. Rutas infernales puede considerarse parte de esta militancia.

           El filme se aproxima a la figura de un prestigioso podólogo vienés y su hija en su búsqueda de refugio político en los Estados Unidos, lo que les llevará a ejercer la medicina en un recóndito y abandonado pueblecito de Dakota del Norte. En su discurso, Rutas infernales hace un recordatorio de la historia del país como tierra de promisión para los exiliados de toda causa, iguala las circunstancias de los recién llegados con las de los pioneros que pasaron calamidades para conquistar su anhelada libertad y prosperidad, y advierte a los ciudadanos contemporáneos, aún ajenos a la guerra en marcha en Europa, de que esta es una situación que bien puede repetirse en cualquier momento debido a las vicisitudes políticas, económicas o cualquier otra adversidad imprevista.

En su camino, a pesar de romper con ironía la postal idealizada -las esperanzas traicionadas con el paisaje, el tren que nunca llega puntual, el revisor borrachín, la inhóspita bienvenida…-, Vorhaus también traza un retrato épico del país a partir de sus esforzados agricultores, recortados en contrapicado contra el cielo sudando la gota gorda u organizados en coreografías colectivas para tratar de someter bajo su arado a la tierra hostil. Porque, en realidad, los protagonistas huyen de una guerra solo para toparse con otra, esta vez librada contra la naturaleza salvaje, que se manifiesta en fenómenos tan aterradores como el Dust Bowl que inundó de polvo y miseria las grandes llanuras norteamericanas.

           En línea con su fondo, Rutas infernales recupera el tema esencial del western como relato en el que el ser humano se impone sobre el territorio indómito. De hecho, llegará a equipararse la columna de automóviles, emulación modernizada de las caravanas de carretas que antes que ellos se abrieron paso por el Oregon Trail, con los movimientos de un ejército. Pero este ejército tan solo pretende proporcionar un lugar donde vivir a unas familias de expatriados en su propio país, liderados por un tipo comprometido en lograr el bien común. Un contexto social, argumental y geográfico que serviría para emparentar la cinta con una obra maestra estrenada ese 1940, Las uvas de la ira -a lo que cabe añadir además la presencia en el reparto de un fordiano actor de carácter como Russell Simpson-.

Dentro de su concienciado mensaje, toda la historia de Rutas infernales, con sus constantes reveses del destino cruel, posee un aire folletinesco que resta relieve a los personajes, en especial al de la joven. Por momentos, sus intensas pasiones parecen trasladarse a los arrebatos de la naturaleza, lo que, en el caso de las tormentas de arena, remite a la magnífica El viento, de Victor Sjöström. Con todo, la dignidad que transmite Charles Coburn desde su personaje, y lo certero de sus diagnósticos acerca de la ideología del odio, hacen buenas las intenciones.

           Pero Vorhaus no sería tan visionario como el viejo doctor. El advenimiento del mccarthismo terminaría dando con su nombre entre las listas negras de Hollywood como sospechoso de afiliaciones comunistas. Efectivamente, el destino podía ser cruel y sarcástico. El cineasta habría de exiliarse a Reino Unido, donde podría prolongar su carrera en el cine.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6,5.

El puente sobre el río Kwai

16 Sep

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Año: 1957.

Director: David Lean.

Reparto: William Holden, Alec Guinness, Sessue Hayakawa, Jack Hawkins, Geoffrey Horne, James Donald, André Morell, Ann Sears, Percy Herbert, Harold Goodwin, Keiichirô Katsumoto, M.R.B. Chakrabandhu, Vilaiwan Seeboonreaung, Ngamta Suphaphongs, Kannikar Dowklee, Javanart Punynchoti.

Tráiler

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         Un grupo de prisioneros entra en un campo de concetración japonés, perdido en mitad de una jungla infernal, en perfecta formación y silbando la Marcha del coronel Bogey que, desde su comienzo sin arreglos, termina resonando sinfónica mientras el coronel Nicholson permanece cuadrado frente a sus hombres. Hay un sentido de gloriosa dignidad marcial en un pelotón que se resiste a someterse moralmente al pérfido enemigo. Una batalla psicológica en la que el soldado del Imperio británico, haciendo gala de su estoica flema, debe demostrar al salvaje asiático de qué pasta está hecho. Una arrogancia que lanza su órdago definitivo al reemplazarlo en la construcción de un estratégico puente que comunique Bangkok y Rangún a través del ferrocarril.

El puente sobre el río Kwai no esconde la ironía con la que va deformando este reflejo heroico que, observado desde la suficiente altura -no por nada el filme concluye como se abría, a vuelo de pájaro sobre una selva sobrehumana-, se contempla trasnochado, racista y homicida. El mismo procedimiento se aplicará al mayor Warden, precisamente encargado, al frente de un pequeño destacamento de comandos, de volar toda la infraestructura junto con el convoy que prevé inaugurarla. Y, en su caso, esa desfiguración se produce desde su comportamiento obsesivo, que va adquiriendo tintes más oscuros y violentos a cada paso que da. Podría decirse que los paralelismos y diferencias entre ambos altos mandos son análogos a los que se trazan entre aquellos que, en contraposición, ejercen de brújulas morales del relato: el soldado estadounidense Shears, un buscavidas capaz de anteponer una cita con una muchacha a su deber militar, y el oficial médico que, sobrio y racional, admite no comprender los procederes de Nicholson, lo que se enfatizará con la idéntica réplica que, por su parte, este le dedica en los diálogos.

         El enfrentamiento dialéctico es una herramienta fundamental para establecer las posiciones de los personajes, en especial en ese duelo que libran Nicholson y su par en grado Saito, que concentrará gran parte de la fuerza dramática del filme. Las interpretaciones de Alec Guiness y Sessue Hayakawa aportan los perfectos matices para ir desarrollando la figura del primero como explotador y la del segundo como derrotado. En el clímax, David Lean lo muestra como un hombre cabizbajo que sigue al inglés en silenciosa sumisión, con el peso del harakiri sobre los hombros. Antes, la paz sobre el atardecer en el puente construido ya arrojaba sombras sobre los dos, igualados en esa sensación terminal que embarga el discurso del uno y la posición del otro. Visto el recorrido argumental y la situación histórica del momento, con los procesos de descolonización avanzados, quizás podría considerarse una imagen simbólica tanto de la defección del nacionalismo japonés como de la decadente soberbia imperial. Regresando a las actuaciones, en esta línea también destaca la de Jack Hawkins para dibujar la evolución monomaníaca de un personaje que, de primeras, aparecía afable ante el espectador.

         A diferencia de la novela de Pierre Boulle, adaptada en primera instancia por Carl Foreman y luego, tras las objeciones de Lean y el productor Sam Spiegel, reconducida por otro ‘black listed’, Michael Wilson -aunque ninguno de ellos sería acreditado por un guion que recibiría uno de los siete Óscar conquistados por la película-, la versión cinematográfica, que altera diametralmente el desenlace, redime en última instancia a los personajes -ya sea parcial o totalmente-, dejando hueco a una cierta ambigüedad que ya podía achacarse a esa amable vida del campamento de prisioneros o a algún toque triunfalista en las pequeñas victorias de Nicholson ante su oponente nipón. En cambio, el empleo de la música, a veces a contrapelo de lo que expresa la escena, contradice esta aparentemente honorable rigidez de los militares. Y, en especial, el laconismo con el que resuelve la violencia -bien fuera de plano, bien en un triste silencio- contagia de pesimismo la acción bélica más estricta que rematará en la locura, en el horror.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7,5.

Tabú

26 Ago

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Año: 1931.

Director: Friedrich Wilhelm Murnau.

Reparto: Matahi, Anne Chevalier, Hitu, Bill Bambridge, Ah Fong.

Filme

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         Robert Flaherty, el hombre que había consagrado el documental -género fundacional del cine- como un arte maduro e incluso rentable para los grandes estudios, había fracasado en su expedición en la Polinesia. Con Moana -encargada por la Paramount para comprobar las posibilidades de la fotografía pancromática- y Sombras blancas en los mares del sur chocaría con las imposiciones bien la productora, bien del codirector –W.S. van Dyke en el segundo caso-, lo que abarcará incluso la remodelación del filme en la sala de montaje. Después de no poder llevar a buen puerto un trabajo sobre los pueblos primigenios de Norteamerica, Flaherty conocería, a través de su hermano, a F. W. Murnau, quien, emigrado a Hollywood, venía de encadenar un par de pinchazos con Los cuatro diablos y El pan nuestro de cada día. Juntos, decidirían buscar la aventura en el paraíso: Bora Bora.

         Tabú tomó cuerpo a partir de la experiencia en la zona del documentalista, que junto al cineasta germano y al director de fotografía, Floyd Crosby, serían los únicos miembros occidentales y profesionales del equipo de rodaje en aras de recortar los costes de una producción que estaba resultando azarosa -de igual manera, se filmaría la obra en blanco y negro y no en color-. El resto serían lugareños, como explican los títulos de crédito para reivindicar la naturalidad del reparto. Así pues, Flaherty tomaría una leyenda local para dar cuerpo junto a Murnau al argumento de Tabú, un ejemplo tardío de cine mundo que el segundo desarrolla, como en El último, prácticamente sin intertítulos explicativos. Esta sería la primera derrota del documentalista, puesto que el relato quedaría, a su juicio, demasiado occidentalizado. La autoría de la película terminaría por pertenecer, casi por completo, a Murnau, que dominó la dirección arrinconando a su colaborador.

         Tabú narra una historia dividida en dos mitades: Paraíso y Paraíso perdido. La primera presenta la tragedia de dos jóvenes cuyo idilio se rompe por un amor prohibido a causa de las tradiciones seculares de la comunidad, mientras que la segunda describe su huida y adaptación a una isla ya sometida a la colonización del hombre blanco -si bien el principal malvado será chino, no europeo-. De esta manera, la tensión derivada de la lucha del ser humano contra una naturaleza sobrecogedora que empleaba Flaherty para dotar de dramatismo y romanticismo a su fundacional Nanuk, el esquimal, queda reemplazada en esta cinta, ambientada en un entorno benigno -uno de los elementos que precisamente habían restado pegada a Moana, localizada en Samoa-, por el enfrentamiento entre los deseos humanos y las imposiciones de la sociedad.

         El filme arranca mostrando a los nativos con planos heroicos, como si se tratara de héroes olímpicos que habitan el Edén sobre la Tierra, disfrutando de la abundancia de los mares, de la calidez del clima, del frescor de las cascadas. En camaradería, con el amor a flor de piel. Hasta con toques de comedia, como la riña entre muchachas celosas. La música de Hugo Riesenfeld redondea la excitación de la pesca o, adaptando a las imágenes el poema sinfónico de Bedřich Smetana sobre el río Moldava, otorga una fastuosidad romántica a los remeros polinesios. De ese bucolismo parte la contraposición trágica de un honor -el nombramiento de la chica como doncella sagrada de los dioses- que es al mismo tiempo condena.

Luego, el infortunio de los amantes a la fuga no alcanza tantas revoluciones por parte de la atmósfera, aunque medien desafíos como la corrupción de la inocencia del buen salvaje, las apariciones fantasmagóricas del perseguidor o el acecho de un tiburón como simbólico castigo divino. No obstante, destaca el contraste que se forma en la resolución de Tabú, entre el ímpetu desesperado del protagonista y la sencillez con la que, en un suave movimiento, se sella el destino de los enamorados, tremendamente conmovedor en la delicadeza con la que se expresa.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7,5.

El señor de los anillos: El retorno del rey

16 Ago

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Año: 2003.

Director: Peter Jackson.

Reparto: Elijah Wood, Viggo Mortensen, Ian McKellen, Sean Astin, Andy Serkis, John Rhys-Davies, Orlando Bloom, Miranda Otto, John Noble, David Wenham, Bernard Hill, Dominic Monaghan, Billy Boyd, Liv Tyler, Karl Urban, Hugo Weaving, Cate Blanchett, Ian Holm.

Tráiler

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          En especial a partir de la consolidación de las plataformas de visionado en streaming, se ha acuñado una expresión, el ‘binge-watching’, para hacer referencia al consumo -aquí es un término apropiado- compulsivo de una serie. Un atracón de capítulos, literalmente, semejante al que mueve el alcohol o la comida rápida. Tengo la percepción personal de que en el entorno del cambio de siglo se despierta una fiebre comercial en el cine por la trilogía como elemento de prestigio que, posteriormente, con la evolución paralela del espectador y sus gustos, ha ido mutando en la construcción de sagas que van incluso más allá. Hacia un cine serializado, con sus etapas de presentación, de trámite entre historias e incluso de anuncios infiltrados de próximas entregas, como acostumbra a hacer Marvel.

El señor de los anillos: Las dos torres era, en sí mismo, un nudo medio disimulado por una batalla épica final y al que se trataba de otorgar entidad propia, justificación como cinta de estreno, a través de un exagerado minutaje, hasta el punto de que solo le faltaba el cartel de “continuará” para perder definitivamente su categoría de película autónoma. Es decir, que tal y como está organizada narrativamente la trilogía cinematográfica, esta puede plantearse como un único filme troceado en tres partes que, en consecuencia, puede -o en el fondo debe- disfrutarse de una sentada, de igual manera que cualquier otro de hora y media. Y, habiendo vuelto a ver las tres películas espaciando un capítulo por día, no tengo claro que esta concepción le beneficie; más bien lo contrario. La espera impaciente de un año, el deseo de alcanzar la apoteosis en el enfrentamiento definitivo contra el mal, probablemente sea imprescindible para mantener alto el interés y los estímulos de ese espectador que, en muchos casos, era un fan con la incondicionalidad que por entonces, debido a la ausencia de las grandes redes sociales de microblogging, se daba casi por sobreentendida -si bien sucesos como las movilizaciones a finales de los ochenta por la elección de Michael Keaton como Batman ponen en tela de juicio esta idea-.

          El señor de los anillos: El retorno del rey culmina la trilogía con una orgía de millones y de óscares, a la altura de la pretendida espectacularidad, desbordada por hipertrofiadas imágenes de una fantasía reconstruida al peso, con la que Peter Jackson abordaba la obra de J.R.R. Tolkien. Y después de todo este camino, aunque este epílogo tiene escenas en las que vuelve a aguijonear la tensión -sobre todo si se padece aracnofobia-, se alcanza ya el empacho de ciudades construidas sobre la insípida nada del chroma ante las cuales las batallas de ejércitos empiezan a ser reiterativos en concepción y efectos, por más que varíen las criaturas implicadas -los olifantes aún tienen un pase-.

De la misma forma que se puede sentir el vacío sobre el que se asientan los decorados, por el trayecto se ha perdido también la emoción y el sentimiento -e incluso la pasión de Jackson como contador de historias- que brotaban incipientes en La comunidad del anillo. Sustentadas sobre personajes planos que declaman con estilo engoladamente literario, dramas como los anhelos románticos de Eowyn o los conflictos paternofiliales del senescal de Gondor terminan por ser poco menos que postizos prescindibles, mientras que elementos fundamentales del relato, como la amistad y fidelidad de Sam y Frodo hasta las últimas consecuencias, el pulso enfermizo de este último con el lado oscuro o la tragedia de Gollum -a la que se le confiere especial interés de la mano de la introducción-, son más redundantes que profundas o, desde luego, complejas.

          Obviamente conviene guardar las debidas distancias por las diferencias de formato y espacios, pero regresando a ese mundillo paralelo de las series y el ‘binge-watching’, otra fantasía medieval tan popular e influyente como esta, Juego de tronos, precisamente jugaba muy bien sus cartas, espoleando incluso su aliento épico, a partir de un retrato de caracteres en el que los encuentros entre contrarios, organizados como ‘buddie movies’ itinerantes, adquirían una importancia crucial. La relevancia de que los personajes importen porque, dentro de la lógica que rige su universo, se les percibe auténticos, vivos y sintientes.

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Nota IMDB: 8,9.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 6.

El señor de los anillos: Las dos torres

15 Ago

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Año: 2002.

Director: Peter Jackson.

Reparto: Elijah Wood, Viggo Mortensen, Ian McKellen, Sean Astin, Andy Serkis, John Rhys-Davies, Orlando Bloom, Bernard Hill, Miranda Otto, David Wenham, Dominic Monaghan, Billy Boyd, Christopher Lee, Liv Tyler, Karl Urban, Brad Dourif, Hugo Weaving, Cate Blanchett, Craig Parker.

Tráiler

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        La falta de autonomía entre las tres partes en las que Peter Jackson repartió El señor de los anillos damnificó particularmente a Las dos torres, que dentro de que evoluciona hacia un desenlace apoteósico -la batalla del Abismo de Helm- no deja de traslucir cierta naturaleza de episodio de transición entre el descubrimiento de este mundo fantástico de la Tierra Media y la resolución épica de su argumento.

        Con la disolución de la comunidad del anillo, el relato de Las dos torres segmenta sus puntos de vista -el peso de la responsabilidad de Frodo y Sam; la redención de los hombres de Aragorn, Legolas y Gimli; la reivindicación de Merry y Pipin- preparando su confluencia final en El retorno del rey. Y, entretanto, incluso la trama que concentra un mayor grado de acción, la de Rohan, no consigue desprenderse del todo de ese carácter de calentamiento, de que, si el original se hubiera sintetizado en menos metraje, podría haberse prescindido prácticamente de toda ella. En este sentido dramático, Las dos torres se beneficia de la irrupción de uno de los personajes más carismáticos de la obra, Gollum, si bien su desarrollo, como ocurre con el resto de los personajes, es de una sencillez elemental que, en definitiva, desaprovecha en buena medida su tragedia.

        A pesar de esa alternancia entre aventuras paralelas, la narración es más lánguida y por momentos espesa, en parte porque la ampulosidad visual que despliega Jackson, quizás como único o cuanto menos como principal rasgo de identidad estilística, comienza a pasar factura en su sobrevuelo de escenarios digitales que, cerca de dos décadas después, han perdido su capacidad para impresionar. No hay más que compararlos con las montañas neozelandesas que, en determinados planos, llega a minimizar a semejantes personajes. El guion trata de hacer acopio de sentencias de rimbombancia literaria que resuenan tan forzadas e incluso absurdas como su contraste: esas incursiones de humor de saldo que ya incordiaban en la entrega inaugural, aquí concentradas en el enano.

Por todo ello, da la impresión de que Jackson trata de alcanzar la importancia mediante la acumulación. Una acumulación que, además, como ejemplifican los movimientos de masas, está hipertrofiada digitalmente, que en realidad es nada.

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Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 5,5.

El señor de los anillos: La comunidad del anillo

14 Ago

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Año: 2001.

Director: Peter Jackson.

Reparto: Elijah Wood, Ian McKellen, Viggo Mortensen, Sean Astin, Sean Bean, John Rhys-Davies, Orlando Bloom, Dominic Monaghan, Billy Boyd, Cate Blanchett, Hugo Weaving, Liv Tyler, Ian Holm, Christopher Lee, Lawrence Makoare, Andy Serkis, Marton Csokas, Sala Baker.

Tráiler

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         Recordada desde dos décadas más tarde, quizás podría decirse que El señor de los anillos: La comunidad del anillo inauguraba ese planteamiento del cine como evento, como experiencia, que algunas corrientes comerciales han ofrecido posteriormente para volver a atraer al espectador de forma masiva, con la añadidura de extras diseñados para explotar el fenómeno fan. Porque pocas sagas -probablemente solo quedaría por encima esa Guerra de las galaxias perpetuada mediante innumerables secuelas, precuelas y spin offs- paralizaron a la sociedad, volcándola a las salas, como esta trilogía impulsada por Peter Jackson, que representa esa categoría de cineasta que dirige la película en calidad de devoto iniciado en un mundo misterioso del que quiere hacer partícipes a quienes se acerquen a compartir este relato alrededor del fuego -esa faceta de entusiasta contador de historias, para lo cual ni siquiera es necesario efecto especial alguno, que será en lo que más destaque aquí-.

         En aquel momento, como adolescente contestatario, tenía un gran problema para aceptar el maniqueismo -solo un personaje duda, lo que lo arrastra además a una rápida tragedia- de una fantasía que, a pesar de crear prolijamente su propio microcosmos, no dejaba de fundarse sobre un viaje épico de corte clásico en el que convencional tapado -el hobbit, la criatura menos poderosa de toda la Tierra Media- se revelaba como protagonista y héroe inesperado. Hoy acepto mejor ese espíritu de novela juvenil que me había convencido más en los libros que en el cine -aunque siempre preferí El hobbit a El señor de los anillos– y me irrita menos la inocencia que representan Frodo y sus amigos, si bien ese humor previsible a cargo de secundarios cómicos me resulta todavía demasiado infantil.

En cambio, después de esta evolución personal y social, me chirría más ese molesto etnocentrismo bastante conservador típico de las fantasías anglosajonas, que suelen metamorfizar un canto a los valores de la Britania tradicional frente a los peligros de un exterior exótico y malvado -en muchos casos ese Oriente bárbaro contra el que ya se batallaba en la Grecia clásica-. Como es sabido, esta cosmovisión de J.R.R. Tolkien procede del trauma del mundo al borde del abismo de la Primera Guerra Mundial y la amenaza de los pilares de la civilización europea modelada a partir de las culturas grecolatina y judeocristiana. Una noción apocalíptica e incluso sacrílega que impregna esta lucha entre la luz -la amistad, la fidelidad, el compañerismo, la ecología…- y la oscuridad -la tiranía, el belicismo, la depredación industrial…-, que Jackson traduce por medio de una ambientación donde la megalomanía es producto directo de su pasión como profundo aficionado y conocedor a la obra original. Eso no quita que abuse de esos movimientos de cámara a vista de pájaro o que la recreación digital haya envejecido bastante -los efectos prácticos del cine prechroma también envejecen, desde luego, pero lo hacen mucho más encanto y mantienen una fisicidad que los hace tangibles, les otorga presencia y entidad, haciéndolos ‘reales’-.

         Desde ese entusiasmo de ser tanto el realizador como el primer y privilegiado espectador, Jackson expresa con fuerza la escala épica de la historia. La excitación de la aventura excepcional frente a la vida cotidiana, el peligro constante, la esperanza por un mundo mejor en el que cada individuo tiene su papel. El neozelandés, que encuentra en su país el perfecto decorado natural para plasmar este escenario sobrecogedor, transmite el miedo que producen los nazgûl, los lóbregos pasillos de la mina de Moria o la estentórea voz de Christopher Lee. Y despliega un notable pulso narrativo a lo largo de tres horas en las que el relato avanza con fluidez, encadenando acciones y aprietos sin cesar, empujados asimimo por la poderosa banda sonora de Howard Shore. Pero también dibuja con cariño e intimidad las relaciones entre los personajes, principalmente Frodo, Sam, Aragorn y Gandalf. Ayuda, claro, el saber dramático de un actor como Ian McKellen, experto en moverse en grandes producciones sin perder matices interpretativos. Pero son bosquejos que en lo posterior irán quedando aplastados por la aparatosidad del pixel, por la grandilocuencia facturada al peso.

         El fenómeno quedaría consagrado por la rendición absoluta de la taquilla y por una miríada de nominaciones a los Óscar.

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Nota IMDB: 8,8.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 7.

Los invasores

13 Ago

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Año: 1963.

Director: Jack Cardiff.

Reparto: Richard Widmark, Sidney Poitier, Russ Tamblyn, Rosanna Schiaffino, Beba Loncar, Oskar Homolka, Clifford Evans, Edward Judd, Colin Blakely, Gordon Jackson, Lionel Jeffries.

Tráiler

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         Jack Cardiff algo sabía de la relación entre los hombres del norte y el séptimo arte, ya que había sido responsable de la fotografía de Los vikingos, de Richard Fleischer, estrenada un lustro atrás. Los invasores parece tratar de aprovechar el tirón aventurero de esta y otros blockbusters históricos como El Cid. De hecho, al igual que esta -una de las producciones de Samuel Bronston en España-, trasladará su set de rodaje al Mediterráneo, en concreto a otro de los escenarios que buscaban captar la atención del mundillo del cine, Yugoslavia. Sidney Poitier, enrolado como villano por su amigo Richard Widmark, afirmará que Belgrado fue la peor localización donde jamás trabajó.

         Realizada bajo bandera británica, Los invasores es, pues, una especie de variación de Los vikingos que, en esta ocasión, lleva los drekkars hasta las costas del Islam en pos de una legendaria campana de oro macizo de Bizancio. Su ambientación histórica no puede ser sino de novela barata, al igual que sus concesiones populares de la época -el saltimbanqui que luce sus habilidades físicas; el humor de escenas como la del harén, hoy de trasfondo siniestro-. Y, en el peor de los casos, un guion no especialmente desarrollado tira de convenciones poco rigurosas para hacer avanzar un relato que, aunque con personajes bien definidos y divertido en su ligereza, a veces muestra un ritmo algo irregular.

Pero, sea como fuere, Los invasores cuenta con una ventaja imprescinsible para la aventura: su protagonista es un fabulador redomado, más interesando en perseguir el mito, la ilusión del tesoro, que en el tesoro material en sí mismo. Es una visión existencialista que no se relaciona con la credulidad, pues Rolfe no profesa fe ni en dioses ni en maldiciones. Su personalidad se define en contraposición con los detentadores del poder que aparecen en la cinta, como son un rey que bajo su porte digno esconde un avaro despiadado y, sobre todo, un califa obsesionado con una ambición quimérica que pretende culminar a cualquier precio, por más que pueda perder todo por el camino. No por nada, es un cuento narrado por un contador de historias el que pone la función en marcha, y que, en un movimiento circular, deja su conclusión abierta a la imaginación.

         Cardiff dirige con solvencia una cinta en la que, no obstante, también deja huella de su gusto por el cromatismo en unos crepúsculos desaforados. Además, a buen seguro consultó también a otros de sus habituales socios artísticos, Michael Powell y Emeric Pressburger, para insuflar vida a la fantasía oriental donde transcurre una búsqueda del tesoro en la que, como en las buenas aventuras, el tesoro es lo de menos.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6,5.

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