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Oro

14 Nov

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Año: 2017.

Director: Agustín Díaz Yanes.

Reparto: Raúl Arévalo, José Coronado, Barbara Lennie, Óscar Jaenada, Antonio Dechent, Juan José Ballesta, Anna Castillo, José Manuel Cervino, Luis Callejo, Andrés Gertrúdix, Diego París, Juan Carlos Aduviri, José Manuel Poga, Josean Bengoetxea, Juan Diego.

Tráiler

          Es un lugar común, pero no por ello deja de ser cierto -si bien supongo que el asunto no es demasiado diferente a lo que ocurre en otros países-. España no concilia bien con su historia, ora idealizada como enseña de su destino trascendental como nación, ora repudiada exactamente por esta misma utilización patriotera y su ensalzamiento de unos valores rancios y caducos. La visión épica del pasado crea monstruos de muy diverso tipo. Quizás por ello no abunden los relatos acerca de episodios como la conquista del Nuevo Mundo, un periodo espinoso por las implicaciones políticas que, con evidente descontextualización, se le otorgan desde el presente; pero realmente interesante desde el prisma del sentido aventurero -piénsenlo: el anuncio de un descomunal territorio por completo desconocido y el atrevimiento de lanzarse a descubrir qué maravillas u horrores puede contener-. No abundan al menos al estilo y la cantidad de las reconstrucciones históricas procedentes de Hollywood o Reino Unido, vara de medir popular en lo que al cine-espectáculo se refiere.

          En Oro, Agustín Díaz Yanes repite, tras la calamitosa Alatriste y aquí con un texto inédito, en su aproximación al corpus del escritor y exreportero bélico Arturo Pérez-Reverte; un tipo que precisamente, y se esté de acuerdo con él o no -en este blog se tira por lo segundo-, no le teme a la polémica -todo lo contrario- para encarar, entre otros temas, la historia del país. También es verdad que, en su escrito de presentación, el filme trata de mediar contexto -o de disculparse- por el conjunto humano que protagonizará la función: hombres toscos y altivos, agresivos y sin escrúpulos, que encarnan cierta naturaleza varonil por la que el literato acostumbra a manifestar cierta querencia -en ocasiones bastante trasnochada al pretender trasplantarla de la mera fantasía a la realidad contemporánea-. Sobra. En primer lugar porque una película, o cualquier otra creación artística, no ha de tener en sus obligaciones la de dar ejemplo o fomentar ningún mensaje ideológico o social -otra cosa es que así lo desee-, tanto o más cuando se le exige forzar el anacronismo garganta abajo de los personajes –hay artículos sobre esta cuestión-. Y, en segundo, porque el de Oro está lejos de ser un canto a las hazañas de los antepasados. Si esta es la gloria de la conquista, bastarda gloria es.

En ese sentido, Oro recuerda a la olvidada La conquista de Albania, cinta generosamente sufragada por el Gobierno de Euskadi en virtud de las recién cedidas competencias presupuestarias de la Transición y que invitaba a pensar a priori en el enaltecimiento de un capítulo de expansión internacional del Reino de Navarra medieval –el acometido por la Compañía blanca en las costas del Adriático-, pero que, sin embargo, se transformaba andando los fotogramas en una antiepopeya delirante e irracional, similar por tanto a la de Aguirre, la cólera de Dios. Y, de hecho, Oro comparte con la referencial obra maestra de Werner Herzog la ambientación selvática equinoccial y la composición de los expedicionarios, calcada a la de Pedro de Ursúa por el curso del río Marañón en busca de la ciudad de El Dorado -hechos que también serían abordados por Carlos Saura en la excesivamente contenida El Dorado-. Aunque, fundamentalmente, queda ligada a ella a través de una acertada presentación en la que se muestra a una cohorte de hombres condenados, encadenados como galeotes a una aventura ilógica y tremebunda, fracasada de antemano. A un camino hacia el absurdo y la muerte.

          En conclusión, Oro posee el mismo sino que Aguirre, la cólera de Dios. En cambio, el trayecto que escoge para avanzar hacia él es completamente opuesto. Se aleja de la abstracción hacia la que tendía la alemana, onírica y alucinada, y encara la ruta por la vía de lo terrenal, de lo físico. La de Díaz Yanes es una cinta de supervivencia -con resabios de western-; un trayecto de desesperación embuchada y escondida entre actitudes de hosca hombría y que, en persecución de una vil riqueza material -el oro-, se dirime entre el lodo, el sudor y la sangre. Conceptos que se remiten literalmente a otras descripciones de Pérez-Reverte, que ha visto trinchera y, en su novela El húsar, resumía la batalla en “barro, sangre y mierda”.

Esta concepción física está adecuadamente asimilada a los parlamentos del libreto, descarnados, recios y con un atractivo empleo del lenguaje de época -circunstancia esta última realmente infrecuente-, así como a la selección de rostros del reparto -otra virtud que también poseía La conquista de Albania– y a una exposición seca y concisa. Con ello, Díaz Yanes logra modelar una jugosa atmósfera patibularia, amoral y destructiva, en la que se tiene la sensación de que ni siquiera se avanza por el laberinto de una jungla que aprieta y donde, por ende, lo único que cuenta es salvar un pellejo que poco o nada vale. Así las cosas, eran innecesarios regodeos como el tópico fanatismo del sacerdote, las proclamas folclóricas -los enfrentamientos regionales y la loa a los hermanos en armas-, el testicular duelo a pecho descubierto o que Raúl Arévalo y Óscar Jaenada exageraran el gesto.

          Oro brilla en cuanto sitúa la épica a la altura de la mugre, en cuanto su relato de violencia primaria y desencantada no se avergüenza de inclinarse a la recuperación de una virilidad de otro tiempo. Que, en este caso, no es la histórica del siglo XVI, sino la cinematográfica de la década de los setenta, tan ruda como desesperanzada -aunque carezca de su aliento sentimental y elegíaco-.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 7,5.

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El reino de los cielos

6 Oct

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Año: 2005.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Orlando Bloom, Eva Green, Liam Neeson, Marton Csokas, Edward Norton, David Thewlis, Jeremy Irons, Brendan Gleeson, Alexander Siddig, Ghassan Massoud, Kevin McKidd, Michael Sheen, Martin Hancock, Nathalie CoxNikolaj Coster-Waldau, Iain Glen.

Tráiler

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         Durante la primera década del siglo XXI, las superproducciones de entretenimiento de Hollywood aparecían atravesadas por el trauma que supusieron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Esto se percibe principalmente en la emulación de las imágenes del terror experimentado -la profanación del hogar por un enemigo indetectable, el desplome de los edificios, las huidas desconcertadas entre nubes de polvo…-, pero también, de manera más solapada, en el argumento de filmes como El reino de los cielos, una aproximación a las aventuras de las cruzadas que se lee en clave contemporánea.

En su interacción entre Occidente y Oriente, en su discurso acerca del respeto entre culturas por encima del enquistamiento de dramas históricos heredados, El reino de los cielos dialoga con un presente que, en la fecha del estreno, se encontraba ya inmerso en la invasión estadounidense de Irak como (presunta) represalia a la amenaza del yihadismo global, nuevo oponente destinado a devolver al escenario geopolítico internacional a la polaridad de la Guerra Fría apenas clausurada una década atrás -un escenario sobre el que el director Ridley Scott y el guionista William Monahan reincidirán tres años después en Red de mentiras-. Por seguir con la premisa inicial, El reino de los cielos es la antítesis de la violenta y racista visión que arroja 300, un año posterior.

         El protagonista del filme, que en su tosca y tópica construcción psicológica mezcla los remordimientos familiares junto con un idealismo propio del Príncipe Valiente, se embarca rumbo a Jerusalén para sumergirse en la lucha dual y eterna del ser humano, entre las corrientes destructoras y las corrientes constructoras que anidan en la especie. Esto es, el enfrentamiento entre el Bien y el Mal -eso sí, no repartido entre rivales maniqueos- aplicado a una escala épica, pero humana, no fantástica.

De ahí que, en consonancia de nuevo con esta conexión analítica con los conflictos actuales, se observe con escepticismo todo lo relacionado con el sentimiento religioso. No obstante, sí se puede percibir en la imagen el peso de una noción de divinidad -igualadora, distanciada de las cuitas humanas-, que se manifestaría en los cielos prodigiosos y de exaltado cromatismo pictórico que plasma Scott, en la sobrecogedora monumentalidad de los paisajes desérticos o en algún plano cenital que convierte a los combatientes enzarzados en una masa uniforme de entes insignificantes.

También dentro de esta construcción alegórica puede incluirse la misma idea del reino de los cielos -otra concepción utópica y metafórica, la de erigir el reino de Dios sobre la Tierra- como tierra prometida y de las oportunidades, semejante en sus valores al sueño americano e igualmente acechado por la iniquidad de los villanos materialistas o fanáticos.

         Aparte del poderoso e interesante empleo del escenario natural y los colores de la fotografía, de los notables movimientos de masas y del solvente rodaje de las batallas -contrapuesto por otro lado a la insistencia en el uso del ralentí como marca de la casa del cineasta-, el asunto es que este planteamiento está desarrollado de forma plana e ingenua, con un relato disperso en su extenso metraje -suele advertirse de que la versión del director, que lleva a la función a superar las tres horas, ofrece una narración más sólida, aunque todo lo que puedo decir con el recuerdo lejanísimo del montaje estrenado en cines es que no agrava ninguno de sus defectos-. 

Asimismo, el interés decae por momentos debido a la escasa entidad de su personaje principal, alrededor del cual se difuminan unas circunstancias con potencial de aprovechamiento. Además, es harto difícil sostener una película así sobre los hombros de Orlando Bloom, tan inexpresivo como falto de carisma. No hay más que compararlo con la presencia de su partenaire romántica, la francesa Eva Green, o con alguno de los eficientes secundarios que dan lustre al reparto.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 5,5.

Lawrence de Arabia

15 Ago

El hombre que mira la llama y contempla su destino. T.E. Lawrence, Lawrence de Arabia, el puzle, el enigma sin resolver. Para la sección de cine clásico de Bandeja de plata.

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Master and Commander: Al otro lado del mundo

4 Ago

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Año: 2003.

Director: Peter Weir.

Reparto: Russell Crowe, Paul Bettany, Max Pirkis, James D’Arcy, Robert Pugh, David Threlfall, Lee Ingleby, Max Benitz, Bryan Dick, Chris Larkin, Billy Boyd.

Tráiler

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          La guerra en el mar parece gozar de un aura romántica de la que el combate en tierra firme carece. En ella no comparece el barro de la trinchera, el encontronazo desesperado entre batallones que se masacran entre sangre y mugre. Su lucha se libra en espacios abiertos e infinitos, bajo el limpio empuje de unos elementos que se tragan de inmediato a los que perecen, entre contingentes reducidos que parecen preservar códigos de honor y de reconocimiento mutuo desvanecidos sobre el campo de batalla terrestre, todo histeria y degradación -si acaso, cabría mencionar como excepción justas singulares como la que entablan los francotiradores de Enemigo a las puertas-.

Algo así reflejaban Michael Powell y Emeric Pressburger en La batalla del río de la Plata, un duelo donde sobrevivía una noción de caballerosidad entre combatientes a pesar de estar basada nada menos que en un episodio de la Segunda Guerra Mundial, el horror absoluto. Y algo de ello se percibe también en Master and Commander: Al otro lado del mundo, donde la persecución y huida recíproca entre la fragata británica Surprise y el buque de guerra francés Achelon, enfrentados por los avatares de las Guerras napoleónicas, deja a su paso evidentes paralelismos entre ambos contrincantes -“lucha como tú, Jack”- y cierta sensación de respeto recíproco, casi deportivo, dentro de una lid eterna.

          El filme se inspira en la serie de novelas históricas y náuticas de Patrick O’Brian protagonizadas por el capitán Jack ‘Lucky’ Aubrey y el naturalista y cirujano Stephen Maturin, aquí encarnados por Russell Crowe y Paul Bettany, respectivamente -quienes por cierto venían de triunfar como cabezas de cartel de la oscarizada Una mente maravillosa-. Master and Commander hace gala de abundante documentación para describir la vida cotidiana a bordo del navío con minucioso realismo, aunque insertándola asimismo como parte de la aventura. Esto se debe a que esta faceta a priori accesoria le sirve a Peter Weir para ir dibujando la personalidad, los vínculos y los rituales comunitarios que dan cuerpo a este colectivo en estrecha convivencia.

De este modo, dentro de la acción aventurera -la navegación y la contienda, quizás un tanto confusa en ocasiones-, la psicología de los personajes tampoco queda descuidada -los contrastes de la camaradería, la lealtad, la hostilidad y la volatilidad de la tripulación; el escepticismo racionalista de Maturin, intermediario del espectador para conocer los detalles de la jerga naval y ofrecer un punto de vista más moderno de la odisea; la complejidad de Aubrey, un hombre bajo la sombra del héroe Horatio Nelson, atado al deber con el Almirantazgo y sus hombres, al orgullo propio, a su leyenda afortunada, a la tentación de la hibris…-. Rasgos dramáticos que aportan madurez a la obra, en conclusión.

          No obstante, el verismo de la realización de Weir se combina con elementos propios del fantástico y el terror para crear suspense, en concordancia con el sobrenombre de “fantasma” que recibe el barco enemigo, el cual emerge de improviso desde las profundidades de un banco de niebla o aparece al acecho empleando el punto de vista subjetivo.

El conjunto se completa además con una reconstrucción histórica sobre un tiempo en el que el descubrimiento de la maravilla -el trabajo como biólogo de Maturin, con manifiestos ecos darwinianos; los avances técnicos, aunque sean de aplicación bélica- están aún en conflicto con pulsiones arcaicas -las supersticiones marineras, la defensa del autoritarismo como garantía del orden social-, lo que configura un doble escenario de lucha: el marcial y el científico.

          El resultado es una película muy equilibrada, de agradecido sentido aventurero, fundada sobre principios adultos y elaborados; estimulante en su ambientación y aderezada con detalles reflexivos de interés.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

Okja

31 Jul

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Año: 2017.

Director: Bong Joon-ho.

Reparto: Seo Hyun-Ahn, Tilda Swinton, Paul Dano, Jake Gyllenhaal, Steven Yeun, Lily Collins, Daniel Henshall, Devon Bostick, Giancarlo Esposito, Shirley Henderson, Je-mun Yun, Hee-bong Byun.

Tráiler

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          Los abucheos le llegaron antes del primer fotograma, solo con la aparición del logo de la productora y distribuidora: Netflix. En el festival de Cannes de 2017, Okja desató la polémica -junto con The Meyerowitz Stories, de Noah Baumbach, también de Netflix, y la emisión de los primeros capítulos del regreso de la serie Twin Peaks– al alimentar el debate sobre las formas y formatos del cine y su disfrute. El certamen, riguroso en su presunta salvaguarda de los valores tradicionales del cine, fue reticente para admitir en su sección oficial una cinta que no iba a estrenarse en las salas francesas, tal y como imponen las normas del concurso, sino que su pase se iba a producir a demanda del usuario de esta plataforma de entretenimiento en streaming, visionada directamente en la televisión, el ordenador, la tablet o cualquier soporte informático que contenga la pertinente aplicación -sí llegaría no obstante a la gran pantalla en Estados Unidos, Reino Unido y Corea del Sur, donde se alzó con el cuarto puesto de la taquilla pese a sufrir el boicot de los principales exhibidores del país-.

Frente al ruido despertado, el director Bong Joon-ho se limitaba a valorar y agradecer el grado de libertad creativa que le había proporcionado Netflix, a quien respalda la tranquilidad de contar con una red que, en fechas del arranque de Cannes, rozaba los cien millones de usuarios en el mundo; cifras con las que soñaría una buena campaña de promoción de un blockbuster tradicional. El cine cambia. Necesita cambiar, de hecho, en vista del sostenido descenso de los espectadores. Quizás esta sea una nueva vía de supervivencia comercial que, si además viene acompañada de beneficios para los cineastas, cabe celebrar en lugar de únicamente resignarse a ella. A fin de cuentas, nada puede reprocharse a la calidad alcanzada por las series y otros productos de televisión durante las últimas dos décadas. ¿Acaso una obra magna como The Wire no cabe dentro de los límites del séptimo arte?

          Centrándonos en Okja, el filme acude a un esquema clásico del cine infantil -la amistad entre un niño y una criatura extraordinaria que se ve amenazada por la invasión del mundo adulto-, aunque no se limita a quedarse en una relectura más de E.T., El extraterrestre y en ella se percibe la personalidad desbordante de cineasta surcoreano, manifestada en su arrollador despliegue visual, exhuberante en la expresión de la atmósfera narrativa que atraviesa el relato -el bucolismo de la naturaleza, la frialdad estética de la multinacional, la tenebrosa, sucia y claustrofóbica sensación de terror de los laboratorios y criaderos-.

Con ello, Okja se configura así como una fábula que arremete contra el neoliberalismo de nuevo y sonriente rostro -el lavado de imagen posterior a las tropelías desveladas por la crisis económica global- y, en concreto, contra la explotación sin escrúpulos ni empatía ejercida por la industria alimentaria, como ya ensayaba con torpeza Richard Linklater en su Fast Food Nation o la risible apología vegana del Noé de Darren Aronofsky. De este modo, frente a un trasunto de la escalofriante Monsanto -aquí Mirando-, erigidos en los ‘mad doctors’ del siglo XXI, se opone la relación íntima entre la pequeña Mija y la supercerda Okja, propiedad de la factoría e imagen publicitaria de su presunta rehabilitación ética ante al mundo.

          Siguiendo la línea de fantasía subversiva de la anterior Rompenieves (Snowpiercer) -en la que, eso sí, Bong adaptaba una historia ajena-, Okja se constituye pues como una distopía contemporánea afirmada sobre problemáticas presentes, como los abusos financieros y políticos de un poder de esencia empresarial -es significativa la reproducción con la directiva de Mirando de la fotografía del equipo de Barack Obama durante la operación de captura y muerte de Osama Bin Laden-, los movimientos de reacción ciudadana, la sustitución de valores humanos por valores financieros -el explícito cambio del cerdo de carne y hueso por otro de oro-, la preponderancia de las redes sociales como canalizador de la comunicación y la corrientes de opinión…

Cuestiones que la película aborda dentro de este contexto juvenil, caricaturesco y excesivo que en ocasiones se desafora por su crueldad quizás extrema y reiterativa o, en paralelo, por la desacertada dirección de algunos actores -la lamentable y cargante imitación de Jerry Lewis que ejecuta Jake Gyllenhaal-. Sin embargo, también pretende escapar del maniqueísmo monolítico otorgando cierto dramatismo a los personajes a uno y otro lado del conflicto, con sus dudas, sus traumas y sus traiciones y, en resumen, sus razones -como parece decir ese abuelo coreano al que le sobraría entonces la desacreditación moral de su alcoholismo, por mucho cariño con el que lo críe el granjero, un cerdo es alimento desde que nace-.

          Sea como fuere, destaca sobre lo anterior la ternura y el candor que despierta el entendimiento entre Mija -un personaje cuya gran fuerza propulsa además el carisma de Seo Hyun-Ahn y su párpado inflamado- y su animal, cuyo diseño remite al cerdo, al hipopótamo, al perro y al manatí, y al que, a pesar de su elaboración por ordenador, se le consigue dotar de una entrañable fisicidad y de sentimiento a través de su mirada de ojos humanos.

En estas escenas, Bong modula con acierto el tono recurriendo a elementos chaplinescos: la fusión de la tragedia desgarrada con elementos de humor naif, en este caso las ventosidades; lo que en cualquier caso es una característica habitual en la filmografía del realizador. Y comparece asimismo una noción de la conexión con el espíritu protector y benéfico de la naturaleza que remite a Hayao Miyazaki, rasgos con los que conecta con habilidad con las emociones del espectador. Porque, ¿puede haber un amor más puro e incondicional que el de un niño por su mascota? Obviamente es una clase distinta de amor del que se profesa a las personas, que debido a su complejidad exige mayor esfuerzo por parte de uno mismo. Pero, ¿existe una relación más auténtica, entregada y reconocible por cualquiera que haya tenido un perro, un gato, una cobaya o cualquier bicho que responda a una caricia?

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

La guerra del planeta de los simios

15 Jul

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Año: 2017.

Director: Matt Reeves.

Reparto: Andy Serkis, Woody Harrelson, Karin Konoval, Steve Zahn, Amiah Miller, Terry Notary, Ty Olsson, Michael AdamthwaiteSara Canning, Devyn Dalton, Gabriel Chavarria, Toby Kebbell.

Tráiler

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          El origen del planeta de los simios contenía en su primera mitad una intensa reflexión acerca del diferente, del inquietante desconocido, del Otro; un notable punto de partida que asentaba el principal arco temático de este ‘reboot’ en el que los profusos guiños al resto de la saga tienden a imponer una reversión del punto de vista del relato. El amanecer del planeta de los simios abundaba con acierto en esta cuestión a través de un esquema propio de un western fronterizo, en el que dos culturas colisionan impulsadas por la tensión y el miedo que genera el puro instinto de la supervivencia. La guerra del planeta de los simios conserva buena parte de la solidez dramática de sus predecesoras para cerrar con dignidad una trilogía que demuestra las posibilidades de conciliación entre los valores comerciales de un producto y la madurez artística del mismo. En ella, mientras que el chimpancé César perfecciona su comunicación verbal, los humanos la reducen, voluntaria e involuntariamente, a una guturalización primitiva.

          De nuevo con Matt Reeves en la dirección, también posee resonancias westernianas la introducción de La guerra del planeta de los simios, donde se presenta una cabalgada monomaníaca alimentada por el odio y emprendida en una atmósfera luctuosa y terminal, todo cansancio y tristeza, acorde al contexto físico y sentimental de un César que sufre las pruebas del patriarca bíblico que parece encarnar y coherente con la constatación de la imposibilidad de la utopía que emergía en el episodio anterior. En este sentido, el filme resulta más conseguido -o cuanto menos más intrigante- cuando se aproxima a Sin perdón o Centauros del desierto, a su tono de pesimismo espectral -hasta cabría entender al extravagante chimpancé que ejerce de alivio humorístico como un Mose Harper sacado de su mecedora-, y no tanto a Apocalypse Now, otra obra magna que ejerce de gran foco de gravedad de la función, a la que se dedican insistentes referencias tanto con el aspecto y el discurso de su propio coronel desquiciado -allí Kurtz, aquí McCullough-, como por la ciudadela donde se le rinde culto, la música de Jimi Hendrix que se escucha o incluso las pintadas explícitamente alusivas que adornan el lugar.

Puede entreverse con ello que, aun tratándose la heterofobia de un tema universal a la especie humana, la serie sigue conjurando particularmente los demonios históricos de los Estados Unidos, puesto que después de plantear una equivalencia entre los primates y los indígenas norteamericanos en El amanecer del planeta de los simios, se diría que ahora el escenario se traslada solapadamente al delirio marcial de la Guerra de Vietnam -es curioso que los dos blockbusters de la temporada protagonizados por hominoideos excepcionales, Kong: La Isla Calavera y la presente, recurran a este trauma nacional para dotar de contenido trágico a su argumento-. “Historia, historia, historia”, mantiene grabado McCullough en la pared de su guarida.

          McCullough y la confrontación con su ejército se desarrollan pues con cierta caída en el tópico -lo que abarca la sobreactuación de Woody Harrelson-, al mismo tiempo que el conflicto dramático -el mensaje político por un lado, las contradicciones internas de César por otro, finalmente más descuidadas- cede terreno a la acción evasiva, manifestada en la incursión en el subgénero bélico de las fugas de campos de concentración. Con todo y ello, y a pesar de que el guion deja algunos detalles de fragilidad lógica, esta faceta de La guerra del planeta de los simios sabe ser entretenida -la batalla en el bosque de la apertura era ya una buena muestra de su talento para la espectacularidad- y modera las ínfulas de grandilocuencia de una obra en la que se corre el riesgo de excederse en la dotación de atributos humanos a los animales protagonistas, hasta el punto de que pudieran convertirse no en simios pensantes, sino en personas ridículamente disfrazadas.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5. 

Moby Dick

7 Jul

John Huston se sumerge en las lecturas simbólicas y trascendentales de la novela monumental de Herman Melville para reducirla y concentrarla en un atronador largometraje acerca del enfrentamiento entre el individuo y los poderes superiores a él -Dios, la naturaleza, la consciencia de la muerte inexorable-. Acerca de la moral, el pecado, la obsesión, la venganza irracional. Moby Dick resopla en la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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