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La invasión de los ladrones de cuerpos

17 Ene

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Año: 1956.

Director: Don Siegel.

Reparto: Kevin McCarthy, Dana Wynter, Larry Gates, Carolyn Jones, King Donovan, Virginia Christine, Jean Willes.

Tráiler

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          Jack Finney, autor de la novela original, y Walter Mirisch, uno de los productores ejecutivos del filme, negaban que el relato arrojara una parábola anticomunista o antimacarthista, afirmando que tan solo se trataba de un thriller de ciencia ficción. Don Siegel, en cambio, consideraba que la lectura antitotalitaria era innegable, aunque había procurado, decía, no poner énfasis en ella.

En efecto, esta cierta ambigüedad del argumento permite a La invasión de los ladrones de cuerpos caer a uno u otro lado de la balanza para denunciar, por igual, los abusos que un régimen despótico puede ejercer sobre el individuo. Pero precisamente por esta incisión en la imprescindible autonomía personal y su contraposición frente a los villanos, que parecen encarnar esa visión simplista y caricaturesca con la que se advertía contra la amenaza del comunismo en la Guerra Fría -una entidad colectiva unificada tras someter la voluntad particular y que aspira a la igualación absoluta de los ciudadanos dentro de un sistema que rechaza los rasgos emocionales como elemento a tener en cuenta en sociedad-, parece inclinar decididamente la alegoría hacia una perspectiva concreta. Esa que erige a La invasión de los ladrones de cuerpos en paradigma absoluto del cine de serie B de ataques alienígenas tan característico de estos años cincuenta sumergidos en el Temor rojo. Tanto o más cuando, apenas tres años antes de su estreno, Ethel y Julius Rosenberg, un aparentemente anodino matrimonio residente en Nueva York, habían sido ejecutados en la silla eléctrica tras su condena como espías al servicio de la Unión Soviética. Y cuando durante la Guerra de Corea se extendía la alerta acerca de las habilidades del adversario para lavar el cerebro a los prisioneros -como se plasmaría luego en El mensajero del miedo-. El abominable enemigo podría ser, por tanto, su propio vecino, ese que siempre saluda en la escalera.

          La invasión de los ladrones de cuerpos, pues, juega con esta inquietud que dominaba la convivencia social en los Estados Unidos, desplegando una turbia atmósfera que prácticamente se podía cortar con un cuchillo. En este sentido, los extraterrestres no tienen formas grotescas, ni aterrizan en platillos volantes o disparan rayos láser. A simple vista es imposible detectarlos, más allá de a través de un sexto sentido que, de esta manera, bien definiría al ser humano: la comunicación no verbal, el afecto, la empatía. Aquello que también nos diferenciará de la máquina en otras distopías lejanas, con un nuevo rival por la supervivencia.

La sutileza de ese invasor mimético es la que siembra una poderosa sensación de desasosiego, de peligro invisible y omnipresente. Este alejamiento de la explicitud -lo que abarcaría hasta la contención posterior de los propios alienados, que promueven la paz mental que proporciona abdicar de toda responsabilidad humana- funciona como un elemento fundamental para alimentar la intriga y el terror que se instala en la mente de los protagonistas y, con ellos, del espectador.

          Desde las espartanas condiciones que imponía un proyecto de serie B, Siegel maneja con mano de hierro la tensión conspiranoica, con una información perfectamente dosificada para ir contagiando, poco a poco, la neurosis que parece cebarse con este pueblecito cualquiera de California, poblado de personas llanas y corrientes -si bien no estaría de más sospechar si el revisor del gas es nada menos que Sam Peckinpah-. Hasta que uno choca frontalmente contra una vaina viscosa y humeante.

El prólogo y el epílogo se aprecian como un postizo impuesto desde la producción para licuar la causticidad del desenlace previsto por el cineasta, pero aun así logran dejar cierto espacio abierto como para no desmontar del todo la fuerza sugestiva de la obra.

          Contará con hasta tres remakes, aparte de su evidente influencia en el género.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8.

Están vivos

20 Dic

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Año: 1988.

Director: John Carpenter.

Reparto: Roddy Piper, Keith David, Meg Foster, George ‘Buck’ Flower, Peter Jason, Raymond St. Jacques, Jason Robards III, John Lawrence.

Tráiler

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         En una década en la que, probablemente de forma un tanto tópica aunque no por ello injustificada, el cine de corte popular suele asociarse al consumo acrítico de palomitas por parte de hordas de adolescentes, los filmes de género de John Carpenter se alzan como un referente de causticidad subversiva y, huelga decir, de diversión. Están vivos puede que sea el ejemplo más bruto.

         Al igual hacía La cosa con los cuerpos que asimilaba -otro ente del espacio exterior que, a pesar de encarnar una maldad pura, puede mimetizarse con los seres humanos con poco esfuerzo-, Están vivos es una película que da la vuelta, como un calcetín, a las premisas del subgénero de invasiones extraterrestres que tanta presencia había tenido en un contexto de paranoia anticomunista en la que los pérfidos marcianos no eran sino una trasposición de los espías soviéticos que se infiltraban en el tejido social estadounidense, imitando al ciudadano corriente, para destruir desde dentro su modelo de vida y sus valores nacionales.

Y es que, ambientada en tiempos de crisis y hastío, en Están vivos son los garantes de ese American Way of Life quienes menoscaban la libertad del tipo de a pie por medio de subterráneas estratagemas -el materialismo, el consumismo, el fomento del individualismo, la competitividad homicida entre el proletariado, el elitismo, la propaganda a través del control de los medios de comunicación de masas…-. De una forma mucho más creíble que el anterior, por supuesto. Y también con una mayor vigencia, en vista de la deriva ultraliberal del país, así como su ascendencia sobre el resto de estados sujetos a una economía de mercado.

         Están vivos arremete contra todo: la economía predatorial, el culto al dinero, el nacionalismo como cortina de humo sometida al capital, la sobreexplotación del planeta, la falta de conciencia de clase, el conformismo que abraza un estado de consciencia artificial -análogo al posterior Matrix, por tanto- coloreado con abundantes sustancias tóxicas… No es una cinta nada sutil -con unas simples gafa de sol queda todo a la vista-, pero es endemoniadamente gamberra -ese recurso tan delirante y genial, por desvergonzadamente increíble, es prueba de ello- y, además, certera -bien conocidas son las alabanzas que le dedica el influyente filósofo Slavoj Žižek en su Manual de cine para pervertidos-.

         En esta trinchera de serie B, a la que Carpenter había regresado para recobrar su independencia y su amor por el cine, el argumento tampoco está excesivamente desarrollado, al igual que ocurre con los personajes. El protagonista sigue el arquetipo de forastero solitario propio del western -territorio tan querido por el cineasta- y está flanqueado por el tradicional compañero de fatigas -que ofrece otro ángulo desde el que censurar esa alienación y desconexión individualista frente a los problemas de la colectividad- y la mujer atractiva  -quien abre una subtrama romántica que, como ella misma, apenas está esbozada-. Pero, en cualquier caso, su aguerrida mala leche y su espíritu rebelde se elevan muy por encima de esta modestia.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Amanecer rojo

13 Jun

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Año: 1984.

Director: John Milius.

Reparto: Patrick Swayze, C. Thomas Howell, Lea Thompson, Charlie Sheen, Darren Dalton, Jennifer Grey, Brad Savage, Dough Toby, Ben Johnson, Ron O’Neal, Powers BootheHarry Dean Stanton, Lane Smith, Vladek Sheybal, William Smith, Judd Omen.

Tráiler

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         Amanecer rojo es un delirio ultranacionalista parido por la década de los ochenta bajo la Administración Reagan, en la que se combina el renacimiento belicista del periodo  y su reflejo en el cine del momento, con emblemas como la saga Rambo, representación paradigmática de la reivindicacion del combatiente de Vietnam y, por ende, de la legitimación de la intervención armada de los Estados Unidos contra sus enemigos por la soberanía mundial.

Amanecer Rojo sigue esta línea hibridándose con otro ramal del cine popular de la década, las aventuras infantiles/adolescentes que en esos años facturaba, por ejemplo, la productora Amblin de Steven Spielberg. Una cinta de consumo masivo y juvenil pero ideologizada al máximo con un corte manifiesta y orgullosamente militarista y reaccionario.

         Así pues, el delirio no es solo aberrante en lo argumental -una pandilla de críos que, cual guerrilleros maquis, combaten al invasor soviético, cubano y nicaragüense en la Tercera Guerra Mundial desde su cuartel improvisado en la montaña-, sino también peligroso porque sus intenciones fanatizadoras apuntan, además, a un segmento de población especialmente maleable. Pero, con todo, no deja de ser atractiva, e incluso contagiosa, la fe que John Milius pone en narrar un relato que se ajusta a su pensamiento, tan extremista en determinados aspectos políticos que solo podía ser calificado, como él mismo decía, como un anarquismo zen.

Es la celebración del ser humano en un estado de salvajismo esencial, honesto frente a las malversaciones de la civilización urbana, noble en sus códigos tribales y guerreros. De hecho, también pueden trazarse ecos entre Conan el bárbaro -obra mayor de la aventura fantástica y plasmación de esta concepción histórica, política y social del cineasta- y este Amanecer rojo: el tratamiento épico del paisaje, reforzado por la fanfarria eufórica de Basil Poledouris, el reconocimiento del honor del combatiente, el batallador que se aferra a su coraje con fatalismo hasta inmolarse en un dos contra cientos si es menester.

         Este último concepto hasta sería aplicable a la labor de Milius al frente del proyecto. No deja de ser admirable la pasión de contador de historias que vuelca el realizador en una película de semejante naturaleza. Interviniendo sobre el libreto de Kevin Reynolds, Milius se desnuda enfervorecido y vierte sus inquietudes mitológicas sobre la hoguera ritual. Conecta a sus jóvenes protagonistas con los padres fundadores de la nación, aquellos pioneros que conquistaban la naturaleza brutal, hibridándose con ella, como mostraba en su guion de Las aventuras de Jeremiah Johnson. Los bautiza en costumbres atávicas. Los viste de de guerreros míticos -el bereber de El viento y el león, el mongol de aquella acariciada ambición de llevar a la gran pantalla la vida de Gengis Kan-. Los enardece con las sentencias del presidente que encarnó estos valores viriles de arrojo y determinación: Theodore Roosevelt cargando con los Rough Riders en la colina de San Juan en la Guerra hispano-cubana.

De ahí proceden los escenarios salvajes a los que Milius dota de una textura lírica y legendaria, sobrecogedores y románticos, bastos y paternales, bañados por luces crepusculares. La extensa estepa, un caballo rápido, halcones en tu puño y el viento en tu cabello.

         En cualquier caso, atendiendo a este reconocimiento entre luchadores, Milius también trata de alejarse parcialmente del retrato monolítico del enemigo. Las victorias de los niños guerreros son una loa a la supremacía propia y un descrédito ridiculizante para las tropas rivales, pero junto a villanos de opereta y a los soldados que no dudan en asesinar mujeres y menores, también hay militares con pericia táctica -aunque sus métodos siempre tienen un punto cuestionable- y revolucionarios dubitativos y/o desencantados que respetan ideales que encuentran semejantes a los suyos. Ganarse los corazones es el secreto para vencer y convencer, afirma. Además, dejando de lado la hipócrita corrupción moral de su sistema, su Estado hipertrofiado y opresivo para con el ciudadano de a pie, y su afición por la cartelería propagandística de estilo constructivista, los comunistas pasan Alexander Nevsky en sesiones maratonianas en las salas de cine bajo su dominio, otra de las predilecciones de Milius.

De igual manera, en contraste con las llamadas a alzarse en armas desoyendo a los blandengues -los líderes políticos que cacarean solo en defensa de su propio interés, los padres que educan a sus hijos en el buenismo- y de las bochornosas operaciones de los Wolverines -guerrilla adolescente con la eficiencia de auténticos boinas verdes-, en los fotogramas hay desencanto y melancolía por el fin de la inocencia. El desquiciamiento de la mente torturada por la violencia, el patetismo que domina la ejecución del soldado ruso refugiado en el jeep, la consciencia de la muerte cierta, el enfrentamiento tajante ante la traición, también capturado con una frialdad y una distancia que pasman. Hay una vibración de duda en la voz estentórea que lee la soflama.

         Tiene remake estrenado en 2012. Cabría preguntarse si hay algún porqué más allá de la atosigante recuperación nostálgica de los ochenta.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 4,2.

Nota del blog: 5.

Warcraft: El Origen

31 Mar

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Año: 2016.

Director: Duncan Jones.

Reparto: Travis Fimmel, Toby Kebbell, Paula Patton, Ben Schnetzer, Ben Foster, Dominic Cooper, Daniel Wu, Robert Kazinsky, Clancy Brown, Ruth Negga, Burkely Duffield, Anna Galvin, Glenn Close.

Tráiler

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          Warcraft: El Origen, película basada en el popular videojuego, ni es película ni es videojuego. Ni uno puede entretenerse manejando a los personajes para dirigir la acción, ni percibe cualidades cinematográficas suficientes como para disfrutarla desde su simple visionado pasivo.

          El fracaso de esta hibridación entre dos mundos parte, principalmente, de un espantoso diseño de producción. A buen seguro, el fondo verde del chroma hubiera sido más expresivo que los escenarios de animación virtual desplegados en los fotogramas. Intercambiables en ambientación e iconografía con los de cualquier fantasía medieval, son imágenes sin peso, sin lenguaje, sin textura, sin fisicidad alguna. En ellas no se ve nada, dicho de forma simbólica pero en ocasiones también literal. Y donde no hay nada, uno no puede sumergirse para recibir impresiones o emociones. En Warcraft: El Origen no se convoca la ilusión necesaria para que el espectador se haga poseedor de ese universo extraño, para que perciba en él una entidad mínima que sea capaz de albergar una historia de la que sentirse partícipe.

A partir de ahí, la construcción del drama y de los personajes, de por sí pírrica y que quizás podría haber dado material para reinventar un buen divertimento de espada y brujería, se encuentra condenada a la estereotipación. Las relaciones entre caracteres se citan, aunque no se les consigue aportar sustancia -probablemente merecía mayor atención, si acaso, el punto de vista del orco Durotan-. La misma falta de corporeidad que afecta a los fotogramas, infecta a las criaturas y se extiende asimismo por el relato.

          La historia que cuenta Warcraft: El Origen está igualmente dañada de raíz, fruto envenenado de una producción calamitosa. Su objetivo fundamental es sentar las bases de un microcosmos particular y, en el mismo plano, mostrar las ramas de una saga épica por expandir en continuaciones ahora harto improbables.

Lo primero no lo consigue, pues todo queda en bosquejos zarandeados por una narración inconsistente y deslabazada que, por lo menos, tiene el acierto de no caer en una decisión común en los blockbusters del nuevo milenio, la de hipertrofiar el metraje -aquí a todas luces insostenible desde el punto de partida-. Lo segundo, atenta contra la integridad de Warcraft: El Origen como cinta independiente y le da la puntilla final a la obra.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 3.

Timbuktu

10 Dic

“Todavía voy al cine, aunque cada vez lo encuentro menos estimulante. En los últimos Óscar todas las películas nominadas en lengua extranjera eran mucho más interesantes que las películas americanas con más nominaciones. Me refiero a filmes como Ida o Timbuktu, que son muy superiores a las mejores películas americanas.”

John Boorman

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Timbuktu

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Timbuktu

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Año: 2014.

Director: Abderrahmane Sissako.

Reparto: Ibrahim Ahmed, Abel Jafri, Toulou Kiki, Layla Walet Mohamed, Mahdi A.G. Mohamed, Kettly Noël, Fatoumata Diawara, Adel Mahmoud Cherif, Salem Dendou.

Tráiler

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            Siempre es estimulante y sobre todo enriquecedor adentrarse en los relatos sobre el terrorismo islámico sin tener como intermediaria una mirada occidental lastrada por la distancia y cargada de prejuicios, muchas veces capaz de describir aunque no de comprender.

Timbuktu, primera película de Mauritania –coproducción francesa, eso sí- en atender a los premios a la mejor película de habla no inglesa en los Óscar –e imagino que de estrenarse en salas españolas-, una obra ambientada en la Guerra de Malí y la invasión de las regiones norteñas del país sahariano por los fundamentalistas islámicos de Ansar Dine, habla de la vida bajo la yihad en movimiento, donde no se escucha música, no se juega al fútbol, no se puede sentar uno a la puerta de casa,… pero donde aún se ama, se anhela, se filosofa, se conversa y se resiste.

            El prisma que emplea el director y guionista Abderrahmane Sissako es, por tanto, esencialmente humanista. Esto es, ninguno de los personajes que comparecen en esta película coral –ni los yihadistas, ni los habitantes de la ciudad, ni los tuareg ganaderos al margen de todo- pierde su esencia humana, con sus luces y sus sombras, unas u otras más o menos pronunciadas según cada individuo. Un marco íntimo y personal a través del cual ubicar, por extensión, cierto diálogo del islam consigo mismo –sobre todo entre el imán de la mezquita y el líder de los invasores-. Por lo general, su carácter es natural y verosímil, así como sus motivaciones, enmarañadas en un escenario global en el que se encuentra ternura, emociones reconocibles y la terrible sombra de la sinrazón.

            Desde la relativa comodidad occidental, resulta tentador criticar que los villanos internacionales más evidentes de este comienzo de siglo, los integristas islámicos, también puedan ser vistos como personas, con sus dudas, sus contradicciones, sus mezquindades y sus ridiculeces -al fin y al cabo, Timbuktu es una película fundamentalmente terrenal; poco hay de rastro divino en ella aparte de las citas vanas del Corán, refugio para toda clase de vulgaridades-. Y, en relación a esto, que la visión del conflicto sea asimismo demasiado delicada, dueña de un dolor estoico y una tristeza melancólica incluso durante las tenues pinceladas de humor que surgen producto de la enajenada inmoralidad extremista.

Hay que tener en cuenta la dificultad que, se presume, significa rodar una cinta de semejante temática en la región. De igual modo, cabría pensar que esa presunta tibieza forma parte de la citada perspectiva cultural no europea, menos filtrada por esquemas mentales impuestos por el desconocimiento o, peor aún, por las fórmulas de propaganda política.

            Sea como fuere, es loable esa resistencia privada y emocional que se plasma, principalmente, en uno de los más hermosos partidos de fútbol jamás rodados. Timbuktu se muestra proclive a extraer la tradicional poesía del paisaje imperturbable e inconmovible ante la suerte de los hombres, de esa lírica cotidiana de un mundo extraño, tan cercano y tan lejano, y tantas veces vista y tan bien considerada en el cine exótico que puebla muchos de los festivales especializados de cine.

En cambio, también aflora en el filme cierta sensación de desaprovechamiento, que emana de una narración en exceso fragmentada e incluso forzada o precipitada en determinados tramos; de una falta de concreción o de pulido en el trenzado de sus retazos de esta realidad problemática que, definitivamente, condense el estimable potencial de su discurso.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Los vikingos

26 Sep

“El cine es sangre, lágrimas, violencia, odio, muerte y amor.”

Douglas Sirk

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Los vikingos

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Los vikingos.

Año: 1958.

Director: Richard Fleischer.

Reparto: Kirk Douglas, Tony Curtis, Ernest Borgnine, Janet Leigh, James Donald, Alexander Knox, Frank Thring.

Tráiler

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            Ahora que la entretenida serie Vikingos (Vikings) ha devuelto al Valhala audiovisual a los feroces hombres del norte, formidables guerreros, expeditivos comerciantes y ávidos exploradores, tan denostados por los tópicos y la apropiación ilegítima desde execrables tribus urbanas, conviene rescatar una vez más el clásico de aventuras Los vikingos, de Richard Fleischer.

De hecho, ambos comparten inspiración: el caudillo semilegendario Ragnar Lodbrok, más parcial y fabulada en el caso del largometraje, donde pasa a ser un personaje secundario aunque determinante en el drama, ya que en su mismo inicio siembra el Destino en el presente mediante un asesinato y una violación. Por supuesto, encarnado por el físico contundente y expansivo de Ernest Borgnine, está lejos de la apariencia punky-apolínea de su nueva y contemporánea reencarnación, con cuerpo de Travis Fimmel.

            Rayana en lo operístico en su síntesis argumental y por la hermosura de sus imágenes como las valkirias añoradas por Richard Wagner, violenta y furibunda en su ejecución como demandaría cualquier vikingo que se precie, el filme de Fleischer -quien había probado su valía para el género (y para dirigir a Kirk Douglas) en 20.000 leguas de viaje submarino, contiene todos los elementos posibles para dar lugar a la acción, la aventura y el ensoñamiento romántico: expediciones de saqueo, duelos de hachas contra espadas, estéticos drekkar, sana camaradería bárbara, pozos infestados de perros hambrientos de sangre humana, intrigas palaciegas, tuertos que hierven en ansias de venganza, reivindicaciones morales del héroe marginal, sacrificios de pasión, triángulos amorosos marcados por los hados y enfrentamientos a muerte entre hermanos antitéticos.

            A pesar de que al cine de aventuras históricas suele pesarle en demasía la modernización de las reconstrucciones, donde el píxel otorga una cota de realismo inalcanzable para el cartón piedra, Los vikingos permanece fresca porque es tan festiva y embriagadora como esos banquetes en los que lúbricas doncellas no cesan de escanciar agria cerveza y que parece prolongar su espíritu arrollador en la manera en el que los rubicundos guerreros escandinavos abrazan la muerte. En efecto, esa manera desgarrada de invocar a Odín es una de los iconos que asocio a los comienzos de mi vida cinéfila y de historiador –de hecho, nunca la he querido ver sin doblar-.

En paralelo a su desatada orgía pagana, la cuidada construcción de caracteres consigue dotar de calado y carisma a los protagonistas. Ese Einar terriblemente mutilado, invadido por la furia, el desprecio y el coraje, es una de las mejores interpretaciones que uno recuerda a Douglas. Por supuesto, su calidad de productor le garantizaba el personaje más jugoso, complejo y atractivo de la función, ideal para lucirse. Y así lo hace. Su potencia llena la pantalla incluso en la última instancia: un magnífico desenlace en forma de duelo que exhibe la capacidad del guion para matizar con retazos de humanidad a unos individuos que no aparecen de un solo trazo.

            Contradictoriamente, las relaciones de los personajes afloran con toda su vivacidad ante la muerte, sobre todo en comparación con el sucinto romance principal entre la princesa Morgana (fulgurante Janet Leigh) y el esclavo Erik (su esposo Tony Curtis), otro ser que tampoco puede etiquetarse como un héroe clásico a causa de su ambigüedad, decantada por su orgullo y su evidente rudeza de animal herido –no hay más que observar su deleite cuando azuza el halcón contra su adversario-. Siguiendo esta circunstancia, da la casualidad (o la encomiable intención) de que ambos contendientes sufren por igual taras físicas.

            Desde sus hermosos títulos de crédito, que emulan el tapiz de Bayeux, hasta su apocalíptico desenlace a los pies de un castillo en los confines del mundo -repleto de planos cenitales que remiten al extremo abismal del Mar Venenoso temido por la mitología nórdica-, Los vikingos transportan al espectador a un mundo regido por el placer de la aventura y donde ésta queda expresada con un sentido muy físico e impetuoso. Como parecían apreciarla sus protagonistas.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

El día de los forajidos

25 May

“Es importante no olvidar que cuando se hace un western, las imágenes son más importantes que el diálogo.”

Anthony Mann

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El día de los forajidos

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El día de los forajidos.

Año: 1959.

Director: André de Toth.

Reparto: Robert Ryan, Burl Yves, Tina Louise, David Nelson, Alan Marshal, Venetia Stevenson, Jack Lambert, Lance Fuller.

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            Insertos en un plano general, dos vaqueros comparten su indignación ante el carromato de un granjero, cargado de alambre de espino para delimitar su propiedad y cortar así el paso a las cabezas de ganado. Paulatinamente, casi de manera imperceptible, la discusión de ambos socios sobre el atávico conflicto entre ganaderos y agricultores -uno de los episodios de la conquista del Oeste fundamentales en el western-, deriva en debate acerca de las pulsiones románticas sin resolver de uno de ellos, inmerso en un triángulo amoroso con el dueño de la finca aún por parcelar y su atractiva esposa.

            André de Toth, realizador de El día de los forajidos, un cineasta repleto de agallas y celoso de su independencia, no concede ni siquiera un primer plano que, como mandarían los cánones de Hollywood, refleje a través de los ojos del actor una explosión (o implosión) de emociones destinadas a subrayar visualmente y redoblar la fuerza dramática de lo ya expresado por el texto. De hecho, en la lejanía de la toma, apenas se acierta a atribuir cada frase a cada personaje.

            El día de los forajidos es un western seco, lacónico y profundamente pesimista. A cada problema que surge, la respuesta solo parece ser la muerte. El protagonista -un cowboy impetuoso que, cual semidios mitológico, fundó prácticamente con sus manos el poblado y al que le arrebatan el porvenir y el corazón unos granjeros advenedizos-, afirma que conocer el futuro es demasiada tarea para un hombre. Pero, al mismo tiempo, él, una fiera salvaje a la que se ha ido acorralando en la marginalidad, parece augurar en su primaria clarividencia que esta resolución infortunada es el único destino posible.

            Al igual que había hecho en el noir -su otro género predilecto-, en concreto a través de películas como Pitfall, De Toth subvierte subrepticiamente los arquetipos del western dentro de un marco en apariencia clásico y respetuoso con los códigos tradicionales –que también dejan notar su impronta en otros aspectos y roles del filme-. Como se aprecia en la introducción, su héroe (Robert Ryan, hombre parco en gestos) es en realidad una bomba a punto de explotar; un individuo con una inquietante carga psicótica en sus entrañas. Parte de la caterva de malhechores que en su huida con un botín de oro amenaza con asolar el lugar, también porta en sus alforjas un importante peso de culpa y necesidad de redención.

Aunque la intromisión de los bandidos en el inflamado conflicto terrenal y amoroso que se prometía en el planteamiento resulta un tanto incómoda, la fidelidad al agrio fondo y forma de la propuesta repara poco a poco el interés y la capacidad sugestiva del conjunto.

            La cruda atmósfera, electrizada por la tensión dramática de ese juego de deudas propias y ajenas, se potencia con la sobriedad espartana de la realización, estática y expectante. Su opresiva y casi indiferente distancia deja desnudos y desprotegidos a los personajes, lo que sitúa en la debida perspectiva su patetismo y sus virtudes, sus flaquezas y sus sacrificios. En una elogiable demostración de autoridad por parte de su cineasta, el desenlace, por supuesto, participará del estoicismo emocional y expresivo que gobierna la obra.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

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