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Una pistola al amanecer

14 Mar

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Año: 1956.

Director: Jacques Tourneur.

Reparto: Robert Stack, Virginia Mayo, Ruth Roman, Raymond Burr, Donald McDonald, Alex Nicol, Carleton Young, Leo Gordon, Regis Toomey.

Tráiler

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          Cínicos, trileros, filibusteros, rencorosos y obsesivos. Una pistola al amanecer se abre con un tiroteo y se cierra con uno de los “te quiero” más patéticos y en consecuencia demoledores del western. En su camino, deja un reguero de personajes ambiguos o equívocos, enzarzados en una disputa traumática, la Guerra de secesión estadounidense, que parece tener poco sentido en el remoto Colorado a medio conquistar.

Sumergidos en un escenario y una atmósfera envenenados, surgen individuos que sirven solamente a una causa estrictamente egoísta, que disfrazan sus apetencias personales con banderas patióticas, que rezan por conveniencia, que o poseen o aniquilan.

          Dada la confianza y la precisión con la que se maneja en los tiroteos el protagonista -un sureño que declara fidelidad únicamente a su persona y si acaso al dinero-, Una pistola al amanecer es un filme que concentra su violencia en el terreno psicológico y moral.

De igual modo, el conflicto bélico se equipara a un doble duelo amoroso, en el que el solitario beso que aparecerá en pantalla es robado y Jacques Tourneur, director cuyos amplios conocimientos visuales están curtidos en el terror y el noir de serie B, lo expone envuelto en espesas sombras. Es una de las mejores muestras de su talento para componer el malsano clima de la obra, a medio camino entre las tonalidades deslumbrantes del Technicolor y las tinieblas que dominan la narración y, particularmente, el interior de las criaturas que lo habitan.

          La tradicional visión romántica del combatiente sureño contrasta con la postura de Owen Pentecost, con el misterio de su convencido individualismo, que trasluce a través de la peculiar forma de mirar de Robert Stack. Enfrente, las tropelías unionistas se asignan a unas tropas irregulares que, a su vez, encuentran su contraposición de la nobleza marcial del coronel y el capitán que operan encubiertos, como un ejemplo más de las duplicidades y trucos que guardan bajo la manga los participantes en el drama.

En esta línea, el libreto contiene trazas de la tradición trágica del western, con una apropiación del mito de Edipo que, en manos de este pistolero en azarosa búsqueda de redención pero arrastrado por las circunstancias ajenas, adquiere un turbulento matiz consciente y prácticamente suicida, remachado con sentencias tremebundas en el diálogo: “Cuando aprenda a disparar me llenará el cuerpo de plomo y me ahorrará el trabajo de suicidarme”. La palabra es un arma arrojadiza en el desarrollo de un triángulo amoroso entre el nihilista en trémulo despertar de la conciencia, la inocente recién llegada y una tercera mujer de carácter que, asumiendo cualidades también míticas, procura forjar el destino propio y de quien la rodea.

          En el apresurado desenlace es donde más se perciben las urgencias de la producción, si bien las conclusiones aciertan a ser tan discordantes, espinosas e inciertas como el planteamiento, lo que dota de un sabor melancólico y profundamente amargo al filme.

De esta manera, las resoluciones y los cabos sueltos, especialmente en la faceta amorosa, resultan más descorazonadoras que decepcionantes, al quedar suspendidos sobre un espeluznante y triste vacío.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

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Western

20 Nov

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Año: 2017.

Directora: Valeska Grisebach.

Reparto: Mainhard Neumann, Suleyman Alilov Letifov, Reinhardt Wetrek, Veneta Fragnova, Viara Borisova, Kevin Bashev, Aliosman Deliev.

Tráiler

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         Género cinematográfico por excelencia, comparado tradicionalmente con la tragedia griega, el western es un territorio universal y atemporal  que en su dramaturgia, su mitología y sus códigos admite cualquier tipo de conflicto. Sus raíces, por tanto, pueden extenderse asimismo por otros campos del séptimo arte, por otras ambientaciones alejadas del Oeste norteamericano. Porque su esencia no depende del momento y del lugar.

         Con sus filiaciones expuestas desde el título -quizás con innecesaria explicitud, como le ocurría a Mi hija, mi hermana con los atuendos country-, Western traslada una serie de arcos argumentales característicos del género a un escenario contemporáneo y europeo: un valle búlgaro donde unos obreros alemanes preparan los cimientos de una central hidroeléctrica. Esta disposición le permite a la directora y guionista Valeska Grisebach tener unos forasteros -los alemanes- y unos indios -los búlgaros-, entre los que establece una relación fronteriza de recelo y contacto, de tensión y comprensión, desde la cual se dibuja un panorama más amplio que recuerda al western revisionista que tuvo su esplendor en los descreídos años setenta y en el que se reconstruía la epopeya de la conquista desde una perspectiva fiscalizadora, en la que se deslegitimaban las motivaciones del pionero heroico y providencial que persigue el Destino manifiesto en liza contra la adversidad de la naturaleza y el Otro, el enemigo. Este se tornaba una figura dudosa, parte de un contexto en el que arreciaban las corrientes críticas contra la política internacional intervencionista de los Estados Unidos, inmersos en el ardor de la Guerra Fría.

Una turbulenta situación, implantada incluso en el lenguaje popular -la expresión ‘la ley del Oeste’, empleada aquí en algún diálogo en su traducción como la ley del más fuerte-, y que, en el presente, se reajusta a la perfección al neocolonialismo económico derivado de la globalización y el ultraliberalismo.

El cine alemán concibió igualmente su propio western: los ‘bergfilms‘ o películas de montaña, una serie de relatos en los que se loaba igualmente el sometimiento del territorio, la supremacía del pueblo elegido sobre el orbe postrado a sus pies, y que significativamente alcanzarían su auge e iniciarían su decadencia a la par que el nazismo. “¡Que sepan que estamos de vuelta setenta años después!”, bromean los operarios durante una excursión etílica, que sigue al izado de la bandera en el monte extranjero y a una actitud de abierta prepotencia respecto a los nativos del pueblo. Las alusiones al pasado imperialista germano son meridianas, y desde el otro lado de la pantalla se ven reforzadas por la preeminencia de la política del país en el marco de la Unión Europea -e incluso su indisimulada arrogancia moral sobre los miembros más afectados por la crisis financiera de 2008-. Aunque los protagonistas de Western son, como eran los colonos del Oeste, otro grupo de personas arrinconadas por este mismo sistema predador.

         Este es el trasfondo en el que se mueve Western, y con el que se interrelaciona el segundo gran elemento del género que sostiene su argumento, esta vez circunscrito a un ámbito más intimista. Es el del concepto de la familia encontrada, el del desarraigado que se lanza al camino, hacia la tierra desconocida, y que en el curso de su peregrinación halla -o choca con- el anhelo emocional que le faltaba –Yuma o Bailando con lobos como ejemplos fundados en el encuentro entre culturas antagónicas-. Aquí es donde surge el protagonismo de Meinhard, autodescrito como un exlegionario con agrias experiencias en rincones recónditos del mundo y que se ha reciclado en obrero en Bulgaria solo por dinero.

A través de este personaje, Grisebach introduce un relato de comunicación y entendimiento entre obstáculos -hay cierta conexión ‘milagrosa’ en los saltos de idiomas que parece inspirada en Jim Jarmusch-, reconfortante en su lectura en cierta manera redentora pero no ahogado en costumbrismo y buenismo, con la insoslayable sensación de incomodidad que persiste, necesariamente, en un proceso de conexión tan volátil.

         Para lograrlo, la cineasta se basa en la sensibilidad de su composición humana y en el impecable naturalidad de su reparto, sin experiencia cinematográfica previa y comandado por la particular y expresiva estampa de Meinhard Neumann, quien en determinadas escenas, apoltronado con los pies en alto en el porche, parece un taciturno y digno Henry Fonda de derribo; decidido en el duelo, de misteriosa introspección en la paz.

Grisebach ofrece un cine de rostros, de presencias, de vibraciones. Sentimental y melancólico, como buen western fordiano, si bien con un velado toque irónico en su mirada hacia este entorno viril -además de económica, social y ecológica, la depredación es también sexual- y, a pesar de la belleza del paisaje escogido, con una estricta contención del nostálgico endulzamiento de la lírica visual, pues la obra se asienta sobre una realidad contemporánea declaradamente hostil a la poesía.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 8,5.

Un revólver solitario

12 May

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Año: 1956.

Director: Harry Horner.

Reparto: Anthony Quinn, Katy Jurado, Peter Whitney, Douglas Fowley, Whit Bissell.

Filme

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          Un hombre comparte su almuerzo con un perro callejero. Mira con desconfianza a los jinetes que se aproximan. “¿Quién es ese que está a las puertas de la taberna?”, pregunta el primero. “Solo un hombre. ¿A quién le importa?”, responde el otro.

Un revólver solitario explora el Oeste desde una perspectiva escéptica y agria, donde los mitos caen derribados por tipos que han aprendido a usar la pistola cinco años atrás y solo con el propósito de vengarse por unos hechos que ni siquiera se revelan, o que el propio finado ni siquiera parece recordar. Es un western donde el sheriff es un pobre diablo que carga con la placa a su pesar, donde los villanos crepusculares son tenderos ambiciosos y fanfarrones, y donde los pistoleros de ágiles muñecas solo aspiran a matarse ahogándose en whiskey. Un western donde el héroe, mexicano errante, naufraga entre la simplicidad, la timidez y la ebriedad, pues ni es pistolero ni es civil. Incluso aparecen ciertas alusiones temáticas a Los siete samuráis en el papel que desempeñan los aldeanos del villorrio decandente donde tiene lugar la acción, incapaces de afrontar sus miedos y desconfiados hacia quienes sí logran blandir un arma en su defensa.

          Lindante con la vertiente psicológica del género, en boga en la desquiciada década de los cincuenta -Katy Jurado bien lo sabía tras participar en la enseña de la corriente, Solo ante el peligro-, el de Un revolver solitario es, pues, un Oeste sumido en sombras de desencanto, desmitificación, amargura y desesperación. Después de la extraña presentación del protagonista, el linchamiento del sheriff lo confirma de la peor de las maneras con una escena de enorme agresividad por su sinrazón y por el patetismo de sus participantes.

          Película de serie B, el realizador de origen bohemio Harry Horner -padre del compositor James Horner y cuya carrera en el séptimo arte está más ligada al diseño de producción, cargo desde el que participa en otras obras turbulentas como El buscavidas o Danzad, danzad malditostraslada estas penumbras psicológicas al escenario ayudado por el director de fotografía Stanley Cortez, quien había creado un cuento expresionista con ellas en La noche del cazador. Un escenario que, además, filma generalmente mediante planos enteros y americanos.

          La estrechez de recursos y la distancia hacia los personajes confiere a la obra un aire un tanto estático o teatral. Un ambiente seco, hostil y aislante donde comparecen los conflictos internos de los personajes, relacionados también con estas sensaciones. El contrapunto lo ofrece el personaje de Jurado en un papel de mujer madura, fuerte y potencialmente redentora que, a pesar de esta solidez de base, posee una evolución un tanto más desdibujada. Aunque no es la mejor interpretación de Quinn, la bastedad, la ternura y la desorientación que despierta su rostro, sus gestos, su tozudez y su determinación, sustentan un argumento que en ocasiones echa en falta mayor firmeza narrativa, pues parece caer en redundancias y vacíos a pesar de sus breves 80 minutos de función.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 6,5.

Hasta que llegó su hora

25 Nov

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Año: 1968.

Director: Sergio Leone.

Reparto: Charles Bronson, Claudia Cardinale, Henry Fonda, Jason Robards, Gabriele Ferzetti, Frank Wolff, Jack Elam, Woody Strode, Al Mulock.

Tráiler

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           Más colosal, más barroca, con más estrellas, con (parte del) rodaje en pleno corazón del Oeste norteamericano. Con el western enterrado junto a Tom Doniphon en Shinbone, Sergio Leone posa sus abultadas maletas en Monument Valley, levanta la vista y contempla la casa de John Ford ultrajada por raíles de ferrocarril, signo inequívoco del fin de una época. Sin embargo, en la primera secuencia de Hasta que llegó su hora, un cuatrero malencarado declara la rebeldía anacrónica del filme arrancando de un tirón el cable del telégrafo, otro de los elementos que se emplean habitualmente para delimitar el crepúsculo del género… aunque, tal y como se verá a continuación, solo simboliza un acto postrero -el que, en paralelo, pretende cerrar una etapa personal para el creador de este microcosmos-.

           Contratado por la Paramount para rodar otro spaghetti western a la estela de su Trilogía del dólar antes de embarcarse en su anhelado proyecto Érase una vez en América, Leone despliega a gran escala a sus vaqueros mugrientos, barbados y pobretones. El cineasta, de tendencia natural a la megalomanía, extrema la patentada idiosincrasia de esta reinterpretación, mezcla de homenaje y caricatura, de un universo popular al que, entreverada con la épica y la ironía puntual, agrega asimismo una generosa dosis de melancolía, representada especialmente por el forajido Cheyenne, perteneciente a una raza antiquísima, el hombre, que se extingue. Los tiroteos, que se percibían cada vez más elaborados a lo largo de sus cintas previas, se enmarcan ahora dentro de una ópera desaforada en la que poderosos detalles como el uso de la armónica a modo de presentación del protagonista solo tienen sentido dentro de este contexto excesivo y fascinante, al igual que las frases lapidarias de resonancias bíblicas. De otra forma resultarían ridículas.

Todo es contraste. Chirridos de óxido como banda sonora de una epopeya grandilocuente.

           Hasta que llegó su hora repite numerosas constantes, de hecho, de la Trilogía del dólar. Precisamente, el sonido de la armónica es preludio de muerte, tanto en el sentido de que anuncia la venida de un vengador fantasmagórico, anónimo y parco en palabras, semejante al personaje de Clint Eastwood sobre todo en Por un puñado de dólares –una figura que a su vez el actor californiano se apropiará como director en Infierno de cobardes, El fuera de la ley y El jinete pálido-, como, por supuesto, por el reguero de cuerpos que el pistolero deja a su paso. De igual manera, la participación de este personaje en la trama plantea un misterio que se debe resolver mediante una catarsis sangrienta, a la manera del coronel Mortimer de La muerte tenía un precio. Y, como en El bueno, el feo y el malo, convergen sobre el relato tres protagonistas que encarnan arquetipos muy parecidos, aunque con la añadidura de una mujer (¡y qué mujer!): la superviviente interpretada por Claudia Cardinale. Ella es la ruptura frente al entorno exclusivamente masculino de la terna precedente, y aporta un contrapunto interesante con un personaje sólido y atractivo, de influencia arrolladora y determinante.

El correspondiente villano queda aquí en propiedad de Henry Fonda: el comprometido de izquierdas, los ojos azules del idealismo, el pensativo Wyatt Earp de Pasión de los fuertes que, no obstante, en la década anterior ya había ensayado amoldar a sus andares felinos a algún tirador turbio, como el del western psicológico El hombre de las pistolas de oro, o, en ese mismo 1968, el de Los malvados de Firecreek –aparte del ambiguo coronel Thursday de Fort Apache, trasunto del coronel Custer-. Sin contemplaciones hacia el astro ni hacia los espectadores desprevenidos, Leone, que hubiera sido capaz de prohibir que John Wayne se calzase su peluquín para rodar sus escenas, enfanga la imagen inmaculada de Fonda para transmutarla en psicópata despiadado e incluso osa exhibir la vulgar pelambrera de su espalda, acorde a los principios estéticos de este nuevo Oeste. Su irrupción es sobrenatural y terrible, un rayo que restalla entre el polvo y el silencio, para asentarlo igualdad de condiciones respecto de su antagonista, y a continuación fulmina de un disparo a un crío inocente mientras blande una sonrisa de perfección mitológica, para fijar sin lugar a dudas su esencia malvada.

Ambos, de naturaleza abstracta, trazan con su enfrentamiento una línea divisoria frente a los otros dos vértices del cuadrado principal, de naturaleza terrenal, más humana.

           La ambición le funciona bien a Leone, aunque también, cierto es, algunos pasajes se recargan en demasía y ahogan un tanto el ritmo bajo su peso. El italiano crea escenas tan poderosas como la de la apertura, donde el alargamiento del tempo redunda en el incremento de la tensión dramática a la vez que sienta genialmente el ambiente de este postwestern sobre el fin del western. Gracias a ello, elabora una obra a la que con frecuencia se sitúa en la cumbre de este subgénero que lleva impreso con letras de oro el nombre del director romano.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 8,5.

El grito

28 Oct

Un alarido para abrir las puertas entre la realidad y el delirio, la razón y la locura, los terrores sobrenaturales y los terrores cotidianos. La peculiar El grito, para la sección de estrenos en DVD/Blu-ray de Cine Archivo.

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Tom Horn

26 Abr

“El escenario más precioso del mundo no vale una mierda al lado del rostro de Steve McQueen.”

William Friedkin

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Tom Horn

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Tom Horn

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Año: 1980.

Director: William Wiard.

Reparto: Steve McQueen, Linda Evans, Richard Farnsworth, Billy Green Bush, Slim Pickens, Geoffrey Lewis, Elisha Cook Jr.

Tráiler

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            Tom Horn abre sus fotogramas en el atardecer, sobre el que se imprime rotulada la leyenda del protagonista: un hombre de la frontera, héroe de la conquista contra los apaches, que ahora vaga por los últimos espacios libres, en busca de la libertad por la libertad, hasta que se topa con sus últimos días en el Wyoming del comienzo del siglo XX.

Por tanto, no disimula sus intenciones de western crepuscular y marginal, explícitos desde esta simbología y esta prosa primigenias. Y así, en efecto, Tom Horn es todo agotamiento y terminalidad, en el que el otrora forastero errante y salvador ha quedado condenado a ser un monstruo de tiempos remotos o, en el mejor de los casos, un animal del circo ambulante de Buffalo Bill. Es un forajido a la fuerza, en conclusión, porque su libertad innegociable –así como su irreparable radicalidad moral y de acción, propia del superviviente- no tiene cabida en un mundo arreglado, incluso por medio de la ley, a la medida del poder, cómodamente asentado sobre estas vastas tierras roturadas por duros pioneros como él.

             “Me enamoré del Viejo Oeste a través de las novelas”, le reconoce una linda muchacha al bueno de Horn en cierta escena. El romanticismo de este territorio es ya simplemente una cuestión literaria, en absoluto factual. A diferencia de John Ford, quien concedía una retirada inadvertida pero honrosa a este Salvaje Oeste que encarnaba Tom Doniphon, tan valeroso como brutal, en Tom Horn esta redención honorífica no se vislumbra, presa como está del realismo exigido por el cine de su tiempo y por la evolución de un género que había atravesado décadas de crudo desengaño y escéptica revisión.

Aquí, los teóricos buenos se han convertido en una horda de asesinos que se diferencian de los villanos en que delegan su trabajo y, eso sí, pagan a tiempo, aunque con moneda envenenada –la villanía queda y cobarde del populacho, que ya exponía la corriente psicológica del género, en distintas variaciones, a través de obras como El hombre de las pistolas de oro, Cazador de forajidos o, sobre todo, Solo ante el peligro-. En definitiva, si a Cable Hogue le pasaba por encima un símbolo del progreso como el automóvil, a Horn lo que le atropella es un proceso judicial: la imagen de la civilización moderna, con su ley y orden, y que en realidad se encuentra levantada sobre intereses espurios y amañada mediante falsos testimonios.

             Tom Horn es una cinta preparada para el lucimiento de Steve McQueen, productor ejecutivo, cabeza de cartel de la obra y que por entonces se encontraba en un punto incierto de su carrera, con apenas un malogrado estreno desde la taquillera El coloso en llamas y con la huella del cáncer que se llevaría su vida ya impresa en su cuerpo. La función arrastra la carga de una realización brusca e irregular, que no consigue extraer la melancolía necesaria a los fotogramas. Es sin duda producto de la inestabilidad que dominó la silla del director durante la filmación, por la que pasaron cinco personas para satisfacer las exigencias del astro, entre ellas Don Siegel. Aunque, finalmente, y después de que los sindicatos impidieran a McQueen acreditarse al frente del rodaje, terminaría rodándola un director de telefilmes, William Wiard, es de suponer que en funciones de simple testaferro.

McQueen, por supuesto, permaneció a libre su antojo, con la interpretación a su aire. Fallecería menos de ocho meses después del lanzamiento de la película, penúltima de su filmografía y solo sucedida por la discreta Cazador a sueldo, otra elegía de un anacronismo.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

El hombre del Oeste

24 Sep

“En los días de Gary Cooper, James Stewart, etcétera, las estrellas de cine personificaban los mejores aspectos de la naturaleza humana.”

Alexander Walker

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El hombre del Oeste

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El hombre del Oeste

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Año: 1958.

Director: Anthony Mann.

Reparto: Gary Cooper, Lee J. Cobb, Julie London, John Dehner, Arthur O’Connell, Jack Lord, Royal Dano, Robert J. Wilke.

Tráiler

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           El Oeste es conquista. La imposición de una voluntad personal sobre el territorio ingobernable, sobre la sociedad esquemática, sobre uno mismo.

El Link Jones de El hombre del Oeste (Gary Cooper) se bate en duelo contra el pasado, que se niega a desasir sus garras de su figura, por más que éste, recién llegado al pueblo desde el polvoriento desierto, trate de dejar tras de sí un revolver cargado. A Jones le persigue su sombra; por más que cabalgue hacia el horizonte, lo único que halla en el itinerario son sus huellas pretéritas.

           La conquista de redención por parte de Jones es un camino de espinas. Espinas que se manifiestan en el violento grupo de forajidos al que le devuelve el azar, liderado con mano de hierro por el sanguinario Dock Tobin (Lee J. Cobb), último pistolero de una tierra ahora en paz y, además, tío del protagonista –pese a que su actor es diez años más joven que Cooper-. Cooper entra en la guarida de los cuatreros, se reencuentra con sus pecados y, cuando regresa al exterior, la oscuridad ya reina en el escenario.

El pasado también forma parte de la tragedia de Tobin, en este caso por motivos opuestos a los de su sobrino: para él, la desaparición de los viejos tiempos de asaltos a los bancos y la consiguiente construcción de un Estado y una ley establecida significa la consumación de su extinción definitiva, ya anunciada en su decadente crepuscularidad. Mientras uno ansía desprenderse de su memoria, el otro se aferra a ella.

Una situación antagónica y ambivalente que se extiende a las relaciones entre individuos que precipitan la tragedia y, andando el metraje, el clímax del filme: si el viejo Tobin readmite en la banda al dudoso Jones por puro amor, ignorando que sus cristalinos azules delatan su adquirida honestidad presente, ese mismo amor es el que impulsa a Claude (John Dehner), primo de Jones y mano derecha de Tobin –y un pretendido yo malvado de Jones-, a desenmascarar esa farsa forzada que, en la mente del anciano asaltador, ha quedado nublada por las lágrimas y los sentimientos.

           A medida que afloran y restallan estos conflictos en las entrañas de los personajes, El hombre del Oeste se torna una obra reconcentrada, hostil y malencarada. Desde el coqueto pueblecito donde se abría el filme, retratado con burdos tintes de comedia afines al presunto paleto que parece encarnar Cooper, los personajes avanzan hacia paisajes pelados y arrasados por el viento, hacia un sueño obsesivo –el asalto al banco de Lassoo- que revela la verdadera naturaleza de su ser, desolada y fantasmagórica.

De esta forma, Mann, amparado en un rocoso guion, compone un western de intensidad progresiva en el que, al modo de la imprescindible saga de filmes que rodase con James Stewart como protagonista –también era aquí la primera opción para el papel-, las dobleces y las sombras del alma de su antihéroe consiguen crispar la atmósfera de la cinta hasta volverla opresiva y angustiosa, plagada por una suciedad desmitificadora y agresiva que tardaría décadas en repetirse.

           De ahí, quizás, la desfavorable acogida que recibiría en América, en contraste con los elogios cosechados al otro lado del Atlántico, territorio más crítico y desengañado, y capitaneados por Jean-Luc Godard.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

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