Tag Archives: Forastero

Un revólver solitario

12 May

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Año: 1956.

Director: Harry Horner.

Reparto: Anthony Quinn, Katy Jurado, Peter Whitney, Douglas Fowley, Whit Bissell.

Filme

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          Un hombre comparte su almuerzo con un perro callejero. Mira con desconfianza a los jinetes que se aproximan. “¿Quién es ese que está a las puertas de la taberna?”, pregunta el primero. “Solo un hombre. ¿A quién le importa?”, responde el otro.

Un revólver solitario explora el Oeste desde una perspectiva escéptica y agria, donde los mitos caen derribados por tipos que han aprendido a usar la pistola cinco años atrás y solo con el propósito de vengarse por unos hechos que ni siquiera se revelan, o que el propio finado ni siquiera parece recordar. Es un western donde el sheriff es un pobre diablo que carga con la placa a su pesar, donde los villanos crepusculares son tenderos ambiciosos y fanfarrones, y donde los pistoleros de ágiles muñecas solo aspiran a matarse ahogándose en whiskey. Un western donde el héroe, mexicano errante, naufraga entre la simplicidad, la timidez y la ebriedad, pues ni es pistolero ni es civil. Incluso aparecen ciertas alusiones temáticas a Los siete samuráis en el papel que desempeñan los aldeanos del villorrio decandente donde tiene lugar la acción, incapaces de afrontar sus miedos y desconfiados hacia quienes sí logran blandir un arma en su defensa.

          Lindante con la vertiente psicológica del género, en boga en la desquiciada década de los cincuenta -Katy Jurado bien lo sabía tras participar en la enseña de la corriente, Solo ante el peligro-, el de Un revolver solitario es, pues, un Oeste sumido en sombras de desencanto, desmitificación, amargura y desesperación. Después de la extraña presentación del protagonista, el linchamiento del sheriff lo confirma de la peor de las maneras con una escena de enorme agresividad por su sinrazón y por el patetismo de sus participantes.

          Película de serie B, el realizador de origen bohemio Harry Horner -padre del compositor James Horner y cuya carrera en el séptimo arte está más ligada al diseño de producción, cargo desde el que participa en otras obras turbulentas como El buscavidas o Danzad, danzad malditostraslada estas penumbras psicológicas al escenario ayudado por el director de fotografía Stanley Cortez, quien había creado un cuento expresionista con ellas en La noche del cazador. Un escenario que, además, filma generalmente mediante planos enteros y americanos.

          La estrechez de recursos y la distancia hacia los personajes confiere a la obra un aire un tanto estático o teatral. Un ambiente seco, hostil y aislante donde comparecen los conflictos internos de los personajes, relacionados también con estas sensaciones. El contrapunto lo ofrece el personaje de Jurado en un papel de mujer madura, fuerte y potencialmente redentora que, a pesar de esta solidez de base, posee una evolución un tanto más desdibujada. Aunque no es la mejor interpretación de Quinn, la bastedad, la ternura y la desorientación que despierta su rostro, sus gestos, su tozudez y su determinación, sustentan un argumento que en ocasiones echa en falta mayor firmeza narrativa, pues parece caer en redundancias y vacíos a pesar de sus breves 80 minutos de función.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 6,5.

Hasta que llegó su hora

25 Nov

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Año: 1968.

Director: Sergio Leone.

Reparto: Charles Bronson, Claudia Cardinale, Henry Fonda, Jason Robards, Gabriele Ferzetti, Frank Wolff, Jack Elam, Woody Strode, Al Mulock.

Tráiler

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           Más colosal, más barroca, con más estrellas, con (parte del) rodaje en pleno corazón del Oeste norteamericano. Con el western enterrado junto a Tom Doniphon en Shinbone, Sergio Leone posa sus abultadas maletas en Monument Valley, levanta la vista y contempla la casa de John Ford ultrajada por raíles de ferrocarril, signo inequívoco del fin de una época. Sin embargo, en la primera secuencia de Hasta que llegó su hora, un cuatrero malencarado declara la rebeldía anacrónica del filme arrancando de un tirón el cable del telégrafo, otro de los elementos que se emplean habitualmente para delimitar el crepúsculo del género… aunque, tal y como se verá a continuación, solo simboliza un acto postrero -el que, en paralelo, pretende cerrar una etapa personal para el creador de este microcosmos-.

           Contratado por la Paramount para rodar otro spaghetti western a la estela de su Trilogía del dólar antes de embarcarse en su anhelado proyecto Érase una vez en América, Leone despliega a gran escala a sus vaqueros mugrientos, barbados y pobretones. El cineasta, de tendencia natural a la megalomanía, extrema la patentada idiosincrasia de esta reinterpretación, mezcla de homenaje y caricatura, de un universo popular al que, entreverada con la épica y la ironía puntual, agrega asimismo una generosa dosis de melancolía, representada especialmente por el forajido Cheyenne, perteneciente a una raza antiquísima, el hombre, que se extingue. Los tiroteos, que se percibían cada vez más elaborados a lo largo de sus cintas previas, se enmarcan ahora dentro de una ópera desaforada en la que poderosos detalles como el uso de la armónica a modo de presentación del protagonista solo tienen sentido dentro de este contexto excesivo y fascinante, al igual que las frases lapidarias de resonancias bíblicas. De otra forma resultarían ridículas.

Todo es contraste. Chirridos de óxido como banda sonora de una epopeya grandilocuente.

           Hasta que llegó su hora repite numerosas constantes, de hecho, de la Trilogía del dólar. Precisamente, el sonido de la armónica es preludio de muerte, tanto en el sentido de que anuncia la venida de un vengador fantasmagórico, anónimo y parco en palabras, semejante al personaje de Clint Eastwood sobre todo en Por un puñado de dólares –una figura que a su vez el actor californiano se apropiará como director en Infierno de cobardes, El fuera de la ley y El jinete pálido-, como, por supuesto, por el reguero de cuerpos que el pistolero deja a su paso. De igual manera, la participación de este personaje en la trama plantea un misterio que se debe resolver mediante una catarsis sangrienta, a la manera del coronel Mortimer de La muerte tenía un precio. Y, como en El bueno, el feo y el malo, convergen sobre el relato tres protagonistas que encarnan arquetipos muy parecidos, aunque con la añadidura de una mujer (¡y qué mujer!): la superviviente interpretada por Claudia Cardinale. Ella es la ruptura frente al entorno exclusivamente masculino de la terna precedente, y aporta un contrapunto interesante con un personaje sólido y atractivo, de influencia arrolladora y determinante.

El correspondiente villano queda aquí en propiedad de Henry Fonda: el comprometido de izquierdas, los ojos azules del idealismo, el pensativo Wyatt Earp de Pasión de los fuertes que, no obstante, en la década anterior ya había ensayado amoldar a sus andares felinos a algún tirador turbio, como el del western psicológico El hombre de las pistolas de oro, o, en ese mismo 1968, el de Los malvados de Firecreek –aparte del ambiguo coronel Thursday de Fort Apache, trasunto del coronel Custer-. Sin contemplaciones hacia el astro ni hacia los espectadores desprevenidos, Leone, que hubiera sido capaz de prohibir que John Wayne se calzase su peluquín para rodar sus escenas, enfanga la imagen inmaculada de Fonda para transmutarla en psicópata despiadado e incluso osa exhibir la vulgar pelambrera de su espalda, acorde a los principios estéticos de este nuevo Oeste. Su irrupción es sobrenatural y terrible, un rayo que restalla entre el polvo y el silencio, para asentarlo igualdad de condiciones respecto de su antagonista, y a continuación fulmina de un disparo a un crío inocente mientras blande una sonrisa de perfección mitológica, para fijar sin lugar a dudas su esencia malvada.

Ambos, de naturaleza abstracta, trazan con su enfrentamiento una línea divisoria frente a los otros dos vértices del cuadrado principal, de naturaleza terrenal, más humana.

           La ambición le funciona bien a Leone, aunque también, cierto es, algunos pasajes se recargan en demasía y ahogan un tanto el ritmo bajo su peso. El italiano crea escenas tan poderosas como la de la apertura, donde el alargamiento del tempo redunda en el incremento de la tensión dramática a la vez que sienta genialmente el ambiente de este postwestern sobre el fin del western. Gracias a ello, elabora una obra a la que con frecuencia se sitúa en la cumbre de este subgénero que lleva impreso con letras de oro el nombre del director romano.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 8,5.

El grito

28 Oct

Un alarido para abrir las puertas entre la realidad y el delirio, la razón y la locura, los terrores sobrenaturales y los terrores cotidianos. La peculiar El grito, para la sección de estrenos en DVD/Blu-ray de Cine Archivo.

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Tom Horn

26 Abr

“El escenario más precioso del mundo no vale una mierda al lado del rostro de Steve McQueen.”

William Friedkin

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Tom Horn

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Tom Horn

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Año: 1980.

Director: William Wiard.

Reparto: Steve McQueen, Linda Evans, Richard Farnsworth, Billy Green Bush, Slim Pickens, Geoffrey Lewis, Elisha Cook Jr.

Tráiler

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            Tom Horn abre sus fotogramas en el atardecer, sobre el que se imprime rotulada la leyenda del protagonista: un hombre de la frontera, héroe de la conquista contra los apaches, que ahora vaga por los últimos espacios libres, en busca de la libertad por la libertad, hasta que se topa con sus últimos días en el Wyoming del comienzo del siglo XX.

Por tanto, no disimula sus intenciones de western crepuscular y marginal, explícitos desde esta simbología y esta prosa primigenias. Y así, en efecto, Tom Horn es todo agotamiento y terminalidad, en el que el otrora forastero errante y salvador ha quedado condenado a ser un monstruo de tiempos remotos o, en el mejor de los casos, un animal del circo ambulante de Buffalo Bill. Es un forajido a la fuerza, en conclusión, porque su libertad innegociable –así como su irreparable radicalidad moral y de acción, propia del superviviente- no tiene cabida en un mundo arreglado, incluso por medio de la ley, a la medida del poder, cómodamente asentado sobre estas vastas tierras roturadas por duros pioneros como él.

             “Me enamoré del Viejo Oeste a través de las novelas”, le reconoce una linda muchacha al bueno de Horn en cierta escena. El romanticismo de este territorio es ya simplemente una cuestión literaria, en absoluto factual. A diferencia de John Ford, quien concedía una retirada inadvertida pero honrosa a este Salvaje Oeste que encarnaba Tom Doniphon, tan valeroso como brutal, en Tom Horn esta redención honorífica no se vislumbra, presa como está del realismo exigido por el cine de su tiempo y por la evolución de un género que había atravesado décadas de crudo desengaño y escéptica revisión.

Aquí, los teóricos buenos se han convertido en una horda de asesinos que se diferencian de los villanos en que delegan su trabajo y, eso sí, pagan a tiempo, aunque con moneda envenenada –la villanía queda y cobarde del populacho, que ya exponía la corriente psicológica del género, en distintas variaciones, a través de obras como El hombre de las pistolas de oro, Cazador de forajidos o, sobre todo, Solo ante el peligro-. En definitiva, si a Cable Hogue le pasaba por encima un símbolo del progreso como el automóvil, a Horn lo que le atropella es un proceso judicial: la imagen de la civilización moderna, con su ley y orden, y que en realidad se encuentra levantada sobre intereses espurios y amañada mediante falsos testimonios.

             Tom Horn es una cinta preparada para el lucimiento de Steve McQueen, productor ejecutivo, cabeza de cartel de la obra y que por entonces se encontraba en un punto incierto de su carrera, con apenas un malogrado estreno desde la taquillera El coloso en llamas y con la huella del cáncer que se llevaría su vida ya impresa en su cuerpo. La función arrastra la carga de una realización brusca e irregular, que no consigue extraer la melancolía necesaria a los fotogramas. Es sin duda producto de la inestabilidad que dominó la silla del director durante la filmación, por la que pasaron cinco personas para satisfacer las exigencias del astro, entre ellas Don Siegel. Aunque, finalmente, y después de que los sindicatos impidieran a McQueen acreditarse al frente del rodaje, terminaría rodándola un director de telefilmes, William Wiard, es de suponer que en funciones de simple testaferro.

McQueen, por supuesto, permaneció a libre su antojo, con la interpretación a su aire. Fallecería menos de ocho meses después del lanzamiento de la película, penúltima de su filmografía y solo sucedida por la discreta Cazador a sueldo, otra elegía de un anacronismo.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

El hombre del Oeste

24 Sep

“En los días de Gary Cooper, James Stewart, etcétera, las estrellas de cine personificaban los mejores aspectos de la naturaleza humana.”

Alexander Walker

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El hombre del Oeste

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El hombre del Oeste

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Año: 1958.

Director: Anthony Mann.

Reparto: Gary Cooper, Lee J. Cobb, Julie London, John Dehner, Arthur O’Connell, Jack Lord, Royal Dano, Robert J. Wilke.

Tráiler

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           El Oeste es conquista. La imposición de una voluntad personal sobre el territorio ingobernable, sobre la sociedad esquemática, sobre uno mismo.

El Link Jones de El hombre del Oeste (Gary Cooper) se bate en duelo contra el pasado, que se niega a desasir sus garras de su figura, por más que éste, recién llegado al pueblo desde el polvoriento desierto, trate de dejar tras de sí un revolver cargado. A Jones le persigue su sombra; por más que cabalgue hacia el horizonte, lo único que halla en el itinerario son sus huellas pretéritas.

           La conquista de redención por parte de Jones es un camino de espinas. Espinas que se manifiestan en el violento grupo de forajidos al que le devuelve el azar, liderado con mano de hierro por el sanguinario Dock Tobin (Lee J. Cobb), último pistolero de una tierra ahora en paz y, además, tío del protagonista –pese a que su actor es diez años más joven que Cooper-. Cooper entra en la guarida de los cuatreros, se reencuentra con sus pecados y, cuando regresa al exterior, la oscuridad ya reina en el escenario.

El pasado también forma parte de la tragedia de Tobin, en este caso por motivos opuestos a los de su sobrino: para él, la desaparición de los viejos tiempos de asaltos a los bancos y la consiguiente construcción de un Estado y una ley establecida significa la consumación de su extinción definitiva, ya anunciada en su decadente crepuscularidad. Mientras uno ansía desprenderse de su memoria, el otro se aferra a ella.

Una situación antagónica y ambivalente que se extiende a las relaciones entre individuos que precipitan la tragedia y, andando el metraje, el clímax del filme: si el viejo Tobin readmite en la banda al dudoso Jones por puro amor, ignorando que sus cristalinos azules delatan su adquirida honestidad presente, ese mismo amor es el que impulsa a Claude (John Dehner), primo de Jones y mano derecha de Tobin –y un pretendido yo malvado de Jones-, a desenmascarar esa farsa forzada que, en la mente del anciano asaltador, ha quedado nublada por las lágrimas y los sentimientos.

           A medida que afloran y restallan estos conflictos en las entrañas de los personajes, El hombre del Oeste se torna una obra reconcentrada, hostil y malencarada. Desde el coqueto pueblecito donde se abría el filme, retratado con burdos tintes de comedia afines al presunto paleto que parece encarnar Cooper, los personajes avanzan hacia paisajes pelados y arrasados por el viento, hacia un sueño obsesivo –el asalto al banco de Lassoo- que revela la verdadera naturaleza de su ser, desolada y fantasmagórica.

De esta forma, Mann, amparado en un rocoso guion, compone un western de intensidad progresiva en el que, al modo de la imprescindible saga de filmes que rodase con James Stewart como protagonista –también era aquí la primera opción para el papel-, las dobleces y las sombras del alma de su antihéroe consiguen crispar la atmósfera de la cinta hasta volverla opresiva y angustiosa, plagada por una suciedad desmitificadora y agresiva que tardaría décadas en repetirse.

           De ahí, quizás, la desfavorable acogida que recibiría en América, en contraste con los elogios cosechados al otro lado del Atlántico, territorio más crítico y desengañado, y capitaneados por Jean-Luc Godard.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Chuka

14 Sep

“El western es un mundo masculino, y me encanta”

Glenn Ford

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Chuka

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Chuka

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Año: 1967.

Director: Gordon Douglas.

Reparto: Rod Taylor, Ernest Borgnine, John Mills, Luciana Paluzzi, James Withmore, Victoria Vetri, Louis Hayward, Michael Cole, Barry O’Hara.

Filme

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          1876. Fort Claudennon sufre el asedio de los indios arapahoes, que llaman a sus puertas en busca de alimentos y munición. El contingente de caballería se atrinchera tras los muros, pero el enemigo se encuentra en el interior del fuerte, dentro de ellos mismos.

          Como ocurría en parte en Solo el valiente, otra cinta de Gordon Douglas ambientada en territorio marcial, la violencia y la tensión de Chuka se proyecta hacia las entrañas de los personajes, los cuales se despliegan como una legión de desarrapados carcomidos por sus deudas personales, decrepitudes morales y necesidades de redención ante la mirada de forastero que da nombre al filme (Rod Taylor), protagonista del relato y también dueño de sus tormentos de pistolero errante.

Así, incentivado también por la carestía del presupuesto, el escenario se reduce prácticamente al baluarte militar, abandonado en medio de la nada a causa de sus pecados y cuya alma enrarecida queda presentada, después de atravesar apocalípticas tormentas de nieve y arena, con una ración de latigazos administrados con rostro impasible.

          Los compromisos de sangre, los episodios de cobardía, los deberes masculinos de responsabilidad y los amores trágicos colisionan de este modo con la crónica de una caída militar –el metraje se abre con el desastre ya anunciado- que, a su vez, enraíza en la podredumbre de la conquista norteamericana, fundada sobre el abuso y el martirio de los indígenas, acorde a la agonía acre y descreída que experimentaba el género por aquel final de los sesenta. El purgatorio y el infierno a las puertas.

La atmósfera de Chuka, por tanto, es lúgubre y desesperada, y sobre ella solo sobresalen chispazos de complicidad viril forjados por el alcohol y la brutalidad, así como inesperadas e improbables esperanzas de futuro de femeninas curvas.

          Acompañado por Taylor -que no es un gran actor pero le aporta un curioso matiz más humano y accesible a su jinete solitario-, a quien se arropa por su parte con un atinado elenco de secundarios, este contexto dramático, repleto de jugosos contrastes y contradicciones, es el aspecto más destacado de una obra a la que, por el contrario, se le descubre cierto acartonamiento y pobreza en los decorados, en ocasiones también afectada por ciertas redundancias y caídas en el ritmo.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6,5.

Hombres violentos

14 Jul

“La épica es una de esas cosas que los hombres necesitan. De todos los lugares, ha sido Hollywood el que más ha abastecido de épica al mundo. En todo el planeta, cuando la gente ve un western –al contemplar la mitología del jinete, el desierto, la justicia, el sheriff, los disparos y todo eso–, creo que capta la emoción de la épica, lo sepa o no. A fin de cuentas, no es importante saberlo.”

Jorge Luis Borges

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Hombres violentos

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Hombres violentos

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Año: 1955.

Director: Rudolph Maté.

Reparto: Glenn Ford, Barbara Stanwyck, Edward G. Robinson, Dianne Foster, Brian Keith, Warner Anderson, Richard Jaeckel, Lita Milan, May Winn.

Tráiler

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            En el cine, el destino obra tanto sobre el villano como sobre el héroe. Si bien la advocación más popular de este sino inapelable pertenece al antihéroe del noir, irredimible por sus pecados pasados, siempre al acecho para hurtar la anhelada vía de salvación del protagonista, las figuras luminosas pueden encontrar asimismo que su ser, su destino, es de igual manera irrompible. En el western, por ejemplo, el ciclo Ranown –la serie de siete filmes producidos por Harry Joe Brown, dirigidos por Budd Boetticher y protagonizados por Randolph Scott-, componen una saga coherente que, cual ouróboros mitológico, impone a su jinete errante la obligación de desfacer entuertos, con su anuencia o sin ella, allá donde encamine sus pasos.

            El John Parrish de Hombres violentos (Glenn Ford) encarna al arquetípico forastero que, a causa de la pesada carga de horror y remordimientos que porta en sus entrañas, trata de esquivar su destino como agente de la justicia –o, mejor dicho, como guerrero- desinmiscuyéndose de los conflictos que desgarran el lugar donde se halla.

En este caso, su reticencia se debe al hartazgo fruto de su condición de veterano de la Guerra de Secesión estadounidense, lucha sangrienta, intestina y cainita; una reproducción de cada apocalipsis donde, desde el principio de los tiempos, el hombre se enfrentarse contra el hombre y que, de nuevo, con destemplada violencia, se repetirá entre el cacique ganadero (Edward G. Robinson) y los desamparados agricultores que habitan pueblo donde el fatigado Parrish ha ido a dar con sus huesos.

            El sencillo conflicto dramático de Hombres violentos nace de la resistencia contra el imperativo moral, casi físico, que embarga a Parrish y le impulsa a ejecutar una justicia manifiesta, universal, dentro de este duelo a priori maniqueo que parece definir la esencia de la humanidad. Una pulsión metafísica e irresistible, superior incluso al amor.

En lo posterior, surgen matices dentro de esa dicotomía primaria, sobre todo a partir de la presencia arrolladora de Barbara Stanwyck y su macbethiana dama. No obstante, el voltaje de este choque de caracteres pierde nervio e intensidad a medida que confluye con el desarrollo pseudobélico de este combate material, moral y melodramático. La película, correcta, apoyada en un reparto rotundo pero a falta de dar un paso adelante que desate por completo su fuerza, lo acusa.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

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