Tag Archives: Forastero

El gran silencio

22 May

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Año: 1968.

Director: Sergio Corbucci.

Reparto: Jean-Louis Trintignant, Klaus Kinski, Vonetta McGee, Frank Wolff, Luigi Pistilli, Mario Brega, Marisa Merlini, Spartaco Conversi, Raf Baldassarre, Carlo D’Angelo.

Tráiler

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          Django, con las manos agujereadas como Cristo, libraba su duelo final en un cementerio. Una de las huellas que Italia imprimía a su apropiación del western americano es un cierto sentido religioso que, no obstante, siguiendo el tono de sus producciones, puede resultar tan exaltado como irónico. En Por un puñado de dólares, el jinete errante de Sergio Leone también terminaba transformándose en un resucitado que regresaba de entre los muertos para impatir justicia. Las alusiones bíblicas de la Trilogía del dólar, exacerbadas por ese tremendo personaje que es el feo Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez, son tan precisas como sonoras.

          En cierta manera, el Silencio que da nombre a la película aquí comentada -y que además coincide con el de un reciente documental rodado en un monasterio cartujo de los Alpes franceses, un pistolero mudo que caza pulgares de asesinos, posee esa dimensión de ángel de la muerte. La madre que le ruega por la venganza de su hijo aparece como una Piedad entre la nieve. Su rival viste sombrero de cura y, manifestación de su naturaleza desviada, abrigo de mujer. El aura sobrenatural del forastero se completa con una horrible cicatriz que revela su pasado y que le encadena asimismo a una noción de muerte e incluso de fatalismo, puesto que el argumento traza un círculo a partir de uno de los villanos de la función: un banquero y juez de paz que comercia con el precio de las cabezas humanas.

Este cacique es, en sí mismo, la punta de un sistema degenerado. Los cazarrecompensas que cobran sus cabelleras siempre se ufanan de operar dentro de una escrupulosa legalidad. El auténtico bueno de la historia es un sheriff hábil con el revólver, recto en su código y campechanamente desengañado acerca de los tejemanejes y las promesas del poder constituido, pero es también un tipo cejijunto y por momentos bufonesco.

          El gran silencio posee una atmósfera extraña. Desde su insólita localización -uno de esos contados westerns de la nieve- hasta la discapacidad del protagonista, pasando por el arma que esgrime -una 7.63mm Mauser C96– e incluso por la relación romántica interracial que desarrolla. Es prácticamente un western estático -en ocasiones demasiado, hasta parecer que se estanca en un pesado limbo-. Todo ese desconcierto y oscuridad que anida en su fondo, electrizándolo, explosionará en un brutal desenlace que, aparte de su significación política, aporta a la obra otro especial toque de distinción.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Están vivos

20 Dic

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Año: 1988.

Director: John Carpenter.

Reparto: Roddy Piper, Keith David, Meg Foster, George ‘Buck’ Flower, Peter Jason, Raymond St. Jacques, Jason Robards III, John Lawrence.

Tráiler

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         En una década en la que, probablemente de forma un tanto tópica aunque no por ello injustificada, el cine de corte popular suele asociarse al consumo acrítico de palomitas por parte de hordas de adolescentes, los filmes de género de John Carpenter se alzan como un referente de causticidad subversiva y, huelga decir, de diversión. Están vivos puede que sea el ejemplo más bruto.

         Al igual hacía La cosa con los cuerpos que asimilaba -otro ente del espacio exterior que, a pesar de encarnar una maldad pura, puede mimetizarse con los seres humanos con poco esfuerzo-, Están vivos es una película que da la vuelta, como un calcetín, a las premisas del subgénero de invasiones extraterrestres que tanta presencia había tenido en un contexto de paranoia anticomunista en la que los pérfidos marcianos no eran sino una trasposición de los espías soviéticos que se infiltraban en el tejido social estadounidense, imitando al ciudadano corriente, para destruir desde dentro su modelo de vida y sus valores nacionales.

Y es que, ambientada en tiempos de crisis y hastío, en Están vivos son los garantes de ese American Way of Life quienes menoscaban la libertad del tipo de a pie por medio de subterráneas estratagemas -el materialismo, el consumismo, el fomento del individualismo, la competitividad homicida entre el proletariado, el elitismo, la propaganda a través del control de los medios de comunicación de masas…-. De una forma mucho más creíble que el anterior, por supuesto. Y también con una mayor vigencia, en vista de la deriva ultraliberal del país, así como su ascendencia sobre el resto de estados sujetos a una economía de mercado.

         Están vivos arremete contra todo: la economía predatorial, el culto al dinero, el nacionalismo como cortina de humo sometida al capital, la sobreexplotación del planeta, la falta de conciencia de clase, el conformismo que abraza un estado de consciencia artificial -análogo al posterior Matrix, por tanto- coloreado con abundantes sustancias tóxicas… No es una cinta nada sutil -con unas simples gafa de sol queda todo a la vista-, pero es endemoniadamente gamberra -ese recurso tan delirante y genial, por desvergonzadamente increíble, es prueba de ello- y, además, certera -bien conocidas son las alabanzas que le dedica el influyente filósofo Slavoj Žižek en su Manual de cine para pervertidos-.

         En esta trinchera de serie B, a la que Carpenter había regresado para recobrar su independencia y su amor por el cine, el argumento tampoco está excesivamente desarrollado, al igual que ocurre con los personajes. El protagonista sigue el arquetipo de forastero solitario propio del western -territorio tan querido por el cineasta- y está flanqueado por el tradicional compañero de fatigas -que ofrece otro ángulo desde el que censurar esa alienación y desconexión individualista frente a los problemas de la colectividad- y la mujer atractiva  -quien abre una subtrama romántica que, como ella misma, apenas está esbozada-. Pero, en cualquier caso, su aguerrida mala leche y su espíritu rebelde se elevan muy por encima de esta modestia.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Caza salvaje

13 Sep

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Año: 1981.

Director: Peter Hunt.

Reparto: Charles Bronson, Lee Marvin, Andrew Stevens, Carl Wathers, Angie Dickinson, Ed Lauter, August Schellenberg, Maury Chaykin, Scott Hylands, Amy Marie George.

Tráiler

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         Un año antes de que John Rambo regresara del Vietnam para verse convertido en una alimaña a la que acorralar, el trampero Albert Johnson ya demostraba en las inexpugnables montañas del Yukon canadiense que estaba entrenado para ignorar el dolor, las condiciones climatológicas, vivir de lo que da la tierra, comer cosas que harían vomitar a una cabra y, por supuesto, matar o morir. No por nada portará el rostro de un legendario tipo duro como Charles Bronson, imprescindible para escapar del hostigamiento del sargento de la Policía Montada Edgar Millen, que rivaliza con él en virilidad desde las curtidas facciones de Lee Marvin.

         Caza salvaje es un relato que se inspira -muy libremente, transformando la naturaleza de los personajes a su antojo- en la considerada como la mayor caza al hombre del país norteamericano, que es la que, en la década de los años treinta del siglo pasado, trató de cercar y cobrarse, perros, rifles y dinamita mediante, la cabeza del conocido como ‘El trampero loco de Rat River’.

Para narrar esta persecución feroz se había contratado a un experto en plasmar la violencia, Robert Aldrich, que ya había comandado a Bronson y Marvin en Doce del patíbulo. No obstante, terminaría renunciando a dirigir el filme por desacuerdos de producción. Lo reemplazará Peter Hunt, curtido en la edición y la realización al servicio del agente 007. Curiosamente, la carestía del proyecto se evidenciará en factores como los tosquísimos cortes del montaje, que llegan incluso a afectar al natural desarrollo de la historia.

         Al menos, esta rudeza formal concuerda con la noción de irracionalidad que preside una cacería enloquecida hasta el delirio, en la que rechina por tanto el papel del veterano Marvin y de su joven e inocente ayudante al lado de la turbamulta de garrulos y degenerados que pueblan este territorio al margen de las leyes de la civilización.

El argumento, mínimo en el fondo, avanza adusto y rocoso, con olor de testosterona revenida y con una banda sonora que hasta incorpora un crispante sonido de cuchillos amolándose. Encajonado en un decorado natural tan portentoso como hostil, el escenario es igualmente áspero y descreído -un perro moribundo es el desencadenante de la sinrazón irrefrenable; la mitad de los desdichados que buscan sus sueños en la última frontera perecen congelados, como avisa el tendero-.

         Dentro de la acción, y a través del desarrollo de personajes -a pesar de que deja descolgada como mujer florero nada menos que a Angie Dickinson y de que prestar más atención al sargento que al trampero, simple forastero westerniano-, Caza salvaje también intenta infiltrar detalles de crepuscularidad que hermanan a perseguidor y perseguido, identificados como caracteres en peligro de extinción. De ahí las similitudes que se pueden trazar -por supuesto con un lirismo mucho menor- con Los valientes andan solos, incluida la persecución aérea como signo aciago de un futuro sin honor ni humanidad.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6,5.

Sanjuro

10 Ago

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Año: 1962.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Toshirô MifuneTatsuya Nakadai, Yūzō Kayama, Mashao Shimizu, Takashi Shimura, Kamatari Fujiwara, Takako Irie, Reiko DanYūnosuke Itō.

Tráiler

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         La espada incontenible sigue desenfundada.

El éxito de Yojimbo (El mercenario) provocaría que la productora Toho conminase a Akira Kurosawa a rodar una segunda parte del ronin anónimo y justiciero que, andando los fotogramas, serviría de base para el antihéroe canónico del spaghetti western. Kurosawa, que en principio aceptaría encargarse solo de la redacción del libreto pero que terminará por ponerse también tras las cámaras, deriva sus aventuras errantes hacia territorios todavía más marcadamente lúdicos del chambara, el subgénero de espadachines de ambientación histórica nipona.

De ritmo ágil y ligero, esta idea se manifestará en detalles como la sangrienta resolución del duelo final, plasmada con un exhibicionismo impresionista ausente en la anterior. Aunque también es verdad que, si en Yojimbo la presentación definitiva del personaje consistía en una lucha mortal contra tres jugadores, en Sanjuro se realiza mostrando su ingenio y su capacidad de desvelar el engaño, de ver más allá de la simple apariencia.

         En todo caso, no cabe descartar en Sanjuro una cierta mirada desmitificadora hacia el protagonista y hacia el resto de representaciones históricas o fantasiosas que aparecen relato por medio del recurso del humor, de la torpeza de los nueve acompañantes a los que debe sacar constantemente de apuros o de los sabios consejos -o dulces regañinas- procedentes de una anciana dama, que percibe al ronin como un insaciable agente de la muerte apenas movido por motivación alguna.

De tal modo, Toshiro Mifune intensifica sus bostezos y sus rascadas. Y, sin embargo, el samurái errante continúa demostrando su capacidad para enredarse en entuertos en los que, desde su irreparable condición marginal, tan westerniana, ha de regenerar el orden moral de una sociedad a la que jamás podrá pertenecer y que incluso lo repudia abiertamente -las incesantes dudas de sus presuntos aliados, en este caso un grupo de jóvenes que trata de desenmascarar la corrupta conspiración que pretende descabalgar del poder al chambelán local-.

         En Sanjuro repite un puñado de actores de Yojimbo -Takashi Shimura, Kamatari Fujiwara, Tatsuya Nakadai…-, con roles además relativamente semejantes. Destaca la prolongación de este último como villano, quien por su oportunismo y su perspicacia está aquí destinado asimismo a ofrecer un reflejo en negativo del antihéroe, otro de los apuntes dramáticos que se esbozan en el libreto.

En este sentido, Kurosawa mantiene su precisión compositiva para expresar por medio del plano la relación del protagonista hacia el resto de personajes y hacia su entorno -la superioridad, la igualdad, la sumisión, la reverencia…-, al mismo tiempo que obtiene detalles líricos, como el uso de las camelias.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7,5.

Yojimbo (El mercenario)

9 Ago

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Año: 1961.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Toshirô Mifune, Tatsuya NakadaiKyū Sazanka, Seizaburo KawazuEijirō TōnoTakashi Shimura, Kamatari Fujiwara, Daisuke KatōIsuzu Yamada, Hiroshi Tachikawa, Yoko Tsukasa, Yoshio Tsuchiya, Namigoro Rashomon, Ikio Sawamura, Atsushi Watanabe.

Tráiler

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         El forastero surge de espaldas en un sendero polvoriento. Se detiene y se rasca el cuello, dubitativo, al llegar a la encrucijada. Lanza un palo al aire y, de este modo, decide el camino a proseguir. Su parada, una vez más, es un poblacho sumido en la violencia y la injusticia.

Un año antes del estreno de Yojimbo (El mercenario), Akira Kurosawa había constatado con Los siete magníficos que sus samuráis legendarios, honorables justicieros sin dueño que encaran el crepúsculo de su estirpe sacrificándose altruistamente por el prójimo desvalido, estaban hechos del mismo material mitológico que los pistoleros errantes del western. Los aires agónicos de Los siete samuráis, anticipo de la evolución posclásica del cine del Oeste, quedarán ahora en Yojimbo acentuados por la estética todavía más desarrapada del protagonista, por su naturaleza antiheroica evidenciada en sus procedimientos cínicos, con una reducción abstracta que incluso le niega el nombre. Desde ahí, tres años más tarde, el samurái reaparecería todavía anónimo, con la misma barba de tres días, el mismo aire desastrado y la misma pobreza sin cuento, si bien transformado en un tipo con sombrero vaquero, poncho, puritos ensartados en una mueca desdeñosa y mirada entrecerrada. Es Por un puñado de dólares, otro hito clave en la trayectoria del western.

         Lo cierto es que el argumento de Yojimbo, ubicado en el declive del periodo Edo, puede lucir influencias de una novela fundamental de la literatura noir como Cosecha roja en su presentación de un forastero que ejerce de destructiva cuña entre los dos poderes caciquiles que tiranizan una pequeña, remota y desprotegida localidad. La familia rota por los vicios del primogénito, los gestos de desconfianza hacia el recién llegado, el silencio sepulcral del lugar y el perro que porta en las fauces una mano cercenada le sirven a Kurosawa para establecer de un plumazo el contexto dramático en el que se sumerge el ronin, quien, en paralelo al espectador, cuenta además con la guía de un lugareño atropellado por la batalla, aquí un viejo tabernero. El cineasta japonés, que de por sí era un gran admirador de la obra de John Ford, tótem del género, también admitiría haber imprimido rasgos de Solo ante el peligro y Raíces profundas, grandes cumbres del Oeste.

         La atmósfera desapacible de este relato, en el que la amenaza es incesante, se plasma en la lluvia torrencial, en la polvareda huracanada. El ronin baila constantemente sobre el alambre, mientras uno de los villanos, que aparece armado precisamente con un revólver, ejerce de elemento disruptor o extravagante que azuza, con su temperamento imprevisible, el peligro alrededor del cual danza el protagonista. Los caracteres están compuestos asimismo con el molde del arquetipo, ya sea por su ferocidad, por su ignorancia, por su pusilanimidad, por su cobardía o por su entereza. En ellos se evidencia esta apropiación de un mundo que, en este caso, se encuentra en el Lejano Este, pero siempre desde un punto de vista inequívocamente japonés.

La banda sonora supone igualmente una ruptura de ascendencia foránea, con intervenciones de orquesta que rechazan la ambientación historicista. Tampoco se descartan las irrupciones de un humor de tono patético. Pero, por el contrario -o en la misma línea-, la expresión de la violencia tiene un tono desangelado -prácticamente sin cortes, en planos amplios donde se agitan los actores-, en cierto modo anticlimático a pesar de que, a través de ella, se da a conocer el protagonista, profundizando en la turbiedad de su esencia ambigua y misteriosa, apenas aclarada.

         En combinación con el resto de factores, de ahí mana una tensión dramática, reciamente sostenida por la realización de Kurosawa, que llevará al samurái sin nombre a convertirse en un personaje carismático y de gran popularidad, lo que fructificaría en una continuación facturada tan solo un año después que la presente.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

Una pistola al amanecer

14 Mar

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Año: 1956.

Director: Jacques Tourneur.

Reparto: Robert Stack, Virginia Mayo, Ruth Roman, Raymond Burr, Donald McDonald, Alex Nicol, Carleton Young, Leo Gordon, Regis Toomey.

Tráiler

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          Cínicos, trileros, filibusteros, rencorosos y obsesivos. Una pistola al amanecer se abre con un tiroteo y se cierra con uno de los “te quiero” más patéticos y en consecuencia demoledores del western. En su camino, deja un reguero de personajes ambiguos o equívocos, enzarzados en una disputa traumática, la Guerra de secesión estadounidense, que parece tener poco sentido en el remoto Colorado a medio conquistar.

Sumergidos en un escenario y una atmósfera envenenados, surgen individuos que sirven solamente a una causa estrictamente egoísta, que disfrazan sus apetencias personales con banderas patióticas, que rezan por conveniencia, que o poseen o aniquilan.

          Dada la confianza y la precisión con la que se maneja en los tiroteos el protagonista -un sureño que declara fidelidad únicamente a su persona y si acaso al dinero-, Una pistola al amanecer es un filme que concentra su violencia en el terreno psicológico y moral.

De igual modo, el conflicto bélico se equipara a un doble duelo amoroso, en el que el solitario beso que aparecerá en pantalla es robado y Jacques Tourneur, director cuyos amplios conocimientos visuales están curtidos en el terror y el noir de serie B, lo expone envuelto en espesas sombras. Es una de las mejores muestras de su talento para componer el malsano clima de la obra, a medio camino entre las tonalidades deslumbrantes del Technicolor y las tinieblas que dominan la narración y, particularmente, el interior de las criaturas que lo habitan.

          La tradicional visión romántica del combatiente sureño contrasta con la postura de Owen Pentecost, con el misterio de su convencido individualismo, que trasluce a través de la peculiar forma de mirar de Robert Stack. Enfrente, las tropelías unionistas se asignan a unas tropas irregulares que, a su vez, encuentran su contraposición de la nobleza marcial del coronel y el capitán que operan encubiertos, como un ejemplo más de las duplicidades y trucos que guardan bajo la manga los participantes en el drama.

En esta línea, el libreto contiene trazas de la tradición trágica del western, con una apropiación del mito de Edipo que, en manos de este pistolero en azarosa búsqueda de redención pero arrastrado por las circunstancias ajenas, adquiere un turbulento matiz consciente y prácticamente suicida, remachado con sentencias tremebundas en el diálogo: “Cuando aprenda a disparar me llenará el cuerpo de plomo y me ahorrará el trabajo de suicidarme”. La palabra es un arma arrojadiza en el desarrollo de un triángulo amoroso entre el nihilista en trémulo despertar de la conciencia, la inocente recién llegada y una tercera mujer de carácter que, asumiendo cualidades también míticas, procura forjar el destino propio y de quien la rodea.

          En el apresurado desenlace es donde más se perciben las urgencias de la producción, si bien las conclusiones aciertan a ser tan discordantes, espinosas e inciertas como el planteamiento, lo que dota de un sabor melancólico y profundamente amargo al filme.

De esta manera, las resoluciones y los cabos sueltos, especialmente en la faceta amorosa, resultan más descorazonadoras que decepcionantes, al quedar suspendidos sobre un espeluznante y triste vacío.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Western

20 Nov

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Año: 2017.

Directora: Valeska Grisebach.

Reparto: Mainhard Neumann, Suleyman Alilov Letifov, Reinhardt Wetrek, Veneta Fragnova, Viara Borisova, Kevin Bashev, Aliosman Deliev.

Tráiler

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         Género cinematográfico por excelencia, comparado tradicionalmente con la tragedia griega, el western es un territorio universal y atemporal  que en su dramaturgia, su mitología y sus códigos admite cualquier tipo de conflicto. Sus raíces, por tanto, pueden extenderse asimismo por otros campos del séptimo arte, por otras ambientaciones alejadas del Oeste norteamericano. Porque su esencia no depende del momento y del lugar.

         Con sus filiaciones expuestas desde el título -quizás con innecesaria explicitud, como le ocurría a Mi hija, mi hermana con los atuendos country-, Western traslada una serie de arcos argumentales característicos del género a un escenario contemporáneo y europeo: un valle búlgaro donde unos obreros alemanes preparan los cimientos de una central hidroeléctrica. Esta disposición le permite a la directora y guionista Valeska Grisebach tener unos forasteros -los alemanes- y unos indios -los búlgaros-, entre los que establece una relación fronteriza de recelo y contacto, de tensión y comprensión, desde la cual se dibuja un panorama más amplio que recuerda al western revisionista que tuvo su esplendor en los descreídos años setenta y en el que se reconstruía la epopeya de la conquista desde una perspectiva fiscalizadora, en la que se deslegitimaban las motivaciones del pionero heroico y providencial que persigue el Destino manifiesto en liza contra la adversidad de la naturaleza y el Otro, el enemigo. Este se tornaba una figura dudosa, parte de un contexto en el que arreciaban las corrientes críticas contra la política internacional intervencionista de los Estados Unidos, inmersos en el ardor de la Guerra Fría.

Una turbulenta situación, implantada incluso en el lenguaje popular -la expresión ‘la ley del Oeste’, empleada aquí en algún diálogo en su traducción como la ley del más fuerte-, y que, en el presente, se reajusta a la perfección al neocolonialismo económico derivado de la globalización y el ultraliberalismo.

El cine alemán concibió igualmente su propio western: los ‘bergfilms‘ o películas de montaña, una serie de relatos en los que se loaba igualmente el sometimiento del territorio, la supremacía del pueblo elegido sobre el orbe postrado a sus pies, y que significativamente alcanzarían su auge e iniciarían su decadencia a la par que el nazismo. “¡Que sepan que estamos de vuelta setenta años después!”, bromean los operarios durante una excursión etílica, que sigue al izado de la bandera en el monte extranjero y a una actitud de abierta prepotencia respecto a los nativos del pueblo. Las alusiones al pasado imperialista germano son meridianas, y desde el otro lado de la pantalla se ven reforzadas por la preeminencia de la política del país en el marco de la Unión Europea -e incluso su indisimulada arrogancia moral sobre los miembros más afectados por la crisis financiera de 2008-. Aunque los protagonistas de Western son, como eran los colonos del Oeste, otro grupo de personas arrinconadas por este mismo sistema predador.

         Este es el trasfondo en el que se mueve Western, y con el que se interrelaciona el segundo gran elemento del género que sostiene su argumento, esta vez circunscrito a un ámbito más intimista. Es el del concepto de la familia encontrada, el del desarraigado que se lanza al camino, hacia la tierra desconocida, y que en el curso de su peregrinación halla -o choca con- el anhelo emocional que le faltaba –Yuma o Bailando con lobos como ejemplos fundados en el encuentro entre culturas antagónicas-. Aquí es donde surge el protagonismo de Meinhard, autodescrito como un exlegionario con agrias experiencias en rincones recónditos del mundo y que se ha reciclado en obrero en Bulgaria solo por dinero.

A través de este personaje, Grisebach introduce un relato de comunicación y entendimiento entre obstáculos -hay cierta conexión ‘milagrosa’ en los saltos de idiomas que parece inspirada en Jim Jarmusch-, reconfortante en su lectura en cierta manera redentora pero no ahogado en costumbrismo y buenismo, con la insoslayable sensación de incomodidad que persiste, necesariamente, en un proceso de conexión tan volátil.

         Para lograrlo, la cineasta se basa en la sensibilidad de su composición humana y en el impecable naturalidad de su reparto, sin experiencia cinematográfica previa y comandado por la particular y expresiva estampa de Meinhard Neumann, quien en determinadas escenas, apoltronado con los pies en alto en el porche, parece un taciturno y digno Henry Fonda de derribo; decidido en el duelo, de misteriosa introspección en la paz.

Grisebach ofrece un cine de rostros, de presencias, de vibraciones. Sentimental y melancólico, como buen western fordiano, si bien con un velado toque irónico en su mirada hacia este entorno viril -además de económica, social y ecológica, la depredación es también sexual- y, a pesar de la belleza del paisaje escogido, con una estricta contención del nostálgico endulzamiento de la lírica visual, pues la obra se asienta sobre una realidad contemporánea declaradamente hostil a la poesía.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 8,5.

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