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Cuando los dinosaurios dominaban la tierra

11 Ene

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Año: 1970.

Director: Val Guest.

Reparto: Victoria Vetri, Robin Hawdon, Patrick Allen, Drewe Henley, Sean Caffrey, Magda Konopka, Imogen Hassall, Patrick Holt, Carol Hawkins.

Tráiler

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         A mediados de la década de los sesenta, a la Hammer le dio por explotar un filón consistente en turgentes mujeres prehistóricas en apuros entre alimañas antediluvianas y, peor aún, hombres primitivos con tremebundas pelucas y barbas postizas. El bikini de piel de Raquel Welch en Hace un millón de años -en realidad un remake de la producción estadounidense de 1940 del mismo nombre– se había convertido en un icono pop automático que se intentaría replicar en Mujeres prehistóricas -explícito título a cargo de Michael Carreras, guionista en la anterior-; Cuando los dinosaurios dominaban la tierra y Criaturas olvidadas del mundo -de nuevo con el tándem formado por Don Chaffey en la dirección y Carreras en el libreto-.

         Cuando los dinosaurios dominaban la tierra, en concreto, se basa en un planteamiento del que J.G. Ballard sentó las bases y Val Guest terminó de dar forma, si bien posee elementos similares respecto de la primera entrega de esta especie de serie exploitation -el antagonismo entre una tribu violenta que mora en las ásperas montañas y otra más tolerante que habita la más apacible costa, el inevitable amor prohibido entre dos representantes de ambas cosmovisiones-, e incluso de la segunda -la enconada enemistad entre rubios y morenos-.

Para heredar la despampanante lubricidad de Welch, la productora británica volvería a confiar en una norteamericana, Victoria Vetri, cuyas curvas la habían convertido en playmate del mes en septiembre de 1967. El estilismo volvería a realzarlas con un sugerente sujetador de piel un par de tallas por debajo de lo recomendable. La escasez material de la prehistoria, evidentemente. No obstante, de interpretación limitadísima y personaje algo pánfilo, no alcanza la presencia de la bolivianoestadounidense.

Para la otra parte del espectáculo, los monstruos, se recurriría a un modelaje y stop-motion semejante al canonizado por el maestro Ray Harryhausen -comparecen un par de plesiosaurios, un chasmosaurus, un rhamphorhynchus, un megalosaurius de interpretación vintage, unas babosas colosales y varios cangrejos gigantes que podrían pasar por ancestros de los de La isla misteriosa-, así como, puntualmente, un varano y un caimán disfrazados.

         Con estos ingredientes elementales y un presupuesto inferior al que lucía Hace un millón de años -con todo, los efectos especiales cosecharían una nominación al Óscar-, Guest se las ingenia para enhebrar una aventura sencilla pero sostenida con buen pulso, tanto o más si se tiene en cuenta que los diálogos son en un lenguaje inventado en el que apenas se emplea un puñado de voces -aprender el idioma, que es perfectamente posible en la hora y media de metraje, puede ser otro juguete para divertirse-.

Del relato, hay apartados particularmente desafinantes -las pequeñas escenas cómicas- y herramientas tan básicas como forzadas -ese megalosaurius con el don de la oportunidad-, pero también se atreve a introducir reflexiones críticas acerca de la propagación y el contagio del fanatismo en un contexto de pánico colectivo que responde a la consciencia de la vulnerabilidad ante la desgracia y lo desconocido. El espectacular paisaje canario constituye además un decorado estimulante y épico para este tebeo en movimiento y a todo color.

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Nota IMDB: 5,2.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 6,5.

El resplandor

9 Dic

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Año: 1980.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Jack Nicholson, Shelley Duvall, Danny Lloyd, Scatman Crothers, Joe Turkel, Philip Stone, Barry Nelson.

Tráiler

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          A Stanley Kubrick puede considerársele un autor transformador de géneros. Es decir, que pone su sensibilidad, talento e intereses por encima de los códigos y las convenciones propias del terreno por donde escoge encaminar su filmografía. Por ello, a la hora de adaptar la novela El resplandor, de un escritor fundamental en el terror, Stephen King, el cineasta optaría por ahogar su dimensión sobrenatural en favor de una mayor ambigüedad, más vinculada a una exploración de la enajenación y los arrebatos de locura que pueden hacer en presa en una mente como la de Jack Torrance, arrasada por la frustración -su estancada carrera literaria-, el aislamiento absoluto -el hotel cerrado durante cinco meses de crudo invierno- y unos antecedentes que apuntaban a que el asunto se encontraba ya ahí latente -la alusión a un episodio de “exceso de fuerza” hacia su hijo-.

Pero, además, esta naturaleza maligna se enraiza a través del relato con el catálogo de depravaciones y atrocidades que se manifiestan a través de los espíritus del siniestro hotel -otro holocausto familiar, fantasmas con terribles heridas, grotescas escenas sexuales- y, de paso, con la cara B de la historia de la forja de la nación -el recuerdo de la expedición Donner, donde los pioneros hubieron de recurrir al canibalismo para sobrevivir en mitad de un territorio hostil-. Un conjunto a partir del cual se podría conformar una subrepticia mirada crítica hacia la sociedad estadounidense -la conminación a Jack para que pase a ser parte de los hombres que cumplen con su deber y que escarmientan a esposas e hijos-.

          De ahí que esos espectros no tengan entidad propia, como en el libro de King, sino que Kubrick los apunte como emanaciones de una psicología trastornada, bien la de un padre desequilibrado que vendería su alma por una cerveza, bien la de un niño con aparentes problemas de sociabilidad, bien la de una mujer al borde de un ataque de nervios. No obstante, esta premisa conduciría a ciertas contradicciones, como por ejemplo en la imposible apertura de la puerta de la despensa, o a momentos ridículos como el final del personaje de Scatman Crothers. Supongo que es complicado subvertir por completo el texto original.

          De igual manera, en el aspecto formal, Kubrick reemplaza los sustos, la impresión repentina, por una constante irritación sensorial -la estridente estética de los interiores, las desaforadas sobreactuaciones y la apariencia de los actores; la banda sonora deformada por el sintetizador y los registros sonoros que incluso convierten el rebotar aburrido de una pelota en metrónomo de lo que parecía música…-. El terror está en esa atmósfera antinatural, bajo la que se convoca la personalidad intangible y malsana del Overlook, prácticamente un estado mental. Mediante la steadycam, el objetivo se arrastra tras los pasos de los personajes en su agobiante recorrido de unos pasillos que son tan intrincados como ese laberinto de setos que les aguarda en el exterior congelado.

          En cualquier caso, esta superposición de Kubrick termina dando de sí todo y acaba siendo más divertido contemplar, mirándo desde fuera la historia al igual que él, qué recursos visuales desarrolla y aplica el cineasta, y no tanto el relato de terror y locura en sí mismo que se cuenta de fondo.

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Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 7.

Las cuatro plumas

20 Nov

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Año: 1939.

Director: Zoltan Korda.

Reparto: John Clements, June Duprez, Ralph Richardson, C. Aubrey Smith, Allan Jeayes, Frederick Culley, Jack Allen, Donald Gray, John Laurie, Henry Oscar.

Filme

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         Hay un gag recurrente en Las cuatro plumas. Con sus aires de patriarca antiguo, el general Burroughs rememora su actuación durante la célebre carga de la brigada ligera británica en la Batalla de Balaclava, episodio de la Guerra de Crimea. Narra con tono épico su audaz liderazgo, aunque utilizando siempre nueces, manzanas, frutas y un dedo de vino para reconstruir el sangriento campo de batalla; una disposición que, combinada con su obcecada insistencia en el tema, ya traza unos rasgos irónicos sobre unos hechos que, no obstante, pocos años atrás habían servido como material legendario y heroico para el cine con, precisamente, La carga de la Brigada Ligera. Pero lo que el general Burroughs cuenta reiteradamente con tanta solemnidad es, en realidad, un desastre bélico en el que se perdería a la mitad del contingente. Al respecto, la Historia especula sobre los motivos que hay detrás de esta acción militar, desde rivalidades entre los aristrócratas al mando de los diferentes cuerpos hasta un intento de revertir, con un alto coste humano, las acusaciones de cobardía que, al parecer, se lanzaban contra la División de Caballería.

         Este último es, precisamente, el tema sobre el que gira Las cuatro plumas, basada en la popular novela del escritor, militar y político A.E.W. Mason y que, por aquel 1939, ya contaba con tres adaptaciones previas a la gran pantalla -y aún tendrá otro par posteriores a esta-. Como se comprueba con la ridiculización del general Burroughs, el filme pone en tela de juicio las hazañas militares que conforman parte esencial de la mitología del Imperio británico. De hecho, terminará por revelarse que tal muestra de arrojo de Burroughs no fue sino la carrera espantada de un caballo asustadizo que, a la postre, arrastró consigo a todo el regimiento. Desde ese sarcasmo, quedarán definitivamente desactivadas las severas advertencias de ese arrogante grupo de vejestorios que trata de amedrentar con cruentas anécdotas a un adolescente sensible para que prosiga la tradición familiar de entregar su vida al Ejército mientras, además, se lamentan por las comodidades que debilitan a las nuevas generaciones.

A diferencia del Lord Jim de Joseph Conrad, Las cuatro plumas no someterá al protagonista a un viaje íntimo y torturado hacia la raíz de su presunta flaqueza, hacia sus tormentos tanto impuestos como autoinfligidos. En lugar de eso, esta aparente cobardía del oficial que renuncia a su rango a fin de priorizar su deber familiar supone la espita que hace explosionar una aventura prodigiosa, rodada a todo color, con impresionantes escenario naturales en Sudán el auténtico tablero de la Guerra Mahdista que enmarca la ordalía de Harry Faversham- y entre amenazadores nativos que, para mayor realismo, a diferencia de los usos habituales de la época, no son occidentales burdamente maquillados -cosa que, a día de hoy, se agradece bastante-.

         Esta espectacularidad de la producción da una primera muestra de la ambigüedad que, en parte, condiciona el relato. Porque, a pesar de que se mantiene esa tendencia al retrato patético de las glorias militares -la alusión al “gran trabajo” de un capitán que amanece en un campo sembrado de cadáveres tras una derrota devenida por una serie de catastróficas desdichas-, la prueba de redención del protagonista, en la que este debe hacer un alarde de valor prácticamente suicida, también se encuentra estrechamente vinculada a la redención de un imperio que pugna por recuperar un terreno dejado de la mano de Dios pero que, en cualquier caso, considera que le pertenece y que, para más inri, le ha sido arrebatado por un tirano degenerado que se deleita contemplando torturas.

No obstante, no deja de tener su lógica en la medida de que Harry Faversham significa una refundación -más que una ruptura revolucionaria- de esa tradición que trataba de imponerle su padre y sus vetustos compañeros de batallitas. Es decir, una actualización de los valores nacionales en la que el coraje, en definitiva, cobra mayor sentido cuando se emplea no por cuestiones abstractas por completo rancias -el cumplimiento de las órdenes de un superior, la pretensión de escribir una página en la Historia o en la mitología nacional, el alarde de virilidad-, sino por asuntos concretos con plena vigencia humana -la fidelidad a la pareja, la responsabilidad con los camaradas, el compromiso solidario-. De ahí que también se ensalce como último testimonio de valor, con estética grave y ensalzadora, la decisión de Durrance.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota Filmaffinity: 7.

Nota del blog: 7.

Ned Kelly

4 Nov

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Año: 1970.

Director: Tony Richardson.

Reparto: Mick Jagger, Clarissa Kaye-Mason, Mark McManus, Ken Goodlet, Diane Craig, Martyn Sanderson, David Copping, Bruce Barry, Tony Bazell, Frank Thring.

Tráiler

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         El forajido Ned Kelly constituye una figura principal en la mitología popular australiana, en cierta manera encarnación del espíritu forjador del país, en esta ocasión en alzamiento contra la autoridad colonial británica. Y es crucial no solo en su tradición histórica, sino también cultural, puesto que, en 1906, en The Story of the Kelly Gang, será el objeto de una de las películas fundacionales del cine de Australia, que curiosamente había obtenido su independencia cinco años antes, casi al mismo tiempo que el nacimiento del cinematógrafo.

         Equiparable en esencia a las leyendas del western estadounidense como Jesse James, enfrentadas enconadamente contra las injerencias de un poder opresor, Ned Kelly será recuperado a lo largo de los años en diversas producciones -la última, La verdadera historia de la banda Kelly, estrenada de prácticamente de soslayo este verano-. En el caso que aquí nos ocupa, se trata de una cinta dirigida por Tony Richardson, uno de los nombres propios del Free cinema británico que, después de encadenar una serie de fracasos, llegaba desde la metrópoli para releer el mito en clave pop y, además, coetánea, ya que la revuelta del fuera de la ley en el territorio de Victoria encuentra paralelismos -incluidas alusiones directas a los unionistas- con el comienzo de The Troubles en Irlanda del Norte.

En refuerzo de esta idea, será Mick Jagger quien encarne al bandido de ascendencia irlandesa, como equiparando esa rebeldía contra la Corona condenada de antemano a la horca -el filme comienza de hecho por el ‘The End’- al cautivador malditismo de la estrella rock. Los ídolos del pueblo. Hasta, de inicio, tenía cabida en el reparto Marianne Faithfull, por entonces pareja del ‘frontman’ de los Rolling Stones -quienes por lo visto renunciaron a participar en el festival de Woodstock a causa de este trabajo actoral de Jagger-, si bien hubo de ser reemplazada debido a sus problemas con la droga.

         Richardson, que en su día ya había entregado una relectura iconoclasta de Tom Jones, cuenta las andanzas de Kelly y su grupo desde un estilo cercano al western sucio que, por aquellas fechas, realizaban cineastas como Sam Peckinpah -hay un juego pretendidamente cómico con el ritmo de la imagen que se veía en La balada de Cabel Hogue, estrenada ese mismo 1970, aunque también con antecedentes precisamente en Tom Jones-. Una irreverencia que se traslada a una narración informal, de montaje anárquico, que a la postre sume el relato en un evidente caos en el que resulta desastrosamente complicado identificar qué ocurre, quiénes están implicados y qué es lo que se pretende.

A la par, de la mano de la presencia de un astro musical en el elenco y del empleo de cantantes a modo de bardos elegíacos en la banda sonora, Ned Kelly también se emparenta con esa sensibilidad contemporánea, pop como decíamos, que se abría paso en Dos hombres y un destino y que cuenta con ejemplos posteriores como Los vividores o, volviendo a Peckinpah, Pat Garrett y Billy the Kid, la cual tenía su propia estrella invitada, Bob Dylan. Sin embargo, la elección aquí de dos cantantes de country estadounidense, Shel Silverstein y Waylon Jennings, juega contra la idiosincrasia de la obra.

Asimismo, Ned Kelly asume ese aire lisérgico que flotaba en el ambiente de la época, desde la marciana interpretación de Jagger hasta, anclándose en la historia, ese desenlace alucinado donde el ‘bushranger’ y sus acompañantes combaten a la policía enfundados en armaduras metálicas de aspecto medieval, lo que al menos entrega una escena ciertamente singular.

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Nota IMDB: 5,1.

Nota FilmAffinity: 4,3.

Nota del blog: 4,5.

Pasaje a la India

2 Nov

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Año: 1984.

Director: David Lean.

Reparto: Judy Davis, Victor Banerjee, Peggy Ashcroft, James Fox, Alec Guinness, Nigel Havers, Richard Wilson, Antonia Pemberton, Saeed Jaffrey, Art Malik, Michael Culver, Roshan Seth, Clive Swift, Ann Firbank, Roshan Seth, Sandra Hotz.

Tráiler

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          David Lean llevaba catorce años asumiendo el duelo por las malas críticas de La hija de Ryan cuando estrenó Pasaje a la India, que a la postre se convertiría en el último jalón de su obra cinematográfica. Taciturno durante el rodaje, quizás ese contexto existencial se perciba a través del personaje de la señora Moore, una anciana en permanente contacto con la noción de muerte que la rodea, con el temor de ser una simple figura que transita en un universo sin Dios ni sentido.

          Pasaje a la India se basa en una novela de E.M. Forster, autor refractario a que sus textos se trasladaran al cine, cosa que no sucederá hasta después de su fallecimiento. Finalmente, James Ivory -quien también había tanteado este libro en particular- hará de su literatura una importante fuente de inspiración para su filmografía –Una habitación con vistas, Maurice, Regreso a Howards End-. El relato original es una profundización en la imposibilidad de entendimiento entre un imperio, el británico, y sus territorios colonizados. Lean plantea este choque por medio del contraste. No solo durante la llegada de la protagonista a Calcuta, con la aglomeración, los burkas y los olores que provocan que una dama se lleve el pañuelo a la nariz, sino, sobre todo, por la disposición clasista de los ocupadores, cuyas advertencias acerca de las mezclas se reforzarán en lo visual -el tren que atraviesa parajes portentosos y enigmáticos pero también espacios reducidos a la miseria; los planos alternos entre las barriadas coloniales y las nativas- y, por consiguiente, en lo conceptual -nada como un sandwich de pepino para echar el freno a las pretensiones de aventura exótica-, hasta confluir con el ascenso de los movimientos independentistas indios.

          Una vertiente del drama, pues, parte de esta disensión entre culturas. Pero, en cualquier caso, Lean prefiere otorgar preeminencia a los conflictos íntimos de los personajes que a su alegoría o su manifestación política. Pasaje a la India se abre en un Londres lluvioso que es un caos de paraguas de negro fúnebre. Frente a ellos, la maqueta de un barco en el escaparate de una agencia de viajes aparece como un estimulante espejismo a ojos de la señorita Quested (Judy Davis), una joven en busca de nuevos horizontes. Es esta exploración la que va activando los resortes de la tragedia, desencadenados por la violenta colisión entre los encarnizados apetitos y represiones de la mujer.

Así pues, el subcontinente se abre paso como un nuevo mundo de excitación y sensualidad que obliga a ponerse a la protagonista delante del espejo, con traumáticas consecuencias. El deseo y el peligro, como ese magnífico y terrible Ganges en cuyas aguas flotan cadáveres y se esconden cocodrilos siempre al acecho. Lean lo desarrolla con escenas de alto voltaje, como la incursión en un templo abandonado repleto de esculturas eróticas, divinidades que observan e impulsos animales desatados, que luego encontrarán su anodida -y tranquilizadora- contraposición en esa figura del prometido inglés y, posteriormente, su resurgimiento en un paseillo hasta el juicio donde esa diosa perturbadora de ojos penetrantes aparece mutada en una estatua colosal de la reina Victoria.

          El cineasta es muy expresivo en la plasmación de las emociones de los personajes, aunque de vez en cuando caiga en recursos un tanto manidos -el viento penetrante que comunica las estancias del doctor y la joven; la tormenta que limpia la cargada atmósfera- o subrayados -la evocación del templo durante una noche tórrida-, e incluso algún personaje de fuerte contenido simbólico, como el inescrutable brahmán interpretado por Alec Guinness, no termine de funcionar. Sea como fuere, la excursión a las cuevas de Marabar marca el punto álgido de este misterio sobrecogedor, de esta llama que arde y que rebosa en las entrañas de la señorita Quested. También de esos ecos de muerte que convocan a la señora Moore, imbuidos ambos en una textura como ensoñada o alucinada. Lean es un artista filmando paisajes, imbricándolos en los procesos sentimentales de los protagonistas. Y aquí deja su muy estimable último ejemplo.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

39 escalones

21 Oct

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Año: 1935.

Director: Alfred Hitchcock.

Reparto: Robert Donat, Madeleine Carroll, Lucie Mannheim, Godfrey Tearle, Peggy Ashcroft, John Laurie, Helen Haye, Frank Cellier, Wylie Watson.

Filme

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         39 escalones comienza en un vodevil y termina en un vodevil. Porque, en realidad, el filme puede considerarse un número de un espectáculo de variedades en el que el espectador queda absorbido por una representación trufada de peligros, emociones y romanticismo. Un regalo para que uno pueda evadirse de la realidad cotidiana.

De hecho, el protagonista de 39 escalones es un tipo corriente que, en un giro clásico en el cine de Alfred Hitchcock, se ve envuelto por los caprichos del azar en una épica trama de espionaje que le llama a convertirse en héroe inesperado en defensa de la nación, sumida en un inquietante ambiente prebélico e infestada de perniciosos quintacolumnistas. Las apariencias siempre engañan. En otro rasgo recurrente del inglés, el protagonista de 39 escalones es también un falso culpable que ha de escapar de las acusaciones de asesinato que pesan sobre él.

La amenaza viene por múltiples frentes. Sin embargo, la fortuna sigue siendo juguetona y arroja a sus brazos a una hermosa muchacha que le ofrece además un objetivo amoroso. Héroe y galán. No falta de nada. El arranque, con enredos imposibles e interpretaciones exageradas, provoca incluso que pueda enarcarse la ceja en señal de excepticismo hacia esta historia en la que el tipo común, en vez de fugarse en su Canadá natal, decide seguir las pistas de esta aventura peligrosa. Pero el gesto muda hasta la sonrisa complacida en cuanto se entra en el juego. El humor es clave en ello.

         No sé cuántas películas de esta época, e incluso de tiempos posteriores, arrancan mostrando la suciedad que se acumula en el suelo de un music hall. Los niños lloran y el público es entrometido y respondón. Hitchcock, un as de la mala baba, despliega un arsenal de golpes satíricos a lo largo de 39 escalones. Este tono también anida en la composición de personajes, desde la carismática pareja esposada a la fuerza hasta los pintorescos secundarios -un villano familiar, un santurrón codicioso, un fenómeno de la memoria condenado a responder a lo que se le pregunta-.

Son mecanismos para conseguir la adhesión y engrasar este relato en el que se suceden vertiginosamente las situaciones de riesgo, motivadas por ese macguffin que es el secreto capaz de comprometer la seguridad de todo un país. Cuando mira por la ventana de su apartamento, el protagonista aparece simbólicamente encerrado entre líneas crispadas, atrapado en una realidad alternativa en la que la realización de Hitchcock convierte cada elemento cotidiano, cada figura, en un elemento sospechoso. Una realidad alternativa que es estimulante, divertida y emocionante.

         El éxito de El hombre que sabía demasiado y 39 escalones convertirían a Hitchcock en un director de renombre internacional.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

RocknRolla

7 Oct

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Año: 2008.

Director: Guy Ritchie.

Reparto: Gerard Butler, Tom Wilkinson, Thandie Newton, Mark Strong, Idris Elba, Tom Hardy, Karel Roden, Toby Kebbell, Jeremy Piven, Ludacris, Gemma Arterton, Jimi Mistry, Matt King, Geoff Bell, Michael Ryan, Dragan Micanovic, Nonso Anozie.

Tráiler

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          Con sus adeptos y sus detractores, Guy Ritchie se convertiría en uno de los directores más influyentes del cine criminal de comienzos de milenio gracias a Lock & Stock y Snatch. Cerdos y diamantes. Películas de peligrosos y excitantes bajos fondos retratados con potentes dosis de humor negro e ironía en el lenguaje y la trama, que las acercan a un tebeo filmado a ritmo de videoclip y poblado por personajes fulleros y carismáticos entre los que un grupo de amigotes persigue un macguffin imposible que les permitiría salir de la miseria para alcanzar esa idea de éxito que, precisamente, podría extraerse de los vídeos musicales o los anuncios de publicidad. Un mundillo cochambroso y cool a la par. Glamour barriobajero. Más emparentado con el Danny Boyle de Trainspotting que con el revisionismo pop de Quentin Tarantino.

Pero, después de inscribir su nombre con firmeza en la industria, Ritchie se la pegaría sonoramente con Barridos por la marea -el presunto regalo cinematográfico que le haría a su pareja, Madonna– y con la enrevesada y delirante Revolver. Quizás por ello, regresaría a sus fueros con el rabo entre las piernas, dispuesto a lamerse las heridas aplicando, una vez más, la fórmula ganadora.

          RocknRolla reproduce fielmente el esquema macarra de Lock & Stock y de Snatch tanto en lo visual -montaje dinámico, sobreimpresiones en los fotogramas, aderezos sonoros, banda sonora cañera…- como en lo argumental -incluidos los personajes pintorescos sacados de la mitología urbana, el argot y la coprolalia desatada; los pequeños conflictos entre colegas, aquí con la homosexualidad de uno de ellos en este universo tópicamente viril…-. Si en la primera era una timba de póquer la que destrozaba los sueños y metía en serios apuros a los protagonistas, malandros de poca monta, en esta lo será un intento de operación inmobiliaria. Ambas son partidas amañadas.

Estamos en el Londres de los pelotazos urbanísticos y el auge de la City, en el momento álgido de ostras, champagne y chanchullos previo al descalabro de la crisis financiera global de 2008. También en época de magnates exsoviéticos metidos a nuevos dueños del deporte inglés por excelencia, el fútbol, como Roman Abramovich, a quien se caricaturiza para dar forma a uno de los villanos de la función. No corren buenos tiempos para la vieja escuela. La antigua e imperial Britannia ya no es lo que era.

          Ritchie iguala y conecta ambos mundos como distintas escalas de un mismo juego -probablemente su nota más destacada- en el que los participantes emprenden una carrera contrarreloj con varios objetivos a conseguir y distintos premios en liza. RocknRolla se mantiene como una cinta divertida pero, a estas alturas, la baraja está ya bastante sobada y se conoce cuáles son las cartas marcadas.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog. 6,5.

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