Tag Archives: Reino Unido

Contrato en Marsella

10 Jul

.

Año: 1974.

Director: Robert Parrish.

Reparto: Anthony Quinn, Michael Caine, James Mason, Maureen Kerwin, Marcel Bozzuffi, Alexandra Stewart, Maurice Ronet, Patrick Floersheim, Catherine Rouvel.

Tráiler

.

         En 1971, The French Connection, contra el imperio de la droga, se había convertido en un clásico instantáneo del thriller, premiado con los óscares a mejor película, director, actor, guión adaptado y montaje. Tres años después se estrena Contrato en Marsella, una producción británica con estrella invitada del otro lado del Atlántico, Anthony Quinn, que repite tema -la acción policial contra el narcotráfico-, elemento francés -la localización- y villano elegante -allí Fernando Rey, aquí James Mason-.

         Contrato en Marsella parece tratar de arraigarse también en ese desencanto crepuscular del noir del que, además, tan bien se habían apropiado algunos cineastas galos con su propia versión, el polar, entre cuyos rostros destacaba Lino Ventura, con quien comparte apellido el agente de la DEA estadounidense que interpreta Quinn, quién sabe si por homenaje. Es precisamente este personaje el que sintetiza dicha sensación pesimista. Es un hombre que camina hacia el ocaso con las manos en los bolsillos en un muelle solitario, como un héroe trágico del western. Un león ahora encadenado a la silla de la burocracia. Un amante furtivo sin derecho al último beso.

La presentación de personajes es hábil para retratar la personalidad de los sujetos. Ubicado en el jardín de una mansión mediterránea, Mason aparece rico, distinguido y presumiendo de relaciones sociales y políticas. La imagen del éxito, alcanzada por las vías del mal -¿por cuáles si no?-. En cambio, el sicario que encarna Michael Caine, tercer vértice de este excelente triángulo de protagonistas, surge en una habitación oscura y vacía, arreglando un dispositivo con precisión y paciencia mientras en la alcoba le aguarda una mujer atractiva.

         Los diálogos que entrega el libreto también contribuyen a convocar esta atmósfera de hastío y cinismo, algunos de ellos con líneas rotundas y jugosas. Contrato en Marsella es una historia de hombres que tienen que hacer su trabajo, unos limitándose al convenio -“soy un hombre de familia, no puedo cambiar el mundo”-, otros llevándolo más allá – “no me pagan suficiente por mis emociones”-. Pero, más allá de este puñado de sentencias, el guion no está del todo madurado. Según asegura en sus memorias, Caine aceptó participar en la película antes de leerlo.

A medida que avanza el relato -que necesita de unas cuantas inconsistencias forzadas para moverse hacia adelante-, el equilibrio entre los protagonismos se va descompensando cada vez más, hasta dejar a Quinn bastante desconectado de un asunto al que se le volverá a integrar con torpeza. La evolución psicológica del agente -quizás el personaje que encerraba más potencial- está poco trabajada, uno de los puntos fundamentales para explicar por qué el filme no logra alcanzar fuerza dramática. E incluso la ambigüedad y la amoralidad del asesino a sueldo queda desdibujada. Con todo, hay un par de escenas resueltas de forma curiosa, y ambas relacionadas con el baile: una danza de cortejo con coches deportivos y una ejecución con pasos de vals.

.

Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 5,5.

La presa desnuda

8 Jul

.

Año: 1965.

Director: Cornel Wilde.

Reparto: Cornel Wilde, Ken Gampu, Bella Randles, Gert van den Bergh, Morrison Gampu, Eric Mkanyana, Sandy Nkomo, Franklyn Mdhluli, John Marcus, Richard Mashiya, Fusi Zazayowke, Joe Dlamini, Jose Sithole, Horace Gilman.

Tráiler

.

         Escasos aderezos requieren los relatos que se levantan sobre la premisa de la caza del hombre, capaces de desmontar de un plumazo el orgullo del ser humano como presunto dominador del mundo y, en función de la criatura que ejerza el papel de depredador implacable, de sintetizar con profunda abstracción que el hombre es lobo para el hombre.

En origen, La presa desnuda se basa en una aventura real que, al parecer, le ocurrió al explorador John Colter con los indios blackfoot en la Montana indómita, pero por motivos de producción esta será trasladada a la sabana sudafricana a duras penas englobada en los mapas del Imperio británico. Es decir, que la esencia colonial -el orgulloso hombre blanco enfrentado a un mundo de primigenio salvajismo que apenas domina y que lo puede dejar en inferioridad de condiciones a la primeras de cambio- es intercambiable -aquí incluso con semejante periodo histórico, el siglo XIX-. De hecho, es esa arrogancia colonial la que desencadena la ordalía a la que se someterá el protagonista.

         Obviamente, para que la película no se agote enseguida, La presa desnuda debe hacer concesiones al perseguido, en evidente inferioridad de condiciones ante unos guerreros que conocen el terreno y que lo superan en número y armamento. Pero el filme no es una fantasía del gran cazador blanco reivindicándose en lo más alto de la cadena trófica. En todo caso, la igualación viene por lo bajo, tal es el pesimismo que desprende una obra que denuncia el imposible entendimiento del ser humano con sus congéneres y su equiparación a las bestias salvajes, identificación que se trazará además a través de la recurrente inserción de planos de enfrentamientos a vida o muerte entre animales. Una naturaleza terrible y despiadada.

En esta línea, hay detalles que consiguen revestir de verosimilitud a la acción. Los milagros de los que es capaz este guía de safari que solo quería regresar a su granja son limitados: es muy hábil para burlar el acoso de sus perseguidores, pero las pasa canutas porque, entre otras cosas, y a pesar de sus recursos de superviviente, es tremendamente complicado apresar a un humilde lagarto o una torpe gallina de Guinea. Cornel Wilde, director y protagonista, sufre retortijones e intoxicaciones, y lo trata hasta con dosis de ironía, como el sorprendente deleite ante un caracol seco. Ese humor esquivo mediante el cual ya se había anticipado, por boca del entusiasmado traficante de marfil, que el safari iba a acabar en matanza.

         Siguiendo esta noción igualatoria, que concluirá con un elemental reconocimiento mutuo, ni el protagonista ni sus perseguidores poseen nombre. La mirada de La presa desnuda hacia la tribu africana no es reverente -su fiereza se expresa a través de tres ejemplos de tortura realmente atroces-, pero no se la puede considerar paternalista incluso en este reflejo de la crueldad innata de la especie humana. Transgrediendo algunos tópicos y convenciones, las conversaciones de los nativos, en un dialecto del bantú, están subtitulados -al menos en la edición española-, un elemento imprescindible para alumbrar, al menos, una mínima comprensión que se acompaña de la curiosa naturalidad que luce la vida en el poblado -lo que hace todavía más terrible ese festivo sadismo-.

En este sentido, los guerreros también demuestran sentimientos, sufrir dolor por la pérdida de sus seres queridos. Y, principalmente, no son simple carne de cañón que caen de pura imbecilidad barbárica -lo que podría reforzarse además por detalles de producción como la primacía de sus intérpretes en los títulos de crédito-. Por su lado, aparte de la mencionada soberbia de unos colonizadores que se jactan de la prosperidad que les puede traer el comercio de esclavos, la masacre de elefantes que acometen los europeos no se plasma con menor brutalidad. El protagonista estallará en carcajadas maníacas deseando que sus rivales ardan en el fuego.

         El propio Wilde bien valdría para representar esta película huesuda y fibrosa, huérfana prácticamente de diálogo. La agresiva realización -que pone de relieve lo físico, lo sensorial- mantiene con enorme tensión, dosificando el agobio y la variada angustia, el ritmo de esta carrera de la muerte, impulsada por la percusión tribal desde la magra banda sonora.

.

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7,5.

Cuatro hombres y una plegaria

1 Jul

.

Año: 1938.

Director: John Ford.

Reparto: Richard Greene, Loretta Young, David Niven, George Sanders, William Henry, C. Aubrey Smith, Alan Hale, Berton Churchill, Reginald Denny, J. Edward Bromberg, John Carradine, Barry Fitzgerald.

Filme

.

         “No me gustaba el argumento ni nada, de modo que solo era un trabajo que hacer. Les tomé un poco el pelo”, aseguraba John Ford a Peter Bogdanovich cuando este le entrevistaba. En parte, el maestro tenía razón en su evaluación de este encargo derivado de su contrato con la 20th Century Fox. El poco madurado, endeble y por momentos increíble libreto de Cuatro hombres y una plegaria -en el que por lo visto hay alguna aportación de William Faulkner difícilmente definible- está lastrado por un buen puñado de tópicos forzados -la espera alargada, la confesión truncada- y de giros efectistas -el asesinato que empuja exagerada e innecesariamente la trama, el descubrimiento del papel de otra paternidad-. Y, como muestra de ese socarrón desinterés del cineasta, podrían escogerse por su lado escenas humorísticas más bien desconectadas, caso de esa fordiana pelea de irlandeses chuzos en una taberna o esa marciana imitación que David Niven hace de Mickey Mouse, aparte del estilo interpretativo de una Loretta Young que la mayor parte de las veces parece sacada de una comedia romántica.

         Con todo, Cuatro hombres y una plegaria contiene elementos de interés en el fondo de la historia, como esa conspiración orquestada por una empresa armamentística que, no obstante, termina por ser bastante condescendiente con la figura del gran potentado y su lógica estrictamente mercantil, encargada de satisfacer una demanda -es decir, el mismo razonamiento que empleará el niño narcotraficante de la satírica Robocop 2-. Y esa trama literalmente global, que recorre los territorios del Imperio británico y más allá, deja secuencias destacables como esa revolución sudamericana escenificada en un poblado sumido en trágicas sombras expresionistas, con rotundas imágenes de la dignidad y el valor popular.

Por mucho desdén que confesara después Ford, su puesta en escena contiene fuerza expresiva para dotar de dramatismo y calor humano al relato y al dibujo de la personalidad de sus personajes. La presentación de los hermanos es tan concisa como efectiva. La manera en la que manifiesta la relación entre padres e hijos, o la reverencia y solemnidad del plano presidido por el retrato de la matriarca, son detalles cargados de sabiduría narrativa, así como de belleza y sentimiento.

         “Haces películas que no quieres hacer, pero hay que tratar de sobreponerse y entusiasmarse. Llegas al set, te olvidas de todo lo demás y les dices a los actores que lo están haciendo lo mejor posible, porque ellos también tienen que vivir de algo”, manifestaría Ford sobre estos trabajos alimenticios.

.

Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 7.

Sé a dónde voy

25 Jun

.

Año: 1945.

Directores: Michael Powell, Emeric Pressburger.

Reparto: Wendy Hiller, Roger Livesey, Pamela Brown, Finlay Currie, Murdo Morrison, Margot Fitzsimons, C.W.R. Knight, George Carney, Norman Shelley.

.

          Los contadores de historias no paran. Mientras se encontraban a la espera de conseguir cámaras para rodar a color A vida o muerte, Michael Powell y Emeric Pressburger no se tomaron un descanso; siguieron dando rienda suelta a su creatividad. Y, en un mundo en guerra, continuaron abundando en el humanismo que ya había definido Un cuento de Canterbury, que es un pequeño espacio milagroso dentro de la barbarie, una maravilla que resiste delicadamente en un escenario que amenaza con explosionar.

          Tomando su título de una emotiva balada foclórica escocesa -irlandesa según otras fuentes-, la cual además da pie para configurar unos originales títulos de crédito que aparte de para presentar al equipo técnico sirven para definir de un plumazo a la decidida protagonista, Sé a dónde voy es una película que habla acerca de venderse. De la existencia de valores que van más allá de lo material y que son los que dan sentido a la vida. Ambientada en la costa escocesa, frente a una isla de las Hébridas a la que la protagonista pretende alcanzar para sellar su matrimonio con un acaudalado industrial, Sé a dónde voy no trabaja sobre el simplismo reduccionista de enfrentar a un pijo urbanita frente a las costumbres tradicionales de los lugareños de un recóndito pueblecito. Es un relato bastante más matizado donde los personajes no proceden de un molde ni son de una pieza, sino que respiran y piensan con naturalidad. Pero, sobre todo, ese potencial pintoresquismo no sucumbe ante la típica tentación de paternalismo del visitante.

Hay un respeto que sobrepasa la idealización de unos modos de vida ancestrales y en decadencia. La melancolía con la que Powell y Pressburger expresan esa sensación de pérdida, sometida a la arrogancia miope del potentado capitalista, es sobria y estoica. Eso no es óbice para retratar el paisaje con un soberbio y hermoso romanticismo que, ya desde la llegada, sumerge la localidad en un velo de exotismo y leyenda, capaz de dejar en papel mojado, literalmente, las terrenales previsiones del recién llegado. Las incomprensibles voces del gaélico y la alusión a maldiciones centenarias concuerdan con la bruma que envuelve el camino, con el atarceder que cae sobre la costa. Luego, con una galerna que adquiere dimensiones esotéricas, vinculada a los deseos y las necesidades del personaje principal, atrapada contra su voluntad por unos designios que parecen provenir de fuerzas y consciencias sobrehumanas. Y, finalmente, con un terrible y sublime maelstrom que sintetiza la ordalía sentimental de Joan Webster, el clímax de esa pasión romántica que desprende la naturaleza y la historia del lugar.

          Mediante planos cuidadosamente encuadrados e iluminados, Powell y Pressburger insuflan idéntica calidez lírica a los pequeños gestos y, en especial, a los ojos de los perfectamente afinados actores, a unas miradas que son más elocuentes que las palabras. Como anticipaba la introducción, la creatividad de The Archers también se recoge en detalles de comedia, como un par de juguetonas elipsis -el sombrero de copa, la maqueta de una Escocia coronada con tartanes-. Podrían parecer incluso levemente discordantes dentro del tono que acaba por dominar la obra, pero forman parte igualmente de ese precioso oasis de sentimiento, de empatía y de humanidad que Powell y Pressburger construyen frente a la barbarie.

.

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

La vida futura

20 Ene

.

Año: 1936.

Director: William Cameron Menzies.

Reparto: Raymond Massey, Edward Chapman, Derrick de Marney, Maurice Braddell, Margaretta Scott, Ralph Richardson, Ann Todd, Cedric Hardwicke, Kenneth Villiers.

Filme

.

         El porvenir no era nada halagüeño en la Europa de mediados de los años treinta, sumergida en los efectos de la crisis económica posterior a 1929 y el ascenso de regímenes totalitarios que amenazaban con incendiar los rescoldos que humeaban desde la Primera Guerra Mundial. La vida futura, que en su momento gozaría del mayor presupuesto jamás destinado para una producción británica, situaría el comienzo de un conflicto de apariencia inevitable en enero de 1940, siete años después de que H.G. Wells publicase su novela, cuatro tras el estreno del filme y, a la postre, cuatro meses más tarde de lo que ocurriría en realidad. Además, anticiparía el horror y la desolación de los bombardeos aéreos sobre las ciudades y la población civil que marcarán a fuego el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial en suelo inglés. Es parte de la claridad analítica y literaria de Wells, que se encargaría también de adaptar el relato original al guion, auspiciado por el poderoso Alexander Korda.

         De hecho, dentro de esta historia ambientada en los años 1940, 1966, 1970 y 2036, probablemente sea este arranque el que mantenga una mayor fuerza, con un excelente empleo del montaje para insuflar la tensión, el miedo y finalmente el caos de la destrucción -los planos contraponiendo los carteles que anuncian la guerra combinados con los anuncios navideños, los rostros desencajados, las figuras que se agitan en el decorado, el ritmo de las imágenes…-, al que sigue una estremecedora, por creíble, situación de tablas bélicas que demuele todo hasta los cimientos.

Pero resultan hoy igualmente curiosas las formulaciones estéticas en el vestuario, como el que lucen los fundadores del nuevo orden mundial basado en el progreso científico -un concepto que quedaría seriamente perjudicado en su popularidad tras el desarrollo de las armas nucleares-, quienes aparecen enfundados en un uniforme luctuoso ciertamente siniestro, como lo serán asimismo sus métodos de explotación de los recursos naturales.

         No por nada, el mañana que imagina Welles se acerca a la utopía a través de lo que semeja la dictadura de una élite intelectual, opuesta diametralmente, eso sí, al caudillismo que dibuja para el periodo inmediatamente posbélico, donde una figura con un histrionismo que recuerda al de Benito Mussolini se erige en fuerza dominante -y en un escenario devastado por una pestilencia probablemente inspirada en lo que se vino a conocer como la gripe española-. Con todo, hay determinadas dudas, determinada noción de eterno retorno entre barbarie y civilización. El uso del reparto -con idénticos actores en uno y otro periodo- contribuye a reforzar esta sensación.

Sin embargo, esta dimensión sociopolítica se encuentra expuesta de forma un tanto superficial en el filme, más concentrado en el último tercio en tratar de deslumbrar al espectador con las maquetas de la ciudad del futuro. Un factor visual de inevitable envejecimiento a pesar del trabajado diseño de producción, como lo es también la grandilocuencia de un texto que los actores declaman mediante interpretaciones de engolada teatralidad. Más rotundo y evocador es ese factor espiritual, el del ser humano como una criatura cuya naturaleza se halla en la exploración y el descubrimiento del universo y de sí mismo, que cierra las conclusiones de Wells.

.

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5,5.

1917

13 Ene

.

Año: 2019.

Director: Sam Mendes.

Reparto: George MacKay, Dean-Charles Chapman, Colin Firth, Andrew Scott, Robert Maaser, Mark Strong, Richard McCabe, Anson Boon, Nabhaan Rizwan, Claire Duburcq, Benedict Cumberbatch, Adrian Scarborough, Richard Madden.

Tráiler

.

         Podría concluirse que el cine bélico aborda su principal objetivo, hacer sentir al público el horror de la guerra, a través de dos vías: la espectacular, que pretende sumergirle a uno en el terrible fragor de la batalla, y la íntima, que es la que trata de que asimile el estado psicológico y emocional del combatiente. Una no tiene por qué ser excluyente de la otra, pero no es fácil conjugarlas de forma equilibrada. Quizás Apocalypse Now sea la experiencia inmersiva más profunda jamás lograda en el género. Ni siquiera requiere de grandes enfrentamientos, entendidos como coreografiados movimientos de masas, explosiones tremebundas o sangre salpicando el objetivo -con  la excepción de la delirante cabalgata de las valkirias a orillas del Nùng-. En resumen, no es una experiencia meramente sensorial -con unos cánones marcados para el cine contemporáneo por la media hora inicial de Salvar al soldado Ryan-, sino que se vive como una alucinación que perturba víscera y mente, y que consigue hacer buena la máxima de que el infierno es la imposibilidad de la razón. En un paso más en dirección divergente, La delgada línea roja podría verse como una búsqueda estricta de la experiencia espiritual.

         Entiendo que intentar rodar una película bélica prácticamente en un plano secuencia -si bien con un par de cortes de montaje disimulados para no romper la ilusión de continuidad- aspira a construir esta experiencia inmersiva en la que el espectador se olvide de que está cómodamente sentado en una butaca y perciba el aguijonazo del miedo, de la adrenalina, de la confusión, del puro instinto de supervivencia en un escenario por completo hostil a la humanidad y a la vida. Expiación, más allá de la razón o Dunkerque lo afrontaban en parte, esta última con un mal ejemplo del empleo del aplastamiento mediante los estímulos sensoriales -el sonido que destroza los tímpanos-. Aunque estas muestras parciales son cada vez más abundantes en un cine reciente que concede enorme prestigio a este recurso. Y, en paralelo, Stanley Kubrick ya había sentado cátedra sobre cómo expresar la angustia de las trincheras de la Primera Guerra Mundial a través de rotundos travellings -la presente parece citar asimismo a Senderos de gloria por medio de una canción impropia de semejante atmósfera-.

Así pues, Sam Mendes, cineasta que en Jarhead había ensayado un retrato personal del marine estadounidense como individuo relativamente común sometido a una situación extrema, se lanza a por el plano secuencia completo en 1917, en la que recoge la esencia de las historias de su abuelo, el escritor Alfred H. Mendes, condecorado en dicha contienda, para arrojar su propia reconstrucción del infierno sobre la Tierra, ajeno a romanticismos, nostalgias o glorias de ningún tipo, por más que pueda sugerirlo el hecho de que se inspire en unas memorias.

         Sin embargo, este complicado alarde técnico no es imprescindible para invocar un descenso a los infiernos. En el caso de las películas bélicas itinerantes, aparte de la citada Apocalypse Now, también se puede acudir a estremecedores tours de force de otras latitudes como Nobi (Fuego en la llanura) o Masacre: ven y mira, que extraen su atronador poder de su capacidad para plasmar la sinrazón más absoluta. En 1917, este poder parece asomar en los paisajes fantasmagóricos, casi extraterrestres, que atraviesan los dos soldados a los que se envía en una dudosa misión para alertar a un regimiento de que no caiga en la trampa de los alemanes y su retirada estratégica. Frente a ello se contrapone el contraste de sus rostros jóvenes, inocentes, sufridos, desesperados; humanos en definitiva, así como de los puntuales e inesperados oasis de esperanza con los que se topan -los cerezos, la mujer-. El segundo resulta un tanto forzado, pero contiene momentos de agradecida delicadeza.

Por su parte, el plano secuencia no se traduce exactamente como esa mirada naturalista que podría corresponderse con la ausencia de artificios fundamentales en el lenguaje cinematográfico -el montaje, la elipsis-. Con constantes cambios de altura de la cámara, que llega a situarse con frecuencia por encima de los protagonistas o a ras de suelo, no se diría que son ojos humanos los que miran. Tampoco es un plano secuencia discreto, dado que insiste en revolotear alrededor de la cabeza de los personajes, evidenciando la presencia de una dirección artística, de esa creación artificial. Quebrando el encantamiento. Dejando fría la narración y el infierno que describe, a pesar del buen manejo de la tensión a lo largo de las dos horas de metraje y del punzante frenesí bélico de algunas escenas.

         De esta manera, cabe recordar la potencia dramática, simbólica y reflexiva de una imagen compuesta con talento e intuición: en Uno rojo, división de choque, un Cristo cegado ante un campo sembrado de cadáveres, bajo cuya efigie se produce la muerte más absurda de todas, le bastaba a Samuel Fuller para condensar la Primera Guerra Mundial y anticipar su ampliación en otros lugares y otros tiempos.

.

Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 6,5.

Un puente lejano

10 Ene

.

Año: 1977.

Director: Richard Attenborough.

Reparto: Sean Connery, Dirk Bogarde, Michael Caine, Anthony Hopkins, Christopher Good, Robert Redford, Gene Hackman, Ryan O’Neal, Edward Fox, James Caan, Elliott Gould, Liv Ullmann, Laurence Olivier, Maximilian Schell, Hardy Krüger, Walter Kohut, Wolfgang Preiss, Frank Grimes, Denholm Elliott. Siem Vroom, Eric Van’t Wout.

Filme

.

          El día más largo, uno de los cantos de cisne del sistema de estudios, con Darryl F. Zanuck comandando las operaciones, sentaría las bases para una serie de superproducciones bélicas que trataban de entregar un monumental docudrama de capítulos de la Segunda Guerra Mundial desde una perspectiva que, además, pretende reproducir la mirada de sus protagonistas, interpretados por una miríada de estrellas. Incluso en un Un puente lejano, ejemplo ya tardío de esta dinámica, hay planos subjetivos de las decenas de paracaidistas que saltan al campo de batalla -literal y cinematográfico-.

          Precisamente, al igual que El día más largo, Un puente lejano se construye a partir del libro de Cornelius Ryan, aquí adaptado por William Goldman. Contará con la participación en labores de asesoría militar de varios de los altos mandos implicados -al parecer también se habían visto envueltos Dirk Bogarde desde el servicio de inteligencia británico y el compositor John Addison como miembro del XXX Corps– e intentará localizar los escenarios naturales en los enclaves, o al menos en las cercanías, donde se desarrollaron los hechos que aborda: la operación Market Garden, llevada a cabo por los aliados en septiembre de 1944 y que suponía la mayor intervención aerotransportada hasta el momento, si bien se cerraría con un desastre igual de descomunal en su intento de tomar en Holanda una serie de puentes que abriría el paso a las fuerzas terrestres hasta la misma Alemania, con la idea puesta en lograr su rendición antes del cabo de año.

A la altura de semejante episodio, Un puente lejano disfrutaría del presupuesto más alto destinado hasta entonces a un filme del género -engrosado por los precios astronómicos que los comerciantes del entorno impondrían al aparato logístico de la producción- y de generosas aportaciones de material bélico para recrear el despliegue.

          Un puente lejano podría dividirse prácticamente en dos mitades. En primer lugar está la descripción minuciosa de los mecanismos del ejército aliado en la preparación y desarrollo del operativo, rotulado para facilitar la identificación y narrado desde cierto espíritu objetivo que comporta rehusar al recurso de dividir los bandos en héroes y villanos -tal y como había manifestado especialmente Tora! Tora! Tora!, que incluso contaba con equipos de rodaje diferentes-. Posteriormente, aunque anticipado por detalles dramáticos que denuncian las fallas de tal colosal maquinaria -los duelos de ego, las urgencias por las necesidades o la ambición; el retiro forzoso del oficial crítico, las objeciones de los generales descreídos, la fortuna como factor decisivo-, va tomando cuerpo una segunda vertiente donde las pretensiones del plan de oficina colisionan trágicamente con la realidad de la contienda, lo que sirve para potenciar la denuncia sobre el coste humano de toda lucha y, en consecuencia, la dimensión dramática de la cinta.

No deja de ser curioso que una obra de semejantes proporciones se centre en relatar una derrota. Aun así, la locura y el desatino que compone el telón del fondo -la escena del cargamento de boinas rojas es un detalle superlativo- no implica una renuncia a dotar de épica las acciones de los individuos que sufren los macabros juegos de la guerra.

          Ambas facetas encajan con naturalidad, bien engranadas por el guion, hábil para perfilar a la perfección las personalidades de los retratados -empujados asimismo por el carisma del excepcional reparto-, así como por el pulso que muestra Richard Attenborough desde la dirección, dominando tan aparatosa estructura narrativa, si bien la ambiciosa multiplicidad de focos y escenarios complica la limpieza de la exposición. A su vez, la espectacularidad de la función sigue en pie en la actualidad, aunque algo mellada ya para el espectador posterior a Salvar al soldado Ryan en su espectacularidad y en la crudeza a la hora de reflejar el destrozo moral pero sobre todo físico que supone la batalla.

.

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

A %d blogueros les gusta esto: