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El jardinero fiel

5 Jun

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Año: 2005.

Director: Fernando Meirelles.

Reparto: Ralph Fiennes, Rachel Weisz, Danny Huston, Hubert Koundé, Bill Nighy, Gerard McSorley, Pete Postlethwaite, Donald Sumpter, Archie Panjabi, Richard McCabe, Anneke Kim Sarnau, Sidede Onyulo, Nick Reding.

Tráiler

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           “Gracias por el regalo que me has hecho”, se le ocurre decir, torpemente, al manso diplomático Justin a la impetuosa activista Tessa después de haber hecho el amor. El jardinero fiel es una película que trata de cómo un hombre adormecido recibe un presente de vida -más heredado o transmitido que regalado- e intenta honrarlo hasta las últimas consecuencias. Porque es un presente envenenado: la capacidad de estar despierto significa tener acceso una realidad en la que, precisamente, la vida es un bien que se depreda, que se mercantiliza.

           Basado en una novela de John Le Carré, en El jardinero fiel la trama romántica -la construcción retrospectiva de este romance entre personalidades contrapuestas- confluye, como parte de una misma corriente, en un relato de denuncia en forma de thriller político acerca de las prácticas criminales de la industria farmacéutica en el África subsahariana, apoyadas en la lógica de un ultracapitalismo amoral que hace fortuna, literal y figuradamente, en los modelos de neocolonialismo que perpetúan las relaciones de dominación entre la antigua metrópoli y su antiguo imperio.

Fernando Meirelles, que venía de inflamar el mundo con su retrato de la vida y la muerte las favelas brasileñas, combina las imágenes suaves del recuerdo con la textura dura que sucede al crudo golpe contra la verdad que experimenta el protagonista. Sin embargo, ambas vertientes ya se revelan parte de un mismo todo a partir de la inquietud de la cámara, de la apariencia de inmediatez e inestabilidad de la que se dota a los fotogramas. El verismo de la realización -aunque con detalles muy ligados a estilos del periodo y decididamente entregada a la gente a la que retrata- consigue otorgar autenticidad a las escenas filmadas a pie de calle en Kenia.

           El jardinero fiel configura una lucha prácticamente en pareja -aunque no coordinada, debido a la necesidad de imponer un trauma para agitar la conciencia del diplomático-, tal es la magnitud de la conspiración a la que se enfrentan. “El objetivo del demonio no es la posesa; somos nosotros… los observadores…, Y creo…, creo que lo que pretende es desesperarnos, hacernos rechazar nuestra propia humanidad, Damien; reducirnos, en definitiva, a un estado bestial, irremediablemente vil y putrefacto, carente de dignidad, asqueroso… Inútil. Tal vez esté aquí el meollo de la cuestión: la inutilidad. Pues yo creo que la fe en Dios no es cuestión de lógica; creo que, definitivamente, es una cuestión de amor; de aceptar la posibilidad de que Dios nos ama…”, reflexionaba el padre Merrin en una escena -eliminada- de El exorcista. El jardinero fiel es una rebelión desencadenada por el amor -primero hacia el ser amado, luego por extensión hacia la humanidad- que se enfrenta de forma suicida contra los descomunales poderes fácticos que mueven los hilos de un sistema plutocrático y globalizado. Si bien el romance no es particularmente profundo y termina por quedar algo descompensado, es un ingrediente útil y suficiente para que la combinación dote de emoción a la denuncia.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Dredd

20 May

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Año: 2012.

Director: Pete Travis.

Reparto: Karl Urban, Olivia Thirlby, Lena Headey, Wood Harris, Domhnall Gleeson, Warrick Grier, Langley Kirkwood, Rakie Ayola.

Tráiler

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           Parece que Alex Garland se dio por vencido cuando intentaba redactar un libreto para el reboot del juez Dredd que explorase en profundidad las complejidades de un personaje que, en esencia, es una exudación satírica de las tentaciones parafascistas de unos Estados Unidos deformados desde un retrato distópico. Tras descartar hasta tres opciones previas, y con el fiasco de la adaptación cinematográfica de 1995 bien presente, el londinense escogería apenas una anécdota para lanzar las nuevas aventuras del policía, juez y ejecutor creado por John Wagner y Carlos Ezquerra, que quedan traducidas a un actioner semejante a La jungla de cristal o, mejor aún, a Redada asesina (The Raid), dado que el protagonista, acompañado de una inocente recluta, ha de abrirse camino a la fuerza en el megabloque de viviendas en que se encuentra acorralado por una mortífera dama de la droga y sus secuaces.

           La premisa no apunta alto en cuanto a posibilidades reflexivas, pero se asienta sobre una interesante e inusual ambientación futurista que en su introducción destaca, paradójicamente, por su realismo y su crudeza. Los escenarios son sobrios y reconocibles, ya que apenas se detecta en ellos la clásica estridencia con la que suele imaginarse el mañana -para luego ir sucumbiendo por el poco imaginativo paso del tiempo-. Apenas la desopilante señal luminosa del edificio de los jueces destaca en este escenario de ruinas, suciedad y pantallas que tienen su prolongación en este bloque-Estado donde se enclava la mayor parte del metraje. En contraste con esta realidad áspera y deslucida -y en un detalle significativo-, solo hay fulgor en la perspectiva alterada por los estupefacientes.

           Dredd destaca así por su contención. Hay multitud de planos lejanos -sobre todo cenitales- que presentan desde una mirada distante los sucesos que acontecen en esta megalópolis sumida en una desesperación cotidiana. La expresión de la violencia es gráfica y exagerada, acorde al espíritu original de las tintas de Ezquerra, pero también hay planos fríos en las ejecuciones que ponen en cuestión, aunque sea puntualmente, los procedimientos de los jueces y su rol dentro de esta sociedad despiadada. Frente a los bramidos de Sylvester Stallone proclamando que él es la ley, Karl Urban -que para alivio de los seguidores del cómic no se quitará jamás el casco- adopta el susurro rasposo de otro policía-justiciero, Harry, el sucio, para repartir la ley desde la punta de su Legislador. Igual ocurre con la villana, interpretada con hipnótica parquedad por Lena Headey. Los interesantes detalles de partida conducen luego a un desarrollo más rutinario de pura acción, si bien al menos solvente en su rodaje.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6,5.

Pasaporte para Pimlico

3 May

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Año: 1949.

Director: Henry Cornelius.

Reparto: Stanley Holloway, Barbara Murray, John Slater, Raymond Huntley, Hermione Baddeley, Philip Stainton, Paul Dupuis, Jane Hylton, Betty Warren, Roy Carr, Margaret Rutherford, Basil Radford, Naunton Wayne.

Tráiler

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         La premisa argumental que sienta las bases de Pasaporte para Pimlico no deja de ser una ocurrencia: el estallido accidental de la penúltima bomba que quedaba de la Segunda Guerra Mundial descubre a los habitantes de un barrio londinense que, en realidad, no son británicos, sino súbditos del ducado de Borgoña. Pero su desarrollo, aunque satírico, no deja de arrojar serias cargas de profundidad no solo en su descripción de la relación entre los ciudadanos y el orden establecido -en ocasiones un Leviatán muy alejado de sus necesidades-; sino también acerca de los mecanismos que se esconden detrás de los movimientos nacionalistas y de su gestión por parte de los poderes fácticos. Que no dejan de ser otras ocurrencias al servicio de muy determinados intereses, como se puede vislumbrar en el estruendo que provocan determinadas corrientes políticas en este cierre de década.

         El filme se erige fundamentalmente en un canto a la capacidad solidaria y humana de la pequeña comunidad, dentro de un contexto que tiene bien presentes los esfuerzos realizados durante la resistencia desde suelo inglés contra los nazis y que, al mismo tiempo, contempla con mirada afligida terribles sucesos de posguerra como el bloqueo de Berlín. Esto es, un tema clásico de la Ealing en la segunda mitad de los años cuarenta y que aquí se acomete con concisión y sencillez en un relato que logra capear las dificultades que implica dar continuidad al golpe cómico de partida y que está habitado por un reparto coral con los roles sociales bien definidos, interpretados por rostros conocidos de la casa impecables en su función.

         Pero, como decíamos, aparte de esta contraposición entre la autorregulación popular frente a la burocrática legislación estatal -un sueño de una noche de verano que tiene un punto de coqueto gozo de la anarquía y también de mala leche desde unos títulos de crédito que se despiden con sorna de los bonos de racionamiento y los cupones para adquirir ropa-, el análisis político de Pasaporte para Pimlico ofrece punzantes pistas a propósito del funcionamiento de las relaciones internacionales, en especial en lo tocante a los vínculos y estrategias de colonización y/o sometimiento entre una potencia imperial y un país de menor pujanza. Estas, además, aparecen siempre enfocadas desde esa perspectiva empática y llana, a pie de calle, desde la conciencia del ciudadano común -aquí elevado al nivel de los gerifaltes del Gobierno, hasta alcanzar a mirarlos a los ojos-. Y se abunda asimismo en cómo algunas fuerzas -particularmente las económicas y amorales- se sirven de ello para sus propios propósitos.

Es decir, vertientes que, setenta años después, confieren cierto punch de actualidad a la película.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

La selva esmeralda

1 Mar

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Año: 1985.

Director: John Boorman.

Reparto: Charley Boorman, Powers Boothe, Meg Foster, Ruy Polanah, Dira Paes, Paulo Vinicius, Claudio Moreno, Eduardo Conde, Gracindo Júnior.

Tráiler

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          En uno de sus filmes más célebres, Defensa, el británico John Boorman enfrentaba al soberbio urbanita, que en su orgullo cree gobernar incluso la naturaleza indómita, contra su verdadero miedo y desprecio hacia el entorno rural y agreste, enclavado este en los montes Apalaches. El hombre occidental, por mucho que dicte su orgullo, se revelaba aún terroríficamente vulnerable ante la inmensidad de lo salvaje.

Este antagonismo es todavía más evidente en La selva esmeralda, una película de discurso ecologista -incluida nota de advertencia final- y humanístico en el que esta rivalidad encuentra un mediadorpara simbolizar las posibilidades de reconciliación de ambos mundos: un niño raptado, criado y asimilado por una tribu del Amazonas. Esto es, una premisa similar a la de El libro de la selva con Mowgli, también semejante a otros westerns de rostros pálidos que, acogidos por el indio, redescubren la esencia, el sabor y la verdad de la vida, como Yuma, Bailando con lobos, El último samurái o Avatar. Porque, pese a la presencia del padre desesperado por la pérdida, el punto de vista de este no es tan dominante como para constituir una revisión concienciada del tío Ethan de Centauros del desierto.

          La honestidad del posicionamiento de Boorman y su guionista, Rospo Pallenberg, se plasma en un factor inusual, como es el rodaje mayoritario no en inglés, a pesar de los actores, sino en el lenguaje de los indígenas. Este factor otorga cierta legitimidad a su acercamiento a las costumbres del buen salvaje que encuentra en los Hombres Invisibles, a quienes retrata con la misma admiración antropológica con la que captura la selva poderosa, maternal y terrible. Aunque también caben matices en la idealización de los pueblos libres a espaldas de la sociedad urbana, dado el carácter de los Hombres Feroces, que no obstante tienen querencia por establecer tratos con el invasor.

Todos ellos aparecen amenazados de muerte por la ingeniería del hombre presuntamente civilizado, que huérfano de ella ni siquiera es capaz de penetrar diez metros en la espesura, tal y como demuestra la escena de la desaparición, con la diferencia entre los movimientos de unos y de otros; en la incapacidad literal del padre para ver -al contrario que la mirada pura del niño- o en la ofuscación de su racionalidad, que le hace confundir la vida -el oxígeno- con la muerte -la putrefacción-.

          El planteamiento se desarrolla con tintes de fábula, lo que da cabida a introducir pinceladas fantásticas y sobre todo mágicas y místicas, así como a que el relato se incline en buena medida a un maniqueísmo naif, que igualmente resta crispación y entidad al drama de los progenitores en favor del canto al paraíso a punto de perderse, a la espiritualidad ancestral que agoniza, a la destrucción irremisible de una perspectiva diferente de entender la existencia -donde su sentida declaración no está sin embargo exenta de algún tópico exotista-. Esta ingenuidad conceptual se constatará especialmente en la resolución del conflicto.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

El rey proscrito

25 Feb

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Año: 2018.

Director: David Mackenzie.

Reparto: Chris Pine, Florence Pugh, Aaron Taylor-Johnson, Billy Howle, Stephen Dillane, Tony Curran, Sam Spruell, Callan Mulvey, James Cosmo.

Tráiler

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            Caprichos de la industria, van a coincidir en apenas meses los estrenos de dos películas acerca de Robert the Bruce o, ajustándonos a la nomenclatura de la historiografía española, Roberto I de Escocia. La primera en llegar ha sido El rey proscrito, distribuida en streaming por Netflix. La segunda, en principio, portará el nombre del protagonista en el título, y este será interpretado por Angus Macfadyen, quien ya lo había encarnado en Braveheart, convertida ya a estas alturas en un clásico contemporáneo de la épica histórica. Es probable, además, que los medios la recuperen pronto para la actualidad, dado que ha llegado el turno de explotar hasta la saciedad la nostalgia noventera.

            En cierta manera, El rey proscrito sirve para mostrar la evolución que ha experimentado el género en esas dos décadas. Principalmente, en el sentido de que ya no tiene validez el tópico de la arenga enardecedora seguido de la batalla cruenta con ansia de realismo. “¿Decirles qué?”, se encoje de hombros Robert the Bruce cuando su lugarteniente le insta a pronunciar unas palabras que inspiren a sus soldados después de la derrota contra el Inglés. En la misma línea, antes de la batalla decisiva, su intervención como orador será manifiestamente limitada. No hay una llamada a los ideales, al “¡pero nunca nos quitarán la libertad!”. Del mismo modo, Chris Pine no es un protagonista dado a las exhibiciones de prestigio, sino un tipo sobrio al que caracteriza la economía gestual.

Así las cosas, el romanticismo literario ha quedado reemplazado por personajes a los que logra otorgárseles entidad humana, un realismo emocional que no quede sepultado bajo la fastuosidad de la recreación. No es que su comportamiento respete la fidelidad histórica, desde luego, y también se acude a clichés manidos como los de evidenciar la sencillez del personaje providencial mostrándolo enfangado en un innoble trabajo manual. Pero al menos hay una intención de que los hechos los sufran y afronten personas con reacciones y sentimientos identificables, no sublimados.

Es ahí donde mejor se mueve El rey proscrito, con ese monarca esclavo, rebelde frágil y líder corriente, secundado por heroínas de gran presencia afectiva e intelectual -Florence Pugh demuestra de nuevo que es una actriz de talento y magnetismo- y antagonistas con dobleces íntimas. La desnudez del rey es simbólica y no morbosa.

            Por su parte, esa pompa épica queda a su vez reemplazada por florituras de lucimiento visual por parte del realizador, como ese artificioso plano secuencia inicial de unos diez minutos que, cabe destacar, asienta sobre un mismo plano, y con cierta fuerza hipnótica, todo el contexto político y sus actores. En cambio, el escocés David Mackenzie no destaca en la filmación bélica y entrega choques funcionales en su coreografía y espectacularidad, a pesar de los notables medios disponibles.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

La favorita

28 Ene

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Año: 2018.

Director: Yorgos Lanthimos.

Reparto: Emma Stone, Rachel Weisz, Olivia Colman, Nicholas Hoult, Joe Alwyn, James Smith, Mark Gatiss.

Tráiler

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          Mientras la reina Ana de Gran Bretaña se atiborra a pasteles, un sirviente sostiene una lujosa copa de plata para que deposite sus regios vómitos. Su dama de compañía también hará lo propio en otra escena, esta vez empleando un jarrón de porcelana fina.

La favorita es un filme de época de fastuosa ambientación cortesana. No faltan los tapices, los pelucones ni las abigarradas estancias propias del palacio europeo de comienzos del siglo XVIII. Pero están ahí para constituir el decorado de un espectáculo de vulgaridad, de una carnavalada que examina desde la sátira cruel los resortes del poder y las tentaciones del arribismo. La opulencia material, la indigencia moral. Los lores británicos hacen la guerra contra el Francés de la misma manera que organizan carreras de patos; los habitantes de este microuniverso sórdido entre oropeles, alejado de toda realidad, lidian con los sentimientos como otro elemento propio de la política y de sus conspiraciones; la cabeza del Estado maneja el país como si se tratara de una finca particular.

          Los personajes de La favorita penan en el aislamiento dentro una trama psicológicamente opresiva; en una desesperación que lleva a la maldad; en la egoísta inmisericordia hacia el prójimo que se interpone en sus apetencias. Criaturas infantiles, lamentables, feroces, dignas de piedad. Yorgos Lanthimos, un autor a quien le fascina sumergirse y rebozarse en las entrañas podridas del ser humano, traslada este retrato grotesco a la imagen, donde se encuentran fotogramas deformados por grandes angulares y exagerados giros y movimientos de cámara. La combinación, que encuentra su naturaleza en el exceso, coquetea incluso con el surrealismo.

          En La favorita hay momentos de pavorosa hilaridad y espacios en los que brillan las contradicciones, en especial en esa reina encarnada con acierto por Olivia Colman y que inspira tanta lástima como repulsión, trágica por su vacío y por su condición que la aplasta; terrible por el poder que al fin y al cabo detenta, como demuestra el rotundo plano final. A pesar de ello, la marcadísima caricatura, la aparatosidad estilística y la estructura narrativa capitular provocan sin embargo que la película quede en conjunto demasiado sobrecargada.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

El espía que surgió del frío

2 Ene

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Año: 1965.

Director: Martin Ritt.

Reparto: Richard Burton, Claire Bloom, Oskar Werner, Peter Van Eyck, Cyril Cusack, Rupert Davies, Sam Wanamaker, George Voskovec, Michael Hordern, Robert Hardy.

Tráiler

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          “¿Qué demonios crees tú que son los espías?¿Filósofos moralistas que calibran todo lo que hacen contra la palabra de Dios o de Karl Marx? No lo son. Son un atajo de desdichados, escuálidos bastardos como yo. Hombres insignificantes, borrachos, invertidos, papanatas. Funcionarios que juegan a vaqueros para dar brillo a sus precarias vidas.”

En 1962 se estrenaba Agente 007 contra el Dr. No. “Bond, James Bond”, decía el atractivo y viril Sean Connery desde su impecable esmoquin, rodeado de un ambiente sofisticado, con chicas preciosas, destilados selectos y juegos de azar para el disfrute de los sentidos, amén del pinchazo estimulante de la amenaza sentida en la nuca. John Le Carré, miembro del servicio secreto británico, publicaba El espía que surgió del frío un año después. Éxito de ventas, en 1965 llegaría a la gran pantalla bajo la dirección de Martin Ritt, realizador estadounidense con marcado compromiso social que había sufrido en sus carnes la intolerancia política que, durante la Guerra Fría, también se hacía fuerte en el primer mundo, presunto defensor de las libertades civiles y democráticas. En El espía que surgió del frío, la ambigua trama de espionaje es un entretenido pretexto, un macguffin destinado a ahondar en las miserias humanas, en la naturaleza corrompida de la especie. Otra trampa como la que Alec Leamas, el protagonista, trata de tender a sus rivales tras el Telón de acero.

          A diferencia de la primera aventura de 007, El espía que surgió del frío se abre en la noche, en la humedad, en la gelidez. Densa fotografía en blanco y negro. Luctuosa partitura que apenas asoma entre el silencio. Su primera escena es una espera angustiada que remata en violenta tragedia. El tono de la narración será, pues, amargo, desesperado incluso por el remordimiento, por la imposibilidad de ver una salida, o siquiera un respiro, en un mundo ahogado en esa amoralidad que, hablando en plata, es eufemismo de inmoralidad. Un mundo donde el amor o la compasión no tienen cabida. Tampoco los ideales.

          Richard Burton, que bien sabía qué hacer con un personaje de etílicas sombras autodestructivas, concentra en su mirada fija ese desencanto alienado, esa rabia latente y ese fatalismo insoslayable, al tiempo que participa, consciente o inconscientemente, de los grandes planes geoestratégicos que lo emplean como peón. Como los viejos detectives de novela, trata de enrocarse en su gabardina, en la bebida y en su cáustico cinismo para no revelar su interior sentimental y malherido.

Las evoluciones de Leamas en la intriga dejan tras de sí un retrato inmisericorde que iguala a ambos contendientes por la dominación global. Las mil batallas internas que se libran en nombre de falsos credos, su despiadada mezquindad, la vocación homicida contra el prójimo, el gran poder que aplasta para perpetuarse a toda costa. Entre los escenarios, apenas se pueden intuir ciertas posibilidades bucólicas en un paseo campestre donde la colaboración fingida parece camaradería auténtica. El paternal aspecto de Cyril Cussack ya podía inducir a engaños. Los paisajes son inhóspitos, barridos por el viento, adornados con siniestras piezas de caza. El desenlace se ubica en un muro que nació como ruina.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

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