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Mando perdido (Los centuriones)

12 Mar

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Año: 1966.

Director: Mark Robson.

Reparto: Anthony Quinn, Alain Delon, George Segal, Maurice Ronet, Claudia Cardinale, Michèle Morgan.

Tráiler

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          Mientras en la realidad exterior el Vietcong comenzaba a torcer a su favor la iniciativa de la Guerra de Vietnam, Mando perdido buceaba en los errores, las atrocidades y la inexorable derrota de los conflictos que recientemente, y aún por aquel entonces, los caducos imperios de la vieja Europa luchaban en unos territorios de ultramar inflamados de ardor anticolonialista.

Con el foco puesto en las cuitas de Francia en Indochina y Argelia, Mando perdido empotra además a un militar-historiador para proporcionar al espectador el juicio de la Historia, que es poco favorable para con el imperialismo occidental. Aunque, en una decisión que rebaja la tensión historicopolítica de la trama, el argumento traslada y resuelve estos asuntos desde una esfera individual, en un drama en el que quedan aprisionados un teniente coronel que afronta la última oportunidad de su carrera, el historiador que contempla con distancia crítica los acontecimientos y la tropa que, sin mayores consideraciones, se entrega a aquello que demanda sus vísceras.

          A partir de ahí, Mando perdido compone un escenario despedazado por múltiples e irreconciliables fracturas: la oposición entre colonizadores y colonizados -los antiguos hermanos de armas ahora enfrentados-, la imposibilidad de quebrantar los estamentos sociales -el hábil oficial de trinchera que se mueve como un pulpo en un garaje en los salones palaciegos-, la discusión entre el éxito marcial y el sentido de humanidad -las vistas gordas y los sapos por tragar en aras del cumplimiento de la misión-…

A medida que avanza la trama, la visión desencantada se cierne sobre el teniente coronel que encarna Anthony Quinn, contaminándolo de una ambigüedad sufriente y desesperada que es acorde a sus facciones, tan bastas como sensibles. Encarnación de la deriva de la guerra en barbarie, el relato lo aleja del hogar, de su naturaleza -la presentación bucólica y eufórica de la casa familiar; la destrucción del bastón-. Bajo la sombra de otros imperios perdidos y olvidados -la noción del Ozymandias de Percy Shelley que transmiten las ruinas romanas-, la suerte de los contendientes se dirime, pues, desde este punto de vista individual.

          El planteamiento es sugerente, aunque el drama no alcanza la debida potencia, en exceso rígido y con los dilemas del teniente coronel finalmente diluidos por la vorágine de esos mismos acontecimientos que condicionan su posición, paulatinamente relegado asimismo en favor del personaje de Alain Delon, más artificial.

El filme queda lastrado también por la falta de brío de sus escenas bélicas. El envejecimiento de su formulación queda en evidencia ante su comparación con ejemplos coetáneos como la furibunda La batalla de Argel, cuya fiereza queda enardecida, cabe reconocer, por las pavorosas resonancias contemporáneas de sus imágenes.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

La chaqueta metálica

27 Oct

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Año: 1987.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Matthew Modine, R. Lee Ermey, Vincent D’Onofrio, Arliss Howard, Kevin Major Howard, Adam Baldwin, Dorian Harewood, John Terry.

Tráiler

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          Apocalypse Now no era una película sobre la Guerra de Vietnam, sino que era la Guerra de Vietnam, insistía Francis Ford Coppola. Su textura alucinada abstraía el horror y transportaba a los personajes a un mundo casi alternativo, propio de una pesadilla nacida de la droga psicotrópica, de la malaria o de ambas. Su horror, pese a ser absolutamente inmersivo, posee esa distancia de separación, que es la que media entre la aberrante realidad y el sueño febril -y sin embargo siempre tan palpable y pegajoso, tan reconocible como producto del hombre-.

En La chaqueta metálica, Stanley Kubrick, autor de una enseña antibelicista como Senderos de gloria, se adentra en ese mismo horror de Vietnam. Pero, a pesar de un par de escenas nocturnas y gélidas en los barracones, acompañadas música de tétrico minimalismo, apenas registro sonoro -los puntos clave de la desolación moral de la obra-, el cineasta neoyorkino no concede al delirio de la masacre una entidad onírica, que se encuentre más allá de lo humano o de lo terrenal, que en cierta manera podría hasta verse como exculpatoria.

A partir de la novela de Gustav Hasford, veterano del conflicto, el cineasta dibuja una caricatura grotesca, semejante a la que se le podría ocurrir al recluta Bufón -periodista militar al igual que el autor del relato- con su pátina de humor negro y cínico con la que pasa por encima de los terribles hechos que presencia. Aunque esa caricatura tiene una firme base humana, que apunta a individuos infantilizados por un desvarío de épica y testosterona promocionado por intereses ajenos, incomprensibles e inescrutables; despersonalizados hasta encontrarse abandonados en medio de un juego o de una juerga que consiste en matar y follar.

          La estrategia puede considerarse oportuna, o cuanto menos a contracorriente, en vista de la reivindicación del excombatiente de Vietnam que se promulgaba desde la conservadora y belicista Administración de Ronald Reagan, impresa en fotogramas a través de multitud de filmes ambientados en el conflicto y donde destaca, en especial, la saga protagonizada por John Rambo y el uso que se realiza de su figura, transferida incluso al contexto coetáneo del Afganistán invadido por la Unión Soviética. Aunque, por otro lado, el muchacho estadounidense común mutado en ministro de la guerra también asomaba por el cine en otra cintas como Platoon, firmado por otro veterano, Oliver Stone.

En La chaqueta metálica, Kubrick corre el riesgo -y a mi juicio fracasa en buena medida- de que ese retrato satírico dote de una personalidad excesivamente deslumbrante a quien debería ser el mayor objeto de su crítica: un sistema castrense que basa su fuerza en la deshumanización del individuo, reducido a un impulso homicida que no cavila y que, por tanto no siente la duda ni el miedo. Porque lo que aniquila no es un fusil, sino un marine bien entrenado, con el corazón de piedra. Y ese sistema brutal está personificado precisamente por el autor de dicha sentencia, el sargento mayor Hartman (R.Lee Ermey, haciendo algo parecido a su anterior ocupación como instructor militar). Y resulta imposible no admirar su capacidad para encadenar insultos ingeniosos, por más que el director lo envuelva en un contexto absurdo y, en su presentación, lo siga a través de un escenario desangelado, frío, sin siquiera banda sonora.

La prueba es que, al igual que sucede con el Gordon Gekko de Wall Street, el sargento mayor Hartman es quien realmente ha dejado su impronta en la memoria colectiva del séptimo arte y se ha transformado en un icono no necesariamente negativo, sino más bien ‘cool’.

          Después del fundido a negro que divide el relato entre el proceso instrucción y la puesta en práctica sobre el campo de batalla, quizás tampoco termina de ser completamente efectivo el lavado de cerebro del recluta Bufón -su definitiva conversión en el John Wayne de Boinas verdes-, en exceso sostenido y escondido tras su guasa. Acaso Kubrick podría haber retratado la acción con un contrapunto de mayor crudeza, la cual no consigue obtener mediante los ralentís peckinpackianos y el lenguaje descarnado, pretendidamente ofensivo.

Sea como fuere, durante esta segunda mitad –un tanto más convencional y menos punzante en su expresión– los guerreros, perdidos en el absurdo marcial y moral, miran al espectador como si fuese un cuerpo moribundo, sometido a la cerrilidad de una institución, el Ejército, responsable de la eterna miseria del ser humano. Senderos de gloria ya lo había ubicado, en su desenlace, entre los rostros del público que asistía un infame y humillante cabaret. Aquí, en otro rotundo colofón, lo invita a marchar al son de la marcha de El club de Mickey Mouse, mientras avanza entre el olor a cadáveres y las llamas de una ciudad arrasada, y piensa en el polvo que echará al regresar a casa.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 7,5.

El cielo y la tierra

24 Nov

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Año: 1993.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Hiep Thi Le, Tommy Lee Jones, Haing S. Ngor, Joan Chen, Thuan Le, Dustin Nguyen.

Tráiler

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           El cielo y la tierra es una película que parece encontrarse en medio de dos corrientes del cine hollywoodiense: la reivindicación de los combatientes de la Guerra de Vietnam desplegada desde el belicista mandato de Ronald Reagan –a la que Oliver Stone contesta desde su antiimperialismo militante- y la admiración por el misticismo budista y oriental que se diría aflora cinematográficamente en la década de los noventa –Pequeño Buda, Kundun, Siete años en el Tíbet,…-. El controvertido cineasta neoyorkino, que completaba con ella su trilogía crítica sobre el conflicto en el sureste asiático –le anteceden Platoon y Nacido el cuatro de julio-, desarrolla así una narración sobre la que convergen ambos vectores gracias al punto de vista del relato, que pertenecerá a Le Ly Hayslip, vietnamita afincada en los Estados Unidos y autora de dos libros de memoria sobre sus experiencias y sentimientos a uno y otro lado del océano Pacífico, del Este y Oeste.

           El filme indaga en la dificultad para cicatrizar las heridas abiertas por la guerra –el matrimonio intercultural, expresión última de esta voluntad de conciliación entre civilizaciones- y apuesta por la vía espiritual como manera de abordar este camino circular de sanación y regeneración de la protagonista.

Pero lo hace con una cursilería atroz, que parte desde un primer momento desde las tópicas estampas bucólicas con las que se pretende reflejar la milenaria idiosincrasia superviviente del oprimido Vietnam rural –presuntamente auténtico por su costumbrismo y esoterismo de manual occidental de autoculpabilidad- y prosigue luego a lo largo de un melodrama que adopta las formas de un cuento de princesas destrozado por los embates de una realidad inmisericorde hacia los inocentes, desprovista de finales felices. Y donde, además, la pastelosa banda sonora no deja nunca de sonar y subrayar un pretendido lirismo y trascendencia que nunca es tal.

           Incluso su visión antimaniquea del enfrentamiento –dos monstruos que con crueldad se esfuerzan en poblar cementerios donde ya no habrá enemigos- se antoja incluso ingenua, o simplemente burda, a causa del tono del relato, que hace hincapié en la humillación de un pueblo y la noción kármica de la vida individual y la Historia universal. Su vergüenza es nuestra vergüenza.

En consecuencia, el sentimentalismo ahoga las emociones y siembra el desapego hacia las desgarradoras vivencias sufridas por la mujer, que son las de dos países al mismo tiempo, enfrentados y encontrados, íntimos y extraños, heridos y culpables.

         Con todo, El cielo y la tierra aporta encolerizados apuntes, de abundante moralismo por otro lado, que denuncian el papel de los Estados Unidos en la lucha y, sobre todo, siguiendo la línea emprendida por Nacido el cuatro de julio –donde el antagonista que llevaba al desastre al soldado Kovic era precisamente era la América de postal rockwelliana- cuestionan a la sociedad norteamericana en general, presentada a ojos de Le Ly, mediante un potente juego de contraste conceptuales y gramáticos, como una nación de gordos infantiloides dueños de neveras obscenamente inmensas.

          Fuera de categoría queda el ridículo recurso, inexplicable ya en el momento del estreno, de hacer que los nativos se comuniquen entre ellos en inglés con acento local.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 3.

Nacido el cuatro de julio

27 Oct

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Año: 1989.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Tom CruiseKyra Sedgwick, Caroline Kava, Raymond J. Barry, Frank Whaley, Jerry Levine, Willem Dafoe, Tom Berenguer.

Tráiler

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           Después de consagrarse como una de las principales voces críticas del Hollywood del final del milenio con Platoon, Oliver Stone, un cineasta firmemente posicionado contra la tendencia imperialista de los Estados Unidos contemporáneos, continuaba con su revisión crítica de la Guerra de Vietnam con Nacido el cuatro de julio, segunda entrega de una serie que se convertiría más tarde en trilogía merced a El cielo y la tierra.

           Si en la primera había echado mano de sus propias memorias bélicas de veterano, en esta ocasión Stone recurre a otro punto de vista que, curiosamente, acerca aún más su objetivo a la primera persona. Así, el director y guionista neoyorkino traslada a la pantalla las experiencias traumáticas del excombatiente Ron Kovic –cuyo relato ya habían tanteado William Friedkin y Al Pacino una década atrás- para ofrecer un nuevo matiz sobre este horror absurdo que representó la guerra en el sureste asiático.

Un escalpelo afilado por la muerte y la sinrazón por medio del cual diseccionar la esencia de una nación guerrera que se encuentra casi en permanente estado de lucha, en constante enfrentamiento contra unos enemigos frente a los que encuentra justificaciones insoslayables –la Segunda Guerra Mundial– o bastante más dudosas –Vietnam dentro de la Teoría del dominó que caracterizará varios de los puntos calientes de la Guerra Fría; la inminente Guerra del Golfo, apenas un año posterior al estreno de la película-.

           Nacido el cuatro de julio recompone el recorrido de Kovic entre los distintos círculos del infierno que, paradójicamente, parten de un engañoso paraíso: el de la América idílica e idealista, familiar y amable, orgullosa del soldado, admirada por una supuesta gloria marcial que ya se advierte turbia desde el primer desfile, y que cría a generaciones enteras para sacrificarlas en los lodos de su insaciable maquinaria bélica, al servicio de un poder corrompido y deshumanizado –el cual, en un avance de la filmografía de Stone, alcanzará su punto álgido personificado en la figura del presidente Richard Nixon-.

De este modo, el filme contrapone la postal del sueño prometido contra la miseria escatológica de la pesadilla; el elogio del soldado noble y valiente del Boinas verdes de John Wayne contra la muerte y el caos indiscriminados de la refriega verdadera; la noción romántica del heroísmo individual contra el patetismo de la realidad movida por intereses terrenales; la alta política con la vida del ciudadano común al que se exige derrochar una épica carente de sentido, supuestamente predestinado por los designios falaces que esgrime la filosofía del país.

           La historia de Kovic -interpretado por un poco convincente Tom Cruise, luego nominado al Óscar y cuya elección para el papel se entiende no obstante como una parte más de la postal bucólica del planteamiento inicial; esto es, como revisión del Maverick de Top Gun (Ídolos del aire)-, es la de un hombre cualquiera zarandeado por esta terrible dicotomía y por los acontecimientos que lo atropellan.

Y funciona por tanto como una exposición de los males de la cuestionable política exterior estadounidense y, en cierta manera, como un camino de redención personal -y deseablemente nacional- en el que la progresiva adquisición de conciencia y compromiso por parte del protagonista viene a simbolizar una odisea de vuelta a casa.

         Rodada con un estilo más clásico de lo habitual en Stone –Óscar al mejor director-, a veces su ambición expansiva se torna en redundancia, pero también consigue propinar golpes duros y certeros en su discurso antibelicista y en su cuestionamiento de la naturaleza de los Estados Unidos.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Good Morning, Vietnam

11 Ago

“La sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos.”

Dario Fo

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Good Morning, Vietnam

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Good Morning, Vietnam

Año: 1987.

Director: Barry Levinson.

Reparto: Robin Williams, Forest Withaker, Tung Thanh Tran, Chintara Sukapatana, Bruno Kirby, Robert Wuhl, J.T. Walsh, Noble Willingham.

Tráiler

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            Siempre atento a los movimientos y tendencias del mercado cinematográfico, Barry Levinson se sumaba con Good Morning, Vietnam a la avalancha de revisiones del conflicto del sureste asiáticoPlatoon, La chaqueta metálica, Jardines de piedra, La colina de la hamburguesa, Bat 21, Corazones de hierro– aunque aproximándose al mismo desde la perspectiva del humor o, más bien, de la necesidad de éste aun en el contexto más deshumanizado y descorazonador.

            A través de la figura real del alegre, estridente y rebelde disc-jockey Adrian Cronauer (Robin Williams), Levinson, fiel registrador de la idiosincrasia estadounidense –la aparición del sueño americano es recurrente en su trayectoria-, parece querer recuperar y defender esos valores identificativos del país enajenados, atropellados y enlodados por la irracional vorágine de la guerra.

Así pues, la mirada de Cronauer, recién aterrizado en Saigón desde un lugar remoto y aislado –esto es, sin contaminar por la tensión y los deberes bélicos-, representa la pureza de unos principios sin corromper y genuinamente americanos: la honestidad como modo de afrontar la realidad, la confianza sin reservas en todo ser humano, el entendimiento directo entre individuos no sometidos a dictámenes de una autoridad superior e impersonal (el Estado, el Ejército) y el desbordante gozo de vivir.

             Robin Williams aborda de este modo su estereotipo favorito y característico, aquel que le otorga fama y etiqueta de actor familiar: la torrencial influencia positiva que refresca, anima y revitaliza al individuo alienado, abatido o simplemente desamparado.

             Good Morning, Vietnam no propone tanto una crítica a la lucha en sí -a pesar de los inocentes intentos del romo y epidérmico choque cultural fruto de la relación de amistad entre Cronauer y un joven nativo-, sino más bien hacia la pérdida de perspectiva humana de los mandos militares. Unas aberraciones que, en último caso, podrían reducirse a un par de desgraciados casos enclavados en espacios poco decisivos y con un claro destino argumental orientado hacia su debida purga.

             Filme amable y bienintencionado pese al intento de dejar un cierto poso agridulce que acaba por no tener demasiada fuerza, su mayor éxito reside en el reflejo de la subversión por la irreverencia humorística de su protagonista más que en cualquier otra tentativa de resultar punzante en el capítulo antibélico –el empleo sarcástico de What a Wonderful World queda bastante descolgado dentro de un tratamiento tan ligero en general-.

             En conjunto, Good Morning Vietnam consigue dejarse ver gracias a su condición de cine popular que no falta al respeto al espectador, por el desparpajo cómico que transmite su personaje principal y por la asequibilidad de su narración académica y sin altibajos.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6.

La colina de la hamburguesa

11 May

“Las concentraciones contra la guerra de Vietnam eran simple propaganda marxista. Sus participantes no se tomaron en serio la sangre que estaban contribuyendo a derramar.”

Jon Voight

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La colina de la hamburguesa

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La colina de la hamburguesa

Año: 1987.

Director: John Irvin.

Reparto: Dylan McDermott, Courtney B. Vance, Tim Quill, Steven Weber, Don Cheadle, Anthony Barrile, Tegan West.

Filme 

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            Aunque a finales de los ochenta el espectacular renacimiento del interés de Hollywood en la Guerra de Vietnam apuntaba hacia todo lo contrario, La colina de la hamburguesa se desmarcaba del asunto. Películas como Platoon, La chaqueta metálica y Corazones de hierro sostenían que el enemigo no era ‘el otro’, sino uno mismo: el propio ejército norteamericano reducido a una manada de bestias salvajes que alivian su sed de sangre en medio de una carnicería sin cuartel.

            En consonancia con los cánones políticos, morales y propagandísticos de la era Reagan -perpetradora de una de las épocas más bochornosamente probélicas y militaristas de la historia del cine-, La colina de la hamburguesa, cuya fecha de estreno se situaba entre las dos primeras, no echa mano no obstante del viejo arquetipo del vietnamita ladino y sacrílego, sino  que, más aún, los retrata como respetables combatientes. Las imputaciones de inhumanidad no se vuelcan tampoco sobre el soldado norteamericano, un peón que sacrifica su vida en nombre de sabe Dios qué ideales.

El dedo acusador señala en cambio hacia dos monstruos hasta ahora también inadvertidos. Por un lado, los medios de comunicación vendedores de carnaza y pesimismo –sí fue cierta su influencia al instalar la crudeza de la guerra en cada hogar por medio de crónicas generalmente derrotistas, sobre todo a partir de la Ofensiva del Tet-. Por el otro, y en mayor medida, nada menos que los pacifistas de Estados Unidos, auténticos quintacolumnistas que desarrollan su guerra de guerrillas lanzando excrementos de perro a los valientes soldados, insultando su memoria y dejándose crecer largas melenas para robar a sus mujeres –revirtiendo el tópico de enemigo violador que se achacaba en su día al Vietcong-.

           En este sentido, la inspiración del filme no surge de un episodio ostentosamente vergonzoso, como la masacre de Mỹ Lai de Platoon o el Incidente de la colina 192 de Corazones de hierro. El punto de partida aquí es la toma de la epónima colina de la hamburguesa, épica y cruenta, patética y heroica a partes iguales –se necesitaron once días e incontables muertes para conquistar una parcela de terreno del todo carente de valor estratégico-.

           Es cierto que dentro de esta guerra sucia, desnuda de héroes y repleta de víctimas, no hay un cuestionamiento de los motivos de la guerra, ni una carga política evidente en los jóvenes soldados de La colina de la hamburguesa más allá de esa reivindicación del respeto que sus compatriotas les niegan. Es así una reclamación de corte más humanística que político que no evita que John Irving –conocedor del terreno por su trabajo como documentalista durante el conflicto- tenga remilgo alguno a la hora de emplear sangrientos efectismos con tal de incrementar la contundencia de su crítica.

Este recurso al golpe bajo, directo y poco sutil deja tras de sí como principales víctimas un guion lineal y unos personajes planos, lo que en consecuencia afecta al interés del filme y la calidad de su legítima exigencia de honra hacia el recluta de a pie –a diferencia de La chaqueta metálica, los protagonistas pertenecen a un cuerpo regular, no a esos fanatizados marines, ‘ministros de la muerte’-.

           De tanto intentar meter mano a la fibra sensible con malos modos, La colina de la hamburguesa consigue dejar a su alegato huérfano de emoción, con una dirección aguerrida pero poca historia que contar.

 

Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 4.

Corazones de hierro

8 Abr

“Esto es lo que sé: en vuestras almas y vuestros corazones sois tan responsables de la Guerra de Vietnam como yo lo soy de mis asesinatos.”

Charles Manson

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Corazones de hierro

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Corazones de hierro

Año: 1989.

Director: Brian de Palma.

Reparto: Michael J. Fox, Sean Penn, Don Harvey, John C. Reilly, John Leguizamo, Thuy Thu Le, Ving Rhames, Dale Dye.

Tráiler

 

 

            Brian de Palma plantaba la pica en Vietnam para la que sería su primera incursión en el cine bélico, Corazones de hierro, envalentonado después del reconocimiento unánime de su trabajo con el éxito de Los intocables de Eliot Ness, gracias a la cual conseguía dejar atrás una no del todo infundada fama de imitador barato de Alfred Hitchcock. Además, la cinta coincidía prácticamente en el tiempo con una serie de películas sobre el conflicto, con la trilogía de Oliver Stone a la cabeza –Platoon, Nacido el cuatro de julio, El cielo y la tierra– y la siempre particular aportación del genio Stanley Kubrick, La chaqueta metálica; una coexistencia que no sería de gran ayuda a la hora de cosechar buenas críticas, dadas las comparaciones.

            Quizás a causa de la aparición nuevos remilgos derivados de su estrenada buena reputación, de Palma no se abocaría a hacer honor a su travieso sobrenombre, ‘Brian de Plasma’, bombardeando la pantalla con horribles y sanguinolentas masacres, sino que, en cambio, escogería una de las numerosas vergüenzas del conflicto, el denominado Incidente de la colina 192, para plantear una parábola de la intervención norteamericana en el país asiático que, por otro lado, tampoco iba a contar con la sutileza entre sus virtudes.

             Con su resolución convenientemente suavizada para justificar su tesis, conservadora y complaciente con el sistema en definitiva, Corazones de hierro denuncia el atentado ético, moral y humano que sería la Guerra de Vietnam a través de los ojos incrédulos de un recluta quijotesco, con su inocencia y conciencia individual aún intacta, enfrentado en solitario a su unidad: jóvenes veteranos que han decidido reaccionar contra el miedo, la muerte y la sinrazón dando rienda suelta a sus instintos más elementales, materializados en el premeditado rapto y violación de una muchacha vietnamita cualquiera.

La América metropolitana, idealista y bienintencionada se enfrenta a los inefables pecados de su actuación bélica, verdad diáfana de la naturaleza de la misión, condensados en un crimen sin justificación ni compasión.

            La mencionada ausencia de matices hace mella en el evidente trazado de sus intenciones y, con ello, en el dibujo de sus personajes, maniqueos y de escaso relieve.

No obstante, mientras que el protagonista (Michael J. Fox, el niño bueno de la década, bien escogido por su aspecto, no tanto por su actuación) no termina de tener un carisma que sí le hubiera otorgado una mayor complejidad, la superficialidad de los secundarios no estaría por su parte reñida con su verosimilitud, al menos en la mayoría de casos –el cabo encarnado por Don Harvey quedaría más descolgado de esta consideración por su maldad sin paliativos-.

Al fin y al cabo, se trata de cuatro individuos pospúberes que combinan su desorientación y terror intrínseco a la guerra con la violencia inconsciente y las omnipresentes pulsiones sexuales características de su edad, sobredimensionadas y entremezcladas por la psicosis de la batalla –“¡el fusil es para divertirse, la polla es para luchar!”, exclamará el intrépido sargento-.

Una credibilidad que también se vería refrendada por el buen trabajo de casting en cuanto a arquetipos físicos y por la estimable capacidad de sus respectivos actores –un bisoño Sean Penn como pueblerino, bravucón y primario sargento, John C. Reilly como grandullón pusilánime y de pocas luces, el siempre desconcertante John Leguizamo, Harvey explotando su expresión torva-.

           De este modo, en su primera mitad Corazones de Hierro no anuncia ser una obra maestra, pero no se puede negar que exhibe una nada desdeñable fuerza en su desarrollo dramático y en las imágenes compuestas por de Palma, con ejemplos como el cabo tarareando siniestramente Hello, I Love You de The Doors en la cara de la cautiva –si bien la canción es dos años posterior al suceso- o la progresiva, dolorosa y funesta vejación de ésta, envuelta por la sobria pero sugestiva partitura de Ennio Morricone y en la que la poderosa y desgarrada actuación de Thuy Tu Le -quien no se prodigaría más en el cine- se opone, con efectos desoladores, a la natural intrascendencia gestual y de diálogo de sus acompañantes americanos.

No obstante, es cierto que quedarían aún desaprovechadas por el camino otras jugosas vertientes del guion, caso especial del apunte de discusión entre Fox y Penn sobre lo que es y no es el ejército, con posibilidades demoledoras aunque remachada en último lugar de manera un tanto somera.

           Por lástima, en su retorno a los cuarteles del ejército estadounidense, la película acaba por entregarse definitivamente a esa evolución argumental acomodaticia y convencional que ya amenazaba con presentarse durante el metraje anterior, desembocando en última instancia en un desenlace carente de intensidad.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7.

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P.S.: Corregida y aumentada para el especial Brian de Palma de Cinearchivo.

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