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La guerra del planeta de los simios

15 Jul

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Año: 2017.

Director: Matt Reeves.

Reparto: Andy Serkis, Woody Harrelson, Karin Konoval, Steve Zahn, Amiah Miller, Terry Notary, Ty Olsson, Michael AdamthwaiteSara Canning, Devyn Dalton, Gabriel Chavarria, Toby Kebbell.

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          El origen del planeta de los simios contenía en su primera mitad una intensa reflexión acerca del diferente, del inquietante desconocido, del Otro; un notable punto de partida que asentaba el principal arco temático de este ‘reboot’ en el que los profusos guiños al resto de la saga tienden a imponer una reversión del punto de vista del relato. El amanecer del planeta de los simios abundaba con acierto en esta cuestión a través de un esquema propio de un western fronterizo, en el que dos culturas colisionan impulsadas por la tensión y el miedo que genera el puro instinto de la supervivencia. La guerra del planeta de los simios conserva buena parte de la solidez dramática de sus predecesoras para cerrar con dignidad una trilogía que demuestra las posibilidades de conciliación entre los valores comerciales de un producto y la madurez artística del mismo. En ella, mientras que el chimpancé César perfecciona su comunicación verbal, los humanos la reducen, voluntaria e involuntariamente, a una guturalización primitiva.

          De nuevo con Matt Reeves en la dirección, también posee resonancias westernianas la introducción de La guerra del planeta de los simios, donde se presenta una cabalgada monomaníaca alimentada por el odio y emprendida en una atmósfera luctuosa y terminal, todo cansancio y tristeza, acorde al contexto físico y sentimental de un César que sufre las pruebas del patriarca bíblico que parece encarnar y coherente con la constatación de la imposibilidad de la utopía que emergía en el episodio anterior. En este sentido, el filme resulta más conseguido -o cuanto menos más intrigante- cuando se aproxima a Sin perdón o Centauros del desierto, a su tono de pesimismo espectral -hasta cabría entender al extravagante chimpancé que ejerce de alivio humorístico como un Mose Harper sacado de su mecedora-, y no tanto a Apocalypse Now, otra obra magna que ejerce de gran foco de gravedad de la función, a la que se dedican insistentes referencias tanto con el aspecto y el discurso de su propio coronel desquiciado -allí Kurtz, aquí McCullough-, como por la ciudadela donde se le rinde culto, la música de Jimi Hendrix que se escucha o incluso las pintadas explícitamente alusivas que adornan el lugar.

Puede entreverse con ello que, aun tratándose la heterofobia de un tema universal a la especie humana, la serie sigue conjurando particularmente los demonios históricos de los Estados Unidos, puesto que después de plantear una equivalencia entre los primates y los indígenas norteamericanos en El amanecer del planeta de los simios, se diría que ahora el escenario se traslada solapadamente al delirio marcial de la Guerra de Vietnam -es curioso que los dos blockbusters de la temporada protagonizados por hominoideos excepcionales, Kong: La Isla Calavera y la presente, recurran a este trauma nacional para dotar de contenido trágico a su argumento-. “Historia, historia, historia”, mantiene grabado McCullough en la pared de su guarida.

          McCullough y la confrontación con su ejército se desarrollan pues con cierta caída en el tópico -lo que abarca la sobreactuación de Woody Harrelson-, al mismo tiempo que el conflicto dramático -el mensaje político por un lado, las contradicciones internas de César por otro, finalmente más descuidadas- cede terreno a la acción evasiva, manifestada en la incursión en el subgénero bélico de las fugas de campos de concentración. Con todo y ello, y a pesar de que el guion deja algunos detalles de fragilidad lógica, esta faceta de La guerra del planeta de los simios sabe ser entretenida -la batalla en el bosque de la apertura era ya una buena muestra de su talento para la espectacularidad- y modera las ínfulas de grandilocuencia de una obra en la que se corre el riesgo de excederse en la dotación de atributos humanos a los animales protagonistas, hasta el punto de que pudieran convertirse no en simios pensantes, sino en personas ridículamente disfrazadas.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5. 

King Kong

25 Abr

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Año: 1933.

Directores: Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack.

Reparto: Fay Wray, Robert Armstrong, Bruce Cabot, Frank Reicher.

Tráiler

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         No me parece azaroso que sea un director de cine entusiasmado con las posibilidades épicas del séptimo arte quien persiga, capture y exhiba a Kong, el gorila gigante recuperado de un pasado prehistórico. El cine es la verdadera octava maravilla, el milagro que sirve para alumbrar o descubrir nuevos mundos que, en ocasiones, también se encuentran dentro del grisáceo universo que habitamos en nuestro día a día, ocultos a nuestros ojos.

Kong es un icono estrictamente cinematográfico, sin base literaria previa que lo sustente -obviando influencias evidentes-, creado por y para espolear el sentido de la maravilla del espectador obnubilado ante la gran pantalla.

         De este modo, en 1933 nacía un símbolo del séptimo arte que aún persiste, robusto y pujante. Su herencia, no obstante, arraiga en la tradición, en la tragedia del diferente que no tiene cabida en un entorno que no es el suyo. Un concepto que el cine de terror del periodo ya había explotado desde otro clásico, esta vez sí con punto de partida novelesca: El doctor Frankenstein.

El guion de King Kong cita con insistencia al cuento de la bella y la bestia, pero aquí la belleza femenina no desempeña un papel redentor, sino destructivo. Proverbialmente más poderosa que la fuerza bruta, la belleza es capaz de desarmar el horror e imponerse a él, abocándolo a su extinción. Una historia eterna, en definitiva.

         La idea había estado filtrándose a lo largo del argumento, dejando tras de sí una vitriólica mirada hacia la naturaleza humana. Antes de que Kong haga su entrada triunfal en los fotogramas, el ‘gorila’ de la función lo había encarnado el marinero John Driscoll, envenenado por una misoginia execrable que conecta directamente con las afirmaciones previas acerca de la amenazadora jungla que, en sí misma, supone Nueva York para una mujer cualquiera, con la gran ciudad como espejo despiadado, aunque modificado en acero y hormigón, de la Isla Calavera y sus depredadores.

El monstruo es la sociedad cerrilmente patriarcal. O la sociedad en general, capaz de pisotear al prójimo aunque sea para acceder a su butaca en el teatro. Que pone el triunfo y el dinero -una misma cosa- por encima de cualquier otra consideración. De hecho, en el caso de Driscoll la belleza de la ‘scream queen’ Fay Wray ejercerá una influencia semejante a la de Kong, reconduciendo su carácter abominable. Porque Kong, inocente en su brutalidad primaria, demuestra ser bastante más delicado que él en su relación con la dama.

         Aunque con la ascendencia de El mundo perdido, King Kong funda también el esquema que, por lo general, acostumbra a repetirse en cada apropiación del simio colosal. Como si fuese uno de los filmes del Carl Denham -o del propio Merian C. Cooper, en definitiva-, después de la introducción de la obra y del establecimiento del misterio de la aventura por llegar, el argumento entabla una presentación exótica que estimula la imaginación del explorador occidental y le prepara para el encadenamiento de una torrencial sucesión de peligros, provenientes de la manifestación estrepitosa de una serie de criaturas procedentes del averno.

         A mi juicio, la vertiente espectacular de la película -parte indisociable de su esencia- aguanta el paso del tiempo con ligera dificultad, lo que resta parte de un espíritu aventurero y una permanente sensación de inquietud que, por fijar una comparación, sí pervive indeleble en otra producción de Cooper y Ernest B. Schoedsack: El malvado Zaroff y su caza del hombre, estrenada un año antes y rodada con buena parte del mismo equipo.

Con todo, el encanto personal de la animación del stop motion -motivada por el pasmo que a uno le producían los cíclopes de Ray Harryhausen, quien a su vez encontró en la presente cinta su inspiración para dedicarse a este arte- proporciona combates épicos mil veces imitados y que, aun así, conservan una estimable potencia, enmarcados en escenarios de hechizante textura fabulosa y también onírica, repleta de pulsiones sexuales, fetichistas, esotéricos y salvajes directamente provenientes del subconsciente.

Pura fantasía materializada por el cine, de nuevo. Pero, en cambio, otros detalles técnicos y hasta prosaicos, como por ejemplo la repetición de la maqueta del rostro de Kong masticado gente o las pobres interpretaciones del elenco -quizás la de Wray resista mejor-, suman arrugas al mito.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Kong: La Isla Calavera

12 Mar

Kong, la Isla Calavera

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Año: 2017.

Director: Jordan Vogt-Roberts.

Reparto: Tom Hiddelston, Brie Larson, Samuel L. Jackson, John Goodman, John C. Reilly, Corey Hawkins, John Ortiz, Tian Jing, Toby Kebbell, Shea Whigam, Jason Mitchell, Thomas Mann, Eugene Cordero, Marc Evan Jackson, Will Brittain.

Tráiler

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            Kong: La Isla Calavera, es, después del estreno de Godzilla en 2014, el segundo largometraje que integra la saga MonsterVerse, con la que la Warner Brothers recupera un buen puñado de monstruos de antaño para levantar una franquicia de ‘blockbusters’ con buenas perspectivas de rentabilidad -de hecho, el enfrentamiento entre ambas criaturas, que ya se había producido por primera vez en 1962, está emplazado de nuevo para 2020-.

            Como hiciera esta última en su resurrección del lagarto atómico -cuyo aspecto replicaba en buena medida el modelo clásico de la TohoKong: La Isla Calavera se inspira en la morfología de la marioneta animada por stop motion de la película primigenia de 1933 para dar forma digital al gorila, si bien los paralelismos con el original terminan aquí -y las diferencias empiezan, por cierto, en que se ha sextuplicado al menos las dimensiones del primate, más propias de los kaiju eiga japoneses y por tanto acorde a sus venideras peleas con el saurio gigante, al igual que su comportamiento-.

No aparecen, pues, ni la actriz Ann Darrow, ni el director de cine Carl Denham, ni el marinero Jack Driscoll. Kong: La Isla Calavera renuncia a la poética de la nostalgia. Prefiere la irreverencia de erigir y adorar a su propio dios, de tamaño y estrépito inigualable, coronado con épicas imágenes a contraluz, perfilado en poderosos fotogramas contra un atardecer sanguinolento o entre explosiones infernales -esa noción de monstruo-divinidad con la que, precisamente, Quentin Tarantino fantaseaba con aplicar un día a Godzilla-.

            El libreto -en el que Max Borenstein repite firma tras su parcheado guión de Godzilla, esta vez acompañado de Dan Gilroy y Derek Connolly, uno de los muchos responsables del argumento de Jurassic World– ancla la historia en las postrimerías de la Guerra de Vietnam, de donde se extrae a un pelotón soldados que custodian a la expedición científica a la Isla Calavera. Incluso uno de los pósteres promocionales del filme homenajea a Apocalypse Now. La razón es que, en lugar de una revisión de la naturaleza trágica del monstruo, el relato -que posee su propio coronel Kurtz, destruido y renacido en el Horror; así como un Marlow y un Conrad que parecen hacer referencia a la seminal El corazón de las tinieblas-, expone un mensaje metafórico acerca de la pueril, obsesiva y amenazadora capacidad de la política exterior estadounidense para inventar y combatir presuntos ogros, a menudo con resultados contraproducentes -despertar enemigos más reales y terribles-. También puede servir una lectura en clave ecologista a propósito de la voracidad destructiva del ser humano y su insaciable carácter depredador, claro.

Esta intención -salpimentada además con ideas desbordantes de mala baba como la inutilidad y el absurdo de cualquier sacrificio marcial- le confiere a Kong: La Isla Calavera mayor personalidad de la que tenía la insípida Godzilla. Un plantel de actores con carisma -para interpretar personajes en su mayor parte carentes de él o cuanto menos compuestos con un par de trazos- completa el saldo de virtudes de una cinta que, por otro lado, no tiene demasiada fortuna en el manejo del humor verbal -en cambio algunas jocosas elipsis visuales sí merecen atención-, mientras que determinadas escenas tampoco destacan por su verosimilitud interna.

            Kong: La Isla Calavera ofrece así un divertimento ligero y rápido -una decisión en ocasiones acertada ante el riesgo de haber caído en una excesiva petulancia difícil de equilibrar con la esencia de la narración-, que avanza a buen ritmo, dejando a su paso algunos detalles con jugo y que, principalmente, sabe cuando debe descartar la mitomanía.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

Kubo y las dos cuerdas mágicas

21 Dic

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Año: 2016.

Director: Travis Knight.

Reparto (V.O.): Art Parkinson, Charlize Theron, Matthew McConaughey, Rooney Mara, Ralph FiennesBrenda Vaccaro, Cary-Hiroyuki Kagawa, George Takei.

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          Es admirable la madurez que transmiten grandes películas de animación recientes como Del revés (Inside Out), La princesa Kaguya o Kubo y las dos cuerdas mágicas. Son películas que, desmintiendo los tópicos injustos hacia un cine considerado ‘infantil’, se lanzan a abordar el complejo universo emocional del ser humano -en el primer caso, como es sabido, literalmente- y durante su exploración se atreven a cuestionar que su relato tenga por obligación desembocar en un final feliz, puro y limpio. Son coherentes con el trayecto atravesado, repleto de dificultades y matices, y por tanto no salen indemnes de él.

          Kubo y las dos cuerdas mágicas es un magnífico cuento en el que la asunción del duelo -un punto de inflexión en el aprendizaje existencial de toda persona- se amolda a los esquemas del cine de aventura. El relato sigue así el curso de un viaje, que es la esencia de toda narración, aunque a su vez trasciende los moldes tradicionales del género puesto que el filme puede considerarse una historia dentro de una historia. En concreto, una historia que se cuenta a sí misma, donde el narrador es además el protagonista que experimenta las acciones que imagina.

          No es ocioso el salto metalingüístico, sino que sirve para ofrecer en paralelo una lectura muy interesante: es el niño -aquí un huérfano con poderes mágicos transmitidos por su madre y que debe huir de la amenaza de su abuelo, el insensible rey de la Luna, en un fantástico Japón feudal- quien encuentra en sí mismo las herramientas para afrontar, comprender y superar el trauma inevitable de perder a un ser querido. Para poner el necesario punto y aparte a una de las miles de historias, privadas o compartidas, que componen la existencia.

De igual manera, el juego simbólico que el argumento emprende con la dualidad -el ojo que ve y la cuenca ciega, el padre y la madre literales y figurados, la familia protectora y la familia amenazadora, la indiferencia y la fraternidad, la vida y la muerte- también es indisociable de la personalidad del personaje, común al interior de todo individuo.

          Pero toda esta complejidad psicológica y narrativa sería en vano de no imbricarse en una odisea repleta de ingenio, lirismo y atractivo, con notable sentido de la aventura y autenticidad emocional. Contribuye a ello la romántica y encantadora estética del filme, que remite al hipnotismo del teatrillo de títeres -incluso con las apelaciones directas a la atención del público, otra vez la matrioska- y que se realiza por medio de unas 145.000 fotografías de stop motion.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Regreso al planeta de los simios

4 Sep

“Los adultos son parecidos a los niños que reclaman siempre la historia que conocen mejor, rehusando toda variación.”

Alfred Hitchcock

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Regreso al planeta de los simios

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Regreso al planeta de los simios

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Año: 1970.

Director: Ted Post.

Reparto: James Franciscus, Kim Hunter, Maurice Evans, Linda Harrison, David Watson, James Gregory, Jeff Corey, Natalie Trundy.

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            En el capítulo anterior de Charlton Heston contra el Apocalipsis, referente a El planeta de los simios, dejábamos al rubicundo actor postrado a los pies de la estatua de la Libertad arrasada por un lejano holocausto nuclear: una de las imágenes imperecederas del séptimo arte y el cierre perfecto para redondear una de las obras cumbre de la ciencia ficción de todos los tiempos.

Corría 1969 y, por aquel entonces, el apetito voraz de los grandes estudios y los magnates del cine no habían hallado en la creación de interminables secuelas, sagas y franquicias uno de sus más sencillos y efectivos métodos de enriquecimiento; hábito si acaso algo más asociado a la serie B en general y el cine de terror de bajo presupuesto en particular. Pero el desmesurado éxito de taquilla de El planeta de los simios y su categórico impacto cultural hacía enormemente apetecible encerrar a la gallina de los huevos de oro en un corralito y ponerla a empollar hasta que reventase.

Ante la euforia de los directores de producción de la Fox, el productor Mort Abrahams y el poeta y guionista británico Paul Dehn hubieron de abrirle una salida a un argumento que no otorgaba demasiado margen de maniobra. También resultaría decisiva para la realización del filme la impecable caballerosidad de Heston, propicio a devolver el favor adeudado a Richard Zanuck –el único productor que había apostado por un proyecto encallado durante años en los sótanos de la industria- por medio de su aparición puntual en esta segunda parte, reservada para el comienzo y el desenlace de la misma.

            De este modo, Regreso al planeta de los simios reencuentra a George Taylor, misántropo salvador de la humanidad, en su éxodo junto a Nova (Linda Harrison), la Eva rediviva en versión inocente e inmaculada, para de inmediato borrarlo del mapa misteriosamente y, con ello, ceder el protagonismo a un segundo astronauta, Brent, enviado en una contradictoria misión de rescate –sus tripulantes, al contrario que la expedición de Taylor, no parecen ser conscientes del carácter semisuicida de su naturaleza-.

Brent, interpretado por James Franciscus, galán televisivo, serviría aquí para condensar el espíritu que preside Regreso al planeta de los simios. Tupé rubio, barba perfilada y ojos claros, Brent aparece como un simple sucedáneo de Taylor. De hecho, el planteamiento de Regreso al planeta de los simios de diría que emula, de manera sintetizada, el esquema de su antecesora: confrontación con una realidad alucinada –en este caso, obviamente, con el colosal factor sorpresa ya perdido-, consciencia de la amenaza del simio y de su condición de paria en el ecosistema social del lugar, intento de huida y descubrimiento del golpe de efecto de una civilización humana que ha aplicado la guadaña sobre su propio cuello –otra vez, a pesar de la reconstrucción subterránea de Nueva York, con el impacto visual y psicológico desterrado por la inmarcesible potencia de la precedente-.

Reaparecen asimismo viejos conocidos del espectador, como los chimpancés Zira (Kim Novak) y Aurelio (Cornelius en la versión anglófona, donde David Watson sustituye a Roddy MacDowall, inmerso en el rodaje de La viuda del diablo), así como el conservador orangután Zaius (Maurice Evans). Aunque puntual, la presencia de los inconformistas y subversivos Zira y Aurelio pone una piedra más en la discusión que se producía en El planeta de los simios acerca de la estratificada y clasista sociedad simia, a la vez que se sugiere a un llamamiento por el cambio de poderes. Una interesante semilla que, no obstante, no florecerá en el guion, si bien es verdad que uno de los borradores redactados contemplaba una conclusión en la que este nuevo orden, más comprensivo y tolerante entre simios y humanos, sí era posible.

Por otro lado, la reutilización de la maqueta de la nave original de El planeta de los simios en una escena que, por otro lado, escatima su correspondiente secuencia de impacto contra el suelo, también evidencia los pronunciados recortes presupuestarios que sufrirá la película –la mitad respecto a la primera parte-; daño colateral derivado de los catastróficos fracasos de Hello, Dolly!, La estrella (Star!) o El extravagante doctor Dolittle –tijeretazos que avanzarán en progresión a lo largo de las sucesivas secuelas y de manera paralela a la pérdida de calidad del producto-. El burdo maquillaje de los extras o el reciclaje de escenarios de otros filmes del estudio, como este ruinoso musical Hello, Dolly!, serán otros de los síntomas que se puedan apreciar a lo largo del metraje.

            Siguiendo este proceso de confección apresurado y tendente a la simplificación, el subtexto crítico hacia la política y la sociedad estadounidense contemporánea del filme -recuperamos la idea del futuro distópico como espejo deformante de un presente imperfecto-, permanece agresivo y oportuno, si bien se plasma de manera palmaria y nada disimulada en el argumento. El antagonista de Regreso al planeta de los simios no son los primates, sino los halcones: los halcones de Washington embarcados en una guerra megalómana, absurda y cruenta que cuenta con el rechazo frontal del pueblo llano, manifestado a través de movimientos juveniles e intelectuales. La marcha de los brutales gorilas a la conquista de la Zona Prohibida, elemento de distinción que centra la trama de este capítulo de la saga, no es un puñado de monos a caballo y armados de rifles, sino que son los despiadados generales del Pentágono empeñados en que Vietnam constituye una pieza estratégica dentro de la teoría del dominó, una de las falacias más sobadas de la Guerra Fría. Los chimpancés que realizan una sentada de protesta pacífica a la salida del poblado, son por tanto los mismos melenudos que inundaban el campo del capitolio de la capital norteamericana.

En su arenga patriótica y populista, el general Ursis –papel interpretado con rotundidad por James Gregory, aunque ofrecido de inicio al legendario Orson Welles, a quien seguro hubiera divertido por su propensión a caracterizarse-, clama por la aniquilación del hombre no porque su piel sea de otro color, sino a causa de que no sabe discernir entre el Bien del Mal. Se sobreentiende entonces que si esos descerebrados y salvajes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, éste se hubiera alineado con el pérfido comunismo.

Otra de las consignas blandidas por Ursis alude al deber sagrado del simio de civilizar –o someter, que es lo mismo-, esta tierra indómita. Este mensaje, que reclama cierta semejanza con la misión evangelizadora de la conquista europea de América e incluso con el concepto de Destino manifiesto que respaldaría la expansión estadounidense por todo el continente, introduce un agregado religioso al belicismo que, desde el otro lado de la trinchera, también exhibirá, creando un afortunado reflejo, el contendiente de los primates: los habitantes de la Zona Prohibida, un reducto de mutantes supervivientes de la guerra nuclear, dotados de una inteligencia sobrehumana y capacidades telepáticas, y que supondrían un renovado desafío para el maquillador John Chambers, oscarizado por su labor en El planeta de los simios.

            Dentro de este clima antibélico de la cinta, los mutantes aportan otro matiz, bastante sorprendente, de esa América en lucha. Escudados en su intelecto superior, se autoproclaman un colectivo amante de la paz, incapaz de herir a nadie. En una demostración de absoluto cinismo, ese que acostumbra a ser moneda común en la diplomacia posterior a la Segunda Guerra Mundial, los mutantes no combaten; tan solo se limitan a obligar a sus enemigos a destrozarse sanguinariamente entre sí. Al mismo tiempo, su máxima divinidad, como los bárbaros expulsados extramuros de la sociedad ideal de Zardoz, cinta coetánea, es el arma. Se sobreentiende en esta ocasión que si esos ilustrados aunque deformes humanos hubieran constituido un Estado durante aquellos confusos setenta nacientes, financiarían a través de sus servicios secretos a uno o a ambos bandos contendientes en la guerra civil de otra nación embarcada en un proceso revolucionario comunista o contrarrevolucionario fascista.

            Esta arma adorada, la última bomba atómica, el artefacto del juicio final, es la herramienta con la que Charlton Heston sembrará la destrucción definitiva. Las admoniciones del Legislador de los simios pasan en definitiva de ser una paranoia xenófoba a una profecía que se hace carne. El contacto de Heston con el Apocalipsis en este episodio de la saga a comentar, es por tanto doble, directo y literal. Esta conclusión radical, propuesta por el actor, tenía como propósito volar el planeta de los simios por los aires, de una vez por todas. Sin posibilidad de futuras secuelas. A efectos narrativos, esto quiere decir que, según la cronología interna del relato, Regreso al planeta de los simios es la película que escribe el punto y final de la saga. Al menos en esta línea/dimensión temporal, porque, como se verá en las otras tres continuaciones que se sucederán en los años siguientes, los jefazos de la Fox y sus guionistas asalariados todavía conseguirían sacarse algún dudoso as de la manga para prorrogar tan rentable franquicia.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 5,5.

El planeta de los simios

3 Sep

“Ten cuidado con la bestia Hombre, pues es el peón del diablo. De todos los primates de Dios matará por deporte, lujuria o codicia. Sí, matará a su hermano para poseer la tierra de su hermano. Evítalo, que no se propague en gran número, porque hará un desierto de su hogar y el tuyo. Échalo a su nido en la jungla, porque es el precursor de la muerte.”

El legislador (El planeta de los simios)

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El planeta de los simios

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El planeta de los simios

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Año: 1969.

Director: Franklin J. Schaffner.

Reparto: Charlton Heston, Kim Hunter, Roddy McDowall, Maurice Evans, Linda Harrison, Robert Gunner, Lou Wagner, James Withmore.

Tráiler

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           De imponente altura, con el porte cincelado en mármol, la quijada esculpida en acero y la mandíbula eternamente prieta, anclada en una mueca de confianza y desdén; rubio de mirada aquilina e impetuosa, de voz resonante e imperativa. La figura de Charlton Heston fue modelada para la épica, para el heroísmo. Suyo es el rostro de Buffalo Bill, de Moisés, de Judah Ben-Hur, de El Cid, de Thomas Jefferson, de Juan el Bautista, de Miguel Ángel, de Marco Antonio, de Tomás Moro, de Enrique VIII, de Long John Silver. El perfecto héroe americano, hecho a sí mismo con la fuerza de su brazo y, bien es sabido, el apoyo inestimable del arma. Actor físico y rotundo, no hubo desafío cinematográfico que se le resistiera, por titánico que fuese. Ni siquiera el Apocalipsis, al cual se enfrentó a lo largo de tres producciones de ciencia ficción: El planeta de los simios -con el epílogo de Regreso al planeta de los simios-, El último hombre… vivo y Cuando el destino nos alcance.

           A finales de los años sesenta, la ciencia ficción entraba en su edad adulta en el séptimo arte. Del mismo modo que en su versión literaria, las fantasías científicas se revelaban como una excelente forma de exponer debates filosóficos y trascendentales2001: Una odisea del espacioo de diseccionar el rabioso presente desde un punto de vista futuro y, casi de manera unánime, distópico. Y, por aquel entonces, el presente distaba de ser un lugar plácido. Estados Unidos había perdido su presunta inocencia con el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy. Convulsa, al borde del estallido, la sociedad norteamericana vería caer también a Malcolm X, activista en favor de los derechos de los afroamericanos, y a Martin Luther King, el adalid del diálogo, el entendimiento racial y la defensa de la justicia para las minorías étnicas de un país de aluvión que amenazaba con reventar en mil pedazos de fuego, asolado por una fuente de  conflictos sociales y violentos disturbios que manaban de su palmaria incapacidad para aplicar los principios de libertad e igualdad que, en teoría, coronaban sus ideales como nación. También caería brutalmente asesinado Bobby Kennedy, a quien se auguraba continuador de su hermano. La Guerra de Vietnam, absurdo conflicto en un olvidado rincón del mundo, explosión ardiente de la Guerra Fría, saciaba su sed de sangre a costa de la juventud, que en casa también yacía reprimida y con escasa perspectiva de porvenir. La primavera del amor pronto se emponzoñaría en un marasmo de drogas, convertidas en pesadilla lisérgica por las atrocidades perpetradas por Charles Manson y La Familia. La llegada del conservadurismo duro de Richard Nixon firmaría su acta de defunción.

El cine, fiel cronista de su tiempo, se cubriría paulatinamente de este cieno de desencanto, exteriorizado sobre todo en la década de los setenta, que nacería ya cansada. La ciencia ficción, decíamos, espejo deformante a través del cual desnudar la realidad del instante, formulaba su veredicto con El planeta de los simios. Su alegato comienza incluso antes de los títulos de crédito, ya que el prólogo en el que se ha de presentar al héroe del filme no puede ser más agrio y destemplado: un auténtico misántropo que, ante la completa perversión de la raza humana, ha decidido huir del planeta para no volver. Abandonarse en la soledad del espacio, donde el ego humano se diluye en la inmensidad. De hecho, ni se inmutará cuando, tras el catastrófico naufragio en un planeta desconocido, la nave espacial desaparezca en la nada y, con ella, cualquier posibilidad remota de retorno. La muerte en ella de la doctora Stewart, llamada a ser la Eva de un mundo mejor, es otra de las negaciones de una esperanza que, vox populi, no está destinada a aparecer en el filme.

           Esta postura inicial resulta cuanto menos desconcertante –y a la vez esclarecedora-, dado que quien pronuncia tamaño soliloquio es Charlton Heston, la sublimación del hombre (estadounidense). En este sentido, el comienzo de la aventura de George Taylor, su personaje, comienza dejando clara su posición desarraigada y descreída por activa y por pasiva, del modo más crudo, antipático e hiriente. El antagonismo hacia su compañero Taylor, a quien desprecia como “ciudadano modelo americano”, es total. Incluso, en un cinismo rayano en lo nihilista, se atreve a reírse a mandíbula batiente de la bandera americana que éste planta en el suelo ‘conquistado’. La realización de Franklin J. Schaffner le da la razón: no son más que piltrafas a merced primero de los elementos –los planos generales y cenitales que sobrevuelan un paisaje desolado, las pavorosas tormentas, las avalanchas de rocas,…- y, segundo, de unas criaturas monstruosas: primates que cabalgan y hablan como hombres y que tienen sometido bajo su cruel yugo a los restos de una humanidad animalizada, muda e irracional.

La película da un vuelvo delirante por medio de un primer plano raudo, feroz, que encuadra el rostro de un gorila a caballo, armado con un rifle. Punteado por la primitiva y experimental banda sonora de Jerry Goldmith, poblada de sonidos guturales y percusiones primitivas, el caótico y veloz montaje confirma la sensación que, desde un principio, durante la secuencia del naufragio, el espectador parecía intuir: no hay un norte, ni se sabe si uno está cabeza abajo o del derecho. La sociedad, el orden natural, está invertido, enajenado. Posteriormente, en una conversación entre Taylor y el Doctor Zaius, el orangután que en el filme ostenta el mayor poder político, se subraya esta idea. “¡La sociedad está al revés!”, exclama Taylor sin comprender la locura en la que se encuentra. “Solo desde tu punto de vista como parte del escalafón más bajo”, replica Zaius a fuerza de pura lógica.

           No obstante, la sociedad simia a la que se enfrenta Taylor, apresado como una bestia inmunda, no es más que una reproducción a escala de la sociedad humana que Taylor ha dejado atrás. A pesar de que la novela original del francés Pierre Boulle imaginaba un entorno tecnológicamente avanzado, el desarrollo de la producción descartó la idea por cuestiones presupuestarias para sustituirla, en cambio, por una cultura de rasgos medievales. Concentrada en un teocentrismo incuestionable y un aislamiento sin fisuras frente al exterior, la sociedad simia imita los males que acuciaban a su homóloga sapiens: el clasismo –se distinguen tres estamentos, con los orangutanes como clase dominante aristocrática, los gorilas como fuerza de trabajo y casta militar, y los chimpancés como segmento intelectual y liberal-, la desigualdad, el prejuicio frente al Otro, la falta de misericordia y empatía, la negación de la verdad empírica.

Los paralelismos con la historia pasada y reciente son evidentes. Los retratos de caza bien podrían estar sacados del álbum de un explorador colonial británico. El negacionismo frente a las teorías de la evolución es todavía cuestión candente en algunas regiones del sur de los Estados Unidos. El compañero de Taylor, disecado y expuesto en un museo, a más de uno le recordará al bochornoso caso del negro de Banyoles. El juicio inquisitorial al que el consejo político orangután somete a Taylor posee mucho de las experiencias personales del guionista Michael Wilson, procesado en su día en la caza de brujas hollywoodiense del infame senador Joseph McCarthy. Zaius deja un par de enunciados idénticos a los pronunciados por Taylor fotogramas atrás.

Reflejos que continuarán en las venideras secuelas de manera aún menos disimulada, como las protestas antibélicas de los chimpancés en Regreso al planeta de los simios, clara alusión a las manifestaciones contra la Guerra de Vietnam; o la revuelta de los esclavos primates en La rebelión de los simios, calco temático y estético de los traumáticos disturbios de Watts de 1965. Las referencias culturales, sociales y políticas son asimismo abundantes en esta película inaugural de la saga, desde Rebelión en la Granja, de George Orwell, novelista británico alérgico a los totalitarismos del siglo XX, hasta una versión bastante bufa de la leyenda china de los tres monos sabios, que no ve, no oyen y no hablan pero su misión es delatar los males del hombre ante los dioses.

En definitiva, el inconcebible y risible absurdo de su sociedad es el inconcebible y risible absurdo de la nuestra.

           Por otro lado, centrándonos en un plano más narrativo, la situación que sufre Taylor, enjaulado, vejado y juzgado como un amenazador fenómeno de feria, encuentra su analogía directa en el viaje de los chimpancés Zira y Aurelio (Cornelius en el original) a los Estados Unidos actuales en Huida del planeta de los simios o hasta a la de César en la reciente El origen del planeta de los simios.

La excelente labor de maquillaje de John Chambers, que dota de una incomparable expresividad a las prótesis animadas por un selecto grupo de actores –Kim Hunter, Roddy McDowall, el shakesperiano Maurice Evans-, permite que la narración no se convierta en una burda farsa y se mantenga, todavía hoy, estrepitosamente ácido, dueño de una fuerza colosal que no ha disminuido un ápice más de cuatro décadas después. También contribuye que, si bien aquí se destaca su lectura sociopolítica, El planeta de los simios es una aventura de primera magnitud, sorprendente, carismática, rodada con un envidiable pulso y muy, muy entretenida. Por supuesto, gran parte del mérito recae en la composición interior de personajes y contextos dramáticos, tarea en la que había profundizado Michael Wilson –partícipe en otra adaptación de Boulle, El puente sobre el río Kwai– a partir del borrador inicial de Rod Serling, guionista curtido en la legendaria serie de ciencia ficción La dimensión desconocida.

           Durante el desarrollo del relato, la percepción de estas injusticias repetidas, que además afectan especialmente en sus iguales, y el arduo camino que le supone probar su humanidad –o su ‘simiedad’, en este caso-, servirá como catalizador del renacer ‘humano’ de Taylor, erigido poco menos que en salvador improvisado de su especie junto a una nueva Eva elegida por sus virtudes, Nova (Linda Harrison). Con matices. El recorrido psicológico de Taylor -y, como se verá, también geográfico-, es circular, y la dicotomía que se alienta progresivamente en su interior se resuelve con un despiadado y desconsolador retorno al punto de partida. Él mismo lo expresa al comienzo del filme: es más importante el cuándo que el dónde se hallan. La celebérrima escena con la que concluye El planeta de los simios no es sino la reafirmación de su bien fundado escepticismo hacia las capacidades del hombre. Estaba en lo cierto al maldecirnos.

           Heston predecía el Apocalipsis y el tiempo le otorga la razón. El descomunal éxito del filme en la taquilla, convertido en un auténtico fenómeno cultural, sentaría las bases de una secuela –esta primera parte de la saga contaría con un total de cinco cintas a la que seguiría una serie de televisión y abundantísimo merchandising-, Regreso al planeta de los simios, la cual, de nuevo, contará con el apoyo de Heston en un papel minúsculo, tan solo aceptado como devolución de favor por favor a Richard Zanuck, cabeza de la Fox, única productora en creer en un proyecto alentado por la visionaria fe del productor Arthur P. Jacobs –el propio Boulle consideraba a su texto “menor” y “poco apto para llevar a pantalla”-, y que anduvo vagando por los grandes estudios desde principios de la década. En esta secuela inmediata, decíamos, y a pesar de su mínimo rol, Heston será el encargado de sembrar el Apocalipsis pulsando el botón de la bomba atómica que reventará de una vez por todas esta casa de locos. Una acción que, paradójicamente, condensa la sinrazón de la cual que él mismo huía y, al mismo tiempo, cumple con las profecías de los simios y justifica su ansia de exterminio del hombre como medida ineludible de supervivencia.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5. 

Nota del blog: 10.

El planeta de los simios

27 Jul

“No se puede sobrepasar a nadie cuando se le siguen los pasos.”

François Truffaut

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El planeta de los simios

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El planeta de los simios (2001).

Año: 2001.

Director: Tim Burton.

Reparto: Mark Wahlberg, Helena Bonhan Carter, Tim Roth, Estella Warren, Paul Giamatti, Michael Clarke Duncan, Cary-Hiroyuki Tagawa, David Warner, Kris Kristofferson, Charlton Heston.

Tráiler

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            En 1968, la nave espacial de George Taylor, quien había revelado en el prólogo su carácter cínico y desencantado, se estrellaba contra las profundidades del monumental lago Powell. En 2001, la navecilla de exploración de Leo Davidson, quien había revelado en el prólogo su carácter heroico y honesto, impacta contra una fétida lagunilla.

Estas dos presentaciones y escenarios iniciales sirven de metáfora para resumir las diferencias de calidad entre sendas versiones de El planeta de los simios.

            La idea de resucitar la saga daba vueltas por los grandes estudios desde finales de los ochenta, con un millar de ideas distintas y numerosos nombres de prestigio implicados. Pero, ¿era necesario realizar un remake de la inmortal El planeta de los simios, una obra que perduraba igual de sorprendente, absorbente y estremecedora más de tres décadas después de su estreno?

El productor Richard D. Zanuck, uno de los hombres clave en la elaboración de este filme primigenio, debió pensar que sí. Tim Burton, uno de esos cineastas de mentalidad juguetona, talentosa y ‘peterpanesca’ que han encontrado en Hollywood su afortunado patio de recreo, creyó que también. Y, por si fuera poco, consideró además que podría llevarse el proyecto a su terreno, a partir de una “reimaginación” que trasladaba el planeta dominado por los primates hasta su universo siempre gótico, en perpetuo ejercicio de equilibrio entre lo naif y lo siniestro -sensibilidad propia que, en opinión de un servidor, parece en principio poco propicia para el cariz de la franquicia-. Por supuesto, esta “reimaginación” personal cederá el inevitable espacio anecdótico al regalo de guiños arrobados hacia su predecesora, por lo general ñoños y afectados –mención aparte merece el un tanto bochornoso cameo, frase legendaria incluida, de Charlton Heston-.

Finalmente, los hechos demostrarían un importante error de cálculo en las elucubraciones de Zanuck y Burton, que dará lugar a una película más bien mediocre, a un notable éxito de taquilla y al comienzo del aparente declive artístico del cineasta californiano.

            El planeta de los simios propuesto por Burton ofrece lo esperable en el siglo XXI: la impresionante modernización del ya de por sí excelente maquillaje de la original –también pareja a un considerable aumento del presupuesto-, a lo que se añade el fascinante diseño de producción marca de la casa. Una mejora que es esencialmente cosmética pero que permite al realizador describir la sociedad simia de manera más individualizada en lo físico y lo psicológico en comparación con un original que, aunque ajeno a monocromías, apuntaba su retrato alegórico sobre todo hacia la fuerte estratificación social y mental de la cultura simia.

Paradójicamente -y esto es un rasgo que hay que alabar en la versión de Schaffner-, el reflejo empañado y deforme que la presente arroja de la sociedad humana es sin embargo tibio y endeble, por sencillo y gráfico, apoyado además sobre unos personajes que tampoco son un dechado de complejidad –en efecto, algunos de ellos presentan mutaciones de motivación raudas y poco justificadas- y que posibilitan comprobar que Tim Roth puede resultar sobreactuado hasta en la piel de un chimpancé.

Así pues, el drama deja a su paso un buen puñado de tópicos bastante sobados y molestos, defecto que será patente todavía en mayor grado en la parte de acción épica. Tres frases obvias y sin pegada, en definitiva, insertadas de manera más o menos forzosa dentro de un espectáculo pirotécnico probablemente más adaptado al gusto de un Zanuck que, en una muestra de pavorosa ingenuidad, de sibilino disimulo o de simple mentira autoinducida, siempre rechazó que El planeta de los simios fuese una película con lectura política.

            Decepcionante en su conjunto, Burton recrea un El planeta de los simios dolorosamente innecesario, intrascendente en su mayor parte y que encuentra como mejor baza su vertiente de entretenimiento ligero y visualmente poderoso.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5.

Nota del blog: 5,5.

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