Tag Archives: Utopía

Los señores del acero

11 Jul

“No concibo una película sin lujuria porque en la vida hay lujuria.”

Ben Wheatley

.

.

Los señores del acero

.

Los señores del acero

.

Año: 1985.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Rugter Hauer, Jennifer Jason Leigh, Tom Burlinson, Jack Thompson, Fernando Hilbeck, Susan Tyrrell, Ronald Lacey, Brion James, John Dennis Johnston, Simón Andreu, Bruno Kirby, Kitty Curbois, Marina Saura, Hans Veerman, Jake Wood.

Tráiler

.

           El sexo es un elemento crucial de la filmografía de Paul Verhoeven, bien de forma explícita, como en Instinto básico –una de sus obras más exitosas-, Showgirls –una de sus obras más denostadas- o Elle -recientemente alabada en el festival de Cannes-; bien como un componente de fondo que completa un conjunto violento o incluso enfermizo.

El sexo es una de las armas con las que los personajes de Los señores del acero hacen la guerra, parte de una panoplia que abarca asimismo la violencia en sentido estricto, una religión transformada en fanatismo delirante o la inteligencia aplicada tanto al progreso como al engaño. Flesh+Blood, reza el título original: la carne y la sangre, que es la transustanciación de Cristo en la misa con la que se abre el filme y que es el material de lujuria donde se desarrolla el resto del metraje.

           Los señores del acero dibuja un Renacimiento extremado por las señales iluminadas y por las apetencias de la víscera, en el que la misión ominosa de Martín (Rugter Hauer), mercenario que sobrevive en el caos, y la utopía alcanzada mediante el pecado en la que embarca a su pelotón de desheredados, colisiona frontalmente con una princesa de retablo boticceliano, Agnes (Jennifer Jason Leigh).

La doncella representa aquí un contrapunto conflictivo en el que su inocencia es tan solo un disfraz que oculta un elemento perturbador de mucho mayor calibre: el deseo sexual, una tentación tangible por la que pueden arder compañeros, santos, ciudades, ideales y sueños. Más aún, este choque representa también, en cierto modo, el reencuentro perverso, despojado de toda ingenuidad, entre King Kong y la rubia -que no es sino una extrapolación de relatos tradicionales transmitidos desde centurias atrás-. “No fueron los aviones, fue la bella quien mató a la bestia”, decían entonces.

           Verhoeven, a su gusto, recompone un periodo de brutalidad, miseria y enfermedad, en el que conviven degradadas visiones religiosas con un sentido muy físico de la puesta en escena y de la violencia que contiene el relato. En coherencia con las premisas argumentales del libreto, el cineasta no se detiene en contenciones, puesto que, como se decía en párrafos anteriores, esta agresividad se extiende especialmente a partir del conflicto con el sexo y se formula, por ejemplo, en violaciones que son batallas grupales y duelos personales.

Esta combinación, estimulada además por un rodaje especialmente tenso –de hecho, propiciaría la ruptura artística entre Verhoeven y Hauer-, mantiene la aventura-venganza herzogiana de Martín y los suyos apegada a la tierra, al barro corrompido por la suciedad y las plagas. Y barniza todo de una mueca grotesca, que se ríe como se reía, irónica y victoriosa, incontestable en la consciencia de su triunfo, la calavera que centraba la atención en las danzas de la muerte que poblaban el imaginario europeo en tiempos de la peste negra.

.

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

1492: La conquista del paraíso

22 Ago

– Es cierto que mucha gente pasa hambre en el mundo, Mal, pero ninguno de ellos pasa hambre por el hecho de que hayamos llegado a la Luna. Tampoco pasan frío o son más tontos porque hayamos llegado a la Luna

– Vale, llegamos a la Luna. ¿Pero de verdad necesitamos llegar a Marte?

– Sí.

– ¿¡Por qué!?

– Porque es el siguiente paso. Porque nos decidimos a salir de las cavernas, y miramos por encima de la primera colina, y descubrimos el fuego, y cruzamos el océano, y conquistamos el Oeste, y alcanzamos el cielo. La historia del hombre es un insaciable proceso de exploración, y este es el siguiente paso.

Sam Seaborn y Mallory O’Brian (El ala oeste de la Casa Blanca)

.

.

1492: La conquista del paraíso

.

1492. La conquista del paraíso.

Año: 1992.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Gerard Depardieu, Armand Assante, Sigourney Weaver, Ángela Molina, Fernando Rey, Michael Wincott, Bercelino Moya, Tchéky Karyo, Kevin Dunn, Frank Langella, Mark Margulis, Arnold Vosloo, Steven Waddington, Fernando Guillén Cuervo, Juan Diego Botto, Achero Mañas.

Filme

.

           El cine, como arte conservador que es, aprovecha para sumarse a las modas y las tendencias fijadas por la agenda sociocultural de su tiempo. A principios de los noventa, la cercanía de los actos de celebración del quinto centenario del descubrimiento de América por Cristóbal Colón deparó un puñado de producciones ambientadas en tiempos de los conquistadores españoles: El Dorado, Jericó, Cabeza de Vaca, Cristóbal Colón: el descubrimiento, La controverse de Valladolid, Las mil y una… Américas, Érase una vez… las américas, Las aventuras de Cristóbal Colón y, como ejemplo más representativo, mayor esfuerzo del gigante norteamericano en dicha empresa, 1492: La conquista del paraíso.

           1492: La conquista del paraíso presenta un retrato idealizado de Colón con el objetivo de exponer la intrínseca necesidad del hombre de perseguir la utopía. Un ansia idealista de progreso que es, en definitiva, lo que verdaderamente define a la especie como ente racional, como ser humano propiamente dicho. De este modo, el Almirante queda definido como un visionario alzado en rebeldía contra las fuerzas oscurantistas y conservadoras que retienen al hombre anclado en un medievo de violencia, superstición, odio e intransigencia. La filantropía y el egoísmo; la creación quijotesca y la cínica depredación. El eterno combate interior y exterior entre luz y sombras que contempla el curso de la civilización.

Así pues, el libreto de la francesa Rosalynd Bosch pule y desbasta las arrugas y nudosidades que pudiera tener la mentalidad de un individuo nacido hace cinco siglos, más allá de ese par de matices puntuales de ambición y narcisismo –por ejemplo, el castigo de cortar la mano a los mineros indígenas que robasen metal precioso la implanta Colón, y no Adrián Múgica, su Némesis en el filme-. Con ello, el guion trata de exprimir la esencia sublimada de un viaje osado, genial y trascendente sea cual fuese la proporción verdadera de sus motivaciones. Siguiendo con esta inspiradora idea, las conclusiones del argumento quedarán agridulces al constatar la imposibilidad de, en una repetición del relato bíblico, conservar el Paraíso a causa de la imperfección natural del hombre –“¡nunca supiste hablar mi lengua!”- y la terrible fuerza que aún posee su lado pernicioso, si bien progresivamente contrarrestada mediante ese anhelo inagotable y perseverante de continuar con la persecución del sueño.

           Además de esta vertiente digamos más intimista de la producción, el entonces pujante cineasta británico Ridley Scott aporta temperamento y poderío visual a las imágenes, arrebatadas de intensidad épica hasta el punto de bordear el exceso de grandilocuencia; impresión que se traslada de la misma manera a la convencida interpretación protagonista del temperamental Gerard Depardieu o a la popular banda sonora del siempre barroco Vangelis.

           Al igual que la semblanza que propone de Colón, 1492: La conquista del paraíso es una película suicida y desesperada en su desmesurado romanticismo, lo que, en muchos casos, la condena a la incomprensión y el repudio.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 7,5.

Moon

6 Mar

“There is no dark side of the Moon really. As a matter of fact it’s all dark.” /
“En realidad, no existe el lado oscuro de la Luna. De hecho, todo es oscuridad.”

Pink Floyd (Dark Side of the Moon)

Moon

Moon

Año: 2009.

Director: Duncan Jones.

Reparto: Sam Rockwell, Kevin Spacey, Dominique McElligott, Kaya Scodelario.

Tráiler

.

.

             Configurando una imagen esclarecedora, el epicentro de la utopía que abre Moon se encuentra en el lado oscuro de la Luna, receptáculo de la energía solar destinada a paliar las necesidades -y con ello las tensiones socioeconómicas- de tres cuartas partes de la sobrepoblada e insaciable Tierra.

             En su debut en el largometraje, Duncan Jones escoge un marco sideral –cosa que hubiera hecho las delicias de alguna de las encarnaciones de su célebre progenitor, David Bowie– para ambientar una reflexión sobre el estatus contemporáneo del hombre, reducido a simple pieza intercambiable en el engranaje del gran capitalismo -aquel que conmemora a diario suntuosos sacrificios cruentos a los insaciables dioses del beneficio-, y, en menor medida, sobre la incomunicación en la era de las comunicaciones –en este sentido, el único interlocutor inicial del protagonista será una máquina con una pequeña pantalla para mostrar emoticonos, dadas las inconexas, descontextualizadas y frustrantes comunicaciones que realiza con su hogar y con los directivos de su empresa-.

             Así pues, Moon, en vez de revelar una engañosa utopía desde la grandilocuencia, a nivel planetario, opta por descubrir el lado oscuro que oculta la quimera desde la óptica intimista y personal del solitario operario encargado de materializar esta realidad ideal desde su remota base, sita en el invisible envés del satélite.

Incluso su aparición, esprintando sobre una cinta de correr, parece querer componer una metáfora de cómo él solo, con su esfuerzo, es el que proporciona la energía de manera directa. Una imagen simbólica a la que habría que añadir para otro mensaje más relevante en lo posterior: el que aparece en logo de su camiseta, “Wake Me Up”, una necesidad de despertar, de abrir los ojos a su verdadera y descorazonadora condición, de atreverse a mirar a ese reverso tenebroso indisociable de la realidad.

              De nuevo, el futuro ofrece la lupa con la que observar de cerca al presente –necesidad acentuada ante la aterradora y prácticamente unánime imposición de mensajes neoconservadores y ultraliberales- y los problemas existenciales del hombre.

Un paso más, por tanto, en la indagación del proceso de deshumanización de la sociedad contemporánea, de la pérdida del derecho a sentir y experimentar emociones como fin existencial, por parte de una película que sabe recoger el testigo de algunos presupuestos ya tratados con mayor o menor detenimiento en otras cintas precedentes, con Tiempos modernos a la cabeza y con la mención especial, dado el argumento del filme, de Blade Runner y sus tan sentimentales replicantes.

             Beneficiado por el buen hacer de Sam Rockwell -solista de la película, a excepción del acompañamiento mecanizado de ese entrañable ayudante mecánico con la voz, en versión original, de Kevin Spacey- y el oficio de Clint Mansell a los mandos de la partitura, Jones da muestras de un prometedor talento en la realización con la construcción de una atinada y rotunda alegoría en la que sostiene con admirable pulso -y no era tarea sencilla- la mezcla de drama e intriga, perfectamente hibridados con las formas de ciencia ficción del relato.

Su labor de dirección, contenida, firme, reconfortantemente clásica pese a las carencias presupuestarias y a tratarse de una opera prima, queda apoyada sobre un guion, también firmado por él mismo, que resulta inteligente e imaginativo, sin estridencias innecesarias o facilonas pese a su contexto futurístico y dramático; una combinación gracias a la cual Moon consigue presentarse como una obra fresca y original, dotada de un contenido sorprendente, sustancioso y atinado.

 .

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

Five (Cinco)

25 Nov

“El pueblo estadounidense tiene que entender que las armas nucleares estratégicas ponen a toda la humanidad ante una nueva circunstancia, a saber, que por primera vez en la historia la humanidad puede literalmente destruirse.”

Henry Kissinger

.

.

Five (Cinco)

.

Año: 1951.

Director: Arch Oboler.

Reparto: Susan Douglas Rubes, William Phipps, James Anderson, Charles Lampkin, Earl Lee.

Tráiler

.

            El 22 de agosto de 1949, la Unión Soviética explosionaba su primera bomba atómica, la RDS-1. El globo comenzaba a helarse por dos polos irreconciliables. La Guerra de Corea, desencadenada en 1950, sería la primera prueba para observar si las dos superpotencias resistían la tentación de provocar un holocausto nuclear con el despliegue de su armamento atómico. En 1951, Arch Oboler se atrevía a plasmar este pavoroso pero creíble Apocalipsis en una película, Five, que, emplazada literalmente para ‘pasado mañana’, parecía tener poco de ciencia ficción. Faltaban todavía unos pocos años para que John von Neumann, arquitecto científico del arsenal norteamericano para la Guerra Fría, formulase la teoría de la Destrucción Mutua Asegurada, el 1+1=0, popularizada bajo las esclarecedoras siglas MAD (Loco), aunque la idea ya intoxicaba el aire del planeta.

             Five sienta por tanto las bases de las películas postapocalípticas –conveniente recordatorio en la semana de estreno de Fin, prácticamente la primera inmersión española en el asunto-, presentando el relato de supervivencia de unos nuevos Adán y Eva en lo que parece el reverso tenebroso del Edén del Génesis, creado esta vez por un mal humano y no por la gloria divina. Así, el filme enfoca el Apocalipsis nuclear como una oportunidad de renacer, como el ‘qué hacer después de’ en una Tierra y una especie humana igualada por la destrucción.

Para el estudio, empleará varios tipos humanos expuestos a la convivencia y el conflicto: un solitario decepcionado con el hombre que defiende la vuelta al contacto con la Naturaleza desde el respeto y el trabajo, una mujer que aloja en su vientre la esperanza del futuro de la humanidad, un afroamericano que disfruta de una igualdad plena y una fe renovada y un supremacista empecinado en perseverar en las mismas formas de vida belicosas y autocomplacientes que han llevado al desastre.

             Oboler, director, guionista, productor y dueño de la casa que sirve de escenario principal, no se deja impresionar por la espectacularidad de la catástrofe en sí misma –este aspecto lo vendrán a desarrollar otros filmes más adelante, con sobrecogedores planos de ciudades vacías, aunque no regatea algo que otros sí obviaran como es mostrar el horror de la Muerte en forma de cadáveres-, y mantiene una propuesta ideológica y espiritual manifiesta, componiendo unos caracteres bien definidos entre los que la dubitativa mujer, Eva, la portadora de la semilla, juega el papel de juez supremo de los proyectos de utopía en un mundo muerto.

              La historia es sencilla, mantiene unas intenciones explícitas –es también por ello algo menos sugerente que otras del subgénero- y está bien contada, con detalles de audacia técnica con el expresivo uso de las sombras actuando sobre los rostros, los primeros planos, un buen sentido poético en ciertas escenas o el acertado acompañamiento de la destacable partitura de Henry Russell.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

La costa de los mosquitos

15 May

“La naturaleza evoca nuestros sentimientos. Me interesa la naturaleza como drama. No hay nada como un bosque. No hay nada como un desierto. Y cada uno de esos paisajes explica quiénes somos.”

Peter Weir

 

 

La costa de los mosquitos

 

Año: 1986.

Director: Peter Weir.

Reparto: Harrison Ford, River Phoenix, Helen Mirren, Conrad Roberts, Andre Gregory, Martha Plimpton.

Tráiler

 

 

           Después de darse a conocer al mundo desde su Australia natal con cintas como Picnic en Hanging Rock, La última ola, Gallipoli o El año que vivimos peligrosamente, Peter Weir debutaba en Hollywood con Único testigo, un eficaz ejercicio de intriga en el que renunciaba a su labor como guionista, frecuente en sus anteriores proyectos. A cambio, arrasaría en traquilla y obtendría la primera de sus cuatro nominaciones al Oscar como director.

Para su siguiente filme, las expectativas serían elevadas.

           En La costa de los mosquitos, Weir repetiría campo de actuación, restringido a artesanales funciones de realizador -el libreto recae en Paul Schraeder, siempre ligado a personajes al límite, complejos y torturados-, además del protagonismo de Harrison Ford, una de las principales estrellas del momento, también nominado al Oscar por Único testigo.

Sin embargo, la película se saldaría con un rotundo fracaso.

           Y todo ello pese encontrarse con un tema apto para sus capacidades, en absoluto ajeno: una especie de fábula sobre quimeras alucinadas y un individuo en búsqueda obsesiva de una realidad meridiana desde su concepción, fantasiosa en cambio desde una mirada externa, y oculta tras un mundo hostil que se desmorona –situación equiparable a su manera a la puerta a otras realidades entre los peñascos de Hanging Rock, a las premoniciones apocalípticas que Richard Chamberlain investigaba en La última ola o al universo como plató de televisión de El show de Truman-.

Es decir, un relato a caballo entre la realidad y la fábula, entre la reconfortante brisa del éxito y el pestilente huracán del fracaso, entre la utopía –ambición de crear un futuro mejor también recogida por Weir en su obra más popular, El club de los poetas muertos, en una dimensión muy distinta- y la distopía.

Terrenos en los que Weir había demostrado un gran manejo en la creación de atmósfera -esa siesta pegajosa que era Picnic en Hanging Rock, la húmeda pesadilla de La última ola-.

           Sin embargo, la dirección del australiano se revela aquí bastante funcional, más allá de la belleza de la escenografía. La película queda, de igual modo que la familia protagonista, tiranizada por Allie Fox, el personaje principal: un genio científico paradójicamente antitecnológico que pretende hacer tábula rasa con la sociedad humana; empezar de cero desde el buen salvaje, sin las ataduras del aético, decadente y adocenado Occidente del American Way of Life, el materialismo y el consumismo, la religión autocomplaciente y la amenaza armamentística.

En la salvaje y selvática Mosquitia, por ejemplo.

Es él quien acapara toda la atención, el único personaje activo, cuyas aristas en la personalidad dibujan un recorrido cada vez más errático.

En su honor, parejo al del entusiastamente sobreactuado Ford –contradiciendo su limitada expresividad habitual-, se sacrifican unos secundarios mal construidos, poco creíbles en sus características y relaciones –es flagrante la irrelevancia absoluta de la esposa, toda comprensión, con la que una desorientada Helen Mirren hace lo que puede-, y, con ellos, una historia cuyo transcurso desde el mensaje humano de la utopía posible hasta la cruda distopía real daba para mejores cosas o, cuanto menos, mejor dispuestas y desarrolladas, con un tono más cinematográfico y menos recargado o literario, como el ampuloso discurso de Fox.  

            Pese a su carácter fallido, La costa de los mosquitos es el filme favorito tanto de Ford como de Phoenix de entre todos aquellos en los que han participado.

 

Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5,5.

Horizontes perdidos

25 Dic

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Eduardo Galeano

 

 

Horizontes perdidos

 

Año: 1937.

Director: Frank Capra.

Reparto: Ronald Colman, Jane Wyatt, John Howard, Edward Everett Horton, Thomas Mitchell, Isabel Jewell.

Tráiler

 

 

           A finales de la década de 1930, el cine de aventuras se erigía como uno de las producciones más recurrentes entre las majors de Hollywood debido a su tirón entre el público de entreguerras, aún saliente a duras penas del trauma del crack del 29 y con el recuerdo reciente de la Gran Guerra y que ahora observaba de reojo el polvorín que comenzaba a formarse en la crispada Europa. Espectadores ávidos de aventuras exóticas que los alejaran de su realidad cotidiana para transportarlos a lugares recónditos repletos de insospechados misterios, encantos, pasiones y emociones que solo entrañaban peligro dentro de una sala oscura. De la magia del cine en definitiva.

Una popularidad que evidencia el éxito de cintas como Tres lanceros bengalíes, La carga de la brigada ligera, Gunga Din,… películas donde el héroe civilizado sometía el salvajismo de la Naturaleza o del bárbaro al mismo tiempo que, de paso, conquistaba a alguna beldad de dorados cabellos.

            Horizontes lejanos, traslación al celuloide de la famosa novela de James Hilton, será uno de los grandes éxitos de este cine, si bien posee un fondo más cercano al cuento moral que a la novela de aventuras.

Frank Capra, director que nunca perdía de vista, dentro del espectáculo, una posible lectura moral o un apelativo a la conciencia de la platea, escogía rebajar el peso de la acción y ceder paso a los procesos internos y a las reflexiones de su personaje principal, Robert Conway (Ronald Colman), egregio diplomático británico en el Lejano Oriente, un hombre racional, humanista, curioso, mesurado y flemático al que la casualidad y una enigmática mano negra lleva a dar con sus huesos, junto con sus heterogéneos acompañantes de huida de la China en rebelión, en un refugio utópico en las montañas del Tíbet: el icónico Shangri-la.

Son un grupo de personas representativas de las fútiles y vacuas ilusiones que ofrece la decadente cultura occidental –un diplomático desterrado por la guerra, un hermano que vive de su estela, un vilipendiado hombre de negocios arruinado por la crisis, un científico que vertebra su existencia en torno a un pasado insustancial, una mujer moribunda- hijos de un mundo desorientado, alienado, abocado a despeñarse, y que son recibidos, o encerrados, en la jaula de oro de un paraíso perdido, una ecuménica arca de Noé de fundación belga –se exige una mano occidental en tiempos todavía coloniales, al fin y al cabo- donde se vive con moderada felicidad, sin las ataduras, esfuerzos, egoísmos, vicios y preocupaciones que envejecen y matan al hombre –el “suicidio indirecto”-.

            Un sueño, una oposición antitética del hostil y cruento mundo del otro lado de las montañas en el que, para integrarse, es necesaria conservar una cierta dosis de la bondadosa y natural ingenuidad humana –constante muy capriana-, un idealismo que crea que es posible esta versión adulta de Nunca Jamás.

Es esta una dualidad que se repite y ejemplifica en los hermanos Conway. Robert es capaz de creer, de imaginar ese reducto edénico, mientras que George (John Howard), pragmático y terrenal, lo rechaza desde su mirada de hombre del siglo XX. La inocencia perdida como pecado más terrible de aquel siglo, aún joven y ya cansado.

El final será esclarecedoramente metafórico.

            Capra aporta su mejor elegancia y pasión de cuenta cuentos para narrar un viaje introspectivo que tampoco rechaza el empleo de la escenografía majestuosa propia del género, apoyado en un guion que conserva un gran sabor aventurero a la vez que deja por el camino unas cuantas concienciadas perlas sobre la sociedad de su tiempo, aún convaleciente de una y mil penurias y en la que se presentía ya el hedor de un posible retorno a horrores pasados.

Muy interesante.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

La delgada línea roja

21 Abr

“Es imposible para las palabras describir lo que es necesario para aquellos que no saben lo que el horror significa. El horror. El horror tiene una cara… y uno debe hacerse amigo del horror…”

Coronel Walter E. Kurtz (Apocalypse Now).

.

.

La delgada línea roja

.

Año: 1998.

Director: Terrence Malick.

Reparto: Jim Caviezel, Sean Penn, Nick Nolte, Elias Koteas, Ben Chaplin, Adrien Brody, Woody Harrelson.

Tráiler

.

           Pese a estar ambientada en la batalla de Guadalcanal, en la campaña norteamericana en el Pacífico en la Segunda Guerra Mundial, es difícil clasificar a La delgada línea roja como una película estrictamente bélica en el sentido de lo que podía ser, por ejemplo, la coetánea Salvar al soldado Ryan, donde la batalla, la épica y el hiperrealismo de la lucha desempeñan también un papel principal. La delgada línea roja es más la exposición de unos soldados, con un papel más simbólico que estrictamente militar, de un grupo de hombres puestos en una situación límite, extrema, como la guerra, una situación que, más allá de dirimir sobre las diferentes reacciones de posible valor heroico o cobardía, sirve para trazar profundas reflexiones sobre la esperanza y la culpabilidad, el amor y el odio, la divinidad, el hombre y la naturaleza. La vida y la muerte.

Un mundo que juega siempre con las oposiciones, en el que el patetismo siempre se impone al heroísmo.

           Terrence Malick, que volvía a la dirección tras veinte años alejado de las cámaras con la adaptación de la novela de James Jones -anteriormente llevada al cine en la notable El ataque duró siete días-, incidía de nuevo en esas constantes de humanismo y deísmo presentes en toda su obra, reflejadas a través de una filmación de gran calidad artística por medio de la auténtica maestría en el manejo de la escena, el uso de la voz en off, en esos poderosísimos flashbacks que ahondan en el dramatismo con una enorme sensibilidad poética y belleza intimista, en las tomas paralelas a la acción, que incluyen al hombre como un partícipe más de la Naturaleza y lo muestran dentro de ese todo, tan insignificante como es; a lo que hay que sumar la gran dirección de actores en un reparto realmente lujoso y donde prácticamente todos bordan su cometido –con menciones especiales para Caviezel, Penn, Nolte y Koteas-, junto con la gran banda sonora de Hans Zimmer, un elemento más que acompaña ese tránsito por el horror.

           Con un montaje cercenado por su excesiva extensión, que reduce prácticamente a la nada la parte de actores como Brody o Clooney, la película se centra sobre todo en esos personajes en contraposición, como el del Coronel Tall (Nick Nolte), arrebatado por su carrera militar de toda empatía a favor de unos objetivos que no cuestiona pero no parece comprender del todo, frente al Capitán Staros (Elias Koteas), con demasiados sentimientos y humanidad para ser un buen militar; o entre los que quizá sean los principales personajes de la cinta, ambos caras opuestas de una misma moneda en base a sus distintas maneras de afrontar la barbarie: el Sargento Welsh (Sean Penn), con su pretendido pragmatismo realista, acorazado por la indiferencia y la aparente ausencia de sentimientos, frente al soldado Witt (perfecto, Jim Caviezel), un desertor que había regresado durante su exilio a las raíces puras y desnudas del ser humano –un mito el de ‘el buen salvaje‘ que retomará Malick en El Nuevo Mundo– y empujado de nuevo al horror, a la “civilización”; un hombre que, afrontadas las dudas ante la posible contaminación de ese paraíso primigenio por la influencia de la supuesta civilización y la guerra, atraviesa el conflicto con la mirada limpia, con fe inquebrantable en el ser humano, su capacidad y su bondad.

Es invulnerable. Ha alcanzado la eternidad.

Obra maestra.

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 10.

A %d blogueros les gusta esto: