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Dos buenos tipos

28 Dic

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Año: 2016.

Director: Shane Black.

Reparto: Russell Crowe, Ryan Gosling, Angourie Rice, Kim Basinger, Matt Boomer, Margaret Qualley, Yaya DaCosta, Keith David, Beau Knapp, Jack Kilmer.

Tráiler

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            Una gloriosa playmate se hace carne y hueso ante los ojos asombrados de un adolescente pajillero. En la misma postura insinuante que en la revista que sostenía un momento antes, solo que herida de muerte y agonizante.

El Los Ángeles de Dos buenos tipos subvierte el sueño americano gracias a una sencilla introducción que, a su vez, presenta la trama que da lugar al filme: el asesinato de una serie de individuos pertenecientes a la industria californiana del porno de finales de los setenta, enredados en una trama delictiva que, herencia del cine negro tradicional, de tan enmarañada no parece tener más sentido que el de representar a una sociedad que está desquiciada mientras finge comportarse de acuerdo con las coordenadas establecidas por el sistema.

            Desde el blockbuster de apariencia comercial, Shane Black se erige en un nuevo francotirador contra el status quo, equiparable al sádico Paul Verhoeven de los años ochenta y noventa pero con un estilo más apegado a las convenciones del cine taquillero estadounidense, probablemente debido a que es un cineasta nacido y criado en el lugar. Su mejor ejemplo se encuentra en esa Iron Man 3 que, pese a ser dilapidada por los incondicionales del cómic original, arrojaba cáusticos dardos contra la política exterior del país, haciendo del villano -un trasunto indisimulado de Osama Ben Laden– una simple marioneta al servicio de los intereses espurios de la seguridad nacional, Patriotic Act mediante.

            En Dos buenos tipos todo se revela contra el prejuicio de partida. Ese que, basado en los férreos tópicos del conservadurismo rancio, protesta contra una juventud pervertida, tacha de frívolos a los concienciados antisistema y se carcajea hipócritamente de las presuntas desviaciones delimitadas por el moralismo de manual.

Este es el panorama contra el que se amotinan dos individuos marginales, desterrados del país de las oportunidades: un detective privado que carga con su hija preadolescente (Ryan Gosling) y un matón de tres al cuarto (Bud Spencer… digo Russel Crowe). Unidas sus fuerzas, protagonizan la clásica historia del primo que se subleva contra su destino natural y triunfa enfrentándose un sistema corrompido y que además juega con las cartas marcadas, favorecidos en este caso por la influencia redentora de una jovencita (Angourie Rice) que encarna con propiedad la auténtica rebeldía y esperanza del relato.

            Sin desbocarse en el sustancioso absurdo de lo que podría ser la fundamental El gran Lebowski o la sociológica Puro vicio, Dos buenos tipos despliega su arsenal con notable simpatía y solidez, alzada por la vis cómica de Gosling y Crowe allá donde la función amenaza con estancarse en su juego de equilibrios entre su respeto hacia los cánones de la buddy movie -que Black prácticamente reglamentó con el libreto de Arma letal y su innata voluntad subversiva.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

Cuando el destino nos alcance

8 Sep

“Vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología y en la que nadie sabe nada de estos temas. Ello constituye una fórmula segura para el desastre.”

Carl Sagan

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Cuando el destino nos alcance

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Cuando el destino nos alcance

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Año: 1974.

Director: Richard Fleischer.

Reparto: Charlton Heston, Edward G. Robinson, Leigh Taylor-Young, Chuck Connors, Brock Peters, Joseph Cotten.

Tráiler

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            Walter Seltzer lo tenía claro. Ya había observado cómo Charlton Heston podía dar debida cuenta del apocalipsis humano y de un mundo dominado por los primates en El planeta de los simios y Regreso al planeta de los simios. Y, sobre todo, había comprobado desde la silla de productor que el bueno de Charlton, solitario superviviente del holocausto biológico, tampoco se iba a achantar por la horda de mutantes luditas y fundamentalistas resultante de la devastadora catástrofe que sobrevenía en El último hombre… vivo. Por esta razón, no dudaría en contar con su quijada esculpida en mármol, su cuerpo tonificado de estatua clásica y su tupé cada vez más ralo para encarnar al protagonista de otro duelo frente a los funestos designios de la especie: Cuando el destino nos alcance.

Esta versión española del título original, Soylent Green, funciona como perfecta admonición y sintetiza las intenciones proféticas de una cinta de ciencia ficción ambientada en la Nueva York de 2022: un escenario distópico en el que sus moradores viven en su mayor parte hacinados en plena calle y bajo una nube de un insalubre color amarillento, víctimas de la superpoblación, la contaminación y la falta de recursos alimenticios y económicos. Un erial reseco donde las diferentes variaciones del ‘soylent’ ofrecen el único soporte vital para las masas al borde de la rebelión y el caos, sometidas por un frágil poder político y empresarial fundamentado en las corruptelas y una estratificación social que se define a través de la riqueza y hasta de la arquitectura de la hipertrofiada megalópolis americana, donde incluso parecen existir calles con el tránsito privatizado.

            Al igual que en El planeta de los simios el antagonista se encuentra identificado en una representación concreta: allí los primates dominantes, aquí los perpetradores en la sombra del turbio asesinato de un alto ejecutivo (nada menos que Joseph Cotten, concentrado a la perfección pese a la brevedad de su trabajo) de esta omnipresente compañía alimenticia, Soylent, único soporte en medio de una Tierra de naturaleza diezmada -uno diría que se erige prácticamente en Estado-. Pero también de idéntica manera a El planeta de los simios, el enemigo auténtico se encuentra en realidad difuminado y se refiere en último término a toda la raza humana, responsable directa de una destrucción que, en uno y otro caso, respectiva y contradictoriamente -dada la cronología en la que se ambienta cada relato-, se manifiesta en tiempo presente o se intuye en un futuro en absoluto lejano.

            Basada en la novela ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! de Harry Harrison –quien aprobaría “al 50%” los resultados del filme-, la ambientación futurística de Cuando el destino nos alcance es producto de unos tiempos en los que el autoproclamado mundo libre veía con recelo la tumultuosa expansión demográfica del bloque comunista, aparejada a la República Popular China y a la extensión de la influencia soviética en países con elevados índices de natalidad; así como, por otro lado, a la populosidad de las naciones no alineadas surgidas del desmoronamiento del colonialismo occidental, tales como India, Indonesia y los Estados del África subsahariana, en su mayoría recelosos de nuevas injerencias políticas exteriores. De hecho, un año antes, la británica Edicto Siglo XXI: Prohibido tener hijos  ya indagaba en los terrores de esta pesadilla malthusiana. Y, aunque fallida a causa de su evidente descompensación, hasta se revela más valiente que la aquí comentada a la hora de señalar a los culpables: el descontrol empresarial, coaligado o enseñoreado de las autoridades políticas y religiosas. En cambio, la soflama del anciano y nostálgico Sol contra “los científicos” por la que apuesta Cuando el destino nos alcance, descerrajada así con trazo grueso, suena a idea mal vendida por los poderes fácticos y peor comprada por un pueblo llano ignorante o crédulo en el mejor de los casos. Bien es cierto que en Hollywood no imperan los mismos cánones de tolerancia pública que en la vieja y descreída Europa. Y que, por fortuna, el guion logrará salvarlo con una sentencia inclemente: “No, la gente siempre fue asquerosa”.

            No obstante, en sentido estricto, dejando de lado toda esta parafernalia futura –o más bien agregándola como factor potenciador de los códigos característicos del género-, la adscripción cinematográfica a la que más parece ajustarse Cuando el destino nos alcance es la del cine negro.

La gran urbe de hormigón y chatarra es más mugrienta y claustrofóbica que nunca, el campo se halla vedado como opción de futuro en libertad y los valores morales están licuados por un sistema enviciado, tramposo y opresivo que, como decíamos, propugna la deshonestidad y el sálvese quien pueda como medio inevitable de supervivencia en plena la jungla humana. El argumento desarrolla detalles de una encomiable sugerencia metafórica, caso del empleo de camiones de la basura para retirar los cadáveres, las palas excavadoras como principal herramienta antidisturbios o esas chicas reducidas a algo poco más elevado que las robotizadas mujeres de Stepford y a las que siempre se alude como “mobiliario”, parte de los artículos domésticos de las viviendas de lujo como la nevera, la ducha o los viedojuegos. Aparte, destacan asimismo otros detalles que reflejan un notable trabajo de diseño de producción y de creación de la atmósfera del filme, con ejemplos como el cuadro de pobreza medieval que dibujan las manadas de pobres hacinados o las citadas barreras arquitectónicas y las nieblas de polución ocre. Quizás hubiera podido ser aún más asfixiante, pero el resultado es cuanto menos realista y pegajoso. Se palpa el sudor, la hediondez del aire, el insoportable calor climatológico y humano. Su filmación es física y directa, como la década en la que se elabora.

            Así pues, el antihéroe protagonista, el detective Thorn (Heston), es un policía supernumerario que capea la carestía haciendo botín de las casas de los finados. Cínico, gorrón e insolente, apenas se vislumbran rasgos elogiables en su carácter, aunque estos luchan enconadamente por salir a la superficie en situaciones como la protección del serrallo propiedad de las comunidades pudientes y, en especial, a través de la entrañable amistad que mantiene con el anciano Sol. La excelente química entre Heston y el crepuscular coloso Edward G. Robinson exprime un jugoso partido a escenas improvisadas como la del almuerzo en común donde uno descubre y el otro rememora, presos de idéntica excitación.

El carisma de Heston se combina con las explosiones de talento de Robinson, quien rodaría la cinta con grandes dificultades debido a su avanzada sordera. Precisamente, su pobre estado de salud le había impedido someterse a las extenuantes sesiones de maquillaje de El planeta de los simios. Sin embargo, profesional hasta sus últimas consecuencias, Robinson volcaría sus propios sentimientos ante cáncer terminal que padecía en una de las más recordadas secuencias del filme: la de la eutanasia, el único reducto donde, precedido por angelicales señoritas y celestiales estancias de un blanco refulgente, se advierte amabilidad y cercanía humana. Amabilidad, por supuesto, diseñada estratégicamente por la Soylent. De este modo, summum de la interpretación del actor de origen rumano, esta escena de ‘vuelta a casa’ se convierte en una excepcional y conmovedora confluencia entre una muerte de ficción y una muerte auténtica. Cuenta la leyenda que incluso Heston no pudo contener las lágrimas al intuir tal circunstancia durante en la filmación. Robinson fallecería apenas 12 días después de concluir la película.

            Volviendo a la atribución genérica del filme, opinaba el propio Richard Fleischer que poco había de ciencia en Cuando el destino nos alcance. Que era una película en la que se denuncia sin tapujos que el mundo del futuro está totalmente corrompido. Que la corrupción es tan grande que se da por supuesta y que, por tanto, no se considera como tal. Escarmentado por la idiosincrasia humana, el cineasta no aventuraba mal sus disparos. Fleischer, un aplicado narrador de historias, mantiene con solvencia el pulso del relato durante su zambullida en las repulsivas entrañas de un mundo de por sí agónico, a medio pudrir, en un estadio de descomposición tan solo ligeramente más avanzado que el actual. No conviene olvidar que la función está al servicio del entretenimiento, tampoco reñida con ese terror filosófico tan típico de tiempos de la Guerra Fría acerca de la supresión de la esencia humana a causa de la desbordada tecnificación y/o la burocratización de la sociedad –otras lo analizarán en mayor profundidad, también es cierto-.

De ahí que el despertar del protagonista a (y no de) la pesadilla, su toma de conciencia lúcida y definitiva de encontrarse sumido en una horripilante distopía, juegue con la última y definitiva barrera moral del ser humano. Aunque plasmada de manera un tanto abrupta a mi parecer –sensación que aparecía ya en su inmediato “descubrimiento” por el consejo de sabios del Intercambiador-, destaca como remate la desencantada sugerencia irónica que aporta una banda sonora en contraste con el desagarrado alarido de Heston, hundido hasta el fondo en las siniestras tinieblas de ese mal sueño del que acaba de tener conocimiento.

            A modo de colofón, merece la pena apuntar que, según ha aparecido recientemente en medios de comunicación, el soylent ya existe: en forma de bebida con los 35 nutrientes esenciales para una dieta sana, desarrollada por tres tipos de San Francisco a finales de 2012. Los artífices lo presentan como el producto “más sencillo con el que podemos sobrevivir” en comparación con un sistema de alimentación convencional “demasiado complejo, demasiado caro y demasiado frágil”. El destino nos alcanza.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Edicto Siglo XXI: Prohibido tener hijos

28 Sep

“No vivo en un mundo de sobriedad.”

Oliver Reed

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Edicto Siglo XXI:

Prohibido tener hijos

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Edicto Siglo XXI. Prohibido tener hijos.

Año: 1972.

Director: Michael Campus.

Reparto: Geraldine Chaplin, Oliver Reed, Diane Cilento, Don Gordon.

Tráiler

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            En el cine no basta con tener ideas ingeniosas y sugerentes: hay que saber expresarlas convenientemente en fotogramas.

Edicto siglo XXI: Prohibido tener hijos, producción británica acerca de una distopía malthusiana similar a la un año posterior pero más conocida Cuando el destino nos alcance, ofrece una tremebunda visión del futuro de una humanidad envuelta en nubes de polución, carente de recursos y aséptica emocionalmente, ya sea como producto de una sociedad gris y egoísta, sea impuesta por un gobierno que, en aras de controlar el excedente de población de la forma más humana posible –es decir, descartando la eutanasia y la esterilización-, acude a la responsabilidad civil del individuo para que renuncie voluntariamente a su esencia biológica: la maternidad (con el incentivo de la pena de muerte en caso de trasgresión, eso sí).

           El guion de Frank de Felitta y Max Ehrlich -quien, avispado, publicaría un año antes del estreno del filme una novela basada en la misma historia que por entonces se encontraba desarrollando en el libreto-, mezcla notorias influencias de la literatura de ciencia ficción, caso del Estado niñera y policial de 1984 o la infancia robotizada de Los superjuguetes duran todo el verano.

A ese cúmulo de préstamos, referencias y saqueos se añade alguna idea interesante acerca del inmediato descalabro del mundo: su acusación directa hacia los poderes económicos y sus deudores poderes políticos y religiosos, la panacea convertida en otro síntoma de una muerte que siempre busca nuevos caminos para imponerse, los rugidos de estómago como contestación inconsciente a un video que reprueba el placer de la gastronomía, la competición familiar por el último bebé del ser humano o, en definitiva, esa pareja protagonista de actores de museo que se niegan a fingir la última broma macabra del destino, la maternidad reducida a juego de muñecas.

           Sin embargo, Edicto siglo XXI: Prohibido tener hijos es una película sin pulso, lastrada por una excesiva descripción de ese entorno deformado, muy descompensada en comparación con la trama dramática. La sensación opresiva y claustrofóbica, introducida por una niebla de contaminación impenetrable -que a su vez sirve para ahorrar en decorados imaginativos-, está bastante conseguida por momentos. En cambio, el desarrollo del relato se presenta deslavazado y, en ocasiones, falto de la suficiente verosimilitud, cerrado además por un desenlace poco inspirado.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 4,5.

Stalker

20 Oct

“En ninguna de mis películas se simboliza algo. La Zona es sencillamente La Zona”

Andrei Tarkovsky

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Stalker

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Stalker.

Año: 1979.

Director: Andrei Tarkovsky.

Reparto: Aleksandr Kaidanovskiy, Anatoliy Slonitsyn, Nikolay Grinko, Alisa Freyndlikh, Natalya Abramova.

Tráiler

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            Futuro, presente o pasado, realidad o fantasía, son conceptos indiferentes. Andrei Tarkovsky, autor ajeno a géneros y convenciones, emplearía la ciencia ficción tan solo como herramienta para explorar el interior incognoscible del ser humano. Frente al espectáculo externo, de efectos especiales y mundos imposibles, Tarkovsky pretende diseccionar las intimidades más recónditas del individuo. La odisea a la que invita el cineasta soviético es introspectiva y metafísica.

            En este sentido, Stalker podría tomarse como una prolongación de Solaris, filme cuyos resultados habían producido una cierta insatisfacción a su creador. Si en Solaris, ambientada en un planeta enigmático capaz de desnudar la mente del viajero, Tarkovsky hacía colisionar violentamente la frialdad científica del individuo contemporáneo con la necesidad imperiosa de vivir a través de los sentimientos –el reencuentro de su humanidad, en conclusión-, en Stalker será un escenario igualmente sobrenatural y ambiguo, “La Zona”, donde el género humano se enfrente en este caso a la escalofriante oportunidad de materializar sus deseos más profundos; a la posibilidad, o no, de alcanzar la ansiada e imposible felicidad. Una constante que Tarkovski abordará de manera recurrente en sus filmes posteriores, ya desde el exilio.

Como el monolito de 2001: Una odisea espacial, La Zona es un elemento mágico, mistérico, huérfano de simbolismos que pudieran restringir su capacidad de sugerencia –por mucho que las autoridades culturales soviéticas interpretaran en ella una alegoría del pernicioso capitalismo-, y que, abordado en todo momento desde un punto de vista absolutamente particular y subjetivo, significa el todo o la nada, quién sabe.

             Si precisamente 2001: Una odisea espacial y Solaris establecían una paradoja en su recreación del futuro por medio del uso de música clásica, Stalker, película onírica y sombría, construye su degradada atmósfera sobre un realismo sucio servido por la mugre y la miseria, la ruina, la contaminación. Un universo tornado hostil por la propia mano del hombre-máquina: muerto y corrompido en su ser, emocionalmente aséptico, desprovisto de dignidad y vergüenza, subastado al mejor postor.

Un universo, en definitiva, condenado a su extinción, ya que, como reflexiona el agudo, apasionado y desesperado stalker del título –un guía furtivo que orienta a los visitantes en esa región clausurada por el ejército y cuya mutante regulación física se ciñe a las circunstancias espirituales del forastero-, lo fuerte e inconmovible es síntoma de muerte; lo vulnerable y dúctil, de vida.

Serán un científico y un escritor –anónimos, paradigmáticos y pertinaces representantes de la estéril ‘intelligentsia’ que domina ese mundo sin fe, arrasado material y moralmente-, quienes de la mano del stalker visiten la supuesta tierra de los milagros, la cual, como el Oz de Victor Fleming, se inunda de color en contraste con la oscuridad de tonos sepia del agonizante exterior –es significativo que las únicas secuencias dotadas de cromatismo fuera de la Zona impliquen a la hija minusválida del protagonista-.

             A lo largo de este periplo espiritual escrito mediante larguísimas tomas, capaces de provocar impresiones tan desoladoras como líricas -expresión del máximo refinamiento estético de Tarkovsky-, las discusiones filosóficas sobre la ciencia, el arte, la realización personal y la condición humana enfrentan con desgarrado pesimismo la visión del mundo moderno del científico y el escritor, pervertidos por la autocompasión y el cinismo, contra la desamparada postura del stalker, el último alma empecinada en venerar la esperanza como medio, fin y medida de la existencia.

             Y como en Solaris, de nuevo un millón de preguntas trascendentes se agolpan durante el transcurso de esta experiencia abstracta y sensorial, densa y profunda, sin encontrar su tranquilizadora pero siempre impostada respuesta. Más bien, a modo de extensión de la prodigiosa Zona que protagoniza el filme, éstas deben amoldarse a la particular percepción intelectual del espectador. O viceversa.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

Naves misteriosas

1 Abr

“Desgraciado aquel cuya conducta está en discordancia con los tiempos.”

Nicolas de Maquiavelo

Naves misteriosas

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Año: 1972.

Director: Douglas Thurnbull.

Reparto: Bruce Dern, Cliff Potts, Ron Rifkin, Jesse Vint.

Tráiler

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            El amanecer del Nuevo Hollywood, despertado por el éxito de una producción independiente como Easy Rider, favoreció una breve pero intensa política de estudios caracterizada por la reserva de una partida presupuestaria destinada a la creación de películas con ese mismo perfil: producciones baratas en las que se concede total libertad artística al autor.

Douglas Trumbull, uno de los artífices de los efectos especiales de obras de ciencia ficción como 2001: Una odisea del espacio y La amenaza de Andrómeda -junto a la cual se estrenaría esta-, además clásicos posteriores como Blade Runner, lograría así el soporte financiero para su puesta de largo en la dirección: Naves misteriosas, considerada la pionera del cine ecologista.

            Ambientada en un futuro relativamente lejano, Naves misteriosas presenta un panorama desolador: los últimos ecosistemas del mundo condenados a sobrevivir artificialmente en naves en constante periplo por espacio exterior.

El universo se ha tornado más habitable que la propia Tierra, reducida a un planeta de plástico ecológico y emocional, donde la falta de problemas y de desafíos ha abocado a la extinción a la genialidad y el sentimiento, elementos definitorios del ser humano, ahora condenado a una inane vida resuelta. Plácida pero sin belleza.

Ahí surge la figura del botánico Freeman Lowell (Bruce Dern), el representante de los viejos y buenos modos de vida en conexión con lo natural. El último hombre vivo, capaz de apreciar el milagro de la existencia, de experimentar emociones.

            Lo que comienza como un canto ecologista al respeto por la Naturaleza se enturbia por la contradictoria actitud de Lowell, activista defensor del derecho a la existencia de toda forma de vida pero de ética reprobable a la hora de llevar su postura hasta el último extremo –asesinar con relativa frialdad a sus compañeros de viaje sideral, menos concienciados-, para acabar transformándose, torpeza tras torpeza, frustración tras frustración, en un tibio relato de soledad y remordimientos en compañía de tres entrañables drones.

            Así, pese al cariño con el que está concebida, la noble idea inicial, a día de hoy incluso más necesaria que entonces, queda difuminada por la inconsistencia de un argumento pobremente desarrollado y lo farragoso de la dirección, sobre todo producto del mal manejo de la tensión visual del relato, en parte culpa de esos futuristas y trabajados aunque farragosos planos de naves espaciales.

No obstante, recibiría buenas críticas en su tiempo, contrapuestas a un notable fracaso en taquilla.

De culto para no pocos nostálgicos.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5.

Profecía maldita

14 Oct

“Una película buena nunca es demasido larga; una película mala nunca es demasiado corta.”

Roger Ebert

 

 

Profecía maldita

 

Año: 1979.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Robert Foxworth, Talia Shire, Armand Assante, Victoria Racimo, Richard Dysart.

Tráiler

 

 

           John Frankenheimer, surgido de la comprometida y creativa generación de la televisión estadounidense, tránsito entre el anquilosado Hollywood de cartón piedra y un cine de pretensiones más realistas, un cine moderno, apuraba la década de los setenta ya alejado de sus mayores éxitos, de sus películas con más trascendencia argumental, para continuar por el sendero que había comenzado con el remake de The French Connection tres años antes: el paso a una filmografía con un poco menos de enjundia ideológica y política, con filmes realizados con calidad pero con menos pretensiones, más enfocados al entretenimiento masivo. Un ocaso profesional que se acompaña de problemas matrimoniales y con el alcohol (y viceversa).

           La profecía maldita es una cinta de terror bastante convencional en sus planteamientos pero que no renuncia, no obstante, a cierta conciencia. Así, el protagonista es un médico que lidia diariamente con las injusticias sociales de la América del momento, pasando consulta en sus ghettos más marginales. Hastiado, acepta la oferta de mediar en la disputa entre madereros de la industria papelera e indios nativos de los idílicos bosques de Nueva Inglaterra, conflicto en el que se suceden sospechosos acontecimientos naturales como deformaciones, abortos y muertes de neonatos, gigantismo animal, enfermedades,… quizás por culpa de la contaminación por la actividad fabril, junto con extrañas y violentas muertes y desapariciones de las que se culpa a los antiguos pobladores, quien más bien lo relacionan con el despertar de un monstruo legendario.

Una trama que presenta tibios trazos ecologistas pero que, en definitiva, no se sale de los esquemas del género, con los forasteros que se encuentran en medio de un territorio semiaislado, amenazado por el misterioso asesino-monstruo del que han de huir formando grupo con lugareños enfrentados.

            El talento de Frankenheimer para contar una historia, por trivial que sea, queda patente en un ritmo que sortea la posibilidad de aburrimiento pese a su predictibilidad y con un aceptable manejo del desarrollo de la acción y la tensión en las escenas, lo que no evita que más de una se le vaya de madre -el exagerado combate hacha-motosierra, alguna muerte, el ensañamiento final-.

En combinación con un reparto bastante conjuntado –qué lastima que Victoria Racimo no llegara más lejos-, hasta logra salvar la película.

 

Nota IMDB: 4,8.

Nota FilmAffinity: 4,8.

Nota del blog: 5.

Michael Clayton

12 Oct

“No soy un snob. Me gusta actuar en películas de entretenimiento. Pero cuando haces cintas que te ponen un poco en apuros, también es divertido poder suscitar un debate.”

George Clooney

 

 

Michael Clayton

 

Año: 2007.

Director: Tony Gilroy.

Reparto: George Clooney, Tilda Swinton, Tom Wilkinson, Sydney Pollack.

Tráiler


 

          La presencia de su firma en los tres guiones de la saga Bourne avalan la calidad de Tony Gilroy para la construcción de intrigas sólidas, que no se dejen llevar por los fuegos artificiales ni los giros sorpresa gratuitos, como aplicará también en esta, su opera prima en la dirección, en la que seguirá una línea narrativa similar a la de uno de los mejores directores de conspiranoias, Alan J. Pakula.

      Todo en Michael Clayton se encuentra al borde del colapso en la ciudad que nunca duerme. El protagonista, el Michael Clayton del título (George Clooney), es un solucionador de problemas a las órdenes de un poderoso bufete de abogados. Como hombre de enlace y mediador, Clayton siempre se halla en el filo de la navaja, una situación poco conveniente para alguien que debe miles de dólares de sus fracasos comerciales, de las adicciones de su hermano y de su propia ludopatía y que ha de cuidar a tiempo parcial al hijo de su ya inexistente matrimonio.

Por si fuera poco, ahora habrá de impedir que uno de sus amigos en la firma, el brillante y excéntrico Arthur Edens (Tom Wilkinson, eficiente secundario donde los haya), arruine a la empresa que firma los cheques con su arrebato de redención y locura, el arrepentimiento del individuo al que se le han abierto los ojos y se ha hallado a sí mismo en el bando equivocado. Que no es hombre, sino escoria.

Es el desafío que también ha de afrontar la recién llegada a la presidencia de la acosada compañía de productos agrícolas, la ambiciosa pero insegura Karen Crowder (Tilda Swinton). Por lo civil o por lo criminal.

             Tres personas en crisis, al borde del barranco. Presos en un mundo en el que cada uno combate por su pellejo, donde se sobrevive, se muere, o se pierde el juicio. Quizás aún puedan huir lejos del cemento y el acero –qué elemento tan del noir también, si no miren el final de La jungla de asfalto-, pero parece una opción utópica e inviable.

       Michael Clayton propone un ejercicio de intriga sobre la guerra sucia de las empresas a costa del ciudadano, siempre indefenso ante los abusos de los poderosos, entes omniscientes y omnipotentes que se sirven de marionetas –los ejecutivos abrumados por salvar su cuello y, así, la empresa, los amorales abogados, los mercenarios incluso, si se exagera- para subsistir en la podredumbre.

Pero al mismo tiempo presta atención a un hombre que, como intermediario que es, su camino siempre se encuentra en la encrucijada, con la lealtad dividida entre el deber y lo correcto, la lealtad a uno mismo o a lo que uno se ha convertido, al bien o al mal, aquí expuesto meridianamente.

           Gilroy construye una película planteada con cuidado, trazando bien los personajes y su conflicto moral (o laboral) –demasiado claramente quizás, insisto- y lo desarrolla con un gran manejo de la escena y un ritmo lento, masticando atentamente su evolución. No es un defecto, pero puede confundirse con otro que en mi opinión sí posee, la falta de mala leche, de rabia, que parece aquejar el filme. Una cinta que se hunde en parte hacia la mitad, demasiado alargada en alguno de sus tramos, y que, por mucho que recibiera un Oscar a la mejor actriz secundaria, desaprovecha las posibilidades del personaje de una estupenda Tilda Swinton, que se alza como reina de una función en la que Clooney llega a resultar algo ñoño en ocasiones.

Aceptable, pero promete más de lo que da.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

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