Tag Archives: Cazarrecompensas

Porco Rosso

25 Nov

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Año: 1992.

Director: Hayao Miyazaki.

Reparto (V.O.): Shūichiro Moriyama, Akemi Okamura, Tokiko Kato, Akio Ōtsuka, Bunshi Katsura Vi, Tsunehiko Kamijoe, Hiroko Seki.

Tráiler

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         Hayao Miyazaki, un creador fascinado por los cerdos, convirtió a uno de ellos en el centro de su única película que, podría decirse, está protagonizada en exclusiva por un personaje masculino: Porco Rosso. Ese cerdo -en realidad un hombre hechizado por un misterio que se deja estimulantemente a la imaginación de cada cual- da, en el fondo, la medida de la humanidad. “Son cosas de hombres”, reflexiona ante una cabalgata fascista en la Italia de Entreguerras en la que se ambienta el filme, deslizando una amarga referencia a asuntos como el belicismo y la opresión totalitaria. En cambio, él muestra su fidelidad a una copa de vino, a la amistad con la bella viuda de un compañero y, sobre todo, a surcar las nubes a bordo de su hidroavión, libre.

Pero, además, Porco Rosso encarna la capacidad del ser humano de soñar, de alcanzar las más altas metas, incluido el cielo, como manifiesta la aviación, otro de los elementos recurrentes en las fantasías del autor japonés, cuya fascinación se manifiesta en la hipnótica belleza de los movimientos aéreos, de la pasión por los diseños de las aeronaves. “Un cerdo que no vuela es solo un cerdo”, explica desde su aguzado laconismo. Ese es, en último término, su duelo definitivo. Romper barreras y convenciones. Volar más alto que nadie por el puro placer de hacerlo, no por el botín -como los piratas-, la fama -como esa especie de Errol Flynn que contratan para batirlo- o el poder sobre los demás -como la aviación militar-.

         Porco Rosso podría considerarse la película de mayor influjo europeo del Studio Ghibli, en la que el gusto por el paisaje y la arquitectura de Miyazaki se plasma en un canto de amor al mar Adriático. Este es el hogar de un antihéroe crepuscular y melancólico, el último aventurero en el advenimiento del fascismo y que, ante el devenir de un mundo enloquecido, vive prácticamente aislado del mundo en una pequeña y hermosa isla, prácticamente como Humphrey Bogart en su bar de Casablanca, aceptando con estoicismo la maldición -impuesta tanto por ese enigma fantástico de su transformación en cerdo como por la deriva de la sociedad en tiempos de crisis- que parece empujarlo a una existencia solitaria, pensativo y enigmático con su gabardina, su cigarrillo y su mirada escondida tras las gafas de sol. “Prefiero ser un cerdo que un fascista”, espeta Porco Rosso para rechazar la invitación a unirse a la aviación militar italiana. Hay un trasfondo oscuro tras su condición marginal. El cine, dentro de esta lógica social interna, lo dibuja ya como el malo de la película.

         No obstante, dentro de este carácter sentimental, Porco Rosso también mira la aventura con entusiasta espíritu inocente, lo que no deja de ser parte de su romanticismo. Los piratas parecen ser herederos de sus ancestros de Astérix y Obélix y perseveran ante la constante pérdida de sus embarcaciones; las niñas que secuestran los traen por el camino de la amargura y todos ellos se sonrojan ante la presencia de una dama. Es decir, que también ellos son críos que juegan. Y que nos invitan a jugar.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

El gran silencio

22 May

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Año: 1968.

Director: Sergio Corbucci.

Reparto: Jean-Louis Trintignant, Klaus Kinski, Vonetta McGee, Frank Wolff, Luigi Pistilli, Mario Brega, Marisa Merlini, Spartaco Conversi, Raf Baldassarre, Carlo D’Angelo.

Tráiler

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          Django, con las manos agujereadas como Cristo, libraba su duelo final en un cementerio. Una de las huellas que Italia imprimía a su apropiación del western americano es un cierto sentido religioso que, no obstante, siguiendo el tono de sus producciones, puede resultar tan exaltado como irónico. En Por un puñado de dólares, el jinete errante de Sergio Leone también terminaba transformándose en un resucitado que regresaba de entre los muertos para impatir justicia. Las alusiones bíblicas de la Trilogía del dólar, exacerbadas por ese tremendo personaje que es el feo Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez, son tan precisas como sonoras.

          En cierta manera, el Silencio que da nombre a la película aquí comentada -y que además coincide con el de un reciente documental rodado en un monasterio cartujo de los Alpes franceses, un pistolero mudo que caza pulgares de asesinos, posee esa dimensión de ángel de la muerte. La madre que le ruega por la venganza de su hijo aparece como una Piedad entre la nieve. Su rival viste sombrero de cura y, manifestación de su naturaleza desviada, abrigo de mujer. El aura sobrenatural del forastero se completa con una horrible cicatriz que revela su pasado y que le encadena asimismo a una noción de muerte e incluso de fatalismo, puesto que el argumento traza un círculo a partir de uno de los villanos de la función: un banquero y juez de paz que comercia con el precio de las cabezas humanas.

Este cacique es, en sí mismo, la punta de un sistema degenerado. Los cazarrecompensas que cobran sus cabelleras siempre se ufanan de operar dentro de una escrupulosa legalidad. El auténtico bueno de la historia es un sheriff hábil con el revólver, recto en su código y campechanamente desengañado acerca de los tejemanejes y las promesas del poder constituido, pero es también un tipo cejijunto y por momentos bufonesco.

          El gran silencio posee una atmósfera extraña. Desde su insólita localización -uno de esos contados westerns de la nieve- hasta la discapacidad del protagonista, pasando por el arma que esgrime -una 7.63mm Mauser C96– e incluso por la relación romántica interracial que desarrolla. Es prácticamente un western estático -en ocasiones demasiado, hasta parecer que se estanca en un pesado limbo-. Todo ese desconcierto y oscuridad que anida en su fondo, electrizándolo, explosionará en un brutal desenlace que, aparte de su significación política, aporta a la obra otro especial toque de distinción.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

La balada de Buster Scruggs

7 Ene

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Año: 2018.

Directores: Joel CoenEthan Coen.

Reparto: Tim Blake Nelson, Willie Watson, Clancy Brown, James Franco, Stephen Root, Liam Neeson, Harry Melling, Tom Waits, Sam Dillon, Zoe Kazan, Bill Heck, Grainger HinesTyne Daly, Brendan Gleeson, Jonjo O’Neill, Saul Rubinek, Chelcie Ross.

Tráiler

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          Los Coen son unos cabrones. Y quienes mejor lo saben son sus personajes, que pese a que en su mayoría tratan de pasar por tipos corrientes , tienen tan mala baba como ellos. Pero, a diferencia de los hermanos, no se encuentran a los mandos de su propia historia, con las nefastas consecuencias que esto puede suponer. En La balada de Buster Scruggs, la segunda incursión de los Coen en el western tras Valor de ley, esta mirada vitriólica se aplica a la historia de unos personajes que, además, son partícipes de forja de la historia de un país. Es decir, que, a través del filtro de los Coen, la posible épica de la conquista del Oeste queda desmontada desde una crueldad que, de tan humana y cochambrosa, es incluso sarcástica.

En La balada de Buster Scruggs, los directores y guionistas a veces ejercen de demiurgos que se divierten haciendo perrerías a sus marionetas -el episodio de la caravana-, y en otras dejan que sean los instintos de sus criaturas, abandonadas al libre albedrío, las que desencadenen la tragedia -el capítulo del teatrillo itinerante-. Este último, de hecho, es realmente devastador.

          Rodada directamente para su comercialización en la plataforma de visionado en streaming Netflix y no en las salas de cine -aparte de su exhibición en el festival de Venecia, apenas hubo pases limitados en Estados Unidos-, La balada de Buster Scruggs es una cinta de episodios protagonizada por arquetipos del género, ora ligeros -en especial los dos primeros, si bien el combate del forajido contra la horca inexorable posee unas innegables lecturas existenciales-, ora reflexivos, ora lúgubres, ora siniestros.

El proyecto, como es sabido, se había anunciado como una serie que preveía confeccionarse a partir de retales de guiones que habían ido guardando en el cajón. A priori, no es este un impedimento para adaptar el concepto a un largometraje -véase Mulholland Drive-, pero quizás sí deja tras de sí una evidente irregularidad, rasgo casi inevitable de estas obras fragmentarias y que se acentúa aquí con las variaciones tonales y de metraje que impone cada una de las seis entregas que conforman la función.

          Precedida por el naif recurso al libro de cuentos que se abre desde un plano subjetivo, la apertura La balada de Buster Scruggs -que precisamente es la que da nombre al filme- es una especie de parodia de los cowboys cantantes que ya habían tratado en su anterior ¡Ave, César!, en aquella desde un punto de vista metacinematográfico, en una ficción desde fuera de la ficción. Aquí es una parodia pura que entremezcla elementos del cómic y del spaghetti western -su querencia por el estereotipo y la vuelta de tuerca al tópico-, siempre apropiados posmodernamente desde el característico estilo de los Coen y su dominio del lenguaje verbal y visual. Se trata de una introducción engañosa por su humor liviano y su brevedad, que irán desapareciendo en el resto de pasajes, en especial a partir del tercero, aquel citado del espectáculo que estalla con una enorme impiedad homicida y -avanzando una interpretación paralela- culturicida. El beneficio manda, ayer, hoy y probablemente mañana. Su análisis humano se puede reproducir en la coda a bordo de la diligencia, donde las disquisiciones sobre la especie -con ecos de aquella heterogénea diligencia seminal de John Ford– se sumergen en cambio en una atmósfera próxima al terror gótico.

Pero, incluso en esas dos ocurrencias que abren la función, está presente ese denominador común de crueldad que, en su naturaleza irreparable, puede abocar al absurdo cualquier acción que emprendan los personajes implicados.

          El talento formal de los Coen es otro de los puntos en común de los seis relatos de La balada de Buster Scruggs. En ella hay encuadres formidables, como también es espectacular la selección y el empleo de los paisajes, que pueden pasar desde una postal bucólica alterada por el impacto de lo humano -el capítulo del viejo minero- hasta sobrecogedoras barreras que empequeñecen todo cuanto osa desafiarlas -la tercera y la cuarta parte-. De hecho, en la aventura dramática de los caravaneros, los cineastas desarrollan una intensa poética romántica no demasiado frecuente en su filmografía, si bien, por supuesto, enmarcada dentro de este fondo cohesionador -visto independientemente, quizás sea esta el episodio más estimulante como semilla de película, aunque no menos cierto es que, inserto en este conjunto, también rompe demasiado el ritmo de la función-. En este sentido, La balada de Buster Scruggs es una cinta que luce una puesta en escena impecable.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Los odiosos ocho

25 Ene

“La moda es la manada, lo interesante es hacer lo que a uno le da la gana.”

Luis Buñuel

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Los odiosos ocho

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Los odiosos ocho

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Año: 2015.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Samuel L. Jackson, Jennifer Jason Leigh, Kurt Russell, Walton Goggins, Tim Roth, Michael Madsen, Demián Bichir, Bruce Dern, Channing Tatum.

Tráiler

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            Supongo que el asunto con Quentin Tarantino es hasta qué punto uno es capaz de soportarle a él, a su personalidad invasiva, a cambio de disfrutar de una de sus ingeniosas historias, representadas con abrumadora torrencialidad e incontenible pasión. Porque, a la par que desarrolla su excepcional capacidad para contar, refundir y alumbrar relatos, Tarantino también abrasa a su audiencia con cargantes apartes en los que explica cuáles son las películas con las que alimentaba su cinefagia en el videoclub, destripa repelentes y onanistas autorreferencias, cuela canciones con calzador para seguir dando gusto a su fetichismo nostálgico –las cuales, cabe reconocer, suelen aportar momentos de disfrute a posteriori, escuchándolas ya en casa-, invita a participar a lamentables amigotes –como Michael Madsen-, se le va la mano con hipérboles innecesarias –el gore- y siente la necesidad de elevarse por encima de la historia en cuestión dando la nota con exhibicionismos tales como los capítulos señalados con intertítulos, una repentina voz de narrador omnisciente o el ensayo de variaciones tonales –el flashback de la mercería- que, por un momento, rompen el hechizo creado y devuelven la atención del público hacia este demiurgo egoísta que le recuerda que, si está jugando con uno de sus juguetes, es únicamente porque así le sale a él de la entrepierna.

            Hasta ahí, las cartas sobre la mesa. Luego, dicho esto, si a Tarantino uno le quiere como es –o al menos le tolera-, eso significa que puede disfrutar de varias horas –aquí casi tres- de entretenimiento trepidante, gamberro y dueño de un extraño y particularísimo sabor que proviene de la acertada mezcla de ingredientes olvidados o despreciados con una sensibilidad propia, desarrollada por el estudio minucioso y obsesivo del cine, sus rudimentos y su potencial de fascinación. Los odiosos ocho supone una nueva inmersión del cineasta en el universo del western sucio, aunque a decir verdad, como uno de sus sempiternos y agitados pastiches, en ella confluyen mimbres del noir y la intriga al estilo de El bosque petrificado o Cayo Largo –o incluso su opera prima Reservoir Dogs-, películas claustrofóbicas, planteadas en un único escenario y con un amenazador suspense que resolver por lo civil o por lo criminal –ante tanta violencia y misterio no está de más citar tampoco La cosa (El enigma de otro mundo), filme de terror nevado que protagonizaba precisamente Kurt Russell y mencionada insistentemente por el mismo Tarantino, ansioso por desmenuzar su imaginario y su proceso creativo, para variar-.

            Fundada a partir del cobro de la recompensa por la cabeza de una peligrosa mujer (Jennifer Jason Leigh) como eje vertebrador, y con reverberaciones audibles de los traumáticos e irreconciliables cañonazos de la Guerra de Secesión estadounidense, todavía sin sofocar, Los odiosos ocho arroja contra la pantalla una elaborada pieza de cine donde la cuidadosa construcción de cada personaje y de su ambigüedad, confrontada a continuación en una especie de partida de Cluedo o de Risk -todo estrategias, alianzas y giros que atañen asimismo al espectador, progresivo conocedor de la naturaleza de los contendientes-, fructifica en una propuesta por completo absorbente y divertida.

En este aspecto, la poderosa dirección de Tarantino aporta siempre la atmósfera apropiada para cada fase de la función, engrasando su férrea evolución dramática para que la maquinaria avance sin piedad, sin hacer prisioneros y sin que nadie se acuerde en la sala de que lleva un reloj en la muñeca. Las evocaciones del guion se subliman así por una puesta en escena de enorme fuerza visual, dominio de la sensorialidad en sentido amplio –el sonido, la música de Ennio Morricone, la sordidez palpable- y carisma interpretativo por parte de una troupe entonada en líneas generales –algo más tópica Leigh, Madsen con su incompetencia habitual, Walton Goggins caricaturesco en su tradicional rol de sureño ‘red neck’ pero atractivo y no inadecuado a efectos prácticos-.

            De este modo, aunque todavía imperfecto por la incidencia de los irrefrenables excesos del autor y que lastran su consagración definitiva como indiscutible obra mayor, el artefacto consigue conservar el equilibrio entre sensatez, talento artístico, temperamento propio y delirio desatado que quizás se echaba en falta en la precedente Django desencadenado –poseedora de una soberbia primera mitad que se tornaba un tanto fatigosa una vez atravesado el ecuador del metraje-.

Imagino pues que, para un servidor, el precio a pagar es justo.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Cazador de forajidos

16 Feb

“El western es el género más popular, y otorga más libertad que los otros para poner en escena todo tipo de pasiones y acciones violentas. Creo que es también el género que envejece de forma menos rápida, porque resulta esencialmente primitivo. No tiene ninguna regla y todo es posible. De él, sobre todo, surge la leyenda, y es la leyenda lo que ofrece un cine mejor, lo que excita la imaginación”.

Anthony Mann

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Cazador de forajidos

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Cazador de forajidos.

Año: 1957.

Director: Anthony Mann.

Reparto: Henry Fonda, Anthony Perkins, Michel Ray, Betsy Palmer, Neville Brand, John McIntire, Mary Webster, Lee Van Cleef, Peter Baldwin, Howard Petrie.

Tráiler

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            Un forastero llega a un villorrio arrastrando tras de sí el olor de la muerte, ante la horrorizada mirada de los lugareños.

            Henry Fonda, una de las más fieles encarnaciones de la dignidad sobre la pantalla de cine, se encuentra aquí en el papel de un frío cazarrecompensas enfrentado contra un Oeste que ha dejado de ser salvaje al menos en su apariencia externa. Su Morgan Hickman de Cazador de forajidos se presenta con una impasible amoralidad que bien podría servir de antecedente para el anónimo pistolero de Clint Eastwood de Por un puñado de dólares o, en definitiva, para los oscuros tintes que impregnarán el western crepuscular y el western sucio. Es un hombre que ha reducido la justicia y la muerte -todo uno en las arenas del western-, a simple medio de vida. A negocio, mercancía.

No obstante, se trata de una pose impostada, construida para defenderse contra los agrios y dolorosos embates de la hipocresía que domina la sociedad supuestamente civilizada –principalmente por el impulso de los poderes económicos-, ávida de justicia limpia pero cobarde e insolidaria a la hora de hacerla valer –se reproducen aquí los ecos de Solo ante el peligro, alegoría del mccarthismo y abanderada del western psicológico-.

Una conducta hermética, renegada y descreída aunque en perpetuo desacuerdo con su naturaleza sentimental y con los desafíos de su presente, a través de los cuales se descubrirá su condición de llaga ardiente, mal cicatrizada.

            Cazador de forajidos escudriña la figura del sheriff en su calidad de corporeización de la justicia, con el añadido de que, en este contexto del western, es además el depositario de la potestad privilegiada, y ahora exclusiva, de ejercer la violencia amparado en la legislación de su cargo, cuyos márgenes quedan libres al albur de quien lo ejerza y, por esta misma razón, vulnerables de ser secuestrados y corrompidos.

            El escaso presupuesto no es obstáculo para que Cazador de forajidos junte a uno de los grandes realizadores de western de la historia del cine, Anthony Mann, a un guionista de relumbrón como Dudley Nichols, hombre de confianza de John Ford, una estrella rutilante, Henry Fonda, y otra emergente, Anthony Perkins.

Su comienzo es magistral. Mann imparte lecciones de claridad y concisión expositiva con la citada aparición del protagonista, la perfecta definición del resto de personajes y las relaciones con las que chocan entre ellos –los roles de maestro y alumno con el inexperto y provisional sheriff, la conexión sentimental entre seres igualmente marginales, desarraigados y heridos, el conflicto con el convulso entorno-. La composición de la atmósfera cabalga a la par, a pesar de cierto subrayado verbal: asfixiante, crispada por una potente mezcla de racismo y violencia, con la sombra de la muerte cernida sobre la historia y la realidad de los individuos. Es capital el empleo del silencio, arma primordial con la que el cineasta descerraja la tensión sobre la escena.

            En cambio, el desarrollo del relato transita lugares más conocidos, lo que confiere cierta previsibilidad a la trama y rebaja la turbulenta densidad dramática de la obra. Aun así, Cazador de forajidos mantiene una estimable solidez, afirmada por el firme pulso narrativo de Mann, y consigue legar de nuevo imponentes escenas cargadas de electricidad.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

Django desencadenado

10 Feb

“Verdaderamente pienso que uno de mis fuertes es la narración de historias.”

Quentin Tarantino

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Django desencadenado

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Django desencadenado

Año: 2012.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, Samuel L. Jackson.

Tráiler

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            Cabe decir que, después de las últimas experiencias compartidas, uno se acerca ya a Tarantino con cierta reserva. Queda el recuerdo de un director capaz de entregar obras rabiosamente frescas, estimulantes e ingeniosas llevando la remezcla a una dimensión inequívocamente personal y del todo diferente, la perfección a la hora de imitar y embellecer caligrafías ajenas para escribir una creación insólita e inimitable.

Pero, al mismo tiempo, permanece la más reciente imagen de un niño grande entregado a la fabricación caprichosa de sus propios juguetes, un adolescente onanista, pesado y consentido al que se le han de reír las gracias y que, francamente, dan ganas de mandarle a casa y que le aguante su madre.

            Es desde esa consideración ambivalente, aún esperanzada pero sin concesiones a la hora de acercarse a él con una mirada crítica, desde la que uno se disponía a abordar el nuevo trabajo del popular realizador, Django desencadenado, homenaje afectuoso a uno de sus géneros predilectos, el spaghetti western, a su vez mitad parodia desenfadada, mitad sentido y desopilante calco de uno de los grandes espacios del cine, el western.

            Y, de manera inesperada, Tarantino consigue devolver la ilusión al incrédulo con un comienzo soberbio, desplegando ante sus ojos una película entretenida, sugerente y muy bien realizada. Todo funciona.

Convence, engancha y divierte la simpática relación entre los carismáticos y especiales personajes, con ese pulcro y sangrientamente eficaz cazarrecompensas germano en el que Christoph Waltz vuelve a deslumbrar –contrastes que parecen un vuelta de hoja a su Hans Landa de Malditos bastardos– y un héroe negro sacado de la blackxploitation, de rotunda presencia, acciones contundentes y modales altivos en el que Jamie Foxx, sin ser un actor especialmente dotado, cumple de sobra haciéndolo suyo por completo.

La película consigue mantener entregar un entonado ritmo del relato compensando la verborrea característica de su director y guionista, la vertiginosidad arrolladora y ocurrente de las secuencias de acción y el excelente rendimiento de una puesta en escena que, como las grandes cintas del western, sabe cómo sacar provecho al sobrecogedor escenario natural de la América indómita.

Un perfecto equilibrio que se extiende a la combinación de una trama cuidada y chispeante y la voluntad de resultar un eficaz vehículo de diversión. Dentro de esta idea, la recuperación del mejor sentido del humor de Tarantino, siempre de agradecer en una obra de semejante pelaje, queda cristalizada en uno de los momentos más descacharrantes de toda su trayectoria, como es la lamentable intervención de ese proto-Ku Klux Klan que bien podrían haber rubricado, como señalaba un amigo, los Monty Phyton en buena forma.

            Un disfrute total excepcionalmente planificado y con una ejecución majestuosa, en la que el cineasta de Knoxville sabe cómo pasar desapercibido cediendo el debido protagonismo a su película por medio de una realización que se podría calificar incluso de sobria, sin que esto reste poder o impacto alguno a una estilización visual digna de un maestro, sin estridencias estéticas o temáticas que busquen llamar egoístamente la atención más allá de cierto énfasis cruento en el uso del arma de fuego, aderezando el conjunto con una ajustada y atractiva selección musical marca de la casa y agregando sus consabidos e innegociables guiños cinéfilos sin ahogar ni entorpecer gratuitamente la narración.

             Tarantino se reprime y así consigue sacar a relucir por completo su inmenso potencial como cineasta. Hasta que se harta y lo que podría haber sido una de sus mejores citas queda finalmente en una película notable a secas.

En cierto momento, comienzan a surgir peros, en su mayor parte producto de estrambotes poco controlados.

Aparece el personaje de Samuel L. Jackson, el reverso tenebroso del Tío Tom, un negro doméstico más cruel con los de su raza que los propios caciques esclavistas blancos. Podría ser una gran intervención que elevase más aún la altura del filme, pero un par de vueltas de tuerca de más hacen que el esperpento, en vez de actuar a la perfección asimilando el odio necesario de la platea merced también a la siempre concentrada interpretación de Jackson, caiga un tanto en el exceso, dé incluso la sensación de resultar un tanto impostado en la película y llegue a fatigar.

Por su parte, al llegar a la plantación de Candyland, gobernada por el interesante Calvin Candy compuesto por Leonardo DiCaprio, el hasta entonces férreo pulso se va oxidando poco a poco, lo que ya queda patente a partir de un monólogo sobre la frenología estirado en demasía pese a la impactante y comentada conclusión que le imprime DiCaprio, todo intensidad.

Tal vez para ofrecer un punto de contraste, Tarantino desata a continuación una desmesurada orgía de tiros y hemoglobina, irritante por fuera de lugar, por mucha firma violenta de su director que sea, y que no hace sino confirmar que Django desencadenado es un filme que va de más a menos, dilapidando a marchas forzadas y de manera irreparable las virtudes de su primera mitad.

            No ocurre como en Malditos bastardos, en la que uno terminaba por caer en la indiferencia, sino que la irregularidad global de Django desencadenado provoca una desazón inconsolable por lo que pudo haber sido y finalmente es: una cinta muy disfrutable pero a la que no se ha sabido exprimir del todo, hasta la última y sabrosa gota.

 

Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 7,5.

Colorado Jim

8 Nov

“Una película del Oeste acepta cualquier tipo historia ¿Cómo no vamos a sentirnos fascinados por el western?”

Lawrence Kasdan

 

 

Colorado Jim

 

Año: 1953.

Director: Anthony Mann.

Reparto: James Stewart, Janet Leigh, Robert Ryan, Ralph Meeker, Millard Mitchell.

Tráiler

 

 

             Los parajes idílicos del western, las altas cumbres nevadas y sus valles con prístinos lagos y praderas henchidas y fragantes de flores, no siempre contemplaron epopeyas de virtud, heroísmo y conquista valerosa. Anthony Mann bien lo sabía, experto en emplear las evocaciones de esos pedazos vírgenes de paraíso según su propia conveniencia. De hecho, ateniéndonos a su trama, Colorado Jim bien podría haberse ambientado en el sótano nauseabundo de un tugurio de Chicago o en las sórdidas calles del San Francisco de los años de la depresión.

             En las sobrecogedoras e inexpugnables Montañas Rocosas aparece de improviso, mientras restalla la música, la espuela de un jinete surgido de la nada y conmemorado a la caza del hombre.

Anthony Mann despliega un western turbio, oscuro, inscrito en la incipiente vertiente psicológica del género. Tres hombres sin piedad escoltan hasta la horca, a cambio de oro, al brutal y sibilino forajido Ben Vandergroat ante los ojos atónitos de la joven compañera de éste, cada uno de ellos con unas pesadas alforjas a cuestas –un corazón traicionado de la peor manera, una mala suerte irreparable, una deshonrosa licenciatura militar apuntillada por una execrable violación-.

             Como observa el mismo Vandergroat, elegir la manera de morir es fácil; elegir la manera de vivir es lo realmente difícil. Colorado Jim describe un camino tortuoso y obsesivo, un proceso interior abierto a la festiva naturaleza de una escenografía de belleza abrumadora.

El guion de los debutantes Sam Rolfe y Harold Jack Bloom emplea frases ásperas, precisas e incisivas como instrumento con el que desenterrar poco a poco los vestigios del atroz pasado de la funesta comitiva, cuyos miembros quedan enzarzados en un combate febril por espantar los voraces fantasmas que hacen presa en un corazón noble –Howard Kemp, transmutado inexplicablemente en ese Colorado Jim epónimo en el doblaje español, encarnado por un James Stewart impecable en su tormento privado- o por conseguir la libertad a cualquier precio, componiendo un teatro de títeres en el que jugar con la mente de sus captores –Robert Ryan, una réplica un tanto deslucida como maquiavélico bandido-.

             Al contrario que en la metafórica partida de ajedrez entablada entre el rudo y honesto Van Heflin y el astuto y educado villano Glenn Ford en El tren de las tres y diez a Yuma, con la que podrían establecerse comparaciones temáticas y atmosféricas, en Colorado Jim es el héroe quien ofrece un arroja en los fotogramas un contenido volcánico y contradictorio –James Stewart, en la tercera de sus cinco colaboraciones con Mann vuelve a demostrar, como en las anteriores Winchester ’73 y Horizontes lejanos, su poder para, desde su aspecto de ciudadano medio, traslucir un trasfondo dudoso en un viaje de redención-, monomaníaco, obstinado con la idea de revertir su infeliz fortuna a costa del cuello de otro hombre con el que se apunta, desde un presente de odio irracional e innegociable, a un pasado común marcado por unas deudas sin saldar de cuyos detalles nunca llegará a hacerse partícipe del todo al espectador.

Kemp es un mar de incertidumbre, rencor y desolación que amenaza con ahogar la bondad que aún se vislumbra en él a cuentagotas, revelado a través puntuales rebrotes de lucidez fecundados por el carácter constructivo y civilizador que caracteriza a la figura de la mujer en el western. En este caso, una puerta de salvación con los rasgos de una Janet Leigh de moral cuestionable, capaz de reparar el juicio y la confianza -una crisis que parecerá ser devuelta por Mann al año siguiente, desde el otro lado del género, en el personaje herido pero más entero interpretado por Ruth Roman en Tierras lejanas– de un individuo con la fe ciega de quien está dispuesto a tropezar dos veces en la misma piedra.

             Otro ejemplo de la nunca suficientemente reconocida calidad de Anthony Mann en el género.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8,5.

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