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La balada de Buster Scruggs

7 Ene

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Año: 2018.

Directores: Joel CoenEthan Coen.

Reparto: Tim Blake Nelson, Willie Watson, Clancy Brown, James Franco, Stephen Root, Liam Neeson, Harry Melling, Tom Waits, Sam Dillon, Zoe Kazan, Bill Heck, Grainger HinesTyne Daly, Brendan Gleeson, Jonjo O’Neill, Saul Rubinek, Chelcie Ross.

Tráiler

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          Los Coen son unos cabrones. Y quienes mejor lo saben son sus personajes, que pese a que en su mayoría tratan de pasar por tipos corrientes , tienen tan mala baba como ellos. Pero, a diferencia de los hermanos, no se encuentran a los mandos de su propia historia, con las nefastas consecuencias que esto puede suponer. En La balada de Buster Scruggs, la segunda incursión de los Coen en el western tras Valor de ley, esta mirada vitriólica se aplica a la historia de unos personajes que, además, son partícipes de forja de la historia de un país. Es decir, que, a través del filtro de los Coen, la posible épica de la conquista del Oeste queda desmontada desde una crueldad que, de tan humana y cochambrosa, es incluso sarcástica.

En La balada de Buster Scruggs, los directores y guionistas a veces ejercen de demiurgos que se divierten haciendo perrerías a sus marionetas -el episodio de la caravana-, y en otras dejan que sean los instintos de sus criaturas, abandonadas al libre albedrío, las que desencadenen la tragedia -el capítulo del teatrillo itinerante-. Este último, de hecho, es realmente devastador.

          Rodada directamente para su comercialización en la plataforma de visionado en streaming Netflix y no en las salas de cine -aparte de su exhibición en el festival de Venecia, apenas hubo pases limitados en Estados Unidos-, La balada de Buster Scruggs es una cinta de episodios protagonizada por arquetipos del género, ora ligeros -en especial los dos primeros, si bien el combate del forajido contra la horca inexorable posee unas innegables lecturas existenciales-, ora reflexivos, ora lúgubres, ora siniestros.

El proyecto, como es sabido, se había anunciado como una serie que preveía confeccionarse a partir de retales de guiones que habían ido guardando en el cajón. A priori, no es este un impedimento para adaptar el concepto a un largometraje -véase Mulholland Drive-, pero quizás sí deja tras de sí una evidente irregularidad, rasgo casi inevitable de estas obras fragmentarias y que se acentúa aquí con las variaciones tonales y de metraje que impone cada una de las seis entregas que conforman la función.

          Precedida por el naif recurso al libro de cuentos que se abre desde un plano subjetivo, la apertura La balada de Buster Scruggs -que precisamente es la que da nombre al filme- es una especie de parodia de los cowboys cantantes que ya habían tratado en su anterior ¡Ave, César!, en aquella desde un punto de vista metacinematográfico, en una ficción desde fuera de la ficción. Aquí es una parodia pura que entremezcla elementos del cómic y del spaghetti western -su querencia por el estereotipo y la vuelta de tuerca al tópico-, siempre apropiados posmodernamente desde el característico estilo de los Coen y su dominio del lenguaje verbal y visual. Se trata de una introducción engañosa por su humor liviano y su brevedad, que irán desapareciendo en el resto de pasajes, en especial a partir del tercero, aquel citado del espectáculo que estalla con una enorme impiedad homicida y -avanzando una interpretación paralela- culturicida. El beneficio manda, ayer, hoy y probablemente mañana. Su análisis humano se puede reproducir en la coda a bordo de la diligencia, donde las disquisiciones sobre la especie -con ecos de aquella heterogénea diligencia seminal de John Ford– se sumergen en cambio en una atmósfera próxima al terror gótico.

Pero, incluso en esas dos ocurrencias que abren la función, está presente ese denominador común de crueldad que, en su naturaleza irreparable, puede abocar al absurdo cualquier acción que emprendan los personajes implicados.

          El talento formal de los Coen es otro de los puntos en común de los seis relatos de La balada de Buster Scruggs. En ella hay encuadres formidables, como también es espectacular la selección y el empleo de los paisajes, que pueden pasar desde una postal bucólica alterada por el impacto de lo humano -el capítulo del viejo minero- hasta sobrecogedoras barreras que empequeñecen todo cuanto osa desafiarlas -la tercera y la cuarta parte-. De hecho, en la aventura dramática de los caravaneros, los cineastas desarrollan una intensa poética romántica no demasiado frecuente en su filmografía, si bien, por supuesto, enmarcada dentro de este fondo cohesionador -visto independientemente, quizás sea esta el episodio más estimulante como semilla de película, aunque no menos cierto es que, inserto en este conjunto, también rompe demasiado el ritmo de la función-. En este sentido, La balada de Buster Scruggs es una cinta que luce una puesta en escena impecable.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Los odiosos ocho

25 Ene

“La moda es la manada, lo interesante es hacer lo que a uno le da la gana.”

Luis Buñuel

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Los odiosos ocho

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Los odiosos ocho

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Año: 2015.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Samuel L. Jackson, Jennifer Jason Leigh, Kurt Russell, Walton Goggins, Tim Roth, Michael Madsen, Demián Bichir, Bruce Dern, Channing Tatum.

Tráiler

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            Supongo que el asunto con Quentin Tarantino es hasta qué punto uno es capaz de soportarle a él, a su personalidad invasiva, a cambio de disfrutar de una de sus ingeniosas historias, representadas con abrumadora torrencialidad e incontenible pasión. Porque, a la par que desarrolla su excepcional capacidad para contar, refundir y alumbrar relatos, Tarantino también abrasa a su audiencia con cargantes apartes en los que explica cuáles son las películas con las que alimentaba su cinefagia en el videoclub, destripa repelentes y onanistas autorreferencias, cuela canciones con calzador para seguir dando gusto a su fetichismo nostálgico –las cuales, cabe reconocer, suelen aportar momentos de disfrute a posteriori, escuchándolas ya en casa-, invita a participar a lamentables amigotes –como Michael Madsen-, se le va la mano con hipérboles innecesarias –el gore- y siente la necesidad de elevarse por encima de la historia en cuestión dando la nota con exhibicionismos tales como los capítulos señalados con intertítulos, una repentina voz de narrador omnisciente o el ensayo de variaciones tonales –el flashback de la mercería- que, por un momento, rompen el hechizo creado y devuelven la atención del público hacia este demiurgo egoísta que le recuerda que, si está jugando con uno de sus juguetes, es únicamente porque así le sale a él de la entrepierna.

            Hasta ahí, las cartas sobre la mesa. Luego, dicho esto, si a Tarantino uno le quiere como es –o al menos le tolera-, eso significa que puede disfrutar de varias horas –aquí casi tres- de entretenimiento trepidante, gamberro y dueño de un extraño y particularísimo sabor que proviene de la acertada mezcla de ingredientes olvidados o despreciados con una sensibilidad propia, desarrollada por el estudio minucioso y obsesivo del cine, sus rudimentos y su potencial de fascinación. Los odiosos ocho supone una nueva inmersión del cineasta en el universo del western sucio, aunque a decir verdad, como uno de sus sempiternos y agitados pastiches, en ella confluyen mimbres del noir y la intriga al estilo de El bosque petrificado o Cayo Largo –o incluso su opera prima Reservoir Dogs-, películas claustrofóbicas, planteadas en un único escenario y con un amenazador suspense que resolver por lo civil o por lo criminal –ante tanta violencia y misterio no está de más citar tampoco La cosa (El enigma de otro mundo), filme de terror nevado que protagonizaba precisamente Kurt Russell y mencionada insistentemente por el mismo Tarantino, ansioso por desmenuzar su imaginario y su proceso creativo, para variar-.

            Fundada a partir del cobro de la recompensa por la cabeza de una peligrosa mujer (Jennifer Jason Leigh) como eje vertebrador, y con reverberaciones audibles de los traumáticos e irreconciliables cañonazos de la Guerra de Secesión estadounidense, todavía sin sofocar, Los odiosos ocho arroja contra la pantalla una elaborada pieza de cine donde la cuidadosa construcción de cada personaje y de su ambigüedad, confrontada a continuación en una especie de partida de Cluedo o de Risk -todo estrategias, alianzas y giros que atañen asimismo al espectador, progresivo conocedor de la naturaleza de los contendientes-, fructifica en una propuesta por completo absorbente y divertida.

En este aspecto, la poderosa dirección de Tarantino aporta siempre la atmósfera apropiada para cada fase de la función, engrasando su férrea evolución dramática para que la maquinaria avance sin piedad, sin hacer prisioneros y sin que nadie se acuerde en la sala de que lleva un reloj en la muñeca. Las evocaciones del guion se subliman así por una puesta en escena de enorme fuerza visual, dominio de la sensorialidad en sentido amplio –el sonido, la música de Ennio Morricone, la sordidez palpable- y carisma interpretativo por parte de una troupe entonada en líneas generales –algo más tópica Leigh, Madsen con su incompetencia habitual, Walton Goggins caricaturesco en su tradicional rol de sureño ‘red neck’ pero atractivo y no inadecuado a efectos prácticos-.

            De este modo, aunque todavía imperfecto por la incidencia de los irrefrenables excesos del autor y que lastran su consagración definitiva como indiscutible obra mayor, el artefacto consigue conservar el equilibrio entre sensatez, talento artístico, temperamento propio y delirio desatado que quizás se echaba en falta en la precedente Django desencadenado –poseedora de una soberbia primera mitad que se tornaba un tanto fatigosa una vez atravesado el ecuador del metraje-.

Imagino pues que, para un servidor, el precio a pagar es justo.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Cazador de forajidos

16 Feb

“El western es el género más popular, y otorga más libertad que los otros para poner en escena todo tipo de pasiones y acciones violentas. Creo que es también el género que envejece de forma menos rápida, porque resulta esencialmente primitivo. No tiene ninguna regla y todo es posible. De él, sobre todo, surge la leyenda, y es la leyenda lo que ofrece un cine mejor, lo que excita la imaginación”.

Anthony Mann

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Cazador de forajidos

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Cazador de forajidos.

Año: 1957.

Director: Anthony Mann.

Reparto: Henry Fonda, Anthony Perkins, Michel Ray, Betsy Palmer, Neville Brand, John McIntire, Mary Webster, Lee Van Cleef, Peter Baldwin, Howard Petrie.

Tráiler

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            Un forastero llega a un villorrio arrastrando tras de sí el olor de la muerte, ante la horrorizada mirada de los lugareños.

            Henry Fonda, una de las más fieles encarnaciones de la dignidad sobre la pantalla de cine, se encuentra aquí en el papel de un frío cazarrecompensas enfrentado contra un Oeste que ha dejado de ser salvaje al menos en su apariencia externa. Su Morgan Hickman de Cazador de forajidos se presenta con una impasible amoralidad que bien podría servir de antecedente para el anónimo pistolero de Clint Eastwood de Por un puñado de dólares o, en definitiva, para los oscuros tintes que impregnarán el western crepuscular y el western sucio. Es un hombre que ha reducido la justicia y la muerte -todo uno en las arenas del western-, a simple medio de vida. A negocio, mercancía.

No obstante, se trata de una pose impostada, construida para defenderse contra los agrios y dolorosos embates de la hipocresía que domina la sociedad supuestamente civilizada –principalmente por el impulso de los poderes económicos-, ávida de justicia limpia pero cobarde e insolidaria a la hora de hacerla valer –se reproducen aquí los ecos de Solo ante el peligro, alegoría del mccarthismo y abanderada del western psicológico-.

Una conducta hermética, renegada y descreída aunque en perpetuo desacuerdo con su naturaleza sentimental y con los desafíos de su presente, a través de los cuales se descubrirá su condición de llaga ardiente, mal cicatrizada.

            Cazador de forajidos escudriña la figura del sheriff en su calidad de corporeización de la justicia, con el añadido de que, en este contexto del western, es además el depositario de la potestad privilegiada, y ahora exclusiva, de ejercer la violencia amparado en la legislación de su cargo, cuyos márgenes quedan libres al albur de quien lo ejerza y, por esta misma razón, vulnerables de ser secuestrados y corrompidos.

            El escaso presupuesto no es obstáculo para que Cazador de forajidos junte a uno de los grandes realizadores de western de la historia del cine, Anthony Mann, a un guionista de relumbrón como Dudley Nichols, hombre de confianza de John Ford, una estrella rutilante, Henry Fonda, y otra emergente, Anthony Perkins.

Su comienzo es magistral. Mann imparte lecciones de claridad y concisión expositiva con la citada aparición del protagonista, la perfecta definición del resto de personajes y las relaciones con las que chocan entre ellos –los roles de maestro y alumno con el inexperto y provisional sheriff, la conexión sentimental entre seres igualmente marginales, desarraigados y heridos, el conflicto con el convulso entorno-. La composición de la atmósfera cabalga a la par, a pesar de cierto subrayado verbal: asfixiante, crispada por una potente mezcla de racismo y violencia, con la sombra de la muerte cernida sobre la historia y la realidad de los individuos. Es capital el empleo del silencio, arma primordial con la que el cineasta descerraja la tensión sobre la escena.

            En cambio, el desarrollo del relato transita lugares más conocidos, lo que confiere cierta previsibilidad a la trama y rebaja la turbulenta densidad dramática de la obra. Aun así, Cazador de forajidos mantiene una estimable solidez, afirmada por el firme pulso narrativo de Mann, y consigue legar de nuevo imponentes escenas cargadas de electricidad.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

Django desencadenado

10 Feb

“Verdaderamente pienso que uno de mis fuertes es la narración de historias.”

Quentin Tarantino

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Django desencadenado

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Django desencadenado

Año: 2012.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, Samuel L. Jackson.

Tráiler

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            Cabe decir que, después de las últimas experiencias compartidas, uno se acerca ya a Tarantino con cierta reserva. Queda el recuerdo de un director capaz de entregar obras rabiosamente frescas, estimulantes e ingeniosas llevando la remezcla a una dimensión inequívocamente personal y del todo diferente, la perfección a la hora de imitar y embellecer caligrafías ajenas para escribir una creación insólita e inimitable.

Pero, al mismo tiempo, permanece la más reciente imagen de un niño grande entregado a la fabricación caprichosa de sus propios juguetes, un adolescente onanista, pesado y consentido al que se le han de reír las gracias y que, francamente, dan ganas de mandarle a casa y que le aguante su madre.

            Es desde esa consideración ambivalente, aún esperanzada pero sin concesiones a la hora de acercarse a él con una mirada crítica, desde la que uno se disponía a abordar el nuevo trabajo del popular realizador, Django desencadenado, homenaje afectuoso a uno de sus géneros predilectos, el spaghetti western, a su vez mitad parodia desenfadada, mitad sentido y desopilante calco de uno de los grandes espacios del cine, el western.

            Y, de manera inesperada, Tarantino consigue devolver la ilusión al incrédulo con un comienzo soberbio, desplegando ante sus ojos una película entretenida, sugerente y muy bien realizada. Todo funciona.

Convence, engancha y divierte la simpática relación entre los carismáticos y especiales personajes, con ese pulcro y sangrientamente eficaz cazarrecompensas germano en el que Christoph Waltz vuelve a deslumbrar –contrastes que parecen un vuelta de hoja a su Hans Landa de Malditos bastardos– y un héroe negro sacado de la blackxploitation, de rotunda presencia, acciones contundentes y modales altivos en el que Jamie Foxx, sin ser un actor especialmente dotado, cumple de sobra haciéndolo suyo por completo.

La película consigue mantener entregar un entonado ritmo del relato compensando la verborrea característica de su director y guionista, la vertiginosidad arrolladora y ocurrente de las secuencias de acción y el excelente rendimiento de una puesta en escena que, como las grandes cintas del western, sabe cómo sacar provecho al sobrecogedor escenario natural de la América indómita.

Un perfecto equilibrio que se extiende a la combinación de una trama cuidada y chispeante y la voluntad de resultar un eficaz vehículo de diversión. Dentro de esta idea, la recuperación del mejor sentido del humor de Tarantino, siempre de agradecer en una obra de semejante pelaje, queda cristalizada en uno de los momentos más descacharrantes de toda su trayectoria, como es la lamentable intervención de ese proto-Ku Klux Klan que bien podrían haber rubricado, como señalaba un amigo, los Monty Phyton en buena forma.

            Un disfrute total excepcionalmente planificado y con una ejecución majestuosa, en la que el cineasta de Knoxville sabe cómo pasar desapercibido cediendo el debido protagonismo a su película por medio de una realización que se podría calificar incluso de sobria, sin que esto reste poder o impacto alguno a una estilización visual digna de un maestro, sin estridencias estéticas o temáticas que busquen llamar egoístamente la atención más allá de cierto énfasis cruento en el uso del arma de fuego, aderezando el conjunto con una ajustada y atractiva selección musical marca de la casa y agregando sus consabidos e innegociables guiños cinéfilos sin ahogar ni entorpecer gratuitamente la narración.

             Tarantino se reprime y así consigue sacar a relucir por completo su inmenso potencial como cineasta. Hasta que se harta y lo que podría haber sido una de sus mejores citas queda finalmente en una película notable a secas.

En cierto momento, comienzan a surgir peros, en su mayor parte producto de estrambotes poco controlados.

Aparece el personaje de Samuel L. Jackson, el reverso tenebroso del Tío Tom, un negro doméstico más cruel con los de su raza que los propios caciques esclavistas blancos. Podría ser una gran intervención que elevase más aún la altura del filme, pero un par de vueltas de tuerca de más hacen que el esperpento, en vez de actuar a la perfección asimilando el odio necesario de la platea merced también a la siempre concentrada interpretación de Jackson, caiga un tanto en el exceso, dé incluso la sensación de resultar un tanto impostado en la película y llegue a fatigar.

Por su parte, al llegar a la plantación de Candyland, gobernada por el interesante Calvin Candy compuesto por Leonardo DiCaprio, el hasta entonces férreo pulso se va oxidando poco a poco, lo que ya queda patente a partir de un monólogo sobre la frenología estirado en demasía pese a la impactante y comentada conclusión que le imprime DiCaprio, todo intensidad.

Tal vez para ofrecer un punto de contraste, Tarantino desata a continuación una desmesurada orgía de tiros y hemoglobina, irritante por fuera de lugar, por mucha firma violenta de su director que sea, y que no hace sino confirmar que Django desencadenado es un filme que va de más a menos, dilapidando a marchas forzadas y de manera irreparable las virtudes de su primera mitad.

            No ocurre como en Malditos bastardos, en la que uno terminaba por caer en la indiferencia, sino que la irregularidad global de Django desencadenado provoca una desazón inconsolable por lo que pudo haber sido y finalmente es: una cinta muy disfrutable pero a la que no se ha sabido exprimir del todo, hasta la última y sabrosa gota.

 

Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 7,5.

Colorado Jim

8 Nov

“Una película del Oeste acepta cualquier tipo historia ¿Cómo no vamos a sentirnos fascinados por el western?”

Lawrence Kasdan

 

 

Colorado Jim

 

Año: 1953.

Director: Anthony Mann.

Reparto: James Stewart, Janet Leigh, Robert Ryan, Ralph Meeker, Millard Mitchell.

Tráiler

 

 

             Los parajes idílicos del western, las altas cumbres nevadas y sus valles con prístinos lagos y praderas henchidas y fragantes de flores, no siempre contemplaron epopeyas de virtud, heroísmo y conquista valerosa. Anthony Mann bien lo sabía, experto en emplear las evocaciones de esos pedazos vírgenes de paraíso según su propia conveniencia. De hecho, ateniéndonos a su trama, Colorado Jim bien podría haberse ambientado en el sótano nauseabundo de un tugurio de Chicago o en las sórdidas calles del San Francisco de los años de la depresión.

             En las sobrecogedoras e inexpugnables Montañas Rocosas aparece de improviso, mientras restalla la música, la espuela de un jinete surgido de la nada y conmemorado a la caza del hombre.

Anthony Mann despliega un western turbio, oscuro, inscrito en la incipiente vertiente psicológica del género. Tres hombres sin piedad escoltan hasta la horca, a cambio de oro, al brutal y sibilino forajido Ben Vandergroat ante los ojos atónitos de la joven compañera de éste, cada uno de ellos con unas pesadas alforjas a cuestas –un corazón traicionado de la peor manera, una mala suerte irreparable, una deshonrosa licenciatura militar apuntillada por una execrable violación-.

             Como observa el mismo Vandergroat, elegir la manera de morir es fácil; elegir la manera de vivir es lo realmente difícil. Colorado Jim describe un camino tortuoso y obsesivo, un proceso interior abierto a la festiva naturaleza de una escenografía de belleza abrumadora.

El guion de los debutantes Sam Rolfe y Harold Jack Bloom emplea frases ásperas, precisas e incisivas como instrumento con el que desenterrar poco a poco los vestigios del atroz pasado de la funesta comitiva, cuyos miembros quedan enzarzados en un combate febril por espantar los voraces fantasmas que hacen presa en un corazón noble –Howard Kemp, transmutado inexplicablemente en ese Colorado Jim epónimo en el doblaje español, encarnado por un James Stewart impecable en su tormento privado- o por conseguir la libertad a cualquier precio, componiendo un teatro de títeres en el que jugar con la mente de sus captores –Robert Ryan, una réplica un tanto deslucida como maquiavélico bandido-.

             Al contrario que en la metafórica partida de ajedrez entablada entre el rudo y honesto Van Heflin y el astuto y educado villano Glenn Ford en El tren de las tres y diez a Yuma, con la que podrían establecerse comparaciones temáticas y atmosféricas, en Colorado Jim es el héroe quien ofrece un arroja en los fotogramas un contenido volcánico y contradictorio –James Stewart, en la tercera de sus cinco colaboraciones con Mann vuelve a demostrar, como en las anteriores Winchester ’73 y Horizontes lejanos, su poder para, desde su aspecto de ciudadano medio, traslucir un trasfondo dudoso en un viaje de redención-, monomaníaco, obstinado con la idea de revertir su infeliz fortuna a costa del cuello de otro hombre con el que se apunta, desde un presente de odio irracional e innegociable, a un pasado común marcado por unas deudas sin saldar de cuyos detalles nunca llegará a hacerse partícipe del todo al espectador.

Kemp es un mar de incertidumbre, rencor y desolación que amenaza con ahogar la bondad que aún se vislumbra en él a cuentagotas, revelado a través puntuales rebrotes de lucidez fecundados por el carácter constructivo y civilizador que caracteriza a la figura de la mujer en el western. En este caso, una puerta de salvación con los rasgos de una Janet Leigh de moral cuestionable, capaz de reparar el juicio y la confianza -una crisis que parecerá ser devuelta por Mann al año siguiente, desde el otro lado del género, en el personaje herido pero más entero interpretado por Ruth Roman en Tierras lejanas– de un individuo con la fe ciega de quien está dispuesto a tropezar dos veces en la misma piedra.

             Otro ejemplo de la nunca suficientemente reconocida calidad de Anthony Mann en el género.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8,5.

Cabalgar en solitario

9 Sep

“La mejor manera de conocer el lejano oeste es viajando a través del mismo.”

Budd Boetticher

Cabalgar en solitario

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Año: 1959.

Director: Budd Boetticher.

Reparto: Randolph Scott, Pernell Roberts, Karen Steele, James Coburn, James Best, Lee van Cleef.

Tráiler

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             Después de encadenar los que suelen considerarse sus dos capítulos más flojos, Buchanan cabalga de nuevo y Nacida en el oeste, el ciclo Ranown, esa conjunción artística entre el productor Harry Joe Brown, el director Budd Boetticher y el actor Randolph Scott, retornaba, en cierta manera, a sus orígenes.

             De nuevo con el indispensable Burt Kennedy a los mandos del guion, Cabalgar en solitario comienza como a Boetticher más le gustaba: el héroe, apareciendo en un entorno áspero, de polvo y piedra, azotado por el viento, dejando tras de sí una larga caminata física y espiritual, cargado con el pesado fardo de una conciencia que lo atormenta, un vacío o una ausencia que llenar.

Randolph Scott, caballero de la triste figura, surge, más tieso y huraño que nunca, luciendo esposas al cinto, mientras desde el fondo del plano, un inquieto, desafiante y juvenil asesino se enfrenta a su autoridad de hombre de justicia venido a menos, de honrado sheriff a innoble cazarrecompensas. Ben Brigade, un personaje monomaníaco, doliente, todo pasado, hosco, desnudo de sentimientos, transformado en una roca más del paisaje.

            Como en Tras la pista de los asesinos, primer título de la saga, el trayecto de huida-persecución se convierte en un recorrido en el que Scott deberá cerrar el círculo de su andadura, purgar el mal que lo reconcome de forma obsesiva, somatizado en el hermano mayor del bandido que escolta hasta Santa Cruz, interpretado por uno de los grandes villanos del Oeste, Lee van Cleef, aún lejos de su etapa de popularidad.

A su lado, como en la anterior, y del mismo modo que también sucederá en Estación Comanche, insospechados y ambiguos compañeros de fatigas –una de las especialidades de Kennedy, eficaz escritor de personajes-, los forajidos interpretados por un Pernell Roberts pre-Bonanza y el debutante James Coburn. Una amenaza latente que guarda, a medio enterrar, dudosos asuntos pasados pero que, al igual que el héroe, se encuentran embarcados en una presunta búsqueda de redención. La semejanza de su naturaleza es tal que de la boca de Roberts aparece alguna sentencia pronunciada por Scott en Los cautivos.

Y, como no podía ser menos, la chica (Karen Steele, en su tercera participación en la serie), fortín de la nobleza y la bondad y de las segundas oportunidades.

            Terreno conocido en el que todas sus partes se mueven como pez en el agua, narrado con la intensidad de su concisión habitual, con fuerza y alientos épicos, dentro de las limitaciones de sus hechuras, por Boetticher, que logra salvar con un sordo grito de rabia un desenlace al que el libreto conduce y resuelve de manera no del todo convincente.

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

El halcón y la presa

10 Abr

“-¡Yo no maté a mi mujer!

-No me importa.”

Comisario Samuel Gerard (El fugitivo)

 

 

El halcón y la presa

 

Año: 1966.

Director: Sergio Sollima.

Reparto: Lee Van Cleef, Tomás Milián, Walter Barnes, Ángel del Pozo, Fernando Sancho, Gérard Herter.

Tráiler

 

 

            Entre 1964 y 1966, el spaghetti western conquistaba un lugar privilegiado en el cine popular de Europa y el mundo, Trilogía del dólar mediante. Es la reinvención europea, especialmente italiana, de una mitología totalmente ajena que si bien se había transformado en el espacio ideal –un entorno prácticamente aespacial en ese sentido- para dirimir tragedias universales, se tomará de la misma, dentro de ese cariz de obras abiertamente evasivas, de raigambre pulp y escasas pretensiones generales, sus rasgos más superficiales pero también más llamativos. El estruendo del revolver frente a la abstracción argumental.

No obstante, el arte del entretenimiento sencillo exige una labor compleja. Talento, recursos y honestidad. En el spaghetti western coexistiran historias pequeñas pero valiosas, malas historias bien contadas y malas historias abominables.

            El halcón y la presa posee de partida una buena mano de cartas, como es el clásico juego del gato y el ratón entre el bueno y al malo por las llanuras de la frontera tejano-mexicana. Un western con elementos que bien podrían circunscribirse al policíaco.

Sergio Sollima, eficaz realizador que navegará por todos los géneros posibles en su trayectoria, especializado en las cintas de espionaje y con tan solo tres westerns en su haber, uno de ellos, Corre, Chuchillo… corre, una especie de continuación de esta con el villano en el rol protagonista, se encargará de jugar bien sus naipes, escondiendo sus triunfos sabiamente para después descubrirlos en el momento decisivo, sin  tampoco renunciar al recurso puntual de unas cuantas trampas, sobre todo en la descripción de la figura de ese vil Manuel “Cuchillo” Sánchez -el cubano Tomás Milián, sobreactuando un personaje concebido desde el exceso, muy al estilo del Tuco de la inminente El bueno, el feo y el malo-.

            Así pues, nos encontramos ante un relato de apariencia modesto: la persecución incansable, rozando lo salvaje y obsesivo, de Corbett, un cazarrecompensas con bienintencionadas aspiraciones políticas -Lee van Cleef, el mismo año que convertía sus facciones aquilinas en la imagen oficial del malo del spaghetti western con el Sentencia de, de nuevo, El bueno, el feo y el malo– frente a Cuchillo, un brutal y desarrapado cuatrero mexicano, violador y asesino de niñas, diestro con el arma blanca.

            Sollima, aún con fuertes influencias de la entonces descollante trilogía de Leone en elementos como los créditos o la banda sonora –no en vano, firmada también por Morricone-, presenta un Salvaje Oeste que se desploma a pedazos, poblado por seres retorcidos, aberrantes y terminales: el beato líder mormón desposado con una muchacha de doce años, la ranchera viuda dueña de un harén de hombres a los que controla como ganado, el padre Smith, apodado Smith&Wesson,…

Un entorno hostil hasta casi el surrealismo en el que ni siquiera el recto Corbett aparece como ejemplo de moralidad. Como bien le hará ver Cuchillo en esos múltiples encuentros que traban una especie de amistad masculina entre individuos antitéticos –factor recurrente en la filmografía del director romano-, no es más que un perro de presa cegado por su naturaleza depredadora, una marioneta al servicio de quien despierte sus instintos de cazador de hombres –tratará de resolver su redención en el duelo final con quien representa su reflejo malvado-.

Es este un mundo en el que, sin embargo, los mayores monstruos se ocultan bajo un disfraz de dignidad y honorabilidad.

            En esa ambientación turbia y decadente que refuerza el magnetismo de la persecución, incluso su aliento épico de juicio final, así como en el buen desarrollo de una trama y unos personajes bien trabajados –pese a ese par de trucos ya mencionados-, es donde El halcón y la presa encuentra sus mejores bazas, superando la manifiesta fealdad de ciertos recursos estéticos, frecuentes en este tipo de producciones, como el uso ocasional de unos horrendos primeros planos, o la concesión de ciertos momentos bufonescos, bastante forzados, servidos por el propio carácter histriónico del personaje antagonista.

Más interesante de lo que podría parecer.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

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