Tag Archives: Juicio

Detroit

16 Sep

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Año: 2017.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: John Boyega, Will Poulter, Algee Smith, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Hannah Murray, Jack Reynor, Kaitlyen Dever, Ben O’Toole, John Krasinski, Anthony Mackie, Nathan Davis Jr., Peyton ‘Alex ‘ Smith, Malcolm David Kelly, Joseph David-Jones, Jeremy Strong, Gbenga Akinnagbe.

Tráiler

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          Algo hay que lamentar en los Estados Unidos cuando su cine recupera episodios históricos de la lucha contra el racismo y los movimientos por las libertades sociales para hacerlos dialogar con un presente en el que recobran una descorazonadora vigencia, tanto desde la reconstrucción ficcionada –Selma, Figuras ocultas, El mayordomo, 42, Loving…- como desde el terreno puramente documental –The Loving Story, I Am Not Your Negro, Enmienda XIII (13th)La violación de Recy TaylorBurn Motherf**ker, Burn!…-. Algo ocurre en la realidad del país norteamericano cuando se resquebraja su fachada extraordinariamente propagandística y es precisamente el cine, uno de los mayores contribuidores en la creación y promoción de esta imagen idealizada y falaz, la que reacciona en su contra, intentando erigirse en arma de denuncia y en agitador de la conciencia social frente a un atropello prácticamente endémico, manifestado en violentas explosiones cíclicas que constatan el fracaso, o el mero desinterés, en la búsqueda de soluciones.

          Precisamente, Detroit intercala con fluidez fragmentos de realidad -terribles fotografías, dramáticos segmentos de noticieros- en su recreación de los disturbios raciales desatados en la ciudad del motor en julio de 1967 -que se saldaron con 43 muertos y más de 2.000 heridos- y, en particular, de la tortura y asesinato de tres jóvenes afroamericanos en el hostal Algiers presuntamente a manos de la policía local.

Kathryn Bigelow continúa trazando su crónica de los Estados Unidos en conflictoEn tierra hostil (The Hurt Locker), La noche más oscura (Zero Dark Thirty)-, ya que, como se exponía antes, este capítulo de hace exactamente medio siglo encuentra sonoros ecos en la rabiosa actualidad, sembrada de escenas de brutalidad policial injustificada, en ocasiones mortales, y de la persistencia de un racismo estructural en la sociedad estadounidense, frente al que se alzan movimientos como el Black Lives Matter.

Siguiendo esta línea, el filme arranca con una estética de apariencia urgente e inmediata, próxima de este modo al documental, para condensar la naturaleza quasibélica de los acontecimientos. El planteamiento logra asentar las crispadas e inquietantes bases de lo que, en adelante, se transformará en una película de terror escenificada en el recibidor del edificio en cuestión. Aunque puede que sea una situación un tanto extensa y reiterativa -cabe reconocer que los hechos son los hechos, unos extraídos del acta judicial y otros completados mediante testimonios-, la cineasta demuestra pulso para invocar una sesión inmersiva, para hacer palpable la tensión y el nerviosismo de una asfixiante situación de estricta supervivencia. La indefensión, la injusticia, se siente.

          Pero lo que funciona a la perfección en un aspecto estrictamente cinematográfico, quizás de cara a la composición de este discurso de denuncia no lo haga de forma tan absoluta, probablemente a causa de errores de cásting como el de Will Poulter, un actor cuyos rasgos de por sí caricaturescos redundan en un villano excesivo, un simple psicópata con aspecto de poder unirse incluso a los sádicos allanadores de Funny Games, y que se contrapone a unos melodramas igualmente elementales -en especial el del aspirante a estrella de la Motown-.

Son factores relevantes que, sumados a otros detalles resueltos de forma bastante tosca -el rol de la policía estatal, por ejemplo-, provocan que las posibilidades de un retrato coral pierda complejidad y por ende fuerza y capacidad de convicción, a la par que el resto del metraje -un juicio en el que se desinfla la potencia narrativa e indignante previamente exhibida- se resiente y deja tras de sí cierta sensación de irregularidad.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6,5.

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El caso Sloane

23 May

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Año: 2016.

Director: John Madden.

Reparto: Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw, Alison Pill, Michael Stuhlbarg, Sam Waterston, David Wilson Barnes, Chuck Shamata, John Lithgow, Jake Lacy.

Tráiler

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           El guion de El caso Sloane se cuida mucho de mencionar en sus líneas de diálogo las ansias de victoria que mueven a la protagonista: la estratega de un lobby que se comporta como una auténtica yonki de su trabajo -una yuppie de finales de los ochenta, una ‘workaholic’ en términos más recientes-. Miente, manipula y actúa compulsivamente para obtener aquello que desea, aquello que es lo único por lo que se siente gratificada.

El caso Sloane, pues, es principalmente la historia de una adicción y de los intentos de una adicta por regenerarse, enmarcados además en una batalla política que es en esencia moral: el enfrentamiento entre estos grupos de presión que habitan las cloacas aéticas y amorales -un eufemismo para referirse a conductas  inéticas e inmorales- de la política estadounidense, la más influyente del mundo, para desde esa larvada oscuridad reconducir las decisiones de los representantes del pueblo en dirección a sus intereses privados. En concreto, para regular o mantener intacta la permisiva normativa de adquisición de armas de fuego en el país, fuente de numerosas muertes violentas en los Estados Unidos –donde la tasa de mortalidad por esta causa equivale a 27 personas al día, según señalaba The New York Times en junio de 2016– y, al mismo tiempo, principio nacional defendido por la Segunda Enmienda a la constitución.

           Desde una mirada exterior, que es la de un director y sobre todo un guionista británicos -este último abogado de profesión y debutante en la escritura de libretos-, El caso Sloane se sumerge en tres fenómenos problemáticos de la idiosincrasia estadounidense. Un arco temático tripartito -la cultura del éxito convertida en obsesión, el soterrado poder de los lobbies, la adoración del arma de fuego- que mediante una equilibrada exposición garantiza la agilidad y el ritmo de una película de notable metraje -cerca de dos horas y cuarto- y que se desarrolla fundamentalmente a través de conversaciones. Éstas se encuentran marcadas por un perfil elaborado y torrencial que recuerda al de los guiones de Aaron Sorkin, aunque la estructura de la obra, que es puro thriller criminal, parece extraída -si bien con menor carga de ácida ironía- de un ‘heist film’ de otro guionista estrella, también posicionado intelectual y políticamente, como David Mamet, al estilo de una cinta enrevesada y llena de anticipaciones, giros y contragiros como El último golpe.

De hecho, tanto Sorkin como Mamet ya habían explorado la tramoya política estadounidense. El primero, con series como El ala oeste de la Casa Blanca -referencia fundamental en la materia- y The Newsroom -dos de sus actores aparecen aquí: Alison Pill y Sam Waterston-, así como con películas como La guerra de Charlie Wilson o El presidente y Miss Wade -simple base, eso sí, para una comedia romántica entre opuestos, esta vez una lobbista de la ecología y el mismísimo presidente del país-. El segundo, con largometrajes como Hoffa, un pulso al poder o La cortina de humo.

           El caso Sloane se une a esta corriente y presenta un argumento equiparable al que planteaba Lincoln con su discusión entre los medios y el fin respecto de una causa eminentemente justa -allí, la abolición de la esclavitud en el contexto de la Guerra de secesión-. Sin embargo, los resabios de optimismo capriano que pudieran albergar potencialmente las premisas que maneja El caso Sloane -ese concepto de redención del sistema a partir de la redención del individuo que lo sostiene- quedan empañados por la descripción de un entorno irremediablemente corrompido, donde, en lo tocante al lobby, el texto no se ahorra establecer comparativas un tanto efectistas con la prostitución.

De igual manera, la realización clásica de John Madden, eficiente y sin caer en una funcionalidad académica, ajusta el mecano articulado por Jonathan Perera para conferir credibilidad a las sorpresas que, en un gesto de honestidad con el espectador, anticipaba la protagonista con una declaración de intenciones inicial que interpelaba directamente al patio de butacas, mirando a la cara al público. Por ello, más rechinan otros elementos discursivos como la siempre evitable alegato final de conclusiones.

           Teleología, deontología y bien mayor, enzarzados en una vibrante intriga que orquesta y conduce, en solitario, una mujer de retrato complejo y ambiguo, y cuyos matices quedan excepcionalmente incorporados por Jessica Chastain, una de las mejores actrices de su generación -es llamativa la hornada de pelirrojas talentosísimas de Hollywood, en la que se encuentran también Amy Adams y Emma Stone-. La interpretación de Chastain devora la pantalla cuando habla, cuando maquina -únicamente rivalizada por el Mark Strong, otro actor de talla-. Pero destaca aún más por lo que calla, por cuando tiembla y se muestra frágil. Recordemos la marcada línea expiatoria de fondo.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Amistad

22 Feb

amistad

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Año: 1997.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Djimon Hounsou, Matthew McCounaghey, Morgan Freeman, Anthony Hopkins, Nigel Hawthorne, David Paymer, Pete Postlethwaite, Stellan Skarsgard, Razaak Adoti, Chiwetel EjioforAnna Paquin, Pedro Armendáriz Jr., Tomás Milián, Jeremy Northam, Geno SilvaJohn Ortiz.

Tráiler

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           Amistad comienza en una terrible tormenta y se cierra en un apacible atardecer. Steven Spielberg -que retornaba al cine ‘adulto’ después de facturar la segunda entrega de Parque Jurásico, y de nuevo escogiendo como argumento una ignominiosa lacra de la Historia de la humanidad-, acude a su vena capriana para reconstruir el amotinamiento y juicio de los esclavos africanos trasportados en la goleta española La Amistad. Es decir, que recrea un suceso histórico traumático que, más allá de la fidelidad a los hechos, permite exponer reflexivamente las desviaciones que se producen en el sistema sociopolítico de los Estados Unidos para, posteriormente, celebrar la fuerza de los valores morales que sostienen al país de la libertad y su consiguiente capacidad para subsanar estas corrupciones puntuales y regenerar su camino como guía de mundo libre.

Unos valores estos que, además, se declaran inherentes al ser humano, universales a su naturaleza independientemente de su raza o su lengua, tal y como evidenciará el discurso concluyente -puesto al servicio exclusivo del mensaje del filme, ya que es incoherente con el marco legal abordado-. En esta línea, el posicionamiento concienciado de los personajes encuentra su antagonista en tiranos infantiles y plutócratas irracionalmente egoístas; ambas figuras soberbias que se creen con dominio de todo cuanto existe.

           De este modo, en Amistad aflora la dualidad moral de la especie, invitando tanto a la revisión crítica de sus impulsos como a la inspiración por sus virtudes positivas y su idealismo irreductible, que arraigan también en su espiritualidad innata -el hombre que guía su propio destino mirando al cielo; la influencia ética y esperanzadora de la religión-. Un campo abonado para las emociones que Spielberg explaya con su talento cinematográfico, rico en planos significativos, pero también con el abuso de una banda sonora que parece extraída de muchas, muchas décadas atrás, en especial en los pasajes enardecedores que se corresponden con la aparición en pantalla del expresidente, congresista y letrado John Quincy Adams (Anthony Hopkins).

Su interés en desmontar el posible maniqueismo del filme -los prosaicos métodos del abogado que interpreta Matthew McConaughey, las absurdas disputas del territorio carcelario entre los africanos y la presencia de la esclavitud en su lugar de origen; el tortuoso razonamiento del abolicionista blanco, el juez católico…- no evita que aparezca cierto grado de sentimentalismo y de moralina que restan verdadera densidad y potencia dramática al alegato -amén del evidente chauvinismo-.

           Por otro lado, adivinado entre el discurso que protagoniza este gran tema de la película, a través de la alusión a la importancia de la historia de fondo en la defensa de un juicio o de la relevancia crucial del punto de vista del narrador de los hechos, Spielberg se reserva para sí en la obra una referencia directa al cine en su papel de transmisor de relatos, así como a la utilidad filosófica de esta función.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

Loving

23 Ene

loving

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Año: 2016.

Director: Jeff Nichols.

Reparto: Joel Edgerton, Ruth Negga, Nick Kroll, Jon Bass, Christopher Mann, Terri Abney, Chris Green, Sharon Blackwood, Marton Csokas, Bill Camp, David Jensen, Michael Shannon.

Tráiler

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          Hecho insólito en los modos del cine contemporáneo -a no ser que uno sea el laborioso Takashi Miike– coinciden prácticamente en la cartelera española Midnight Special y Loving, las dos últimas películas de Jeff Nichols, uno de los nuevos autores más estimulantes del panorama cinematográfico estadounidense. Aparte de compartir buena parte del equipo técnico e interpretativo, ambas prolongan la cohesión de la trayectoria del director y guionista arkansés, donde la familia ejerce de elemento nuclear, sometido por lo general a distintas tensiones procedentes del entorno social que la circunda.

          En esta ocasión, Loving reflexiona acerca de los conflictos en torno a la imposible conciliación entre las normas sociales -artificiosas por definición y en algunos casos flagrantemente injustas- y la pureza de los sentimientos compartidos, inalienable fuente de realización y dignidad del ser humano. Para ello, recoge la decisiva batalla legal de los Loving, una pareja interracial en la Virginia de los años cincuenta y sesenta, contra el Estado que los oprime a través de un sistema legal que interpreta de manera retorcida la providencia divina para ajustar sus supuestos designios a un esquema ideológico excluyente y clasista, sintetizado en la atroz prohibición del matrimonio entre distintas razas.

Pese a fundar la obra sobre este episodio real -intermediado de hecho por el documental The Loving Story, del que se toman incluso algunas líneas para el libreto-, Nichols no está tan interesado en exponer una relación de hechos a través de un hilo cronológico como en desarrollar a los personajes y componer el arco emocional que recorren a lo largo de su traumática experiencia.

Gracias a esta sensibilidad para crear una historia con alma propia, autónoma respecto de estos acontecimientos que refiere, Loving se despega del envaramiento y la insipidez tradicional del biopic para elevarse como un sereno y elegante relato de amor y dignidad. La grandeza de estos actos inspiradores, determinantes para eliminar una inefable ignominia, proviene esencialmente de las trascendentales emociones de la que manan. Y la autenticidad, pues, no depende de recrear didácticamente estos actos ciertos, sino de la captura de estas emociones que lo sustentan todo.

          El realizador dedica gran atención y cariño a sus protagonistas, incluso a costa de perder profundidad en los márgenes de la narración -el sheriff, por ejemplo, poseía material suficiente como para profundizar en él o irle incorporando aristas, así como ese particular microuniverso del pueblo virginiano donde se mezclan las gentes-. Mientras que Ruth Negga complementa su elocuente mirada con el verbo para dar forma a su Mildred Loving, destaca el talento con la que, desde el gesto y el atoramiento oral, se retrata al esposo, Richard, encarnado por Joel Edgerton. Su ternura, que aparece en su relación con su esposa, queda reforzada mediante la delicadeza y la meticulosidad con la que se emplea en la construcción de casas; su desazón por depender de externos en la creación de su propia familia se manifiesta en silencios torpes, miradas elusivas y posturas reconcentradas.

          Abundando en este simbolismo de la vivienda, la noción de hogar es una de las piedras angulares del argumento, que es al fin y  al cabo lo que comporta el derecho al matrimonio por el que litigian los Loving. El derecho a formar un hogar; ese núcleo familiar como eje vital al que se aludía en la introducción del artículo. De ahí la hostilidad con la que Nichols expone el destierro en la ciudad, la persistente incomodidad que se percibe en Mildred o el hecho de que Richard solo pueda dedicarse a levantar hogares ajenos; detalles expresivos que se incorporan sin caer en clichés o desgarramientos melodramáticos, acordes por tanto con el maduro tono del filme. Quizás este estilo atemperado y pudoroso pudiera identificarse como un desperdicio de potencia dramática y discursiva; a mi juicio es una elección que consolida la credibilidad de los personajes y sus vivencias.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Anatomía de un asesinato

5 Dic

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Año: 1959.

Director: Otto Preminger.

Reparto: James Stewart, Lee Remick, Ben Gazzara, George C. Scott, Arthur O. Connell, Eve Arden, Kathryn Grant, Murray Hamilton, Brooks West, Joseph N. Welch.

Filme

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          En sentido estricto, una película de juicios constituiría uno de los espectáculos cinematográficos más cercanos a lo que el espectador puede experimentar en su realidad cotidiana. Es decir, que puede equivaler a sentar al público en las bancadas de los juzgados y reconstruir ante él unos hechos que desconoce mediante la capacidad evocadora de la palabra, la fuerza persuasiva de los argumentos y la propia intuición observadora del interpelado, además con la ventaja añadida de ahorrarse numerosos tiempos muertos y formalismos intrascendentes gracias al montaje cinematográfico y al trabajo de síntesis narrativa de guionistas y directores.

Otra cosa es que, como a un servidor, sean tramas que tiendan a hacérsele cuesta arriba por la frecuencia de los lugares comunes que transitan, la previsibilidad de sus sorpresas judiciales o la excesiva preponderancia de los diálogos en detrimento de la imagen.

          Anatomía de un asesinato es uno de los ejemplos más célebres de películas de juicios –que no sobre la Justicia, más interesantes por su carga moral, como podría ser Doce hombres sin piedad-. Otto Preminger, que ya se las había arreglado para burlar los preceptos de la censura en comedias chispeantes como La luna es azul (The Moon Is Blue) y dramas crudos sobre la drogadicción como El hombre del brazo de oro, abordaría ahora en pantalla, con una crudeza y un verismo lingüístico desacostumbrado para la época, una causa por homicidio en represalia por una violación previa.

          Es una de las rupturas con el clasicismo que ofrece una película que incorpora el ritmo de jazz en su banda sonora –firmada nada menos que por Duke Ellington, que comparecerá asimismo en la imagen con un cameo-, amén de una realización con la cámara más libre y natural a la hora de seguir las acciones y estados de ánimo de sus protagonistas. E incluso también unas interpretaciones que parecen bordear muchas veces con la improvisación, en especial en lo que respecta a un James Stewart que acomete un personaje hecho a la medida –honesto, comprometido, con un punto despistado, ocurrente y entrañable- pero que, paradójicamente, aparece también como una persona dada de lado, aficionada a costumbres marginales como el alcohol, la soltería impenitente y, precisamente, la música jazz. Además, ha de enfrentarse a la coquetería desinhibida de la esposa de su defendido, la mujer presuntamente ultrajada.

          Rota en cualquier caso la teatralidad y el estatismo formal que en ocasiones afecta al subgénero del cine judicial, Anatomía de un asesinato centra su batalla en el enfrentamiento entre el abogado de provincias, que también asume su última e inesperada oportunidad de reivindicar su talento desaprovechado, frente al tiburón de la gran ciudad, un fiscal criado por el sistema para devorar sin piedad a su presa y que por si fuera poco posee el paisaje facial de George C. Scott, experto en hacerse aborrecer en pantalla.

En un detalle fascinante, el juez que dirimirá el conflicto no será interpretado por un actor profesional, sino por Joseph N. Welch, el jefe del cuerpo de abogados del Ejército estadounidense que se había enfrentado con admirable dureza contra el Comité de Actividades Antiestadounidenses del senador Joseph McCarthy, influyendo decisivamente en su decadencia.

          Recreación de un proceso real ocurrido en 1952 y llevado a la literatura con enorme éxito por el letrado defensor John D. Voelker –bajo el sobrenombre de Robert Traver-, Anatomía de un asesinato maneja bien el pulso de la intriga y la administración de los giros dramáticos, a pesar de que alguno de ellos implica a personajes un tanto desdibujados como el de Kathryn Grant.

          Coinciden en ella la última nominación al Óscar para Stewart con la primera para Scott, aparte de otras cinco más. Perdería en todas.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7,5.

Sully

7 Nov

sully

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Año: 2016.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Tom Hanks, Aaron Eckhart, Laura Linney, Mike O’Malley, Anna Gunn, Jamey Sheridan, Chris Bauer.

Tráiler

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           En los créditos finales de Sully, el auténtico comandante Chelsey ‘Sully’ Sullenberg, reunido con el pasaje que salvó de la muerte, le recuerda al espectador que 155 no es un simple número inscrito en la crónica de un accidente aéreo, sino que son personas, cada una dueña de su propia vida, de su propia historia. Gente, como usted o como yo.

           No entiendo Sully tanto como una prolongación de El francotirador en el estudio sobre la naturaleza del héroe americano, sino como una película acerca de la relación entre el individuo y el sistema, que el libertario Clint Eastwood considera deshumanizado. De hecho, prepara su acercamiento al incidente como una cuestión de empatía hacia ese héroe incuestionable que es cuestionado por la Administración, representada por el rostro hostil de Mike O’Malley, líder del comité encargado de juzgar su toma de decisiones. En este sentido, Sully me recuerda bastante más al Gus Lobel de Golpe de efecto, la última interpretación de Eastwood hasta la fecha, que al soldado Chris Kyle.

Al igual que el primero -una antítesis del Billy Beane de Moneyball que se erige por tanto en anacronismo romántico al sobreponer su instinto sobre la estadística para conocer quién es genuinamente bueno jugando al béisbol-, Sully combate contra la frialdad contable de la compañía aérea y la aseguradora que cuestionan sus actos, y contra la artificiosa tecnología que emplean para intentar desacreditarle -contrapuestos además al inmediato y sincero reconocimiento que en cambio le tributan, incluso reiterativamente, los ciudadanos con los que se cruza-. Contra sus cálculos automáticos, Sully “siente”.

           De esta manera, el protagonista se revela durante el desarrollo del filme como, ahora sí, un heredero por derecho de la tradición del héroe capriano: el hombre común que, a título personal aunque con capacidad para inspirar y redimir a toda la sociedad, se alza desde la fuerza de sus convicciones, su compromiso y su honestidad contra ese sistema deformado por su leviatánico tamaño, convertido en opresor de las libertades y la dignidad del individuo al que a priori ha de servir. 

           En una escena concreta, el atormentado Sully corre por Times Square mientras, de fondo, brillan los rótulos de Goldman Sachs. El sistema impunemente trampeado. Muchos de los métodos que Eastwood aplica en su alegato muestran cierta ingenuidad u obviedad, caso de ese énfasis en el aprecio popular, las alusiones a la decadencia de los Estados Unidos -la debacle económica, las guerras sangrientas y absurdas de Afganistán e Irak-, la ligera personalización de varios pasajeros o el uso de los primeros planos para explicitar la postura ideológico-emocional de los personajes secundarios respecto de Sully y los hechos, así como su correspondiente evolución debido al curso del relato

           Con todo y ello, el cineasta californiano cumple con su objetivo de dotar de calor humano su reivindicación y mantiene una solvente firmeza en la pronunciación de su discurso, sólidamente arraigado en su filmografía y en sus creencias particulares.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7. 

Nota del blog: 6,5.

 

Senderos de gloria

29 Oct

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Año: 1957.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Kirk Douglas, Ralph Meeker, Adolphe Menjou, George Macready, Wayne Morris, Timothy Carey, Joseph Turkel, Susanne Christiane.

Tráiler

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          Al coronel Dax le hubiera sido útil disponer de un ejemplar de El buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek, para defender a sus compañeros de pelotón en el consejo de guerra que centra Senderos de gloria. Siguiendo los pasos del protagonista del libro -un personaje antikafkiano inmerso en el estallido de la Primera Guerra Mundial– hubiera constatado que a un sistema absurdo,  diseñado para devorar al ser humano, solo se le puede combatir empleando sus propias armas: ese mismo absurdo desquiciado por el patrioterismo, el belicismo, el clasismo y el totalitarismo. Pero Dax, como por el contrario le ocurre a las criaturas de Franz Kafka, pretende hacer acopio de lógica, razón y humanidad para enfrentarse al monstruo, insensible ante semejantes ideales.

          Inspirada en hechos reales -reconstruidos por el veterano de la Gran Guerra Humphrey Cobb en una novela publicada en 1935-, Senderos de gloria plantea en su argumento la última afrenta parida por la mayor abominación del mundo, la guerra: el procesamiento, bajo pena de muerte, de varios soldados acusados de cobardía ante el enemigo en las zanjas del Somme. Es decir, un pedazo vívido de aquel horror moral que décadas más tarde el coronel Kurtz instaría a aliarse con él para triunfar en el ‘ars belli’, despedazado como estaba por su febril enajenación vietnamita. Diezmar a los nuestros para la gloria de los nuestros.

Stanley Kubrick, apoyado en el guion por el despiadado Jim Thompson, descerraja una sucesión de golpes coléricos, injusticia tras injusticia, que atentan contra el falaz romanticismo bélico, la estupidez sádica del alto mando siempre entusiasmado por practicar anacrónicos juegos de guerra o los violentos arrebatos patrióticos de las naciones. Con un presupuesto relativamente limitado, el cineasta neoyorkino filma la suciedad y la miseria de las trincheras con una fotografía dueña de una textura que recuerda a los revelados en plata del periodo, y por medio de la cual captura la tensión, el miedo, la inmundicia y la muerte que domina episodios como la penosa y terrible ofensiva que ejerce de punto de inflexión en el relato.

La expresividad del blanco y negro quedará de manifiesto especialmente en el desenlace, añadidura tenuemente esperanzada sobre el material original de Cobb y que, como si de cine silente se tratase, recurre al paisaje de los rostros de los actores, subrayados con una dulce canción popular, para cargar de una palpitante emoción el cierre de la películaLa narración de Kubrick funciona perfectamente en este espacio enjuto, constreñido en 88 minutos de metraje, contradiciendo la tendencia expansiva que dominará su obra posterior, liberada de corsés gracias a su prestigio cosechado y, en ocasiones, para perjuicio de los resultados.

          Dentro de un contexto histórico de Guerra Fría, desde la independiente y desengañada generación de la violencia de Hollywood comenzaba a mirarse de manera crítica las soflamas belicistas con filmes como Casco de acero, de Samuel Fuller; ¡Ataque!, de Robert Aldrich, o, más tardía, La cruz de hierro, de Sam Peckinpah. Al igual que en esta última, también comparecen aquí militares de cuna ávidos de colgarse en la pechera medallas bañadas en la sangre de sus subordinados, concepto desde el que parte otra clase de cobardía paralela a la que se denuncia en el juicio sumario: la que exhibe una jerarquía militar que huye despavorida en lugar de hacer frente a las consecuencias morales que conllevan sus delirios marciales.

La rabia con la que lucha Dax alumbra a su paso un reguero de seres patéticos y deformados que empujan el discurso bien hacia cierto maniqueísmo –quedaría discutir si justificado-, bien hacia cierto humor negro tremendamente ácido por su naturaleza involuntaria aunque furibunda, especialmente condensada en el general Broulard (el aparentemente apacible Adolphe Menjou), firme representante de la banalidad, o no, del mal.

          Productor y estrella de la función, Kirk Douglas consolidaba con Senderos de gloria su icono contestatario y comprometido, necesario para la regeneración de un país enfangado por los lodos de la paranoia maccarthista. Una postura que, de hecho, de nuevo con Kubrick a su servicio, le permitiría luego rescatar del ostracismo a Dalton Trumbo merced Espartaco, otra figura histórica de potente y extrapolable significado social contemporáneo.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,5.

Nota del blog: 9,5.

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